viernes, 14 de enero de 2022

¿QUÉ NOS ENSEÑA LEER EL QUIJOTE? SER UTÓPICO NO ES SER ILUSO, AUNQUE LO PAREZCA

 

¿QUÉ NOS ENSEÑA LEER EL QUIJOTE?

Ilustración de Gustave Doré

Ramón Escovar León. 25/04/2018

«Y así, picando en todo, hablando cosas de meollo y de sustancia, acuñados como cara y cruz de una medalla de oro, don Quijote y Sancho siguen haciendo este milagro secular de reunirnos a mujeres y a hombres a escuchar o a leer o a interpretar su propia y libre palabra nuestra»

Fernando Lázaro Carreter

 

   Según Miguel de Unamuno el Quijote no es de Cervantes sino de quien lo lea y lo sienta porque “Cervantes sacó a Don Quijote del alma de su pueblo y del alma de la humanidad toda”

La lectura del Quijote es una conexión con las raíces de nuestra cultura y de nuestro idioma. Una primera aproximación puede ser difícil, pero a partir del segundo encuentro, la experiencia resulta entrañable.

   Aquí interesa resaltar, en primer lugar, que el Quijote es una invitación “al ejercicio de una facultad humana sin par, al ejercicio de la libertad”, para decirlo con palabras de Pedro Salinas en su ensayo titulado “Lo que debemos a don Quijote”. En efecto, el Caballero de la Triste Figura (como lo denominó Sancho) y su escudero son personajes que representan el espíritu libre: uno busca aventuras basadas en sus códigos morales caballerescos y el otro busca un beneficio económico con su trabajo, la esperanza de ser gobernador de una ínsula. Pero en ambos se siente un cansancio de su vida monótona y ordinaria, sujeta a las necesidades sociales y biológicas, que parece impulsarlos a una entrega imaginativa a vivir, a su modo, en libertad. Don Quijote y Sancho son hombres libres, y cada uno se lanza a las aventuras impulsado en su libertad de elegir.

   En segundo lugar, leer el Quijote nos enseña que la Verdad es relativa. En este sentido, en el Capítulo 25 (I) don Quijote le dice a Sancho: “Eso que a ti te parece bacía de barbero, me parece a mí yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa”. Este pasaje es para Américo Castro el más significativo de toda la obra de Cervantes, porque plantea el tema de la relatividad de los juicios de valor en la interpretación de los hechos. De este modo, Castro señala que el Quijote es una contribución al tema de la interpretación de la realidad oscilante, es decir, la realidad es como cada cual la percibe, y para ello es relevante el aporte de la experiencia; e igualmente queda en entredicho el valor de la Verdad.

   Don Quijote y Sancho Panza ven cosas distintas: uno ve la ficción y el otro la realidad; pero el mensaje de que cada uno observa cosas distintas es un homenaje a la tolerancia, tal como asevera Juan Pablo Gómez en su artículo publicado en Prodavinci titulado “El desorden de Cervantes”.

   La verdad es relativa y cada uno tiene la suya, pero nada me autoriza a descalificar a quien no piense como yo. El principio de la tolerancia en las relaciones humanas es avalado en este certero pasaje quijotesco, y es concepto que también aparece en las Novelas ejemplares.

   En tercer lugar, Cervantes enseña en el Quijote que la palabra empeñada es de alto valor y hay que respetarla. Para esto utiliza el capítulo del niño Andrés, azotado por Juan Haldudo, un labrador que lo explotaba y no le pagaba su salario. Este maltrato fue presenciado por don Quijote, quien se presenta a demandar el cese inmediato del maltrato exclamando que si no cesa en su castigo recibirá una pena que él mismo se encargará de aplicar. De acuerdo con el código moral caballeresco, don Quijote debía intervenir para evitar el abuso de poder de unos sobre otros. Ese es su sentido de justicia y el Caballero de la Triste Figura se sentía obligado a imponerla, por la fuerza si era necesario.

   Más adelante, Andrés aparece nuevamente (I, Cap. 31) y esta vez le pide a don Quijote que no lo ayude más, porque cuando don Quijote se fue, Haldudo le siguió pegando. Esta reacción de Andrés se debe a que el labrador Haldudo había faltado a la palabra empeñada a don Quijote, y una vez que este se despidió, el labrador continuó con los maltratos. Ante esto, don Quijote reconoce que cumplir la palabra empeñada es virtud de las personas de honor y afirmó que volvería para vengar semejante falta.

   En cuarto lugar, tenemos el sentido de justicia que aparece en el Capítulo 22 de la primera parte en el que don Quijote se topa con los galeotes que son llevados a las galeras. Don Quijote no acepta que nadie vaya forzado contra su voluntad, pero en este caso se trata de delincuentes y el Caballero de la Triste Figura, por loco, termina liberándolos y ocasionando un perjuicio a la sociedad. Aquí se presenta el enfrentamiento de don Quijote contra el código jurídico vigente y sus contradicciones

   Finalmente, y si tuviera que señalar una cualidad capital para insistir en la necesaria lectura de esta obra magna, ella sería, como advierte Pedro Salinas, que es un homenaje a la libertad, porque nos educa para vivir y ser libres. Así lo expone don Quijote:

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres» (II, Capítulo 58).

   Y es que la lectura del Quijote nos enseña que bajo el manto de la libertad “nos entendemos todos”.



La lectura del Quijote es una conexión con las raíces de nuestra cultura y de nuestro idioma. Don Quijote y Sancho son hombres libres, y cada uno se lanza a las aventuras impulsado por su libertad de elegir. En segundo lugar, leer el Quijote nos enseña que la Verdad es relativa.



https://www.youtube.com/watch?v=bg36zXVce_A

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   Don Quijote de la Mancha​ es una novela escrita por el español Miguel de Cervantes Saavedra. Publicada su primera parte con el título de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha a comienzos de 1605, es la obra más destacada de la literatura española y de las principales de la literatura universal, además de ser la más leída después de la Biblia. En 1615 apareció su continuación con el título de Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha. El Quijote de 1605 se publicó dividido en cuatro partes; pero al aparecer el Quijote de 1615 en calidad de Segunda parte de la obra, quedó revocada de hecho la partición en cuatro secciones del volumen publicado diez años antes por Cervantes.


Lectura musicada de textos de El Quijote - Congreso de Los Diputados - 21 abr 2016

Don Miguel de Cervantes preside la sesión en la que se ha rendido homenaje a su obra con una lectura musicada. 

El actor Manuel Tallafé da vida a Don Miguel de Cervantes y preside el Congreso de los Diputados. El actor Josep Maria Pou lee un fragmento de "El Quijote". El actor y cómico José Mota ha participado también en el homenaje a Cervantes. La actriz Marisa Paredes ha leído un fragmento de "El Quijote" durante el acto de homenaje a Cervantes. Miguel Poveda canta "El Quijote" a capela en el Hemiciclo. La compañía de teatro y humor Ron Lalá ha participado en el homenaje por el IV Centenario de la muerte de Cervantes. La Orquesta barroca "La Spagna" ha interpretado "Burleske de Quixotte", de George Phillipp Telemann


Cinco motivos para leer El Quijote

¿Por qué? ¿Para qué? son las primeras preguntas que nos hacemos cuando hemos de enfrentarnos a la realización de una tarea que requiere un esfuerzo. 

   La lectura de El Quijote no es trabajo académico: ninguno de los profesores de Lengua castellana y Literatura lo ha pedido como lectura obligatoria este curso por lo que no es trabajo académico, ni siquiera tienes que hacerlo durante el curso; solo tienes que hacerlo porque te apetece. Es un reto personal: saber que has sido capaz de leer una obra tan larga, tan importante; poder decirlo, compartirlo, contarla, hablar de ella...

   El Quijote es una parodia de los libros de caballerías, de los caballeros andantes, es una burla, por lo tanto está cargado de humor. Es verdad que no conocemos los libros de caballerías tanto como los lectores del Siglo de Oro y no podemos reirnos de ellos, pero el humor llena el libro: las locuras de don Quijote, las expresiones de Sancho Panza, las invenciones de los personajes de la obra para provocar más locuras de don Quijote...

La obra trata sobre valores tan necesarios como la libertad, la amistad, la lucha por los sueños.... no es poco.

Se dice que los jóvenes hablantes de español en Chile o República Dominicana se apañan con unas 250 o 300 palabras, un hablante medio de español puede utilizar en torno a unas 1000 palabras y un hablante culto podría llegar a 5000; en El Quijote podríamos aprender más de 22000 vocablos distintos. Cervantes debía de conocerlos cuando los escribió en su obra y si nosotros los conociéramos y los utilizáramos...

   Nos gusta parecernos a los personajes famosos y conocidos. Queramos o no nos parecemos a don Quijote o a Sancho Panza: utilizamos expresiones parecidas, hablamos la misma lengua, reconocemos los lugares por los que pasan, vivimos en el mismo sitio, comemos las mismas cosas, participamos y formamos parte de la misma cultura. No tenemos que hacer ningún esfuerzo para parecernos a estos personajes conocidos en el mundo entero, traducidos a casi todas las lenguas del mundo y editados en todo el mundo civilizado.


Don Quijote de la Mancha para niños, por capítulos

Agosto 22, 2021

   ‘Don Quijote de la Mancha’ es sin duda el libro más importante y laureado de la lengua castellana. Escrito por Miguel de Cervantes y publicada su primera parte en 1605, ha sido considerado como un hito en la historia de la literatura. Sin embargo, el lenguaje con el que está escrito, y a pesar de ser una divertida historia de caballería, se torna difícil para los niños. Aquí te ofrecemos una versión de Don Quijote de la Mancha para niños. Con ella, podrán comprender mejor las divertidas historias de Don Quijote de la Mancha.

Índice de contenidos
  • La presentación de Don Quijote: Don Quijote de la Mancha para niños
  • Don Quijote de la Mancha para niños: Don Quijote es armado caballero
  • Las divertidas aventuras de Don Quijote de la Mancha para niños
«En un lugar de la Mancha vivía un hidalgo caballero, de unos cincuenta años de edad, alto, flaco, recio y enjuto».

   Así comienza una de las obras más importantes de la literatura a lo largo de todos los tiempos. Escrito por Miguel de Cervantes, Don Quijote cuenta las aventuras (y desventuras) de un caballero andante bien entrado en años, con la cabeza algo ‘ida’ por culpa de su enorme imaginación y una enfermiza obsesión por los libros de caballería.

   Te proponemos usar estas adaptaciones para niños de las principales aventuras del genial Don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza. Todas ellas van acompañadas por las reflexiones sobre el mensaje que quiere transmitir cada historia. Aquí tienes un índice de todos los capítulos que puedes leer con los niños.

1. Don Quijote es armado caballero andante
2. La aventura del joven Andrés y la quema de libros
3. Don Quijote y los molinos de viento
4. La aventura del vizcaíno
5. Don Quijote y la historia de amor de la pastora Marcela
6. La aventura de los yangüeses
7. Don Quijote en la venta que él creía castillo
8. La aventura de los rebaños de ovejas
9. El caballero de la triste figura
10. La aventura de los batanes
11. El yelmo de Mambrino
12. La aventura de los galeotes
13. Don Quijote en Sierra Morena
14. La historia del Cardenio

1. Don Quijote es armado caballero andante


‘Don Quijote es armado caballero’, la presentación de Don Quijote

¿Quién es Don Quijote?

   En este primer capítulo, el autor nos presenta a este particular y curioso personaje enamorado de la caballería en una época en la que ya no se ‘estilaba’. 

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía un hidalgo caballero, de unos cincuenta años de edad, alto, flaco, recio y enjuto. Sus grandes pasiones: la caza y la lectura, siendo esta segunda la que le consumió por entero sus últimos años.

Alonso Quijano, que así se llamaba nuestro hombre, se había entregado por completo a los libros de caballería. Y como le gustaba tanto madrugar, se pasaba horas y horas leyendo, hasta que se ponía el sol, devorando historias de aventuras, de batallas con lanzas y escudos, de amores imposibles y ofensas vengadas.

Leía tanto nuestro caballero, que poco a poco fue perdiendo la razón, hasta el punto de verse gobernado por la imaginación y la fantasía. De hecho, llegó a creerse él mismo un caballero andante.

– ¡Eso es!- dijo Don Alonso una mañana- ¡Saldré al fin a vivir mis propias aventuras, como buen caballero andante que soy!

Y dicho esto, fue a echar un vistazo a su caballo, un rocín flaco y desvalido al que tenía, sin embargo, gran aprecio. Y buscó en su casa unas viejas armas que guardaba de su bisabuelo, a las que limpió con mimo y esmero.

Se hizo con un viejo escudo, y como armadura, se fabricó con los útiles que encontró en el sótano una celada y con cartón, una visera.

– Pues ya está- dijo eufórico nuestro caballero- ¡Tengo todo lo necesario para salir en busca de batallas!

Vivía el buen hombre con un ama y su sobrina. Ella tenía unos cuarenta años y su sobrina no llegaba a veinte. También contaba con la ayuda de un hombre que le ayudaba en la casa. Todos pensaron que su amo se había vuelto loco, pero no dijeron nada, ya que preferían, por su edad, seguirle la corriente.

De cómo Alonso Quijano escogió su nombre de caballero andante y partió en busca de aventuras


Las divertidas aventuras de Don Quijote de la Mancha 

Don Quijote estaba eufórico… ¡al fin podría hacer realidad su sueño! Pero se detuvo a pensar:

– Todo caballo de caballero andante tiene un nombre, un nombre ilustre. Qué decir de Babieca, el caballo del Cid… o de Bucéfalo, el caballo de Alejandro Magno…

Miró y remiró a su caballo Don Quijote y dijo al fin:

– ¡Te llamarás Rocinante! Sí, eso es, suena muy bien, a nombre de rocín grande. Y serás más famoso que Babieca.

Después pensó que él mismo debía cambiarse el nombre. Los caballeros andantes tenían un nombre especial, como Amadís de Gaula. Durante ocho días estuvo Alonso Quijano pensando en su nombre, hasta que un día, exultante, dijo:

– ¡Ya lo tengo! ¡Me llamaré Don Quijote! Don Quijote suena ilustre, elegante. Y haré como el tal Amadís que se puso de segundo el lugar de donde era… Yo seré entonces ‘Don Quijote de la Mancha’, y llevaré el honor de esta tierra por todo el mundo.

Ya tenía al fin nombre caballeresco Don Quijote, y también su caballo, y pensó:

– Ya solo me queda una hermosa dama por la que luchar y a quien ofrecer mis victorias. Todo caballero tiene una dama, si no, no tendría sentido.

Y se acordó Don Quijote de la labradora de la que estuvo enamorado en su juventud. Ella vivía cerca y se llamaba Aldonza Lorenzo.

– Oh, señora mía, permítame que la llame Dulcinea del Toboso (pues era de este lugar la mujer).

Y ya con todo lo que necesitaba, pensó Don Quijote en partir al día siguiente en busca de aventuras.

Don Quijote es armado caballero: la humilde Venta

Partió nuestro caballero al día siguiente, radiante de felicidad, pero a pesar de caminar con Rocinante durante todo el día, no encontró nada que hacer. Nadie que necesitara de su ayuda ni damas en apuros. Además, pensó de pronto, que aún no había sido armado caballero, así que no podría usar sus armas hasta que alguien le hiciera ese gran honor.

Al final del día estaba ya Don Quijote muy cansado, cuando de pronto vio a lo lejos una Venta, un hospedaje humilde en medio del camino. Pero estaba él tan imbuido en su personaje, que lo que era una venta, para Don Quijote resultó un castillo.

– ¡Mira, Rocinante! ¡Un castillo! ¡Será perfecto para descansar esta noche!

Y allá se dirigió nuestro caballero, dichoso por aquel encuentro. Es más, al llegar a la puerta, vio a dos mujeres apostadas en la entrada. Por supuesto, a él le parecieron hermosas damas que salían a recibirle. Por si eso fuera poco, un ‘porquero’ que cuidaba de sus cerdos, tocó en ese momento su cuerno para llamar a los animales. Don Quijote pensó que anunciaban su llegada al castillo.

– ¡Diantres, Rocinante! ¡Así anuncian nuestra llegada! Es todo un honor, sin duda.

Salió el dueño del hostal, quien, al ver a Don Quijote, intuyó que muy bien de la cabeza no podía andar, y decidió llevarle la corriente. Sobre todo, cuando vio que hablaba de forma muy ‘antigua’, al modo de los antiguos caballeros andantes.

– Debo agradecer a vuestra merced esta bienvenida- le dijo Don Quijote.

– No hay de qué, señor caballero andante- contestó el ventero siguiendo la conversación- es un gran honor tenerle entre nosotros. Las damas le acompañarán adentro.

La petición de Don Quijote al ventero

Y aunque la venta era bastante humilde, Don Quijote se asombró porque todo le parecía increíble, un lugar ideal para nombrase caballero. Y así se lo hizo saber al dueño de la venta:

– Si vuestra merced tuviera el detalle de hacerme un favor…

– Claro, dígame, buen hombre- respondió el ventero.

– Necesito que me arme caballero. Yo velaré mis armas esta misma noche en la capilla del castillo y con el alba, podrá ungirme caballero.

– Por supuesto- respondió el hombre totalmente asombrado por la propuesta- Pero ha de saber, buen hombre, que la capilla se está reformando y deberá guardar las armas en el patio, un lugar ideal y regio para este menester.

– Oh, sí, no importa pues- dijo Don Quijote.

Después de que Don Quijote comiera algo, el ventero le dijo:

– ¿Y dinero? ¿Lleva usted dinero?

– ¡No, por supuesto que no!- respondió Don Quijote-. Los caballeros andantes no llevan dinero. En ningún libro se habló de eso.

– Ya- dijo pensativo el ventero- Pero eso es porque en los libros ya se sobreentiende que deben llevarlo. Igual que el escudero. El gran Amadís de Gaula llevaba dinero, camisas de repuesto y medicinas para las batallas.

– ¿De veras?- dijo absorto Don Quijote.

– Tómelo como un consejo- añadió el ventero.

Don Quijote pensó que debía hacerle caso para su próxima salida, y que debía hacerse con dinero, camisas, medicinas y un escudero.

Al fin Don Quijote es armado caballero andante

Entrada ya la noche, Don Quijote colocó su lanza y el resto de armas en el patio, junto a las mulas, y comenzó a rezar. Pero de pronto un arriero (el hombre encargado de los animales) fue a dar de comer a una de las mulas y apartó las armas.

Don Quijote se sintió tan ofendido, que agarró con furia su lanza y le dio un tremendo golpe al osado caballero. Aturdido, éste se fue corriendo de allí, tomando por loco a Don Quijote. Pero pasó lo mismo poco después con otro hombre, y los que estaban allí, cansados de sus locuras, empezaron a tirarle piedras.

Don Quijote estaba furioso, y el ventero, para calmar a la muchedumbre, les dijo que en seguida se iría de allí y que debían perdonar su locura.

– Don Quijote- le dijo entonces el ventero-. Ya ha guardado vuestra merced por mucho tiempo las armas. Es necesario que le arme ya caballero y se vaya a vivir aventuras con el primer rayo de la aurora.

A Don Quijote se le iluminaron entonces los ojos de felicidad:

– ¿Ya es la hora? ¡Oh, qué momento más maravilloso!

Llegaron las dos damas entonces para ayudar al ventero, y una a cada lado de Don Quijote, pusieron una mano en cada hombro del caballero. El ventero, por su parte, agarró la espada y dijo, dando un pequeño toque en cada hombro y luego en la cabeza:

– Por la gracia de Dios yo le nombro caballero andante. Viva usted muchas victorias y cuente desde ahora con grandiosas hazañas.

Don Quijote se levantó emocionado, y dijo no olvidar jamás ese lugar ni ese momento. Y a las damas les dio un nombre honorable: Doña Tolosa y Doña Molinera.


2. La aventura de Andrés y la quema de libros


‘Andrés y la quema de libros’, una aventura de Don Quijote de la Mancha 

  Las primeras aventuras de Don Quijote ya armado caballero no resultan muy favorables para el caballero andante. Descubre qué le sucedió y por qué decidieron su ama y sobrina quemar todos sus libros de caballería.

Don Quijote de la Mancha salió muy contento de la Venta en donde al fin fue armado caballero andante. De hecho, y aunque regresaba a casa en busca de escudero y algo de dinero, estaba deseando en verdad estrenarse como caballero a algún desalmado. Y no tuvo que andar mucho. Cerca de un encinar escuchó los gritos desesperados de un joven y se acercó a investigar, deseoso de ayudar a quien lo necesitara.

Al adentrarse entre los árboles descubrió a un mozo de unos 15 años atado a una encina, y a un hombre azotándole con una correa.

– ¡Así aprenderás, mocoso!- le gritaba el hombre.

– ¡Piedad, señor, que no volverá a pasar!- se disculpaba entre gritos de dolor el joven.

Don Quijote, indignado ante tal escena, decidió intervenir:

– ¡Alto ahí, truhan, detén tu látigo!

– ¿Quién habla? ¿Por qué debo detenerme?- dijo entonces el hombre, mientras miraba un tanto asustado la figura de Don Quijote, quien, lanza en mano, miraba desafiante.

– Habla vuestra merced con el gran Don Quijote de la Mancha, caballero andante y protector de los débiles y los necesitados. Y por supuesto, amante de la justicia. ¿Por qué azota así al muchacho?

La explicación del amo del joven Andrés y su promesa

– Verá usted- dijo entonces el hombre- Andrés, este mozo despistado, se ocupa de mis ovejas, y como no anda en lo que debe, me pierde una cada día.

– ¿Es eso cierto?- preguntó entonces Don Quijote.

– Buen hombre- dijo entonces el joven- La verdad es que me despisto porque mi amo no me paga. Me debe ya nueve meses, y así no hay quien trabaje.

– ¡Oh, bandido!- gritó enfadado Don Quijote- ¡Deber dinero al joven y encima apalearle! Te atravesaría aquí mismo con la lanza. Y lo haré si no le pagas lo que debes y le liberas ahora mismo.

El hombre, muerto de miedo, liberó al muchacho, pero dijo, de forma muy astuta:

– Está bien, tiene vuestra merced razón, le pagaré, pero tengo el dinero en mi casa. Deberá acompañarme el mozo.

– Me parece bien, que así sea- dijo Don Quijote.

– ¡No, no! ¡De ninguna manera!- protestó Andrés- Si me deja aquí solo con él, ¡me matará!

– Más le vale no hacerlo- dijo Don Quijote- Después de haberme conocido, no le quedarán ganas de mentir…

– Que sí que lo hará, que yo le conozco, señor… Mentirá y me azotará más fuerte- dijo el muchacho.

– Claro que no- dijo mintiendo el hombre mayor- Cumpliré mi palabra como me ha dicho el caballero andante…

– Que así sea- dijo Don Quijote mientras daba media vuelta y se alejaba. No se había ido muy lejos cuando el hombre volvió a atar al muchacho y le molió a correazos, mientras Don Quijote cabalgaba feliz, seguro de haber cerrado su primera gran misión.

Don Quijote es apaleado por unos comerciantes

De pronto Don Quijote llegó a un cruce de caminos, y divisó a lo lejos a un grupo de jinetes que se acercaban, en caballos y mulas Y aunque estos eran comerciantes que se dirigían a Murcia en busca de seda, a Don Quijote le parecieron caballeros de alta alcurnia.

Al llegar hasta él, les dijo:

– ¡Alto, nobles caballeros! No seguirán su ruta de no confesar que no hay doncella más hermosa en todo el reino que la gran Dulcinea del Toboso.

Los hombres, que se dieron cuenta enseguida de que el hombre había perdido el juicio, respondieron:

– ¿Y cómo vamos nosotros a jurar eso si no conocemos a tal dama? ¿Tiene acaso su imagen para que podamos verla?

– No tendría mérito ninguno jurar su belleza después de verla, porque eso es bastante obvio. El valor está pues en proclamar su hermosura sin conocerla.

– No podemos hacer eso. ¿Quien nos dice que no es tuerta?

– ¿Tuerta dices! ¡Retira esa infamia ahora mismo!- gritó enfadado Don Quijote.

– Eh, cuidado con los modales, caballero andante… No retiraremos nada porque nada malo dijimos.

– Queréis batalla entonces, pues la tendréis.

Y diciendo esto, Don Quijote alzó la lanza y se dispuso a atravesar a uno de los jinetes, con tan mala suerte que Rocinante tropezó a mitad de camino y le tiró de la silla. El golpe fue tremendo, y los mercaderes se rieron. Y después, siguieron su marcha, pero Don Quijote les gritó:

– ¿Por qué huis, cobardes?

Y uno de ellos, muy enfadado, se dio medio vuelta y molió a palos al caballero andante, que quedó malherido y sin poder levantarse del polvoriento camino.

Andrés y la quema de libros: Don Quijote regresa a casa malherido
Tuvo la suerte Don Quijote de que cerca de allí trabajaba un labrador vecino suyo, que al verle en el suelo, le ayudó a levantarse, le acomodó en su mula y recogió del suelo todas sus armas hechas añicos. Don Quijote, que estaba recitando sin parar versos de sus libros de caballería, no conseguía responder a ninguna de las preguntas de Pedro, que así se llamaba el buen samaritano.

– Es verdad entonces lo que dicen el ama y su sobrina de él…- pensó el labrador mientras lo acercaba a su casa- Está totalmente loco por culpa de esos libros…

Al llegar a la casa de Don Quijote, esperaban nerviosas el ama, la sobrina, el cura Pero Pérez y el barbero (maese Nicolás), amigos del caballero andante.

– ¡Por Dios, ¿de dónde viene?!- gritó asustada el ama al ver el estado en que llegaba Don Quijote.

– Ya se lo dije, tío, que esos libros iban a matarle- apostilló la sobrina.

– Solo necesito comida y una cama- dijo entonces Don Quijote.

Así que le dieron de comer y le llevaron a dormir, mientras el ama insistía al barbero y a cura en la necesidad de quemar los libros.

La revisión y quema de los libros de Don Quijote

– Hay que quemarlos todos- dijo el ama- Son los culpables de que se haya vuelto majareta.

– Está bien, dijeron los hombres- Haremos una pila con los libros y les prenderemos fuego. Pero después el señor Quijano notará la ausencia de su estancia…

– Ya me inventaré yo algo- dijo la sobrina-. Sé cómo convencer a mi tío.

Y uno a uno, fueron revisando todos los libros, tirando a una pila sobre el patio la gran mayoría, salvo excepciones a los que el señor cura ofrecía su indulgencia, como el gran Amadís de Gaula o La Galatea, de Miguel de Cervantes. El resto, ardieron todos.

Después de tres días, Don Quijote se levantó de su cama, y al buscar su estancia de los libros, no la encontró por ningún lado.

– Quieto ahí, tío, que ya sé lo que busca- dijo su sobrina- Resulta que un hombre muy malo llegó aquí y se llevó los libros… Dijo que era un enemigo…

– ¡Oh! ¡El malvado de Frestón!– dijo entonces Don Quijote- Es un enemigo mío que me las tiene juradas por querer pelear con un caballero hacia el que él tiene simpatía…

– Pues tal vez Frestón o Fritón, tío… sí que terminaba en ‘tón’- dijo la muchacha.

Y así fue cómo Don Quijote se quedó sin libros, muy seguro él de haber sido burlado por su enemigo El sabio Frestón.

Reflexiones sobre ‘Andrés y la quema de libros’

Aquí encontramos las primeras aventuras que vivió Don Quijote de la Mancha como caballero, todavía sin la compañía de su escudero Sancho. En ninguna de las dos tiene fortuna, aunque él piense que de la primera salió victorioso:

La ingenuidad de creer en la bondad de la gente: Don Quijote creyó en la aventura del joven Andrés, que el hombre que le azotaba obedecería y respetaría sus órdenes. Nunca imaginó que pudiera mentir, ya que en su ingenuidad y en su corazón bondadoso, no cabe imaginar que otra persona sea capaz de mentir hasta ese punto. Pero como diría Esopo en su fábula del Gato y el gallo, quien tiende a la maldad, no cambiará de opinión ni ante los mejores argumentos. Cometió el error Don Quijote por lo tanto de fiarse de la palabra de un mentiroso.

No enciendas la ira de los otros: El segundo error que cometió Don Quijote fue encender la ira de los comerciantes, quienes cabalgaban tranquilos hasta toparse con él. No estaban dispuestos a jurar en vano por alguien que no conocían, y la insistencia e insultos de Don Quijote terminaron por ofenderles del todo. ¿El resultado? Una buena paliza al caballero andante.

Se podrán quemar los libros, pero los conocimientos ya no pueden destruirse: Tanto el ama como la sobrina de Don Quijote estaban furiosas con los libros del caballero andante porque los consideraban culpables de su locura. Así que decidieron quemarlos, sin darse cuenta de que lo que decían los libros ya no solo estaban en las páginas, sino en la cabeza de Don Quijote.

3. Don Quijote y los molinos de viento 


   Ya con su escudero, Sancho Panza, Don Quijote vive una extraña aventura, se lanza contra unos molinos creyendo que son gigantes. Descubre qué le pasó.

Resulta que Don Quijote, estando de reposo en su casa tras sus primeras aventuras, y tras la quema de todos sus libros, pensó en preparar una nueva salida. Pero le faltaba un escudero, y se acordó de un buen hombre, labrador de oficio, que vivía cerca de allí.

Don Quijote se acercó hasta la casa de Sancho Panza, que así es como se llamaba el buen hombre, y utilizó todas sus armas de persuasión para convencerle para que le acompañara como escudero a partir de entonces:

– Si me acompañas, Sancho, ten seguro que hallaremos en alguna de nuestras aventuras una ínsula que heredarás para ti y tu familia.

– ¿Una ínsula? ¿Para mí? ¿Y podré gobernarla? – preguntó Sancho.

– Por supuesto, te doy mi palabra. Tu mujer será reina y tus hijos, infantes.

– ¡Pardiez! ¡Eso me interesa! Ya sabrá vuestra merced que dinero no nos sobra, más bien escasea… Tal vez pueda cambiar esto.

Sancho Panza no pudo rechazar tal oferta, y un día, o mejor dicho, una noche, acudió hasta la casa de Don Quijote con todo lo necesario para partir en busca de tales aventuras caballerescas. Llegó Sancho con unas alforjas llenas de alimentos y muda y encima de un asno.

– Pero Sancho… ¿un asno? No recuerdo ningún relato caballeresco en donde el escudero vaya en asno… – dijo pensativo Don Quijote.

– Precisamente, por ser yo el primero, seré recordado en todo el mundo- Respondió resuelto Sancho Panza.

– Es cierto, amigo, venga pues. Podrás acompañarme en tu asno y ya encontraremos algún rocín que lo sustituya tras alguna pelea.

Y diciendo esto, y sin despedirse de nadie, caballero y escudero se pusieron en marcha, y anduvieron durante toda la noche para que nadie pudiera encontrarles ya al amanecer.

El encuentro de Don Quijote con los molinos de viento

Durante un tiempo estuvieron hablando Don Quijote y Sancho acerca de ciertas normas entre los caballeros andantes. Por ejemplo, Don Quijote advirtió a Sancho de que no debía defenderle si se batía en duelo con algún caballero:

– Sancho, hasta que no seas armado caballero, no puedes luchar con ninguno.

-Señor, usted verá que yo no me meteré en otras peleas que no me incumban, pero si alguien me ataca, deberé defenderme por mi vida.

– Claro, Sancho, eso por supuesto.

– De lo contrario, no se preocupe que no me meteré donde no me llaman.

Y hablando y hablando, de pronto llegaron a una zona repleta de molinos de viento. Eran tan grandes, y tan blancos, que podían verse con claridad en la lejanía. Pero Don Quijote, al verlos, frunció el ceño, y gritó:

– ¡Ah, Sancho! ¿Ves lo mismo que yo?

– Sí señor, los veo… – respondió Sancho sin saber muy bien qué quería decir su señor.

– ¡Oh, malditos! ¿No mueven sus enormes brazos desafiándome?

– ¿Quiénes, señor? – preguntó entonces Sancho Panza un tanto contrariado.

– Pues quiénes van a ser, Sancho… ¡los gigantes! Al menos hay cuarenta… ¡y son enormes! ¿Te has fijado en los brazos tan largos que tienen?

– No, señor, no son gigantes. Mire usted, que lo que entiende por gigantes son molinos, molinos de viento. Y los brazos tan largos que dice son las aspas que mueven la rueda del molino.

– No me engañes, Sancho, que yo sé muy bien lo que veo, y por mi querida Dulcinea del Toboso que no quedará ninguno en pie.

Y, diciendo esto, Don Quijote apretó el estribo contra rocinante y salió a toda velocidad hacia uno de los molinos, lanza en mano, dispuesto a atacarlo de lleno.

La batalla de Don Quijote con los gigantes de viento

– ¡Señor! ¡Don Quijote!- gritaba desesperado Sancho Panza- ¡Que no son gigantes, que son molinos!

Pero Don Quijote no escuchaba nada, cegado por su ansia de batalla, y ya cerca de los molinos, que movían sus aspas muy rápido, una de ellas se enganchó con la lanza, la hizo añicos, y arrastró al caballero y al caballo Rocinante por lo aires. Don Quijote cayó rodando lejos del molino, y Sancho Panza acudió rápido a socorrerlo.

– ¡Menudo golpe!- dijo el escudero intentando incorporar a su señor-. Pero no se queja…

– Sancho, los caballeros no nos quejamos, aguantamos el dolor siempre.

– Pues yo, si no le importa, como no soy caballero, sino escudero, si me duele me quejaré. Vaya que sí.

Y Don Quijote pensó que tenía razón.

– Claro, Sancho, podrás quejarte lo que quieras cuando algo te duela.

– Y bien, señor, que al fin entenderá que en realidad no eran gigantes sino molinos de viento lo que usted veía.

Entonces, Don Quijote, miró de nuevo al horizonte y esta vez sí, vio molinos de viento. Y dijo:

– Oh, esto es obra sin duda del malvado sabio Frestón, mi gran enemigo, que se llevó mis libros de caballería y ahora ha convertido los gigantes en molinos para que no pueda vencerlos. ¡Maldito brujo!

Y Sancho Panza no dijo nada. Solo ayudó a su señor a incorporarse y a subir a Rocinante.

– Señor, la lanza… está hecha astillas- dijo entonces Sancho.

– Pues me haré otra con la primera encina que encontremos. Un antiguo caballero se hizo una con madera de encina y libró grandes victorias. Yo haré lo mismo.

Pero, como no encontraban por la zona encinas, Don Quijote se hizo al fin una lanza con la rama de un árbol cualquiera. Y siguieron su camino en busca de nuevas aventuras.


Reflexiones sobre la aventura de Don Quijote y los molinos de viento

Con esta divertida aventura de Don Quijote, podrás hablar con tu hijo acerca de todo esto:

– Por qué debemos escuchar las advertencias de otros: A veces nuestros sentidos nos ciegan, nublan nuestra mente. Cuando deseamos algo mucho, no somos imparciales. Por eso, debemos atender a lo que dicen aquellos que no están ‘contaminados’ por tales emociones. Su razonamiento puede arrojar luz sobre nuestra ceguera. En este caso, Sancho advirtió a su señor de que aquello que él veía era en realidad un molino de viento. Sin embargo, Don Quijote no quiso escuchar las advertencias de su escudero.

No olvides el valor de la prudencia: Don Quijote era visceral, se dejaba llevar por sus impulsos y emociones. Eso está bien hasta cierto punto, ya que aunque seamos emocionales, no debemos olvidar nunca el valor de la prudencia, que nos dice cuándo estamos en peligro y en qué momento debemos dar media vuelta.

– Las apariencias engañan: Al igual que en el mito de la caverna, de Platón, esta aventura de Don Quijote sirve para advertirnos de la cantidad de veces que pensamos de una forma, o creemos algo que es mentira, que está desfigurado, transformado por culpa de nuestras emociones. Una cosa es lo que nos indican nuestros sentidos y otra muy distinta lo que es de verdad. La verdad muchas veces está distorsionada por los sentidos.

4. La aventura de Don Quijote y la batalla con el vizcaíno

  Tremenda batalla la que Don Quijote tuvo que librar contra el escudero que escoltaba en un viaje a una bella dama. Descubre por qué llegaron a esta pelea y cómo acabó la contienda.


‘Don Quijote y la aventura del vizcaíno’

Marchaban Don Quijote y Sancho Panza por un arenoso camino, cuando de pronto vieron a lo lejos las oscuras figuras de dos monjes, seguidos por dos mulas con dos mozos y detrás de ellos, un coche de caballos y una dama dentro, acompañada a su vez por varios escuderos.
 
Y entonces Don Quijote dio un respingo y gritó:

– ¡Diantre, Sancho Panza, que se avecina una nueva aventura para nosotros! ¿Pues no ves a lo lejos que se acercan dos encantadores y que atrás llevan secuestrada a una hermosa dama?

– ¿Encantadores, dice?- respondió algo sorprendido su escudero- A fe mía que lo que veo son dos monjes capuchinos y atrás una diligencia acompañada por una escolta.

– Oh, bandidos… ¡secuestrar a una inocente dama de esta forma! Seguramente quieran pedir algún rescate. ¡Pues no los conseguirán! Para esto está aquí este valiente caballero andante- dijo entonces Don Quijote.

– Mire usted, mi señor, no se deje llevar, que puede ser peor que lo de los molinos. Hágame caso… – dijo Sancho Panza, intentando persuadirlo.

Pero no había que hacer. Don Quijote ya se acercaba a ellos a galope y Sancho le siguió a regañadientes.
 
Los frailes de la orden de San Benito

Al llegar Don Quijote hasta los monjes, les increpó:

– ¡Alto ahí! ¡Detened vuestro camino! Por la gran Dulcinea del Toboso, os exijo que liberéis a la bella doncella que lleváis secuestrada.

Los hombres detuvieron el paso y se quedaron mirando con admiración y extrañeza a Don Quijote:

– Mire usted- dijo uno de ellos- Nosotros somos religiosos de la orden de San Benito, y no sabemos muy bien a qué se refiere. No llevamos a ninguna doncella prisionera…

– ¡Mienten! – dijo enfadado Don Quijote- Y deben pagarlo ahora mismo.

Y sin mediar más palabra, Don Quijote levantó la lanza y enfiló a uno de los frailes, que, por fortuna, consiguió tirarse de la mula antes de que le atravesara de parte a parte. Atemorizado, su compañero golpeó a su mula y salió corriendo, mientras Sancho Panza, que vio tendido en el suelo al fraile al que su amo había atacado, comenzó a quitarle los hábitos.
 
Entonces llegaron dos mozos que viajaban con los religiosos:

– ¿Por qué le quitas los hábitos?- protestó uno de ellos.

– Porque como buen escudero, debo hacerme con los despojos de la batalla de mi señor Don Quijote.

Los dos mozos, muy enfadados, comenzaron a moler a golpes a Sancho Panza, mientras su amo ya se encontraba junto al coche en donde viajaba la doncella, que en realidad era una dama noble que se dirigía a Sevilla para encontrarse con su marido.

La doncella vizcaína y la petición de Don Quijote

Los mozos dejaron malherido a Sancho Panza, y siguieron su camino junto al fraile, que había recuperado su ropa.

Don Quijote, por su parte, comenzó a hablar con la doncella, originaria de Vizcaya.

– O, bella dama, debo comunicaros que estáis libre, ya que conseguí dar un escarmiento a los encantadores que os secuestraron. Solo os pido a cambio una cosa: que vayáis al Toboso para contarle a la sin par Dulcinea la aventura que acabáis de ver.

La mujer estaba realmente confundida, pues no entendía muy bien lo que decía Don Quijote. En esto que se acercó uno de los escudero que acompañaban al coche, y dijo:

– Anda, caballero, aparta de aquí y deja que sigamos nuestro camino. No vamos a desviarnos a ningún sitio.

– ¿Cómo dices? Tienes suerte de no ser un caballero. Si no, ahora mismo te atravesaría con mi lanza- dijo entonces Don Quijote.

– ¿Que no soy caballero, dices? Ahora lo veremos: ¡saca la espada!

La formidable batalla entre Don Quijote y el vizcaíno

El caballero vizcaíno desenfundó entonces su espada y desafió a Don Quijote a una batalla. Él arrojó al suelo su lanza y alzó al cielo su espada:

– Por mi amada Dulcinea del Toboso, que su honor quedará limpio tras esta batalla.

Y diciendo esto, ambos se enzarzaron en una batalla tal, que duró más de la cuenta. Todos observaban perplejos. A Don Quijote le hirieron en la oreja, pero aprovechó un descuido del vizcaíno para tirarle del caballo. Entonces él también se apeó de Rocinante y continuó la batalla a pie.

El uno y el otro recibieron buenos golpes. Estaba muy igualada la contienda. Pero en un golpe certero, Don Quijote consiguió darle un golpe en la cabeza al escudero, quien cayó al suelo sangrando.

El caballero andante aprovechó para sostener su espada entre los ojos y decirle muy serio:

– Jura aquí mismo que irás a rendir honor a Dulcinea del Toboso o caerás muerto.

Entonces, la dama que viajaba en el coche de caballos, salió corriendo en ayuda de su escudero:

– ¡Alto! ¡Parad la batalla!- gritó angustiada- Le ruego, valeroso caballero, que perdone la vida a mi escudero.

Don Quijote la miró conmovido y dijo:

– Lo haré si prometéis ir al Toboso para narrarle esta hazaña a Dulcinea.

La mujer, desesperada, respondió:

– Sí, haremos lo que nos pida.

Y así que resolvió esta increíble batalla, este duelo del que Sancho pensó que conseguiría como premio una ínsula:

– No, Sancho- dijo Don Quijote- Debes saber que muchas de nuestras aventuras serán como esta, de encrucijadas y ajustes de cuentas. Pero debes tener paciencia, porque ya llegará la aventura en la que puedas sacar de beneficio una ínsula para gobernar.

Reflexiones acerca de la aventura de Don Quijote y el vizcaíno

Durante esta aventura de Don Quijote, de nuevo la fantasía del famoso caballero andante le juega una mala pasada. Así, donde debería ver a unos monjes, él ve a unos encantadores que además han secuestrado (supuestamente) a una doncella:

El bondadoso corazón de Don Quijote: Debemos pensar que Don Quijote en realidad creía de verdad que se había encontrado con una doncella en apuros. Su primer instinto fue el de acudir en su ayuda, mostrando así su bondadoso corazón y su solidaridad.

El coraje de Don Quijote: A pesar de que el caballero vizcaíno era más joven y fuerte, Don Quijote no dudó en batirse en duelo con él, mostrando así un gran coraje y una tremenda valentía. Su deseo de reponer la justicia hace que no sea consciente del riesgo en el que se ve involucrado.

5. La historia de amor de la pastora Marcela 


   No hay batalla más dura que la del amor… Así lo contempla Don Quijote, que es observador en esta historia de desamor entre un pastor y una hermosa pastora.

Tras una dura batalla de Don Quijote con un escudero vizcaíno, caballero andante y escudero se fueron por un camino en busca de morada y un lugar en donde Don Quijote pudiera curarse una herida en una oreja.

No encontraron sin embargo ningún lugar, hasta que vieron a lo lejos a un grupo de cabreros que estaban preparándose la cena. Se acercaron a ellos y fueron bien recibidos:

– Preparamos un asado y tenemos buen vino al que invitaros- dijo muy amable uno de los cabreros.

– A fe mía que no encontraremos mejor lugar en donde descansar- respondió Don Quijote.

Y así fue cómo Don Quijote y Sancho Panza se sentaron junto a ellos, alrededor de una fogata, y comenzaron a comer y a escuchar sus interesantes historias.

La extraña historia del pastor Grisóstomo

Después de que uno de los cabreros fuera a por hojas de romero para curar la herida de Don Quijote, el caballero andante les preguntó:

– ¿Y a dónde os dirigís, buenos hombres?

– Ah, pues al entierro del desdichado de Grisóstomo, un pastor de la zona que murió joven por un mal de amores.

– ¿Y eso cómo ha sido?- preguntó con curiosidad Don Quijote.

Entonces, todos se volvieron a sentar para narrar la historia.

– Verá, le contaremos lo poco que sabemos del pobre zagal, buen estudiante y mejor persona, que volvió de Salamanca de estudiar y a su regreso se encontró con el peor de sus enemigos: el amor.

– Sí, así es- siguió hablando otro cabreo- Hace unos treinta años que nacieron los dos desdichados: el pastor y su asesina… Ambos nacieron en familias pudientes, dedicadas a la ganadería. La madre de Marcela murió al dar a luz. Era la más hermosa de las mujeres del lugar y su hija heredó y superó con creces su belleza. Pero el padre murió de pena al poco tiempo, y la muchacha quedó al cuidado de un tío suyo, que es cura.

– Por su parte- continuó otro cabrero-, Grisóstomo se fue pronto a estudiar a Salamanca, y regresó por la muerte de su padre, ya culto y más sabio, con conocimientos increíbles sobre la agricultura y el tiempo… Pero un día, subió con su amigo Ambrosio, también pastor, hasta la fuente, y allí se encontró con su verdugo: la bella Marcela, que acudía con sus amigas pastoras.

Los pretendientes de Marcela y su rechazo constante

El cabrero hizo aquí una pausa no exenta de tristeza y siguió hablando:

– El pobre Grisóstomo quedó prendado de su belleza, como muchos otros antes, porque Marcela era tan hermosa que tenía a todos los jóvenes del lugar detrás de ella.

Su tío le había preguntado muchas veces si alguno de esos pretendientes le gustaba, pero ella siempre decía que no pretendía casarse ni quería amores. De hecho, Marcela era muy brusca con todos ellos, y no dudaba en romperles el corazón con su sinceridad. Lo mismo que le pasó al pobre de Grisóstomo, quien no paró de insistir y de manifestar a Marcelo lo enamorado que estaba, hasta que el pobre pastor murió de pena… Y todo por culpa de la ingrata de Marcela.

Mañana iremos todos al entierro, que será en el mismo lugar en donde descubrió el joven la belleza de la pastora por vez primera.

– Qué interesante historia- dijo entonces Don Quijote- Mañana iremos con vosotros. No me perdería esto por nada del mundo.

El entierro de Grisóstomo junto a la fuente del cerro

Con las primeras luces de la mañana, todos se pusieron en marcha. Por el camino se les fueron uniendo muchos más pastores que también iban al entierro.

Al llegar al cerro, vieron acercarse a un grupo de pastores, con el famoso Ambrosio en cabeza. Era el mejor amigo del fallecido. Detrás llevaban el ataúd con numerosos papeles encima.

– ¿Qué son esas hojas- Preguntó Don Quijote a Ambrosio.

– Son los últimos escritos de Grisóstomo, sobre el dolor que le producía el amor por Marcela, los celos que nacían de él y la angustia por no poder librarse de ese sentimiento.

Todos estaban de acuerdo en la culpabilidad de Marcela en la muerte del joven pastor. Todos hablaban en contra de ella, cuando de pronto, apareció la pastora, para sorpresa de todos y se acercó hasta ellos.

– ¿Qué haces aquí?- dijo enfadado Ambrosio- ¿No has hecho ya bastante? ¿No mataste ya a nuestro querido Grisóstomo?

Las palabras de la pastora Marcela

– Vengo a contaros por qué estáis equivocados y a defender mi honra y mi verdad. Yo no maté a vuestro amigo, sino que se mató él solo. Yo no avivé en él el amor. Ni tengo la culpa de que se enamorara. La vida me hizo hermosa, y no soy culpable por ello. Yo dejé claro a todos desde el principio que no quiero compartir mi hermosura con nadie, que quiero estar sola. Y así se lo dije a vuestro amigo desde el principio. Y por más que yo se lo repetía, él no se daba por vencido.

¿Qué culpa tengo yo de ser amada y no amar a quien me ama? ¿Acaso debo estar obligada a corresponder al que me ama? Si le hubiera engañado con falsas ilusiones… si le hubiera mentido, entonces sí habría sido culpable. Pero nunca lo hice. Y ese ahora decís que es mi delito: decir la verdad, ser libre. Ese es mi delito.

Y diciendo esto, Marcela dio la vuelta y se alejó lentamente, mientras que todos la miraban con ganas de seguirla, hasta que Don Quijote se puso en medio del camino y dijo:

– Ni se os ocurra dar ni un solo paso. La muchacha ha dicho la verdad. Su corazón es noble y no tiene mayor culpa de no amar a quien le ama. Terminen pues con el entierro de un pobre enamorado que no supo digerir el veneno del desamor.

Y los pastores terminaron con el entierro del pobre Grisóstomo.


Reflexiones sobre esta aventura de Don Quijote

En esta ocasión, Don Quijote no libra ninguna batalla, sino que escucha atento y participa de una historia de amor y desamor. Las reflexiones en esta ocasión tienen que ver con esta compleja emoción:

No hay batalla más dura que la del amor: En esta aventura, Don Quijote no se enfrenta a ningún enemigo físico, pero sí presencia la peor y más dura de las batallas: la del amor no correspondido. Una batalla en donde además hay una víctima. Pero la batalla no era entre el pastor y la pastora, sino entre el desdichado pastor y el sentimiento de frustración por el amor no correspondido.

El amor no se divide ni se vende: Marcela explicó muy bien a todos que el amor no puede dividirse ni tampoco venderse al mejor postor. El amor se siente o no se siente. No se puede inventar. Es un sentimiento y como tal, debe ser puro y nacer del corazón. De lo contrario, tarde o temprano se quitará la máscara y su engaño saldrá a la luz.

No es culpa del ser amado el dolor del que sufre desamor: Cuando alguien se enamora y no es correspondido, sufre, y sufre mucho, pero no puede culpar al que no le corresponde, pues no es culpable de no sentir el mismo amor. Los enamorados tienden a culpar a la otra persona de ingrata cuando no le corresponden, pero en realidad no existe ningún culpable. 
   
6. La aventura de los yangüeses, una nueva pelea para Don Quijote 


   El pobre Don Quijote no era capaz de medir el riesgo, y a pesar de las advertencia de Sancho, siempre terminaba metiéndose en líos. 

Después de la inquietante historia de la pastora Marcela, Don Quijote y Sancho Panza se adentraron en un bosque muy espeso, con la mala suerte de parar en una zona escogida por los yangüeses para el descanso.

Al principio, tanto el caballero como su escudero no se percataron de la cercanía de estos, y dejaron que tanto el asno de Sancho como el caballo de Don Quijote, pastaran libremente mientras ellos comían y bebían algo.

Pero Rocinante sí vio a lo lejos a las jacas de los yangüeses y decidió que era un buen momento para hacerles una visita. Ni corto ni perezoso, allá que se fue y claro, las jacas no le recibieron de muy buena manera. Comenzaron a relinchar asustadas y a dar coces sin parar, lo que alertó a sus dueños.

Los yangüeses, al darse cuenta de que un caballo intentaba molestar a sus jacas, comenzaron a dar palos al pobre Rocinante.

La aventura de los yangüeses: la gran pelea

Ante tal bullicio, tanto Don Quijote como Sancho corrieron a ver qué sucedía. Cuando llegaron, vieron a Rocinante molido a palos y tendido en el suelo.

– ¡Diantres, Sancho! ¡Que estos malhechores han pegado una paliza a mi caballo! Como no son caballeros, podrás combatir conmigo, ya que me dijiste que no podías hacerlo contra los más nobles.

– Sí, mi amo, pero ellos son veinte y nosotros solo dos. O uno y medio, según se mire…

– Vamos, Sancho, no hay lugar para el miedo. ¡A por ellos!

Y a pesar de las dudas del escudero, Don Quijote desenvainó su espada y se lanzó a por la veintena de hombres, quienes no podían creer que un anciano se lanzara contra ellos de esa manera.

Sancho Panza, movido por la valentía de su amo, también atacó a los yangüeses, quienes solo tuvieron que coger unos cuantos palos para dar al caballero y a su escudero una soberana paliza.

Una vez que ya molidos a palos les vieron casi inmóviles en el suelo, recogieron todas sus cosas, y se fueron.

La conversación entre Don Quijote y Sancho tras la pelea

– ¡Ayyy!- se quejaba Sancho desde el suelo- ¿No tendrá su merced un poco de ese líquido que arregla los huesos quebrantados?

– Ay, insensato, si lo tuviera cerca ya habría hecho yo uso de él… Ahora, la culpa de todos esto es mía. ¡Mira que intentar yo luchar contra malhechores que no han sido armados caballeros! He violado una de las normas de la caballería y Dios me ha castigado con ello, dando fuerzas sobrehumanas al enemigo para que me derrote.

– Buen amo, yo creo que era porque solo éramos dos y ellos veinte…

– Calla, Sancho, que si yo no hubiera peleado y te los hubiera dejado todos a ti, la cosa hubiera cambiado mucho. Júrame que cuando haya que lugar contra bandidos que no son caballeros, lo harás tú por mí y así nos aseguraremos una gran victoria.

– Ay, mi señor, si no es por no hacerlo, pero ya sabe vuestra merced que yo soy un hombre de paz, y prefiero aguantar que rebelarme…

– Mira, Sancho, si no demuestras tu valía para ser ordenado caballero, nunca podré otorgarte las ínsulas prometidas…

– Creo, mi señor, que en este momento, tal y como estoy, no puedo ni pensar. Intentaré levantarme y ayudar a Rocinante, aunque él ha sido el causante de todo esto.

– Ay, Sancho, que no te preocupe el haber acabado así porque en esto de la caballería los riesgos son muchos. Y en esta pelea además no quedamos humillados, ya que ellos no atacaron con espadas, sino con estacas.

– Para mí, señor, que el dolor de las estacas quedará en mi memoria para siempre igual que lo harían las espadas.

– No te preocupes, Sancho, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que muerte no lo consuma.

– ¿Y por qué aguardar a que el tiempo y la muerte lo consuma? Mejor que no tuviera que hacerlo…

– Saca fuerzas de flaquezas, Sancho, que así haré yo. Y veamos cómo está Rocinante.

– Lo que me sorprende a mí- dijo entonces Sancho- es que mi jumento haya quedado libre de los golpes, mientras que nosotros salimos sin costillas…

– Pues me alegro, porque así podrá llevarme a algún castillo donde puedan curarme las heridas.

Haciendo mil esfuerzos, el fiel escudero pudo levantarse, acomodar a su señor encima del asno y atar a Rocinante al otro animal. Y él, asiendo con fuerza la brida de su asno, comenzó a andar por el que parecía el camino principal, en busca de un lugar donde hacer un alto.

Caminando no mucho tuvo la suerte de encontrar a lo lejos una venta, que a su amo le pareció un castillo. Discutiendo todo el rato sobre si aquello era una venta o un castillo, llegaron al fin al lugar, a donde Sancho pasó sin decir más.

Reflexiones sobre el capítulo ‘La aventura de los yangüeses’

Este capítulo XV de la tercera parte de Don Quijote de la Mancha (La aventura de los yangüeses) nos trae una nueva aventura en donde la imprudencia pasa de nuevo factura. Su historia nos sirve para reflexionar acerca de todos estos puntos:

Piensa muy bien las consecuencias de tu decisión: Antes de actuar, piensa en las consecuencias y mide muy bien tus posibilidades. Los impulsos, las emociones, nos suelen cegar y trastocan hasta tal punto la realidad, que a Don Quijote le pareció que a pesar de ser veinte hombres, podría con ellos.

Haz caso a la voz de la prudencia: Sancho representa a lo largo de todo el libro de caballería la voz de la prudencia, la sensatez o también podríamos decir, el ‘sentido común’. El único que ve la realidad tal cual es. Sin embargo, a pesar de sus advertencias, su amo prefiere hacer caso a sus impulsos y taparse los oídos ante las prudentes palabras de su escudero. Las consecuencias, ya las ves en este relato de La aventura de los yangüeses: no solo se perjudica a sí mismo, sino que arrastra consigo al pobre Sancho.

Tus malas decisiones arrastran a otros: En la aventura de los yangüeses, efectivamente, a pesar de que Sancho no quería luchar (porque muy inteligentemente vio lo que se venía encima), tuvo que acompañar a su amo en la imprudente decisión y al final se llevó los mismos palos. La imprudencia de Don Quijote arrastró por tanto al pobre Sancho. Así pasa en la vida real, que muchas veces cometemos errores y con nuestros errores también hacemos daño a otros sin querer.

7. Don Quijote en la venta que él creía castillo y el manteo de Sancho Panza


‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’ y el manteo de Sancho Panza

   El pobre Don Quijote no paraba de meterse en líos… Bien sea por su exceso de imaginación o por su valentía extrema. 

Tras la batalla con los yangüeses, con el cuerpo molido a palos, Don Quijote y Sancho Panza llegaron a una venta que el hidalgo creyó ver como un fastuoso castillo.

El dueño de la venta se asustó al ver entrar a Don Quijote a lomos del burro:

– Pero buen hombre… ¿Qué le ha pasado? ¿De dónde viene?

– Tuvo mi señor una caída… Si pudiéramos alojarnos aquí, le estaríamos muy agradecidos…

– Claro, por supuesto. Mandaré a las mujeres que le curen las heridas.

El dueño de la venta llamó a su mujer, una doncella muy caritativa a la que Don Quijote creyó ver como la hija del dueño del castillo. Trabajaba allí también una asturiana de cuerpo rechoncho y medio tuerta, que ayudó a su ama a hacer las camas para los huéspedes y a preparar un ungüento para las heridas.

Las camas eran viejas y un tanto oxidadas. Las sábanas de duro lino raído y la manta de lana deshilachada. Compartirían habitación además con un arriero (cuyo trabajo estaba relacionado con las bestias de carga), pero en ese momento se encontraba trabajando.
 
Maritornes cura las heridas de Don Quijote y Sancho Panza

Las mujeres ayudaron a tumbarse en la cama a Don Quijote, y al quitarle los ropajes miraron asombradas las heridas:

– Pero esto más bien parecen golpes de pelea– dijo la asturiana, que se llamaba Maritornes.

– No, que va… es porque mi amo, Don Quijote, cayó por una pendiente con muchas piedras en punta…

– ¿Cómo has dicho que se llama?

– Don Quijote de la Mancha. Es caballero aventurero.

– ¿Y qué es ser caballero aventurero?
 
– ¿No sabes qué es? Alguien que puede verse a la vez apaleado y emperador, libra aventuras sin par y gana nobleza y riquezas, aunque de momento no encontramos aventuras con ese resultado… Tal vez será porque a veces uno busca algo y encuentra otra cosa.

Y en ese momento, Don Quijote, que lo estaba escuchando todo, miró a la dama y creyó ver una hermosa doncella.

– ¡Oh, hermosa dama! Creed si os digo que vuestra amabilidad será premiada y que jamás permitiré que nada le pase… por honor a mi querida Dulcinea…

– ¿Qué dice este hombre?- preguntó Maritornes sin entender nada.

Pero ella siguió poniendo pomada en los moretones de Don Quijote y luego en los de Sancho, que también le dijo que los tenía, según él, porque al ver sufrir a su amo, él mismo sintió los golpes.

Don Quijote en la venta que él creía castillo

Y ahí quedaron caballero y escudero en la cama descansando y se vino la noche encima. Pero por el dolor del cuerpo Don Quijote tenía los ojos abiertos como una liebre, y comenzó a fantasear acerca de su estancia en ese ‘castillo’.

Pensó que Maritorne se había enamorado de él, y que debía explicarle que él no podía corresponderla por su fidelidad a la sin par Dulcinea.

Y resulta que el arriero había quedado esa noche con Maritorne y ella, pensando que ya habría llegado, entró en el cuarto a tientas, con un pequeño candil. Y como Don Quijote seguía pensando que aquella doncella le amaba, al verla llegar, la agarró por la muñeca para atraerla a su lado.

Llevaba la mujer una pulsera de cuentas de vidrio y a él le parecieron hermosas perlas, y el pelo grasiento y sucio, pero a Don Quijote le parecieron hebras de oro… Y acababa de comer la mesonera chorizo y su aliento apestaba a fiambre, pero para Don Quijote era un aroma embriagador y dulce…:

– No sé cómo explicar, bella doncella, que no puedo corresponder su amor…

La asturiana, que no entendía nada, intentaba soltarse la mano sin éxito. En esto que entró el arriero, y al ver que Maritorne intentaba deshacerse de un hombre que la tenía aprisionada por la muñeca, gritó:

– ¡Atrás, desgraciado!- y el arriero le dio tal puñetazo a Don Quijote, que hasta saltó sangre de la boca.

La mujer del golpe cayó sobre Sancho Panza, que estaba dormido y del susto comenzó a dar manotazos en el aire. El arriero se puso de pie en la cama del caballero andante y del peso ésta se vino abajo. Aún así, siguió pateándole las costillas.

A esto que el dueño de la venta al oír los gritos, subió corriendo y al ver aquello, se unió a la pelea, buscando a Maritorne para darle un escarmiento, ya que pensaba que ella era el origen de toda la pelea.

Y así, en la oscuridad, todos comenzaron a darse golpes en una escena realmente cómica: daba el arriero a Sancho, Sancho a la moza, la moza a Sancho, el ventero a la moza…

Una pelea que termina muy mal
Y resulta que también dormía allí esa noche un cuadrillero, que al oír los ruidos subió a ver qué sucedía. Se fijó en Don Quijote, que yacía en el suelo sin sentido, y pensó que estaba muerto:

– ¡Favor a la justicia!- gritó mientras se unía a la pelea- ¡Que hay un hombre muerto!

Esto hizo que todos pararan de pronto, asustados ante esas palabras. Todos se retiraron a sus aposentos y el cuadrillero consiguió traer un candil para comprobar que Don Quijote siguiera vivo.

Pasó la noche al fin y a la mañana siguiente dijo Don Quijote a Sancho:

– Qué extraño, mi querido escudero… este castillo debe de estar encantado. Te contaré un secreto y jura no contárselo a nadie.

– Lo juro.

– Me fío de ti, Sancho… Pues resulta que esta noche vino a verle la doncella de este castillo. Es la más hermosa dama que habrás visto jamás… Pues bien, mientras hablaba con ella de amor, de pronto salió de la oscuridad la mano espectral de un gigante y me dio un tremendo golpe inesperado. Y me dio después tal paliza, que estoy hoy peor que ayer. Para mi entender que se trata de un moro guardián de la bella dama.

– Por lo menos tuvisteis la ventura de hablar con una bella dama, pero yo, que no hice nada, recibí tal molimiento que hoy no siento el cuerpo.

– ¿Tú también fuiste golpeado, Sancho? – A fe que sí, y mucho.

En esto que entró con un candil el cuadrillero a ver qué tal estaba el hombre que creyó muerto.

– ¿Qué tal va, buen hombre?- le preguntó.

– Será usted majadero… tratar así un criado a un caballero andante.

El cuadrillero, enfadado, le dio con el candil en la cabeza y salió de allí.

– Para mí que ese era el moro encantado- dijo Sancho.

El cuadrillero, al escuchar esto, pensó que ambos habían perdido el juicio, y se fue.

Don Quijote en la venta que él creía castillo: El mágico bálsamo de Fierabrás
Salió Sancho en busca de algo de romero, aceite, sal y vino, por encargo de su señor, que pensaba en dar con la receta para hacer él mismo el bálsamo de Fierabrás que usaba para ‘resucitar’ tras las batallas. Y una vez elaborado, Don Quijote lo bebió.

Vomitó con estruendo y luego durmió durante tres horas, tras las cuales se levantó como nuevo. Quiso Sancho probarlo también, pero en su caso le sentó tan mal, que pronto se tuvo que acostar con retortijones insufribles.

Preparó Don Quijote las cosas para irse en busca de aventuras y entonces el dueño de la venta le exigió el dinero.

– ¿Venta, dice usted? ¿No es entonces un castillo?- preguntó extrañado Don Quijote.

– Una venta ha sido y es desde que la abrí. Así que pague lo que me debe.

– Debe saber usted que los caballeros andantes no pagamos en ventas y hospedajes, según las normas de caballería. Y diciendo esto, Don Quijote se alejó en su Rocinante, mientras Sancho, que ya se había incorporado, se subía a lomos de su burro.

El manteo de Sancho Panza en ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’

– Entonces pagarás tú- dijo amenazante el dueño de la venta.

– Las mismas normas que para el caballero andante existen para su escudero. Así que no debo pagar nada- respondió Sancho.

Pero entonces llegaron unos cuantos hombres, que al ver que los dos se iban sin pagar, bajaron a Sancho de su burro, buscaron una manta enorme y comenzaron a mantearle lo más alto que podían.

El pobre Sancho gritaba por los aires y Don Quijote volvió en su ayuda, pero no podía entrar en la venta, que estaba cerrada.

Solo cuando se cansaron del manteo, pudo parar al fin Sancho Panza y salir junto a su amo de aquella dichosa venta.

– Vámonos de aquí, señor, que casi se quedan mis huesos enterrados en esta venta.

Y los dos partieron en busca de nuevas hazañas.

(Adaptación del capítulo ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’, por Estefanía Esteban)

Reflexiones sobre este ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’

Este relato (Don Quijote en la venta que él creía castillo) recoge los capítulos XVI y XVII de la primera parte del libro de Don Quijote. Se trata de una historia muy divertida que nos lleva a reflexionar acerca de todos estos temas:

Lo que es capaz de hacer la fantasía: Se creía Don Quijote que la venta era un castillo, y así, usando su imaginación, comenzó a meterse en líos. Al final terminó con los huesos más molidos. Y es que la fantasía debe ser controlada. En el momento en el que confundimos la realidad, las consecuencias pueden ser terribles.

La caridad: En este capítulo, ‘Don Quijote en la venta que él creía castillo’, la figura de la mujer asturiana representa la caridad que se apiada de los dos hombres, a pesar de que consideren todos que están ‘un tanto locos’, una caridad que además ofrece ayuda sin pedir nada a cambio. Muy diferente a los personajes del dueño de la venta y del arriero. El primero busca beneficio y el segundo, venganza.

8. La aventura de Don Quijote y los rebaños de ovejas 

   Don Quijote, creyendo que se encontraba ante la pelea de dos ejércitos, se lanzó lanza en ristre contra unos rebaños de ovejas y carneros. 


‘Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas’ para niños

Cabalgaban Don Quijote y Sancho aún doloridos tras salir de la venta que Don Quijote creyó castillo encantado.

– Sin duda eran fantasmas los que te atacaron, Sancho. No tengo ninguna duda, y ya pagarán por todo lo que nos hicieron.

– Pues para ser fantasmas bien reales me parecían a mí… ¡si hasta tenían nombre y apellidos!

Estaban recordando su última aventura cuando de repente, vieron a lo lejos una enorme polvareda en mitad de un camino.

– ¡Quieto, Sancho! ¿Ves lo mismo que yo?

– Sí… una nube de polvo.

– ¡Es un ejército! Pero espera… más allá hay otra. ¡Dos ejércitos que se enfrentan! ¡Que me aspen! ¡Si son los ejércitos del malvado emperador Alifanfarón, señor de la isla de Trapobana y el de Pentapolín del Arremangado Brazo, rey de los garamantas!

Sancho Panza miraba sin entender muy bien, pero como no veía más que polvo en el camino, llegó a creer a Don Quijote.

– ¿Y por qué se pelean?- preguntó entonces Sancho.

– Por amor, Sancho, por amor… El villano de Alifanfarón está enamorado de la hermosa hija de Pentapolín, y él, por supuesto, se niega a entregar a su hija a tal villano. ¡Por mis barbas! ¡Ayudaré en la batalla a mi amigo Pentapolín! Subiremos a esta loma para dejar a tu asno y les pillaremos desde allí por sorpresa.

Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas: los caballeros

Y subiendo a una pequeña colina, Don Quijote miró con atención y comenzó a ver cosas que el bueno de Sancho no era capaz de ver.

– ¿Ves a aquel de allá?- dijo Don Quijote señalando a la nube de polvo- El que tiene el escudo del león dorado… ese es el mismísimo Laurcaldo, señor del Puente de Plata. Sus hazañas se cuentan por docenas… y un poco más allá está el valeroso Micocolembo, duque de Quirocia. Su escudo lo forman tres coronas de plata en fondo azul. ¡Y está también el temido Brandabarbarán de Boliche! ¡El señor de las tres Arabias!

Don Quijote se emocionaba al mencionar a cada uno de estos caballeros, mientras Sancho intentaba achinar los ojos para ver si podía divisar a alguno de los señores de los que su amo tan efusivamente hablaba.

– ¿Los ves, Sancho, los ves?

– Pues a decir verdad, mi amo… yo no veo nada.

– ¿Y no escuchas sus gritos en plena batalla?

– Gritos, lo que se dice gritos, pues no… Yo solo escucho el balido de ovejas y carneros. A fe mía que esa nube no encierra una batalla, mi amo, sino un rebaño de carneros.

– Eso es por el miedo, Sancho, que nubla tus sentidos. Pero si tanto temes, échate a un lado y ya voy yo a ayudar a mi amigo.

La batalla de Don Quijote y las ovejas

Y diciendo esto, Don Quijote comenzó a galopar sobre Rocinante colina abajo, lanza en ristre y gritando mientras se adentraba con fuerza en medio del rebaño.

– ¡Allá voy! ¡Espera, mi amigo Pentapolín, que voy en tu ayuda!

– ¡Deténgase, amo!- gritaba Sancho desde lo alto de la colina.

Demasiado tarde. La lanza de Don Quijote levantó en volandas a unas cuantas ovejas, que comenzaron a balar presas de miedo.

Los pastores, al ver aquello, comenzaron a gritar y se hicieron con un buen montón de piedras de río. Bien adiestrados en el manejo de las hondas, comenzaron a lanzar sus misiles contra el caballero andante, quien empezó a sentir los golpes, uno detrás de otro, en el cuerpo y el rostro.

Sintió Don Quijote que dos costillas se le hundían y que alguna que otra muela saltaba por los aires. Intentó beber de su licor prodigioso para recuperarse, pero una pedrada lo arrancó de sus manos, manchándole las barbas del líquido rojo. Cuando el dolor le pudo, cayó al suelo casi sin sentido.

Los pastores pensaron que estaba muerto, y recogieron las ovejas y carneros que aún estaban vivos para salir de allí corriendo. Por su parte, Sancho bajó corriendo al ver el resultado de todo aquello. Al ver a su amo con las barbas rojas, y tendido en el suelo, también pensó en un primer momento que había muerto, pero pronto se dio cuenta de que aún vivía.

El resultado de Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas
– Ay, Sancho… que esos viles me dejaron malherido. Creo que me han arrancado varias muelas… ¡Dime que el soberbio Alifanfarón no ganó la batalla!

– Ya le advertí yo, mi señor, que aquello no eran caballeros, sino carneros...

– No creas, Sancho, que Alifanfarón tiene el extraño poder de cambiar su forma. Y seguro que al llegar yo se transformó y ahora ya alejado ha vuelto a recobrar su forma verdadera…

– Menos mal que no entré yo en la batalla, puesto que yo soy poca cosa para un grupo de carneros… Y solo faltaba otra tunda después de todas las que ya llevamos.

– Debes saber, Sancho, que no es un hombre más que otro, sino hace uno hombre más que otro. Y si el mal últimamente se hace fuerte, debes saber que no dura para siempre, y el bien ya estará cerca para nosotros. Pero dime, Sancho… ¿Cuántas muelas me faltan arriba y abajo?

El escudero le miró la boca y preguntó:

– ¿Cuántas tenía vuestra merced?

– Cuatro o cinco, porque jamás me arrancaron ninguna…

– Pues abajo solo cuento dos y media y arriba solo alcanzo a ver una.

– ¡Ya decía yo que en la boca sentía una escaramuza!

Sancho Panza ayudó a levantarse a su amo y una vez que ambos pudieron subirse a sus animales, fueron hasta un camino ancho para buscar un lugar donde reposar.

(‘Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas’ – Adaptación hecha por Estefanía Esteban)

Reflexiones sobre Don Quijote y la aventura de los rebaños

¡Este Don Quijote! ¡No hace más que meterse en líos! Y es que la imaginación y también la alegría (en exceso) nubla nuestra vista (y nuestros oídos). Aquí van las reflexiones sobre esta divertida historia de ‘Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas’:

Las emociones que nublan los sentidos: Resulta que en esta historia de Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas, allí donde Sancho oía balidos, Don Quijote escuchaba gritos de batalla. Y allá donde el escudero veía el polvo que levantaba un rebaño, su amo solo veía el fulgor de una batalla. Y esto es porque los sentidos se trastocan cuando uno está emocionado, triste o presa de miedo. Una emoción exaltada es capaz de nublar la vista, el oído y hasta el tacto y hacernos ver, oír y sentir cosas irreales. Es lo que le sucedió a Don Quijote, que presa de emoción ante la batalla que creía cerca, comenzó a ver todo lo que sus sentidos le hicieron creer. Aunque en parte, por supuesto, algo tuvo que ver su extraordinaria imaginación.

Cuidado con el exceso de imaginación: el problema de Don Quijote es que estaba obsesionado con los libros de caballería. Y todas las obsesiones son malas, ya que también deforman la realidad y la acercan siempre a lo que nuestra fantasía quiere ver. Don Quijote llevaba todo lo que veía al campo de su fantasía y era capaz de ver aquello que imaginaba. Afortunadamente tenía al lado alguien que sí podía vislumbrar la realidad, aunque en un principio nunca le hiciera caso.

Lo importante son los hechos: En Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas, Don Quijote le dice a Sancho una frase muy significativa: «Debes saber, Sancho, que no es un hombre más que otro, sino hace uno más que otro». Lo que Don Quijote quiere decir con esta frase es que no importa el nacimiento, no importa si se nace entre nobles o entre siervos. Lo que de verdad hace a un hombre noble, valeroso y valioso son sus actos, sus acciones, y los valores que le mueven en la vida. «Lo que de verdad hace a un hombre valioso no son sus palabras, sino sus actos»

El pensamiento positivo de Don Quijote: otra de las muchas características de este peculiar caballero andante es su constante pensamiento positivo, que aún librando batallas con un desastroso resultado, él siempre termina pensando en que todo lo malo pasará y lo bueno no tardará en llegar. De hecho, Don Quijote piensa que la vida es una sucesión de buenos y malos momentos. Pensar en positivo nos hace olvidar aquello que nos pesa y nos aporta esperanzas e ilusiones, dándonos fuerzas para seguir perseverando. Las palabras de Don Quijote hacia Sancho en este capítulo de ‘Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas’, cuando dice «Y si el mal últimamente se hace fuerte, debes saber que no dura para siempre, y el bien ya estará cerca para nosotros», se refieren precisamente a esto.

Palabras textuales de esta interesante reflexión de Don Quijote

Las palabras exactas del libro en este capítulo de ‘Don Quijote y la aventura de los rebaños de ovejas’ dicen: «Todas estas borrascas que nos suceden son señales de que presto ha de serenar el tiempo y han de sucedernos bien las cosas; porque no es posible que el mal y el bien sean durables, y de aquí se sigue que, habiendo durado mucho el mal, el bien ya está cerca».


9. El caballero de la triste figura, otra aventura del Quijote

 Este capítulo nos cuenta por qué Don Quijote pasó a conocerse como ‘El caballero de la triste figura’. De nuevo, una divertida aventura en donde esta vez las cosas no salen tan mal. 


‘El caballero de la Triste figura’ 

Tras la extraña aventura de los rebaños, Don Quijote y Sancho Panza buscaban una venta donde poder descansar, pero la noche se les vino encima, y hablando de sus cosas, de pronto distinguieron a lo lejos unas tenues luces que se movían:

– ¡Por mis muelas, Don Quijote! ¿Qué son esas luces? ¿Fantasmas?

– No lo quiera Dios, Sancho, que ya tuvimos bastante con los del castillo aquel en donde te mantearon… pero esto es distinto, porque están al aire libre, y no podrán escapar de mi lanza. Si son demonios, tendrán que pagar por ello.

Las luces se acercaban y entonces pudieron ver una comitiva encabezada por un hombre que cabalgaba sobre una mula. Tras él, una litera cubierta por un paño negro y detrás, una veintena de hombres encamisados que portaban enormes cirios encendidos.

La comitiva llegó hasta donde estaba nuestro caballero andante:

– ¡Quieto ahí! ¿Dónde van? ¿Quiénes sois? ¿A quién servís?- preguntó de ‘carrerilla’ Don Quijote, mientras el hombre le observaba entre extrañado y asustado ante aquella figura con armadura y lanza.

– No tengo por qué dar explicaciones a todas esas preguntas. ¡Tenemos prisa!- respondió muy seguro el joven encamisado, que también portaba un cirio.

– A mí no se me responde de aquella manera- dijo Don Quijote enfadado.

El caballero de la Triste figura se enzarza con los encamisados

Y entonces, comenzó a golpear con la lanza a todo el que pudo, siendo el hombre de la mula, al que tiró del animal y de la caída, se rompió una pierna. El resto pudo correr a resguardarse lo más rápido que pudieron.

Sancho pensó que su amo era en realidad tan valiente como decía y Don Quijote, que vio al encamisado en el suelo, le volvió a preguntar lo mismo:

-¿Acaso sois hombre del demonio?

– No señor, respondió el joven- sino más bien de la iglesia. Me llamo Alonso López. Esos que han huido, son sacerdotes. Yo estudiante de bachillerato. Llevamos el cuerpo sin vida de un señor que murió en Baeza y al que deben enterrar en Segovia…

– ¿Y de qué murió el hombre? Tal vez deba vengarle.

– Dios le mató enviándole unas calenturas…

– Ah, en ese caso, siendo Dios el justiciero, no tengo más medida que tomar…

– Pero bien agraviado que me ha dejado a mí con la pierna rota…

– Por hacerse pasar por criatura del demonio. ¿Qué voy a pensar yo al verles llegar con esos cirios encendidos en mitad de la noche y así, descamisados?

– Por lo menos podría vuestra merced ayudarme a subir a la mula para seguir nuestro camino.

El caballero de la Triste Figura… ¡Don Quijote!

Don Quijote llamó a Sancho para que le ayudara, pero éste estaba cargando sus alforjas con la comida y bebida que llevaban los hombres. Al terminar, ayudó al bachiller a subir a la mula. Éste le preguntó:

– ¿Cómo se llama su señor?

– El caballero de la Triste figura- respondió entonces Sancho, ante la sorpresa de Don Quijote.

La comitiva partió y Don Quijote preguntó:

– Dime Sancho, ¿por qué me llamaste de esa manera?

– Porque vuestra merced no ha visto lo que yo desde allá lejos. Así en la oscuridad, iluminado por los cirios, su figura es tremendamente triste.

– Ah… entiendo. Todo caballero andante tiene un mote por el que se le conoce. Yo seré pues ese que dices. Debería grabar en mi escudo la triste figura.

– Ya lo hará, que ahora es menester nuestro recuperarnos. He conseguido víveres. ‘Váyase el muerto a la sepultura y el vivo a la hogaza’.

Y los dos cabalgaron un poco más hasta un pequeño valle en donde pararon a comer y a beber para poder reponerse de la última aventura.


Reflexiones sobre la aventura de El caballero de la Triste figura

Una vez más, Don Quijote se mete en un buen lío del que esta vez sale airoso gracias a que los otros hombres iban desarmados. De esta historia (que pertenece al capítulo XIX del libro de Don Quijote), parte el mote con el que se le conocerá a partir de ahora: El caballero de la Triste figura:

Una confusión con consecuencias: Todos nuestros actos y nuestras decisiones tienen consecuencias y repercuten en otros. Así, la confusión de Don Quijote que le llevó a pensar que aquellos hombres eran demonios, terminó con una persona herida. El pobre bachiller se fue con una pierna rota sin haber hecho nada malo. Lo único que hizo fue no responder a la pregunta de Don Quijote.

Los pícaros siempre salen beneficiados: Y aquí tenemos al bueno de Sancho, que esta vez no quiso entrar en la pelea y se dedicó a asaltar los víveres de la comitiva mientras Don Quijote estaba enzarzado en la pelea. Pero gracias a su picaresca, después ambos pudieron comer. Y es que a veces la necesidad y la supervivencia nos lleva a hacer cosas ‘enfrentadas’ en algún modo u otro con ciertos valores.

10. La divertida aventura de los batanes 


‘La aventura de los batanes’, de Don Quijote para niños

   Sin duda, la imaginación y los estímulos de nuestros sentidos pueden engañarnos por completo. Algo así es lo que les pasó a Don Quijote y Sancho en esta sorprendente aventura en donde Sancho pasó mucho miedo. 

Caminaban Sancho y Quijote en mitad de la oscuridad en busca de un río para beber, cuando de pronto escucharon a lo lejos el sonido del agua.

– ¡Qué suerte la nuestra, señor!- dijo Sancho- ¡Que tenemos un río cerca para aplacar nuestra sed!

Pero entonces, según avanzaron un poco más, escucharon un sonido terrorífico: era una mezcla del ruido de la corriente del agua y de cadenas y hierros arrastrándose. Chirriaban en mitad de la noche y llegaban como un escalofrío de los que hielan la sangre.

Sancho se detuvo y comenzó a temblar. A Don Quijote, sin embargo, se le abrieron aún más los ojos:

– Sancho, ¿oyes eso?

– Vaya que si lo oigo, señor. Ojalá no lo oyera…

– ¡Es una oportunidad para cubrirme de gloria! ¡Una dicha que me espera! Honraré el recuerdo de los grandes caballeros. Podré al fin conseguir mi primera victoria como caballero andante.

– Pero señor… ¿en mitad de la noche? Mire vuestra merced que aquí nadie nos ve y podemos estar seguros hasta que pase quién demonios quiera que sea eso..

– No, Sancho, debo ir con Rocinante y descubrir qué sucede. Tú espera aquí tres días. Si no he regresado en ese tiempo, te ruego que vuelvas al pueblo para dar el mensaje del final de mis días y después cabalgues hasta el Toboso para explicar a Dulcinea que su caballero murió como un héroe por ella…

Sancho sintió entonces que los ojos se le humedecían. Y entonces pensó en el modo de hacer que su señor esperada con él hasta el amanecer:

– Señor, deje aquí a Rocinante y yo me encargaré de atarle para que vaya en su busca. Pero mientras, antes de que parta, me gustaría contar una historia, un cuento, para intentar deshacerme de este miedo que aún siento cada vez que escucho esos terribles sonidos…

– De acuerdo, Sancho- dijo entonces Don Quijote- Empieza con tu cuento…

La aventura de los batanes y el cuento de Sancho

– Verá usted… en un lugar de Extremadura, más bien un pueblo extremeño… vivió un pastor cabrerizo. De los que cuidan las cabras… Y este pastor de cabras se llamaba Lope Ruiz. Y estaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba. Torralba era pues la enamorada…

– Mira, Sancho- interrumpió Don Quijote- Si cuentas así los cuentos, acabaremos en un par de días… ¿Quieres contarlo todo seguido sin repetir cada idea un par de veces?

– Pues a mi favor he de decir, señor, que en mi tierra es así como se cuentan los cuentos. Y no sé otra manera de hacerlo…

Don Quijote suspiró:

– Está bien, continúa. Al fin y al cabo, ya siento interés por esa historia.

– Bien, pues Torralba, la pastora, lo único que hacía era dar celos al pobre de Lope. Hasta tal punto que el pastor comenzó a sentir odio por ella. Y al pasar de los días la aborreció tanto, que pensó en irse definitivamente del pueblo.

Así que un día, el pastor Lope se fue camino de Portugal con sus trescientas ovejas. Pero Torralba, que del odio que Lope sentía ahora hacia ella, se había enamorado de él perdidamente, decidió seguirlo. Agarró un pequeño espejo y un peine, eso sí, porque era muy presumida, y comenzó a seguir sus pasos.

Lope al sentirlos tras de sí, aceleró la marcha, hasta que al llegar a un tramo del río Duero, vio que para cruzarlo solo había una pequeña barca regentada por un pescador. En ella solo cabía una persona y una cabra, así que pidió al hombre que le llevara hasta la otra orilla y que recogiera una a una a sus animales. Así que fue contando una y otra y otras…

La aventura de los batanes: El final inesperado del cuento de Sancho

– Sancho, no cuentes todas, que estaremos aquí dos o tres días al menos…

– Perdone vuestra merced pero es esencial en esta historia. ¿Cuántas cabras cruzaron ya?

– No lo sé…. no las conté.

– Lo mismo me pasó a mí, que perdí la cuenta. Y perdí de hecho el hilo del resto de la historia.

– ¿Qué quieres decir, que el cuento acaba aquí?

– Eso mismo.

– De verdad te digo que es el peor cuento que escuché nunca. Anda, trae a Rocinante…

No se sabe si es por la humedad creciente, o por los sonidos horribles que se seguían escuchando o porque algo de lo que comió le sentó mal, que a Sancho le entraron entonces unos terribles retortijones. Y como tenía tanto miedo que no quería soltarse del brazo de su amo, ahí mismo se desabrochó el pantalón e intentó disimular mientras se agachaba un poco para hacer de vientre.

Pero no había manera, el miedo le tenía paralizado, y no era capaz de conseguir evacuar si hacer cierto ruido… Así que intentó hacer a su vez ruidillos para disimular.

– ¿Qué es eso que haces, Sancho?- preguntó Don Quijote.

– Nada, intento no escuchar esos ruidos de hierro haciendo mis propios sonidos.

Pero Don Quijote tenía buen olfato, y no tardó en oler lo que en verdad Sancho estaba haciendo a su lado.

– Me parece que lo que tienes es un miedo atroz que se huele a buena distancia…

– ¿Yo? ¿Por qué lo dice, señor?

– Porque tu miedo no huele precisamente a ámbar…

– Bien podrá ser, pero yo no tengo la culpa, sino usted por traerme por estos lugares…

– Anda, Sancho, apártate un poco y suelta a Rocinante para que pueda por fin librar mi aventura.

El final de la aventura de los batanes

Y de esta forma, poco a poco, la noche había pasado, y el cielo empezaba a clarear anunciando la mañana.

Don Quijote comenzó a ver dónde estaban. Unos altos árboles les rodeaban y que eran espesos castaños. Volvió a repetir Don Quijote a Sancho que le esperara tres días y de no volver, que no se preocupara, que había hecho testamento a su favor para pagarle todo lo que había hecho por él, y que de volver, conseguiría la ínsula prometida.

Se enterneció tanto Sancho que al final decidió acompañarlo a pie. Se adentraron por el bosque de castaños en dirección al misterioso ruido. Llegaron hasta un salto de agua junto al que se levantaban unas cuantas casas. Junto de una de ellas provenía aquel espantoso ruido.

Iba Sancho agazapado tras Rocinante y se acercaban a la casa con cautela. Y al entrar, al fin descubrieron qué producía aquel ruido espantoso…. ¡seis mazas de batán! Las mismas mazas movidas por la corriente del agua que se encargaban de golpear y encurtir pieles.

Sancho de pronto sintió que sus mofletes se hinchaban en un intento desesperado de aguantar la risa, pero al mirar a su señor y ver su cara de desconcierto, no pudo resistirlo más y arrancó en un torbellino de risas que le tiraron de golpe al suelo.

Reía Sancho con sarna y desenfreno y Don Quijote, enfadado, le dio unos golpes con la lanza.

– Pero señor, sé que no está bien reír así, pero no me negará vuestra merced que después del miedo que hemos sentido, bueno, al menos yo, que sé que usted no siente nunca miedo alguno, y la noche temerosa que hemos vivido por unos ruidos que nos parecían de demonios o salvajes, no es de risa que fueran simples mazas de batán…

– Puede que sea digno de risa, Sancho, pero no de contarlo jamás. Y es más, te diré que de ahora en adelante debemos mostrarnos más respeto, tal y como mostraban los escuderos de caballeros andantes de otras épocas. Pues si es conocedor de todos que se ha de respetar a los padres, también debe de hacerse con los amos. Y yo por mi parte sabré recompensar tu respeto.

Asintió Sancho en señal de entendimiento, mientras seguía aguantando por lo bajo alguna que otra risa.

Qué valores puedes trabajar con La Aventura de los Batanes:
  • El miedo.
  • La prudencia.
  • El sentimiento de burla y el respeto como valor esencial
  • A dónde nos puede llevar el engaño de los sentidos
Reflexiones sobre el capítulo de Don Quijote ‘La aventura de los batanes’

El miedo a lo desconocido nos atenaza: El miedo que sentía Sancho en ‘La aventura de los batanes’, era en realidad el miedo a lo desconocido. Además, con la noche añadida. Todos sentimos miedo y nos sentimos más indefensos cuando no podemos ver. Es lógico, ya que el sentido de la prudencia nos avisa y no dice "cuidado, que estás en inferioridad de condiciones ante un peligro, que puedes ser un ‘blanco’ fácil ".

Este miedo es el miedo bueno, el que nos protege y evita algún daño. En realidad, el miedo que sentía Sancho es un miedo protector que llega de la mano de la prudencia, un miedo bueno del que no nos tenemos que avergonzar.

Dejarse llevar por los sentid es un gran error: Lo malo de perder unos sentidos a favor de otros es que nos podemos dejar llevar por la imaginación de lo que un sonido nos sugiere. Tanto Sancho como Quijote habían pensado en ‘La aventura de los batanes’, que ese ruido era de algún malhechor o algún monstruo. Y es que los sentidos muchas veces nos llevan a engaño. 

El sentimiento de burla: En ‘La aventura de los batanes’, cuando Sancho se dio cuenta de que la imaginación les había jugado una mala pasada, no pudo aguantar la risa. Pero para Don Quijote esta risa era una burla. Mucho cuidado con reírnos del mal ajeno, o de ‘meteduras de pata’ de otros, porque estas risas se tornan con facilidad en burlas que hieren y hacen mucho daño. Debemos mostrar empatía e intentar mostrar respeto por el otro, tal y como después le pide Don Quijote.


11. El yelmo de Mambrino 


‘Don Quijote y el yelmo de Mambrino’

   En este capítulo de Don Quijote, se cuenta cómo el caballero andante consiguió esa palangana de barbero que usaba a modo de yelmo. 

Tras la terrible aventura de los batanes, que dejó a Don Quijote avergonzado ante Sancho por la humillación recibida, no quiso el caballero quedarse por más tiempo en los molinos, a pesar de que llovía, y siguieron caballero y escudero su rumbo a orillas del río. Poco habían recorrido cuando vio a lo lejos Don Quijote un hombre encima de un caballo. Llevaba esta silueta sobre la cabeza algo que brillaba con mucha intensidad.

– ¡Pardiez, Sancho! ¡Un yelmo de Mambrino! Juré que conseguiría uno para reponer mi celada y proteger con honor la cabeza.

– Mire usted bien lo que dice y lo que hace, señor, no sea que terminemos otra vez ‘abatanados’- dijo Sancho, refiriéndose a lo que acababa de ocurrir en los molinos de los batanes.

– ¿Qué tendrá que ver esto con los batanes? ¿Acaso no ves lo que te digo? Un hombre sobre un esbelto caballo dorado que lleva sobre la cabeza un hermoso yelmo de oro.

– A buena fe, señor, que yo lo que veo es un pobre hombre sobre un manso burro como el mío. Y sí, lleva en la cabeza algo que reluce, pero me jugaría lo que fuera a que no se trata de ningún objeto de oro.

– Es un yelmo de Mambrino, Sancho. Déjame que en nada será mío.

El caso es que lo que Don Quijote veía como caballero con un codiciado yelmo de Mambrino de oro en la cabeza, no era más que un barbero que iba de un pueblo a otro con su bacía sobre la cabeza, esa palangana que usaban los barberos para que el cliente apoyara el cuello. Y él viajaba sobre su burro con su bacía de latón en la cabeza. Se la había puesto sobre el sombrero para que no se mojara con la lluvia. 

El barbero sale huyendo

Don Quijote no se lo pensó dos veces: lanza en ristre, ordenó a Rocinante a galopar a toda velocidad, y hubiera atravesado con su lanza de parte a parte al pobre barbero si éste no se llega a tirar al barro al ver al extraño caballero llegar hasta donde estaba. Tal miedo tenía en el cuerpo el pobre hombre, que salió corriendo, dejando atrás al burro y la bacía, que había quedado tirada en el suelo.

– ¡Ya tengo lo que quería!- dijo Don Quijote sosteniendo en lo más alto la palangana de latón.

Pero intentó colocársela en la cabeza, y vio que le quedaba algo grande.

– ¡Seguro que se hizo a medida esta celada, Sancho. Menuda cabeza debía tener el caballero…!

Sancho no pudo evitar reír con todas sus ganas al escuchar que su amo llamaba celada al instrumento del barbero.

– ¿De qué te ríes, Sancho?

– Nada, nada, amo… Imaginaba el tamaño de la cabeza del hombre… para colocarse esto que a mí me parece la bacía de un barbero.

– ¿Sabes lo que pienso yo, Sancho? Que esta maravillosa pieza debió caer en manos de quien no sabía apreciarla, y pensando que podría sacar más partido del oro del que está hecha, fundió un trozo, y por eso parece partida y con esta forma similar a una bacía de barbero, como bien dices… Pero me servirá en las batallas o al menos para evitar alguna pedrada.

– Bien, ¿Y qué hacemos con este caballo dorado que parece un asno pardo?- preguntó con sorna Sancho.

– No es menester del caballero despojar al vencido de sus pertenencias, mucho menos robarle el caballo si no ha perdido el caballero el suyo. Deja el caballo o burro como dices, o lo que sea, que ya volverá su amo a recogerlo.

Fantaseando sobre el futuro

– ¿Y de trueques dice algo el libro de caballerías? Porque vuestra merced entenderá que sería bueno cambiar mi asno por este, que parece más fuerte y lustroso.

– Pues de trueques nada sé, Sancho, así que si es menester tuyo y lo crees necesario, cambia tu jumento por este otro.

Y así hizo el escudero, que decidió dejar su burro en aquel lugar y llevarse a cambio el burro pardo. Siguieron su camino después de esta breve aventura, y aprovechó Sancho para decirle a su amo:

– Me pregunto si no sería mejor ofrecer nuestros servicios a un gran emperador o rey en lugar de buscar por nosotros mismos nuestro destino…

– Sí sería bueno, Sancho, pero antes debemos buscar nuestras propias aventuras, para hacernos con un nombre y cierta reputación. Así, cuando lleguemos a un reino a ofrecer nuestros servicios, la gente irá pregonando nuestro nombre y hablando de nuestros logros y batallas vencidas.

– Y lo harán, señor, llamándose usted el ‘Caballero de la triste figura’.

Fantaseaban Sancho y su amo sobre el futuro que les esperaba en algún castillo.

– Es más, Sancho, te diré que en esta vida hay dos tipos de linajes: los que proceden de nobles y heredan el título y los bienes, que a poco a poco se terminan deshaciendo, y los que al principio eran gente baja y que poco a poco fueron subiendo hasta convertirse en grandes señores. La diferencia está en esos que fueron y ya no son y aquellos que no fueron pero son. Y podría ser yo de esta segunda categoría, que aún siendo hijo de un aguador, el rey me viera como un gran señor y noble.

– No se fíe vuestra merced de terceros, pues ya lo dice el refrán: ‘Más vale salto de mata que ruego de hombres buenos’. Aunque siendo vuestra merced rey si consiguiera casarse con una infanta, podría nombrarme a mí conde…

– Siendo yo rey, bien puedo darte nobleza, aunque no me sirvas ya. Y desde luego, te han de llamar señoría. Pero deberás arreglarte esa barba espesa y descuidada con frecuencia…

– Para eso llevaré conmigo mi propio barbero.

– Así será- respondió Don Quijote, mientras seguían cabalgando al tiempo que soñaban despiertos.

Reflexiones sobre la aventura ‘El yelmo de Mambrino’

Estamos ante una de las pocas aventuras que dejan a Don Quijote buen sabor de boca, ya que consigue lo que tanto deseaba aunque no sea lo que él piensa:

A veces se consigue conquistar un sueño: Para Don Quijote cambiar su celada por un yelmo de Mambrino era un sueño, un deseo que perseguía desde hacía mucho tiempo. Y aunque no fuera realmente el yelmo que buscaba, para él era suficiente y servía como tal. Un sueño conquistado que despertó su ilusión por seguir sus aventuras como caballero andante.

El poder de los deseos: A veces, cuando deseamos algo con tantas fuerzas, la ilusión es capaz de deformar la realidad hasta tal punto de hacernos ver aquello que queremos ver, aunque no lo sea. Y por más que Sancho insistía en que aquel yelmo era en verdad el instrumento de un barbero, Don Quijote estaba convencido de que era el yelmo que buscaba. Sancho no insistió, al ver tan feliz a su amo.

– No hay mal que por bien no venga: Don Quijote estaba equivocado, y el yelmo era una bacía de barbero, pero esa pequeña aventura a Sancho le vino muy bien, ya que pudo cambiar su viejo burro por un asno mucho más fuerte.


12. Don Quijote y los galeotes


Don Quijote y la aventura de los galeotes

Nuestro bueno de Don Quijote aprende una valiosa pero desagradable lección de esta sorprendente aventura. Descubre qué le sucede a nuestro caballero andante y a su fiel escudero Sancho Panza cuando intentan ayudar a unos prisioneros por orden del rey, que van a servir a un galeón. 

Avanzaban Don Quijote y Sancho por un camino, justo después de conseguir el caballero andante su particular yelmo dorado, cuando el escudero divisó a lo lejos un grupo de una docena de hombres encadenados por manos y pies. Iban flanqueados por dos hombres a caballo, ambos armados con escopetas, y dos hombres a pie provistos de espada.

– A fe mía que es una cadena de galeotes, Señor, que van a galeras bajo mandato real- dijo Sancho Panza.

– ¿Gente forzada? ¿Es posible que el rey fuerce a nadie?- preguntó extrañado Don Quijote.

– Bueno, es una condena por sus delitos. Deben trabajar para el rey.

– Pero no van por voluntad propia.

– No, eso no…

– Pues aquí entra mi labor, Sancho, que no es otra que socorrer a los miserables.

– Pero debería advertir vuestra merced que la justicia que obedece al rey no hace agravio a esta gente, sino que los castiga por sus delitos.

Llegaron los galeotes hasta donde estaban ellos y se acercó Don Quijote a uno de los guardias que iba a caballo:

– Si me lo permite, me gustaría saber por qué delitos se conduce a estos hombres a galeras.

– Señor, son galeotes y es orden del rey. No hace falta saber más.

– Insisto, que debería saber qué delito cometió cada uno de ellos.

– Lo apuntamos, sí señor, pero no tenemos tiempo ahora de ponernos a buscar. Será mejor que le pregunte a cada uno qué hicieron.

Los delitos de los galeotes
Don Quijote se acercó entonces al primero de ellos, y ante la pregunta sobre su delito, respondió:

– Pues a mí me condenaron por enamorado.

– ¿Por enamorado dices? Entonces debería estar yo en galeras hace tiempo…

– Ya, bueno… no es esa clase de amor. Más bien mi enamoramiento fue con una cesta de ropa limpia que no soltaba, a pesar de tener varios guardias detrás persiguiéndome. Al final, por resistirme, me condenaron a tres años de galeras.

– ¿Y ese tan melancólico que tienes detrás, qué hizo?

– Ah, ese está aquí por cantor y músico.

– ¿También por cantar se sufre una pena? Pero si bien es sabido que aquel que canta, sus males espanta…

– Bueno, pues en este caso cantar en el ansia conlleva una pena de galeras…

En esto que lo estaba oyendo uno de los guardias, y aclaró aquella situación:

– Permítame que le explique que para estos malhechores ‘cantar en el ansia’ significa confesar el delito en la tortura. Y este hombre confesó que era cuatrero, un ladrón de alto rango, y fue condenado a doscientos azotes y seis años de galeras. Está así de melancólico porque al confesar, el resto de ladrones que aquí van con él, le maltratan por haber confesado sus fechorías.

Y siguió Don Quijote preguntado a los presos. Uno de ellos, anciano ya, de larga barba blanca, había sido condenado por hechicero y alcahuete. Otro más joven, por burlarse de unas damas. Dos de ellas, primas hermanas. Y al final de la larga fila se fijó Don Quijote en un hombre de unos treinta años, que llevaba más cadenas y argollas él solo que todos los demás.

– ¿Y este hombre, por qué lleva tantas prisiones?- preguntó Don Quijote.

– Porque él solo ha cometido más delitos que el resto de sus compañeros juntos, y porque ni con todas estas pesadas cadenas estamos seguros de que no se nos escape… Diez años de galera lleva, que es como la pena de muerte. Pues no es otro que el famoso Ginés de Pasamonte, conocido como Ginesillo de Parapilla.

La decisión de Don Quijote

– Señor comisario- dijo entonces el delincuente- No es momento de motes y sobrenombres. Yo soy Ginés de Pasamonte, que es mi alcurnia, nada de Ginesillo y mucho menos de Parapilla.

– ¿Acaso no es como te llaman?

– Sí, me llaman, pero se las verán conmigo. Y usted, señor- dijo refiriéndose a Don Quijote- Si ha de hacer algo, hágalo ya, y si no, déjenos, que ya está bien de preguntar tanto por nuestras vidas, que la mía está escrita por estos pulgares.

– Eso que dice es verdad– dijo el comisario- Que él mismo dejó escrita su vida en prisión. Un libro dejó allí con toda su historia… ¡ y lo vende por doscientos reales!

– Más bien debería costar 200 ducados- protestó el preso.

– ¿Tan bueno es?- preguntó Don Quijote.

– Tan bueno, que ya puede temblar el Lazarillo de Tormes…

– ¿Y cómo se llama?

– La vida de Ginés de Pasamonte.

– ¿Y está acabado?

– ¿Cómo lo va a estar si no está acabada mi vida? Ya tendré tiempo cuando vuelva de nuevo de galeras.

– ¿Ya estuviste antes?

– Vaya que sí, cuatro años…

Don Quijote entonces dijo a todos los allí presentes:

– Escuchadas vuestras historias me doy cuenta de que no vais a galeras con mucha ilusión, más bien ninguna. Y he de hacer uso de esta virtud que me fue concedida como caballero andante, y obedecer el juramento que hice. Por eso, pido a los guardias que os dejen libres, ya que los hombres no deberían ser los que juzguen, sino Dios, y Él lo hará a su debido tiempo. Si no dejan libres por propia iniciativa a estos hombres, deben saber los guardias que los escoltan que me veré obligado a utilizar la lanza.

La fuga de los galeotes

– ¿Será majadero?- dijo uno de los guardias- ¿No dice que dejemos ir a los que deben pagar sus pecados ante el rey en galeras? ¡Ni que tuviéramos nosotros la potestad de hacer eso! Siga adelante su camino, vuestra merced, y enderécese bien ese ‘orinal’ que lleva en la cabeza.

Se enfadó hasta tal punto Don Quijote, que arremetió con su lanza al guardia. El resto se quedó al principio atónito, hasta que todos reaccionaron y comenzó la batalla. Guardias, espada en mano, alguno con escopeta, y Don Quijote con su lanza.

Por su parte, los galeotes aprovecharon la revuelta para soltar sus cadenas. El primero, con ayuda de Sancho, Ginés de Pasamonte. Entre todos y a pedradas se deshicieron de sus guardianes y corrieron escapando de ellos.

Ya bien lejos, Sancho alertó a su amo:

– Señor, deberíamos escondernos en la sierra. Estos delincuentes no tardarán en contar lo sucedido y podemos ser perseguidos…

Don Quijote estuvo de acuerdo, pero antes, se dirigió a los presos:

– No deben olvidar el valor de la gratitud, y en pago por haberles librado de las cadenas, les pido que se dirijan a la ciudad del Toboso y busquen a la gran Dulcinea del Toboso para contarles cómo libró su Caballero de la triste figura esta aventura.

– Aquello que nos pide es como pedirle peras al olmo- dijo entonces Ginés de Pasamonte- Porque vuestra merced entenderá que no podemos ir a ningún sitio juntos, ni a ningún lugar conocido separados, porque nos andarán buscando por ser fugitivos. Lo que podemos hacer es rezar por su Dulcinea del Toboso algún avemaría.

– ¡Seréis cretinos! ¡Pues irás tú solo, Ginesillo de Parapilla!

El preso, que ya se había dado cuenta de que Don Quijote no estaba muy cuerdo, se reunió con el resto de presos un momento y comenzaron a tirarle piedras a Don Quijote. Sancho pudo protegerse tras su asno. Pero una nube de enormes piedras cayeron sobre Don Quijote y Rocinante. Ambos terminaron cayendo al suelo.

Uno de los ladrones se acercó al caballero andante y le golpeó con la bacía de la cabeza. Y otro le quitó el gabán a Sancho, dejándolo en camisa. Malherido y humillado, Don Quijote, solo se quejaba de haber sido apaleado por aquellos a los que tanto bien hizo.

– Siempre, Sancho, he oído decir, que el hacer bien a villanos es echar agua en la mar. Si te hubiera escuchado antes… pero ya está hecho. Paciencia, y escarmentar.

Qué temas puedes trabajar con La aventura de los galeotes
Utiliza este capítulo de Don Quijote para reflexionar acerca de:

– La bondad.

– El valor de la gratitud.

– La justicia.

Reflexiones sobre esta alocada aventura de Don Quijote

Este capítulo XXII de Don Quijote recibe una dura lección, y es que la realidad a veces no es tan idílica. Hay personas sin valores y no siempre se recoge lo que se espera:

– No te metas donde no te llaman: Eso mismo podría haberle dicho o advertido Sancho Panza en esta historia, y es que cuando metemos las narices en problemas que no nos ‘incumben’, podemos terminar saliendo muy mal parados. Y al intentar hacer justicia por su mano Don Quijote, termina recibiendo los palos de aquellos a los que intentó ayudar.

No todos sienten la gratitud que deberían sentir: Sí, todos sabemos que ‘es de bien nacidos ser agradecidos’, pero hay quien no tiene valores ni siente esa necesidad de gratitud. Don Quijote dio con malhechores que solo pensaban en su propia salvación y nada más. Pura supervivencia. Y por supuesto, lo que querían es escapar lo más rápidamente de aquel lugar.

– Los valores que algunos desoyen: Por terrible que nos parezca, algunas personas no atienden a valores como la honestidad o la gratitud. Solo buscan su propio beneficio. Y es precisamente lo que pasó con estos delincuentes a los que intentó ayudar (equivocadamente) Don Quijote. Es lo que sucede cuando alguien intenta tomarse la justicia por su mano.

La lección bien aprendida: Don Quijote salió de esta aventura bien escarmentado. Podría haber escuchado el sabio consejo de su escudero, pero quiso atender a la bondad de su corazón y no hacer caso de la advertencia. Al final este escarmiento sirvió como una gran lección de la que aprendió que no se puede hacer el bien a aquellos que hicieron el mal.

13. La aventura en Sierra Morena 


La aventura de Don Quijote en Sierra Morena 
Un sorprendente y misterioso hallazgo llevan a Don Quijote y Sancho a buscar a un hombre. ¿Quién será? ¿Cuál será su extraña historia? 

Después del ‘escarmiento’ de Don Quijote tras el encuentro con los galeotes, el bueno de Sancho intentó convencer a sus señor de no volver a tomar la justicia por su mano en casos que ya habían sido juzgados por la Santa Hermandad. Y aunque un poco reticente, pues su orden de caballero le indicaba al Quijote a no hacer excepciones, al final terminó por acceder.

– Señor- le dijo Sancho, al ver que andaba un tanto contrariado Don Quijote-, que el retirar no es huir, ni el esperar es cordura, cuando el peligro sobrepuja a la esperanza, y de sabios es guardarse hoy para mañana y no aventurarse todo en un día.

Subió Don Quijote sin replicar a Rocinante y siguieron su curso, hacia Sierra Morena, pues pensó Sancho que era un buen lugar para esconderse por unos días por si les andaban buscando por lo que pasó con los prisioneros que iban a galeras y que soltaron.

Y en esto que atravesando ya la serranía, se topó Don Quijote con una mula muerta, y al lado de ésta, con un bulto tirado en mitad del camino. Lo recogió con la lanza y vio que se trataba de una vieja maleta, cerrada con una cadena, pero rota y gastada, por donde podían verse unos ropajes.

Se apearon los dos del caballo para inspeccionar aquello, y al abrir la maleta encontraron camisas de algodón fino y entre ellas, unos cuantos doblones que el caballero le dio a Sancho para que los guardara.

Lo que encontraron en la maleta Sancho y Don Quijote

– ¡Válgame el cielo, por fin una aventura de provecho!- dijo feliz el escudero mientras guardaba el dinero- ¡Por estos doblones bien valen las tormentosas aventuras y el dolor sufrido hasta ahora!

También encontró Don Quijote un pequeño libro de notas. Mirando a Sancho, dijo:

– Paréceme, Sancho, que algún pobre y noble infeliz debió ser asaltado por ladrones y al huir dejó sus pertenencias aquí abandonadas…

– No lo creo, señor, porque si hubieran sido ladrones, no hubieran dejado tal mercancía en mitad del camino.

– Cierto, Sancho, bien visto… Leeré lo que pone en este libro, por si pudiera darnos alguna pista del propietario de esta maleta.

Y al abrir leyó Don Quijote en voz alta unos versos que habían anotado:

O le falta al Amor conocimiento

o le sobra crueldad, o no es mi pena

igual a la ocasión que me condena

al género más duro del tormento.

Pero, si Amor es dios, es argumento

que nada ignora, y es razón muy buena

que un dios no sea cruel. Pues, ¿quién ordena

el terrible dolor que adoro y siento?

Si digo que sois vos, Fili, no acierto,

que tanto mal en tanto bien no cabe

ni me viene del cielo esta ruina.

Presto habré de morir, que es lo más cierto:

que al mal de quien la causa no sabe

milagro es acertar la medicina.


La segunda pista que encontró Don Quijote

– Vaya… Fili debe ser el nombre de la dama de quien se queja el autor en este soneto- dijo Don Quijote-. Pero espera, que también hay algo en prosa.

Y leyó Don Quijote:

– «Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mies quejas. Desechásteme, oh, ingrata, por quien tiene más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiaría yo dichas ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, porque tú no quedes arrepentida de lo que hiciste y yo no tome venganza de lo que no deseo».

Y tras leer esta misiva, nuestro caballero andante dijo:

– Está claro, Sancho, que nuestro hombre debe ser un desdeñado amante… Debemos encontrarlo si aún está con vida y no le pudieron los deseos de acabar con ella.

Y estaba en estos pensamientos Don Quijote, cuando de pronto vio en lo alto de la cima una figura, de un hombre semidesnudo, vestido con harapos, que saltaba de risco en risco. Y a pesar de que a Sancho no le parecía buena idea, por si encontraban al dueño de la maleta y tenía que devolver los doblones que encontraron, no le quedó otra que seguir a su señor en esta extraña búsqueda. Pero a mitad de camino, mientras subían, se encontraron con un cabrero y decidieron preguntar:

– Dígame, buen hombre- dijo Don Quijote-, ¿sabéis vos quién puede ser el dueño de estas prendas?

Y le mostró la camisa blanca que encontraron.

El misterioso hombre despechado

– Sí señor, me hago a la idea. Yo también vi la maleta, pero no quise acercarme por si me traía mala suerte… Pocos días antes vino por aquí un joven bien vestido, sobre la mula que ahora habréis visto muerta. Preguntó por un lugar donde perderse y le dijimos que aquí mismo, porque en verdad esta zona de Sierra Morena es el mejor lugar para esconderse. Desapareció el mancebo y poco después encontramos la mula muerta y su maleta. Un día se le apareció a un pastor y le robó a golpes la comida. Estaba fuera de sí, y no hacía más que gritar:

– ¡Maldito Fernando, me las pagarás por todo!

Fuimos a buscarlo más adelante y le dijimos que podíamos llevarle alimento sin que golpeara a nadie y así hicimos. Pero ese hombre se ha vuelto loco, y al tiempo parece cuerdo que se le va la cabeza. Y un día nos pide misericordia, de forma tierna, y llorando, y al día siguiente nos asalta para arrebatarnos comida sin pedirla…

Escuchaba con admiración Don Quijote esta historia, cuando de pronto entre los matorrales salió el hombre que buscaban. Llevaba un chaleco aún perfumado, y unos calzones sobre las piernas desnudas. Les saludó con voz áspera, pero con mucha cortesía.

Don Quijote se bajó del caballo y abrazó a aquel hombre, como si le conociera de algo. Y el ‘Andrajosos de la mala figura’, como así le podríamos llamar, se dejó abrazar, y después miro y remiró a Don Quijote, admirando tal vez aquel porte y figura de caballero andante. Después, entablarían conversación, pero eso es menester contarlo aparte.

Comentarios sobre el capítulo de Don Quijote en Sierra Morena

En esta ocasión, Don Quijote al menos no sale mal parado de una aventura, sino que se topa con un misterio cuya curiosidad de caballero andante le hace investigar, más aún al comprender que puede estar relacionado con un problema de amor:

El amor y la lealtad a una dama, principio caballeresco: ¿Qué sería de Don Quijote sin su Dulcinea? Todo caballero andante responde en cada una de sus aventuras a un amor, al que dedica todas sus victorias y por el que se reafirma en todos los valores que persigue. Un caso de amor o desamor es para Don Quijote el más valioso, el más interesante. Y no piensa dejar aquel misterio sin resolver. Si puede ayudar a un amante que sufre, lo hará. Es principio esencial de caballeros que le llevan a derrochar generosidad y solidaridad.

El respeto por lo ajeno: Aunque al principio Don Quijote y Sancho se quedaron las pertenencias de la maleta abandonada, nuestro caballero andante insiste en devolverlas a su dueño si lo encuentran. Esto a Sancho no le hace mucha gracia, pero la honestidad es otro de los principios por los que Don Quijote lucha como caballero andante.

Enloquecer por amor: Cuando el cabrero cuenta la historia de aquel misterioso hombre que se esconde en Sierra Morena, lo describe como alguien que ha perdido la razón y cambia de estado de ánimo constantemente y sin previo aviso. Esta es la locura que se describe de alguien que sufre o ha sufrido por amor.
   

14. La misteriosa historia del Cardenio 


‘La historia del Cardenio’

En pleno monte de Sierra Morena, y después de encontrar una maleta abandonada con ropa y algunos doblones, Don Quijote, Sancho, y un cabrero al que encontraron en aquel lugar, se quedaron estupefactos ante la aparición del supuesto dueño de la maleta, un hombre vestido con apenas unas cuantas prendas roídas y que parecía melancólico y muy hambriento.

Después de que Don Quijote le abrazara, se mostró muy agradecido:

– Debo agradecer su cortesía, caballero, y me gustaría pedir si no es demasiado, y por amor de Dios, algo de comer.

– De mil amores lo haré, y también quisiera pediros algo. Y no es otra cosa que nos contéis quién sois y qué os ha sucedido para terminar aquí escondido entre la maleza y dejar tiradas vuestras pertenencias…

– Lo haré, pero después de comer algo.

Don Quijote sacó algunas de las provisiones que aún tenían y se las tendió al caballero del bosque, quien devoró casi sin masticar todo lo que le había dado. Tan hambriento estaba, que engullía y tragaba sin degustar nada. Y al terminar, caminó hasta un claro. Todos le siguieron. Y una vez que se sentaron, comenzó a hablar:

– Antes quisiera pedir que mientras cuente mi desgraciada desventura, no me interrumpa nadie con nada. Al punto que lo hagáis, ahí se quedará la historia.

– No hay problema, no te interrumpiremos. Empieza- dijo entonces Don Quijote.

La extraña historia del Cardenio

Mi nombre es Cardenio y mi patria, una de las mejores ciudades andaluzas. Soy noble y mis padres son ricos. Pero ya se sabe que la desdicha no entiende de riquezas… Vivía en el mismo cielo, desde el día en que conocí a mi Luscinda, la doncella más bella y noble, que también sentía el mismo amor por mí. Y como nuestros linajes eran similares, nuestros padres no se oponían a nuestra aventura.

Solo cuando ya fuimos más mayores, el padre de Luscinda me prohibió verla a solas y entonces comencé a mandarle notas, poemas, escritos. Todo mi amor en unas líneas. Y ella contestaba siempre desde el amor y el cariño.

Y un buen día me armé de valor y pedí a su padre la mano de su hija. Él no se extrañó, pero me dijo que debía ser él quien hablara con mis padres y que de buena gana lo haría. Me fui feliz de allí aquel día, pero al llegar a casa, encontré a mi padre con una carta recién leída. Uno de los duques más poderosos de Andalucía, Ricardo, pedía que me convirtiera en el compañero de su hijo mayor. Debía acudir allí de inmediato, y eso significaba abandonar mi ciudad… y a Luscinda.

Pedí a su padre que esperaran un poco, que volvería, y partí con tal propósito hacia mi nuevo trabajo. Allí conocí no solo al primer hijo del duque. Enseguida congenié con el segundo hijo, Fernando. Teníamos tanta confianza que pronto me contó que se había enamorado de una labradora muy hermosa. No paró hasta ganar su amor, pero una vez conquistada, su deseo se deshizo como la niebla, y para escapar de aquella situación, me pidió ir a mi casa unos días.

Don Quijote y la caballería

A mí me pareció buena idea, sobre todo porque así podría volver a encontrarme con mi amada Luscinda. Y pronto partimos para allá. Y al volver a ver a mi amada, mi corazón volvió a encenderse, y no dudé en contarle a mi amigo eso que ardía en mi pecho. Tantas alabanzas soltaba de mi amada, que él quiso conocerla, y al pronto comencé a sentir miedo… De hecho, intentaba él siempre leer las cartas que yo le enviaba y los que ella me respondía. Entonces, un día, Luscinda me pidió un libro de caballería, Amadís de Gaula, porque a ella le encantan estos libros…

En ese momento, Don Quijote se emocionó y olvidó su promesa de no interrumpir el relato:

– ¡Que le gustan los libros de caballería! Con solo haberme dicho esto desde un principio, hubiera entendido la gracia y majestuosidad de tal doncella. Y además debo decirle que si un día me acompaña a mi casa, podré regalarle todos los libros que su Luscinada desee. Y perdone por último, que sé que le había prometido no interrumpir, pero es que es un tema que me apasiona.

Pero mientras Don Quijote decía todo esto, a Cardenio se le había caído la cabeza hacia delante y se encontraba como en un trance inquieto. Y de pronto soltó un comentario hiriente sobre Amadís de Gaula, y Don Quijote, enfadado, montó en cólera:

– No le permito que deshonre a ninguno de los personajes de tal ejemplar.

La pelea entre Cardenio y Don Quijote

Y estaba ya Cardenio en trance, cuando saltó el resorte de la locura, y arremetió contra Don Quijote lanzándole una piedra que le tumbó de un solo golpe. Quiso Sancho defender a su señor y terminó dolorido por los puñetazos que le dio el ‘Andrajoso de la triste figura’, quien se fue por donde había venido. Sancho, entonces, echó la culpa al cabrero:

– ¡La culpa es tuya, por no avisarnos de que ese hombre está como un cencerro!

– ¿Mía?- protestó el cabreo- ¡Si yo os avisé y no me hicisteis caso!

Y Sancho se enzarzó también con el cabrero. Menos mal que Don Quijote consiguió separarlos:

– Sancho, es cierto que este hombre no tiene la culpa- dijo.

Y con esto, todos quedaron apaciguados. Aún así, a Don Quijote le quedaban las ganas de conocer el resto de la historia, y así le dijo a Sancho, que tendrían que seguir buscando a Cardenio hasta encontrarlo.

Comentarios sobre el capítulo de Don Quijote ‘La historia del Cardenio’

Esta historia aún inacabada nos deja reflexiones sobre varios temas. Uno de ellos, el principal, la amistad que se intuye traicionada

– La caridad de Don Quijote y Sancho: Aquel hombre, Cardenio, estaba hambriento, y vivía en aquel lugar gracias a la caridad de aquellos que encontraba en el camino. Don Quijote y Sancho decidieron ayudarle y le ofrecieron lo poco que tenían. Un gesto de caridad que el hombre supo ‘pagar’ con aquello que tanto deseaban el caballero y su escudero. que contara su historia.

Las promesas se cumplen: Solo puso aquel hombre una sola condición antes de contar su historia, y es que no le podían interrumpir, porque ya era lo suficientemente doloroso recordarla como para tener que hacer un alto en el camino. Y Don Quijote dio su palabra, pero un despiste ante una emoción súbita hizo olvidarla por completo. Y ante esa promesa rota, Cardenio ‘desconectó’ al instante y sobre todo, perdió la confianza en aquellos hombres.

Miguel de Cervantes Saavedra

(Alcalá de Henares, España, 1547 - Madrid, 1616) Escritor español, autor de Don Quijote de la Mancha (1605 y 1615), obra cumbre de la literatura universal. La inmensa fama de este libro inmortal, que parte de la parodia del género caballeresco para trazar un maravilloso retrato de los ideales y prosaísmos que cohabitan en el espíritu humano, ha hecho olvidar la existencia siempre precaria y azarosa del autor, al que ni siquiera sacó de la estrechez el fulgurante éxito del Quijote, compuesto en los últimos años de su vida.

Supuesto retrato de Cervantes atribuido a Juan de Jáuregui

   Cuarto hijo de un modesto médico, Rodrigo de Cervantes, y de Leonor de Cortinas, vivió una infancia marcada por los acuciantes problemas económicos de su familia, que en 1551 se trasladó a Valladolid, a la sazón sede de la corte, en busca de mejor fortuna. Allí inició el joven Miguel sus estudios, probablemente en un colegio de jesuitas.

   Cuando en 1561 la corte regresó a Madrid, la familia Cervantes hizo lo propio, siempre a la espera de un cargo lucrativo. La inestabilidad familiar y los vaivenes azarosos de su padre (que en Valladolid fue encarcelado por deudas) determinaron que la formación intelectual de Miguel de Cervantes, aunque extensa, fuera más bien improvisada. Aun así, parece probable que frecuentara las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca, puesto que en sus textos aparecen copiosas descripciones de la picaresca estudiantil de la época.

   En 1569 salió de España, probablemente a causa de algún problema con la justicia, y se instaló en Roma, donde ingresó en la milicia, en la compañía de don Diego de Urbina, con la que participó en la batalla de Lepanto (1571). En este combate naval contra los turcos fue herido de un arcabuzazo en la mano izquierda, que le quedó anquilosada.

   Cuando regresaba de vuelta a España tras varios años de vida de guarnición en Cerdeña, Lombardía, Nápoles y Sicilia (donde había adquirido un gran conocimiento de la literatura italiana), la nave en que viajaba fue abordada por piratas turcos (1575), que lo apresaron y vendieron como esclavo, junto a su hermano Rodrigo, en Argel. Allí permaneció hasta que, en 1580, un emisario de su familia logró pagar el rescate exigido por sus captores.


Don Quijote enloquece leyendo libros de caballerías (ilustración de Gustave Doré)

Ya en España, tras once años de ausencia, encontró a su familia en una situación aún más penosa, por lo que se dedicó a realizar encargos para la corte durante unos años. En 1584 casó con Catalina Salazar de Palacios, y al año siguiente se publicó su novela pastoril La Galatea. En 1587 aceptó un puesto de comisario real de abastos que, si bien le acarreó más de un problema con los campesinos, le permitió entrar en contacto con el abigarrado y pintoresco mundo del campo que tan bien reflejaría en su obra maestra, el Quijote.

Don Quijote de la Mancha

   La primera parte de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha apareció en 1605; el éxito de este libro fue inmediato y considerable, pero no le sirvió para salir de la miseria. Al año siguiente la corte se trasladó de nuevo a Valladolid, y Cervantes con ella, para poder seguir mendigando favores. Mientras los grandes poetas del Siglo de Oro, empezando por Francisco de Quevedo o Luis de Góngora, gozaban de una sólida posición o de la protección de aristócratas, y el mejor dramaturgo de la época, Lope de Vega, podía incluso vivir de su obra, la justa fama que le había dado la difusión del Quijote sólo sirvió a Cervantes para publicar otras obras que ya tenía escritas: los cuentos morales de las Novelas ejemplares, el Viaje del Parnaso y las Comedias y entremeses.

   En 1615, meses antes de su muerte, envió a la imprenta el segundo tomo del Quijote, con lo que quedaba completa la obra que lo sitúa como uno de los más grandes escritores de la historia y como el fundador de la novela en el sentido moderno de la palabra. 

A partir de una sátira corrosiva de las novelas de caballerías, el libro construye un cuadro tragicómico de la vida y explora las profundidades del alma a través de las andanzas de dos personajes arquetípicos y contrapuestos, el iluminado don Quijote y su prosaico escudero Sancho Panza.


   Las dos partes de Don Quijote de la Mancha ofrecen, en cuanto a técnica novelística, notables diferencias. De ambas, la segunda (de la que se publicó en Tarragona una versión apócrifa, conocida como el Quijote de Avellaneda, que Cervantes tuvo tiempo de rechazar y criticar por escrito) es, por muchos motivos, más perfecta que la primera, publicada diez años antes. Su estilo revela mayor cuidado, y el efecto cómico deja de buscarse en lo grotesco y se consigue con recursos más depurados.

   Los dos personajes principales adquieren también mayor complejidad, al emprender cada uno de ellos caminos contradictorios, que conducen a don Quijote hacia la cordura y el desengaño, mientras Sancho Panza siente nacer en sí nobles anhelos de generosidad y justicia. Pero la grandeza del Quijote no debe ocultar el valor del resto de la producción literaria de Cervantes, entre la que destaca la novela itinerante Los trabajos de Persiles y Sigismunda, su auténtico testamento literario.


DON QUIJOTE DE LA MANCHA | Resumen y análisis literario | Narrativa del Siglo de Oro Español. Profesor Paolo Astorga

Este video resume y analiza "Don Quijote de la Mancha" de Miguel de Cervantes Saavedra, una de las obras más importantes de la narrativa del Siglo de Oro Español y de la Literatura Universal. Esta monumental obra posee dos partes: "El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha" publicado en 1605 y "El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha" publicada en 1615. El libro ha trascendido las épocas y ha convertido a don Quijote y Sancho Panza, protagonistas de la obra, como símbolos de la esencia humana. Don Quijote es la representación del idealista, del soñador, del que vive en la utopía; en tanto Sancho Panza es la representación del realista, del práctico, del que intenta sacarle provecho a las situaciones sin esperar que nada cambie. 

Secuencias del video:

00:00 - Resumen de la primera parte de don Quijote de la Mancha.

10:25 - Resumen de la segunda parte de don Quijote de la Mancha.

16:08 - Análisis Literario de don Quijote de la Mancha.







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Joan Manuel Serrat - Utopía (1992)

«Quieren ponerle cadenas pero, ¿Quién es quién le pone puertas al monte? No pases pena, que antes que lleguen los perros, será un buen hombre el que la encuentre y la cuide hasta que lleguen mejores días. Sin utopía la vida sería un ensayo para la muerte».

(J.M. Serrat) 


UTOPÍA Y PASIÓN





Sin pasión no hay vida, o es una vida a medias, aburrida. Sin pasión no hay futuro. Abandona la desesperanza, si hoy las cosas están mal, dales tiempo y el panorama cambiará, con una actitud optimista todo resulta más llevadero y se resuelve más fácil.

Petrus Rypff





























         
Ser utópico no es ser iluso. Querer que las cosas cambien es loable, el objetivo es a largo plazo, no hay prisa. Hay tanto por cambiar que a veces es comprensible caer en el hastío, pero con perseverancia la meta es alcanzable.

(Petrus Rypff)
















































No tengas miedo a que te llamen loco; haz algo hoy que no concuerde con la lógica que aprendiste.
Altera un poco ese comportamiento serio que te enseñaron a tener. Ese pequeño detalle, por insignificante que sea, puede abrir las puertas a una gran aventura.

Un gramo de locura nunca, o casi nunca, viene mal...y si los totalmente cuerdos no te entienden, es su problema.

Si la manada te conduce a un destino que no es el tuyo, apártate de ella y, aunque el camino sea más tortuoso y tu paso algo más lento, te sentirás mejor, más libre y más dichoso.

Petrus Rypff






Hemos perdido una batalla, ¿una debacle? No, en absoluto, no siempre se puede ganar, a veces las cosas no salen y la vida tiene que seguir...y no sólo de fútbol vive el hombre.

...Y entonces, el hombre da un paso justo delante del micrófono
y dice lo último, justo cuando suena la campana:
"Buenas noches, es hora de irse a casa"
y lo hace rápido con una cosa más:
"Somos los sultanes,
somos los sultanes del swing"



Dire Straits - Sultans Of Swing (Sub. Español)

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