domingo, 10 de octubre de 2021

EL LÍMITE DE LO POSIBLE, LA UTOPÍA Y LA POLÍTICA. MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

 

EL LÍMITE DE LO POSIBLE, LA UTOPÍA Y LA POLÍTICA 


UTOPÍA

Desde los griegos, en particular Platón y su República, los filósofos, principalmente occidentales, han pensado periódicamente en una sociedad ideal. Tomás Moro impone en el siglo XVI el término de “Utopía” con su libro epónimo, el término derivado del griego (ou –topos) que significa “no lugar”. Desde ese entonces, se perpetúa una tradición literaria a lo largo de los siglos que incluye a Tommaso Campanella y Francis Bacon, Louis Sébastien Mercier y H. G. Wells, entre otros. Aunque la mayor parte de los filósofos utópicos, al igual que Moro, van a proyectarse hacia un espacio virgen que permite a hombres y mujeres de buena voluntad construir la sociedad ideal sobre nuevas bases, otros como Mercier (L’An 2440, rêve s’il en fut jamais, 1771) o Edward Bellamy (Looking Backward, 2000 – 1887, 1888) se proyectarán en el tiempo a través de un proceso regenerador que permita una transformación positiva y radical de la sociedad.

   Por casualidad, o mejor dicho por serendipia, en murciano podríamos decir por "potra", he dado con este artículo de opinión de Esteban Villarrocha, me ha parecido tan atinado que no he podido resistir la tentación de compartirlo en esta mañana de domingo. Queda claro que estamos en tiempos de tormenta, que como diría el bueno de Gila, "está la guerra que no hay quien vaya". La mediocridad se instaló en la clase política hace décadas, y lo que es peor, ante la falta de ideas innovadoras, lo que prevalece es el insulto, la inoculación del miedo y la siembra del odio, odio al diferente, odio al oponente, odio a lo justo, fobia a las prácticas solidarias, miedo al consenso, a lo centrípeto. Lo centrífugo y el transfuguismo, la dispersión y los extremismos imperan en la vida política y eso, no es bueno ni aconsejable; el radicalismo y la confrontación son una lacra que sólo conduce al caos y la aniquilación. Estamos llegando a una polarización en la política española que da miedo, ya tuvimos una contienda entre civiles hace 85 años y ya sabemos como acabó y lo que dejó después durante 36 años, una dictadura tan execrable como dañina, por mucho que algunos nostálgicos la defiendan como una gripe que había que pasar, va de retro Satanás, líbranos Señor de tanto facha, por muy crecida que esté la "tropa" tras los últimos comicios, generales y autonómicos. Espero que la caída sea tan dura como en la película, como opción política, por supuesto, no deseo que sus componentes sufran daño alguno, que uno es pacifista...

(Petrus Rypff)


Más Dura Será la Caída
(Título original - The Harder They Fall)  1956 

Dirección: Mark Robson - Guion: Philip Yordan. Novela: Budd Schulberg
Música: Hugo Friedhofer - Fotografía: Burnett Guffey (B&W)
Reparto: Humphrey Bogart, Rod Steiger, Jan Sterling, Mike Lane, Max Baer, Jersey Joe Walcott, Edward Andrews, Harold J. Stone, Carlos Montalbán, Nehemiah Persoff, Felice Orlandi, Herbie Faye, Rusty Lane, Jack Albertson
Productora: Columbia Pictures
Género: Cine negro. Drama | Deporte. Boxeo. Periodismo

Sinopsis: Eddie Willis (Humphrey Bogart), un veterano periodista, es contratado como agente de prensa por Nick Benko (Rod Steiger), un hombre sin escrúpulos, para que consiga hacer popular a Toro Moreno, un gigantesco pero torpe aspirante a boxeador importado desde Argentina, a quien hacen creer que es un gran campeón a base de amañar sus combates, uno de ellos contra el ex-campeón Gus Dundee, quien se desploma sobre el tapiz durante la lucha y muere. Toro piensa que le ha matado. Aunque no quiere volver a pelear está desesperado por ganar dinero para sus padres, y se enfrenta a Buddy Brannen. Willis se escandaliza por la mínima suma que obtiene Toro, 49,70 dólares, y jura venganza contra el boxeo. 



 MÁS DURA SERÁ LA CAÍDA

Concierto de E. Bunbury y Jaime Urrutia


 

 



Esteban Villarrocha

     En mi trayectoria vital he comprobado que mantener vivas las utopías igualitarias se hace imprescindible para ejercer la política, aunque sé que estamos condenados, como Sísifo, a llevar la pesada carga de las mismas hasta la cumbre de la montaña una y otra vez.

   Admito que he descubierto que, en esta escalada permanente, la persistencia no es inútil. Cada vez que dejo caer desde la cima de la montaña la pesada carga de las utopías igualitarias, compruebo que estas estaban impregnando el camino de argumentos, cuando vuelvo a  subir, el ascenso se hace más corto, consigo ampliar el límite de lo posible.

  El límite de lo posible es aquello que podemos y debemos conseguir haciendo política, es entender y poner en marcha el objetivo principal de la actividad política, que no es otro, que la consecución del bien común. Ahora bien, al límite de lo posible sólo podemos llegar propiciando el acuerdo entre gentes inteligentes que dialogan sobre la convivencia entre diferentes. Por eso, agotar todas las oportunidades para alcanzar el límite, es volver a poner en valor el acuerdo, el ágora, la participación, la ética, la transparencia, permitiendo el libre enfrentamiento entre proyectos e ideas para conseguir la práctica plausible del quehacer político.

   Hacer política es progresar, hacer aprendiendo, resolver conflictos con el único ánimo de mejorar, transformar y avanzar en el pacto social tan necesario para la práctica libre de la convivencia; hacer política es aplicar medidas para la mejora social que nos iguala y nos define como seres humanos civilizados. El buen ejercicio de la política no es instalarse en el dominio, es ampliar la hegemonía social entendida esta como la ampliación en el campo intelectual y social.

   Defender lo imposible en política es una tentación que anida en la cabeza de los políticos huecos, que se empecinan; lo imposible en política es la banalidad obediente, exagerada e irracional que conduce a la mediocridad del iluminado, a la secta fanática; lo imposible en política impide el ejercicio y desarrollo de la libertad, la igualdad y la fraternidad, conduce a fanatismos siempre retrógrados y conservadores que generan fractura social.

   Otra cosa muy distinta a lo imposible son las utopías, que por definición son lo inalcanzable y que alimentan el pensamiento crítico que nos permite tener futuro, llevar más lejos el límite, avanzar en logros y materializar deseos. Las utopías, para ser, necesitan la transversalidad, lo que llamamos hegemonía social. Las utopías nunca utilizan el concepto de dominio, intentan captar la adhesión de otros por medio de la expansión de una visión del mundo compartida, que permita que el límite de lo posible se amplíe y produzca cambios sustanciales en los modelos de producción para acabar con la desigualdad económica y social.

 Haciendo un repaso de la historia contemporánea contemplamos cómo las utopías igualitarias siempre impulsaron y ayudaron a generar avances en libertades y conductas, aunque en los últimos años, con la vulgarización y descrédito de la política, se están produciendo retrocesos enormes, acabando con esa sociedad del bienestar y la tolerancia tan anhelada y perseguida.

    Tony Judt, en su libro “Algo va mal”, analiza la historia de las sociedades occidentales que, desde finales del siglo XIX y hasta la década de los setenta del XX, se volvieron cada vez menos desiguales, gracias a la tributación progresiva, los subsidios del gobierno para los necesitados y la provisión de servicios sociales y garantías ante situaciones de crisis y de necesidad. Es cierto que siguió habiendo grandes diferencias, pero se fue extendiendo una creciente intolerancia a la desigualdad excesiva. La sociedad se impregnaba de los valores que impulsaron las utopías igualitarias desde principios del siglo XIX, el límite político de lo posible se ampliaba. En los últimos años hemos abandonado todo esto. La movilidad intergeneracional se ha roto. Al contrario que sus padres y abuelos, los niños y niñas tienen hoy muy pocas expectativas de mejorar la condición en la que nacieron. La fractura social parece irremediable.

   Por eso, continúo insistentemente subiendo la montaña, porque estoy seguro que un día, el límite de lo posible serán los postulados de aquellos que perseguían las utopías igualitarias. Sísifo será liberado, la política habrá ganado, pero inmediatamente volveré a reivindicar lo inalcanzable, como decía Kavafis: “Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Itacas”.

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