lunes, 3 de enero de 2022

DORMIR Y SOÑAR. MITOLOGÍA DEL SUEÑO

 

DORMIR Y SOÑAR. MITOLOGÍA DEL SUEÑO
   
   En la mitología griega, Morfeo (en griego antiguo Μορφεύς) es el dios de los sueños, hijo de la personificación del sueño (Hipnos) y de Nix (la noche), y encargado de llevar sueños a reyes y emperadores y gobernantes. Morfeo fue castigado por Zeus por haber revelado secretos a los mortales a través de sus sueños. Era uno de los Oniros, los espíritus que traían los sueños a los dormidos. En el mito de Endimión un apuesto pastor cae en un sueño eterno provocado por Selene (la diosa lunar) para poderlo contemplar cada noche.

El Mito de Morfeo - Mitología Griega
Fuentes principales utilizadas: 
Ovidio. (1983). Metamorfosis (Trad. A. Pérez). Editorial Bruguera. Barcelona, España.
Hesíodo. (1978). La Teogonía (Trad. A. Pérez y A. Martínez). Editorial Gredos. Madrid, España.
Grimal, C. (1989). Diccionario de mitología griega y romana. Editorial Paidos. 
Música del video: Silent Night - Myuu

El mito de Selene y Endimión

ENDIMION Y SELENE (FRAGMENTO)

   (…) Selene, esto es lo que recuerdo ahora: de día me tumbaba al sol para sentir el goce de sus rayos cálidos, mientras guardaba el rebaño; y de noche, tras recorrer caminos plateados, me demoraba en tu rostro. ¿Recuerdas? Eras pastora argéntea, Luna, allá en la altura. En el zafiro terso de la noche apacentabas estrellas titilantes. Cuántas veces, mi amor, ese cuerpo desnudo que contemplo en las láminas se quedaba dormido. Era mi cuerpo, sin vestimenta alguna: para la brisa, amante; para tu luz, reflejo. ¡Qué inocencia tan joven la de entonces!

   Y sin embargo, ahora, me envejecen los días y las noches sin sueño. Selene: he recordado. He recordado tu piel de ayer tan tersa, la de los días antiguos, cuando bajaste a apacentar estrellas a mi lado, ausente de tus prados.

–Duerme –dijiste, y me quedé dormido.

   Porque eso es lo que Zeus sentenció, que mientras durmiera, gozaría del sueño de la inmortalidad, y sería joven. Aquella noche, te sentí junto a mí, ensoñación de cuerpos que fulguran en el bosque, trémulos labios que se buscan, vértigo eterno. 

  Con el amanecer, mis ojos entreabiertos apenas advirtieron tu huida hacia el poniente. Pero el halo de tu divinidad brillaba aún sobre mi piel. Si en ese momento me hubiera levantado a contemplar mi rostro en el arroyo lo hubiera visto terso y sin arruga, y luminoso. Pero debía saciar el hambre y pastorear mis ovejas.

   Una noche tras otra, Selene, yaciste junto a mí. Te adivinaba en mi sueño, y en la ardiente hoguera que desde las entrañas y en nuestro abrazo se alimentaba. Una y otra vez, sumido en el sopor, inconsciente en cada anochecida. Hasta que a la vigésima noche, bajaste y repetiste la orden: “Duerme”, y simulé dormir, pero mis párpados cerrados quedaron avizores.

   Sentí caer la túnica desde tus hombros, y rozar el suelo. Tus brazos ciñeron mi cintura. En la proximidad de los cuerpos, prendió la llama: labios de sábana entre carnosos labios, pecho de losa contra pecho mórbido, vientre de espuma, colibrí de fuego hacia el clavel abierto. ¡Mis párpados se abrieron!

   Te contemplé desnuda, el cuerpo tenso, arrobada hacia adentro. Era como si me tuvieras a tu amparo, en tu oquedad más honda. Te vaciaste en caricias y en susurros, en pálidos besos. Y entonces, recordé las palabras de Zeus: “Mientras duerma, gozará del sueño de la inmortalidad, y será joven”. Cerré los ojos; me entregué al letargo.

   Varias noches te engañé haciendo como que dormía. Pero una mañana, a solas ya junto al arroyo, y ajeno al rebaño que abrevaba en él, me contemplé en sus aguas.

  ¿Qué advertí entonces en el reflejo ondulante de mi rostro? La sentencia de Zeus. Quizás fuera debido al agua escurridiza que en mi faz maltrazaba surcos y sombras; o quizás a la herida indeleble que en mi carne dejara la belleza que había contemplado. Y es que te imaginé fulguración eterna en cuerpo fugaz como el mío; y descubrí mi anhelo de perdurable unión, ajena al tiempo. ¿Cómo sufrirlo?

   Por eso, desde entonces, lloro sobre mi frente arrugada en el cambiante espejo de las aguas, sobre mis párpados cargados y mi espalda vencida. 

 

      Selene, en la mitología griega, era una antigua diosa lunar. Hija de Hiperión y Tea, los titanes, tenía como hermanos a Helios, el sol, y Eos, la aurora. Es precisamente Helios el que le da paso directamente, pues tras su largo viaje por los cielos, Selene comienza el suyo.

    A esta deidad se la relaciona con un sinfín de aventuras amorosas. No obstante, la más importante es la que tendría con Endimión, un pastor de Caria. 

  Endimión no era un pastor común, pues también tenía cierto origen divino. Nieto de Zeus, este hombre habría ocupado en un momento dado el trono de Elida. No obstante, sería destronado, buscando posteriormente refugio en el monte Larmos y dedicando su vida al campo. En esa soledad, la única compañía que encontraba era la luna, es decir Selene. Una visión que llenaba a Endimión de amor, y que poco a poco fue convirtiéndose en una obsesión. Selene ignoraba el amor que Endymión le profesaba, pero tardaría poco en darse cuenta. Una noche, cuando el joven y bello pastor dormitaba en una cueva, Selene pasó con su carro por el cielo. La luz que emanaba entró repentinamente en la cavidad, y la diosa pudo observar el cuerpo dormido de Endimión. En ese mismo instante se enamoró de él.

   Pasaron muchos días en los que la luna entraba sigilosa observando de cerca al joven, hasta que un día, los labios de Selene despertaron a Endymión justo en el momento en el que se posaban sobre los suyos. Ese instante sirvió para hacer que el amor que ambos sentían se uniera, creando unos lazos indestructibles.

   La pasión de ambos era tal que Selene decidió subir al Olimpo para implorar a Zeus que le concediera un deseo a su amado. Éste pedía la juventud eterna y el sueño perpetuo, del cual sólo despertaría cuando su amada llegara. Zeus se lo concedió, y desde entonces la pareja no dejó de amarse.




El mito de Selene y Endimión, Víctor Florence Pollet, entre 1850 y 1860

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   Quizás el más conocido de los soñadores bíblicos sea José. Aunque sus hermanos lo vendieron como esclavo, se convirtió en consejero del faraón egipcio; gracias a sus sueños presagiando hambrunas se llenaron los graneros para hacerles frente.

José, figura principal de la Biblia hebrea, interpretando los sueños de sus hermanos, grabado de madera, siglo XIX.



El dios hinduista Visnú echa la siesta entre creación y creación. Se suele presentar a lomos de la serpiente de múltiples cabezas Shesha con su esposa masajeándolo los pies.
  En el hinduismo, Shesha es una serpiente masculina divina, rey de todos los nagas (serpientes), uno de los seres primigenios de la creación. De acuerdo con el Bhágavata-purana (siglo XI) es un avatar de Dios. En los Puranas se dice que Shesha sostiene a todos los astros del universo sobre sus caperuzas, mientras canta las glorias de Visnú con todas sus bocas.


Llegando a cierto lugar, se dispuso a hacer noche allí, porque ya se había puesto el sol. Tomó una de las piedras del lugar, se la puso por cabezal, y acostóse en aquel lugar.  Y tuvo un sueño; soñó con una escalera apoyada en tierra, y cuya cima tocaba los cielos, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.  Y vio que Yahveh estaba sobre ella, y que le dijo: 
«Yo soy Yahveh, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia.  Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás al poniente y al oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra; y por tu descendencia.  Mira que yo estoy contigo; te guardaré por donde quiera que vayas y te devolveré a este solar. No, no te abandonaré hasta haber cumplido lo que te he dicho». 
 Despertó Jacob de su sueño y dijo: «¡Así pues, está Yahveh en este lugar y yo no lo sabía!»  Y asustado dijo: «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la casa de Dios y la puerta del cielo!»
  Levantóse Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella.  Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz.

LUNA DE INVIERNO (¿Fue un sueño?)
   Hasta hoy no he sabido que la Luna de INVIERNO era especial, nunca había reparado en ello pero, hace dos noches de casualidad la vi justo enfrente de mí, estaba solo, en un parque, dando un pequeño paseo, tropecé con un banco de madera y me senté. No podía apartar la mirada de Selene, así la llamaban los antiguos griegos, la contemplé durante no menos de media hora, abstraído, no sabía qué tenía de especial pero su luz era diferente a la de otras veces, grande, hermosa, espectacular. Una chica se sentó a mi lado en el banco, noté sin mirarla que se acercaba con ternura, sin decir nada me abrazó y me dio un beso en la mejilla. Pasaron unos minutos, yo no podía hablar, sólo sentía la presencia de dos entes muy especiales, una allá arriba, deslumbrante y bella, otra, pequeña, cercana, pero igualmente encantadora. No me dijo su nombre, me cogió de la mano y me invitó a dar un paseo. El suelo estaba algo mojado por el rocío y el frío intentaba colarse en lo más hondo de los dos, lo evitaba la energía de nuestro contacto cuasi místico. 
 
  Apenas intercambiamos unas palabras, eso sí, cargadas de una ternura indescriptible, nuestras miradas se cruzaron en un par de ocasiones. El resto del tiempo mis ojos y los suyos no podían hacer otra cosa que contemplar la belleza de la Luna de Invierno, allá en lo alto, poderosa, resplandeciente, enorme, insinuante, como si nos quisiera decir algo...
PETRUS RYPFF


Morfeo, el dios griego de los sueños


El Mundo de los Sueños de H P Lovecraft
H.P. Lovecraft creó un mundo maravilloso, lleno de mares de aguas imponentes, de ciudades antiguas y pobladas con personas ajenas a nuestra realidad. Y además, también hay una gran cantidad de monstruos, entidades o  animales fantásticos que habitan estas asombrosas tierras magnificas, llenas de historias increíbles y también de horrorosos dioses maliciosos.

Vídeo oficial "Son sueños" interpretada por El Canto del Loco, perteneciente al álbum "A contracorriente"

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