viernes, 15 de abril de 2022

SENDEROS DE GLORIA: EL ALEGATO ANTIBÉLICO POR ANTONOMASIA. KANT Y LA PAZ PERPETUA

 

 

SENDEROS DE GLORIA: EL ALEGATO ANTIBÉLICO POR ANTONOMASIA


“Los senderos de gloria no conducen sino a la tumba” (The paths of glory lead but to the grave)

Thomas Gray

  

    Stanley Kubrick encontró en el libro de Humphrey Cobb “Senderos de Gloria” (1935), la inspiración para la que es, sin duda, su mejor película. Sacar adelante el proyecto no resultó sencillo ya que el guion, escrito a seis manos por Jim Thompson, Calder Willimgham y el propio Kubrick, fue rechazado por los diversos estudios a los que se ofreció. Por suerte acabó en las manos de Kirk Douglas que, a través de la productora que había fundado con el nombre de su madre Bryna, e involucrando a la United Artists, logró la financiación mínima para poder rodar la película. Poco menos de un millón de dólares. 

   “SENDEROS DE GLORIA” es posiblemente el mejor alegato contra la guerra que jamás se ha rodado, e inspirándose en un caso real acaecido en el seno del Ejército Francés durante la 1ª Guerra Mundial, Kubrick nos retrata de manera magistral el sinsentido al que pueden llegar algunas personas con tal de satisfacer su desmesurada ambición y el desprecio por la vida humana que pueden sentir algunos oficiales para mantener una posición de mando ante sus subordinados u obtener un codiciado ascenso. 

   La película está claramente dividida en tres partes donde vemos como la sinrazón crece y no es solo característica de uno o dos personajes, sino que está incrustada en las entrañas del sistema establecido.

 

PRIMERA PARTE: LAS TRINCHERAS 

   En la Francia de 1916, el general Boulard ordena la conquista alemana y encarga esa misión al general Mireau. Sin embargo, el ataque resulta un fracaso y el alto mando militar decide imponer al regimiento un terrible castigo.


La batalla de Senderos de gloria

   Europa está inmersa en la Gran Guerra. Las tropas francesas se ven dirigidas hacia un ataque suicida cuando el mando general da la orden directa al coronel Dax (Kirk Douglas) de tomar, al coste que sea, "la colina de las hormigas" (Ant Hill). Después del fracaso estrepitoso que supone la incursión, los altos cargos intentan cubrir sus errores alegando fallos en las tropas, por lo que deciden detener a tres soldados y acusarlos de amotinamiento.

                        
                     Senderos de Gloria. Diálogo Coronel Dax con Generales

   Tras un breve preámbulo donde conocemos a los dos perversos oficiales, los Generales Broulard y Mireau, Kubrick nos introduce de lleno en las trincheras del Ejército Francés, gracias a unos memorables Travellings que a partir de entonces se convertirían en marca de la casa. En esas trincheras es donde se encuentra el coronel Dax, un hombre honesto, digno e íntegro interpretado, lógicamente por Kirk Douglas. En toda esta primera parte ya vemos por un lado el aspecto humano de los soldados y por otro como a sus generales les importa un bledo ese mismo aspecto porque lo único que quieren es la gloria. Los soldados son enviados a una misión suicida sin ninguna posibilidad de éxito, mandados por un General cegado por la ambición de poderse colocar una estrella más en un pecho ya de por sí muy hinchado. Como espectadores asistimos con tristeza a la crónica de un fracaso anunciado de unos hombres a los que hemos ido conociendo paseando por las trincheras agarrados a la cámara de Kubrick.

 


SEGUNDA PARTE: EL CONSEJO DE GUERRA 

   El fracaso, lejos de provocar la autocrítica de los verdaderos culpables, lo que hace es encender su ira contra los pobres desgraciados que han sobrevivido a la masacre, acusándolos de traidores e iniciando contra tres de ellos, elegidos como representantes de cada batallón, un infame Consejo de Guerra. Aquí Kubrick saca su perfeccionismo a relucir y su puesta en escena es de una precisión asombrosa. Los personajes son como piezas de Ajedrez (Una de las grandes pasiones de Kubrick) moviéndose por un suelo embaldosado en blanco y negro como si de un tablero se tratara. Los diálogos y monólogos que escuchamos en esta segunda parte son magistrales llegando a su cota mayor en el momento del alegato final de la defensa donde Douglas hace un discurso que está entre los mejores de la historia del cine y que empieza de una manera lapidaria: “Caballeros miembros del tribunal, hay ocasiones en que siento vergüenza de pertenecer a la raza humana… y esta es una de ellas

 

TERCERA PARTE: LA EJECUCIÓN 

  Otra vez un apabullante travelling, con el único acompañamiento sonoro de un redoble de tambor, hace que con un nudo en la garganta caminemos junto a los condenados hacia esos tres postes donde van a exhalar el último suspiro. Ese camino delimitado por todos los soldados y oficiales en posición de firmes y al que han llegado por culpa de los senderos de gloria que quisieron emprender sus superiores y que como nos dice el poeta inglés del Siglo XVIII Thomas Gray en el poema que inspiró el título, no conducen sino a la tumba.

Final de Senderos de Gloria

El final de Senderos de Gloria es una joya de escena con la que el genio Stanley Kubrick, tachado durante toda su carrera y después de su muerte de insensible y frío en el tratamiento cinematográfico, nos pilla a todos por sorpresa para llevarnos al territorio de las lágrimas como nunca lo había hecho y como jamás volvería a hacerlo. Todo un despliegue de talento para elevar más allá las cotas de grandeza de esta obra maestra del cine bélico. O, mejor dicho, como nos debe quedar claro con este final, del cine antibélico.

La letra de la canción:

"Un soldado fiel y sin miedo,

de una chica se enamoró.

Un año entero y puede que más

el buen soldado la amó.

Cuando a la guerra le hicieron ir

su recuerdo la acompañó,

Pero su amor le enfermó

de un mal extraño y mortal.

Durante tres noches él no lo supo

Y cuando por fin se enteró

de la agonía de su amor,

de su destino se ausentó.

al llegar la abrazó,

era un cuerpo yerto, sin calor,

-“Traedme luz, traedme claridad.

que pueda ver a mi amor!”-

los sepultureros llegaron

para los preparativos del funeral.

Lo ayudan seis valientes soldados

a llevar el cuerpo tan amado.

usan un sudario negro

tan negro como su dolor

una gran pena de su corazón

que será eterna como su amor".

   La del final es una de las secuencias más recordadas y admiradas de la historia del cine. Una secuencia en la que se respira emoción, esperanza y tristeza a la vez y en la que aparece una jovencita actriz alemana llamada Christiane Susanne y que a partir de entonces se convertiría en Christiane Kubrick, ya que se casaría con el genio del Bronx, y sería su esposa hasta la muerte de Stanley el 7 de marzo de 1999. Tras casarse Christiane dejó el cine para dedicarse a la pintura, actividad que sigue ejerciendo a sus casi noventa años.

Christiane Susanne Harlan es una actriz, bailarina, pintora y cantante de origen alemán. Nació en el seno de una familia vinculada al teatro, su abuelo fue el dramaturgo Walter Harlan y su tío el director Veit Harlan. Fue la esposa del cineasta Stanley Kubrick desde 1958 hasta 1999. Nacimiento: 10 de mayo de 1932 (edad 89 años), Brunswick, Alemania

   En el capítulo de las interpretaciones esta película también es magistral. Los secundarios que interpretan a los soldados cumplen perfectamente y los tres actores principales están en estado de gracia.

   Kirk Douglas estaba en la que, posiblemente, era su mejor época como actor y la del coronel Dax es sin duda una de las mejores interpretaciones de su carrera, su defensa de una causa justa y perdida está llena de matices y momentos de antología. Tres años después, también con Kubrick, repetiría lucha contra la injusticia en «ESPARTACO».

   George Macready, al que también conocemos por «GILDA», interpreta a un villano estupendo, el General Paul Mireau, capaz de llevar a la muerte a cientos de sus hombres para su propio beneficio e indignarse tanto con ellos que convoca un consejo de guerra contra los supervivientes.

   Adolphe Menjou es el malvado, frío y calculador General George Broulard, siempre educado y sonriente, capaz de bailar un Vals (Estilo musical recurrente en el cine de Kubrick) después de condenar a muerte a su gente. Dicen que Kubrick le dio este papel porque Menjou había sido uno de los más implacables delatores durante el Macarthismo y que quiso retratarlo delante de todo el mundo dándole un papel similar al que ejerció en su vida. Desconozco si esto es real o una leyenda, pero lo cierto es que Menjou se maneja como pez en el agua en la piel de este indeseable. 

«SENDEROS DE GLORIA» tuvo una excelente acogida entre la crítica norteamericana, pero su paso por taquilla fue bastante discreto. Más problemas tuvo en Europa donde por ejemplo en Francia no se estrenó hasta 1975, porque United Artists no se atrevió en su momento, o en España donde fue prohibida y no se pudo ver hasta 1986.

   Hoy en día es considerada como una de las Obras Cumbres de la historia del cine. Es una de esas películas que tanto visualmente como en contenido son extraordinarias y que eleva al Cine a la categoría de ARTE mayúsculo.

   Obra Maestra necesaria e imprescindible. A pesar de que los hechos que narra son deleznables y se siente rabia e impotencia al verla…hay ocasiones en que siento orgullo de pertenecer a la raza humana… y ver que existe gente capaz de crear algo como «SENDEROS DE GLORIA» es una de ellas”.

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   Todas las guerras son injustas porque las decretan los regímenes autoritarios y poderosos, o los acaudalados y prepotentes políticos, apelando a las emociones de los ciudadanos y a un falso patriotismo con el que conducen a sus pueblos a morir en el frente de batalla y las trincheras.

Sin novedad en el frente (1930). 

El desengaño y la cruda verdad de la guerra.  Nada de héroes, nada de triunfos, nada de gloria. Sólo muerte, sufrimiento y destrucción.

     No hay guerra justa, la teoría que afirma lo contrario responde a una tradición de pensamiento que ya se plantearon filósofos griegos como Platón y Aristóteles, el jurista y político romano Cicerón, así como el escritor y teólogo cristiano San Agustín que vivió entre los siglos IV y V d.C. y cuya doctrina no dejó de ser y actuar sino como un acicate para legitimar las guerras. En todo caso, cabría preguntarse ¿Qué se puede considerar como una razón justa para iniciar una confrontación armada? Tradicionalmente, la locución latina ius ad bellum, fue el término secular manejado por el pensamiento cristiano medieval para hacer valer las razones que podían tener los imperios, reinos, ducados o condados para declarar o entrar en guerra contra otro, esgrimiendo unos criterios de justicia y legitimidad para atacar o defenderse. Sin embargo, la citada expresión, de apariencia antigua por su sacralidad latina, no fue puesta realmente en circulación hasta el período de vigencia de la Sociedad de Naciones y su empleo solamente tomó auge y se utilizó después de la II Guerra Mundial, fundamentalmente hacia finales de los años cuarenta del pasado siglo XX. 

    No hay guerra justa porque las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en las guerras. La justicia se defiende con la razón y el derecho, no con las armas, ya que cuando las armas hablan, las leyes callan. No se pierde nada con la paz y, en cambio, puede perderse todo con la guerra. Una guerra no puede ser justa si no es a la vez injusta, de la misma manera que no existe la legítima defensa sin agresión ilegítima. No existen argumentos sólidos que nos expliquen y aclaren la legitimidad de una guerra, ya que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad y ésta suele ocultarse con mentiras que nunca pueden deshacerse, ni siquiera demostrando suficiente y fehacientemente la verdad. Un claro ejemplo fue la guerra de Irak, que ilustra sobre cómo las decisiones económico-político-militares desembocaron en un conflicto armado de primer orden que repercutió en los propios combatientes y, sobre todo, en la población civil.

Sin novedad en el frente. Diálogo soldados

   Tampoco existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallos de los gobiernos y sus dirigentes políticos. Y de las inconfesables ambiciones de algunos poderosos multimillonarios e industrias de armamento, que se lucran a costa del horror y de la muerte de los seres más débiles e inocentes que se masacran entre sí sin conocerse, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no luchan ni se matan. Y es que la guerra siempre viene precedida de una propaganda repleta de mentiras, de odio y de gritos que, invariablemente, provienen y lanzan en los medios de comunicación la gente que no va a ir nunca jamás a luchar al campo de batalla. La televisión es hoy en día la base de la opinión pública y ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada. Y debido a ello, dicha enaltecida propaganda, sutil y emocionalmente utilizada, ocasiona una cruel paradoja, el que muchos jóvenes no mueran en el combate de las guerras defendiendo sus ideales, sino los ideales de otros.

   Jamás una guerra, como la que ha emprendido Putin contra Ucrania, por necesaria o justificada que le parezca a él y sus adláteres, deja de ser un crimen. Pero, a mi entender, tampoco está exento de culpabilidad el presidente Volodimir Zelenski, animando con sus proclamas patrióticas a los jóvenes y a la población de Ucrania a enfrentarse y combatir a un enemigo al que actualmente no podrá vencer. Creo que no es sensata su actitud, pues solamente conseguirá que muera más y más gente inocente de manera innecesaria y la vida, como dice el coronel Aureliano Buendía en la obra de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba, «es la cosa mejor que se ha inventado». Desde mi punto de vista, siendo la finalidad de la vida vivir, lo que hicieron con su decisión los gobiernos de Dinamarca y de Noruega en la Segunda Guerra Mundial, ante el imparable avance de las tropas alemanas de Hitler en sus respectivos países, fue conseguir salvar de la muerte a miles y miles de sus ciudadanos. Tal vez, podía haber cundido el ejemplo pues, como nos dejó dicho el humanista neerlandés Erasmo de Rotterdam, «la paz más desventajosa es siempre mejor que la guerra más justa».

 

El inspirador alegato sobre la paz que escribió Kant

    El filósofo ilustrado Immanuel Kant escribió un elocuente alegato en defensa de la paz mundial. Su artículo, titulado “La paz perpetua” (1795), resultó tan inspirador que se considera uno de los precedentes intelectuales del reconocimiento internacional de los derechos humanos.

   Kant rechaza la existencia de los ejércitos permanentes, pues introducen una constante sensación de amenaza en los demás Estados y además generan la tentación de una carrera armamentística. Kant rechaza también la idea de que los poderosos puedan mandar a otras personas que vayan a la guerra a cambio de un sueldo, le resulta una tremenda instrumentalización de los seres humanos. Más adelante añade, en este mismo sentido, que la Constitución debe establecer como requisito el consentimiento de la ciudadanía para declarar una guerra, porque es la ciudadanía la que va a morir en ella y la que va a vivir todo el dolor y la pobreza que conlleva. Para un poderoso, en cambio, “la guerra no perturba en lo más mínimo su vida regalada”, “la guerra, para él, es una especie de diversión”.

   También rechaza el imperialismo que motiva muchas guerras, que responden al interés de un Estado de inmiscuirse por la fuerza en el gobierno de otro, violando los derechos de un pueblo libre e independiente. Una vez que la guerra ya ha comenzado, Kant rechaza terminantemente que los Estados lleguen hasta un punto que haga imposible la paz futura, “una guerra de exterminio, que llevaría consigo el aniquilamiento de las dos partes y la anulación de todo derecho, haría imposible una paz perpetua, como no fuese la paz del cementerio de todo el género humano. (…) Semejante guerra debe quedar, pues, absolutamente prohibida, y prohibido también, por tanto, el uso de los medios que a ella conducen”. Kant parece profetizar con estas palabras el terrible uso de la bomba atómica.

   Para alcanzar la paz permanente, Kant propone que todos los Estados firmen “una especie de Constitución” y que funden “una Sociedad de Naciones”, que, sin embargo, no hay que confundir con un Estado Mundial. El filósofo se opone a la idea de que un Estado se transforme en un imperio mundial porque “un despotismo sin alma aniquila primero todos los gérmenes del bien y acaba, por último, en el caos”.

   Por suerte, aunque los poderosos suelen aspirar a conquistar el mundo e imponer su “paz”, esto es en la práctica muy complicado porque existen distintos idiomas y distintas religiones. Estas diferencias suelen dar lugar a odio y a divisiones, pero con la cultura y la progresiva unión entre las personas gracias a principios comunes, las diferencias servirán para alentar el equilibrio en el poder y la competencia inspiradora propia de las inteligencias de paz.

   Kant sugiere que los Estados podrían ir sumándose a esa Constitución internacional, que se extendería poco a poco, hasta conducir a la paz mundial. Un pueblo democrático, ilustrado, pacífico y poderoso podría inspirar al resto a inspirarse en esta unión federativa regida por el “derecho de gentes”.

   La idea de Kant se opone a un mundo dominado por un Estado gendarme, porque la única autoridad entre los Estados debe ser dicho derecho de gentes (derecho universal) y no la ley del más fuerte. En ese mundo de paz las personas podrían moverse por el mundo, gracias a un derecho a la ciudadanía mundial, “fúndase este derecho en la común posesión de la superficie de la tierra”, “deben tolerar mutuamente su presencia, ya que originariamente nadie tiene mejor derecho que otro a estar en determinado lugar del planeta”.

   Kant considera que este derecho público de la humanidad no es una fantasía jurídica, sino algo que viene exigido por la relación cada vez más estrecha que ha ido estableciéndose entre todos los pueblos de la tierra, hasta el punto de que una violación del derecho cometida en un lugar, tiene efectos en todos los demás. El derecho de la humanidad nos permite abrigar “la esperanza de una continua aproximación al estado pacífico”.

   El filósofo critica la imagen idealizada del “valor del guerrero” que se ha construido en muchas culturas y épocas, “se han hecho guerras con el exclusivo objeto de mostrar ese valor”. “Se ha dado a la guerra misma una interior dignidad”, y «hasta ha habido filósofos que la han elogiado como una honra de la Humanidad”. Lejos de ser algo de lo que enorgullecernos, la guerra no solo mata, sino que además nos hace peores personas.

   Kant destaca que el deseo de comerciar puede ser un freno para las guerras. A veces los intereses económicos conducen a los políticos a fomentar la paz con negociaciones, aunque en realidad la paz no les importe. Las alianzas comerciales son más duraderas que las que se forman expresamente para la guerra. Así, curiosamente, la codicia de las personas puede contribuir al logro de la paz permanente. “Desde luego, esa garantía no es bastante para poder vaticinar con teórica seguridad el porvenir; pero en sentido práctico, moral, es suficiente para obligarnos a trabajar todos por conseguir ese fin, que no es una mera ilusión”.

La moral frente al pragmatismo

   Para mantener la paz resulta útil que los estados escuchen a los filósofos. Normalmente los políticos piensan que no necesitan aprender nada de esos perdedores. Además, los políticos, que suelen ser juristas, sienten una irresistible inclinación “a aplicar las leyes vigentes, sin investigar si estas leyes no serían acaso susceptibles de algún perfeccionamiento”. Como las personas que tienen esta forma de pensar suelen ser las que tienen el poder y, por tanto, la fuerza, deducen que su visión del mundo es la más inteligente y que los intelectuales son personas fracasadas que nada tienen que aportar.

   Con esto Kant no pretende decir que todos los políticos deban hacerse intelectuales, y mucho menos que los filósofos deban tener el poder, “la posesión de la fuerza perjudica inevitablemente al libre ejercicio de la razón”. Pero si los políticos no permiten que la filosofía desaparezca o quede silenciada y les dejan hablar, obtendrán sugerencias y precisiones de gran lucidez, de las que no deberían prescindir. Los intelectuales no van a decirles lo que quieren oír, no hacen proselitismo y se apartan del pensamiento de club. Esto es impagable para los políticos.

   Pero los que presumen de ser “prácticos” dicen que la moral es solo “teoría” y que la naturaleza de las personas es egoísta, de modo que la paz es imposible. El “práctico” nos dirá que una persona que tiene poder no va a dejar que el pueblo le imponga leyes. Y, por lo mismo, un Estado no se someterá a ninguna autoridad externa en sus relaciones con los demás Estados. El “práctico” dirá que, si una parte del mundo se siente más poderosa que otra, no dejará de agrandar su poder a costa de expoliar y dominar a la otra. De acuerdo con esta visión “práctica”, todos los planes para desarrollar un derecho internacional o una ciudadanía mundial no son más que ideales vacuos.

   Sin embargo, Kant considera que puede existir una clase política que elija comportarse de forma ética y que ejercite la política con ética y con prudencia. Los buenos gobernantes intentan realizar lo máximo posible los principios de su constitución y respetan el derecho. Este comportamiento “puede y debe exigirse de la política”. En cambio, hay políticos que consideran que la moral solo es artillería retórica útil para disculpar su corrupción y sus políticas contrarias al derecho. Según Kant, los políticos que creen que actuar de forma ética es una cosa de idealistas, son los que atentan contra la “justicia y hacen imposible toda mejora y progreso”.

   Estos hábiles políticos presumen de pragmatismo, pero en realidad solo tienen sus técnicas de negocios y su poder fáctico (por ahora). Están muy dispuestos a sacrificar a la ciudadanía y a pensar solo en su propio beneficio: serían capaces de sacrificar al mundo entero. Hay que reconocerles que son “como verdaderos juristas” (Kant matiza que no se refiere a los brillantes legisladores que desean hacer un derecho mejor), son meros aplicadores irreflexivos de normas que han ascendido a políticos. Creen que su misión no es “la de meditar sobre legislación, sino la de cumplir los mandatos actuales de la ley: toda constitución vigente les parece perfecta”, el derecho vigente les parece “el mejor del mundo” y están bien dispuestos a aplicarlo siempre de manera mecánica.

   Dicen que saben cómo es “el hombre”, pero en realidad ni conocen a la humanidad ni saben de lo que es capaz, porque ese conocimiento exige una profunda observación y ellos se acercan a la política con su limitada visión de las posibilidades de la inteligencia humana. Se acercan a algo tan preciado y tan profundo como el derecho “con su menguado espíritu leguleyesco”, como hacen siempre, de forma coactiva y despótica. Pero lejos de esto, los principios del derecho que proceden de la razón, requieren juristas de altura, comprometidos con “los principios de la libertad, únicos capaces de instituir una constitución jurídica conforme a derecho”.

   Las técnicas de negocios que estos “prácticos” utilizan son unas máximas simplonas, Kant pone tres ejemplos: “fac et excusa” (aprovechar la ocasión favorable para apoderarnos de todo, porque una vez que tengamos el poder, la fuerza quedará disculpada y la legitimidad moral es fácil de conseguir para los vencedores), “si fecisti, nega” (niega tu responsabilidad sobre los problemas que causes y échale la culpa a otros), “divide et impera” (siembra la discordia tanto entre tus enemigos como entre tus aliados, y aparenta que te sitúas del lado de los más débiles).

   En realidad, las dificultades para alcanzar la paz provienen en gran medida de la manera de pensar que tienen los políticos pragmáticos: estos pragmáticos utilizan los principios para justificar los fines que eligen por interés propio y afrontan los problemas morales con cálculos y estimaciones de éxito. En cambio, la finalidad de un político genuinamente preocupado por la justicia es el logro de la paz, y la paz no es algo que se logrará “si se puede”, sino un estado imperiosamente exigido por su conciencia.

   Cuando se aborda un problema ético como si se tratase de un problema técnico, necesitaremos muchos conocimientos empíricos para evaluar adecuadamente todas las posibilidades, y aun así es incierto que logremos el resultado pretendido (la paz). En cambio, cuando actuamos con sabiduría más que con habilidad, la solución del problema moral quedará manifiesta para todo el mundo, “ante ella enmudece todo artificio sofístico”. Hemos de dirigirnos directamente hacia ese fin, conservando la prudencia para no precipitarnos en la realización. La clave está en “irse acercando poco a poco al fin deseado sin interrupción, aprovechando las circunstancias favorables”.

   Kant sostiene que una característica de los principios elementales de la moral, especialmente en el terreno del derecho público, es que su verdad resulta tan manifiesta, que cuando actuemos sin pensar en nuestro provecho y de un modo más espontáneo y sincero, será cuando más ayudaremos a nuestro objetivo. Al final es esa voluntad universal de paz la que presenta credenciales de ser el auténtico derecho. Los “prácticos” pueden objetar cuanto quieran sobre el comportamiento natural de las masas populares, y pueden decir que cada uno mira por lo suyo y que los hechos ahogan a los principios, pueden decir que lo que proponemos es imposible y pueden traer casos de experiencias fracasadas en el intento de lograr la paz: “no merecen ser oídos; sus teorías provocan precisamente los males que ellos señalan”,  rebajan a la humanidad a la consideración de máquinas vivientes y, como en el fondo se sienten criaturas esclavas y miserables, creen que el mundo jamás pondrá por delante la fuerza de la conciencia.

   Kant afirma “reine la justicia, aunque se hundan todos los bribones que hay en el mundo”, pero matiza que no se refiere a que apliquemos el derecho con rigor (eso sería contrario a la moral), sino a que no discriminemos ni demos tratos de favor. Para eso precisamente debemos incluir los principios éticos en las Constituciones y también en el derecho internacional, con un tribunal capaz de resolver los conflictos. Pero es fundamental que el Estado no tome sus decisiones de forma consecuencialista, pensando en alcanzar fines, o en satisfacer sus intereses o la voluntad de sus gobernantes. Hay que partir de la moral, de ese derecho puro que vislumbra la razón. Nuestro deber es obedecer ese derecho, sean cualesquiera las consecuencias que se deriven de ello. Tenemos que dominar ese falso espejuelo que vive en nosotros y que nos anima a que disculpemos la violencia y transijamos con la ilegalidad con el pretexto de las flaquezas humanas.

   Kant sostiene que “los Estados en sus mutuas relaciones deben conducirse de conformidad con esos principios, diga lo que quiera la política empírica”. La verdadera política no puede dar un paso sin hacer homenaje a la moral. Esto significa que cuando unos problemas prácticos derivados de la política estén impidiendo que la moral salga victoriosa, “viene la moral y zanja la cuestión, cortando el nudo”. El derecho natural debe ser protegido como algo sagrado, por muchos sacrificios que les cueste a los poderes de turno: “no caben aquí componendas; no cabe inventar un término medio entre derecho y provecho”.



 Para que podamos hablar de un derecho de gentes (derecho internacional público) es necesario que exista una entidad que pueda hacer efectivo realmente ese derecho. “Es un deber, y al mismo tiempo una esperanza, que contribuyamos todos a realizar un estado de derecho público universal, aunque sólo sea en aproximación progresiva, la idea de la «paz perpetua»”.  “No es una fantasía vana, sino un problema que hay que ir resolviendo poco a poco, acercándonos con la mayor rapidez a este fin, ya que el movimiento del progreso será en el futuro más rápido y eficaz que en el pasado”.

El mayor mal que puede oprimir a las sociedades civilizadas deriva de las guerras; no de las actuales, ni las pasadas, sino del inagotable incremento armamentístico para el futuro.

Immanuel Kant


LA PAZ PERPETUA.  CÓMO ACABAR CON LAS GUERRAS EN EL MUNDO SEGÚN IMMANUEL KANT


I DRAW MY LIFE - AMELI (subtítulos en español)

La situación entre Ucrania y Rusia no es nada pacífica, nunca quisimos estresarte con nuestra historia, pero ahora esta situación es parte de la historia de ambos. Esperamos llegar a los corazones de todo el mundo para detener este desastre.



John Lennon - Give Peace a Chance (1969)

Las radios de Europa piden la paz en Ucrania con la canción de John Lennon, "Give Peace a Chance"

A las nueve menos cuarto de la mañana del viernes 4 de marzo de 2022, en una Europa angustiada por la guerra, sonaba el tema de John Lennon, "Give Peace a Chance". Una iniciativa lanzada por la Unión Europea de Radiodifusión.





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