viernes, 8 de abril de 2022

LA PANDEMIA DE LA SOCIEDAD ES…LA SOLEDAD

 

LA PANDEMIA DE LA SOCIEDAD ES…LA SOLEDAD




Un ensayo expone la paradoja de cuánto proliferan las personas involuntariamente solas —y frecuentemente enfermas— en la era de la hipercomunicación y del narcisismo

Por Rubén Amón. 01/04/2022

   De entre todas las categorías solitarias, ninguna merece más admiración que la enjundia de los estilitas. Por su grado de extraneidad al mundo. Y por el empaque reivindicativo hacia la posteridad. Alzarse en una columna. E instalarse allí sin tentaciones, privilegiando la relación vertical con Dios. Igual que Trajano en Roma, pero no como estatuas, sino como humanos en estado místico de contemplación. No es que los estilitas vivieran solos, lo hacían en la mejor de las compañías. Los acompañaba la luz divina. Y la propia iluminación cenital los sustraía a las contingencias mundanas. Ningún estilita hubo más famoso que Simón —inventor del cilicio y 'recordman' de la vida en columna con una marca de 37 años— aunque el inventario exige mención especial a Lucas el taumaturgo, Niceta de Preslav, Alipio de Adrianápolis y Teódulo de Edesa.


Los estilitas eran monjes cristianos solitarios que vivían en el Medio Oriente a partir del siglo V y tenían la particularidad de transcurrir su vida de oración y penitencia sobre una plataforma colocada en la cima de una columna (stylos en griego) permaneciendo allí durante muchos años e incluso hasta la muerte. Esta especie de monacato era especialmente practicado en el oriente cristiano, sobre todo en las cercanías de Antioquía y en Siria, en la iglesia griega se mantuvo hasta después del cisma (1050) y entre los rusos hasta el siglo XV. Su institución se atribuye a Simeon el Estilita.


La soledad: Tiene sentido hablar de ella tomando como punto de partida un ensayo que se titula precisamente 'Biografía de la soledad' y cuya autoría corresponde a la escritora galesa Fay Bound Alberti. Es ella quien reflexiona sobre la soledad, sobre la “solitud”, no desde la perspectiva metafísica ni voluntaria, sino desde la degradación impuesta por las condiciones de una sociedad a la vez insolidaria e individualista. Un problema nuclear en Occidente que tanto refleja el abandono de nuestros mayores como implica un problema sociocultural y económico. Porque la soledad es muy cara para los estados prósperos a cuenta de la predisposición de la enfermedad de quienes la sufren.

 

 Apuntan las estadísticas británicas que las personas involuntariamente solas reúnen una esperanza de vida un 30% inferior a las acompañadas. También se hospitalizan con más frecuencia y recurren en mayor medida a la medicación. Caros, pero al menos mueren pronto, podría decirse entre el sarcasmo y el cinismo de las autoridades competentes.


Cubierta de 'Una biografía de la soledad'. (Alianza)

 

   Y es verdad que Reino Unido fundó el Ministerio de la Soledad en 2018 en un ejercicio de realidad o de realismo, pero el problema sacude a todos los países desarrollados. Pongamos por caso la sociedad española. “Aquí” viven solas casi cinco millones de personas. O sea, que aproximadamente el 10% de los hogares se definen en la estadística de un solo habitante. El libro de Fay Bound Alberti indaga en las razones. Empezando por el “neoliberalismo despiadado” de Margaret Thatcher, aunque ubica el nacimiento patológico de la soledad hacia el año 1800, cuando los primeros síntomas de la Revolución Industrial y el éxodo del campo a las ciudades predispuso la paradoja de la saturación y las almas solitarias. Puede decirse lo mismo de nuestra revolución tecnológica. Y de otra paradoja aún más sintomática. Estar solos horas y horas delante del ordenador conectados al mundo, pero al mismo tiempo aislados y expuestos al síndrome del individualismo, hipnotizados en la pantalla. Se observa a las personas solas con recelo y hasta con estigmas. Y cuesta trabajo aludir al problema sin plantearse otras cuestiones concomitantes como la longevidad. Vivimos demasiados años. O como la viudedad. Y cuesta trabajo aludir al problema sin plantearse otras cuestiones como la longevidad Hemos encontrado en las mascotas el placebo de la compañía. Y se han resentido nuestras sociedades de la carencia de los proyectos comunitarios, en el sentido más complejo de la vida en comunidad. Y no ayuda a corregir el problema el trastorno del coronavirus, más todavía cuando las recomendaciones sanitarias consistían en ponerse una mascarilla y vivir alejados del prójimo. La derecha ha matado a Dios y la izquierda ha matado la patria. No lo dice Fay Bound. Lo escribía nuestro colega Víctor Lapuente en un reciente ensayo —'Decálogo del buen ciudadano'— que aludía a la desestructuración de las sociedades no ya por culpa de la soledad, sino por la propagación del narcisismo y por haber sacrificado las metas trascendentes.


Guillermo Martínez

   La inestabilidad de la célula familiar se inscribe en la misma patología. La fragilidad de los lazos conyugales, por ejemplo. Y las consecuencias de un descreimiento que convierte a los ciudadanos en huérfanos de Dios. No es tiempo para emular a los estilitas. Subirse a la columna con el cielo encapotado más bien parece una incitación al suicidio. Y no haremos aquí esta clase de apologías. Pero sí haremos un elogio radical de la misantropía. Una soledad voluntaria. Y un recelo hacia la sociedad no ya perfectamente justificado y justificable, sino ilustrativo de las mejores tradiciones —e imposturas— culturales. Me acuerdo de Salinger o de Thomas Pynchon, enjaulados en sus búnkeres particulares. Y de tantos otros creadores huraños que se relacionaron con la sociedad no relacionándose con ella. Emily Dickinson únicamente se trataba con el prójimo si les separaba una cortina. Vivimos solos en compañía de mucha gente, concluye el ensayo de Fay Bound. Una conducta —una patología social— que se ha radicalizado. A Beethoven y Goya los aislaron la sordera y la locura, aunque conviene adoptar ciertas precauciones respecto al cliché del artista incomprendido que aprovecha la soledad y la misantropía para construir su obra. Mi caso predilecto es el de Thomas Bernhard. Un feroz misántropo, cuando no un sociópata. Y un tipo de sótano, de garaje, de cueva mental que no hubiera escrito una línea si la sociedad y la soledad no le hubieran dado los argumentos principales de su fertilidad literaria y hasta libresca. Y cuyos síntomas ya aparecían en el estribillo de 'Eleonor Rigby'. La canción de los Beatles aludía a la soledad de una mujer como símbolo premonitorio de la epidemia que ha sobrevenido en nuestro tiempo y que ha extinguido a las columnas y a los estilitas. Habiendo matado a Dios, son los humanos quienes se endiosan en columnas de arcilla.

La pandemia de la soledad: un novedoso análisis crea un historial de la salud mental

Un grupo de investigadores ha conseguido reunir 57 estudios observacionales sobre la soledad analizada en 113 países o territorios entre 2000 y 2019

Dr. José Luis Carrasco. 31/03/2022

   La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya ha advertido que las medidas de aislamiento social que determinaron el mundo actual desde 2020 para ganarle tiempo al SARS-COVID 19 conducirán a mayores niveles de soledad, depresión, consumo nocivo de alcohol y drogas, y autolesiones o conductas suicidas entre otros síntomas de una salud mental peligrosamente deteriorada, lo que se ha empezado a denominar como “la pandemia silenciosa”. Sin embargo, este devenir nocivo en la psique social no es nuevo. Antes de la realidad pandémica actual, estudios científicos ya venían sugiriendo que la soledad crecía cada vez más rápido en todo el mundo. Ya teníamos datos, pero no eran datos históricos. La ausencia de un seguimiento a lo largo de las décadas hace difícil entender el mensaje de peligro que la psicología puede estar lanzando. ¿Cómo se puede poner sobre la mesa del diálogo colectivo un asunto que ha quedado religiosamente relegado a la privacidad del hogar? Sin poder comparar cifras actuales a lo largo del tiempo o entre regiones geográficas, el análisis se complica.

2022: el gran reto de la salud mental de la población


   En el caso de España, más de dos millones de personas mayores de 65 años viven actualmente solas, según el Instituto Nacional de Estadística (INE). Así lo confirman también las estadísticas del INE, subrayando la brecha de género que se produce: el 42% de las mujeres de más de 80 años viven solas, frente al 21% de hombres.

   Pero la soledad no entiende de fronteras ni de diferencias culturales: "La creencia común es que alrededor de 1 de cada 12 personas en el mundo experimenta la soledad a un nivel que puede conducir a problemas de salud graves; sin embargo, la fuente de estos datos no está clara porque los investigadores nunca han podido medir la magnitud del problema de manera eficiente para perfilarlo", sostiene la epidemióloga Melody Ding de la Universidad de Sydney en una entrevista para 'Science Alert'.

  Ante el problema agravado, Ding y sus compañeros han conseguido reunir 57 estudios observacionales sobre la soledad analizada en 113 países o territorios entre 2000 y 2019. Un pequeño, pero gran avance con el que el contexto de conocimiento en torno a ella podrá entrelazarse y reinterpretarse más allá de los clichés clásicos que guarda en cajones miles y miles de expedientes sanitarios. Los autores esperan usar estos hallazgos precisamente como una línea de base previa a la pandemia con la que monitorear los sentimientos de soledad de cara al futuro.

   Los datos encontrados resultan evidentes para las generaciones jóvenes, de las que se tiene más conocimiento. Desafortunadamente, para el caso de los adultos, solo hubo datos suficientes para que este nuevo metanálisis se enfocara en la región europea. "Comprender la soledad como un problema de salud mundial requiere datos de la mayoría de los países; sin embargo, faltan muchos todavía", apuntan los autores.

  Solo en Europa, los investigadores encontraron numerosas diferencias geográficas. Para empezar, los países del norte presentan las tasas más bajas de soledad, con solo el 2,9% de su población en jóvenes y el 2,7% de adultos de mediana edad. La población mayor de 60 años, por su parte, muestra una tasa de soledad y aislamiento más elevada con un 5,3%. Además, han podido comprobar que estas dos últimas décadas, las primeras de este siglo, los países de Europa del Este han detectado más signos de soledad que cualquier otro lugar de Europa: un 7,5% en adultos jóvenes, un 9,6% de adultos de mediana edad y hasta un 21,3% de los adultos mayores.

   Se trata, como recuerdan, de datos previos a una pandemia que no solo ha acabado con la vida de millones de personas, sino que puede tener un enorme impacto en la salud mental y la salud física en todas las edades. De hecho, el aislamiento social y la soledad se han asociado con un aumento en el riesgo de muerte prematura, en una escala equivalente a fumar cigarrillos. Sin embargo, no está claro qué mecanismo está impulsando esa relación fatal", subrayan.




   Vivir nuestras verdades auténticas puede ser increíblemente difícil, especialmente si luchamos con la falta de autoestima y con mucha vergüenza. Esta incongruencia interna puede conducir a sentimientos de soledad en todos los aspectos de nuestras vidas. Tal vez estamos tratando de mantener relaciones y amistades con personas que en realidad no nos gustan. Esto suena absurdo, pero a menudo es cierto. La triste verdad es que muchos de nosotros preferiríamos estar cerca de personas que no nos gustan antes que no estar cerca de ninguna persona en absoluto. Pero no tiene que ser tan blanco y negro; podemos vivir auténticamente y atraer personas que valoran los mismos ideales que nosotros. Esto puede requerir que nos desprendamos de relaciones anteriores o amistades que ya no nos sirven, es decir, las personas simplemente se alejan. Tratar de forzar las relaciones con personas que están creciendo a diferentes velocidades y potencialmente están en diferentes caminos puede llevarnos a una sensación de soledad.

   Muchos de nosotros podemos sentirnos intrínsecamente solos debido a la falta de cuidado que recibimos cuando éramos niños. La peor parte de este sentimiento de soledad aprendida es que tenemos una tendencia a interiorizarlo como un defecto inherente dentro de nosotros mismos. Esto simplemente no es cierto.

   No somos defectuosos; estamos heridos. Estas heridas nos han llevado a apegos inconsistentes y potencialmente insanos con muchas de las personas que hemos encontrado a lo largo de nuestras vidas. Como resultado, podemos comenzar a decirnos a nosotros mismos que somos el problema o que no somos dignos de amor; esto a menudo nos lleva a sentirnos deprimidos y perder todo el optimismo para el futuro.










SOLEDAD - EMILIO JOSÉ



Ma solitude - George Moustaki - subtítulos en español

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