lunes, 21 de febrero de 2022

CUANDO LA REALIDAD GOLPEA (SEGUNDA PARTE)

CUANDO LA REALIDAD GOLPEA (SEGUNDA PARTE)

  

 Los enfermos mentales tienen a menudo un torbellino de 

pensamientos irracionales, pero su delirio, como decía el maestro

Castilla del Pino, es un error necesario, necesario para

interpretar sus vivencias internas, para dar explicación a lo que

sufren por no ser bien entendidos por las personas "sanas" que

les rodean, para enfrentarse a una estigmatización que

consideran injusta, para no ser interpretados como "raros" por

sujetos que se creen en posesión de otra verdad diferente a la suya. 


   Los "cuerdos" hemos acordado de una manera, para los "locos" injusta, que lo que ellos piensan es equivocado, delirante e inconveniente para un sistema que difícilmente se sostiene, habida cuenta de lo mal que marcha todo en este loco mundo que nos ha tocado vivir, donde prima la ley del más fuerte, donde nos estamos cargando los hábitats naturales, donde la injusticia social se percibe en todos los ámbitos posibles, donde el mito de la caverna expuesto hace más de dos milenios por Platón está más vigente que nunca, donde miramos al diferente, por cuestiones de etnia, género, condición sexual o religión, como un ser inferior al que hay que machacar o vilipendiar.

   Y "la rueda sigue girando", y casi nadie hace casi nada, y todo ello da lugar a que, en no pocas ocasiones, el enfermo mental se plantee si merece la pena seguir la dirección que marca esa rueda y la cadencia con la que realiza su rodar. Y a veces manifiestan su rebeldía, bien es cierto que de una forma incomprensible para los del otro lado de la locura, y en no pocos casos, acaban quitándose lo más preciado que tenemos, que es la propia vida. A quién no se le ha ocurrido alguna vez la famosa sentencia "Que paren el mundo que yo me bajo", acuñada por el gran Groucho Marx y no por los jóvenes revolucionarios del mayo francés del 68, que usaron la frase años después.

    

COMO TODOS LOS DÍAS

    Hoy como todos los días, me he levantado y he desayunado en el bar de la esquina de mi casa, donde Manolo, su dueño, me sirve un café sólo con tostadas sin mediar palabra, gracias a una complicidad forjada por los años. Miro el periódico del día, que cierro en la cuarta página, al comprobar que el mundo está loco. El último sorbo de café ayuda a que mi garganta trague trabajosamente mi medicación diaria. Me despido de Manolo, y mis pasos se dirigen hacia la consulta de mi psiquiatra, Antonio, un tipo serio, con rostro inexpresivo, y cansado de su trabajo. A media voz, y sin levantar la cabeza de la mesa, me pregunta cómo me va. Le contesto sin demasiado entusiasmo que bien, que sin novedad en el frente. Rellena rápidamente mis recetas y un inaudible “hasta luego” nos separa hasta la próxima cita. Ahora toca visitar a mi madre que a duras penas sale de su casa desde que falleció mi padre, hace tres años. Sus 78 años le pesan demasiado, la nostalgia y la vejez no perdonan. A mí me produce un terrible vértigo el pensar que algún día ya no la tendré conmigo.

   Ahora que recuerdo jamás le he dicho “te quiero”. Hoy me armaré de valor y lo haré, por todos los años que ha pasado junto a mí, en los malos y buenos momentos de mi vida, por no fallarme nunca. Al abrirme la puerta, acepto estoicamente su regañina semanal: que por qué no me he afeitado, que cómo que me he puesto una camisa sin planchar, que si he limpiado un poco mi piso, que qué comí ayer. A veces me aturulla con sus preguntas insistentes, pero es su manera de mostrar su preocupación, y darme el amor incondicional que jamás me ha faltado. La cojo de la mano y le doy un beso. Ella se extraña, por ese inusual gesto de cariño, y me suelta: - ¿José, y eso a qué viene? -. -Mama sólo quería decirte que te quiero mucho-. Me cuesta decir estas simples palabras que ahogan por un momento mi garganta. Sus ojos humedecidos me miran, con infinito amor y cariño, y me responde: -Yo también te quiero cariño,

pero ¿Estás bien? ¿Te pasa algo? -. Sonrío y la tranquilizo. Después de comer su exquisito estofado de patatas, regreso a mi casa. La verdad que tendría que limpiarla un poco; mañana lo haré.

   La siesta se ha prolongado más de la cuenta, y cuando me levanto son casi las siete de la tarde. La tele me aburre, ya no es lo que era. Ante este panorama, decido darme una vueltecita por el parque. Me siento en un banco y observo a la gente: gente riendo, corriendo, estresada, triste, enfadada... Y pienso que en nada se diferencian de mí, los mismos miedos, inquietudes, sueños, tristezas y alegrías.

   Hoy me siento bien, pero ya es tarde. Mañana será otro día.

 

EL MONSTRUO DEL MIEDO

   Mientras preparo la cena de nochebuena, aún me sorprendo cuando pienso que la mejor lección que me han dado en la vida me la ha proporcionado mi hija de seis años, Andrea. Envidio su inocencia, su ingenuidad y sobre todo su absoluta libertad de sentir y de pensar, sin prejuicios ni etiquetas que la hagan ser lo que no es.

   Sólo espero que la vida no la transforme en un ser desconfiado, rencoroso, y lleno de miedos, como la mayoría de los adultos que la rodean, incluido yo. Me pasó con Juan, nuestro vecino del segundo. Jamás había coincidido con él, porque nos habíamos mudado recientemente, tras el fallecimiento de mi mujer. La primera vez fue en el ascensor. Otra vecina de la comunidad se encargó de despertarme al monstruo del miedo, a mis peores temores imaginarios y a mis prejuicios dormidos. Juan saludó tímidamente con unos “¡Buenos días!”, manteniendo la cabeza baja y queriendo pasar desapercibido.

   Me sorprendió que llevara, en pleno verano, una chaqueta y una camisa de manga larga, y una bolsa llena de viejas y carcomidas tablas de madera. Mi hija y yo fuimos los únicos que le contestamos. Mi vecina se apartó inmediatamente de Juan, alejándose todo lo que pudo de él, sin mirarle ni dirigirle la palabra. Él apenas lo notó. Ahora sé que algunas personas se acostumbran demasiado rápido al desprecio y al rechazo que sufren día a día, y que éstos acaban por instalarse en sus vidas como parásitos indestructibles. Mi hija le preguntó cómo se llamaba, y Juan sorprendido, como escuchando por primera vez una voz amiga, le contestó entrecortadamente con su nombre. Yo recriminé a mi hija por indiscreta, pero Juan sonrió, quitándole importancia. Le devolvió la misma pregunta, y le acarició con ternura el cabello. Cuando bajó del ascensor, mi vecina sentenció al instante: “Ten cuidado con éste, está loco. No me fío de él ni un pelo. Acumula basura en su casa y hace cosas muy raras. Yo que tú ni acercarme”. Me quedé atónito por sus palabras, pero en vez de replicarle lo equivocada que estaba, me callé y le di las gracias por la información.

   Mi hija, ya en casa, me preguntó si Juan era un hombre malo. Y le dije que no, pero que era mejor que no se acercase a él. Y ella me preguntó que por qué si no era malo. Le contesté que podría ser peligroso. 

- “¿por qué es peligroso, papa?”-. No sabía qué responderle, y le dije que estaba mal de la cabeza, que estaba enfermo. - “Entonces papá, yo que también he estado enferma de la garganta soy peligrosa”-. - “Cariño, no digas tonterías. Son cosas distintas”. La simplicidad de su razonamiento luchaba contra la irracionalidad de mis palabras. Intenté distraerla con otra cosa, para que dejara de preguntar, pero me hizo recapacitar.

   El monstruo del miedo comenzó a devorar mis pensamientos, y a transformarme en un ser mezquino que juzgaba a Juan sin conocerlo. Me avergoncé de lo que había dicho, pero me venció el temor a lo desconocido.

   A la mañana siguiente, cuando abrí la puerta de mi apartamento para llevar a Andrea al colegio, me encontré en el suelo un elefante de madera tallado a mano, con unas letras en su base que decían: “Para Andrea”. Mi hija saltó de alegría, pero yo no. Me asusté. Deduje que lo había hecho Juan, y otra vez vinieron a mi cabeza el miedo y la desconfianza a que pudiera hacerle algo a mi hija. A partir de ese momento, cada mañana Andrea se encontraba con una figura de madera, delicadamente elaborada para ella. Decidí no hacer ni decir nada.

   La segunda vez que vi a Juan, fue en una reunión de vecinos, en el portal de la comunidad. En plena discusión sobre el costoso arreglo de la azotea, Juan apareció ante el grupo de vecinos, y de pronto se hizo un silencio atroz, turbador y violento. Se hizo inmediatamente un vacío insoportable alrededor de él. Sentí pena, pero hice lo que el resto. La discusión se reanudó a los minutos, pero el silencio volvió, y esta vez cargado de burla y menosprecio cuando Juan intentó hablar. A partir de ahí, se hizo invisible. La invisibilidad de la diferencia marcada, subrayada, que ya no es aceptada. No formas parte de nada, no eres nada. No volví a ver a Juan hasta al mes siguiente. Una mañana, cuando abrí la puerta del portal, mi hija Andrea corrió a saludar a alguien que rebuscaba entre muebles rotos de un contenedor. Era él. Me acerqué asustado, y gritando a mi hija que regresara. Andrea no entendía que pasaba, por qué le estaba recriminando su comportamiento.

   La agarré con fuerza y amenacé a Juan que la dejara en paz, que ni le hablase. No dijo nada. Fui incapaz de mantener su mirada de dolor y sufrimiento. Aún me duele recordarlo. Mi hija quiso defenderlo, pero la callé inmediatamente. Subí a mi piso, recogí todas las figuras de madera que Andrea guardaba en su cuarto, y las tiré a la basura. Mi hija estuvo llorando durante días. El miedo y la ignorancia ya no eran el monstruo; el monstruo era yo.

   Pero todo cambió en una lluviosa tarde de invierno. Es curioso comprobar como un simple y pequeño gesto puede dar significado a todo lo que nos rodea, y romper las barreras que limitan nuestra mente. Me encontraba con mi hija en un parque cercano a mi vivienda, mirándola a cierta distancia como jugaba con otros niños, desde un banco descolorido por el tiempo. En un instante, comenzó a llover torrencialmente, y a soplar un viento incontrolable. Apenas podía divisar a Andrea a causa de la lluvia. Oí un grito agudo, y a mi hija llorar. Corrí rápidamente a su encuentro, pero chocaba continuamente con otras personas que huían de la tormenta, y que me impedían acercarme a ella. Cuando por fin llegué a su lado, un hombre la tenía entre sus brazos, bajo un paraguas resquebrajado por el viento, calmándola y acariciándole la cabeza. Con la otra mano libre, le estaba limpiando la sangre de su rodilla. El “gracias” que iba a salir de mi boca, se paralizó cuando comprobé que era Juan el que, con tanto amor y ternura, estaba consolando a mi hija. Él me miró, me entregó a Andrea y se alejó. No pude decir nada. Un nudo en mi garganta lo impedía. Mi hija si reaccionó y alcanzó a Juan. Lo abrazó y le dio las gracias. En ese momento sentí un profundo desprecio por todo lo que le había hecho. Mi hija me acababa de dar una lección. No conocía la enfermedad de Juan, ni le importaba. Lo aceptó desde el principio por lo que es, y no por lo que tenía. Mis lágrimas comenzaron a confundirse con la lluvia, mientras caían por mis mejillas.

   A la mañana siguiente, me presenté en su puerta con Andrea y un pastel que habíamos elaborado juntos. No dijo nada, sólo nos dejó pasar. En una pequeña estantería del salón, tenía todas las figuras de madera que había elaborado para mi hija, y que había recuperado de la basura. Ella no pudo contener su felicidad. Me sentí tan avergonzado que no sabía cómo empezar. Cuando me disponía a pedirle perdón, me rozó ligeramente el hombro y me regaló una sonrisa llena de bondad y cariño que me atravesó el corazón. Fue suficiente para borrar todo lo negativo que había en mí, y perdonarme el sufrimiento que le había causado. Durante todo este tiempo, he tenido la oportunidad de conocer quién es Juan, adentrarme en su vida, y entender su enfermedad. 

   Hoy, día de Nochebuena, Juan vendrá a cenar con nosotros. Como siempre se sentará en su sillón habitual, jugará con mi hija y verá un poco la televisión, mientras preparo la cena. Y como siempre nos seguirá iluminando con sus tímidas sonrisas de afecto.

 

ENFERMOS DE IGNORANCIA

   Desde su sillón preferido, al lado del balcón, en el que mi hijo solía sentarse para ver jugar al fútbol a los más pequeños del barrio, diviso un grupo de vecinos enfermos de ignorancia. La ignorancia que da el miedo, el desconocimiento, los prejuicios, y, sobre todo, el egoísmo. Vociferan contra la integración y la solidaridad, y se oponen, con pancartas a que se construya en el barrio una residencia para personas con enfermedad mental. Dan la espalda al sufrimiento de tantos padres y madres que anhelan encontrar algún recurso digno para el cuidado de sus hijos, y desprecian el dolor de tantas personas, que perdidas en la oscuridad de una enfermedad mental y sin recursos económicos, no encuentran más cobijo que el frío suelo de un cajero, o la soledad terrible de una pensión de mala muerte. Simplemente estos vecinos me dan pena, y en el fondo, siento un profundo alivio al pensar que soy yo y no mi hijo el que está viendo esta lamentable escena. Carlos hace más de dos años que dejó de sufrir. Ahora que veo su foto de adolescente, colgada en la agrietada pared del salón, con su camiseta del Real Madrid, junto a sus compañeros del colegio, intento recordar cómo ocurrió todo. De ser un niño inquieto, abierto, inteligente, y lleno de vida a ser un hombre introvertido, huraño y con pocas ganas de reír. Tal vez fue el repentino fallecimiento de mi mujer cuando apenas tenía 17 años, lo que le sumió en una profunda tristeza, de la que jamás volvió a salir. Yo también me encontré sólo, sin familia cercana y sin poder dedicarle el tiempo necesario a mi hijo, que vivía sin el mimo y el cariño de una madre. Tenía que trabajar todo el día para poder seguir tirando de mi casa, pagar las facturas y la dichosa hipoteca, aunque esto no es excusa, ahora lo sé. Las preocupaciones me consumían y apenas me percaté que mi hijo comenzó a tener problemas en el instituto, a tener comportamientos agresivos con sus compañeros, a aislarse y a no querer salir de su cuarto. O simplemente no quería ver, por miedo. Pero la dura realidad de la enfermedad mental se estampa contra tu cara sin quererlo, sin avisar, y con todas sus fuerzas, dejándote desorientado y perdido. Una noche, después de cenar, en la que apenas intercambié unas pocas palabras con Carlos, me senté en el sofá a ver un poco la tele, cansado por el largo día de trabajo. De pronto, escuche un grito estremecedor. Cuando abrí la puerta, no olvidaré jamás lo que encontré: allí estaba mi hijo, pinchándose todo el cuerpo con un bolígrafo y gritando desesperado que unos gusanos se lo comían vivo. Rápidamente llamé a una ambulancia, y lo trasladaron a urgencias. Permaneció ingresado durante un mes en la unidad de agudos. Cuando le pregunte al médico que le pasaba a mi hijo, directamente y sin rodeos me soltó: “-su hijo tiene una esquizofrenia-”. “- ¿Esquizofrenia? -, ¿Qué quiere decir?, ¿qué mi hijo está loco? -”. “No, señor, su hijo tiene una enfermedad mental, y deberá tomar medicación periódica para controlarla-”. En aquel instante, no pude reprimir las lágrimas que caían sin cesar por mis mejillas. El médico me dio unas palmadas en la espalda y me dijo que me animara, que no era el fin del mundo. Pero yo ya no lo escuchaba.

   Me negaba a pensar que mi hijo, con tanta vida por delante, fuera preso de la locura; que no pudiera llevar una vida normal, casarse, tener hijos,… No lo admitía y decidí no parar hasta curarlo; consulté a decenas de psiquiatras, probé con técnicas alternativas de curación y hasta me dejé asesorar por un curandero. Pero mi hijo continuaba consumido por la enfermedad, aislado y sin amigos, con la exclusiva compañía de su perro. Algo estaba haciendo mal, y no sabía el qué. Después vinieron los intentos de suicidio. Tuve que dejar el trabajo para estar 24 horas pendiente de Carlos, no quería perderlo como perdí a su madre. Una madrugada, aprovechando la intimidad de la noche, y hundido en la desesperación, no pude parar de llorar. Me sentía incapaz de ayudarlo, y de que recuperara su vida. De pronto sentí su cuerpo junto a mí, y su intenso abrazo. No faltó decirnos nada más.

   Nos abrazamos y lloramos juntos. A partir de ahí, decidí entender la enfermedad de mi hijo, darle el amor y el cariño que le faltó tantos años, y apoyarlo en los buenos y malos momentos. Encontré una asociación de familiares que me abrió los ojos, y que me hizo comprender muchas cosas de su enfermedad, y que no todo estaba perdido.

   Y, sobre todo, me libró del sentimiento de culpa que no paraba de martirizarme. Logré que mi hijo se integrara en algunas actividades y talleres, y que comenzara a tener una vida más normalizada y autónoma. Al final me sentí útil, y comprendí que ahora sí le estaba ayudando. Tuvo sus crisis y recaídas, pero ya éramos los suficientemente fuertes para afrontarlas juntos. Así pasamos muchos años tranquilos, hasta que su corazón decidió no seguir viviendo, cansado de luchar. Murió como debe morir una persona, sabiendo que ha sido amada y querida. Tal vez esos vecinos de ahí afuera jamás han conocido qué es el verdadero amor, y por eso están enfermos de ignorancia.

 

PRESO DE UNO MISMO

   La escasa luz de la noche, logra atravesar con esfuerzo los barrotes de la pequeña ventana de mi celda para acariciar mi rostro, e ilumina mi mente que comienza a acumular sin sentido recuerdos dolorosos sobre lo que ha sido mi vida, mi pasado y lo que pudo haber sido, mi futuro. Recrea sin cesar los retazos rotos de una existencia destrozada por mi falta de conciencia sobre una enfermedad que rechazaba, y contra la que luchaba día a día tomando el camino equivocado. Llevo 21 años preso de una enfermedad mental que ahora he comenzado a aceptar, y tres años preso en la cárcel de Córdoba. La primera me privó de mi juventud, pero era inevitable; la segunda, me privó de mi libertad, pero se pudo evitar. Ahora sé que hay luchas que sólo llevan al sufrimiento y al dolor, y que hacen que te pierdas los instantes más hermosos que puede regalarte la vida. ¿La peor?; la lucha contra uno mismo, que me empeñé en abanderar sin descanso y por encima de todos, sin aceptar realmente quién era y culpabilizando a lo demás de mi propia desgracia. Pero también sé que hay duras batallas por las que merece la pena luchar, como la batalla por la justicia y la igualdad que llevo encabezando desde que ingresé en prisión.

   Quiero que desaparezca para siempre la sinrazón de un sistema en el que las personas con enfermedad mental y sus familias se encuentran perdidas, indefensas y desprotegidas, y sea vencida por la voluntad inquebrantable de los que luchamos día a día contra el olvido de la sociedad.

  Me encuentro en una claustrofóbica celda por un delito que no recuerdo, y que mi enfermedad ejecutó con decisión, usando mi cuerpo y mis manos sin mi permiso. Desde los 18 años he sido una marioneta en sus manos, y nunca tuve fuerzas para cortar los hilos que me ataban a ella. Me negaba a aceptarla, y año tras año me hundía más en su profunda oscuridad. Para combatir mi dolor, comencé a consumir todo tipo de drogas, que me evadían de una vida que odiaba y que sólo acrecentaba mi sufrimiento y el de las personas que me rodeaban. Mi pobre madre fue la única que nunca perdió la esperanza en mi recuperación. Me acuerdo como me buscaba en las frías noches de invierno, en los barrios más marginados de la ciudad, preguntando a yonquis y a borrachos si me habían visto, hasta que me encontraba tirado en alguna esquina o en un bar de mala muerte, inconsciente y sin poder andar. Me arropaba con una manta, me metía en un taxi y me acostaba en mi cama, sin olvidarse de darme un beso en la frente y susurrarme: “No te preocupes cariño, todo saldrá bien”. Fue la que aguantó mis violentas reacciones día tras día, la que me abrazaba cuando me tiraba meses enteros sin salir de la habitación, la que me obligaba a tomar la medicación sin éxito, la que no descansaba nunca. Sin saber leer ni escribir, no dudaba en presentarse ante mi psiquiatra y exigirle que fuera a mi casa para ayudarme y medicarme, recibiendo siempre una negativa por respuesta: “Si su hijo no viene voluntariamente, no podemos hacer nada”. Se reunió con todos los políticos de la ciudad, que sólo le daban falsas esperanzas. Los jueces o fiscales le recomendaban que me denunciara para poder intervenir, pero su conciencia no se lo permitía. Desesperada acudió a la prensa, para denunciar el abandono que sufríamos, pero sólo se aprovecharon de los aspectos más escabrosos de mi historia. Todos nos dieron la espalda. Ella sabía que sólo le quedaba esperar a que algo terrible me pasara. Y así fue. En plena crisis psicótica, con 36 años, me levanté una mañana con la plena convicción y certeza que debía salvar el mundo de una invasión alienígena y que debía matar a todos los extraterrestres que estaban escondidos en los cuerpos de seres humanos que vestían con camisas amarillas. Después vino un gran vacío y el único recuerdo de mis manos ensangrentadas y esposadas, junto al cuerpo agonizante de un hombre en mitad de una calle invadida por los curiosos que pasaban por allí. Sin recursos económicos para lograr una buena defensa, me asignaron a un abogado de oficio recién licenciado que poco pudo hacer contra un proceso penal ya iniciado, contra un juez implacable y un fiscal acorralado por la presión mediática que provocó mi caso.

  Diecisiete años de cárcel por un delito de asesinato, mas una indemnización cuantiosa que jamás podrá pagar. Apenas recuerdo el juicio, estaba totalmente dormido por la fuerte medicación que me administraron.

   Mi madre luchó para que me ingresaran en otro centro más adecuado para tratar mi esquizofrenia paranoide, pero fue en balde. La cárcel fue la única opción. En prisión comencé a medicarme periódicamente y mi enfermedad se estabilizó. Aquí dentro he empezado a tomar conciencia de muchas cosas; del dolor que he arrastrado conmigo, de mi falta de responsabilidad ante mi propia vida, de las personas que siempre creyeron en mí, pero también de que he sido víctima de un sistema sanitario y social que no me ha atendido cuando más lo necesitaba, ni ha sabido apoyar a una familia que pedía ayuda desesperadamente. Pero no podrán conmigo. Seguiré adelante por mí y por mi madre, que ha logrado que se revise mi caso gracias a la ayuda y apoyo de una asociación de familiares y personas con enfermedad mental.

   Con fuerza y esperanza, cada domingo acude sin falta a verme, y tras el lejano cristal que nos separa, siempre me regala su dulce sonrisa y me susurra: “No te preocupes cariño, todo saldrá bien”.

 

Memorias del loco - Capítulo 5 "En el nido del cuco"

ME SIENTO LIBRE

   Mientras siento el suave calor del sol en mi cara, en la terraza del bar de la esquina, cierro lentamente mis ojos y mi mente decide viajar al pasado. A mi pequeña habitación de adolescente, decorada con los posters de mis cantantes preferidos. Una adolescente en apariencia como las demás, pero diferente. Una diferencia que todos me hacían ver diariamente desde que me sentenciaron, con diecisiete años, con el diagnóstico de una enfermedad mental. Me vi a mí misma, sentada en el escritorio de mi cuarto, mirando a la nada y deteniendo el recorrido de mis lágrimas con mis manos temblorosas, en la soledad que sólo permite la noche. Era una chica asustada, solitaria, insegura, y perdida en una enfermedad que no conocía y a la que temía. Decido acercarme a ella, abrazarla y susurrarle dulcemente: “Tranquila, no te angusties por lo que va a venir. Todo llega y todo pasa. Disfruta de cada instante de la vida, y, sobre todo, piensa que si tú no lo intentas nadie lo hará por ti”. Abro los ojos y una súbita melancolía se apodera de mí, pero rápidamente desaparece con un leve suspiro. ¡Cómo me hubiera gustado escuchar esas palabras en aquel preciso momento! Pero la vida tiene planes para ti en los que, a veces, no estás incluida. Ya no importa lamentarse por lo que no fue o lo que pudo haber sido. Hoy me siento tan satisfecha con lo que soy y con lo que hago, que los recuerdos ya no pesan ni duelen, sólo pasan. El dolor, el sufrimiento y la desesperación forman parte ya de un pasado sin memoria del que he aprendido a liberarme. Ahora sé que cada pequeño paso que voy dando, aunque sea insignificante, me lleva hacía donde siempre quise ir, a lo que siempre he querido ser.

   Hace tres meses que salí de la unidad de agudos por una grave recaída en mi enfermedad. Las recaídas son grandes agujeros negros que se tragan tu conciencia y tu presente, y cuando terminan de girar, te regresan a una realidad que sigue sucediendo sin ti. Después de semanas, aturdida por los efectos de una fuerte medicación, regresas a tu casa como una zombi sin recuerdos, y con unos padres cansados y angustiados que silencian el sufrimiento de ver a su hija otra vez ingresada. En los siguientes días no quieres estar con nadie ni saber de nadie, incluso no quieres saber de ti. Te abandonas, te dejas, y la enfermedad sale triunfante. No te importa nada, ni nadie. Te sientes tan pequeña e insignificante que decides que la vida es algo que no va contigo.

   Así me sentía cada vez que tenía un brote psicótico, intentando coser con un hilo débil y quebradizo los borrosos momentos que me llevaban al abismo. Pero todo cambió una tarde de mayo, cuando en una anterior crisis, me encontraba en el sofá de mi casa, junto a mis padres, mirando la televisión sin verla ni escucharla, ajena a todo lo que me rodeaba. Mi organismo aún luchaba por asimilar las altas dosis de medicación de los últimos días. Apenas comía y llevaba varios días sin ducharme. De pronto sonó el timbre de la puerta, y mi padre me obligó a abrir, a pesar de mi resistencia. Me encontré con un hombre bajito, de abundante pelo rubio y rizado, con bigote grande y negro, que intentaba con ahínco, sujetarse unos pantalones, tres tallas más grandes, con unos ridículos tirantes rojos. Extrañada, no dije nada ante aquel pequeño ser grotesco hasta que sus palabras me despertaron de la confusión. -Hola, ¿puedo hablar con María, por favor? - Tardé en reaccionar. -Sí, soy yo-, contesté. – Me llamo Pablo, y me encantaría que me acompañaras a dar un paseo por el barrio-. Abrí más los ojos y me volví a fijar en aquel hombre tan singular que me empezó a resultar familiar. – Perdone… pero... ¿Quién es usted? - le pregunté sorprendida sin apartar la vista de su cara. – Ya se lo he dicho. Me llamo Pablo, un vecino del barrio que siempre ha querido conocerte y hoy no he querido dejar escapar la ocasión-. Me di cuenta que impostaba la voz, intentando que sonara más ronca. Volví a mirarlo fijamente hasta que comprobé que su bigote era postizo y su pelo una peluca. - ¿Mamá? Pero… ¿qué haces? - Mi madre empezó a reírse sin parar mientras se sujetaba el bigote para que no se le cayese. También comencé a escuchar la carcajada de mi padre desde el salón, testigo mudo de la broma. Ambas risas me despertaron de mi oscuro letargo. Reí como nunca antes había reído. Una risa catártica que me hizo tomar conciencia de mi situación y de mí misma. Reía y lloraba a la vez al comprobar como el amor de mis padres me había hecho darme cuenta que la única persona que podía salvarme era yo misma. Me fui a mi cuarto, y me desplomé en la cama pensando en cómo había dejado pasar tantos días de mi vida sin ayudarme, sin quererme, sin luchar. Sobre todo, cómo había despreciado la ayuda que tantas veces me habían ofrecido mis padres para salir del profundo agujero de mi enfermedad. Mi madre me miró con tanta ternura desde la puerta de mi habitación que fue el impulso que necesitaba. Me duché, me arreglé como si tuviera una cita y agarré con fuerza el brazo de mi madre, y le dije -Pablo, me encantaría dar ese paseo contigo-. Todavía recuerdo ese día inolvidable con ella disfrazada, paseando juntas y riéndonos sin parar cuando la gente nos miraba asombrada. Se lo debo a ellos, pero sobre todo me lo debo a mí.

   Por eso, ahora, tras mis últimas recaídas, decido, aunque con gran esfuerzo, atravesar todos los días la puerta de mi casa y volver a sentir el aire fresco de la mañana, la luz del sol y las voces de la gente corriente. Me dirijo hacia la asociación donde me espera mi otra familia, con la que comparto preocupaciones, alegrías y risas.

   Acudo a los talleres de rehabilitación, hago deporte y viajo todo lo que puedo. Los fines de semana salgo con mis amigas al cine, a pasear o simplemente a tomar un refresco en cualquier bar del centro.

   Ya hace tiempo que decidí no seguir luchando contra mi enfermedad, no considerarla una enemiga. La acepto y ya no le temo. Camina junto a mí, pero no permito que me adelante, ni que me corte el paso. Me supero día a día, y afronto con valentía sus inesperadas jugadas. Ya no me compadezco ni espero a que alguien me de la fuerza que necesito. Ya no pierdo el tiempo en lo que pasará o en lo que pudo pasar. Disfruto de cada instante que me proporciona esta vida llena de irrepetibles momentos que merecen la pena vivir y sentir. No puedo perderla de nuevo.

   Las notas de la canción “Happy” llegan a mis oídos desde el interior del bar. Mi cuerpo comienza a moverse sin control, y no puedo pararlo. Me levanto y comienzo a cantar y a bailar con todas mis ganas. Aquí estoy, ya no te tengo miedo, ya no os tengo miedo. Sólo sé que me siento libre.

Pharrell Williams - Happy // Sub. Español

 


Esquizofrenia (Canciones sobre el miedo y la locura) - Roberto Quetzal

Esquizofrenia es el nombre de este tema que forma parte de una serie musical que explora las emociones humanas, los miedos, los trastornos psicológicos y sobre todo la locura.

Solo en la oscuridad (Canciones sobre el miedo y la locura) - Roberto Quetzal


Mórbida Canción de Amor (Canciones sobre el miedo y la locura) - Roberto Quetzal

https://www.youtube.com/watch?v=PaE7ia7bT3M
Canciones sobre el miedo y la locura (FULL)

Roberto Quetzal: La serie completa de canciones sobre el miedo y la locura. Este video es ideal para escucharse en la oscuridad, relajarse y dejarse llevar por las melodías oscuras. 

00:00 Esquizofrenia
03:50 Luna Gélida
07:51 Micropsia
12:27 Sólo en la oscuridad
15:45 Fotofobia
19:17 Mórbida canción de amor
23:33 Pandemonium
26:19 Mujer fantasma
28:43 Misantropía
32:15 Pájaros sombríos
35:15 Sociopata
37:18 Síndrome de Adèle
40:09 Parálisis del sueño


No hay comentarios: