domingo, 20 de febrero de 2022

CUANDO LA REALIDAD GOLPEA (PRIMERA PARTE)

 

CUANDO LA REALIDAD GOLPEA



No hay cifras exactas y coincidentes sobre la prevalencia de las enfermedades mentales graves, pero los estudios epidemiológicos indican que afectan a entre el 2,5% y el 3% de la población adulta. La mayor parte son esquizofrenias y trastornos bipolares, aunque esta denominación también abarca otros trastornos, como el obsesivo-compulsivo, los trastornos de personalidad (TP) y los alimentarios cuando se manifiestan con una gravedad elevada. En los últimos años ha aumentado además el número de brotes psicóticos asociados al consumo de tóxicos, la llamada patología dual.

Relatos sobre la Enfermedad Mental

El muro mental

“Yo le aconsejaría a la gente que escriba, porque es como agregar un cuarto a la casa de la vida.

Está la vida y está pensar sobre la vida, que es como seguir viviéndola.

Es duplicarla del mejor modo”.

Adolfo Bioy Casares

  

  Datos, datos, datos. La sobreinformación de nuestro tiempo, fría, numérica, porcentual y llena de etiquetas se ha convertido en una poderosa herramienta para alejarnos de la realidad. Seguramente casi nadie recuerda cómo se llamaba el volcán colombiano que entró en erupción en 1985, ni a los pueblos que afectó, ni el número de víctimas que causó. Pero nadie puede olvidar los ojos y la voz de Omaira Sánchez Garzón, la niña que adquirió reconocimiento mundial al estar tres días atrapada en el fango, agua y restos de su propia casa mientras las cámaras de televisión transmitían sus últimas horas de vida. En el desastre y el drama ninguna cifra genérica ni ninguna explicación científica puede tocar nuestra alma, algo que solo puede realizar lo concreto. Un relato, una foto, unas imágenes, una voz. Una historia.

   Por eso, el primer párrafo de este prólogo es un muro -otro más- que se levanta, en este ejemplo concreto, en torno a la enfermedad mental. Un lector que lea una información como la de arriba, por mucho que conozca la enfermedad mental, será incapaz de saber cómo huele un centro social lleno de personas que la padecen; de cómo mantener una conversación con alguien perdido en sus laberintos mentales; de empatizar con una madre que ya no sabe qué hacer con su hijo enfermo o comprender a un familiar que rechaza la situación porque se siente negligente. Los datos no sensibilizan, pero, afortunadamente, la ficción, sí.

   El cuento “Como todos los días”, habla de la relación de una persona enferma con su madre y cuenta que todos estamos hechos de la misma materia: miedos, inquietudes, sueños, tristezas y alegrías. Las personas con trastorno mental grave acostumbran a ser más víctimas que agresores.

   El relato Enfermos de ignorancia” cuenta la historia de unos vecinos presuntamente “cuerdos” que se manifiestan en contra de la construcción de una casa-hogar para personas con enfermedad mental en su barrio.

   Preso de uno mismo” es un relato de ficción contado por el periodista Jesús Quintero parecido a muchas historias protagonizadas por personas que conoció y entrevistó en las cárceles andaluzas, poniéndoles voz durante muchos años en la radio y en la televisión.

    El monstruo del miedo” aborda la relación de una niña con su vecino y reflexiona sobre cómo se ven a sí mismas las personas con una enfermedad mental y lo difícil que resulta sobrevivir con dignidad a las imágenes distorsionadas de la sociedad.

  Inseparables” es un cuento sobre el rechazo que provoca la enfermedad mental, incluso entre los que están más cerca.

    El relato “Me siento libre” habla de una mujer joven con enfermedad mental cuya madre era capaz de hacer cualquier cosa para que su hija conviviera con alegría con su dolencia.

   Estos relatos agridulces vienen a mostrar, además, que la locura no es algo mítico o mágico, sino una enfermedad, como otras, que resulta, entre otros factores sociales y psicológicos, de la intervención de sustancias químicas. Muchos de sus protagonistas con enfermedad llevan una vida razonablemente autónoma que se transmite mucho mejor y resulta más verosímil contada de esta forma que en un artículo científico sesudo.

   Cuentos que también brotaron como una obsesión. De algo que escuché en mi despacho, o en un taller, una excursión con pacientes o vaya usted a saber. Una larva que alguien puso en mi cabeza y resultó convertirse en gusano y después en mariposa dando vueltas por mi bóveda craneal. Y llega cada septiembre y me digo: pues aquí tiene que haber algo, ¿no? Y me pongo a escribir partiendo siempre de un conflicto, porque sin conflicto, no hay escritura.

   Si estos relatos dejan algo claro, es que nadie en el mundo puede con certeza definir el límite exacto entre lo real y lo irreal, ni siquiera yo, que sé de realidad y de ficción, que conozco el mundo de los cuerdos, si es que existe, y el de las personas que no lo están. Para la poeta con enfermedad mental de Radio Nikosia, la Princesa Inca, existen locuras cotidianas más graves, como “la guerra, el abuso, el maltrato, el trabajo, el consumo, la Navidad, el querer estar delgados, el matrimonio, el hablar con los santos, los multimillonarios, la cocaína...”.

   La vida en sí misma es un sinfín de locuras y paranoias globales aceptadas por todos. “Les llamé locos, me llamaron loco y ganaron por mayoría”, porque no existe el loco sin El Otro que lo nombra.

 

INSEPARABLES

   Cuando su hermano David agarró con fuerza su mano desde su cama, en aquella gélida y vacía habitación de hospital, le miró fijamente con lágrimas en los ojos y le susurró “agárrate canija”, todo el resentimiento y el dolor que había acumulado durante estos últimos siete años se disiparon, desaparecieron como un mal sueño.

   El recuerdo de aquella tarde de infancia, junto al río, cuando salvó su vida, se materializó de inmediato, como las imágenes de una vieja película. Ella sintió el escalofrío del agua fría, el miedo en los huesos, la imposibilidad de respirar, y el grito de su hermano “agárrate canija” cuando su mano impidió que la corriente la arrastrara. No pudo resistir el abrazar a su héroe, a su protector, a su todo. Reconoció por fin al hermano mayor que había perdido durante estos largos e infernales años en el laberinto oscuro de la enfermedad mental.

   Su físico escuálido y enjuto desarrolló en su hermano David una tendencia a protegerla ante todo y ante todos; era como un segundo padre. Siempre juntos, inseparables. Su personalidad era arrolladora, alegre, extrovertida, valiente, segura…causaba admiración donde iba. Sus padres lo adoraban, y ella también. No le importaba pasar desapercibido o quedar en un segundo plano. Sólo el estar junto a él, la engrandecía.

   Todo era perfecto hasta que empezaron la Universidad. Compartían piso de estudiantes en la capital para iniciar los estudios de Arquitectura en su caso, y de Medicina en el de él. Como siempre David empezó a destacar entre los mejores, y todos lo conocían en la facultad. Pero comenzó a tener comportamientos extraños que ella justificaba continuamente para no darse cuenta de que la enfermedad mental había entrado en su vida sin avisar. Pasaba semanas sin salir, encerrado en su cuarto, sin lavarse ni asearse. Sólo comía patatas cocidas y agua. Ya en el segundo curso, sus notas empezaron a no ser tan brillantes como antes. Su estado se agravó, y decidió contárselo a sus padres, que hasta ahora ignoraban esta situación. Su madre, que adoraba a David, le quitó importancia. Lo achacó al estrés de los estudios, y a la excesiva presión de la carrera. Dentro de ella algo le decía que esta no era la razón.

   Había periodos en los que se recuperaba sorprendentemente y volvía a ser quien era. Estos momentos acrecentaban la ceguera de sus padres que no querían darse cuenta de que su hermano estaba siendo secuestrado por una enfermedad desconocida por todos hasta ese momento. Su magnífica relación se transformó en un duro campo de batalla. Él cerró la puerta de su cuarto con un candado, se obsesionó con la limpieza y la obligaba a ponerse guantes para todo. Se negó a salir y perdió a todos sus amigos. La soledad se convirtió en su única compañera. Una noche la despertó un fuerte alarido que estrujó su corazón. Sus gritos eran continuos y constantes, y a pesar de suplicarle que abriera la puerta, era inútil. Fue incapaz de tirarla abajo y llamó a la policía. Cuando lograron abrirla, y pudo ver por primera vez el cuarto de David, la desolación invadió con tanta fuerza u alma que jamás pudo olvidar aquel instante. Cuatro paredes blancas, vacías de cuadros y muebles, se habían convertido en el pequeño refugio de su hermano. Sus libros de carrera los tenía dentro de varias bolsas negras cerradas. Dormía en un trozo de plástico transparente sobre el suelo. El seguía gritando hacia la nada, con la mirada perdida en un mundo real que sólo veían sus ojos.

   Pasó una semana ingresado en la Unidad de Agudos. Sus padres no soportaron este duro golpe, y menos ver a su hijo anulado por la medicación. No aceptaron ni escucharon al equipo médico cuando les informaron que su hermano tenía los síntomas de un trastorno psicótico y de un trastorno obsesivo compulsivo. A la semana siguiente solicitaron el alta inmediata de David porque, según ellos, “él no estaba loco”, y los médicos estaban equivocados.

   Ella recuerda aquellos días cargados de una profunda tristeza por el estado de su hermano, que no se había recuperado, y por la inconsciencia de sus padres, que no aceptaban lo que estaba pasando. No paró de llorar durante tres días seguidos.

   David dejó la carrera y se trasladó a casa de sus padres. A partir de aquí, el infierno se instauró en sus vidas. Ella a duras penas continuó con sus estudios, y cada fin de semana visitaba a su familia. Su hermano se volvió un tirano y un manipulador, y el miedo les dominaba a todos. Cada fin de semana era una agotadora lucha sin cuartel contra él y contra sus padres, que salían en su defensa. Acudió a una asociación de familiares de personas con enfermedad mental para pedir ayuda, y por primera vez en mucho tiempo se sintió escuchada y comprendida. Antes sólo sufría el abandono de un sistema social y sanitario sordo ante su angustia y desesperación. Siempre escuchaba “no se puede hacer nada, si su hermano no quiere”. A pesar del apoyo que le ofrecía la asociación a ella y a su familia, su madre rechazaba cualquier ayuda y consejo de ingresar a su hermano en algún centro psiquiátrico, y le recriminaba constantemente su incomprensión y su falta de tacto con David. Todo el amor que sentía hacia él se volvió desprecio y odio por todo el dolor que estaba causando a su familia. Era preso de una enfermedad que no aceptaba y que sacaba lo peor de él.

   Ella ha aprendido que la vida, en los momentos difíciles, te enseña el camino correcto y que las grandes decisiones no se piensan, se sienten. Tras cinco años de frustración, culpabilidad y sufrimiento decidió distanciarse de su familia. Cuando acabó la carrera, le ofrecieron trabajo fuera de España, y vio la oportunidad de alejarse de todo aquel infierno gobernado por David. Se sentía destrozada por dentro y sin vida, pero no podía hundirse en su locura como lo habían decidido sus padres. Se fue con la deuda pendiente de que no podía salvarlo como él sí hizo con ella en aquella tarde de verano. Sólo podía salvarse a sí misma.

   Tras dos años fuera del país, y con contactos puntuales con su familia, la llamada telefónica que siempre esperó recibir, llegó una mañana de otoño. La intranquilidad y el desasosiego jamás la habían abandonado. David había desaparecido tres días, y la policía lo había encontrado desorientado, deshidratado y congelado junto al río.

   Tras un largo viaje en avión, llegó directamente al hospital donde estaba ingresado. Cuando volvió a ver a sus padres, su corazón se rompió. El sufrimiento y la tristeza habían acelerado la vejez en sus rostros. Se unieron en un abrazo interminable y silencioso que representaba su perdón mutuo. Su hermano dormía en la habitación. Estaba irreconocible. La enfermedad lo había consumido física y mentalmente. Sus padres le habían contado que, en los últimos meses, en los que su estado mental estaba al límite, gritaba el nombre de ella todas las noches. La policía lo había encontrado en la zona del río donde hace tiempo la salvó, pensando que tal vez la encontraría allí, esperándola para cogerle la mano y regresar a casa juntos. La pena paralizó su voz que fue incapaz de salir de su garganta, ahogada por las lágrimas.

   Pasó la noche junto a la cama de David, y por la mañana, fue cuando sintió su mano aferrarse a la suya. Su “agárrate canija” la despertó de esa larga pesadilla que había sufrido durante los últimos años. Tras un largo abrazo, ella comprendió que ahora sí podía salvarlo, y que la enfermedad mental no iba a arrebatárselo de nuevo. Había recuperado, por fin, a su inseparable hermano mayor.

 


Radio Colifata: La autoproclamada radio de locos

   LT22 Radio La Colifata es una emisora de radio de frecuencia modulada argentina, que transmite en la frecuencia de 100.3 MHz en Buenos Aires. Debe su nombre al lunfardo «colifato», «loco querible» y posee la peculiaridad de ser la primera en el mundo conducida por pacientes de un psiquiátrico. Fue creada el 3 de agosto de 1991, por iniciativa del todavía estudiante y posteriormente psicólogo Alfredo Olivera como parte de la terapia de recuperación para pacientes del Hospital Neuropsiquiátrico Doctor José T. Borda.

   La intención original del programa era dotar a pacientes internados y externados de un espacio de autonomía y facilitarles herramientas para recuperar la iniciativa necesaria para su reinserción a la salida de su ingreso.


Supimos que algo iba mal cuando mi hermano empezó a tapar las ventanas de su habitación con telas negras.

"Es por los helicópteros", decía mi hermano. "Es el FBI. Van detrás de mí".

Por Tracy Chabala

     Empezamos a darnos cuenta de toda la gravedad del problema cuando un día llamó a la policía a las dos de la mañana, afirmando que mi madre tenía un rifle y que tenía intención de usarlo. La policía vino a casa, se colaron a escondidas por las escaleras de la entrada con las pistolas desenfundadas y, cuando yo salí de mi habitación medio dormida y confusa, me gritaron que pusiera las manos donde ellos pudieran verlas.

    A pesar de que nunca antes había tenido una pistola apuntándome a la cara, no me asusté. En lugar de ello, me sentía enfadada porque me habían despertado con todo ese jaleo. El inicio de la enfermedad de mi hermano no me perturbaba demasiado, sobre todo porque casi siempre lo había visto como un rival. A lo largo de nuestra infancia y adolescencia siempre brilló más que yo, trayendo a casa premios y sobresalientes por sus grandes dotes para las matemáticas, las ciencias, el inglés, el francés y la historia, mientras que yo pasé a duras penas por el colegio con una media de aprobado. Con su metro ochenta, Nico era la estrella de los equipos de voleibol y baloncesto, lo que le hacía ganar todavía más reconocimientos. Yo intenté apuntarme al equipo de gimnasia rítmica pero no me cogieron.

   También me sacaba de quicio tomándome el pelo, llamándome "Tutankamona" por mi pelo rizado natural, que se me encrespaba hasta la altura de la barbilla con la misma forma que el tocado de la cabeza de Tutankamón. Decía que tenía los muslos gordos, que mis dibujos eran estúpidos y, cuando yo respondía a sus incesantes provocaciones, me decía, "calma, calma", lo que me provocaba una rabia todavía más ciega. Mis padres estaban de acuerdo en que siempre empezaba él y constantemente le reñían por molestarme cuando yo solo quería que me dejaran en paz.

    Yo ya tenía mis propios problemas cuando la policía subió por las escaleras: tenía 16 años, no tenía novio y me encontraba lidiando con las primeras etapas de un trastorno alimentario. En aquel momento estaba engordando 2 kilos a la semana y, como resultado, me estaba hundiendo en una depresión y luchaba contra una irritabilidad constante y una mala actitud perpetua.

   Por desgracia, para cuando los polis me vieron ya habían esposado a mi madre, que permanecía con los pies descalzos en nuestro porche con su camisón de franela rosa hasta las rodillas. Debía de tener las plantas de los pies heladas, porque estábamos a mediados de enero y, la temperatura bajaba hasta los 7 grados después de ponerse el sol.

    Mi madre no se mostró molesta ni combativa cuando la esposaron. En lugar de ello se quedó de pie, inerte y como sin vida, tratando sin éxito de explicar lo que estaba pasando entre sollozo y sollozo. Sus palabras eran ininteligibles por su llanto. Me rompía el corazón y a la vez me llenaba de desprecio, parecía tan indefensa, tan incapaz de luchar… Y yo sabía que dependía de mí, a pesar de mi mala actitud, aclarar las cosas. Con un aparato dental en la boca que me impedía ofrecer un discurso claro, expliqué a los polis el trastorno de mi hermano. "Mi hermano está loco", dije babeando. "Se imagina cosas".

   Nico permanecía detrás de mí, en estado de alerta, todavía aterrorizado. Más tarde supe que esa fantasía en concreto le había golpeado cuando mi madre ya estaba dormida. De repente y sin siquiera interactuar con mi madre, Nico se convenció de que ésta estaba en su habitación cargando un rifle para matarlo, por eso había llamado a la policía. Antes de hacer la llamada no nos había dicho nada a mi madre o a mí.

   "Mi madre no tiene ningún rifle, así que, ¿pueden quitarle las esposas, por favor?". Afortunadamente, me hicieron caso.

    Y cuando mi hermano replicó, "No, ¡sí que tiene un arma! ¡Yo la he visto!", yo simplemente dije "ignórenlo" en un tono frío y plano.

    Fuera lo que fuera lo que le estuviera pasando a Nico, pensaba que sin duda se le pasaría. Él era la superestrella, el encargado de dar el discurso ante su clase del instituto, por lo que había conseguido plaza en la mejor universidad. Él era el guapo, alto, delgado y musculoso; su cabello, espeso, lacio y rubio, le quedaba mucho mejor que mi peinado a lo Tutankamón.

  Era mi némesis, riéndose de mí constantemente, superándome constantemente y, cuando no lo hacía, ignorándome por completo.

    Más tarde supimos que sus incesantes provocaciones ―un hábito muy inmaduro― coincidían con la predisposición a la esquizofrenia. Aunque Nico tenía un gran talento, no tenía la madurez emocional que yo tenía de niña. Cuando no estaba estudiando o practicando deporte, tenía dos personalidades muy diferenciadas: grosera y malvada o completamente atontada. Las fotos que tenemos de pequeños lo muestran. Yo ponía caras o sonreía a la cámara mientras que Nico parecía distante, difuso, sin emociones y frío.

    Su enfermedad mental apareció justo cuando suspendió durante su primer curso en la Universidad, con toda probabilidad por su consumo incesante de marihuana. No cabe duda ―al menos según todos los psiquiatras que ha visitado en su vida― de que la hierba catalizó la esquizofrenia que había estado latente en su cerebro desde que nació. Es una hipótesis suficientemente sólida, dado que mi abuelo paterno también era esquizofrénico. Como la calvicie masculina, las enfermedades mentales a menudo se saltan una generación.

    En casa solía acurrucarse junto a su equipo de música, escuchando a los Beatles y a los Who, buscando acallar los ruidos que escuchaba dentro de su cabeza. "Hay chasquidos en mi cabeza", se quejaba, aterrorizado. "Un constante ruido de chasquidos". Tras unos seis meses de este comportamiento, mis padres empezaron a preocuparse de verdad. Yo me sentía indiferente.

    "¿No estás preocupada por tu hermano?", me preguntó mi padre mientras comíamos unos asquerosos huevos con bacon en un restaurante cercano a su casa. Pero yo me sentía tan desvinculada de Nico debido a nuestra tensa relación que ni siquiera pude responderle. "No sé cómo puedes mostrarte tan fría con esto", añadió.

    Recuerdo empujar aquellos chiclosos huevos con mi tenedor, incapaz de comérmelos porque me había comido unos doce dónuts la noche anterior, y mirar por la ventana. Los rayos del cegador sol rebotaban en las ramas de las robustas palmeras que había plantadas en el exterior del restaurante. Todo el paisaje reverberaba, haciéndome sentir todavía más deprimida. "Porque se va a poner bien", dije por fin, irritada. "Se pondrá mejor. ¿Por qué os preocupáis tanto vosotros?".

    Pero no mejoró. En lugar de ello, empezó a trepar por las frondosas colinas que había tras nuestra casa, con un calor de 40 grados en verano ―descalzo― y a quedarse en lo alto de la colina, esperando que Dios lo subiera a los cielos, porque los ángeles le habían dicho que se aproximaba el apocalipsis. Regresaba a casa con ampollas bajo los dedos de los pies y los talones debido al contacto con la abrasadora acera, y con la cara gravemente quemada por el sol. Al día siguiente aparecían en sus mejillas, su barbilla y su frente quemaduras del tamaño de monedas.

   Tras unos cuantos ingresos de 14 días de duración en unidades psiquiátricas que desembocaron en que Nico comenzara a tomar medicamentos ―medicamentos que empezaron realmente a mejorar su paranoia― mi mente empezó a ajustarse a la realidad de que mi hermano había desarrollado una enfermedad mental grave.

    La esquizofrenia, según nos dijeron los médicos, provoca paranoias graves e ilusorias, de ahí que Nico pensara que mi madre tenía un rifle y que el FBI la espiaba y que los ángeles habían profetizado un apocalipsis. Aunque los médicos dijeron que no se volvería violento o agresivo, nos avisaron de que cabía la posibilidad de que se pusiera a sí mismo o a otros en peligro al intentar protegerse. Esto no tardó en confirmarse cuando mi madre lo llevaba en coche de camino a una visita con el médico durante la hora punta de la tarde. Nico abrió la puerta del pasajero mientras el coche frenaba al aproximarse a un semáforo en rojo, saltó al exterior y se alejó corriendo del vehículo. Una vez más, tenía miedo de que mi madre le hiciera daño.

    Pero según los médicos, un buen tratamiento con medicamentos podría aliviar ese tipo de psicosis paranoide. Primero suministraron a Nico el consabido Risperdal, una de las primeras medicaciones que se emplearon para tratar la esquizofrenia en la década de 1990. Acabó con la psicosis, pero también ralentizó su mente y su cuerpo hasta casi paralizarlos y, cuando lo tomaba, se pasaba todo el día durmiendo. Mis padres no podían soportarlo, así que los médicos cambiaron la mediación por Olanzapina, un antipsicótico más nuevo y el único que realmente aliviaba sus síntomas sin convertirlo en un zombi.

    Por desgracia, la olanzapina hace que muchos de quienes lo toman sientan unas ganas irresistibles de comer mientras su metabolismo cae en picado. Nico no escapó a este efecto secundario: engordó unos 20 kilos después de tan solo un par de meses tomándolo. Esta manifestación visible de su enfermedad activó un interruptor en mi cerebro. Ahora podía ver la gravedad de su enfermedad por primera vez y el aumento de peso suavizó mi actitud hacia él y abrió mi corazón de par en par. A partir de ahí, no dejó de abrirse. Unos meses después de que Nico engordara tanto, su obsesión con Jesús se desató. Durante un brote especialmente malo, después de haber dejado los medicamentos en 2003, me llamó y me gritó frenéticamente, "Soy el Cordero de Dios y me van a crucificar". Yo iba conduciendo por la noche. Me sentí alarmada por la angustia de su voz y traté sin éxito de disuadirlo de su fantasía. "Nico, nadie te va a crucificar. ¡Está todo en tu cabeza!". "Estás mintiendo", dijo. Y colgó.

    Esto desembocó en un internamiento de varios meses en un hospital psiquiátrico destartalado. Era un lugar donde los internos tenían muy poco que hacer, excepto pasear por la diminuta zona exterior, del tamaño de una sala de estar. Cuando le llevé un osito de peluche para animarlo pensó que era la Bestia del Libro de las Revelaciones y se negó a aceptarlo. "Es malvado", dijo. "Es el diablo". Me lo llevé conmigo de vuelta a casa, totalmente desanimada. Mi estoica negación se había convertido en aplastante tristeza por un hermano con el que no había conseguido conectar, un hermano que ahora parecía estar alejándose sin remedio.

    La mayor parte del tiempo Nico vivía con mi madre. Yo di otro paso atrás. No sabía cómo lidiar con él ni con nuestra fragmentada y tensa relación, así que me volví pasiva. Solo lo veía en los encuentros familiares: cumpleaños, Navidades, Semana Santa, el Día de la Madre o el Día del Padre. De vez en cuando me acercaba y lo sacaba a comer, al cine o a una cafetería y me marchaba después destrozada. Seguía habiendo una parte de mí que se aferraba a la ilusión de que tarde o temprano se le pasaría.

    Después también estaban las veces en que me emborrachaba y, en medio del estupor, empezaba a llorar hasta hiperventilar. A veces daba un puñetazo a la ventanilla del coche o hacía volar botellas de cerveza por mi apartamento. Chocaban contra la pared y se hacían pedazos. Por el motivo que fuera, aquello me hacía sentir mejor. Necesitaba liberar mi rabia contra lo que pensaba que era una brutal injusticia.

    He tenido 20 años para procesar la enfermedad de Nico y hoy parece mucho menos apocalíptica de lo que me parecía hace incluso cinco años. Llegados a este punto he aceptado que no va a desaparecer y he cambiado mi perspectiva para centrarme en las cosas positivas.

    Está a salvo. No está en la calle, ni lo quiere estar. En lugar de ello, vive en una confortable residencia porque mi madre se hace mayor y no puede cuidar de él. Se toma su medicación, lo que mantiene a raya las fantasías y la paranoia la mayor parte del tiempo. Tiene una familia que lo quiere. A pesar del aumento de peso e incluso de la subsiguiente diabetes de tipo 2, está razonablemente sano. Aunque es cierto que se podría hacer mucho más, sigue estando mucho mejor aquí, en la residencia. Y tiene ambiciones: ha dado clases de dibujo y contabilidad en el Centro de Día y ha estudiado Teología en la Universidad a Distancia.

   Hace tan solo unos días, saqué a Nico por su trigésimo octavo cumpleaños. Quería ir a comer uno de esos burritos que pesan medio kilo, llenos de pollo, arroz, frijoles y montones de queso. Entre bocado y bocado, me dijo que había organizado un estudio de la Biblia en su residencia. "La gente viene", dijo alegremente, abriendo mucho sus enormes ojos marrones. "Tomi viene. Susana viene. Y esa mujer tan agradable, Diana, también viene".

    Después de comer nos sentamos en su cama extra larga de la pequeña habitación que comparte con un hombre mayor en la residencia y seguimos hablando. Sobre su cama colgaban dos cruces que yo le he regalado, una hecha de mosaicos rojos, amarillos y plateados que compré en Barcelona y otra cubierta de cuentas aztecas multicolores que le traje de México.

   "¿Puedo leerte la Biblia?", me preguntó tan pronto como nos sentamos. "Claro", dije. Aunque no soy cristiana, sé que le encanta leer los evangelios a la gente, es una de sus cosas favoritas.

   Sacó de una mesilla de madera un pequeño ejemplar de la Nueva Versión Internacional encuadernada en cuero azul y bajó la cabeza hacia el libro con reverencia, con el cabello castaño cayéndole sobre los ojos. Unas cuantas arrugas nuevas se habían formado en su piel clara, recordándome que los dos nos hacemos mayores y que es importante pasar tanto tiempo con él como me sea posible. Se sujetó el pelo detrás de las orejas y empezó a leer un fragmento de las Bienaventuranzas del Libro de Mateo: "Bienaventurados sean los pobres de espíritu, porque suyo es el reino de los cielos. Bienaventurados sean quienes sufren, porque serán reconfortados".



   Conforme empezó a leer todo su ser se calmó. Su voz se hizo más constante y confiada. Yo le escuché. A pesar de que no soy creyente, la tranquilidad de su tono y las palabras que leía me conmovieron. 

 "Bienaventurados sean los mansos, porque heredarán la tierra. Bienaventurados sean los hambrientos y sedientos de justicia, porque serán satisfechos. Bienaventurados sean los piadosos, porque se les mostrará piedad. Bienaventurados sean los puros de corazón, porque ellos verán a Dios".  

   En aquel momento parecía estar tan bien, tan centrado, como si no tuviera ninguna enfermedad mental. Cuanto más leía más lo escuchaba yo, conectando con sus palabras, conectando con él, preparada y dispuesta a aceptarlo y amarle exactamente tal como es.




SUPERTRAMP * FOOL'S OVERTURE * - (OBERTURA DE LOS LOCOS) Subtítulos en Español 

   Esta canción de 1977, me dejó atónito por su belleza y originalidad. Desde 1975 hasta 1983 fui un seguidor incondicional de Supertramp, estaba enamorado con su música, en aquella época sentía grandes emociones con aquel grupo hasta que se escindió con la salida de Roger Hodgson. Las imágenes no tienen el sentido original que Supertramp quería dar al tema musical, pero me parecieron que podían encajar con otra interpretación del texto.

   This song from 1977, I was stunned by its beauty and originality. From 1975 to 1983 I was an unconditional follower of Supertramp, I was in love with their music, at that time I felt my great emotions with that group until it split with the departure of Roger Hodgson. The images do not have the original meaning that Supertramp wanted to give to the musical theme, but they seemed to me that they could fit with another interpretation of the text.

   Cette chanson de 1977, j'ai été stupéfaite par sa beauté et son originalité. De 1975 à 1983 j'étais un adepte inconditionnel de Supertramp, j'étais amoureux de leur musique, à cette époque j'ai ressenti mes grandes émotions avec ce groupe jusqu'à ce qu'il se sépare avec le départ de Roger Hodgson. Les images n'ont pas le sens original que Supertramp voulait donner au thème musical, mais elles m'ont semblé qu'elles pouvaient cadrer avec une autre interprétation du texte.



No hay comentarios: