miércoles, 16 de febrero de 2022

DUERMO MUCHO: EN PRIMERA PERSONA. LA ANTIPSIQUIATRÍA

 

DUERMO MUCHO: EN PRIMERA PERSONA



   Hace ya casi cuatro años publiqué en este blog una entrada en la que me refería al asunto de las asociaciones en primera persona, fue a raíz de asistir a una mesa de debate conformada por profesionales y enfermos mentales que departieron sobre la Salud Mental en la Comunidad. La quiero reeditar ahora añadiendo el artículo que hace también un tiempo apareció en la revista El País Semanal, escrito por una chica con problemas de salud mental, que contaba su experiencia personal en una Unidad de Psiquiatría, donde permaneció "recluida" durante un mes.

EN PRIMERA PERSONA


  Hace unos días tuve la oportunidad, y el placer, de asistir a una mesa de debate llamada “La Salud Mental en la Región de Murcia”, la organizaba Marea Blanca Región de Murcia, representada por Pilar Balanza, psicóloga clínica, y participó mi amigo Silver (Silvestre Martínez), excelente psiquiatra, representando a la AEN; Delia Topham, presidenta de la Federación de Asociaciones de Salud Mental, luchadora infatigable en la defensa de los derechos de los enfermos mentales de la región desde hace varias décadas; Amanda Martínez, representante de la Fundación RAIS y Esperanza Parra, representando a la Asociación en Primera Persona ECOS.


  La intervención de muchas personas desde el auditorio enriqueció significativamente el debate, hablaron mucho y bien varios “enfermos” mentales, casi todos vinculados a asociaciones en primera persona como “En el Límite”, “Barlovento” ubicada en la ciudad de Cartagena y “ECOS”. Apenas había oído hablar de este tipo de asociaciones, y fue una gratísima sorpresa escucharles, su nivel de oratoria y el contenido de sus intervenciones fue casi lo más enriquecedor de la reunión, que tuvo un alto nivel en su conjunto. Al final, como no puede ser de otra manera, Delia , un beso para ti desde aquí, en su línea de "mosca cojonera" allá donde va, consiguió que los políticos allí presentes se comprometieran en el utópico empeño de conseguir un consenso para que mejore la dotación presupuestaria destinada a la asistencia de los enfermos mentales. Hubo coincidencia en que la porción del pastel de los dineros públicos para la prevención y tratamiento de las patologías mentales es, a día de hoy, paupérrimo y fácilmente corregible. Está meridianamente claro que “El que no llora no mama” y es de justicia que las personas con problemas psiquiátricos, prefiero no llamarles enfermos, estén mejor atendidos por la sanidad pública.   

  He encontrado en internet, en la WEB de la asociación Barlovento, mencionada más arriba, un texto que me ha impresionado y que expongo literalmente a continuación:

Una poeta desde el manicomio

Grafitti from Jef Aerosol at the Robert Musil Museum in Klagenfurt: Christine Lavant

  Christine Lavant, una de las poetas austriacas más importantes del siglo XX, entró de forma voluntaria con 20 años en un hospital psiquiátrico. Errata Naturae publica sus ‘Notas desde un manicomio’, las duras, bellas y valiosas páginas en las que se refugió y en las que relató las opresiones e insurrecciones de sus compañeras internas.

  “¿Será posible que, tras semanas aquí, vuelva a tener ganas o valor para reír?”, se preguntó la que acabaría siendo una de las poetas austriacas más importantes del siglo XX (premio estatal de literatura de Austria en 1970). La duda le surgió al convivir cada día con el sufrimiento, con el delirio, con la desesperanza, con las camisas de fuerza: a una interna le fuerzan a alimentarse con un tubo en la nariz, a otra le inmovilizaron en la cama, la mayoría –la Reina, la Crucificada, la Condesa, la Mujer del Comandante…– pasaban encerradas sus días sin solución.

   Pobre no, mísera, y mujer, y poeta: nada de su parte. Christine Lavant (1915-1973) entró de forma voluntaria con 20 años en el Hospital Psiquiátrico de Klagenfurt, en 1935. ¿Pero, se puede entrar de forma voluntaria en un psiquiátrico cuando la sociedad te ha dejado al margen y has intentado suicidarte? Fueron seis semanas de las que surgieron casi once años después sus Notas desde un manicomio, que ahora Errata Naturae publica por primera vez en español –y no deja de ser llamativo, por otra parte, que sea ésta, precisamente, la primera de sus obras traducidas, como si la locura nos trajera un poco de luz.

   Lavant no era su apellido, que en realidad fue Thonhauser, sino que lo tomó prestado como seudónimo del nombre del río que cruzaba el valle de Austria donde nació. Borrar el apellido fue, como la escritura, un modo más de huir del fatalismo social al que le abocaba el haber nacido en el seno de una familia minera en la que ella era la novena hija. Su futuro pasaba por buscarse un novio, casarse, malvivir como costurera, tal vez, con suerte, convertirse en sirvienta. Sin embargo, escogió un seudónimo: la escritura como voluntad de supervivencia.

   En ese sentido, Christine Lavant ingresó en el psiquiátrico con sus cuadernos. Seguramente fue con lo que trabajó posteriormente la escritura de sus Notas desde un manicomio. El resultado son apenas unas pocas páginas publicadas de forma póstuma por primera vez en 2001. ¡Pero qué páginas! Las anotaciones no tienen fecha, no hay un orden, saltan de una a otra solo impulsadas por la desbordante necesidad de dejar testimonio de que “somos capaces de todo menos de reunir un gramo de auténtico amor”. Es un texto duro que nos deja frente a altas cuotas de dolor, “aquí se elevan -llega a decir al describir las crisis de sus compañeras- hasta el infinito montañas de sufrimiento”.

   De Christine Lavant hay algunas fotografías. En ellas, sus ojos transmiten dolor. Son grandes –o  así lo parecen en un rostro delgado y anguloso, marcado por las enfermedades–, y tienen la desnudez propia de los pobres y desposeídos, la de aquellos que parecen estar siempre a punto de traspasar esa línea de la que ya no hay retorno posible. Christine Lavant podía estar desesperada; pero mantuvo la lucidez: “Mientras que aquí se me considere una invitada de paso y que yo misma me sienta como tal, no habré traspasado la última frontera”. No la traspasó. Se refugió en la escritura; lo hizo a pesar de que el psiquiatra forense la ridiculizara y despreciara porque ella era pobre, era fea, inculta, un ser carente de poesía. “Tiene que buscarse un novio”, le reprende así por su vocación literaria cuando debiera, mejor, buscar un “trabajo honrado”, como toca a los pobres. Y eso era algo que en el momento nadie se cuestionaba. “Cuando el médico te haga entrar en razón- le dijo en una de las revisiones-, pasado uno o dos años, te alegrarás si consigues que una señora te adiestre para hacer las faenas domésticas”.

   Pero Christine Lavant desconfía del sistema: el del psiquiátrico no deja de ser un reflejo del orden establecido afuera. Ni entre locas, logra dejar de lado el determinismo social que impera. “¿Qué esperaba? –se preguntó once años después– ¿Curarme?¿Pensaba realmente que cierta cantidad de arsénico tomada con regularidad daría sentido a mi vida?”. Desde luego que no fue nada de eso lo que dio algo de sentido a su atormentada vida. Fue la literatura, y escribir, siempre escribir, aunque fuera con “palabras corrientes, cuando, en realidad –dice  al referirse a sus anotaciones– debería romper las paredes piedra a piedra y lanzarlas contra el cielo”. Ahí está: la escritura como rebelión.


   Ahora comparto un texto que me ha llegado por whatsapp que me ha parecido extraordinario, escrito por un “loco”, dicho sea con todo el cariño y admiración.

Los locos no son asesinos

 Oigo una y otra vez como nos llamáis asesinos, peligrosos, violentos, a los mal llamados enfermos mentales (no creo en los diagnósticos), extendiendo esa idea a todos nosotros, cuando son una pequeña y ridícula minoría. Sí que habrá locos violentos igual que hay entre los que supuestamente están cuerdos; la mayoría de violadores y asesinos no están diagnosticados de ninguna enfermedad mental (mirar estadísticas).  

   Recordad que los llamados locos aman y sueñan y saben querer y cuidar y respetar y consolar y reír y compartir y apreciar y luchamos cada día con nuestros miedos y por superar grandísimos dolores que vienen del alma y tenemos muchos compañeros que se fueron por no soportar más. A enloquecer se llega después de muchísimo dolor, después de arrastrar muchas noches de insomnio y desengaños y muchos golpes en el corazón, habría que rastrear la vida del llamado enfermo mental para analizar qué sufrimiento tan grande le ha hecho pasar al otro lado, la locura.   

   No penséis que el loco es un objeto que ni siente ni padece sino que el loco huye del mundo compartido mentalmente porque no puede soportar más el peso de éste. No caigáis en el error de pensar que el loco no sufre; la locura es muy dolorosa y el loco NO NACE sino que lo crea este mundo terrible y absolutamente, este sí, enfermo. Así que menos cuestionar a los llamados enfermos mentales y achacarles violencias y cosas terribles y pedir más responsabilidad a esta  sociedad estructuralmente desquiciada.

 








Y ahora, comparto el artículo de María Manonelles aparecido en El País en mayo de 2019. María explica con crudeza, veracidad y con un estilo pulido, sus vivencias en su particular encierro. Se autodefine como loca, pero, su lucidez queda patente, yo diría, simplemente, que era una chica con problemas.

Petrus Rypff


TENGO 22 AÑOS Y ESTA ES 

MI EXPERIENCIA INGRESADA DURANTE

UN MES EN UN PSIQUIÁTRICO

Me sentaba fatal que trataran de animarme diciendo: "¡Si tienes toda la vida por delante!"

Una de las ilustraciones que hice en el psiquiátrico

MARIA MANONELLES  11 MAY 2019

   Todavía no he escuchado a ningún especialista llamar por su nombre a lo que me ocurre. Como si el hecho de no mencionarlo me mantuviera a salvo. Sí que lo he leído en algún informe: tengo un trastorno ansio-depresivo y otro mixto de la personalidad, lo que me provocó una depresión grave y me llevó un mes al psiquiátrico. Otra palabra, "psiquiátrico", que por cierto nadie ha pronunciado en mi presencia, como si el hecho de no mencionarlo lo convirtiera en un lugar más habitable. Pero vayamos al principio de esta historia.

   En la secundaria sufrí bullying escolar. Yo era la gótica del instituto. Empezaron llamándome "¡gótica!" con voz de asco. Hasta ahí, no estaba tan mal. Pero luego empezaron los insultos reales, las bolas de papel, las burlas, los empujones, las tortas, las risas, la basura, más risas, las piedras.

   Dejé de mirar a la gente a la cara. Acabas creándote una coraza de indiferencia y desinformación. Un día en el patio un chaval vino a decirme que le gustaban mis botas. Creía que era de la pandilla de los que se burlaban de mí, que para mí eran todos, porque, insisto, ya no les miraba a la cara. Le contesté que más le iban a gustar estampadas contra su rostro. Volvió asustado con sus amigos, pero me lo había dicho de verdad. "Pero, ¿qué le he hecho yo para que me hable así?", lamentaba. Le estaba devolviendo lo que me habían dado. Y me había equivocado.

   Entre los 15 y los 16 años, comencé a identificar síntomas de ansiedad, sobre todo social. Me costaba mucho relacionarme con personas desconocidas y estar rodeada de más de tres me consumía mucha energía. En mi entorno eché en falta el respaldo necesario. Había quien me decía que solamente buscaba atención. Obviamente, la necesitaba, estaba pidiendo ayuda, pero estas respuestas hicieron que me saboteara a mí misma.

   Por suerte, sí encontré apoyo en mi madre. "María, ¡claro que no es justo lo que te hacen!", me decía. Y continuaba: "Pero ¿qué vas a hacer? ¿Quieres dejar de ser tú o seguir siendo tú misma?". "¡Yo quiero ser yo!", contestaba llorando mocos por la nariz. Pero, de algún modo, ser yo ya se había convertido en algo malo. El estigma me había ganado.

   Mi madre me animó a visitar al médico. Pero claro, en la consulta no fui capaz de explicar nada más que mi miedo a las aglomeraciones de gente. Obtuve un diagnóstico (equivocado) de agorafobia y una terapia inadecuada. Sencillamente, no comprendía bien lo que me ocurría, de modo que era imposible que acertara con las palabras para definirlo.

   La siguiente escena nos lleva hasta Barcelona, adonde me marché desde Ibiza, donde nací en 1996, a una escuela de ilustración. El primer año fue la monda, porque estaba haciendo lo que me gustaba, era yo, en otro sitio, lejos de quien me había hecho daño. Pero el segundo, me di cuenta de que arrastraba las repercusiones psicológicas de mi pasado. Había días en que intentaba ser feliz, pero en otros era completamente imposible. 




 Esta soy yo (foto cedida por María)

   Mi ritmo de vida tampoco ayudaba mucho. Estudiaba ilustración mientras trabajaba a jornada completa. Salía de casa a las siete de la mañana y no volvía hasta las nueve de la noche, sin tiempo para comer. Y dedicaba las últimas horas del día a mi proyecto final. Se trataba de una animación de un minuto sobre mis sueños recurrentes: inundaciones, perderme en el metro a oscuras, edificios abandonados con escaleras laberínticas... Al ser una producción manual, me había impuesto un ritmo de 100 dibujos diarios para terminar a tiempo. Solo faltaba un mes para la entrega, el último paso para obtener mi título de ilustradora, pero ya no pude más.

 

Al psiquiátrico

   Entonces escuché la famosa frase: ¿“Qué te parecería pasar tres días ingresada”? A una unidad de psiquiatría pública no entras si el tema no es realmente chungo y si no te encuentras en una de estas tres razones fundamentalmente: has perdido la noción de la realidad, supones un riesgo para los demás o supones un riesgo para ti misma. En mi caso era la última.

    Con el paso del tiempo, mi actual psiquiatra, que es una crack, me dijo que aquella era una pregunta trampa, que esos "tres días" eran absolutamente improbables, que siempre es más tiempo. Al final, a mis veinte años, pasé un mes en el psiquiátrico del Hospital del Mar de Barcelona.

     El psiquiatra de urgencias me dijo: "Tranquila, serás la que esté mejor de la unidad". Ah, bueno. Pulsera. Sigue a mi compañero el doctor Nosequé. Pasillos. Ascensores secundarios. Llaves. Puertas. Llaves. Pasillo de "la unidad psiquiátrica". "Estas son las enfermeras Nosequién y Nosecuál". "Hola, ¿cómo te llamas? Danos el bolso. ¿Puedes quitarte el pañuelo, colgante, pendientes, cinturones, cintas, cuerdas de cualquier tipo...”? Un pijama azul muy grande. Gente gritando. Esto es el puto psiquiátrico. Si esta descripción suena tal y como te imaginabas un psiquiátrico, es porque era un psiquiátrico.

  Lo primero, me quedé tiesa esperando instrucciones de alguna enfermera malvada. Pero antes pasaron por el pasillo dos locos (no lo digo en plan despectivo, porque yo también estaba loca, aún lo estoy y lo seguiré estando), que me preguntaron: "¿Eres nueva?". Les dije que sí, y ellos respondieron: "Nos vamos a comer pipas mirando a la playa, ¿te vienes?". El Hospital del Mar tiene unas vistas muy guapas desde la octava planta.

   Así empezó mi mes en el psiquiátrico. No había enfermeras ni psiquiatras malvadas, pero sí muchísimo tiempo libre. No faltaban actividades, claro que siempre organizadas desde el colectivo zumbao, no por los médicos. Nos levantábamos a las ocho, tomábamos pastillas, desayunábamos (era la única comida comestible del día), esperábamos en la sala común para hablar un rato con nuestro psiquiatra (un rato que invariablemente me parecía demasiado poco), engullíamos pipas mirando el mar, pintábamos mandalas, jugábamos al dominó hasta la hora de comer, nos tomábamos más pastillas, esperábamos las dos horas de las visitas externas (a mí me las quitaron) y, si teníamos permisos (también me los quitaron), salíamos fuera con ellos. Cenábamos, si se le podía llamar así, y podíamos quedarnos despiertos hasta las once, que es cuando te daban las últimas pastillas con un zumo, quizás para endulzar la impresión de haber ingerido 12 pastillas en un solo día.

    En cuanto al paisanaje, yo no era ni de lejos la única chica joven de la unidad. El psiquiátrico es como la vida real, sólo que con mucho menos espacio vital. A los otros pacientes los veía bien, con un poco de astigmatismo, pero bien. Convivir con gente tan distinta en un espacio tan pequeño enseña mucha tolerancia. Y también sirve para hacer buenas amigas.

   Recuerdo con mucho amor los ratos que pasaba con Emma, una chica joven. Fue la revolución del psiquiátrico: lo animó todo, al menos para mí. Me hacía peinados superbonitos, venía a escondidas a mi cuarto con ropa suya para conjuntarla con la mía, me maquillaba y me dejaba fantástica. Escuchábamos música juntas y nos lo pasábamos bien en un entorno más bien negativo. Siempre me sorprendían su fuerza y su actitud increíbles.

    Pero claro, no todo son perlas. A mi juicio, en el psiquiátrico había una ratio elevadísima de pacientes. Ojalá los trabajadores dispusieran de los medios necesarios para una atención en condiciones, que era bastante desigual de unos a otros. Había un auxiliar de enfermería muy majo, que incluso nos trataba como gente normal, fíjate. Pero había otros que transmitían condescendencia. Cuando le dije entre lágrimas a una trabajadora que me sentía especialmente mal, ella me respondió: "Pero mujer, ¡no estés triste! Si eres muy joven, ¡tienes toda una vida por delante!". Pero es que ese era precisamente mi problema. Es lo último que deberías decir a una depresiva grave-grave...

   Tampoco era plenamente consciente de lo que me ocurría. Entiendo que habrá razones importantes para que la información se nos administre con cautela. Por ejemplo, que no nos encasillemos en ciertas definiciones que suenen a sentencia. Pero disponer de información, desde mi experiencia, también nos permite saber que alguien nos ha escuchado. Que lo que hacían conmigo lo hacían por algo. Que esto le pasa a más gente. Que no estaba sola. Es necesario un mejor equilibrio entre la información que necesita el paciente y la que se reserva a la familia.

   Sea como sea, en ese tiempo no llevé a cabo el objetivo que me había llevado a urgencias, que es lo importante. Y otra cosa casi igual de importante: ¡Salí de ahí con un diagnóstico! Era algo completamente nuevo para mí. No me lo dijeron de palabra —prefirieron comunicárselo a mis padres en privado—, pero después de un mes encerrada, sin saber muy bien por qué, hasta cuándo, ni cómo, leer lo que me ocurría me proporcionó un alivio enorme.

   Obviamente, en el psiquiátrico no seguí con mi ritmo de 100 dibujos diarios para terminar mi proyecto de ilustración. Es más, allí no podía tener sacapuntas, lo que me obligaba a pedir a los enfermeros, encerrados en sus despachos, que por favor sacaran punta a mi lápiz cada vez que se acababa. Pero, aun con esas limitaciones, dibujaba a los pacientes, las visitas, la unidad y las cosas que soñaba por las noches.

     Al final, esa colección de dibujos acabó conformándose en mi proyecto final para convertirme en ilustradora. Y más adelante, acabó siendo mi primer libro: Duermo mucho. Desde que se publicó, eso sí, ya no duermo tanto porque lo estoy petando (es broma, sigo durmiendo mi mínimo de 12 horas diarias, gracias a Dios).

    Después de mi mes de estancia en el psiquiátrico, regresé a mi casa. Robé el pijama del psiquiátrico porque cuando me fui aún no estaba curada. Y lo seguí llevando en casa hasta que sentí que había mejorado. Eso sí, eso no significa que esté totalmente bien. Ojalá no tenga que convivir con esto toda la vida, aunque me temo que nunca me lo quitaré del todo.

    Cada persona es un mundo y llegar a una solución adecuada cuesta una barbaridad. Yo aún sigo trabajando en la búsqueda de herramientas para llevar mi condición de la mejor manera posible. Hasta el momento, me han recetado una combinación de pastillas que me hace sentir bien. Y también he descubierto que necesito independencia. ¡La soledad me genera un bienestar tremendo! También he encontrado a la mejor doctora del barrio. Se ríe mucho, le quita hierro al asunto, me habla sin compadecerse y salgo renovada de sus sesiones. ¡Y tiene un dibujo mío colgado en su consulta! ¡Como los pediatras con los niños!

  En general, sería bueno que revisásemos nuestras posiciones y principios. Me costó mucho aceptar que estaba loca. Y demasiadas personas me hicieron sentir mal por algo que no controlo. Por suerte, también me rodeaba de gente con un poco de cabeza, y me ayudaron para entender que tener tres o cuatro trastornos mentales no es culpa mía. Es duro decirlo, pero he aprendido que la vida no es tan buena como la pintan. Porque nos la pintan con una salud mental que se da por supuesta y que, incluso cuando la tienes, tampoco garantiza un bienestar estable. Todo es bastante más complicado de lo que parece.



 La portada de mi libro




Alguien voló sobre el nido del cuco - Tráiler en castellano

Magnífica interpretación de todos los actores, tanto principales como secundarios. Ganadora de cinco óscars (los principales), esta película de Milos Forman nos hace reflexionar sobre la utilidad y las maneras de los hospitales psiquiátricos.



Fragmento de Alguien voló sobre el nido del cuco


¿QUÉ ES LA ANTIPSIQUIATRÍA?



  La antipsiquiatría es un movimiento orientado a la crítica de la psiquiatría dominante. El término fue acuñado en 1967 por el (anti)psiquiatra David Cooper. Aunque existe mucho escrito sobre el tema, a menudo se utiliza como un paraguas bajo el cual meter a toda posición crítica con la psiquiatría hegemónica.

   En ocasiones se incluye en ella a profesionales que no debería, o bien se inserta en esa corriente al movimiento de supervivientes de la psiquiatría o al activismo loco.

Repaso histórico de la antipsiquiatría clásica y la nueva psiquiatría

 No se trata de un movimiento homogéneo ni debe descontextualizarse para extraer algo así como la “esencia” de la antipsiquiatría. Lo que sí debemos tener en mente es que hay un aspecto transversal a este movimiento, que es la crítica al modelo biomédico de la locura.

  La Antipsiquiatría clásica surgió en los años sesenta, en un contexto social que propiciaba los movimientos sociales de distinta índole. Eran tiempos de florecimiento de la contracultura, de movilizaciones feministas y anticolonialistas, de lucha por los derechos civiles, etc. Pensemos el Mayo francés del 68 como paradigma de esta atmósfera contestataria y con ánimo de transformación social.

   En esta época los locos eran encerrados en manicomios, psiquiátricos o asilos. En estos espacios  se daba una radical segregación y un tratamiento explícitamente represivo. De ahí que se entendiera la psiquiatría dominante como un instrumento de opresión y control social. Y algunos psiquiatras decidieron posicionarse en contra y explorar vías alternativas a la deshumanización del loco por la psiquiatría dominante.

   La antipsiquiatría se intentó en distintos países, pero dos de ellos han pasado a la posteridad como referentes de este movimiento: Inglaterra e Italia.
 
Antipsiquiatría británica

   Se caracteriza por ser un “intento de interpretar las concepciones psiquiátricas de una forma distinta, limitando la función represiva del psiquiatra, sin negar sin embargo su papel profesional” (Antonucci).

  Sus referentes son Ronald Laing y David Cooper, quienes desarrollaron comunidades terapéuticas al margen de los manicomios. Destacan las experiencias de Villa 21 (Cooper) y Kingsley Hall (promovida por la Philadelphia Assotiation). Estas comunidades terapéuticas fueron muy cerradas, funcionando al margen del sistema sanitario público. Quizá por ello no tuvieron consecuencias en el modelo asistencial. Un elemento que marca una importante diferencia con la antipsiquiatría italiana.

   El propio Cooper terminó criticándolas por ser “islas felices en un mundo donde todo sigue funcionando igual. De esta manera, la institución no está siendo atacada. La locura está siendo recuperada, encapsulada en el sistema y pierde su función subversiva”.

  A pesar de esta crítica, el legado de Laing y Cooper, tanto a nivel teórico como práctico, es muy valioso. No sólo muestran que es posible tratar la locura de forma no represiva y fuera de la lógica manicomial. También teorizaron sobre el concepto de “enfermedad mental” y “locura” desde un modelo que enfatiza la subjetividad del paciente.

Antipsiquiatría italiana


Tribute a Basaglia

 La asociación automática entre el movimiento italiano y Basaglia resulta prácticamente inevitable. Este es el referente fundamental de lo que se podría denominar una antipsiquiatría anti-institucional.

   La desinstitucionalización a la que aspiraban Basaglia y su equipo culminó con la Ley 189 (1978), también conocida como Ley Basaglia. Esta ley supuso el inicio de un proceso cuyo fin era el cierre de los manicomios. Este proceso fue gradual, duró más de quince años, abriéndose paralelamente centros de salud mental comunitarios a modo de una nueva red asistencial.


La transformación y el desmontaje del manicomio en Trieste

 El enfermo mental ha sufrido durante el paso de la historia diferentes roles en la sociedad. Desde las sociedades primitivas, donde existía un pensamiento mágico sobre la enfermedad mental, hasta finales del siglo XX, donde el cuidado se basó en el aislamiento, confinando a los pacientes en manicomios. Franco Basaglia, impulsor de la reforma psiquiátrica en Trieste, pudo observar que lo que allí sucedía era similar a la vida carcelaria que él experimentó cuando estuvo preso. Con la instauración de la Ley 180, también conocida como la “Ley Basaglia”, en 1978 en Trieste se inició la desinstitucionalización de los pacientes y se inició la psiquiatría comunitaria. La reforma psiquiátrica en Trieste, con la conformación de una red de Salud Mental Comunitaria, fue todo un modelo para otros países. En España, el gran avance vino de la mano de la Ley General de Sanidad en 1986 cuando los servicios de asistencia al enfermo mental se integraron en el sistema sanitario general, rompiendo la marginación que los enfermos mentales sufrieron durante siglos.

   Sería injusto limitar la aportación de Basaglia y sus colegas al cierre de psiquiátricos. Sus trabajos en Gorizia y en Trieste suponen un trabajo que plantea objetivos que trascienden la mera crítica institucional.

  En La institución negada se refleja claramente el mencionado propósito. En ella se transcriben las asambleas entre pacientes y profesionales, visibilizando hasta qué punto se tenía como objetivo la participación activa y subjetiva del loco y la crítica (compartida con los británicos) de su deshumanización o cosificación en el contexto manicomial.

   Además, consideraba la locura como un problema que no afectaba únicamente a la disciplina psiquiátrica, sino a toda la sociedad. Muestran una intención de involucrar al conjunto de la sociedad en la cuestión de la locura. Se puede hablar de un cierto intento de politización de la locura (aunque distinta a la que los locos intentamos).


Nueva Antipsiquiatría

  La antipsiquiatría resurge en los años 90. Para comprender mejor este resurgimiento, se debe remarcar que la mayoría de los antipsiquiatras clásicos renegaron de tal calificación hacia el final de sus trayectorias, a pesar de que continúen considerándose los referentes de la antipsiquiatría. En esto pudo tener que ver el cambio social posterior y el discurso hegemónico, que descalificaba lo “anti” y únicamente legitimaba la crítica reformista (“positiva”).

  El contexto del surgimiento de la nueva antipsiquiatría viene marcado por la implantación del modelo neoliberal y la revolución farmacológica. Por un lado, el neoliberalismo ha conllevado la medicalización de problemas sociales, ampliando significativamente el número de personas que “requieren” los servicios de salud mental.

  Por otro lado, aunque intrínsecamente vinculado a lo anterior, la explosión de la oferta de psicofármacos. Paradójicamente, estos dos aspectos han contribuido en parte a la desinstitucionalización del sufrimiento psíquico a la que aspiraba la antipsiquiatría francesa. Y los movimientos de sobrevivientes a la psiquiatría, con su crítica a la (sobre)medicación también han jugado un papel relevante en la reacción de la Nueva Psiquiatría.

   Pero no debemos caer en la trampa de hablar de desmanicomialización. Más bien se da una lógica manicomial a través de personas contenidas químicamente fuera de los psiquiátricos. Los mecanismos de control de la locura trascienden hoy el encierro asilar. 

   Así, mientras la lucha de la antipsiquiatría clásica se enfocaba a un número menor de locos, la nueva antipsiquiatría se enfrenta a un escenario de masificación de personas con sufrimiento psíquico y (sobre)medicadas.

   Esta nueva psiquiatría critica principalmente el (ab)uso de psicofármacos, pero también recoge la idea de Thomas Szasz de que la enfermedad mental es un mito. Idea que, de alguna manera, ya estaba de forma más o menos explícita en los antipsiquiatras clásicos, pero ahora se encuentra reforzada.

   La principal referente de esta corriente es Bonnie Burstow. De hecho, en 2016 se lanzó la Beca Bonnie Burstow en Antipsiquiatría. Aunque en ocasiones propongan el abolicionismo de la psiquiatría, no debemos engañarnos. No estamos ante posiciones realmente abolicionistas, sino ante una reforma de la psiquiatría. Una desligada del modelo biomédico y más próxima a la terapia psicológica.

¿Qué no es Antipsiquiatría?

Como ya se ha dicho al principio, hay una tendencia a entender como antipsiquiatría corrientes que no lo son: 

- Movimientos de sobrevivientes a la psiquiatría u otros grupos similares como Hearing Voices o el activismo en salud mental y los GAM (Grupos de Apoyo Mutuo). La antipsiquiatría es un movimiento llevado a cabo por profesionales de la salud mental. Es posible que ciertos activistas simpaticen con los planteamientos antipsiquiátricos, pero no deben en modo alguno entenderse como tales.

- La posición antipsistema; que supone la abolición del psistema.

- Alternativas a la psiquiatría. Un ejemplo paradigmático es el modelo de Diálogo Abierto iniciado en Finlandia (en la zona de Laponia occidental) en 1969, cuyo referente es Jaakko Seikkula.

- Modelos de psiquiatría que cuestionan la psiquiatría tradicional pero se desvinculan intencionadamente del prefijo “anti”: la psiquiatría crítica y la postpsiquiatría.

- Una mención especial merece el pensamiento no-psiquiátrico, denominado así por Giorgio Antonucci y en el que se podría incluir al liberal Thomas Szasz (sobre el cual se ha dicho que ha inspirado e influido en todo el movimiento antipsiquiátrico, aunque esto no sea del todo exacto). Una corriente a caballo entre la antipsiquiatría y el abolicionismo.

  Esta perspectiva lleva la crítica a la psiquiatría más allá: “considera la psiquiatría como una ideología que carece de contenido científico, un no-conocimiento, cuyo objetivo es la aniquilación de las personas, en vez del intento por entender las dificultades de la vida tanto individual como social para luego defender a las personas, cambiar la sociedad y dar vida a una cultura realmente nueva”. (Antonucci).


Franco Basaglia - Proyecto de Salud Mental

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