jueves, 22 de julio de 2021

MARGUERITE DURAS. EXTRAÑA, INABORDABLE, FRÁGIL Y FUERTE

 

MARGUERITE DURAS. EXTRAÑA, INABORDABLE, FRÁGIL Y FUERTE


Marguerite Duras

(Gia Dinh, Vietnam, 1914 - París, 1995) Escritora francesa. Las experiencias que vivió junto a su madre en Indochina, donde residió hasta 1932, le inspiraron la novela Un dique contra el Pacífico, con la que se dio a conocer en 1950, tras publicar varias novelas de escaso éxito. Durante la Segunda Guerra Mundial colaboró en París con la Resistencia, por lo que fue deportada a Alemania. 

 

Marguerite Duras

   Una vez terminada la contienda, inició su intensa actividad en los campos del periodismo, la novela, el teatro y el cine, y escribió y dirigió varias películas y obras teatrales. Encuadrada inicialmente en los moldes del neorrealismo de posguerra (Los caballitos de Tarquinia, 1953) y afín a la línea existencialista de Jean-Paul Sartre y Albert Camus, se acercó después a los postulados del «nouveau roman» de Alain Robbe-Grillet, aunque sus novelas no se limitan nunca al mero experimentalismo, sino que dejan traslucir un aliento intensamente personal y vivido, como sucede en Moderato cantabile.

    Escribió el guion de la célebre película Hiroshima, mon amour (1958), dirigida por Alain Resnais con gran éxito. Los temas de Duras fueron siempre los mismos: el amor, el sexo, la muerte, la soledad. En 1969 publicó Destruir, dice y dos años después El amor (1971), que anticipa en ciertos aspectos su obra más celebrada, El amante (1984), ganadora, entre otros, del Premio Goncourt.


MARGUERITE DURAS A FONDO - EDICIÓN COMPLETA y RESTAURADA. 3 de junio de 1979. Marguerite Duras (Gia Dinh, cerca de Saigón, Vietnam, 1914 - París, 1996) es el seudónimo de Marguerite Donnadieu, novelista, guionista y directora de cine francesa.

1932 se trasladó a París, donde estudió derecho, matemáticas y ciencias políticas. En 1943 publicó su primera obra, "La impudicia", a la que seguirían más de veinte novelas, guiones cinematográficos y textos dramáticos. En 1971 publica "El amor", que anticipa en ciertos aspectos su obra más celebrada, "El amante" (1984), ganadora, entre otros, del Premio Goncourt. En 1977 escribe, dirige e interpreta -con Gerard Depardieu- "Le camion". Es autora también de "India song", entre otras películas.


Marguerite Duras / India Song (1975) opening scene


India Song (Marguerite Duras, 1975) - Cry scene



Biografía Marguerite Duras


EL AMANTE



El amante fue editado en España por Tusquets en 1989 y traducido por Ana María Moix Meseguer, poeta, novelista, cuentista, traductora y editora española.

El amante es una novela de lectura fácil y fluida, escrita con una prosa peculiar, envuelta en un tiempo no lineal, aborda el tema de las relaciones amorosas entre un hombre y una adolescente en la Indochina de mediados del siglo pasado. Cargada de lirismo, reflexiones sobre la vida y pasiones que Duras va desmenuzando de manera circular, a veces caótica.

   “Podría engañarme, creer que soy hermosa como las mujeres hermosas, como las mujeres miradas, porque realmente me miran mucho. Pero sé que no es cuestión de belleza sino de otra cosa, sí, de otra cosa, por ejemplo, de carácter”.

   Marguerite Duras nació en Saigón el 4 de abril de 1914. Casi toda su infancia transcurrió en la Indochina francesa, en donde vivió con su padre, un profesor francés. El amante es una novela autobiográfica que ganó en 1984 el Premio Goncourt, hecho que convirtió a su autora en una de las pocas mujeres reconocidas con este galardón. 

   La novela El amante ha sido traducida a casi todos los idiomas y es su novela más conocida. Fue llevada al cine por Jean-Jacques Annaud.

   Es autora de más de cuarenta novelas, obras de teatro, guiones de cine, etc. En 1983, la Academia francesa, le otorga el Gran Premio del Teatro. Además de escritora, guionista y dramaturga, Duras, fue directora de cine. Muere a causa de un cáncer, en París, en marzo de 1996.


El amante (fragmentos)  Marguerite Duras

 

Duras, El amante, El amante de la China del Norte, Marguerite Duras, Tusquets


   Mi madre, se le daba de repente, hacia última hora de la tarde, sobre todo durante las estaciones de sequía, hace lavar la casa de arriba abajo, para limpiar, dice, para sanear, para refrescar. La casa está construida en un terraplén que la aísla del jardín, de las serpientes, de los escorpiones, de las hormigas rojas, de las inundaciones del Mekong, de las que siguen a los grandes tornados del monzón. Esta elevación de la casa sobre el suelo permite lavarla con grandes cubos de agua, regarla por entero como un huerto. Todas las siglas están encima de la mesa, toda la casa chorrea, el piano del saloncito tiene las patas en el agua. El agua desciende por las escalinatas, invade el patio hacia las cocinas. Los criados jovencitos se sienten felices, estamos todos juntos, con ellos, se riega, y después el suelo se enjabona con jabón de Marsella. Todo el mundo va descalzo, la madre también. La madre ríe. La madre no tiene nada que decir en contra de nada. La casa entera huele, despide el olor delicioso de la tierra mojada después de la tormenta, es un olor que enloquece de alegría, sobre todo cuando va unido a otro olor, al del habón de Marsella, el de la pureza, el de la honestidad, el de la ropa blanca, el de la blancura, el de nuestra madre, de la inmensidad del candor de nuestra madre. El agua desciende hasta las avenidas. Vienen las familias de los criados, las visitas de los criados también, los niños blancos de las casas vecinas. La madre está feliz con ese desorden. A veces la madre puede ser muy feliz, el tiempo del olvido, el de lavar la casa puede resultar conveniente para la dicha de la madre. La madre va al salón, se sienta al piano, toca las melodías que sabe de memoria, que aprendió en la Normal. Canta. A veces toca, ríe. Se levanta y baila sin dejar de cantar. Y cada cual piensa, y ella, la madre, también, que puede ser feliz en esta casa desfigurada que de repente se convierte en un estanque, un campo a orillas de un río, un vado, una playa. 

    Son los dos más pequeños, la hijita y el hermano menor, los primeros en acordarse. De repente, dejan de reír y se dirigen hacia el jardín donde cae la tarde.

 . . . 

   La historia de mi vida no existe. Eso no existe. Nunca hay centro. Ni camino, ni línea. Hay vastos pasajes donde se insinúa que alguien hubo, no es cierto, no hubo nadie. Ya he escrito, más o menos, la historia de una reducida parte de mi juventud, en fin, quiero decir que la he dejado entrever, me refiero precisamente a ésta, la de la travesía del río. Con anterioridad, he hablado de los períodos claros, de los que estaban clarificados. Aquí hablo de los periodos ocultos de esa misma juventud, de ciertos ocultamientos a los que he sometido ciertos hechos, ciertos sentimientos, ciertos sucesos. Empecé a escribir en un medio que predisponía exageradamente al pudor. Escribir para ellos aún era un acto moral. Escribir, ahora, se diría que la mayor parte de las veces ya no es nada. A veces sé eso: que desde el momento en que no es, confundiendo las cosas, ir en pos de la vanidad y el viento, escribir no es nada. Que desde el momento en que no es, cada vez, confundiendo las cosas en una sola inclasificable por esencia, escribir no es más que publicidad. Pero por lo general no opino, sé que todos los campos están abiertos, que no surgirá ningún obstáculo, que lo escrito ya no sabrá dónde meterse para esconderse, hacerse, leerse, que su inconveniencia fundamental ya no será respetada, pero no lo pienso de antemano. 

. . . 

   Es, pues, durante la travesía de un brazo del Mekong en el transbordador que se halla entre Vinhlong y Sadec en la gran planicie de barro y arroz del sur de la Conchinchina, la de los Pájaros. 

  Me apeo del autocar. Me acerco a la borda. Miro el río. Mi madre, a veces, me dice que nunca, en toda mi vida, volveré a ver ríos tan hermosos como éstos, tan grandes, tan salvajes, el Mekong y sus brazos que descienden hacia los océanos, esos terrenos de agua que van a desaparecer en las cavidades del océano. En la planicie hasta perderse de vista, esos ríos, fluyen deprisa, se derraman como si la tierra se inclinara. 

. . . 

   La pequeña del sombrero de fieltro aparece a la luz fangosa del río, sola en el puente del transbordador, acodada en la borda. El sombrero de hombre colorea de rosa toda la escena. Es el único color, Bajo el sol brumoso del río, el sol del calor, las orillas se difuminan, el río parece juntarse con el horizonte. El río fluye sordamente, no hace ningún ruido, la sangre en el cuerpo. Fuera del agua no hace viento. El motor del transbordador, el único ruido de la escena, el de un viejo motor descuajaringado con las bielas fundidas. De vez en cuando, a ligeras ráfagas, rumor de voces. Y después los ladridos de los perros, llegan de todas partes, de detrás de la niebla, de todos los pueblos. (…) Alrededor del transbordador, el río llega a ras de borda, sus aguas en movimiento atraviesan las aguas estancadas de los arrozales, no se mezclan. Ha arrastrado todo lo que ha encontrado después de Tonlesap, la selva camboyana. Arrastra todo lo que le sale al paso, chozas de paja, selvas, incendios extinguidos, pájaros muertos, perros muertos, tigres, búfalos ahogados, hombres ahogados, cebos, islas de jacintos de agua aglutinadas, todo va hacia el Pacífico, nada tiene tiempo de hundirse, todo es arrastrado por la tempestad profunda y vertiginosa de la corriente interior, todo queda en suspenso en la superficie de la fuerza del río. 

. . . 

   De repente le vi en una bata blanca. Estaba sentado, bebía un whisky, fumaba. 

   Me dijo que me había dormido, que se había duchado. Apenas sentí la llegada del sueño. Encendió una lámpara, en una mesa baja. 

   Es un hombre que tiene hábitos, pienso de repente respecto a él, debe venir relativamente a menudo a esta habitación, es un hombre que debe hacer mucho el amor para luchar contra el miedo. Le digo que me gusta la idea de que tenga a muchas mujeres, de que yo esté entre esas mujeres, confundida. Nos miramos. Comprende lo que acabo de decir. La mirada alterada de repente, falsa, sorprendida en el mal, la muerte. 

   Le digo que se acerque, que tiene que empezar otra vez. Se acerca. Huele bien el cigarrillo inglés, el perfume caro, huele a miel, su piel ha adquirido a la fuerza el olor de la seda, el afrutado del tusor de seda, el del oro, es deseable. Le hablo de ese deseo de él. Me dice que espere. Me habla, dice que en seguida supo, ya desde la travesía del barco, que yo sería así después de mi primer amante, que amaría el amor, dice que ya sabía que le engañaría y que también engañaría a todos los hombres con los que estaría. Dice que, en lo que a él respecta, ha sido el instrumento de su propia desdicha. Me siento feliz con todo lo que me vaticina y se lo digo. Se vuelve brutal, su sentimiento es desesperado, se arroja encima de mí, come los pechos infantiles, grita, insulta. Cierro los ojos a un placer tan intenso. Pienso: lo tiene por costumbre, eso es lo que hace en la vida, el amor, sólo eso. Las manos son expertas, maravillosas, perfectas. He tenido mucha suerte, es evidente, es como un oficio que tiene, sin saberlo tiene el saber exacto de lo que hay que hacer, de lo que hay que decir. Me trata de puta, de cochina, me dice que soy su único amor, y eso es lo que debe decir. Y eso es lo que se dice cuando se deja hacer lo que se dice, cuando se deja hacer al cuerpo y buscar y encontrar y tomar lo que él quiere, y todo es bueno, no hay desperdicios, los desperdicios se recubren, todo es arrastrado por el torrente, por la fuerza del deseo. 

. . . 

   El ruido de la ciudad es intenso, en el recuerdo es el sonido de una película, pero demasiado alto, que ensordece. Lo recuerdo perfectamente, en la habitación hay poca luz, no se habla, está envuelta por el estrépito continuo de la ciudad, embarcada en la ciudad, en el tren de la ciudad. En las ventanas no hay cristales, hay cortinillas y persianas. En las cortinillas se ven las sombras de la gente que circula al sol de las aceras. Esas multitudes son enormes. Las sombras están regularmente estriadas por las rendijas de las persianas. Los taconeos de los zuecos de madera golpean la cabeza, las voces son estridentes, el chino es una lengua que se grita como siempre imagino las lenguas de los desiertos, es una lengua increíblemente extraña.

    Afuera el día toca a su fin, se sabe por el rumor de las voces y el ruido de los pasos cada vez más numerosos, cada vez más confusos. Es una ciudad de placer que está en pleno apogeo por la noche. Y la noche empieza ahora con la puesta del sol.

    La cama está separada de la ciudad por estas persianas de rendija, esa cortinilla de algodón. Ningún material duro nos separa de la gente. Los demás ignoran nuestra existencia. Nosotros percibimos algo de las suyas, el conjunto de sus voces, de sus movimientos, como una sirena que emitiera un clamor entrecortado, triste, sin eco.

   Los olores de caramelo llegan a nuestra habitación, el de cacahuetes tostados, el de sopa china, de carnes asadas, de hierbas, de jazmín, de ceniza, de incienso, de fuego de leña, el fuego se transporta aquí en cestos, se vende en las calles, el aroma de la ciudad es el de los pueblos del campo, de la selva. 

Tusquets Editores, 1984


Primera edición | 1984, Éditions de Minuit (París).

 Título original | L'Amant. Premio Concourt | 1984

   Enmarcada en Sa Dec, en la Indochina francesa, y en la década de 1930, esta novela manifiestamente autobiográfica, refiere los detalles de la relación entre una muchacha francesa de quince años, Hélène Lagonelle, con un acaudalado chino doce años mayor que ella. El tabú sexual de la relación se desarrolla sobre el fondo de la inestable e infeliz vida familiar de la joven, que comparte con una madre depresiva y dos hermanos la situación de pobreza que crea la adicción al juego y a las drogas de su hermano mayor. El sadismo con el que este trata a la muchacha y el placer que obtiene de ver cómo la madre la maltrata presta a la novela una dimensión turbadora que es quizá la que interpreta en último término la voz adulta del narrador. Si, por un lado, la familia desaprueba la relación interracial, por otro, se beneficia económicamente de ella, y los torpes encuentros con su amante ponen de relieve las tensiones generadas por el régimen colonial francés y las diferencias entre las posiciones sociales y culturales entre ambos. Desafiando los estereotipos sexuales, Hélène es la instigadora de la relación:es la parte capaz de separar lo físico de lo emocional y, a pesar de ser una chiquilla y de su inseguridad financiera, es, en definitiva, la que domina la relación..

   Con sus cambios entre primera y tercera personas, el uso de flashbacks y su estilo discontinuo e impresionista, la narrativa de duras es francamente cinemática, y está influenciada por la nueva novela francesa de la década de 1950. Fue llevada al cine en 1993 por Jean-Jacques Annaud.






L'Amant - Película de  Jean-Jacques Annaud 

   Al año siguiente apareció el relato con fondo autobiográfico El dolor, que fue escrito en 1945, y en 1990 su última novela, La lluvia de verano. La agitada vida de Marguerite Duras rivaliza y se combina con su obra hasta el punto de ser ambas difícilmente comprensibles por separado.

FRASES DE MARGUERITE DURAS 

01. Es de locura lo bonita que tienes la piel.

"Hiroshima mi amor" (1960)

02. Los escritores son gente solitaria. En todas partes, y siempre, lo han sido.

"Escribir" (1993) 

03. Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado.

"Escribir" (1993)

04. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe.

"Escribir" (1993)

05. Digo cualquier cosa, y después olvido. Tú lo sabes -sonríes-, pero yo sigo a tu lado en la desesperación que te procuro.

"Emily L" (1987)

06. La fuerza que ella lleva en sí, debe de experimentarla como una especie de inteligencia perdida que ya no le sirve de nada.

"Emily L" (1987)

07.  Cuando usted lloró, fue sólo por usted y no por la admirable imposibilidad de alcanzarla a través de la diferencia que les separa.

"El mal de la muerte" (1982)

08. La escritura llega como el viento, está desnuda, es la tinta, es lo escrito, y pasa como nada pasa en la vida, nada, excepto eso, la vida.

"Escribir" (1993)

09.  Alrededor de la persona que escribe libros siempre debe haber una separación de los demás. Es una soledad. Es la soledad del autor, la del escribir.

"Escribir" (1993)

10.   Los chinos, incluso los no muy ricos, tienen amantes. Las esposas lo saben. Así están tranquilas: cuando tienen mujeres afuera siempre vuelven a casa.

"El amante" (1967)

11. Luché por mi cuenta, con todas mis fuerzas, cada día, contra el horror de no comprender ya en absoluto el por qué de recordar. Y como tú, he olvidado...

"Hiroshima mi amor" (1960)

12. Aunque sea inútil, creo que, con todo, es necesario llorar. Porque la desesperación es tangible. El recuerdo de la desesperación permanece. A veces mata.

"Escribir" (1993)


Marguerite Duras: el amor, el sexo, la locura y la muerte

Marguerite Duras (1914-1996) se bebió la escritura a tragos. Escribir era vivir y morir y resucitar a la vez. Escribir era enfrentarse a sus demonios y extirparlos para dejarlos al sol y al viento, en el corazón del papel. Escribir para ella era recordar, ahondar en los abismos de la memoria, enfrentarse al dolor y a la pérdida. Escribir era una misión, un mandato, una tentativa infinita. «Escribir: es lo único que llenaba mi vida y la hechizaba. Lo he hecho. La escritura nunca me ha abandonado», dijo. Y en ese cometido, que desarrolló con energía, logró lo mejor de sí misma: edificó, sombra a sombra, desgarro a desgarro, con placer y felicidad también, un universo literario que quizá sea el más importante y el más moderno de las letras francesas del siglo XX. 

   Marguerite Duras nació en 1914 en Gia Dinh, cerca de Saigón, en la actual Vietnam del Sur. Es una de las cinco grandes escritoras de Francia con Marguerite Yourcenar, Simone de Beauvoir, Nathalie Sarraute y Françoise Sagan. Todas muy distintas y complementarias. Y quizá, en el fondo, ninguna tan desesperada como ella. Tan radical. Tan próxima al amor, la muerte, la locura, la enfermedad y el sexo. Ella siempre consideró capital el sexo: reivindicó una y otra vez el derecho al goce, al orgasmo, al cuerpo. Menuda, levantisca, indomable, a veces fue una mujer volcán, moderna, atrabiliaria, inteligente, capaz de escribir como a navajazos, con una frase cortante y seca. Con espasmos. O fogonazos de luz contra la noche. Practicó un estilo sincopado de frase corta, rasgada e intensa, con capacidad para alertar o demoler. 

   Su propia vida es la materia central de sus libros y de algunas de sus películas. En su niñez fue como una vagabunda subyugada por la soledad, el lodo y la lluvia, como contó en Un dique contra el Pacífico (1950). Su padre, profesor de matemáticas, tuvo que marcharse a Francia y moriría pronto: quería habilitar una casa para toda la familia en la villa de Duras. De ahí el nombre de su hija escritora, que tenía otros cuatro hermanos. Dos de ellos eran antagónicos: Pierre parecía el demonio y Paul fue como un ángel fugaz; tenían una relación cómplice, casi incestuosa. Marguerite diría, enigmáticamente, que con Paul había vivido el amor total. 

   Más tarde, no se sabe bien si estimulada por su madre, que braceaba contra la adversidad, o por los azares de la vida, conoció a su amante chino, con quien descubrió la sexualidad, la fantasía; se asomó de golpe al deseo con la ansiedad de una madurez precipitada. Para entonces ya le había dicho a su madre que quería ser escritora. Se lo dijo a los 15 años. Ese relato del amante maduro, intenso y turbador, estaría como oculto en su cabeza. O estaría ahí, apresado, larvándose con las hojas y las imágenes del recuerdo, esperando ser contado: cuando escribió la novela El amante (1984), se vivió todo un estremecimiento literario. Marguerite Duras exponía su verdad, su fuerza, la riqueza de su trastienda personal de fábulas turbulentas. El amante fue como una consagración: la novela la llevó al cine Jean Jacques Annaud. Celos y desamor.

   Para ese momento, ya habían pasado muchas cosas en la existencia de Duras: había estado casada dos veces, con Roger Antelme, que sufrió los excesos del nazismo y ella esperó día y noche, asomada a la ventana, bebida y desvelada, su regreso. Y con Dionys Mascalo, con quien tuvo un hijo. Con ambos vivió poco tiempo, aunque aprendió mucho. También vivió una dolorosa relación con Gérard Jarlot; dada su condición de seductor, le descubrió otro acento del dolor para su corazón y su cabeza: el diablo de los celos. Ese asunto aparecerá en una de mejores novelas: El arrebato de Lol V. Stein, que habla de una mujer enamorada locamente a la que desatiende el objeto de su amor. Y se queda en un puro naufragio. Otro libro especialmente sugerente es Emily L y con él habría que citar otros títulos como Escribir, El dolor, Destruir, dice, India Song, La impudicia, El caballero sentado en el pasillo, El mal de la muerte o El amante de la China del norte, una ampliación de su famosa novela que redactó al enterarse de la muerte de su pasado amor.

Marguerite dirigió y escribió guiones de cine. Redactó los suyos y adaptó textos de Jorge Semprún. Su libreto más conocido es también el más onírico: el de Hiroshima mon amour (1959), que llevó al cine Alain Resnais. Pasó por épocas terribles de alcoholismo y de autodestrucción. Intentó suicidarse en alguna ocasión. Finalmente, se cruzó en su camino el joven Yann Andrea Steiner (1952-2014). Él, homosexual, se quedó fascinado por su personalidad, por su prosa, por su indolencia, quizá por su leyenda. Le escribió durante dos años, diariamente, pero apenas recibió respuesta; cuando él se dio por vencido, ella le pidió que la fuese a ver. Así lo hizo y vivieron juntos hasta la muerte de Marguerite Duras, que le rindió un homenaje de amor y ternura en Ojos verdes, pelo negro, donde narra el relato de un hombre y una mujer que se citan cada noche en un cuarto frente al mar: no hay deseo. Él la quiere a su lado para que le ayude a conjurar el miedo y para que lo salve de la muerte. Ella le dijo poco antes de morir, en 1996: «Usted no es nada sin mí».


Yann Andréa, compañero inseparable de Marguerite Duras. El escritor francés fue su amante y secretario personal durante sus últimos 16 años de vida

   Para Marguerite Duras, él lo fue prácticamente todo: su último y más inesperado amante, su secretario personal e infatigable acompañante, su compañero de bebida y hasta su personaje literario favorito, cuya presencia espectral atraviesa la práctica totalidad de la obra de la escritora durante los ochenta y noventa. No es pues extraño que a Yann Andréa le costara existir cuando desapareció ese astro en torno al que se había acostumbrado a girar. Hacía años que el escritor francés, que fue hallado muerto a mediados de julio DE 2014, en su apartamento parisino a los 61 años, ya no era el que fue una vez. Había abandonado las banquetas del Café de Flore, de las que fue asiduo una vez, y conducía una vida eremítica, encerrado en el piso de Saint-Germain que Duras le dejó al morir. Semanas después, la causa oficial del fallecimiento todavía no ha sido divulgada.





   Andréa descubrió a Duras a los 20 años, cuando estudiaba Filosofía en Caen, a un par de horas largas de Guingamp, la ciudad bretona donde nació en 1952. El flechazo literario fue inmediato. Decidió que no leería a nadie más durante el resto de su vida. En 1975 se acercó a una proyección de India song, la sexta película como cineasta de Duras, a la que había asistido para debatir con el público. Terminaron tomando copas con otros universitarios. Él le pidió su dirección parisina para cartearse con ella.

   Tras cinco años en los que como mínimo le mandó una carta diaria —a las que Duras, según confesó, nunca tuvo intención de responder—, Andréa terminó desistiendo. La escritora se alarmó y decidió mandarle unas líneas. Acordaron encontrarse. Era el verano de 1980, el de los Juegos Olímpicos de Moscú y la huelga de Gdansk, y Duras se encontraba parapetada en su casa de Trouville, escribiendo una columna semanal para Libération. Duras ya era una escritora en la cumbre y una alcohólica reconocida, una dama de gafas gruesas y cuello de tortuga que vivía sola en un piso de catorce habitaciones, “envenenada por esos nuevos medicamentos llamados antidepresivos”. Su encuentro con Yann Andréa supuso la colisión de dos inmensas soledades. Una mañana de julio, Andréa se presentó en Trouville luciendo un pequeño bigote y un halo frágil, algo proustiano en su homosexualidad subterránea, que Duras, 38 años mayor, reconoció no ser capaz de entender. Pese a todo, cuentan que se acostaron a la segunda noche.

  Yann Andréa escribió cuatro novelas parcialmente autobiográficas, en las que siempre planea la sombra de la escritora, de quien la crítica literaria le consideraría a menudo un simple mimo. Cuando se conocieron, él todavía respondía al nombre de Yann Lemée. Pero Duras, cual diosa creadora de vidas ajenas, decidió rebautizarlo. “Suprimió el apellido paterno. Mantuvo el nombre. Y añadió el nombre de mi madre: Andréa. Me dijo: ‘Con este nombre, puede estar tranquilo. Todo el mundo se acordará de él. Nadie puede olvidarlo”, escribió el autor en Cet amour-là. Más tarde, a través de su libro Yann Andréa Steiner (1992), también lo hebreizó, como tan bien sabía hacer esta judía imaginaria, que se consideraba víctima del perpetuo holocausto del amor.




   Andréa se convirtió en su hermano incestuoso, con quien vivió una relación imposible durante 16 años. Su convivencia fue tormentosa, bañada en el alcohol y agriada por el carácter tiránico de Duras. “Llegó a la vida de Marguerite cuando ella estaba sin aliento”, escribió la periodista Laure Adler en su biografía de la escritora, Marguerite Duras (Anagrama, 2000). “Le dio ganas de escribir y de filmar su amor, su imposibilidad de amar. Yann la protegerá, la soportará. Yann se callará, encajando los golpes y los insultos”.

   Como esos matrimonios franceses burgueses y chapados a la antigua, ambos nunca se tutearon. “Usted no es nada sin mí”, le dijo Duras antes de morir, el 3 de marzo de 1996. Tras su muerte, Andréa pasó dos años encerrado en su apartamento. Después sólo abandonó el silencio cuando la ocasión lo requirió. Por ejemplo, para enfrentarse al hijo de Duras, Jean Mascolo, que pretendía editar un libro de recetas de su madre. El hijo biológico y el putativo se sacaron los ojos, hasta que el segundo consiguió que se prohibiera su publicación. Proscribir un libro es excesivo, le reprochó el periodista Bernard Pivot en su programa Bouillon de culture. “No cuando se trata de un mal libro”, respondió Andréa, obstinado protector de la herencia de Duras.


   Marguerite Duras fue extraña, inabordable, frágil y fuerte a la vez. Laure Adler, tal vez su mejor biógrafa, resumió así su existencia y su poética: «M. D. jamás dejó de ser una mujer sublevada, indignada, una apasionada de la libertad. Libertad política, pero también libertad sexual». Quizá por ello, M. D. siempre pareció auténtica, feroz y sensible, de una vitalidad desbordada que le podía conducir al desafuero y a la autoaniquilación.

Le camion (1977) The lorry directed by Marguerite Duras.






Jeanne Moreau - Indian song (Subtitulada por Alan Vitale) - Publicado en el año 1975

Tema principal de la película INDIA SONG - Interpretada por JEANNE MOREAU

Letra de MARGUERITE DURAS

Música de CARLO D'ALESSIO


https://www.youtube.com/watch?v=eKdN-DCB7G4
Quédate en casa con grandes escritores/Jacques Sagot (Marguerite Duras)


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