lunes, 24 de enero de 2022

TRES PALABRAS. TEORÍA DE LA REMINISCENCIA DE PLATÓN

 


 TRES PALABRAS

   


Obsesionado desde niño con las Narraciones Extraordinarias de Edgard Allan Poe, ya entonces intuí que nuestra mente alberga el conocimiento absoluto.

  Sólo había que acceder a él. Piensen en la reminiscencia de Platón, pero sin demiurgos. Es más fácil y terrible. Todo está ahí, en las vastas regiones del cerebro que no utilizamos. Poe lo sabía: Sonidos. Pero la llave para acceder al saber total no está formada por notas musicales sino por palabras. Descubrí la combinación indagando en los últimos momentos de genios repentinos que se quitaban la vida sin motivo aparente. Tres palabras comunes que habían pronunciado sin saberlo.

  Yo lo sabía. Y supe más cuando las dije. Supe todo. Supe tanto que conocí el sinsentido de la vida y la inutilidad del amor. Sé lo que alguien me dirá, antes de que lo diga; me amargo de antemano con cada mentira que me contarán; y todos los datos que han sido y serán se proyectan a la vez en mi mente, eliminando cualquier sorpresa o gozo. Por eso me mataré cuando envíe este texto al semanario, y no resistiré la tentación de incluir en él las tres palabras malditas de apariencia inocente. Ustedes las han leído, aunque no sepan cuáles son, y las pronunciarán tarde o temprano. Y antes de suicidarse, se las transmitirán a otros, para contagiarles el horror.

   No espero que me perdonen, porque ya sé que no lo harán.


LA REMINISCENCIA

Conocer es recordad aquello que aprendió el alma en su existencia separada del cuerpo. Aunque creamos aprender cosas nuevas, en realidad no hacemos sino "recordar" u conocimiento previo que teníamos olvidado. Conocer es re-conocer.

   En consecuencia, el conocimiento es innato, previo al nacimiento. Venimos a este mundo con todo ya aprendido.

¿Hay razones para creer en la reminiscencia?

   Platón ofrece un argumento en el Teeteto, un ignorante esclavo, que no sabe nada de matemáticas, es capaz de enunciar el Teorema de Pitágoras, únicamente respondiendo a las preguntas que le formula Sócrates. Este sorprendente hecho necesita una explicación, y según Platón, esta se encuentra en la hipótesis de la reminiscencia: su conocimiento del teorema existía latente, en su interior y sin ser consciente de ello, desde antes de nacer.


"La muerte de Sócrates" de Ch. A. Dufresnoy (1611-1668)

Teeteto de Platón

   Teeteto  es un diálogo escrito por Platón que trata sobre la naturaleza del saber y consta de una introducción y tres partes. Dentro de la obra de este escritor, se suele ubicar al Teeteto en un grupo de diálogos posteriores a la publicación de La República. Este grupo, a su vez, se encuentra dividido en dos partes que corresponden a un estilo diferente. Por un lado se encuentra el Parménides y el Teeteto y por otro el Sofista y el Político. En el primer grupo se encuentra una mayor aproximación a obras como la República y el Fedro. Mientras que en el segundo pasa lo mismo con sus obra de vejez como el Timeo y el Filebo.

  Algunos autores aseguran que cada uno es continuación del otro​ (en el orden ya mencionado). Esto es apreciable según ciertas referencias que se hacen en cada uno de los diálogos. 

Teéteto de Platón (149a-151d, trad. Vellejo Campos, Madrid, Gredos, pp. 181-187):

Sócrates -No me hagas reír, ¿es que no has oído que soy hijo de una excelente y vigorosa partera llamada Fenáreta?

Teeteto -Sí, eso ya lo he oído.

Sócrates -¿Y no has oído también que practico el mismo arte?

Teeteto -No, en absoluto.

Sócrates -Pues bien, te aseguro que es así. Pero no lo vayas a revelar a otras personas, porque a ellos, amigo mío, se les pasa por alto que poseo este arte. Como no lo saben, no dicen esto de mí, sino que soy absurdo y dejo a los hombres perplejos. ¿O no lo has oído decir?

Teeteto -Sí que lo he oído.

Sócrates -¿Quieres que te diga la causa de ello?

Teeteto -Desde luego.

Sócrates -Ten en cuenta lo que pasa con las parteras en general y entenderás fácilmente lo que quiero decir. Tú sabes que ninguna partera asiste a otras mujeres cuando ella misma está embarazada y puede dar a luz, sino cuando ya es incapaz de ello.

Teeteto -Desde luego.

Sócrates -Dicen que la causante de esto es Ártemis porque, a pesar de no haber tenido hijos, es la diosa de los nacimientos. Ella no concedió el arte de partear a las mujeres estériles, porque la naturaleza humana es muy débil como para adquirir un arte en asuntos de los que no tiene experiencia, pero sí lo encomendó a las que ya no pueden tener hijos a causa de su edad, para honrarlas por su semejanza con ella.

Teeteto -Es probable.

Sócrates -¿No es, igualmente, probable y necesario que las parteras conozcan mejor que otras mujeres quiénes están encintas y quiénes no?

Teeteto -Sin duda.

Sócrates -Las parteras, además, pueden dar drogas y pronunciar ensalmos para acelerar los dolores del parto o para hacerlos más llevaderos, si se lo proponen. También ayudan a dar a luz a las que tienen un mal parto, y si estiman que es mejor el aborto de un engendro todavía inmaduro, hacen abortar.

Teeteto -Así es.

Sócrates -¿Acaso no te has dado cuenta de que son las más hábiles casamenteras, por su capacidad para saber a qué hombre debe unirse una mujer si quiere engendrar los mejores hijos?

Teeteto -No, eso, desde luego, no lo sabía.

Sócrates -Pues ten por seguro que se enorgullecen más por eso que por saber cómo hay que cortar el cordón umbilical. Piensa en esto que te voy a decir: ¿crees que el cultivo y la recolección de los frutos de la tierra y el conocimiento de las clases de tierra en ñas que deben sembrarse las diferentes platas y semillas son propias de un mismo arte o de otro distinto?

Teeteto -Yo creo que se trata del mismo arte.

Sócrates -Y con respecto a la mujer, amigo mío, ¿crees que son dos artes la que se ocupa de esto último y la de la cosecha o no?

Teeteto -No parece que sean distintas.

Sócrates -No lo son, en efecto. Sin embargo, debido a la ilícita y torpe unión entre hombres y mujeres que recibe el nombre de prostitución, las parteras evitan incluso ocuparse de los casamientos, porque, al ser personas respetables, temen que vayan a caer por esta ocupación en semejante acusación. Pero las parteras son las únicas personas a las que realmente corresponder la recta disposición de los casamientos.

Teeteto -Así parece.

Sócrates -Tal es, ciertamente, la tarea de las parteras, y, sin embargo, es menor que la mía. Pues no es propio de las mujeres parir unas veces seres imaginarios y otras veces seres verdaderos, lo cual no sería fácil de distinguir. Si así fuera, la obra más importante y bella de las parteras sería discernir lo verdadero de lo que no lo es. ¿No crees tú?

Teeteto -Sí, eso pienso yo.

Sócrates -Mi arte de partear tiene las mismas características que el de ellas, pero se diferencia en el hecho de que asiste a los hombres y no a las mujeres, y examina las almas de los que dan a luz, pero no sus cuerpos. Ahora bien, lo más grande que hay en mi arte es la capacidad que tiene de poner a prueba por todos los medios si lo que engendra el pensamiento del joven es algo imaginario y falso o fecundo y verdadero,(…) Eso es así porque tengo, igualmente, en común con las parteras esta característica: que soy estéril en sabiduría. Muchos, en efecto, me reprochan que siempre pregunto a otros y yo mismo nunca doy ninguna respuesta acerca de nada por mi falta de sabiduría, y es, efectivamente, un justo reproche. La causa de ello es que el dios me obliga a asistir a otros pero a mí me impide engendrar. Así es que no soy sabio en modo alguno, ni he logrado ningún descubrimiento que haya sido engendrado por mi propia alma. Sin embargo, los que tienen trato conmigo, aunque parecen algunos muy ignorantes al principio, en cuanto avanza nuestra relación, todos hacen admirables progresos, si el dios se lo concede, como ellos mismos y cualquier otra persona puede ver. Y es evidente que no aprenden nunca nada de mí, pues son ellos mismos y por sí mismos los que descubren y engendran muchos bellos pensamientos. No obstante, los responsables del parto somos el dios y yo. Y es evidente por lo siguiente: muchos que lo desconocían y se creían responsables a sí mismos me despreciaron a mí, y bien por creer ellos que debían proceder así o persuadidos por otros, se marcharon antes de lo debido y, al marcharse, echaron a perder a causa de las malas compañías lo que aún podían haber engendrado, y lo que habían dado a luz, asistidos por mí, lo perdieron, al alimentarlo mal y al hacer más caso de lo falso y de lo imaginario que de la verdad. En definitiva, unos y otros acabaron por darse cuenta de que eran ignorantes. Uno de ellos fue Aristides, el hijo de Lisímaco, y hay otros muchos. Cuando vuelven rogando estar de nuevo conmigo y haciendo cosas extraordinarias para conseguirlo, la señal demónica que se me presenta me impide tener trato con algunos, pero me lo permite con otros, y éstos de nuevo vuelven a hacer progresos. Ahora bien, los que tienen relación conmigo experimentan lo mismo que les pasa a las que dan a luz, pues sufren los dolores del parto y se llenan de perplejidades de día y de noche, con lo cual lo pasan mucho peor que ellas. Pero mi arte puede suscitar este dolor o hacer que llegue a su fin. Esto es lo que ocurre por lo que respecta a ellos. Sin embargo, hay algunos, Teeteto, que no me parece que puedan dar fruto alguno y, como sé que no necesitan nada de mí, con mi mejor intención les concierto un encuentro y me las arreglo muy bien, gracias a Dios, para adivinar en compañía de qué personas aprovecharán más. A muchos los he mandado a Pródico y a otros muchos a otros hombres sabios y divinos. Me he extendido, mi buen Teeteto, contándote todas estas cosas, porque supongo -como también lo crees tú- que sufres el dolor de quien lleva algo en su seno. Entrégate, pues, a mí, que soy hijo de una partera y conozco este arte por mí mismo, y esfuérzate todo lo que puedas por contestar a lo que yo te pregunte. Ahora bien, si al examinar alguna de tus afirmaciones, considero que se trata de algo imaginario y desprovisto de verdad, y, en consecuencia, lo desecho y lo dejo a un lado, no te irrites como las primerizas, cuando se trata de sus niños. Pues, mi admirado amigo, hasta tal punto se ha enfadado mucha gente conmigo que les ha faltado poco para morderme, en cuanto los he desposeído de cualquier tontería. No creen que hago esto con buena voluntad, ya que están lejos de saber que no hay Dios que albergue mala intención respecto a los hombres. Les pasa desapercibido que yo no puedo hacer una cosa así con mala intención y que no se me permite ser indulgente con lo falso ni obscurecer lo verdadero. Así es que vuelve al principio, Teeteto, e intenta decir qué es realmente el saber. No digas que no puedes, pues, si Dios quiere y te portas como un hombre, serás capaz de hacerlo.

  La "teoría de la reminiscencia" complementa el método mayéutico: Este suponía que las almas tenían por sí mismas ciertas ideas enterradas que el partero particular era capaz de desenterrar, y la teoría de la reminiscencia explica por qué tenía dichas ideas.


 
Resumen de la Teoría de la Reminiscencia de Platón





 
   Platón expone su teoría del conocimiento. El filósofo griego la presenta en su diálogo “Menón” y constituye una defensa del conocimiento universal y necesario como el de las matemáticas, frente al conocimiento de las cosas particulares y contingentes del mundo físico.

   Conocer, para el de Atenas, es recordar, ya que el alma ya conoce la verdad, porque antes de caer atrapada en un cuerpo, habitó el mundo de las ideas y por lo tanto las conoce. Igual que su maestro Sócrates, Platón defiende un conocimiento innato. No se trata de introducirlo, sino de sacarlo de cada uno. Porque la verdad, se encuentra en el interior de cada ser humano. 

Teoría del conocimiento:

   Recordemos que Platón parte de una división del mundo (dualismo ontológico), según la cual, existen dos niveles de realidad. Por un lado está el mundo sensible, el mundo físico de las cosas particulares y contingentes, un mundo cambiante, sujeto a generación y corrupción y al cualse accede por medio de los sentidos. Por el otro, está el mundo inteligible, el mundo de las ideas universales y necesarias, inmutables y eternas, el mundo de la razón.

  Su dualismo ontológico le lleva a su dualismo epistemológico y así defenderá la existencia de dos niveles de conocimiento: el de la ciencia o epísteme, de la verdad y del conocimiento verdadero, propio del mundo inteligible, y el de la opinión o doxa, propio del mundo sensible (Símil de la Línea).

    De la misma forma, defiende que un dualismo antropológico: el ser humano es cuerpo y alma. El cuerpo pertenece al mundo físico y el alma, al mundo de las ideas, en el cual habitó antes de caer y quedar atrapada en el cuerpo, del que se librará con la muerte del mismo, regresando al mundo inteligible. El alma ya estuvo en contacto con las ideas, las conoce, pero al encarnarse, las ha olvidado. Gracias al diálogo, es posible recordarlas. Porque conocer, no es más que recordar.

La Teoría de la Reminiscencia es fundamental en la teoría del conocimiento de Platón y así la expone en el Menón:

"Y ocurre así que, siendo el alma inmortal, y habiendo nacido muchas veces y habiendo visto tanto lo de aquí como lo del Hades y todas las cosas, no hay nada que no tenga aprendido; con lo que no es de extrañar que también sobre la virtud y sobre las demás cosas sea capaz ella de recordar lo que desde luego ya antes sabía. Pues siendo, en efecto, la naturaleza entera homogénea, y habiéndolo aprendido todo el alma, nada impide que quien recuerda una sola cosa (y a esto llaman aprendizaje los hombres), descubra él mismo todas las demás, si es hombre valeroso y no se cansa de investigar. Porque el investigar y el aprender, por consiguiente, no son en absoluto otra cosa que reminiscencia".


El conocimiento como un proceso dialéctico

   El conocimiento de las ideas, no es posible a través de la experiencia, dice Platón, sino que cuando el ser humano cree que está aprendiendo algo, cuando conoce una verdad, no es gracias a la experiencia sensible, tan solo está recordando. Porque el alma, antes de encarnarse, habitó el mundo inteligible y conoce las ideas, pero al caer en el cuerpo, las ha olvidado.

   El alma, pertenece al mundo inteligible, conoce las ideas, pero al encarnarse, las ha olvidado. Pero a través del diálogo es posible recordarlas. Gracias a una serie de preguntas precisas, es posible extraer el conocimiento que se encuentra en el interior del alma humana. El conocimiento no se introduce desde el exterior, sino que está dentro de los seres humanos, es necesario, por tanto, sacarlos a la luz (mayéutica socrática).

MENÓN - Sí, Sócrates; pero ¿Qué quieres decir con eso de que no aprendemos sino que lo que llamamos aprendizaje es reminiscencia? ¿Podrías enseñarme que eso es así?

Sócrates - Ya antes te dije, Menón, que eres astuto, y ahora me preguntas si puedo enseñarte yo, que afirmo que no hay enseñanza, sino recuerdo, para que inmediatamente me ponga yo en manifiesta contradicción conmigo mismo.

MENÓN - No, por Zeus, Sócrates, no lo he dicho con esa intención, sino por hábito; ahora bien, si de algún modo puedes mostrarme que es como dices, muéstramelo.

Sócrates - Pues no es fácil, y, sin embargo, estoy dispuesto a esforzarme por ti. Pero llámame de entre esos muchos criados tuyos a uno, al que quieras, para hacértelo comprender en él.


La Teoría de la Reminiscencia de Platón se puede resumir de la siguiente manera

El conocimiento es innato, ya que el alma humana ya conocía la verdad antes de encarnarse en el cuerpo, y a través de la dialéctica, es posible recordarlas. Por lo tanto, lo que el ser humano llama aprender, no es más que recordar. La principal misión del ser humano es la vida, es recordar todo lo que el alma ya conocía antes de caer en el cuerpo.


Resumen de la Teoría de la Reminiscencia y su fundamento

   Para Platón no es posible, a través de la experiencia sensible, de los sentidos, garantizar el conocimiento verdadero, ya que, la percepción de cada individuo acerca de la realidad es distinta. Es por esto por lo que no fundamenta su teoría del conocimiento en la sensación, sino en la razón. Las matemáticas, afirma el filósofo, no necesitan ser sentidas ni experimentadas por el sujeto, que es capaz de llegar a proposiciones verdaderas que proceden de la razón humana y no de le experiencia. Por lo tanto, la verdad está dentro de cada individuo, en su mente, en su alma y no en el mundo exterior.

   Del conocimiento matemático, Platón va a extender su teoría al conocimiento de las ideas, pero debe explicar cómo es esto posible sin estar la mente humana en contacto directo con las mismas. Y así, dota a las ideas de una existencia inmaterial, que se corresponde a la forma de las cosas y de la cual se derivan todos los objetos de una misma clase. La forma, es lo universal, y los distintos objetos de una misma clase, son las cosas particulares. Es decir, por un lado está la idea de una cosa y por el otro, la cosa.

   Estas ideas o formas, habitan en el mundo inteligible, junto al alma, y por lo tanto ya las conocía antes de encarnarse en el cuerpo del ser humano y olvidarlas. Conocer, por tanto, no es aprender algo nuevo, sino recordar lo que el alma ya sabía.



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PRESAGIO


   Era poco dado a la fantasía y eso lo reflejaba en sus creaciones literarias, siempre realistas. Una noche le invitaron a una sesión de güija; a lo largo de la velada más que asombro mostró indiferencia. Al observar su escepticismo, el anfitrión, un hombre de edad avanzada, experto en ocultismo y muy aficionado a temas esotéricos se acercó a preguntarle con qué mano escribía. A lo que el escritor respondió adelantando su mano derecha. Entonces, el viejo acercó el cuenco donde habían desangrado un gallo y le indicó que metiera ahí la mano. Así hizo el escritor.

   Al día siguiente, para ejercitar su inventiva, agarró papel y bolígrafo y se puso a describir lo que tenía cerca: la bandeja con restos del desayuno y la jarra del zumo, intentando detallar los dibujos que esmerilaban el cristal. Pero no pudo, se quedó con la mirada sobre la línea en blanco. Arrugó el papel y lo rompió. En ese momento, la jarra se hizo añicos. Entonces se dio cuenta: todo lo que ponía o quitaba sobre el papel, se cumpliría.

   Para asegurarse, escribió un relato donde otro novelista, más conocido y con varios premios literarios en su currículum, moría en un accidente. Fue terminar de escribirlo y cumplirse el augurio, lo vio al día siguiente en un periódico local en la sección de sucesos. Decidió entonces escribir una novela autobiográfica donde, por primera vez, conquistaría el terreno de la fantasía. El protagonista sería él mismo que, por un pacto con el diablo, conseguiría laureles de reconocimiento. La escribió en su refugio de invierno, junto al fuego de la chimenea. Fue terminarla cuando sonó el teléfono. Al ir a cogerlo tropezó, cayendo el manuscrito a las llamas. El escritor se llevó la mano a la cabeza, pero no porque no tuviese más copias, qué va. Fue porque el calor le subía, abrasándolo vivo.





 


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