domingo, 30 de mayo de 2021

EL ESCORBUTO, MÁS LETAL QUE LA GUERRA

 

EL ESCORBUTO, MÁS LETAL QUE LA GUERRA



Las expediciones británicas tuvieron problemas hasta entrado el siglo XX. Las dos expediciones al Polo Sur de Robert F. Scott (1903 y 1911) sufrieron de escorbuto pero éste no lo incluyó en sus diarios, porque se asociaba, por esa relación equivocada con la suciedad y la vagancia, a un mal liderazgo. La expedición de Shackleton, esa gesta, un ejemplo de que se puede alcanzar la gloria en  medio del fracaso, también sufrió de escorbuto.

   Los síntomas más conocidos de esta enfermedad carencial son los relacionados con los problemas en la síntesis de colágeno, una proteína que forma el armazón de muchos tejidos. Estos síntomas incluyen manchas en la piel (petequias), problemas en las encías, pérdida de dientes, hemorragias o dificultades para la cicatrización de las heridas. Urdaneta, compañero de Elcano en la expedición de Loaísa escribe:

Toda esta gente que falleció (unos treinta desde la salida al océano) murió de crecerse las encías en tanta cantidad que no podían comer ninguna cosa y más de un dolor de pechos con esto; yo vi sacar a un hombre tanta grosor de carne de las encías como un dedo, y otro día tenerlas crecidas como si no le hubiera sacado nada.


GUERRA AL ESCORBUTO 

   Decía Stephen R. Bown que “el escorbuto causó más muertes en alta mar que los temporales, los naufragios, las batallas navales y todas las demás enfermedades combinadas. Los historiadores han aventurado la cifra prudente de dos millones de marineros fallecidos por el escorbuto durante la era de los grandes veleros. Esta época empezó con la travesía de Colón del océano Atlántico y terminó con el desarrollo de la propulsión a vapor y su adaptación a los motores navales, a mediados del siglo XIX. 

   Los marinos lo temían, así como los mercaderes de las Compañías inglesa y holandesa de las Indias Orientales, y a lo largo del siglo XVIII, también las fuerzas navales de las potencias europeas”.



 
   Hoy sabemos que el escorbuto es una avitaminosis debida a la falta de vitamina C; era común entre los marineros, ya que durante los meses que duraban las singladuras, éstos solamente se alimentaban de galleta, carne salada y licor, dieta que repetían por igual los hombres de mar de casi todas las naciones europeas. 

   A pesar de los síntomas definidos –palidez, manchas negras, halitosis, calambres, malestar, encías inflamadas, debilidad, etc.- en el siglo XVIII todavía no había sido identificada como enfermedad. Así que, siempre que un marinero se ponía enfermo durante un viaje, aunque presentara muy diferentes síntomas, se achacaba a la peste de las naos, como se le llamaba entonces.




   Referido a la aportación española en la lucha contra el escorbuto, en un reciente artículo de febrero de 2018, Agustín Ramón Rodríguez nos cuenta como en 1980, Don Julián de Zulueta y Cebrián, ilustre marino, publicó “La contribución española a la prevención y curación del escorbuto en la mar”,  que refiere cómo encontró en el Archivo de Indias de Sevilla la sensacional noticia de que el tratamiento con naranjas y limones era habitual a principios del siglo XVII tanto en el “Galeón de Manila” como en las flotas españolas de aquella época. En concreto cita que en la flota al mando de Don Francisco de Tejada de 1617-18 se embarcaron nada menos que 44 fresqueras de “agrios de limón”, cinco barriles de dicho “agrio” y una cantidad indeterminada de “jarabe de limón”. Y todo señala que tal práctica era normal, y desde hacía mucho, en los buques españoles que surcaban la “Mar del Sur”.  Por otra parte, y en época anterior, sabemos que Pedro García Farfán nacido en Sevilla en 1532 y muerto en Ciudad de México en 1604, estudió Medicina en las universidades de Salamanca y Sevilla en 1552 y posteriormente se trasladó a la Nueva España (actual México). Ejerció allí la medicina unos años. A la muerte de su mujer entró en la Orden de los Agustinos, la misma que Urdaneta, con el nombre de fray Agustín Farfán. En 1579 publicó un tratado de medicina donde se recomienda el uso de naranjas y limones para el tratamiento del escorbuto. Como recoge Agustín Ramón Rodríguez González, el descubrimiento con toda probabilidad le llegó a través de noticias desde Acapulco, base de partida y llegada del “Galeón de Manila”. La hipótesis más razonable que explique el por qué doscientos años más tarde los británicos Lind y Blane se apropiaran del descubrimiento del remedio es que los enormes problemas que se derivaban al tratar de conservar los cítricos y otras frutas y verduras frescas durante largas travesías se mostraron bastante complicados y quizás ello contribuyó a su olvido y abandono. 

LA SIDRA, MEDICINA DE LOS BALLENEROS VASCOS



Las pruebas de que los balleneros utilizaron sidra para abastecerse en sus viajes a Terranova están en las barricas encontradas en el pecio de la nao San Juan, descubierta en 1978 en Red Bay, Terranova. 


   Tenemos también referencias de los balleneros vascos de aquella época, cuya campaña duraba nueve meses, que incluían dos meses de ida hasta las costas de Terranova y otros dos de vuelta.  El viaje generaba innumerables peligros, incluido el escorbuto, “la peste del mar”. Para una empresa como la ballenera, el barco debía de ir muy bien provisto de alimentos ya que, en El Labrador, excepto pescado, algo de caza o algunas bayas, no había otra forma de conseguir provisiones. Los alimentos y provisiones que llevaban para el viaje consistían en trigo, tocino, habas, arvejas, aceite, mostaza, ajos, vinagre, sal (para la correcta conservación de las vituallas), bacalao, sardinas y bizcocho ó galleta (unas tortas duras de harina de trigo, duras, doblemente cocidas y sin levadura que duraban largo tiempo, por lo que se convirtieron en un alimento básico dentro de los buques). Llevaban también abundantes cantidades de sidra o vino. El problema del agua era que no se conservaba adecuadamente, lo que originaba multitud de enfermedades. Para ello, lo combatían bebiendo sidra en cantidades, al parecer, importantes.  La sidra, gracias al proceso natural de la fermentación de la fruta original mantenía las propiedades de las vitaminas y también evitaba la ingesta del agua en malas condiciones de salubridad. De este modo, conscientes o no, evitaban el mayor peligro de las grandes travesías marítimas, el escorbuto.  La sidra era la medicina de los marineros vascos, la pócima mágica gracias a la cual la tripulación se mantenía sana sin contraer dicha enfermedad. Las bodegas de los barcos iban repletas de barricas de sidra y se calcula que cada marino consumía una media de tres litros al día. Samuel Reason, describe el papel clave que tuvo la sidra en el éxito que tuvieron los marinos vascos en sus campañas como cazadores de ballenas o pescadores de bacalao lo largo de varios siglos. Los marinos vascos que habían hecho del Atlántico norte «su mar», y dominaron la caza de la ballena durante siglos, en sus travesías no sufrieron esa enfermedad ni sus terribles consecuencias.  La ingesta diaria de una importante cantidad de sidra les garantizaba las cantidades de vitamina C necesarias. Las pruebas de que los balleneros utilizaron sidra para abastecerse en sus viajes a Terranova están en las barricas encontradas en el pecio de la nao San Juan, descubierta en 1978 en Red Bay, Terranova. Este ballenero, de 200 toneladas, es un ejemplo de los primeros buques de carga transoceánicos que zarpaban del País Vasco hacia Terranova y un reflejo de la industria marítima vasca de la época. Hundido en las costas de Canadá, en el Labrador, a orillas del estrecho de Belle Isle, Red Bay fue una base marítima para los marinos vascos en el siglo XVI.  ¿Cómo pudieron perderse estos conocimientos? Pues porque, citando de nuevo a Agustín Ramón Rodríguez González, “A menudo en la Historia de la Ciencia y la Técnica se ha hablado del fenómeno de la “Prisca Sapientia”, o “sabiduría perdida”, de descubrimientos notables realizados en épocas antiguas que, por una razón u otra se perdieron o pusieron en discusión después, pero que la Ciencia y Técnicas modernas han reivindicado”.  Esperando que nuevos historiadores abunden en el tema y reivindiquen la aportación oficial de los españoles al tratamiento del escorbuto, vamos a centrarnos a continuación en la “historia oficial”.

 

EL ESCORBUTO, MÁS LETAL QUE LA GUERRA



   Gracias al excelente libro de Stephen R. Bown, “Escorbuto”, hoy nos hacemos una idea del alcance de este mal, que con el tiempo se convertiría en el mayor reto a batir por Inglaterra y Francia, potencias que, a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, pugnaban entre sí para lograr la hegemonía de los mares. En este sentido el autor canadiense escribe: “El registro anual de 1763 presentó las bajas entre los marineros británicos durante la Guerra de los siete años contra Francia: de los 184.899 hombres enrolados y reclutados para la guerra, 133.708 había fallecido de diversas enfermedades, principalmente de escorbuto. En comparación, sólo 1.512 hombres murieron en acción”.

   Datos como este, finalmente, convencieron a los hombres más influyentes de la Corona británica, de que, para hacerse con el control de los océanos y derrotar a Francia, antes que elaborar estrategias, lograr avances técnicos, promover el valor y entrenamiento de los hombres, había que derrotar al escorbuto. Al final lo lograron y esto, más que las genialidades de Nelson, tan jaleadas, dieron la primacía a la Royal Navy sobre la flota de Napoleón.

   La historia de cómo se llegó a la curación de la peste de las naos, entronca las investigaciones de un cirujano naval británico, James Lind, con el primer viaje de exploración por el Pacífico perpetrado por ese genio que fue el capitán James Cook. El primero dio con el remedio, consistente en la ingestión de cítricos, aunque no logró lo más importante: perpetuar su hallazgo. Con afán de minimizar las muertes durante su viaje de descubrimiento, Cook acertó cuando fichó como médico y naturalista de a bordo al botánico Joseph Banks, con el encargo de experimentar todos los remedios que hasta la fecha se vendían como posibles curas de la misteriosa enfermedad.

   A partir del siglo XVIII el mejor lugar para estudiar Medicina en Gran Bretaña era Edimburgo, pues el centro se nutría de profesores formados en la prestigiosa Universidad de Leiden, Holanda, a la sazón la mejor del mundo. Los alumnos de Edimburgo eran preparados para mantener un activismo científico y un método que era imposible en los meros cirujanos navales. Así que cuando James Lind, el joven hijo de unos comerciantes acaudalados de Edimburgo se alistó en 1739 como cirujano en la Marina inglesa, dada su preparación en la capital escocesa, superaba ampliamente lo que se suponía que tenía que saber un mero “saja muñones”.


James Lind - grabado de J. Wright (1783)


James Lind (1716-1794), médico escocés que desarrolló la teoría de que los cítricos podrían curar el escorbuto. Argumentó en favor de los beneficios de salud de mejor ventilación a bordo de los buques de guerra, la mejora de la limpieza de los cuerpos de los marineros, prendas de vestir y ropa de cama, fumigación y bajo cubierta con azufre y arsénico. También propuso que el agua dulce podría ser obtenido por destilación del agua de mar. 

   Lind aspiraba a más que a navegar de batalla en batalla, remendar hombres, verter serrín en los charcos de sangre y mandar abrir escotillas para airear las bodegas. Pero la oportunidad de investigar no se le mostró hasta 1747, cuando fue destinado a un barco, el HMS Salisbury, cuyo capitán, George Edgecombe, era un naturalista reconocido y veía con buenos ojos toda pulsión que pudiera redundar en el avance médico. Cuando la nave navegaba por el canal de La Mancha se desató el escorbuto; Lind había asistido a numerosos brotes de la peste de las naos, pero nunca había osado, frente a los habituales capitanes de la Royal Navy, experimentar con las posibles curas; pero sabía que en esta ocasión la situación era bien diferente. Al fin tenía su oportunidad. Con el permiso del capitán Edgecombe, Lind eligió a doce hombres entre los enfermos y los dividió en 6 parejas. A la primera pareja le administró un litro de sidra al día; a la segunda veinticinco gotas de elixir de vitriolo tres veces al día; la tercera pareja engullía dos cucharadas de vinagre tres veces al día; la cuarta recibía un cuarto de litro de agua de mar por día; a la quinta le fue administrada un par de naranjas y un limón diario por cabeza; y la sexta, al fin, debía tomar una pasta hecha a base de hortalizas y vegetales, como ajo, mostaza, etc.

    El resultado de este primer seguimiento controlado de la historia de la Medicina fue sorprendente en el caso de la pareja que tomaba cítricos, pues quedaron restablecidos en un lapso de tiempo corto; también los que tomaban sidra sintieron una clara mejoría. No así el resto, por lo que Lind consignó los resultados en sus informes de cirujano de a bordo. Pero lo que es más importante, fijó su método cuando inventó el rob, o concentrado de cítricos, que posibilitaba que estos se conservaran durante largas singladuras. Pero cuando tocaba ya la gloria médica, Lind cambió de rumbo. 

   Dejada atrás la época de la guerra, Lind se estableció en Edimburgo como médico y miembro del Real Colegio de Médicos; su prestigio era grande y trató de engrosarlo publicando en 1753 las conclusiones extraídas en sus experimentos a bordo del Salisbury bajo el título de Tratado sobre el escorbuto, con una investigación de la naturaleza, las causas y la cura de le enfermedad, junto con una visión crítica y cronológica de lo publicado sobre el tema.


James Lind y su Tratado sobre el escorbuto

   Esa “visión crítica” de los remedios que usaban para combatir al escorbuto otros colegas, al final echó al traste todo el trabajo del escocés. Porque muchos médicos eminentes se sintieron insultados y Lind, para lograr revertir el efecto de sus críticas y quedar bien con todo el mundo, terminó por renegar de sus propios postulados y dar por buenos las curas de otros, que, en realidad no eran tales. Para ello en la tercera edición de su libro, prácticamente se desdecía de todos sus postulados, tirando por tierra el trabajo de años. La valentía que había demostrado en su praxis médica, no la mantuvo a la hora de defender su trabajo, así que este quedó como uno más entre otros. Por lo menos fue nombrado Jefe médico del Royal Naval Hospital de Haslar, el más prestigioso del país, pero aquí acaba su aportación en la guerra contra el terrible escorbuto.


James Lind, el hombre que encontró la cura para el escorbuto

   Durante la Edad Media y la Edad Moderna, una de las enfermedades que afectaba con más frecuencia a los marineros era el escorbuto. Esta temida enfermedad podía llegar a ocasionar la muerte, ya que los síntomas que presentaba iban empeorando con el tiempo.

  Los marineros que eran atacados por el escorbuto empezaban a padecer diversas dolencias: Hemorragias, dificultad para cicatrizar heridas, debilidad, manchas en la piel, pequeñas verrugas, encías sangrantes... Todo ello combinado podía acabar con la vida de un hombre en apenas un mes de enfermedad sin tratamiento.

   Como todos sabréis ya, el causante de esta enfermedad era la falta de vitamina C, la cual escaseaba en las largas travesías marítimas. Las frutas y verduras frescas, principales portadoras de la vitamina en cuestión, no formaban parte de la dieta habitual en los grandes viajes a través del Atlántico. Esta escasez de vitaminas y la mala calidad de vida en general que padecían los marineros convertían al escorbuto en una enfermedad habitual.

   Pero, ¿quién se dio cuenta de que la vitamina C era la causa y, al mismo tiempo, solución de esta enfermedad? El responsable de este descubrimiento que salvó miles de vidas fue James Lind, médico escocés que pertenecía a la Armada Británica. Antes de que él llegara y encontrara la solución, los marineros atribuían la enfermedad a todo tipo de causas disparatadas: El frío del océano, la sangre corrompida, las maderas enmohecidas... Por supuesto, ninguna de esas hipótesis era cierta, y, por tanto, tampoco se conocía ninguna cura (se había probado desde hacer sangrías hasta tomar grandes dosis de café). La impotencia de los médicos ante tal enfermedad era total. Lind solía decir que el escorbuto podría llegar a causar más muertes en la flota británica que los ataques de franceses y españoles (este dato no está comprobado, pero sirve para hacerse una idea del terror que causaba la enfermedad).

  Pero volvamos de nuevo a la vida de James Lind. Había nacido en Escocia, en el año 1716, y desde muy pronto tuvo afición por la medicina: Había ayudado a otros cirujanos como aprendiz y, más tarde, había estudiado para ser médico en la universidad. Con 23 años empezó a ejercer como cirujano en la marina inglesa y viajó por todo el Mediterráneo y las costas africanas, por lo que conocía a la perfección las enfermedades que surgen en el mar.

  En un primer momento, las investigaciones de Lind se basaron en las enfermedades venéreas, para las cuales publicó una tesis e investigó intensamente. Sin embargo, durante una travesía marítima, pudo presenciar un hecho que cambió el rumbo de su investigación: Su barco sufrió un brote de escorbuto y, de los 350 marineros que habían sido afectados, sólo llegaron vivos a tierra 80 de ellos. Tras este hecho traumático, empezó a preocuparse cada vez más por el escorbuto y decidió ser el encargado de curar a los marineros en el próximo brote de la enfermedad. Y así fue. Unos meses más tarde, recibió a 12 marineros gravemente afectados de escorbuto. Era el momento ideal para hacer sus experimentos, así que empezó a aplicar distintas dietas para ver si influía en el desarrollo de la enfermedad. En su diario médico anotó lo siguiente:

  "Todos tenían las encías podridas, manchas en la piel, laxitud y debilidad de las rodillas, y tuvieron la misma dieta: Gachas endulzadas con azúcar, caldo de cordero, budines, galleta cocida con azúcar, cebada, arroz, pasas, sagú y vino. Dos de estos enfermos recibieron diariamente, de forma extra, un cuarto de galón de sidra tres veces al día, otros dos tomaban 2 cucharadas de vinagre tres veces al día. Dos de los más graves recibían media pinta de agua de mar. Otros 2 recibían 2 naranjas y un limón por día. Dos más recibían 25 gotas tres veces al día de elixir de vitriolo. Los dos enfermos restantes tomaban semilla de nuez moscada tres veces al día y una mezcla de ajo, semilla de mostaza, bálsamo del Perú y resina de mirra"

  Evidentemente, los enfermos que recibieron una dosis extra de naranjas y limones, cítricos con alto contenido en vitamina C, se recuperaron a una velocidad asombrosa. De hecho, uno de ellos estaba perfectamente curado y listo para volver al trabajo en sólo seis días. Por poner un ejemplo, el limón posee 501,6 mg/L de vitamina C, y cualquier otra fruta similar tendrá un contenido parecido.

  A pesar de que una gran parte de animales y plantas son capaces de sintetizar por sí mismos la vitamina C, el ser humano es incapaz de lograrlo, ya que carece de la enzima necesaria para su síntesis.  A pesar de que James Lind no fue el primero que sugirió la ingesta de frutas frescas como prevención y remedio para el escorbuto, fue el primero en demostrar científicamente su eficacia mediante el experimento comentado anteriormente. Tras hacer este descubrimiento, Lind dejó de viajar e instaló una consulta médica en tierra. Durante ese período, escribió su estudio final sobre el escorbuto, "Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto", el cual publicó en el año 1753.

   Por desgracia, la marina inglesa ignoró completamente este estudio, que cayó en el olvido durante largo tiempo. "La peste del mar", que así era como la llamaban los ingleses, siguió siendo algo incurable. No fue hasta el año 1794 (cuarenta años más tarde de las publicaciones de Lind) cuando un segundo experimento confirmó los beneficios de la vitamina C no sólo como cura, sino también como método preventivo: La embarcación Suffolk, dirigida por el almirante Alan Gardner, puso en marcha una dieta basada en grandes dosis de frutas frescas a lo largo de un viaje de 23 semanas hacia la India. En estos viajes de tan larga duración, era prácticamente inevitable que surgiera un brote de escorbuto; sin embargo, gracias al uso del zumo de limón en la dieta de los marineros, la travesía finalizó sin ningún afectado. Desde ese día, el uso de jugo de limón y naranja fue algo casi obligatorio en cualquier embarcación de la marina inglesa, que acabó reconociendo el trabajo de James Lind.

   El doctor Lind murió en el año 1794, dejando tras de sí el remedio para una de las enfermedades más devastadoras de los marineros. Pero eso no fue lo único que hizo para mejorar los viajes marítimos. James Lind mejoró notablemente la calidad de vida de los marineros, que vivían en un medio sucio y hostil: Logró que se les concediera una ropa adecuada y seca, presionó para que se realizaran fumigaciones y limpiezas en los barcos...


Albert Szent-Györgyi, descubridor de la Vitamina C


   Y más importancia tiene su descubrimiento si tenemos en cuenta que, en su época, todavía no estaba descubierta la vitamina C. Elaboró toda su teoría basándose en sus experimentos. El descubridor de esta vitamina fue el húngaro Albert Szent-Györgyi. Este científico (ganador de un premio Nobel) fue el que finalmente confirmó, en la primera mitad del siglo XX, los experimentos de Lind mediante sus estudios sobre la vitamina C y su relación con el escorbuto. A día de hoy, gracias a los precisos y sólidos argumentos de Lind y a la confirmación "completa" por parte de Albert, el escorbuto es una enfermedad mucho menos temida y más fácil de tratar.

 

JOSEPH BANKS, EL “ANTÍDOTO” DE JAMES COOK CONTRA EL ESCORBUTO

   El siguiente asalto de esta lucha por atajar el mal, se lo debemos al prestigioso explorador y navegante James Cook, elegido por la Corona británica para comandar un viaje de exploración al Pacífico. Hoy sabemos que Cook, hasta que fue asesinado por los nativos de Hawai, navegó durante once años, llenando casi todas las áreas desconocidas que quedaban en las cartas navales. Su papel en esta historia tuvo lugar en su primer y más productivo viaje (1768-71) que le llevó a dar la vuelta al mundo a bordo del mítico barco Endeavour, además de explorar Tahití, Nueva Zelanda y la costa este de Australia.

   Cook, que, dada su larga carrera marítima, conocía muy bien los efectos del escorbuto, estaba decidido a minimizar lo máximo posible las bajas por esta y otras enfermedades; dio órdenes estrictas en el plano de la higiene, y encargó probar una serie de antiescorbúticos al naturalista y botánico de la expedición, el aristócrata Joseph Banks. Educado en Eton y Oxford, centros elitistas por antonomasia, Banks basculó pronto hacia la botánica, la ciencia que más le interesó, junto a la geografía; era un admirador sin condiciones y amigo de Linneo, y embarcó al sueco Solander, uno de los alumnos del botánico de Uppsala, en el Endeavour para que le sirviera de ayudante. Juntos dieron al primer viaje de Cook una dimensión científica que no tuvieron los otros dos.      

   Descubrieron y trajeron a Europa numerosas plantas desconocidas, como el eucalipto, las mimosas, las acacias, etc., tantas que Linneo denominó un género vegetal como banksia, en honor al inglés. También se le debe a Banks el nombre que Cook le puso a una de las bahías exploradas en el oriente australiano, Botany bay, o Bahía de los botánicos.

   El último viaje de exploración que hizo, al que también le acompañó Solander, fue a Islandia, aunque después prefirió, como rico y baronet que era, dedicarse a la planificación de expediciones. Joseph Banks llegó a ser   Presidente de la Royal Society y fundador y presidente de la African Association; y, como tal, cerebro planificador e impulsor de las más prestigiosas expediciones de exploración por todo el mundo. Fue el responsable del envío de toda la saga de pioneros a cartografiar el curso del río Níger, una auténtica epopeya; pero también parten de él otros viajes famosos, como el perpetrado por Franklin al Ártico en busca del paso del noroeste, que acabó en desastre, y el del capitán William Bligh en busca del árbol del pan, que terminó en el muy literario y cinematográfico Motín del Bounty.

   Cook había ordenado a Banks embarcar todos los remedios con que los distintos médicos trataban el escorbuto, entre los que sobresalían la col fermentada y el rob de Lind, que el botánico guardaba bajo llave en una alcancía. Cuando, tras dejar atrás Tahití, se declaró a bordo el escorbuto, Banks aplicó los distintos productos con un resultado mediano. Los hombres, a los que no se perdía ocasión de alimentar con verduras frescas en las recaladas que se hacían, sin embargo, se mantuvieron con vida que no es poco. Banks, que también estaba enfermo, tal vez por intuición, probó el rob consigo mismo, por lo que se repuso del todo al poco tiempo.





   La puntilla al escorbuto, al final, se la dio un caballero y médico formado en Edimburgo llamado Gilbert Blane; elegido médico jefe de la flota británica aplicó las recomendaciones higiénicas de Cook y Lind, y, lo que supuso el mayor avance, ordenó embarcar en todas las naves el milagroso elixir del rob de cítricos. Gracias ello, a principios del siglo XIX, los británicos, que minimizaron las tremendas bajas que producía la peste de las naos, pudieron imponer el bloqueo naval a los franceses y derrotar a Napoleón, cuya flota seguía padeciendo la enfermedad. Como dijo el explorador S.R.Dickman –frase recogida por S.R.Bown en su obra- “se puede afirmar que el Imperio británico nació de las semillas de los cítricos”.

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El escorbuto: la pequeña gran historia de una

enfermedad terrible



  En la época durante la que se desarrolla nuestra pequeña gran historia, los médicos y sus ayudantes eran muy poco respetados dentro de la jerarquía naval y las autoridades no le prestaban demasiada atención a la salud de los tripulantes ni comprendían o apreciaban del todo la utilidad de la presencia médica a bordo de las grandes embarcaciones.

  Mientras duraba la travesía, al ayudante del médico le tocaban todas las tareas más arduas e ingratas. Él era quien se encargaba de hervir las gachas y el agua de cebada, lavaba las toallas y las vendas, mezclaba y aplicaba la escayola, rellenaba y transportaba los baldes de agua para los pacientes, limpiaba la enfermería y a menudo le tocaba vaciar los cubos usados para recoger las deposiciones. Estaba a la entera disposición del médico naval las veinticuatro horas del día. También era tarea suya despertar a los enfermos cada mañana.

 La enfermería era una celda húmeda, atestada, con un olor nauseabundo, situada debajo de la línea de flotación del barco. Los aires fétidos se acumulaban y la única iluminación provenía de unas pequeñas lámparas. Los pacientes yacían suspendidos en hamacas dispuestas en varias filas, con poco más de dos palmos entre uno y otro. Cuando las condiciones del mar estaban revueltas, solían golpearse entre sí.

  Nuestro héroe, el médico escocés con el que finalizábamos la entrada anterior, James Lind, tenía más vocación de médico que de cirujano, y su mayor interés era la comprensión de las causas y los remedios de la enfermedad, incluso por encima del tratamiento de las secuelas físicas propiamente dichas. A finales de 1746, Lind entregó sus diarios médicos y quirúrgicos y aprobó el examen de cirujano. Le ascendieron a ocupar plaza en el HMS Salisbury, que patrullaría el canal de la Mancha y el Mediterráneo.

   Como médico naval, se le ocurrió un plan sorprendente para afrontar el escorbuto, que refleja su mentalidad práctica y analítica. Lind hizo gala de una asombrosa originalidad y una capacidad admirable de superar los confines del pensamiento preponderante de la época (dominado por una jerga rimbombante, pedante y sin mucho sentido ni valor científico), al diseñar un experimento para probar y evaluar la efectividad de los antiescorbúticos habituales. Tuvo suerte de que el capitán del Salisbury, George Edgecombe, fuera miembro de la Academia Británica de las Ciencias, la Royal Society, y compartiera su interés científico.

   El 20 de mayo, con la complicidad de un capitán de mente abierta, aunque no necesariamente con el de sus pacientes, Lind apartó y aisló a doce marineros con síntomas avanzados de escorbuto y diseñó un régimen alimenticio común para todos ellos. Durante un lapso de dos semanas, dividió a los marineros escorbúticos en seis parejas y complementó el régimen alimenticio de cada pareja con varios remedios y alimentos antiescorbúticos. Este experimento fue una de las primeras pruebas controladas de la historia de la medicina o de cualquier rama de las ciencias clínicas. Los dos afortunados que habían recibido las naranjas y limones se habían recuperado casi por completo cuando se terminaron las raciones de fruta, al cabo de una semana. Los que habían consumido sidra también respondieron favorablemente, pero al cabo de las dos semanas no habían recobrado fuerzas suficientes para regresar a sus labores. Investigadores modernos han demostrado que la sidra contiene pequeñas cantidades de ácido ascórbico y puede servir de medida preventiva, especialmente si no está demasiado purificada, pasteurizada o se ha conservado durante un período muy prolongado. Su conclusión fue que los efectos más benéficos e inmediatos se lograron mediante el uso de naranjas y limones. Estos cítricos fueron el remedio más efectivo contra la enfermedad en alta mar.

  A pesar de las conclusiones de James Lind, años más tarde aún se seguía afirmando que el agua de mar era un remedio efectivo y viable para el escorbuto, según artículos publicados por varios médicos profesionales de la época. Sin embargo, el experimento de Lind había demostrado sin lugar a dudas que no tenía efecto alguno. El elixir de vitriolo era el medicamento antiescorbútico más habitual empleado por la Armada Británica en aquellos tiempos, de modo que el resultado obtenido por el doctor escocés que demostraba su ineficacia fue todo un logro. Lind empezó a escribir un ensayo sobre las pruebas realizadas a bordo del Salisbury, con sus comentarios sobre el escorbuto. Con el tiempo, se decidió a convertir el ensayo en un libro completo que se publicaría en Edimburgo en el año 1753.

   Como ya hemos dicho, Lind tenía un interés evidente en la medicina preventiva, más que en la curativa; su argumento era que, si se podía prevenir una enfermedad, ya no haría falta curarla. No cabe duda de que gran parte de lo que habían escrito los pensadores médicos hasta la fecha eran disparates, que no podían basarse más que en las opiniones personales o las modas. La crítica realizada por Lind de la abundancia de teorías descabelladas fue una reconfortante innovación, que contrastaba con el embrutecedor empecinamiento del pensamiento médico de la época, mientras que la insistencia del médico escocés en la necesidad de obtener pruebas antes de aceptar la validez de una teoría debería haber sido la norma a seguir.

   A pesar de todo lo razonable y lógica que nos pueda parecer en los tiempos actuales la forma de proceder de Lind, lo cierto es que su teoría acerca de cuáles eran las causas reales del escorbuto resulta tan absurda y descabellada como cualquiera de las que había criticado él mismo con tanta elocuencia. La base de su compleja y rebuscada hipótesis era que el escorbuto se debía al taponamiento de la transpiración natural del cuerpo, lo que provocaba un desequilibrio en la alcalinidad del organismo. Lind aseguró que este desafortunado desequilibrio se debía a la humedad que prevalecía en alta mar y a bordo de los buques. De haber sido otro médico quien hubiese propuesto esta teoría, es más que probable que Lind la hubiese descartado como un montón de tonterías sin sentido. Sin embargo, cabe también la posibilidad de que se sintiera en la obligación de "producir" una teoría rimbombante para que la propia comunidad científica dominante le tomara en serio, dado el lenguaje complejo e impreciso que ésta empleaba, como ya dijimos más arriba.

   Las contradicciones en los argumentos y las explicaciones de Lind eran evidentes y flagrantes. Afirmaba que cualquier ácido poseía la capacidad de curar el escorbuto, a pesar de que sus propias pruebas y resultados habían demostrado fehacientemente que tanto el vitriolo como el vinagre no tenían el menor efecto sobre los pacientes escorbúticos. Aunque Lind había dado con el remedio para la enfermedad, fue sencillamente incapaz, bien por falta de recursos, de conocimiento o de contribuciones científicas de sus coetáneos, de deducir la causa real de la enfermedad. Su práctico remedio se perdió entre las nubes de teorías, incluida la suya. En los años que siguieron a la publicación del tratado de Lind, se publicaron varias obras de otros médicos que contradecían directamente sus recomendaciones, incluso en cuanto al remedio a emplear. Había doctores más respetados que él y con una mayor influencia y todo ello, en una época en la que el estatus social y la autoridad estaban por encima de la valía profesional y la ciencia, constituía un impedimento para el éxito de cualquier teoría medianamente heterodoxa basada en pruebas y evidencias empíricas. Los contactos influyentes jugaban un papel decisivo en la aceptación de las teorías y Lind jamás fue elegido miembro de la Royal Society. Tampoco ayudaba demasiado la falta de canales de comunicación, haciendo difícil que incluso los miembros informados de la comunidad científica confiaran en los hallazgos de sus compañeros. No existía publicaciones científicas con un sistema fiable de revisión, ni conferencias, ni muchos intentos de confirmar las teorías mediante reproducción de los experimentos. No debe extrañar, entonces, que durante bastantes años después de la publicación del tratado de Lind, el escorbuto continuase constituyendo un problema muy grave.

   Lind había reconocido de forma certera que la falta de alimentos frescos estaba directamente relacionada con el escorbuto, pero, al mismo tiempo, también recomendó mejorar la calefacción, las horas de descanso y la ventilación a bordo, medidas que habrían beneficiado a los marineros en general y reducido el consumo de ácido ascórbico de sus organismos, como hoy sabemos muy bien. Como medida más significativa, Lind defendió un período de cuarentena para los marineros recién enrolados y para los que procedieran de la cárcel, a fin de evitar que los nuevos reclutas llevaran a bordo enfermedades infecciosas y pudieran contagiarse. También sugirió que la práctica de embarcar el doble de los tripulantes necesarios para maniobrar la embarcación contribuía a la mortandad por enfermedades infecciosas.


   Finalmente, en 1758 fue nombrado director médico del Royal Naval Hospital en Haslar, el mayor y más moderno centro médico del país. Por lo general, los marineros escorbúticos ocupaban una tercera parte de las salas de Haslar, pero durante algunos períodos determinados llenaban casi todo el hospital. Durante la Guerra de los Siete Años y la Guerra de la Independencia norteamericana, Lind atendía entre trescientos y cuatrocientos pacientes de escorbuto por día, en ocasiones muchos más.

   Lind desarrolló un método para evaporar el agua del zumo recién exprimido y crear un concentrado que se podría guardar a bordo con una mayor comodidad. Lind jamás sometió su rob a un régimen de pruebas, de nuevo contradiciéndose a sí mismo con la idea que mantenía en lo referente a no utilizar nada cuyo efecto no hubiese sido probado y demostrado de forma práctica. Desafortunadamente, Lind no comprendió la naturaleza caprichosa del ingrediente clave, el ácido ascórbico, y sus intentos de conservar la fruta y las hortalizas en escabeche, mediante la evaporación o la ebullición destruyeron las propiedades antiescorbúticas existentes antes de la conservación. Hubo que esperar hasta nada menos que 1951, cuando R.E. Hughes llevó a cabo un experimento que demostraba que, aunque las uvas espinas frescas contenían unos cincuenta o sesenta miligramos de ácido ascórbico por cada cien mililitros (más aún que el zumo de limón recién exprimido), su contenido en vitamina C se reducía prácticamente a cero tras calentar la fruta y conservarla durante apenas treinta días.

   A pesar de que el rob, o concentrado de limón de Lind, recién preparado, contenía una gran cantidad de la preciada vitamina, de unos doscientos cuarenta miligramos por cien mililitros, ya había perdido la mitad del ácido de los limones empleados para prepararlo. Es decir, de no haberlos convertido en rob, la misma cantidad de limones habría contenido casi quinientos miligramos por cien mililitros. Después de un mes de conservación, tan sólo permanecía poco más de diez por ciento del ácido ascórbico, dejando el concentrado con la misma cantidad que un solo limón fresco.

   En la década siguiente, la de 1760, se había llegado a una especie de consenso entre los profesionales de la medicina naval de que gran parte de los remedios establecidos contra el escorbuto, como el untar pasta de mercurio en las heridas abiertas, el consumo de ácido sulfúrico como suplemento alimenticio, añadir ácido clorhídrico al suministro de agua potable, o incluso la más respetada de todas las panaceas, la sangría, no estaban contribuyendo en nada positivo al debate. En el año 1764, tras varias décadas en las que se publicaron tratados, estudios, ensayos y proclamaciones sobre el escorbuto, sus causas y sus remedios, y tras varios experimentos en los hospitales navales de Haslar y Plymouth, que no brindaron resultados concluyentes, el Ministerio de Marina Británico propuso evaluar los antiescorbúticos en alta mar.



   El Almirantazgo encargó a John Byron el mando de un navío que realizaría labores de exploración en el sur del Pacífico, a la vez que se controlarían los efectos de las provisiones frescas sobre la incidencia del escorbuto entre los tripulantes. Byron encargó coclearia y cocos para la tripulación y él aseguraba que, aunque la primera había resultado tremendamente útil, los segundos les habían salvado de una muerte segura.

   En 1772, cuando se publicó la tercera y última edición de su tratado sobre el escorbuto, James Lind tenía cincuenta y seis años. El exceso de trabajo y la falta de resultados concretos en sus pertinaces intentos de comprender la enfermedad le habían hecho perder toda esperanza de desenmarañar el misterio.  Aunque sabía que las verduras frescas y los cítricos curaban la dolencia, jamás concluyó que la falta de estos productos fuera su causa. Nunca creyó que el escorbuto fuera una enfermedad de carencia y jamás comprendió por qué las verduras y los cítricos resultaban beneficiosos, llegando incluso a criticar a la única persona que había entendido y concluido que el escorbuto se debía a una carencia en la dieta: Johan Friedrich Bachstrom.

   Lind acabó sabiendo menos sobre el escorbuto que cuando no era más que un modesto médico naval, a bordo del Salisbury. Sin embargo, esta falta de experimentos científicos rigurosos y precisos debe interpretarse en su justa medida. Al fin y al cabo, la forma de pensar y actuar de James Lind era un mero reflejo de la sociedad y pensamiento de su época. Ni siquiera él pudo escapar por completo de las modas médicas y científicas del tiempo que le tocó vivir.



VITAMINA C y la Enfermedad de los Marineros

Escorbuto, azote de los mares

La enfermedad, por la falta de vitamina C, causaba alucinaciones a los marinos. El aroma de una flor podía casi matarlos


   Estos días de confinamiento en un espacio reducido (la casa de cada uno) y con un virus al acecho me han llevado a pensar en el escorbuto, el gran azote durante la época de los grandes viajes transoceánicos, más letal entre los marinos que cualquier otra dolencia, pues brotaba con tal saña en los barcos que los armadores ya daban por sentado que perderían a la mitad de la tripulación en el periplo. Se calcula que dos millones de hombres de mar fallecieron entre 1400 y 1800 a consecuencia del mal, ocasionado por la carencia de fruta y vegetales frescos. En aquel tiempo se creía que el escorbuto era contagioso; lo llamaban “la enfermedad de la nostalgia”.

   Solía irrumpir en los navíos a los tres meses de travesía, cuando la marinería, sin atracar en puerto alguno, debía subsistir a base de alimentos en conserva -ahumados, salazones, curados-, carentes de vitaminas. Diezmó la dotación de Cristóbal Colón en su segundo viaje. Vasco de Gama perdió a su hermano por ella. Y la expedición Magallanes-Elcano, la primera en circunnavegar el globo (1522), sufrió gran menoscabo por la falta de ácido ascórbico. No fue hasta 1753 cuando el médico escocés James Lind observó que el consumo de naranjas y limones tenía una “ventaja peculiar” como remedio contra la enfermedad. Nadie tenía entonces la más remota idea de lo que era la vitamina C.

    El síntoma más temprano era la letargia, un dejarse arrastrar por la blandura. Sobrevenían después la palidez, los ojos hundidos, la putrefacción de las encías y un progresivo deterioro físico que nos ahorraremos precisar, aunque llama poderosamente la atención que viejas heridas de guerra se reabrieran y que los huesos rotos volvieran a tronzarse en el mismo punto de soldadura. Los hombres, además, comenzaban a desarrollar comportamientos extraños. Cuentan las crónicas que, en su segundo viaje, barriendo el círculo polar antártico, el navegante James Cook se quedó en éxtasis al observar el brillo de la luna sobre el hielo que había cristalizado en las jarcias, hasta que, en un golpe de lucidez, reparó en que aquella belleza que lo había mantenido hipnotizado podía en verdad desequilibrar el barco por el peso añadido en el caso de un embate repentino de las olas.

   Desde la placidez de la distancia en el tiempo, los efectos psíquicos del escorbuto sobre el cerebro estremecen por su carga poética. Los sentidos se exacerbaban. La arpillera se transmutaba en terciopelo al tacto. Los sueños, centrados sobre todo en la comida, resultaban tan vívidos que aquellos aguerridos lobos de mar se deshacían en llanto al despertar ante sus escudillas vacías. Por eso, por las lágrimas y la volubilidad, se creía en la nostalgia del hogar como causa. El marino, llamárase Rodrigo de Yñiguez, en un galeón español, o John Huggit, en un bergantín pirata, sufría alucinaciones, y podía muy bien suceder que, acodado en las amuras, distinguiese entre la espuma del oleaje la amenaza de un monstruo marino o bien los senos incitantes de una sirena. Jonathan Lamb asegura en ‘Scurvy: The Disease of Discovery’ que les resultaba imposible compartir la experiencia, que el escorbuto cercenaba el sentido de comunidad. Cada uno de ellos creía estar solo en su angustia.

   Los Johns y los Rodrigos ignoraban, además, que eran ya inmunes a otras enfermedades, como el sarampión y la viruela, que causaron estragos entre las poblaciones indígenas. Pobres hombretones; el escorbuto hacía que, en el desembarco, el aroma de una flor les resultase insoportable, casi letal, por su voluptuosidad.


LAS AFTAS DE JUAN, Y SUS VISIONES...   

   En mi época de residente de segundo año de psiquiatría, hace más de dos décadas, me hicieron una interconsulta desde el servicio de Medicina Interna para valorar a un paciente de mediana edad que, además de presentar un importante deterioro físico (estaba pálido y desnutrido), tenía episodios de confusión y agitación, con fenómenos alucinatorios e ideas delirantes de perjuicio y envenenamiento centradas en los familiares y el personal sanitario. Aunque mi experiencia era limitada por mi juventud, el paciente no tenía aspecto de presentar una psicosis primaria y así se lo hice ver al adjunto de M.I. que me interpeló. No obstante, propuse un tratamiento psicofarmacológico para disminuir la hostilidad y mejorar el ritmo de sueño, según su hermana, apenas había pegado ojo las tres últimas noches, y también para controlar los síntomas psicóticos que le angustiaban sobremanera. Cuando regresaba a mi Unidad de Psiquiatría, casualmente me encontré con un internista veterano por el que he sentido siempre una admiración especial, V.C., es un gran hombre y un gran médico, ya jubilado hace años, un humanista sabio de los que ya no abundan en la clase médica "moderna", tan entregada a la Medicina Basada en la Evidencia y los Estudios Randomizados Doble Ciego, que desdeñan a los compañeros veteranos que no están tan al día de los últimos artículos del American Journal ni de las modernísimas Guías de Práctica Clínica, pero que, en contrapartida, atesoran una experiencia y un saber especial a la hora de contactar con los enfermos y sus familiares, siendo capaces de obtener una información crucial que a los más jóvenes se escapa, simplemente hablando con ellos y con una exploración física básica, sin tantas analíticas o exploraciones complementarias supersofisticadas y costosas, a veces innecesarias. 

   El caso es que, acordándome del paciente que curiosamente estaba en su servicio, le pedí que le echara un vistazo, a lo que accedió al momento, pidiéndome que le acompañara. La procastinación no va con el Dr. V.C. y su amabilidad es siempre exquisita. Entramos en la habitación, saludó por su nombre al paciente y pidiendo al familiar que levantara la persiana para mejorar la iluminación de la sala, observó desde cerca a Juan, apenas le hizo unas preguntas y me pidió que le acompañara a su despacho. Mi perplejidad fue evidente cuando me dió su opinión diagnóstica y pidió a la enfermera que le trajera la Historia Clínica, apuntando en la hoja de tratamiento (entonces la historia se hacía en papel y no estaba informatizada), a base de Vitamina C en pastillas efervescentes, amén de introducir el zumo de cítricos en la dieta. ESCORBUTO, el paciente tenía escorbuto.  Para D.Vicente no había duda, sólo con mirar las aftas ensangrentadas de sus encías y las manchas oscuras en la piel, amén de las respuestas que Juan dio al requerirle que explicara sus hábitos alimenticios de los últimos tres meses: llevaba mucho tiempo bebiendo leche de brick que él mismo se abría y comía a base de latas con carne o pescado en conserva. 

   A los pocos días de iniciar el "complicadísimo" tratamiento pautado, el paciente mejoró espectacularmente, tanto en su estado físico como mental, dejó de agitarse por las noches y de día recuperó su hábito de leer el periódico. Ni la hermana ni yo dábamos crédito a una evolución tan espectacular, Juan volvió a ser una persona amable y ocurrente, ya no temía que se le engañara con la comida o que nadie quisiera hacerle daño, ni volvió a tener las amenazantes alucinaciones de unas semanas atrás. Al comprobar que los resultados de las analíticas y otras pruebas solicitadas daban dentro de la normalidad, fue dado de alta por el mismísimo Dr. V.C. para inmediatamente, dirigiéndose a mí y estrechando mi mano me dijo: "Hasta la próxima Dr. Rypff, será un placer". Me abstengo de hacer más comentarios.



COMPRIMIDOS | Escorbuto

¿Por qué a los MARINEROS BRITÁNICOS se les llama “LIMEYS”?

El escorbuto, es una enfermedad causada por una deficiencia de ácido ascórbico en la dieta. Vamos, lo que se conoce como falta de “Vitamina C”. Y esa enfermedad lleva entre nosotros miles de años.

Pero, ¿por qué se relaciona directamente el escorbuto con las expediciones y exploraciones marítimas entre los siglos XV y XVIII? Pues sencillamente porque era la principal causa de mortalidad entre los marinos. Una causa mucho mayor que los fenómenos meteorológicos, los hundimientos o, incluso, las guerras.

Y para explicar todo esto, hablaremos de los marineros británicos y el por qué se les llama "Limeys".



 


Ghost - Opus Eponymous(Full Album)

 


Eskorbuto - Historia Triste (subtitulada)

 

Eskorbuto - Eskizofrenia (Full Album remastered 

1. INTRODUCCIÓN (SONIDOS DE LA GUERRA) 00:00

2. LA INCREÍBLE VIDA DE UN SER VULGAR 2:43

3. RATAS RABIOSAS 4:33

4. CUALQUIER LUGAR 6:42

5. MIERDA, MIERDA, MIERDA 8:06

6. ROGAD A DIOS POR LOS MUERTOS 9:43

7. EXTERMINIO DE LA RAZA DEL MONO 13:17

8. ANTES DE LA GUERRA 16:00

9. SOCIEDAD INSOCIABLE 17:11 

10. OS ENGAÑAN 19:45

11. MUCHA POLICÍA, POCA DIVERSIÓN 21:28

12. ¡ON NO! POLICÍA EN ACCIÓN 23:03

13. NADIE ES INOCENTE 25:58

14. BUSCO EN LA BASURA 27:50

15. ESKIZOFRENIA 29:53

16. CRIATURAS AL PODER 31:33

17. ¿DONDE ESTÁ EL PORVENIR? 33:29

18. RATAS EN BIZKAIA 35:35





   

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