lunes, 5 de julio de 2021

HECHA AÑICOS (I y II)

 

 

HECHA AÑICOS (I y II)



    Sara tiene 39 años y padece SIDA desde hace once. Fue diagnosticada tras sufrir una neumonía que no cedía con los antibióticos convencionales y le estaba provocando tos y expectoración desde hacía semanas, además de dolor en el pecho y un cansancio que limitaba casi todas sus tareas, tanto en casa como en su recién estrenado trabajo de maestra y que era la ilusión de su vida.

   Tras atiborrarla a tratamiento sintomático para la tos y la fiebre y ante la persistencia de su malestar, el médico de primaria decidió enviarla a urgencias del hospital. En el área de urgencias, acompañada por su novio permaneció largas horas, a la espera de analíticas, radiografías, toma de muestras para análisis microbiológico y resto de exploraciones rutinarias. Su aspecto era de abatimiento, su rictus triste, facies emaciada y un tinte en la piel que daba una idea bastante clara de la gravedad del caso. Se procedió a su ingreso en la planta de medicina interna no sin antes consultar con el médico intensivista, habida cuenta del marcado deterioro físico y la baja saturación de oxígeno. 

   Permaneció ingresada durante unos interminables 39 días, “los mismos que años tiene”, comentó resignado Pedro, su pareja desde los 17 años. El diagnóstico al alta fue de Neumonía por Neumocistis Carinii. Iba a precisar un largo tiempo de recuperación, pero, lo peor vino cuando la Doctora Cava, mirando con dolor el informe impreso, que temblaba en sus manos sudorosas, leyó las malditas palabras Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida. El desconcierto se apoderó de Sara, miró a Pedro con ojos escrutadores y a modo de lamento dijo: “no es posible, si yo nunca…”, segundos después se derrumbó en la cama que había sido su “refugio” durante el interminable ingreso. 

    Las siguientes dos semanas fueron horribles, la tensión entre la joven pareja era indescriptible hasta que finalmente Pedro confesó entre lágrimas que, hacía un tiempo, mientras Sara preparaba las oposiciones que la tuvieron “encerrada” durante dos largos años, él realizó un viaje relámpago con sus amigos a Tailandia, para celebrar la despedida de soltero de su amigo Guille, -“pero prácticamente no hice nada, sólo tonteé con una chica en un local de alterne…”-, su rostro expresaba al mismo tiempo incredulidad, vergüenza, pero sobre todo sentimientos de culpa, sólo pudo meter la cabeza entre los hombros mientras Sara retiraba la suya y miró hacia la mesita de noche que había junto a la cama, de un súbito manotazo tiró al suelo el jarrón de tiernas margaritas que Pedro le había obsequiado esa misma mañana a primera hora, cuando las luces del alba empezaban a iluminar la calle. Las flores quedaron esparcidas inconexas por el suelo, entremezcladas con los trozos de cristal del jarrón hecho añicos y el agua que milagrosamente había pasado de ser transparente y pura a tomar un tinte rojizo que semejaba la sangre “dolorida” de la chica. 

    Aunque las fuerzas aún eran muy exiguas por la gravedad de su cuadro clínico, en un alarde de valentía y con voz ciertamente sonora, no exenta de asertividad y por qué no decirlo dolor, contrariedad y pena, invitó a “su chico” a que saliera de la habitación, quería asimilar en soledad el duro golpe recibido, nunca había dudado de él y tenía que meditar con serenidad sobre el camino a seguir, antes de tomar una decisión tan trascendental para su vida, máxime cuando sabía que el proceso de recuperación, si es que ésta había de producirse, iba a ser un calvario que a buen seguro él iba a suavizar con sus cuidados y mimos.

   Pasaron tres largos días con sus respectivas noches de duermevela, y, cuando conseguía conciliar el sueño tenía extrañas pesadillas de las que las más de las veces despertaba agitada y sudorosa, desorientada témporo-espacialmente los primeros segundos. Afortunadamente en un par de minutos su ritmo cardiaco iba disminuyendo hasta alcanzar la “velocidad de crucero” habitual, a ello contribuía significativamente el hecho de comprobar que todo estaba bien, que el contenido de sus pesadillas no iba con ella, eran percepciones oníricas delirantes que nada tenían que ver con su realidad, por desalentadora que fuera dada su fragilidad atribuible a esa enfermedad que no tenía que haberle llegado nunca.

   Cada vez tenía más claro que saldría adelante sola, debía prescindir de su compañero; Pedro no había jugado limpio y había que pasar página. Él insistía con llamadas y mensajes telefónicos, su propósito de enmienda parecía sincero, pero sus disculpas no eran suficientes, se había llegado a un punto de no retorno en la relación. Sara tenía reacciones ambivalentes cuando sonaba el teléfono, al principio estaba dubitativa ante la disyuntiva de contestar, hasta que decidió bloquear al que había sido el amor de su vida.

   La visita diaria de la Doctora Cava era un revulsivo para Sara, máxime cuando cada día le iba informando de la satisfactoria evolución, tanto en los parámetros analíticos como en las pruebas complementarias que periódicamente le hacían. La mejoría se reflejaba también en el rostro de la chica y en la gracilidad de sus movimientos al ir al baño o en los paseos por la planta de hospitalización. Ya no necesitaba la vía para la administración de goteros con antibióticos y el resto de fármacos que diariamente había necesitado. El estado de ánimo no evolucionaba tan bien, su labilidad emocional le jugaba malas pasadas y sin motivo aparente tenía episodios de llanto inconsolable. De ello se percató la Doctora Cava y una mañana, ya próxima al alta hospitalaria, vino acompañada por un colega del hospital, un psiquiatra de mediana edad, al que presentó como Doctor Rypff. Estuvieron hablando a solas cuarenta y cinco minutos y le anotó en una cuartilla su teléfono y una cita en las consultas de Psiquiatría del hospital. Sara quedó impresionada, por su sagacidad y su sentido del humor, bromista en ocasiones y asertivo y serio cuando el momento lo requería. No le dio ningún consejo concreto, pero sí le hizo ver su complicada situación desde otra perspectiva, se vio contagiada por el positivismo del galeno. El día del alta fue muy emotivo, vino a recogerla su hermana Eloísa, recién llegada desde Estados Unidos. El personal de enfermería, las auxiliares y el equipo de la Doctora Cava, ella incluida, le brindaron una despedida muy entrañable, que hizo que por su cara corrieran unas lágrimas de emoción que al principio le hicieron sentir avergonzada, pero que después le supieron a gloria. Su aspecto era deslumbrante, a pesar de su delgadez. Se puso un precioso vestido que guardaba en su armario y que no lucía desde el día de su graduación, fue lo único que pidió a Eloísa que le trajera de su apartamento. Una vez en el coche, de vuelta al hogar, habló con su hermana, a la que no veía desde la Navidad anterior, sin entrar mucho en detalles escabrosos referentes a la enfermedad, por aquello del estigma de una enfermedad, el SIDA, que todavía en esos años era considerada socialmente como una enfermedad de “depravados”. Tampoco le habló de Pedro, su ex-novio, y la hermana tuvo el detalle de no preguntar por él. En un alarde de sinceridad, que la hermana aceptó con entusiasmo, sí le dijo que un tal Dr. Rypff iba a iniciar con ella una terapia psicológico-psiquiátrica: - “Es muy atractivo…y parece saber lo que lleva entre manos…hermanita, ya sabes… Espero que me ayude a superar mi depresión y quién sabe, si me quita otras cosas”.

   Eloísa, de forma sarcástica, se limitó a decir: - “Con tanto parece saber, ya sabes y quién sabe, no sé qué va a resultar, ¿sabes? creo que empiezas, como siempre, a tener muchos pájaros en la cabeza, hermana mayor”.

Continuará.



 

1 comentario:

PEPE CHAWEN dijo...

MUY EMOTIVO Y A LA VEZ DESGARRADOR...