jueves, 21 de octubre de 2021

LA CULPA. PERSPECTIVAS Y ABORDAJE

 

LA CULPA. PERSPECTIVAS



Como gestionar la culpa


"Echarle la culpa de tus errores a tu naturaleza no cambia la naturaleza de tus errores”
Thomas Harris

   La culpa es considerada una de las emociones negativas que experimenta el ser humano a lo largo de su vida en numerosas ocasiones. A nadie le gusta experimentar esta emoción ya que nos hace sentirnos mal, pero es necesaria para la correcta adaptación a nuestro entorno. Conviene aclarar que, aunque se englobe dentro de las emociones negativas, todas las emociones tienen una función adaptativa, es decir una función positiva.

  Esta emoción surge de la creencia o sensación de haber infringido las normas éticas personales o sociales hacia los demás (por lo cual otra persona sale perjudicada) o hacia uno mismo. Podemos encontramos ante una culpa causa-efecto, hicimos algo que pensamos que no debíamos haber hecho, o a la inversa, no hicimos algo que creíamos debía haberse hecho y ahora nos sentimos mal.

  Para aprender cómo gestionar la culpa debemos entender que ésta consta de tres elementos principales:

·  El acto causal real o imaginario

·  La percepción y autovaloración que realizamos del acto causal, es decir, la mala conciencia.

·  El remordimiento derivado de la culpa propiamente dicha.

   El sentimiento de culpa puede desembocar con facilidad en tristeza, vergüenza, autocompasión, provocando un cúmulo de emociones que nos hacen sentirnos mal y que además se retroalimentan entre sí dificultando su identificación y por consiguiente su superación. En ocasiones, el sentimiento de culpa puede llegar a ser tan fuerte que puede manifestarse de manera notoria a través de las siguientes señales:

1  1. Físicas: la activación psicofisiológica del sentimiento de culpa se manifiesta con dolores en el pecho, estómago, presión en la cabeza y molestias en la espalda. 

     2. Emocionales: irritabilidad, nerviosismo, y es frecuente que lo identifiquemos como algo parecido a la tristeza.


 3.    Mentales: autorreproches, autoacusaciones y pensamientos destructivos de la autoestima y valía de uno mismo. Esta circunstancia ocurre más acusada en las personas que sufren una depresión mayor, llegan a desarrollar ideas delirantes de culpa, las cuales agravan el trastorno y puede llevarles a fatales consecuencias: el aislamiento, el auto-abandono y lo que es peor, el suicidio.

La culpa puede ir en dos direcciones:

·       Intrínseca: Es ese malestar que nos invade por haber cometido un acto (o ausencia de él) y que por ello hemos salido perjudicados. Por ejemplo, presentarse a un examen, suspenderlo y pensar “Si hubiese estudiado más…” Sentirnos culpables por no haber estudiado lo suficiente como para afrontar el examen y poder aprobarlo.

·       Extrínseca: Surge cuando realizamos una conducta (o ausencia de ella) y por ello otra persona (diferente a nosotros mismos) sale perjudicada. Por ejemplo, estar en medio de una discusión con un amigo y le terminas faltando al respeto, lo que hace que tu amigo se sienta herido. Uno se siente culpable por haber herido a la persona.

CARACTERÍSTICAS COMUNES DE LAS PERSONAS CON ALTA CULPABILIDAD

   Se angustian con facilidad ya que, al no sentir que tienen el control sobre sí mismos y el entorno, su ansiedad se elevará, y por consiguiente su autoestima se verá mermada. Tienden a infravalorarse y despreciarse a sí mismo, “no valgo para nada…”, se vuelven autocríticos, convirtiéndose en su propio verdugo.

   Los sentimientos de auto-exigencia y perfeccionismo los acompañan en el día a día por lo que serán más propensos a frustrarse. Tienen miedo de equivocarse y cometer errores por lo que ante cualquier contratiempo se sienten un fracaso y tenderán a autocastigarse a través de pensamientos negativos donde se repiten una y otra vez lo poco válidos que son.

   Necesitan constantemente la aprobación de los demás y de sí mismos, precisan de una constante retroalimentación que ensalce la valía para saber que van por el camino correcto según la propia percepción.

   Temen al rechazo. Tienen miedo a que los demás los tachen de poco válidos o débiles por lo que siempre estarán intentando dar lo mejor de sí para que eso no suceda.

¿QUÉ PODEMOS HACER CON NUESTRO SENTIMIENTO DE CULPA?

   Lo primero de todo aprender de ella ¿Qué quiere decir esto?, que una función adaptativa de la culpa es el aprendizaje. Es una emoción reguladora y que insta a la reparación y a la evitación de daños futuros. Tenemos que tomarnos nuestro tiempo y reflexionar acerca de lo que ha provocado este sentimiento analizando la situación, esto nos ayudará a entender mejor nuestras vulnerabilidades.

1. El primer paso es ver que es lo que nos está pasando, por qué nos sentimos así, qué ha ocurrido para que la culpa se instaure en mis pensamientos y mi conducta. Una vez que lo hemos identificado debemos de ser capaces de valorar de una forma objetiva si realmente hemos cometido un daño por el cual la culpa sea entendible, o si mi percepción del mismo no es tan real como yo pensaba.

2. Expresa verbalmente, a las personas perjudicadas o implicadas (si las hubiese) tu malestar y arrepentimiento asociado al mismo. Hacerles saber cómo te sientes ante lo acontecido es la mejor manera de practicar la comunicación asertiva.

3. Pedir perdón, esto implica reconocer el sentimiento de culpa y poder darle una salida emocional saludable evitando así que el malestar generado por este sentimiento se quede enraizado en nuestro interior. Esto es válido también para la culpa intrínseca, ya que nos perdonarnos a nosotros mismos y aceptar el error nos encamina a sentirnos mejor.

4. Mostrar nuestra intención de reparar el daño, si éste ha sido un daño objetivo. Las palabras si las acompañamos de una acción en concordancia con las mismas, son el camino correcto hacia el equilibrio emocional.

5. Por último, llevar a cabo las acciones reparadoras del daño generado (también hacia uno mismo).

   Obviamente, todos cometemos errores de los cuales no estamos particularmente orgullosos, pero mirar al pasado constantemente recriminándonos los mismos supone un gasto de energía innecesario que no nos reporta nada positivo. El sentimiento de culpa simplemente nos encierra en un círculo masoquista que se hace cada vez más estrecho. ¡Rompamos con ese círculo! Es importante aprender de las experiencias previas con la finalidad de evitar situaciones que detonen el sentimiento de culpa ya vivido. Por lo cual se deben identificar, de manera previa a la toma de decisiones y acciones, aquellas situaciones que ya hayas experimentado. Una manera de evitar futuras culpas, es el trabajo voluntario o altruista. 

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   Aquella tarde, como tantas, aquel joven de aspecto flacucho y andrajoso, hacía uso de sus artimañas para pedir limosna en aquella esquina tan concurrida. De diez a doce era su horario por la mañana y de cuatro a seis por la tarde.
   
  -¡Qué ser tan miserable!– Se dijo Alicia al verle con un aspecto tan normal. -¡tener una pierna coja y usar una muleta no es  impedimento para poder trabajar!… - seguía pensando. Ida en sus pensamientos y ya cayendo la noche, tomó su bolso y las llaves de su coche. Pensó en su vida rutinaria, mientras bajaba los peldaños lentamente… tan sola, llegar a su hogar frío… Se le ocurrió pasar por el supermercado a comprar algunas cosas para cenar. Miró hacia la esquina y aquel joven ya no estaba.
   
   Después de haber cogido las cosas necesarias se dirigió a la caja para pagar, algo le faltaba… claro… ¡leche! Rápidamente se dirigió a los lácteos, se agachó a coger la última botella  que quedaba. Su mano fue a dar sobre una delgada mano masculina.- Disculpe dama - dijo el muchacho. – Tome, es la única que queda - prosiguió…

   - ¡No!,- Le dijo ella. - prefiero de chocolate- … se dio media vuelta sin siquiera volverlo a mirar…- Sinvergüenza – se dijo. Era el mismo tipo de la esquina, claro que bien arreglado, hasta buen mozo se veía… - ¡Dios mío!, sin cojera y sin muleta… ¡miserable!- Murmuró y se fue enfadada a su casa. 

   El sol que daba justo en su ventana le hizo despertar temprano. Se levantó dispuesta a seguir a aquel individuo, dispuesta a desenmascarar al tipo que engañaba a la gente de buen corazón que día a día le llenaba su cuenco de monedas y billetes.
   
    El día se le hacía largo, el reloj no avanzaba como ella quería. De pronto vio al muchacho dispuesto a salir de un edificio, bajó rápidamente del coche para seguirlo, dobló la esquina, inició un paso rápido y se dispuso a correr. Tomó una calle que daba hacia el mercado, ella le seguía a una distancia prudente para no ser descubierta. Por un momento pensó que le había perdido, no se había dado cuenta de que el chico había entrado nuevamente en el supermercado. La espera se le hacía eterna. Él salió de pronto con prisa, no sin mirarla extrañado. Con disimulo, Alicia avanzó y lo vio entrar en una pequeña casita que daba frente al mar.

     La curiosidad de la chica fue creciendo, disminuyó el paso y se dirigió hacia la puerta silenciosamente. No oyó ningún ruido y de pronto una mano se posó sobre su hombro, sus piernas se quisieron doblar del susto y del miedo. Aquel joven de ojos verdes la condujo por un largo pasillo, salieron a un patio y abriendo una puerta metálica la forzó a entrar.
   
   -¿Por qué me has seguido hasta aquí? - Le dijo enfurecido…
 Alicia, recomponiendo su postura lo encaró, - Eres un sinvergüenza, mírate!- le gritó, - Eres normal, estás engañando a la gente-.
   
   Sin defenderse y callado, la cogió del brazo empujándola a una habitación. El sol ya estaba bajando, aquella hermosa vista por unos segundos la distrajo. Aquel inmenso ventanal, dejaba ver la majestuosidad del mar y el sol perdiéndose en el horizonte.
   
   El joven la llevó frente a una cama donde yacía un cuerpo pálido y frágil. -Es mi hermano, hace cinco meses que está postrado por culpa mía -.
   
  La chica, sin entender nada, muy confundida, sólo logró balbucear unas breves palabras. - Hay hospitales- le dijo…
  - No, ya lo intenté todo y mi hermano no tiene cura…, fue una noche horrorosa -le contó mientras las lágrimas caían por sus pómulos huesudos. - Yo conducía el coche… y la lluvia y el pavimento resbaladizo me hicieron perder el control en una curva…perdí a mis padres aquella noche y a mi querido y único hermano lo estoy cuidando, ya que es lo único que me queda de mi familia y sé que nadie más que yo lo cuidará con amor, le hago compañía y es por eso que pido limosna, en ningún lugar me pagan lo suficiente por trabajar cuatro horas al día.

   - Joven, lo siento… no me dé más explicaciones…- fue lo único que pudo decir Alicia, quien dirigió la mirada a aquel chico que estaba postrado en aquella cama, tenía un rostro angelical.
   
   Partió de aquel hogar con una extraña sensación. Trató de recordar en qué momento se había puesto tan amargada y triste. Pasó la noche dando vueltas y vueltas en su cama, hasta que amaneció no le abandonó esa sensación extraña de culpa.
   
   Desde su tranquila oficina no divisó en todo el día a aquel joven. Intranquila, decidió ir al acabar su jornada a pedir disculpas.
   
   Ya en su coche tomó la dirección de la calle que conducía al mercado, al superarlo, desde lejos se divisaba la pequeña casa junto a la playa. Tocó la puerta y nadie respondió… Golpeó más fuerte y no hubo respuesta, curiosa fue a la parte de atrás, la puerta de la cocina estaba abierta. Entró y no encontraba a nadie, fue a la sala donde había estado la noche anterior, llamó suavemente pero no obtuvo contestación alguna. Empujó la puerta y entró.

   El sol estaba ya perdiéndose, aquella habitación estaba vacía, la cama hecha perfectamente. Sobre una mesita había una botella de leche y al lado una nota…: “Señorita, anoche partió mi hermano a un lugar mejor… Yo comenzaré una nueva vida lejos de aquí. Terminó de pagar su culpa el mendigo… Firmado: Ángel”.

   Alicia se dejó caer en  la cama y lloró como nunca.
  Aquella esquina había sido tomada por otro mendigo…Bajó de su oficina y fue donde estaba aquel hombre, le cogió su arrugada mano y mirándole a los ojos le entregó unas monedas. Sintió que su corazón estaba volviendo a latir… 



LA CULPA
   Como emoción humana que es, la culpa y su resultante sentimiento de culpabilidad, la hemos experimentado todos a lo largo de nuestras vidas, siendo una emoción que consideramos negativa, pues en definitiva nos hace sentirnos mal.

   Pero definir la culpa como algo negativo o positivo no es tan simple como identificarla a los sentimientos que pueden venir parejos a ella, sino que requiere un análisis más profundo e individualizado de todos los factores que intervienen.

  La culpa es una emoción, pero, ¿qué son las emociones? Las emociones son indicativos, señales de nuestro cuerpo y psique que nos indican o propician estímulos útiles para identificar nuestro camino y acciones en la vida, facilitando nuestro proceso adaptativo al entorno en que nos movemos. Y ¿cuándo sentimos culpa? Normalmente cuando rompemos o creemos haber roto ciertas normas o significados tanto personales como sociales, de carácter ético, natural, religioso, sexual, existencial… podemos encontramos ante una culpa causa-efecto, hicimos algo que pensamos que no debíamos haber hecho, o a la inversa, no hicimos algo que creíamos deber hacer y ahora nos sentimos mal, pudiendo ser todo esto algo real o imaginario.
   Resulta obvio que todos deseamos evitar el sentimiento de culpabilidad, pues es un sentimiento que nos lleva con facilidad a la tristeza, la vergüenza, la autocompasión, la mala conciencia, los remordimientos, provocando una mezcla de emociones y sentimientos que nos hacen sentir mal y que además se retroalimentan entre sí dificultando su identificación y una superación positiva de los mismos.




Breve tratado sobre la culpa


Recuerdo a Pasolini describiendo una sociedad culpable del fascismo que, según decía, había transmitido ese mismo sentimiento a sus hijos

  Estamos educando, no con el sentimiento de culpa que describía el cineasta, sino con una culpa no asimilada suficientemente

Javier Lorenzo Candel (poeta, autor de Manual para resistentes, Valparaíso, 2014. 30/06/2017.

Pier Paolo Pasolini durante el rodaje de “El Evangelio según San Mateo” en 1964.

Jesús en El Evangelio Según San Mateo (1964) Passolini

   Los primeros recuerdos traumáticos de mi educación católica están ligados al sentimiento de culpa, una culpa que se convertía en el argumento necesario para entender al ser humano. Su asunción era, por tanto, una suerte de vacuna, un ansiolítico para el niño que no paraba de jugar, y, por extensión, para las cosas que me rodeaban y que, desde ese mismo instante, adquirirían un tono sepia que ha ido acompañando mi educación emocional y sentimental.

   Esa misma culpa ha condicionado buena parte de los movimientos de los seres humanos, porque su historia ha ido acompañada por los efectos del aguijonazo propinado con descaro por los adoctrinamientos y las creencias. Desde los primeros culpables sobre la tierra hasta los días que hoy vivimos, nos hemos aprovisionado de un gran número de actitudes que han tenido como causa el concurso de la culpa y, por extensión, los valores morales descritos por eso que llamamos “fe”.

   Pero, por encima de esa, existe otra sobre la que me quiero detener. Porque a pesar de los innumerables descubrimientos científicos, la propia evolución como descripción del avance, la caída del comunismo, el viaje a la Luna o la muerte de dios pregonada por Nietzsche, hemos ido distanciándonos de la culpabilidad de las religiones para entrar de lleno en la culpabilidad que inoculan las sociedades.

   Recuerdo a Pasolini describiendo una sociedad culpable de los fascismos que, según decía, había transmitido ese mismo sentimiento a sus hijos, los había educado alargando así esa tremenda sensación de desamparo, amplificando su estado de seres culpables de la historia. Y lo recuerdo porque ese mismo argumento, sacado de las páginas de su libro Cartas luteranas (publicado en castellano por la editorial Trotta, en una segunda edición de 2010), podría servirnos para analizar nuestra historia más próxima, las sociedades posindustriales y eminentemente consumistas, las de nuestros hijos, analizando así de qué manera estamos gestando un mundo a la medida de una burguesía que ha acabado definitivamente con el sistema de clases y que, de manera notoria, lo ha generado empujado únicamente por su propio bienestar.

   ¿Y cuál ha sido el fruto nacido del árbol de esta sociedad burguesa? La sociedad tecnológica, último eslabón en la cadena de la evolución, aislada de las culpabilidades históricas. La misma que sostiene una cultura (hablo en sentido general) que está en trance de olvidar los tiempos pasados, como si no fuéramos conscientes de que previamente al consumismo y la tecnología hemos vivido revoluciones que han situado al individuo en el centro de la acción, la palabra en la fuerza de la opinión y la respuesta, la mano de obra en el compromiso con la riqueza, también el humanismo.

   Quizá porque todos estos conceptos han sido olvidados, es por lo que las nuevas generaciones, los educadores, nosotros mismos, estamos educando, no con el sentimiento de culpa que describía Pasolini y que, en el tiempo de nuestros padres, tendría todo el sentido del mundo, sino con una culpa no asimilada suficientemente, una culpa enmarañada en el seno de una sociedad burguesa y tecnócrata que se constituía como centro fundamental de cualquier movimiento de nuestra generación (hablo de los que rondamos los 50 años). La manera de enfrentarnos a las cosas ha hecho que seamos incapaces de tener una pedagogía que tenga en cuenta todos estos asuntos, y, por supuesto, de transmitirla a las nuevas generaciones.

   La naturaleza de los procesos históricos nos tenía que haber llevado a asumir un compromiso de culpabilidad heredada, el compromiso de nuestros padres por levantar un país cuyas características principales eran la hambruna y el miedo. La caída del franquismo hizo posible que ellos mismos reivindicaran una sociedad, asolada por un profundo sentimiento de culpa, de nuevas posibilidades, de trabajo, libertades y bienestar. Y es aquí donde, de manera inconsciente, cortaron ese proceso de asimilación construyéndonos sociedades donde el conformismo social y político, la calidad de vida puesta al servicio de nuestras adolescencias, nos hizo como somos.

   ¿Pero, son nuestros padres absolutamente responsables de ello? Seguramente no, porque nadie está libre de creer que, como también decía Pasolini, el peor mal es la pobreza, generando así sociedades en las que se destierra la cultura de las clases pobres por sociedades dominantes alejadas de la pobreza; sociedades que llama “capitalistas”. Un proceso natural, seguramente.

   Somos nosotros los que estamos, por decirlo de algún modo, sublevados ante la culpa heredada para descargar esa sublevación en nuestros hijos. Y aquí el concurso de la sociedad tecnológica ha servido como instrumento para propiciar, a grosso modo, el espacio del conformismo, de la inacción frente a los acontecimientos que deberíamos haber heredado y trasladado, como condición necesaria, a las nuevas generaciones. Hemos hecho confortable el mundo con muy pocos elementos: el consumismo y la tecnología.

   ¿Y qué solución nos queda? Muy poca para nuestra generación. Pero podemos empezar a pensar que nuestros hijos vivirán una sociedad pos tecnológica que, esta vez sí, estará marcada por un sentimiento de culpa, de la misma naturaleza que los descritos anteriormente, que llegue a asimilar la necesidad de acabar con la era tecnológica para inaugurar un nuevo movimiento social culpable de su proceso histórico más inmediato. Acabar con los “fascismos” de la tecnología para crear un nuevo mundo de libertades. O no.

   Nuestra culpa de padres —parafraseando a Pasolini— quedará reducidas a creer que la historia no es ni puede ser más que la historia del consumismo y la tecnología. Tan solo esto vas a heredar, hijo mío.


Siempre que esa ayuda sea desinteresada y despojada de paternalismo aleccionador. 
Petrus Rypff

LA CULPA COMO FACTOR POSITIVO
   Como consecuencia de no querer experimentar lo anterior, se produce un proceso de autoaprendizaje y evitación de lo que nos llevó a ello anteriormente, por ejemplo, si lastimar a alguien nos produce sentimiento de culpa, dicho sentimiento a su vez nos enseñará a no desear lastimar nuevamente a nadie, encontrando aquí un factor positivo propio de las emociones, adaptativo y social.
   La culpa no debe enquistarse, hay que hacer un proceso de reflexión que nos permita olvidarla, que entendamos que hemos aprendido algo de ello, que podemos emprender acciones de reparación si es posible, que en definitiva seguimos avanzando siendo más sabios y mejor personas.
  Debemos saber identificar sus causas, pero también que estas no son homogéneas, dado que el sentimiento de culpa está profundamente relacionado con la escala de valores personales producto de la educación recibida, no todos experimentaremos culpa ante las mismas cosas y no toda culpa tiene un origen necesariamente reprobable, por tanto es fácil caer ante sentimientos de culpabilidad que choquen con la biología propia de las personas o sus intereses universales.
LA CULPA COMO FACTOR NEGATIVO
   La culpa puede convertirse en una emoción carente de utilidad si su generación no responde a hechos objetivamente reprobables. En la teoría, los grupos sociales, desde la sociedad a la familia, se dotan a sí mismos de un conjunto normativo para mantener un orden y armonía colectivas, sin embargo esta normatividad es normalmente preestablecida e impuesta per sé, por lo que en la práctica es necesario comprender que dicha normativa no siempre responde a intereses colectivos. 
   Este factor nos puede llevar a una culpabilidad generada desde las estructuras de control que no responde a transgresiones de hechos natural y racionalmente negativos, una culpabilidad manipulada, a menudo provocada por culturas predominantemente moralistas, rígidas y puritanas, o imbuida por religiones que con maestría han sabido explotar el ciclo de confesión, arrepentimiento y penitencia; sociedades que han caído en usos que responden a condicionantes meramente económicos e incluso por figuras familiares perfeccionistas en exceso o chantajistas.

   Quebrantar o creer haber quebrantado de algún modo dicha normativa, asumida sin más, sin tener en cuenta nuestros propios intereses como individuos y como sociedad, provoca que innumerables personas lleven vidas atormentadas en sí mismas a causa de hechos que no se basan en ninguna transgresión real, personas que viven acarreando una culpa que los tiene atados y en cierta medida fracasados a nivel emocional.
                                                   



Trastorno de personalidad masoquista (autodestructivo)



   El trastorno de personalidad masoquista fue propuesto como un nuevo trastorno de personalidad en 1987 como categoría para incluirse en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-III-R). Después de largas deliberaciones del grupo de trabajo, se cambió el nombre de dicho trastorno.
   Así, pasó a denominarse “trastorno autodestructivo de la personalidad”. Esto se hizo con el fin de evitar la asociación con los conceptos psicoanalíticos del masoquismo femenino. Se incluyó en un apéndice del DSM-III-R denominado “Categorías diagnósticas propuestas que requieren estudios posteriores” (Fiester, 1991).

  En 1994, fue eliminado totalmente de la clasificación por presiones sociales y políticas. Aunque esta medida no ha hecho desaparecer a muchas personas que sufren este problema, sí ha servido para disminuir el volumen de investigación que pudiera arrojar más luz sobre el mismo.

  El concepto de masoquismo tiene su origen en las descripciones realizadas en el siglo XIX por Kraft-Ebbing. Este autor describió el comportamiento de ciertas personas que buscaban el placer sexual sometiéndose al dolor físico producido por una pareja dominante. Posteriormente, Freud y otros psicoanalistas describieron un patrón de conductas sumisas no sexuales (masoquismo mental).

El estilo autodestructivo de la personalidad

   Las personas con este estilo de personalidad anteponen las necesidades de los demás a las suyas propias. Es decir, conceden menos importancia a sus necesidades que a las de los demás. Lo que le da sentido a sus vidas es entregarse a los demás, llegando incluso a renunciar a lo personal con tal de hacer algo por alguien. No buscan que les gratifiquen. Simplemente les satisface dirigir sus esfuerzos a mejorar la vida de los demás. Los autores Oldham y Morris (1995) proponen una serie de características que definen a la persona autodestructiva. Vamos a verlas a continuación.




Mujer abrazando a un hombre con los ojos cerrados

Características de las personas con una personalidad autodestructiva

   La característica esencial del trastorno masoquista de la personalidad sería un patrón patológico de conducta autodestructiva. Además, otras características que poseen estas personas son las siguientes:

  • Son personas que están atentas a los requisitos de los demás. Intentan satisfacer a los demás sin necesidad de que el otro se lo pida.
  • No son competitivos ni ambiciosos.
  • Se desviven por estar al servicio de los demás. Son personas muy consideradas en el trato con los otros.
  • Son tolerantes con los demás y nunca critican ni juzgan con crueldad.
  • No les gusta ser el centro de atención.
  • Tienen mucha paciencia y gran tolerancia a la incomodidad.
  • No son irónicos ni pedantes.
  • Son éticos, honrados y dignos de confianza.
  • Son personas ingenuas, inocentes y sufridoras.
  • No sospechan que haya segundas intenciones en las personas a quienes se entregan.
  • Estas personas pueden evitar o descartar, a menudo, experiencias agradables. A menudo se dejan arrastrar a situaciones o relaciones con las que sufrirá e impedirá que los demás le presten ayuda.

Criterios diagnósticos del trastorno de personalidad masoquista

El trastorno de personalidad masoquista o autodestructiva se caracteriza por los siguientes criterios diagnósticos, según el DSM-III-R:

A) Un patrón generalizado de comportamiento autodestructivo, comenzando a principios de la edad adulta y presente en una variedad de contextos. La persona a menudo puede evitar o socavar experiencias placenteras, sentirse atraído por situaciones o relaciones en las que sufrirán y evitar que otras personas las ayuden, como se indica en al menos cinco de los siguientes:

  • Elige personas y situaciones que llevan a la decepción, el fracaso o el maltrato incluso cuando hay mejores opciones claramente disponibles.
  • Rechaza o hace ineficaces los intentos de otros para ayudarlos.
  • Después de eventos personales positivos (por ejemplo, un nuevo logro), responde con depresión, culpa o un comportamiento que produce dolor (por ejemplo, un accidente).
  • Incita a enojar o rechazar respuestas de otros y luego se siente herido, derrotado o humillado (por ejemplo, se burla de su cónyuge en público, provoca una réplica enojada y se siente devastado).
  • Rechaza las oportunidades para el placer o se niegan a reconocer que se divierten (a pesar de tener las habilidades sociales adecuadas y la capacidad para el placer).
  • No logra realizar tareas cruciales para sus objetivos personales a pesar de haber demostrado capacidad para hacerlo, por ejemplo, ayuda a los compañeros a escribir trabajos, pero no puede escribir los suyos.
  • Está desinteresado en, o rechaza a las personas que siempre lo tratan bien.
  • Se compromete con un sacrificio excesivo que no es solicitado por los destinatarios del sacrificio.
B) Los comportamientos en A no ocurren exclusivamente en respuesta a, o en anticipación de, abuso físico, sexual o psicológico.

C) Los comportamientos en A no ocurren sólo cuando la persona está deprimida.

  Las personas con trastorno de personalidad masoquista tienen una extraña tendencia a perjudicarse a sí mismas, acumulando contratiempos y frustraciones. La intervención que demanda su problema no es fácil. La resistencia al tratamiento, debido a su necesidad de ser sumisos ante los demás, junto a los esquemas derrotistas, hace que la intervención psicológica necesite tiempo para poder producir avances.

Nota: Se ha utilizado la palabra trastorno por comodidad de redacción. Lo cierto es que en la actualidad el trastorno de personalidad masoquista tiene una identidad clínica controvertida, por lo que siendo rigurosos podríamos hablar más de problema que de trastorno en sí.



Gabinete Caligari - La culpa fue del cha cha cha (Videoclip Oficial)

El gran éxito de Gabinete Caligari, la canción que les aupó a un enorme nivel de popularidad. Este hit single estaba incluido en el disco “Privado” que se publicó en 1989 y que repitió el éxito masivo de su predecesor “Camino Soria”. “La culpa fue del cha cha cha” va dedicada a una mujer de Barcelona de apellido Brunet.





Britney Spears - Guilty (Español)

Esta es la respuesta original a Justin Timberlake respecto a su separación, 




070 Shake, Tame Impala - Guilty Conscience (Tame Impala remix) // Español



Los Secretos - Échame a mí la culpa

Canción perteneciente al disco "Algo Prestado" de Los Secretos, publicado en 2015. Échame a mí la culpa fue compuesta por José Ángel Espinosa e interpretada y popularizada por Albert Hammond en 1976.




Guilty - Barbra Streisand ft. Barry Gibb (Sub.Español)
Del álbum Guilty del año 1980, escrita por los hermanos Gibb: Barry, Robin y Maurice (The Bee Gees).

  
 La palabra culpa en la cultura judeo-cristiana tiene una connotación siempre negativa, peyorativa, que estigmatiza a la persona que ha tenido un fallo, que a veces puede ser muy grave, incluso con consecuencias importantes sobre los demás y sobre ella misma. Casi siempre prefiero la palabra responsabilidad, que es menos "acusadora" y "juzgadora", aunque no menos contundente si es bien utilizada, para reprobar un comportamiento deliberadamente cometido para causar daño.

  En muchas veces ocasiones, antes de juzgar debemos plantearnos aquello de "Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra". En mi práctica clínica diaria evito, en lo posible, juzgar a las personas por sus ideas o acciones, por muy nocivas que sean, eso sí, les ayudo a analizar lo ocurrido para que, desde sus propios valores reconozca la inconveniencia de sus acciones, el posible perjuicio que ha hecho a personas de su entorno, e intento que, de forma voluntaria, pida disculpas y repare si es posible ese daño causado. Si no hay propósito de enmienda, es su problema, y quizás sean otras instancias las que tengan que juzgar y castigar sus "fechorías".

Petrus Rypff



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