martes, 29 de marzo de 2022

MITO DE ODISEO (ULISES) Y LAS SIRENAS

 

MITO DE ODISEO (ULISES) Y LAS SIRENAS

 


   En una de las islas por las que pasó Odiseo, vivían las Sirenas, Pisíone, Agláope y Telxiepia, hijas de Aqueloo y Melpómene, una de las Musas. De ellas, una tocaba la cítara, otra cantaba y otra tocaba la flauta y con ello persuadían a los navegantes para que se quedaran allí. Con su canto, prometían a los hombres la satisfacción de sus deseos y los arrastraban a la muerte. Las sirenas eran unas criaturas con aspecto de mujer de cintura para arriba, pero con enormes alas, piernas plumadas y garras.


   La isla estaba cubierta de huesos de los hombres que habían devorado. Odiseo había sido advertido por la diosa Circe del peligro y repartió a sus hombres cera para que se taparan los oídos y no oyeran el canto. Pero la curiosidad insaciable de Odiseo hizo que quisiera saber cómo sonaba aquella melodía irresistible. Ordenó a sus hombres que lo amarraran al mástil y no lo liberaran mientras se encontraran lo bastante cerca de la isla para oír los cantos. Tal vez otros hombres hubieran sido tentados con canciones de amor, pero las que las sirenas le dedicaron a Odiseo hablaban de conocimiento y sabiduría. Odiseo tiró de la cuerda con todas sus fuerzas y trató de convencer a sus hombres para que lo desataran, pero no lo soltaron hasta estar fuera de peligro. Así fue como Odiseo se convirtió en el único hombre que consiguió sobrevivir al canto de las sirenas.

Apolodoro, Epítome VIII, 18-19

 

    En el canto XII de la Odisea la diosa Circe acoge a Ulises (Odiseo) y a sus hombres tras su vuelta del Hades y después de festejarlos generosamente les advierte de los peligros que tendrán que arrastrar en sus próximas singladuras camino de Ítaca, la primera de ellas la Isla de las Sirenas, "Tendréis que pasar cerca de las sirenas que encantan a cuantos hombres se les acercan. ¡Loco será quién se detenga a escuchar sus cánticos pues nunca festejarán su mujer y sus hijos su regreso al hogar! Las sirenas les encantarán con sus frescas voces. Pasa sin detenerte después de taponar con blanda cera las orejas de tus compañeros, ¡qué ni uno solo las oiga! Tu solo podrás oírlas si quieres, pero con los pies y las manos atados y en pie sobre la carlinga, hazte amarrar al mástil para saborear el placer de oír su canción".

   Odiseo y su gente se hacen a la mar y al acercarse a la Isla de las Sirenas y su florido prado, obedeciendo el consejo de la diosa y tras untar cera recién derretida en el oído de sus compañeros, ordena que estos le aten de pies y manos al firme mástil. Al notar las Sirenas la presencia de la embarcación entonan su sonoro canto preludiado con tentadoras palabras, "Detén tu nave y ven a escuchar nuestras voces”.

   Es el propio Ulises, en su relato a Alcínoo, quien habla de cómo fue el encuentro, "Entonces mi corazón deseó escucharlas y ordené a mis compañeros que me soltaran haciéndoles señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia delante y remaban, y luego se levantaron Perimedes y Euríloco y me ataron con más cuerdas, apretándome todavía más".

   ¿Qué palabras tienen la fuerza de alumbrar el mundo con un destello tal que vivir a continuación se hace innecesario, o es tal vez determinado ritmo, una sonoridad en concreto lo que tiene la capacidad de despertar en nosotros el deseo de disolvernos en la nada y abandonar los proyectos y esperanzas que hasta entonces sustentaban nuestros días? Porque si el fundamento del canto de las sirenas fuera la verdad, ¿sería ésta entonces en esencia una asimilación al caos, un más allá del principio de individuación?

   Cuenta Calímaco que, tras leer Fedón, el diálogo platónico sobre el alma, Cleómbroto de Ambracia se arrojó desde altas murallas al Hades ansioso por morir para empezar a vivir en la inmortalidad que Sócrates prometía a sus amigos. Podría haber sido entonces esta promesa la que incitó a Ulises a arrojarse en los brazos de la certera muerte, pero más me tienta pensar, tal y como Heidegger dejó dicho en una de sus lecciones sobre Nietzsche, que el viviente se asoma al conocimiento esencial no como si este flotara por encima de la vida y al cual se pudiera ocasionalmente echar un vistazo o dejar de hacerlo, sino que su contemplación sustenta ya la vida en el único modo que le es adecuado, más allá de sí y volviéndose el mismo regla y esquema.

   De acuerdo con esto, las sirenas estarían en su canto transmitiendo este conocimiento esencial en la certeza de que ningún hombre podría, ocasionalmente, echar un vistazo o dejar de hacerlo, sino que su escucha les religaría en sus vidas como orden irrebatible, único modo adecuado. 

   Aunque bondad, verdad y belleza forman la triada que sustenta el conocimiento en el ámbito metafísico occidental, cada vez que me viene a la memoria la imagen de Odiseo encadenado al mástil y forcejeando por lanzarse al mar no puedo dejar de pensar que de lo que en esencia aquel canto hablaba era de amor, ese hijo de Poros y Penia -la abundancia y la pobreza- que con sus palabras y tal vez por un instante nos restituyen de la original fragmentación y hacen con ello  ya innecesario seguir viviendo.

 

Ulises y las Sirenas, pintura de John William Waterhouse, 1891


La imagen que tenemos en la actualidad de las sirenas —mitad mujer, mitad pez— dista mucho de su forma clásica alada. Algunas versiones afirman que la apariencia original de estos seres mitológicos se debe a un castigo que recibieron por no proteger a Perséfone de Hades, el dios del inframundo. Otras, en cambio, indican que fue Zeus quien les ofreció alas para perseguir al dios raptor. Pero, ¿de dónde surgieron exactamente las sirenas? Aunque sus orígenes son difusos, es muy probable que estos seres hermosos y pérfidos estuviesen relacionados con el mundo de los muertos.

En la mitología griega, las sirenas eran criaturas híbridas con cuerpo de ave y rostro de mujer que atraían a los marineros con sus hipnóticos cantos, conduciéndolos a un destino fatal. Homero las mencionó por primera vez en su célebre Odisea, dando paso a infinidad de leyendas e historias fabulosas.


Ulises y las sirenas es un cuadro del pintor victoriano Herbert James Draper pintado en 1909. Se basa en el mito de Ulises, tal como lo describe el canto XII de la Odisea. 

 Gracias a su estratagema Ulises fue el único ser humano que oyó el canto y sobrevivió a las sirenas, que devoraban a los infaustos que se dejaban seducir. Estas criaturas monstruosas se precipitaron al mar al verse vencidas, convirtiéndose en rocas.



EL MITO DE ULISES Y LAS SIRENAS


Kirk Douglas es 'Ulises' en la adaptación de Mario Camerini y Mario Bava de 1954.


 


No hay comentarios: