viernes, 18 de marzo de 2022

EL GESTO CLÁSICO DE LA MUERTE

 

EL GESTO CLÁSICO DE LA MUERTE

 Adriana Vega. Oct  2014 

SÓCRATES


La muerte de Sócrates. 1787. Jacques- Louis David.


La muerte de Sócrates: la Apología. Juicio, sentencia y condena de Sócrates.



Juicio y muerte de Sócrates 

   “Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Paga la deuda y no la descuides” han trascendido como las últimas palabras de Sócrates antes de que el efecto del veneno le diera muerte. Con esta actitud templada y distante de la tragedia, Jacques- Louis David (1748- 1825) retomó el ideario clásico en La muerte de Sócrates y representó los momentos previos a la ejecución. Es el surgimiento del neoclasicismo y, con él, de escenas de asesinatos llenas de armonía.

   La corriente neoclásica, expresión estética de la Ilustración, aspiraba a un orden gobernado por la razón y la libertad. Como sus predecesores clásicos, utilizaban composiciones sencillas y personajes idealizados para transmitir mediante historias ejemplares lo racional y virtuoso.

   Sócrates se prepara para morir en un ambiente de dramatismo contenido. Afronta su muerte con valentía y presume de ser capaz de acatar las leyes, sin renunciar a sus principios, aunque esto le cueste la vida. Platón aparece envejecido, situado a los pies de la cama, reflexivo. Señalado por el movimiento de las manos de su maestro, es el único que atiende sin turbación a la última lección que imparte Sócrates y que J. L. David recogió: el gesto sereno con el que acepta la muerte como triunfo de la razón.


VIRIATO


La muerte de Viriato. 1807. José de Madrazo.



Hispania - El desgarrador fin de Viriato

Viriato muere por Hispania. Helena, rota de dolor, logra sonreír ante Galba mientras las lágrimas resbalan por su cara pronunciando las siguientes palabras: "Te crees que has vencido pero lo único que has hecho ha sido perder"

   José de Madrazo (1781- 1859) pintó una serie de cuadros que representan la resistencia de los pueblos peninsulares frente a la dominación romana. Uno de ellos fue La muerte de Viriato, líder lusitano que, tras conseguir la paz con Roma en el siglo II a. C., fue asesinado por sus propios camaradas.

   La muerte sucede en un entorno teatral bajo una luz diáfana que rechaza las distracciones. Las impetuosas telas de la tienda de campaña se convierten en el telón de fondo y limitan la atención a la escena del crimen. A modo de friso clásico, las figuras se dispersan a lo largo del espacio con un movimiento armónico que fija la mirada desde el lecho de muerte hasta la apertura de la tienda, donde escapan los autores del asesinato. Los soldados fieles lloran su muerte, pero retienen su dolor como perfectas esculturas clásicas. Madrazo encontró en Viriato a un líder libertador en el que pudo reflejar su sentimiento patriótico opuesto a la expansión napoleónica.


JULIO CÉSAR


La muerte de César. 1867. Jean- Léon Gérôme.

   Cayo Julio César yace muerto en la penumbra bajo la estatua de Pompeyo. Jean- Léon Gérôme (1824- 1904) recuperó con el academicismo La muerte de César y lo hizo centrando el protagonismo en los verdugos. Gérôme trae a primer plano la celebración de la conspiración consumada. Una luz clara e intensa recae en el centro de la escena e ilumina a los ejecutores del crimen que alzan sus dagas. El cuerpo de Julio César queda relegado a la sombra, completamente envuelto por su túnica blanca, manchada de sangre una sola vez, a pesar de que recibió veintitrés puñaladas.

   Cuando fue asesinado preparaba las nuevas conquistas para engrandecer Roma. Sin embargo, la construcción de un gran imperio no era avalado por la mayoría del Senado y, tomando la defensa de la República como motivo, acordaron el crimen del dictador perpetuo.

   La función moralizante del neoclasicismo vierte mensajes ejemplares en las historias que se cuentan. Con los asesinatos busca ensalzar a sus protagonistas como héroes y presentar la virtud en ellos. Lo hace escondiendo la violencia y el drama a través de una sublime serenidad. Por trágica que sea la desgracia, será una escena sobria y equilibrada.

La muerte Julio César en el Senado de Roma. El trágico final de Julio César en el senado en los famosos Idus de marzo.


HOLOFERNES


Judith decapitando a Holofernes, de Artemisia Gentileschi, 1614–1618.

   Judith, una bella viuda judía de la que está prendado Holofernes, el general asirio que está a punto de destruir la ciudad de Betulia, entra con él en su tienda y, aprovechándose de que ha quedado inconsciente por haber bebido en exceso, le decapita con su propia espada y huye llevándose la cabeza en una cesta, bolsa o alforja. En las representaciones artísticas suele aparecer la figura de una vieja criada ayudando a Judith.

   Los artistas han escogido entre dos posibles escenas: la de la decapitación, con Holofernes yaciendo en una cama, o la de la heroína llevándose la cabeza. Una vidriera de comienzos del siglo XVI narra la historia de forma secuencial, representando dos escenas: en la primera y mayor Judith y Holofernes festejan en un banquete; en la segunda y menor Judith y la criada llevan la cabeza de Holofernes en un saco, dejando el cuerpo decapitado atrás. Boticelli había representado las Historias de Judith en un díptico que muestra dos escenas simultáneas: el Regreso de Judith a Betulia y el Descubrimiento del cadáver de Holofernes. Más prolija es la selección de escenas de las vidrieras de la Sainte Chapelle de París (siglo XIII) o de una serie de tapices flamencos de la segunda mitad del siglo XVI (iglesia de San Esteban de Burgos), que narra la totalidad de la historia en diez obras: El ejército de Nabucodonosor, El avance del ejército asirio, Escena bélica, Llega la guerra a Judá, Judith ante Holofernes, El banquete de Holofernes, La decapitación de Holofernes, Regreso a Betulia y Judith muestra la cabeza de Holofernes.



   Judith y Holofernes es un cuadro de inspiración bíblica, de Caravaggio, pintado en 1599. Concretamente está basado en la historia del libro Judit, rechazada por los protestantes, pero que los papas católicos Sixto V y Clemente VIII mantuvieron en la Biblia de 1592. La pintura muestra al general Holofernes al momento de ser decapitado por Judit, la mujer que lo emborrachó para evitar que atacara su ciudad. Provocaba reacciones de horror y sorpresa entre los visitantes de su primera sede, pues Caravaggio logró dotar a la obra de gran realismo y crudeza. Judit se muestra de pie, majestuosa e impertérrita, mientras que su criada, quien le ha proporcionado la espada, está nerviosa y al acecho de lo que pueda pasar. Los efectos de la obra serían recreados más tarde por las versiones de Artemisia Gentileschi (Judit decapitando a Holofernes, 1620) y Francisco de Goya (Judit y Holofernes, de 1820).


Reaparece una obra de arte: "Judith y Holofernes"

La pintura "Judith y Holofernes", atribuida a Caravaggio fue vendida por un monto desconocido a un comprador extranjero. La obra valorada en hasta 150 millones de euros data de 1607 y su historia tiene algo de rocambolesco. Estuvo aparentemente olvidada en una buhardilla durante más de 100 años hasta su hallazgo.




Judith y Holofernes


Matar a Putin, ¿Por qué no?

La fantasía de un magnicidio se antoja una solución al conflicto ucraniano, pese a que es muy poco probable y pese a que haya escandalizado hablar de una muerte ilustre entre tantas muertes anónimas

Foto: Un mural de Vladímir Putin en Serbia. (Reuters/Zorana Jevtic)

Rubén Amón. 09/03/2022 

   La impotencia que produce la agresión militar de Putin ha suscitado el debate de las soluciones insólitas o desesperadas. Una de ellas consiste en la expectativa remota de una ruptura traumática del pueblo ruso y su condotiero. La otra radica en la fantasía del magnicidio, de tal manera que el asesinato del zar —una hermosa tradición local— resolvería la crisis geopolítica porque despojaría de la ecuación el argumento más incendiario.


Matar a Putin

El ministro de Asuntos Exteriores luxemburgués propone la "eliminación física" del mandatario ruso

Luis Sánchez-Moliní. 04 Marzo, 2022 

   Tanto está cambiando el mundo con la invasión de Ucrania que hasta los españoles nos hemos enterado de que Luxemburgo tiene un ministro de Asuntos Exteriores. Se llama Jean Asselborn y ha protagonizado una alocada polémica por su defensa del tiranicidio para acabar con la actual guerra del Este. El señor Asselborn -que hasta hace unos días sólo estaba pendiente de cómo blanquear la condición de paraíso fiscal de su pequeño y rico país- contempló en una entrevista la posibilidad de la "eliminación física" de Vladimir Putin. El clásico "muerto el perro se acabó la rabia". Más tarde intentó rectificar con un ingenuo y candoroso "se me ha escapado", como quien pide disculpas por una involuntaria ventosidad en un acto de alto copete. Pero ya no coló.

   Sin embargo, las palabras de Asselborn deberían ser tenidas en cuenta. El tiranicidio es un viejo dilema de la moral política desde, al menos, la Grecia antigua, aunque fue un español, el jesuita, Juan de Mariana, el que le dio un mayor desarrollo y justificación como método para implantar el reino de Dios en la tierra. Otros como Jefferson o George Mason trataron la posible "eliminación física" -por decirlo a la manera del ministro luxemburgués- de los reyes tiranos, sentando así las bases teóricas de la guillotina.

   Con o sin justificación filosófica, lo cierto es que el tiranicidio ha sido una constante histórica y literaria, desde César hasta Ceaucescu, desde Shakespeare hasta Forsyth. Legendarios son los intentos de la CIA de acabar con Fidel Castro, con planes tan estrafalarios como envenenar su traje de hombre rana, o la también frustrada Operación Valkiria con la que un sector de la Wehrmacht intentó liquidar a Hitler. El propio Stalin vivió insomne y obsesionado con la posibilidad de su asesinato y existe una amplia literatura sobre los proyectos de atentados contra Franco, algunos incluso protagonizados por falangistas. La foto de Mussolini colgado junto a la Petacci es el documento gráfico por excelencia sobre este asunto.

   Pero volvamos a la cuestión que el indiscreto Asselborn ha planteado. ¿El asesinato de Putin solucionaría la crisis de Ucrania? Los que lo creen son los mismos que escriben titulares del tipo "Putin bombardea Kiev" -como si el mandatario estuviese al mando de una batería de primera línea- y olvidan que no suele haber tirano sin una amplia base social que lo permite y lo alienta. Muy probablemente el asesinato de Putin sólo llevaría a soliviantar aún más un nacionalismo ruso que, demostrado queda, está más que arraigado. Mucho nos tememos que en esta II Guerra Fría no habrá atajos.


Un servidor no está a favor de la pena de muerte, para nadie, ni para el peor de los asesinos, basta con ponerlo fuera de la circulación cuando se demuestren sus fechorías. En el caso de Putin albergo algunas dudas, el daño que su egolatría y afán expansionista está provocando en un pueblo entero, sin mirar si son víctimas inocentes, y con justificaciones tan mezquinas como falaces, habría que pararlo y queda claro que no tiene intención de rectificar. Ya que tampoco parece que vaya a suicidarse, su maldad y narcisismo hace poco probable esta posibilidad, ¿que pasaría si una bala perdida o un misil mal dirigido acaba con él?

Petrus Rypff

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