domingo, 3 de abril de 2022

LA VIDA SECRETA DE LAS GEISHAS. JAPÓN CON OTRA MIRADA

 

LA VIDA SECRETA DE LAS GEISHAS


Una geisha es una artista tradicional japonesa cuyas labores consisten en entretener en fiestas, reuniones o banquetes, ya sean exclusivamente femeninos como masculinos, o bien mixtos. Su aprendizaje suele comenzar a los quince años, o a veces a edades más tempranas.

 

La vida secreta de las geishas

   En la región de Kinki los términos geiko (geisha) y, para aprendiz de geisha, maiko han sido usados desde la restauración Meiji. Las geishas fueron bastante comunes en los siglos XVIII y XIX. Hoy en día aún existen, pero su número ha disminuido espectacularmente.

 Las geishas (personas de las artes) eran profesionales del entretenimiento y, originariamente, la mayoría eran hombres. Las geishas usaban sus habilidades en distintas artes japonesas: música, baile y narración. Las geishas de ciudad (machitrabajaban independientemente en fiestas fuera de los "barrios de placer", mientras que las de barrio (kuruwa) lo hacían dentro de estos. Las machi entretenían en lugares con menos aglomeración de gente y con un público más selecto.

   Tradicionalmente, las geishas comenzaban su entrenamiento a una corta edad. Algunas jóvenes eran vendidas a las casas de geishas en su niñez, empezando una etapa de trabajo como shikomi o minarai. Se les encargaba tareas de limpieza y debían obedecer todo tipo de órdenes y se les impedía toda comunicación con su familia por uno o dos meses, eran como criadas o asistentas de las gheisas más experimentadas, y más tarde como aprendices de geisha (maiko), donde solo se dedicarían a observar y adaptarse; ello tras una ceremonia en la cual se emparejaba con una onee-san que se convertiría en su mentora y guía durante su aprendizaje en el karyukai, haciendo todo lo posible para que fuera famosa, talentosa y respetada.  

 


El distrito Gion geiko (hanamachi) de Kioto (Japón), imagen nocturna


Grupo de geishas pasean por el interior del distrito Gion geiko (hanamachi) de Kioto (Japón)

   La ciudad de Kioto mantiene fuerte la tradición de las geishas, y ahí están dos de los más prestigiosos y tradicionales distritos de geishas de todo Japón, Gion y Pontochō. Los hanamachi de Tokio, Shimbashi, Asakusa y Kagurazaka son también bastante conocidos. 

   Las geishas modernas generalmente durante su aprendizaje aún viven en tradicionales casas de geishas llamadas okiya en áreas denominadas hanamachi (‘calle de flores’), aunque las geishas experimentadas y libres de deudas pueden llegar a vivir en sus propios apartamentos. La elegante y alta cultura en la que viven las geishas se llama karyūkai (‘el mundo de las flores y sauces’). 

   Tradicionalmente, las geishas comenzaban su entrenamiento a una corta edad. Debido a la miseria y hambruna con la que contaban algunos campesinos de la época, las niñas eran vendidas a las okiya. La niña vendida adquiría así una “deuda” con su compradora u okaa-san, que pagaría con el dinero que ofrecerían por ella los hombres que solicitaran sus atenciones cuando se convirtiera en maiko, y más tarde en geisha. Así empezaba una etapa de trabajo en la que se las denominaba shikomi. En esta etapa atienden como sirvientas en su okiya y asistentas de las geishas experimentadas. Las geishas reciben una educación estricta y muy específica desde muy temprana edad.


   Hoy en día, las shikomi también trabajan en tareas hogareñas, pueden vestirse al estilo occidental y asisten a la escuela del karyukai para aprender las artes tradicionales del país. Y generalmente se les acostumbra a su independencia impidiendo toda comunicación con sus familias por uno o dos meses. Las jóvenes con aspiraciones a geisha comienzan su entrenamiento después de completar los primeros años de secundaria.

    Durante esta etapa la joven shikomi debe contar con una hermana mayor u onee-san, una geisha experimentada, la cual cumplía el papel de mentora y guía durante su aprendizaje en el karyukai. El arreglo de hermandad entre la geisha y la aprendiz se hacía por medio de la dueña de la okiya u okaasan ("madre" en japonés), quien acordaba con la geisha experimentada un pago por los servicios otorgados al encargarse de la presentación de la aprendiz en sociedad, por lo regular este pago era obtenido del sueldo que la aprendiz generaba.

   Una vez que se había acordado con éxito la relación entre la geisha y la aprendiz, ambas eran emparejadas al asistir al santuario del distrito, donde anunciaban a los espíritus su futura relación y posteriormente realizaban la ceremonia del san-san-kudo (tres-tres-cambios). En esta ceremonia, la aprendiz y la onee-san-geisha de ésta se ofrecen mutuamente sake (licor de arroz), y beben tres sorbos, de tres copas pequeñas. Luego intercambian la copa con la okaa-san y la dueña de la casa de té así como con cinco testigos de la ceremonia. Durante la ceremonia la joven aprendiz recibía su nuevo nombre, que por lo general contenía en él algún carácter escrito de su hermana mayor. Al concluir esta unión la geisha quedaba emparentada de por vida con su joven aprendiz.

   La hermana mayor debía presentar a la hermana menor en todas las casas de té para las que ella trabajaba, así como a los clientes y a otras geishas que conocía con la finalidad de hacer a la aprendiz una persona conocida, famosa, talentosa y respetada. Este tiempo le servía a la minarai para adaptarse y "aprender por la vista". La niña asistía a fiestas, pero se mantenía en silencio y se dedicaba a imitar a sus onee-san del karyukai. Observando a otras geishas, y con la ayuda de las dueñas de las casas de geishas, las aprendices se volvían habilidosas en la compleja tradición de elegir y usar kimono, y en el trato con los clientes. Se maquillaba pintándose solo el labio inferior y su obi es de la mitad del ancho del kimono, colgándole solo hasta las caderas.

Las geishas aún estudian instrumentos tradicionales como:

·        El shamisen (instrumento musical japonés de tres cuerdas)



·        El shakuhachi (flauta de bambú)




·        El taiko (tambor)


   En el Japón moderno, las geishas y maiko son bastante inusuales. En los años 1920 había alrededor de 80. 000, hoy en día hay aproximadamente 1000. De todas maneras, en el distrito Gion de Kioto, los visitantes pueden observar algunas maiko por las calles yendo o regresando de una cita. El turismo ha contribuido a que la tradición siga viva, debido a que la geisha es considerada una imagen mítica de Japón. Sin embargo, el exceso de turismo ha obligado a introducir medidas para protegerlas del acoso de los turistas.


   Las geishas son contratadas para asistir a fiestas y encuentros, tradicionalmente en casas de té (chaya) o tradicionales restaurantes japoneses (riotei). Su tiempo es medido según lo que se demora en consumirse un palo de incienso (senkodai). El cliente realiza el convenio a través del sindicato de geishas (kenban).

 


Una geiko atiende a un hombre de negocios en un encuentro en Gion (Kioto)

   Aún existe cierta confusión, especialmente fuera de Japón, sobre la naturaleza de la profesión de las geishas. Esta confusión se ha complicado debido a la comparación con las oiran. 

   Las geishas podían contraer matrimonio, pese a que la gran mayoría prefería retirarse antes de casarse, y podían tener hijos fuera del matrimonio. También ahora pueden ir a la universidad y se cree que son totalmente libres de elegir un novio o amante. Se mantiene el debate debido a cierto secretismo encubridor que trata como tabú el tema de las actividades sexuales y que se ve amparado por el propio hermetismo social japonés para discutir abiertamente temas de esta índole. Algunos afirman que nunca incluyen actividad sexual, que una geisha no es pagada por sexo y que algunas pueden elegir tener una relación que incluya el sexo con algún cliente fuera de su rol como tal. Fue tradicional para las geishas tener un danna, o amante. Un danna era generalmente un hombre adinerado, algunas veces casado, que tenía recursos para financiar los costes del entrenamiento tradicional de la geisha y otros gastos considerables. Aunque una geisha y su danna podrían estar enamorados, la relación está sujeta a la capacidad del danna para entregar algún aporte financiero. Los valores y convenios ligados a este tipo de relaciones no son bien comprendidas, incluso entre los japoneses. 

   Se especula sobre la venta de la virginidad de las geishas y de su cuerpo a un solo cliente (hasta que el danna se cansara y entonces se buscaría otro). La publicación de la novela Memorias de una geisha generó gran polémica sobre este tema, porque aumenta el debate sobre si las geishas venden o vendían su virginidad. 


Título: Memoirs of a Geisha 

Autor: Arthur Golden

Editorial: Alfred A. Knopf, New York. Año de publicación: 1997

   


‘Memorias de una Geisha’ (2005) - la película

Título original: Memoirs of a Geisha

Dirección: Rob Marshall

Guion: Robin Swicord. Novela: Arthur Golden

Música: John Williams - Fotografía: Dion Beebe

Reparto: Zhang Ziyi, Suzuka Ohgo, Gong Li, Samantha Futerman, Mako, Elizabeth Sung, Kaori Momoi, Kotoko Kawamura, Ken Watanabe, Kôji Yakusho, Michelle Yeoh, Youki Kudoh, Zoe Weizenbaum.

Sinopsis: Japón, 1929. Chiyo, una niña de nueve años, es vendida por sus padres para trabajar en la casa de Geishas de Nitta Okiya. Su hermana mayor Satsu no es aceptada y es enviada a un prostíbulo. En la casa Chiyo conoce a Pumpkin, otra niña que va a ser instruida para ser geisha, así como a las famosas geishas Hatsumomo (Gong Li) y su rival Mameha (Michelle Yeoh). Los comienzos de Chiyo (Zhang Ziyi) son duros, pero un encuentro con el que será el amor de su vida, el Presidente (Ken Watanabe), hará que desde ese momento sólo desee convertirse en una famosa geisha para estar más cerca de él. Adaptación del famoso best-seller de Arthur Golden. (FILMAFFINITY)

 "Tiene mucho que ver y escuchar, pero su magia reside en la manera humana en la que toca tu corazón. El efecto acumulativo es el de ser noqueado por el ala de una mariposa"

Rex Reed (The New York Observer)



Memoirs of a Geisha OST



Memoirs Of A Geisha Soundtrack - John Williams


Japanese Geisha Music


   La apariencia de una geisha cambia a lo largo de su carrera, desde la femenina y maquillada maiko, hasta la apariencia madura de una geisha mayor y consolidada. Las geishas usan el característico maquillaje de maiko, consistente en la cara totalmente blanca, los labios pintados de rojo y con adornos rojos y negros alrededor de los ojos y cejas. El maquillaje blanco cubre la cara, cuello, pecho y manos, con dos o tres áreas sin pintar (formando una "W" o "V") cerca de la nuca para acentuar esta zona erótica, y una zona descubierta de piel alrededor del pelo, que crea la ilusión de una máscara.  Luego los ojos y cejas son remarcadas. Tradicionalmente se usaba carboncillo, pero hoy en día se utilizan cosméticos modernos. Las cejas y el borde de los ojos son pintados de negro.

   Durante los primeros tres años, una maiko usa su maquillaje casi constantemente. El día de su mishidashi (o debut como maiko) se contrata una maquilladora profesional. Antiguamente la maquillaba la dueña de la okiya o la onee-san a la vista de todas las habitantes de la okiya. Durante su iniciación, la maiko es ayudada por su onee-san o la "okaa-san" (madre) de su casa de geishas. Después ella debe aplicarse el maquillaje por su cuenta.

   La geisha, tras haber trabajado tres años, cambia su maquillaje a un estilo más apagado. La razón es la llegada de su madurez, puesto que el estilo simple la muestra en su belleza natural. Para ocasiones formales la geisha madura aún utiliza maquillaje blanco. Para las geishas mayores de treinta años, el maquillaje blanco es utilizado solo en bailes especiales que lo requieren.

Atuendo

   Una geisha o maiko necesita vestir una determinada ropa interior antes de ponerse el kimono, llevan unas cintas largas de color blanco alrededor del pecho y de las caderas. Encima de ellas, se pone una prenda de algodón con la forma del cuello del kimono, que llega aproximadamente por las rodillas. Sobre esta prenda se pone el nagajuban (enagua), que, para las maiko, siempre es de color rojo y puede tener estampados florales. El kimono se confecciona a partir de un tan, una medida tradicional japonesa que consta de 37cm de ancho y 12 metros de largo. 

  Las geishas siempre utilizan kimono. Las maiko llevan coloridos kimonos con extravagantes obi. Las geishas mayores utilizan estilos y diseños más apagados. También es importante destacar la longitud de las mangas. Las aprendices (maiko) utilizan furisode de mangas que llegan casi hasta el suelo. Según van avanzando de edad y nivel en la profesión, las mangas tornan a tomesode, más cortas, de color más oscuro y de corte más elegante. El color, diseño y estilo del kimono dependen de la estación y evento en el que las geishas estén atendiendo. En invierno, las geishas pueden ser vistas llevando un haori (abrigo) adornado con seda pintada sobre su kimono. Los kimonos forrados son usados durante estaciones frías, y los ligeros o de gasa de seda durante el verano. La geisha utiliza sandalias de suela baja de madera y laca, llamadas zori y en interiores llevan solo tabi (calcetines divididos en los dedos). En zonas nevadas las geishas utilizan zuecos de madera, llamados geta. Las maiko llevan altísimos zuecos negros, okobo. 

   Para poder vestir el kimono, las geishas y maiko necesitan ayuda de otra persona. Años atrás, este ayudante de vestuario era un hombre, un otokosu. Se encargan de vestir a las geishas, ajustando el kimono y atando el obi. Suelen ser hijos de mujeres que trabajan en las okiya o hijos de antiguas geishas u okaa-san. Actualmente, solo hay cinco en Kioto.


La geisha en la cultura popular

 

Mujeres vestidas como maiko (aprendices de geisha) en Kioto (Japón).

   El creciente interés en la apariencia exótica de las geishas ha creado varios fenómenos culturales en Japón y Occidente. Recientemente las líneas de maquillaje inspiradas en las geishas fueron llevadas a Occidente después de la popularidad alcanzada por la novela y película Memorias de una geisha, que se encuentra muy por debajo del realismo de la autobiografía Vida de una geisha, de la geisha Mineko Iwasaki con la colaboración de Rande Brown.


VIDA DE UNA GEISHA: LA VERDADERA HISTORIA

Mineko Iwasaki, la geisha más famosa del mundo, reveló a Arthur Golden todos los secretos de su vida y la de estas elegantes damas dedicadas al arte de la música, la danza y la conversación. Golden lo contó en Memorias de una geisha, una novela publicada en una treintena de países. Ahora, tras demandar al escritor por difamación, ruptura de contrato y violación de copyright por revelar su identidad; Iwasaki ha decidido contar su verdadera historia - dolida, sobre todo, por la indiscreción y la luz arrojada sobre la ceremonia de su mizuage, la pérdida de la virginidad, a cambio de una pequeña fortuna. El libro consta de una introducción, treinta capítulos y un epílogo sobre cuál es la situación actual de la protagonista.

  En 1999, la cantante estadounidense Madonna apareció en el video musical de Nothing Really Matters con una vestimenta inspirada en el de las geishas con un maquillaje blanco.

 

Madonna - Nothing Really Matters (Official Video) [HD]


RESUMEN

Significado de Geisha:

   Se conoce como geisha al término japonés que significa “artista”, formado por los fonemas “Gei” que significa “arte y habilidad”, y “Sha” que expresa “persona”.

  Las geishas son mujeres, antiguamente también existían geishas masculinos, con formaciones en diferentes artes como música, danza, que se dedican a entretener los clientes o invitados en banquetes, ceremonias de té o en cualquier otro local privado o público.

   En vista de la miseria y hambruna que vivían algunos campesinos de la época, las niñas eran vendidas a las Okiyas –casas donde vivían las geishas-, bajo la tutela de la geisha anciana, conocida como Okaasan, que en español significa “madre" en japonés.

   Para llegar a ser aquella mujer que entretiene y hace compañía a los hombres debe primero superar dos etapas:

Shikomi, período hasta que cumpla los 15 años de edad, en el cual se dedica a las tareas domésticas e iniciaba clases de canto, danza, postura, modales, entre otras.

Maiko, etapa que antecede a la geisha, y se realiza una ceremonia conocida como omisedashi que representa el debut de la maiko, la cual debe de continuar con su etapa de aprendizaje guiada por onee-san (hermana mayor).

Geisha (Geiko), una vez celebrada la ceremonia Mizuage –venta de su virginidad-, aproximadamente a los 20 años de edad, ya es vista como una mujer madura, bajo los ojos de la Okaasan.

   Después de la Segunda Guerra Mundial se prohibió la venta de las niñas, y actualmente todas las geishas que aún existen en Japón son por decisión propia para mantener la tradición. También, las Maikos pasaron a tomar la decisión de mantener o no relaciones sexuales.

   Es de resaltar, que las geishas no son prostitutas, en virtud de que la principal función de una geisha no es ganar dinero a cambio de mantener relaciones sexuales con sus clientes, sino por acompañar y entretener al público, la mayoría hombres pero también hay femenino.

   Por último, la geisha ha servido de inspiración para diversas producciones artísticas, dentro de las mismas se puede destacar la “Opera Madame Butterfly”, de Puccini; la película de “Memorias de una Geisha”, del director Rob Marshalla, basada en el best-seller homónimo de Arthur Golden, publicado en 1997.

   El símbolo de geisha representa parte de la cultura en el mundo oriental. La geisha representa la fuerza, delicadeza, mística e inteligencia, así como también para algunos individuos simboliza la paz y serenidad. Los tatuajes de geisha son bastantes comunes en las mujeres, aunque también es solicitado por los hombres, en vista de que es un ejemplo de la cultura, siendo una persona íntimamente ligada al mundo de las artes.


Peinado, maquillaje y vestimenta de la geisha

   En una época usaban el cabello suelto, luego comenzaron a usar cabello recogido, en forma de moño. Por último, decidieron utilizar pelucas de pelo natural, llamadas en japonés katsura, con adornos como: peineta de ébano, acompañada de una horquilla decorada con una perla de jade, o peineta de caparazón de tortuga, acompañada de una horquilla con una perla de coral.

  Generalmente, la geisha utiliza el maquillaje tradicional de la maiko, base blanca (originalmente hecha con plomo) en cara, torso y cuello, y las mejillas llevan polvo de color rosa claro. En cuanto a sus ojos, llevan una línea negra dentro y fuera del ojo, y la parte de fuera del ojo la maquilla de un profundo rojo. Los labios van pintados de rojo en su totalidad.

   Los kimonos son hechos a mano, y a medida. En comparación a las maikos, las geishas utilizan kimonos mucho más discretos, con estampados más apagados, pero su modelo y color es en relación a la estación del año, ya que en el invierno usan kimonos forrados.

   La geisha utiliza sandalias de suela baja de madera y laca, llamadas zori y en interiores llevan sólo calcetines, llamados tabi. Por su parte, en zonas nevadas las geishas utilizan zuecos de madera llamados geta en japonés.




10 cosas curiosas sobre las geishas en Japón


Japón con otra mirada

Hay una razón de peso difícil de revertir que mantiene a las japonesas en situación de inferioridad: el rígido mandato cultural que les exige salvaguardar una feminidad impecable en su imagen, gestos y movimientos

Matilde Fontecha - 17 de junio de 2016

   Mi primera certeza de que Japón existía realmente fue siendo adolescente. Al finalizar el curso, mi hermana mayor se presentó en casa con tres japonesas que pasaron unos días en nuestra casa para visitar el País Vasco. Finalizaban los sesenta, el turismo era incipiente y la presencia de estudiantes extranjeros era anecdótica. Megumi y Yoko, habían estado en Madrid todo un año perfeccionando el idioma español y Nazue acababa de llegar para acompañarlas en un recorrido por Europa.

   Quién iba a imaginar que décadas después, Japón, esa gran potencia económica que garantiza un buen nivel de vida a toda su población, iba a tener a sus mujeres en una situación de discriminación tan anacrónica y retrógrada.

   El androcentrismo existente en Japón ha quedado solapado tras su estado de bienestar. Al aumentar el foco de atención, surgen los datos y saltan a la vista, por ejemplo, los grandes negocios que genera la permisividad con la pornografía infantil, la pederastia, el acoso sexual a niñas, etc. Estos temas son habituales en la televisión, los cómics o videojuegos y se aceptan como algo natural o gracioso.

   Hay una práctica que denota el machismo más sofisticado, y que suele interpretarse como algo exótico y exclusivo. Consiste en que una joven hermosa se convierta en bandeja humana. Después de ser sometida a un lavado exhaustivo, se tiende boca arriba en una mesa y sobre su cuerpo desnudo se distribuyen los manjares que un grupo de hombres degustarán. Es un oficio que requiere un duro entrenamiento, ya que no pueden moverse durante horas aunque, después de unas tazas de sake de más, alguien intente coger un pezón con los palillos.

   También es significativo que en 2005, debido a miles de denuncias por acoso sexual, en Tokio habilitaran vagones de metro sólo para mujeres. Conocidos como los vagones rosa, se identifican con el cartel “women only” y prestan servicio en las horas punta de la mañana para evitar el manoseo a que son sometidas las mujeres.

   Cuando decidí visitar Japón, en el afán de recabar información descubrí a Amelie Nothomb. Con enfoque feminista, en tres de sus novelas autobiográficas (Estupor y temblores, Ni de Eva ni de Adán y La nostalgia feliz) relata la situación de la mujer en el mundo laboral y las relaciones personales y familiares en este país.

   No pensemos que lo que cuenta Nothomb es cosa del pasado. Recientemente, una joven pareja, con la misma especialidad y experiencia en ingeniería fue trasladada por su empresa al país nipón. En una reunión con los altos ejecutivos, la ingeniera levantó la mano para pedir la palabra y el director le dijo: “la mejor contribución que puede hacer es su silencio”.

Por fin en Japón

   Juan José Millás ha escrito un artículo, que me ha encantado, acerca de su reciente viaje a Japón. Estoy de acuerdo con él cuando dice que es un país con características que no se dan en otros lugares. En mi caso, me centraré en esas peculiaridades en relación con las personas y el papel de las mujeres.

   No voy a negar que desde que aterricé en el aeropuerto flotante Kansai de Osaka, empezó mi asombro; ni que en Tokio me quedé prendada del barrio de Omotesando o me sumergí extasiada entre la muchedumbre en el cruce de Shibuya; tampoco negaré el regocijo que sentí ante la belleza de los templos de Nikko o del Pabellón Dorado (Kinkakuji), al pasear por los templos de Kioto o con la arquitectura del edificio de su estación de tren que me dejó boquiabierta.

   Sin embargo, lo que captó mi mayor interés fue la población japonesa. El auténtico espectáculo lo constituían las personas que, en muchedumbre, cruzan un semáforo sin tocarse, quienes esperan en ordenada fila a que el semáforo se ponga en verde, la llegada del metro o del tren bala, o su comportamiento en los restaurantes y las casas de té tradicionales.


   Incluso, en relación con la explosión de belleza de la floración de los cerezos, lo más extraordinario es el simbolismo que tiene para su gente. Es la fiesta de la primavera y lo celebran acudiendo a los lugares más emblemáticos, como el Foso del Palacio Imperial de Tokio, con los cerezos iluminados por la noche, o el parque Ueno donde había cientos de personas, sentadas sobre plásticos, perfectamente ordenadas en ambos extremos del paseo; se habían quitado los zapatos y parecían estar en el comedor de sus casas. Al final del día, ya había pasado una multitud y los contenedores de basura previstos para la ocasión estaban a rebosar, de manera que, las bandejitas y vasos desechables se amontonaban tan pulcramente formando columnas desde el suelo que simulaban una obra de arte contemporáneo. Es el detalle más insólito que he visto en relación con su lema “limpieza y armonía”.

En Japón no se comparte paraguas

   El comportamiento de estas personas tan amables y educadas no tiene nada objetable, por el contrario, contribuye a que tu estancia sea más agradable. No obstante, había algo que me producía cierta desazón. No era una certeza sino una sensación que estaba relacionada con el exceso de disciplina. Y mi cerebro lo interpretaba en clave de carencias, de represión.

   En relación con su concepto del pudor, la lengua japonesa aporta algún indicador: carece de expresiones que puedan traducirse como te amo, te quiero; en su cultura, lo consideran demasiado directo, parece que lo más atrevido que pueden verbalizar es me gustas.

   En consonancia, en público las parejas no se agarran, no se dan la mano ni se rozan. Es fácil adivinar que un beso es escandaloso. Una guía nos dijo que nunca había visto besarse a sus padres, tampoco dentro de casa, y que era lo habitual.

   Aunque es sabido que en Japón se evita el más mínimo contacto físico, no lo había registrado, hasta un día en que iba compartiendo paraguas con otra persona. De repente percibí una sensación rara, miré a mi alrededor y vi que cada persona llevaba su propio paraguas. Pensé: lógico, en Japón no se comparte paraguas, rompe el esquema de la hilera de a uno.

   Casi como un resorte, me separé de la otra persona y abrí mi paraguas plegable, y es que, esa estricta uniformización abduce. De hecho, varias veces me encontré esperando obediente en una calle estrecha y sin tráfico, que en cuatro pasos hubiera atravesado, a que el semáforo dejara de estar en rojo. Era como si tuviera los pies pegados al suelo, no podía saltarme una norma, creo que me estaba transmutando en japonesa.

  Japón es un país de contrastes y, en relación con su actitud tan recatada, es destacable el tema de los baños que toman desnudos y desnudas, tanto en sus hogares como en lugares públicos, en este caso, separados por sexo. En un país volcánico, donde el 80% del terreno es montañoso, los balnearios son una de sus actividades de ocio favoritas. Tuve ocasión de alojarme en Gero y en Hakone en un ryokan (alojamiento de costumbres tradicionales) con aguas termales. En la habitación encuentras kimonos y sandalias, vestimenta con la que permaneces dentro del hotel, vas al comedor, etc.

   Al recinto de baño se accede a través de un vestidor donde una señora con actitud marcial te indica que te desnudes, te quita la toalla a la que te aferras y te señala dónde dejar tus cosas que recuperarás al salir de la tina. Pasas a la sala de higiene, agradable y espaciosa, con duchas bajitas corridas y asientos para tomarte el aseo con calma. Superada la incertidumbre inicial y bien limpita, no sea que la señora te esté vigilando, te acercas a una puerta corredera que se abre dando paso al placer. Es de noche y la pileta exterior con agua a 45 grados limita con un cuidado jardín, todo ello con una iluminación tenue.

   En este punto y hablando de choques culturales, se hizo evidente el respeto al desnudo de la mayoría de españolas y sudamericanas, a quienes el pudor les privó de semejante vivencia. Según van pasando los días, encuentro una explicación a esa sensación desapacible que me provoca un comportamiento tan disciplinado: está relacionado con la represión de la manifestación espontánea de cualquier sentimiento.

   La aceptación y el cumplimiento incondicional de las normas, las filas, el exceso de organización, de puntualidad y hasta de limpieza en las calles donde está prohibido fumar, son consecuencia de un control social tan abrumador que me recordó mi infancia, cuando “el qué dirán” organizaba la vida. Aquellos años en blanco y negro y el Japón actual tienen muchos elementos comunes, aunque en el país nipón, alumbrado por neones de infinitos colores, te puedas despistar.

Discriminación de las mujeres en Japón

   En Japón, la severidad de hábitos para el control social, se ceba con las mujeres, que deben rayar la perfección como hijas, esposas, nueras y madres. El apego a las tradiciones inherentes a los roles de género es decisivo en la discriminación actual de las japonesas.

   Según Naciones Unidas, Japón es el país rico más desigual del mundo en este aspecto. El Foro Económico Mundial sobre brecha de género lleva años situándolo a la cola de los países analizados, concretamente, en 2013 lo situó junto con Tayikistán y Gambia.

   En lo relativo a derechos sexuales y reproductivos, una mujer soltera no puede someterse a un tratamiento de fertilidad. Consideran inconcebible que alguien quiera tener un hijo sin marido.

   Y en el mundo laboral, las japonesas tampoco lo tienen fácil. Según las palabras de Yoshiyuki Takeuchi, profesora de economía de la Universidad de Osaka, sí existen leyes de igualdad, “pero el sistema impositivo, el de pensiones, la seguridad social y el seguro de salud están basados sobre un modelo de familia de cuatro integrantes, con un padre que trabaja y una madre que se ocupa de las tareas domésticas”.

   La mayoría de las empresas siguen aplicando leyes de los años 70, que están en vigor y dificultan la vuelta al trabajo de las mujeres tras haberse casado. Por ejemplo, se pagan salarios más altos a los hombres cuyas esposas se quedan en casa. Si siguen trabajando suele ser con media jornada, un sueldo inferior al de los hombres y son relegadas a realizar tareas de escasa responsabilidad. Con este panorama no es de extrañar que, aproximadamente, el 70% de las japonesas no se incorporen a su puesto laboral después de haber tenido su primer hijo.

   Actualmente, sigue imperando la actitud sumisa de las mujeres en el mundo laboral. Por ejemplo, en un departamento universitario, no es correcto que una mujer diga a sus compañeros varones, vamos a comer. Debe decir: ¿no tenéis hambre? o ¿Qué os parece si fuéramos pensando en comer? A ello contribuye el idioma japonés, que detenta las mayores diferencias de género, tanto en el léxico como en la sintaxis. Entre otras, las mujeres, para evitar expresarse de forma asertiva, utilizan recursos lingüísticos como finalizar las frases con ciertas partículas interrogativas. De lo contrario se les tacha de hablar como un hombre, lo que tiene connotación de ofensa.

   Parece que el trasfondo está en la mentalidad de la sociedad japonesa, cuyo 51% piensa que las mujeres deben quedarse en la casa y cuidar a la familia mientras sus maridos trabajan.

La feminidad de las japonesas  

   He señalado alguno de los motivos que mantienen a las japonesas en situación de inferioridad, pero hay una razón de peso difícil de revertir: el rígido mandato cultural que les exige salvaguardar una feminidad impecable en su imagen, gestos y movimientos.

   Una vez más, el modelo de feminidad se alía con el patriarcado para preservar tradiciones que procuran el control social de las mujeres. El compendio de feminidad-maternidad y masculinidad-heroicidad es una constante en muchas culturas. En Japón, estos dos ideales unidos a la idiosincrasia nipona siguen teniendo gran influencia al definir los roles de género. Por un lado, la figura del samurái, elevada por Yukio Mishima al máximo exponente y, por otro, el modelo de estética y comportamiento de las geishas.

   Lo que hemos leído o visto tantas veces en películas acerca del ideal de mujer japonesa sigue patente. Nunca había visto mujeres tan femeninas, con gestos tan delicados y armoniosos al realizar cualquier tarea.

   Su cuidada imagen, sus reposados movimientos y su forma de caminar con pasos pequeños, cuando van vestidas con el atuendo occidental habitual, alcanzan el cenit al ponerse sus ropas tradicionales, para lo cual parecen estar diseñadas. Como la mayoría de las prendas consideradas un signo de identidad de las mujeres en otras partes del mundo, el kimono es un atuendo incómodo que restringe el movimiento y que también ha sido útil como medida de control de las mujeres japonesas en otros aspectos, pero esa es otra historia.

   Las geishas siguen siendo muy valoradas, se habla de ellas con admiración. Son un sello del país del sol naciente, o quizá una marca que vende; de hecho, es la imagen publicitaria actual de una importante entidad bancaria, que muestra tras sus cristaleras la foto enorme de la figura de una geisha.

   En el tradicional barrio Gion de Kioto, siguen existiendo escuelas de geishas. Aunque no es lo habitual, se podía ver alguna geisha o maiko (aprendiz de geisha durante cuatro o cinco años), dentro de un imponente coche que apenas lograba avanzar por las estrechas calles, a causa de quienes lo rodeaban para fotografiarla.

  En otra ocasión, a través del ventanal de un restaurante, se veían dos geishas cenando. Enfrente los paparazzis habían plantado sus trípodes a la caza de imágenes de las geishas y de sus famosos clientes.

   El concepto de belleza lo tenemos grabado en el cerebro, de manera que no seré yo quien discuta la belleza y la feminidad de las geishas, pero es que estoy en contra de esa feminidad que entorpece la vida de las mujeres. En cuanto a la existencia de sus escuelas, ¿Qué sentido tiene en el siglo XXI que la formación de una niña consista en aprender a ser elegante, tocar un instrumento o realizar la ceremonia del té?

   De cualquier manera, no deja de ser sospechoso y, además, preocupante que, cuando está disminuyendo el número de niñas que se instruyen en dichas escuelas, en Kioto se haya puesto de moda disfrazarse de geisha y, como consecuencia, hayan surgido prósperos negocios donde alquilan trajes, visten, peinan y maquillan a las japonesas, que acuden de todo el país. Durante unas horas, cientos de ellas lucen su deseada y mítica imagen paseando por los templos Kiyamizu.

  

Las japonesas luchan por la igualdad en un país atravesado de machismo
Ya hace siete años que el presidente de Japón, Shinzo Abe, planteó en su programa para mejorar la economía japonesa que se facilitaría la inserción de las mujeres en el mercado laboral, sin embargo las tasas de empleo entre las mujeres continúan siendo bajas. Las japonesas enfrentan numerosas desigualdades y acosos que incluyen tocamientos en el transporte público, cosificación, escasa presencia femenina en la política. Lentamente empiezan a protestar con iniciativas como el movimiento KuToo contra la obligatoriedad de usar altos tacones en el trabajo.  



 Estas jóvenes vestidas con el kimono y calzadas con las sandalias típicas tratan de imitar a las geishas en los gestos y andares, cuya excelencia radica en meter los pies y las rodillas hacia dentro. Las auténticas geishas deben practicar horas y horas esa forma de caminar, a riesgo de provocar una patología: otra práctica perniciosa para la salud, pero considerada el colmo de la feminidad.

   Supongo que estamos ante otro ejemplo de cómo las mujeres buscan su identidad en relación con los atuendos tradicionales de su pueblo. De cualquier manera, estas jóvenes, consciente o inconscientemente, con su actitud están reivindicando un modelo de mujer que es la encarnación de la sumisión: la geisha.

1 comentario:

Thomas Verdhell dijo...

La admiración que a bote pronto suscita la cultura japonesa, contrasta negativamente con el machismo.
Excelente artículo antropológico sobre la cultura japonesa