jueves, 3 de febrero de 2022

DE "EL FEMINISMO" A "LOS FEMINISMOS": PROPUESTA INCLUYENTE PARA GRANDES LUCHAS

 

DE "EL FEMINISMO" A "LOS FEMINISMOS":



Feminismo

Definición - Historia - Objetivos que persigue - Logros alcanzados - Tipos.

El feminismo incluye diversos movimientos sociales, políticos, económicos y culturales.

¿Qué es el feminismo?

   El feminismo es una teoría social y política que aspira a comprender el modo en que las sociedades piensan a la mujer, en tanto conjunto de individuos. Dicho de otro modo, se trata de una filosofía que expone los rasgos machistas de las distintas sociedades, es decir, aquellos que evidencian la dominación tradicional de lo masculino por encima de lo femenino, de la mayoría de los hombres sobre la mayoría de las mujeres.

   Además, bajo el término feminismo se agrupan un conjunto diverso y heterogéneo de movimientos sociales, políticos, culturales, económicos e incluso sexuales. Su objetivo común y fundamental es la lucha por alcanzar la igualdad entre hombres y mujeres, es decir, la eliminación de las diversas formas existentes del sexismo.

  Puede considerarse una doctrina de pensamiento que hace visibles las maneras en que una sociedad privilegia a lo masculino en lo económico y laboral, en lo doméstico, en lo íntimo, incluso en lo sexual y reproductivo. En ese sentido, el feminismo es una herramienta para identificar y criticar al machismo, y no es realmente, como muchos creen, su contrario.

  El feminismo tiene antecedentes a lo largo de la historia, pero surgió como un movimiento social y político identificable en el siglo XIX. Luego se convirtió en una teoría académica y en la base intelectual para un conjunto de estudios de género, en los que se intenta desmontar una larga y antigua tradición de pensamiento machista y homofóbico, en pro de construir sociedades más libres.

¿Qué busca el feminismo?

   El feminismo persigue la igualdad de los géneros, o sea, el fin del patriarcado: la predominancia ancestral del hombre sobre la mujer en aspectos sociales, económicos y culturales. Podría decirse que busca el fin del machismo, esto es, el establecimiento de una sociedad en la que hombre y mujer sean iguales en derechos y oportunidades. El feminismo no se propone una sociedad sin hombres, ni tampoco el sometimiento de estos últimos a la autoridad de las mujeres. Esto no significa que no haya vertientes feministas radicales o extremistas, pero no se debería juzgar por ellas al conjunto de un movimiento cultural, político y filosófico vasto, complejo e importante.

Historia del feminismo

Historia-feminismo sufragio Nueva Zelanda 1893


El primer sufragio femenino

El reconocimiento del voto a las mujeres de Nueva Zelanda se debe al intenso trabajo de los sufragistas, especialmente de Kate Sheppard (1847-1934).

    Aunque en la segunda mitad del siglo XIX se reconoció el derecho al voto a la mujer en algunos lugares, como en el Estado de Wyoming, el primer sufragio femenino sin restricciones de ningún tipo se reconoció en Nueva Zelanda el 19 de septiembre de 1893. 

  Los primeros movimientos feministas se alinearon con anarquistas y obreras. El feminismo tiene importantes antecedentes en la historia de la humanidad, que sin embargo siempre fueron puntuales. Se trababa de mujeres emancipadas, rebeldes, que asumieron posiciones de poder y condujeron sociedades enteras.

   Algunas necesitaron asumir seudónimos masculinos para poder publicar sus escritos o perseguir una carrera intelectual, en épocas en que tales actividades eran vistas como algo “de hombres”. Sin embargo, el pensamiento propiamente feminista tuvo su inicio con la Ilustración francesa, en el siglo XVIII, en especial a partir de la publicación de la obra Vindicación de los derechos de la mujer (1792) de la filósofa inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797). En este libro se asumía ya la polémica respecto a la diferencia de los sexos y de sus roles tradicionales en la sociedad: el hombre en el trabajo y el pensamiento, y la mujer en la casa, cuidando de la familia y dedicada a asuntos artesanales, a lo sumo. Así, los grandes cambios que trajo consigo la Revolución Francesa de 1789 y el final del Antiguo Régimen permitieron el surgimiento de un pensamiento feminista.

   Gracias a ello apareció luego la llamada Primera ola del feminismo, que cuestionaba abiertamente la jerarquía existente de los sexos. En ella tuvo un rol protagonista el movimiento sufragista, es decir, el movimiento por la universalización del voto femenino. En esta época los movimientos de mujeres asumieron la tarea de su emancipación política con fervor, y a menudo de la mano de agrupaciones anarquistas y obreras. El primer país en aprobar el voto femenino fue Nueva Zelanda, en septiembre de 1893.

   La llamada Segunda ola del feminismo apareció a mediados del siglo XX (décadas del 60 y 70), bajo el nombre de Movimiento de Liberación de la Mujer. A diferencia de la primera ola, centrada en lo político, esta segunda abordó una importante diversidad de temas sociales y culturales. Así, el feminismo abordó la sexualidad, la familia, la discriminación laboral y, especialmente, los derechos reproductivos, gracias en parte a la aparición comercial de la píldora anticonceptiva en 1960.

   Importantes íconos feministas como Simone de Beauvoir (1908-1986), autora de El segundo sexo (1949), y Kate Millet (1937-2017), autora de Política sexual (1970), fueron parte de esta segunda oleada.

   La Tercera ola del feminismo surgió alrededor de 1990 en los Estados Unidos, y en realidad consistió en una crítica hacia los fallos percibidos en la segunda oleada. Así, estas feministas deseaban un movimiento más libre de esencialismos y definiciones rígidas de qué cosa es lo femenino. Se apostó por las corrientes filosóficas post-estructuralistas, proponiendo nuevas interpretaciones de género y de sexo. Sin embargo, esta tercera ola estuvo siempre envuelta en cierta polémica (se las llamaba “post-feministas”) y tuvo mayor éxito en el ámbito académico que en el de la militancia sociopolítica.

   A inicios del siglo XXI el feminismo ha vuelto a ponerse en boga, especialmente en países occidentales que han sido escenario de marchas, denuncias masivas de acoso sexual. Según algunas opiniones, ciertos fragmentos del movimiento se han radicalizado, con consignas llamadas “hembristas” y apología abierta al lesbianismo. Sin embargo, existe mucho debate al respecto y la radical es sólo una vertiente de un movimiento complejo, diverso y poco estructurado.

Logros del feminismo

El derecho al aborto. Consolidado en algunos países y en otros aún lo busca.

    Los logros históricos del feminismo no son pocos, y son ampliamente reconocidos, al menos en Occidente. De hecho, el debate respecto a las diferencias entre hombres y mujeres, en lugar de aceptar sumisamente el lugar impuesto en la sociedad, es ya un logro: por ende, podría decirse que la existencia del feminismo es, en sí misma, un logro feminista.

Otros logros históricos del feminismo tienen que ver con:

  • El derecho al aborto. 
  • El sufragio femenino.
  • El acceso universal a la educación superior para las mujeres.
  • Derecho a decidir sobre el embarazo y participación en la planificación familiar.
  • Liberación sexual de la mujer y visibilización del deseo femenino.
  • Fin de la discriminación sexual en materia de acceso al trabajo.
  • Democratización de ciertos códigos de vestimenta.
  • Protección social laboral en caso de embarazo.
  • Medidas de protección para un parto con anestesia y recursos clínicos adecuados.

Tipos de feminismo

Existen numerosos movimientos dentro del feminismo, algunos orientados hacia lo más político y económico, otros con intereses meramente en lo social, cada uno con sus propios conceptos, prácticas y consideraciones. Algunos ejemplos son:

Anarcofeminismo

    El feminismo anarquista tiene sus raíces en las primeras olas del feminismo, y que asume la lucha contra el machismo como un objetivo político, afín a los del anarquismo. Su lógica dicta que, ya que se está luchando contra la sociedad patriarcal, se debe luchar también contra sus manifestaciones económicas y políticas, como el capitalismo y el Estado.

Feminismo radical o radfem

   Se trata de un ala extremista del feminismo contemporáneo, cuya lucha contra el patriarcado descree de la posibilidad de lograr la igualdad sin establecer primero un matriarcado, o sea, una sociedad dirigida enteramente por las mujeres, que compense los milenios de dominación machista ya sufridos.

Feminismo abolicionista

    Una corriente del feminismo particularmente interesada en la cultura del sexo, que denuncia y se opone por lo tanto a la pornografía y la prostitución, considerándolas actividades que fortalecen el imaginario del patriarcado y que someten y denigran a la mujer.

Transfeminismo

    En esta variante del feminismo tienen especial cabida las mujeres trans, es decir, aquellas personas transgénero que nacieron con sexo biológico masculino, y en vida emprendieron la transición hasta convertirse en mujeres. Esto último es considerado posible a partir de la idea de que “masculino” y “femenino” son conceptos de origen cultural y por lo tanto pueden ser deconstruidos.

Feminismo separatista

   Es la variante más extrema del feminismo radical, aspira a construir una sociedad solamente de mujeres, como única alternativa posible al dominio patriarcal. Entre ellas el sexo lésbico es tenido como la verdadera y única forma de sexo que garantiza la plenitud de la mujer.




HISTORIA DEL FEMINISMO EN 10 MINUTOS

Te contamos nuestra versión de la historia del feminismo desde su comienzo en el siglo XVIII, hasta la actualidad. Y lo hacemos como siempre, de forma gráfica, sencilla y entretenida. 

Autor: Gorka Perez 
Documentación: Ainhoa Durá y Jose Mari Pérez
Voz en off: Salva Vallejo
Agradecimientos: Maggy Barrère, Nerea Durá, Aloña Muñoz y Yeyettes

   De forma casual hace un tiempo tuve acceso a un extenso artículo muy interesante, realizado por un grupo de activistas del feminismo de origen mexicano cuyo contenido puede extenderse a cualquier país occidental.


DE "EL FEMINISMO" A "LOS FEMINISMOS":

PROPUESTA INCLUYENTE PARA GRANDES LUCHAS

Lourdes V. Barrera, Cecilia Garibi, María Fernanda Guerrero, María Victoria Montoya

    La vuelta a la experiencia como punto central de los feminismos no es casualidad y en gran medida es la reivindicación de nuestras propias experiencias.

   Los caminos que nos llevaron a este encuentro eran tan diferentes como nuestras historias personales, nuestras expectativas, posturas académicas, en fin. Durante el periodo que duró la maestría y posterior a ella no hemos desaprovechado un solo momento para discutir, para debatir, para pensar. La reflexión que aquí presentamos es parte de la sistematización de nuestras conversaciones y evidencia los puntos en los cuales confluyen nuestras posturas, posturas que han cambiado dos años después de nuestro primer encuentro, en algunos casos se han radicalizado, en otros se han modificado completamente, porque después del reconocimiento de las diferencias entre nosotras mismas, el único camino posible era aprender de las otras, de los otros. "El feminismo" es un término utilizado con fines prácticos que aglutina particularidades y características de una única forma de hacer y pensar en el feminismo, afirmación que será trabajada en el transcurso del texto.

Feminismo femenino

      En el imaginario de la mayoría de las personas, se ha entendido que "El feminismo" es un movimiento político para y de las mujeres. Desde esta perspectiva, su marco de referencia son las categorías sexo/género, y en torno a estas se han perfilado las reivindicaciones políticas y sociales de los movimientos de mujeres desde hace más de medio siglo. No obstante, debe entenderse que el feminismo representa otra cosa más allá de un conglomerado de mujeres, es un movimiento político y social que surge como una respuesta a las situaciones de desigualdad a las que se enfrentaban, y nos seguimos enfrentando, las mujeres. Si bien es complejo hacer un recuento de los antecedentes, características y aportaciones de la primera y segunda ola del feminismo, resulta fundamental reconocer que esta lucha se inició con la firme convicción de hacer visibles las principales demandas y experiencias de las mujeres que, hasta entonces, se creían abarcadas en un marco de referencia cultural y simbólico androcéntrico, esto es, un marco que sólo hacía visibles las experiencias de los hombres. Lo anterior permitió conocer que las vivencias de lo privado, generalmente asociado a las mujeres (unidades domésticas y relaciones familiares), van de la mano con las vivencias del plano público (relaciones con las instituciones). "Lo personal es político", como bien argumentó Betty Friedan en 1963. Las primeras luchas feministas abrieron la discusión de las mujeres en torno a la inclusión en las esferas políticas, laborales y educativas, espacios que aún hoy, a pesar de los frutos de dichas luchas, no logran cubrir la totalidad de carencias y circunstancias a las que nos enfrentamos las mujeres de principios de siglo XXI.

Betty Friedan

(Betty Naomi Goldstein; Peoria, Illinois, 1921 - Washington, 2006) Escritora estadounidense, autora de La mística de la feminidad (1963), obra de referencia del movimiento feminista por la que fue galardonada con el premio Pulitzer.

   Mujer adelantada a su tiempo, nunca bajó la guardia en los problemas que siempre la preocuparon: la reestructuración de lo doméstico y familiar y la paridad económica y laboral entre hombres y mujeres, dos frentes en los que abrió brecha y que la convirtieron en la figura más emblemática del feminismo en una época, en la década de 1960, en la que todo estaba por hacer. En este sentido, esta pionera de los derechos de las mujeres será recordada como una de las activistas que más han contribuido a trazar un camino hacia la igualdad real de géneros.

   Nacida en el seno de una familia de origen judío, su padre, Harry, era joyero, y su madre, Miriam, abandonó su empleo como editora de un periódico para ejercer de ama de casa. Tras graduarse summa cum laude en el Smith College, en 1942, Betty realizó estudios de psicología en la Universidad de Berkeley y empezó a trabajar como redactora, escribiendo primero para Federated Press (1943-1946), servicio de noticias del que se nutrían la mayoría de los periódicos sindicales, y más tarde para UE News (1946-1952), publicación oficial de United Electrical, Radio and Machine Workers of America, sindicato radical en la lucha por la justicia social para los afroamericanos y para las mujeres trabajadoras.

   En Nueva York conocería a Carl Friedan, productor y ejecutivo de una agencia de publicidad con el que se casaría en 1947 y que le daría tres hijos, antes de que la pareja se divorciara tras veintidós años de matrimonio, en 1969. En 1952, cuando se encontraba embarazada de su segundo hijo, Betty fue despedida de su trabajo. Dedicada a partir de este momento al cuidado de la familia y a las tareas domésticas (y limitada laboralmente a algunos trabajos free lance), un encuentro que tuvo unos años después con antiguas compañeras de estudios resultaría determinante para su futuro. A raíz de un encargo del Smith College sometió a sus colegas a un minucioso cuestionario y descubrió que su insatisfacción con la vida que llevaba no era algo personal sino colectivo.

    Las conclusiones de este primer estudio, presentadas en el artículo “I say: Women are People Too” (cuyo borrador fue rechazado por varias revistas para mujeres, más interesadas en publicar artículos sobre decoración y cocina), reflejaban la pérdida colectiva de identidad de las mujeres de su generación y la llevaron a iniciar un análisis de campo sobre el papel que, en la sociedad estadounidense de la posguerra y la guerra fría, se asignaba a las mujeres. Se entrevistó en profundidad con más de ochenta mujeres de diferente condición: estudiantes de enseñanza secundaria o superior, amas de casa y madres jóvenes, mujeres que rondaban los cuarenta años… Paralelamente, recurrió a psicoanalistas, sociólogos, antropólogos y expertos en psicología femenina y en educación familiar para conocer sus puntos de vista.  

   El resultado de este estudio fue La mística de la feminidad (1963), un exhaustivo análisis del rol de las mujeres de clase media “convertidas por la sociedad en amas de casa sin recursos propios”, y referente indispensable (al igual que El segundo sexo de Simone de Beauvoir) para la configuración del movimiento feminista de la década de 1970. En opinión de Friedan, “existía una extraña discrepancia entre la realidad de nuestras vidas como mujeres y la imagen a la que intentábamos ajustarnos, la imagen que denominé la “mística de la feminidad” […]. La mística femenina no es más que una forma de la sociedad de embaucar a las mujeres, vendiéndoles una serie de bienes que las dejan vacías, padeciendo “del problema que no tiene nombre” y buscando una solución en los tranquilizantes y el psicoanálisis. Una mujer debe poder decir, y no sentirse culpable al hacerlo, “¿Quién soy? y ¿Qué quiero hacer en mi vida?” No se debe sentir como una persona egoísta y neurótica si quiere alcanzar metas propias, que no estén relacionadas con su esposo e hijos”.

   En los años inmediatos a su publicación, La mística de la feminidad, que obtuvo el premio Pulitzer en 1964, se convirtió en un auténtico best-seller (las ventas superaron los tres millones de ejemplares) y puede decirse que marcó un antes y un después en la historia del siglo XX, pues dio forma al movimiento feminista urbano de clase media. Cada vez más implicada en acciones en pro de la equiparación de los derechos de las mujeres, en 1966 Friedan, con otros 27 hombres y mujeres, sentó las bases de la National Organization for Women (NOW, Organización Nacional para las Mujeres), organismo que presidió hasta 1970.

   Como fundadora y dirigente de la NOW, Friedan tomó posiciones extremas en asuntos como la igualdad de salarios, las oportunidades de promoción y otros derechos que hoy lo son por ley, pero que entonces ni siquiera llegaban a borrador. Destacaron sus presiones al Gobierno estadounidense para que prohibiese la discriminación en el trabajo, y a las aerolíneas para que suprimieran la política de emplear tan sólo a mujeres solteras menores de treinta y dos años como azafatas de vuelo.

   Uno de sus primeros actos públicos tuvo lugar en Nueva York el 26 de agosto de 1970, coincidiendo con el 50º aniversario del sufragio femenino, cuando encabezó la Huelga por la Igualdad de las Mujeres (Women’s Strike for Equality), una jornada reivindicativa que incluía la exigencia del “aborto gratis e inmediato” y que congregó a más de 50.000 personas. En 1971 Betty dio otra vuelta de tuerca en su particular cruzada en favor de la paridad de géneros con la fundación del National Women’s Political Caucus (NWPC, Comité Político Nacional de Mujeres) y la National Association for the Repeal of Abortion Laws (NARAL, Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes contra el Aborto), empresa en la que la acompañaron Bernard Nathanson y Larry Lader y que después se convertiría en Naral Pro Choice.

   Su trabajo, no obstante, no estuvo exento de críticas y controversias, sobre todo por su renuencia a la hora de apoyar las reivindicaciones de las minorías raciales y las lesbianas e incluirlas en el movimiento feminista, algo que finalmente hizo en el año 1978. Fue incluso llamada “retrógrada” por defender que las mujeres podían y debían vivir en asociación con los hombres. Colaboradora habitual de McCall’s, Harper’s, The New York Times, The New Republic y The New Yorker, escribió numerosos trabajos sobre los derechos de las mujeres. Entre sus obras posteriores a La mística de la feminidad destacan La segunda fase (1981), La fuente de la edad: vivir la vejez como una etapa de plenitud (1993) y el libro de memorias Mi vida hasta ahora (2000).

   El camino que abrieron las feministas desde hace más de medio siglo no puede ser desvalorizado. Reconocemos su lucha, agradecemos sus aportaciones, que nos han permitido comprender nuestra condición y los retos a los que nos enfrentamos las mujeres en el mundo. Frente a dichos aprendizajes, sabemos que existen nuevas maneras de hacer feminismo, de no traicionar la lucha y de incluir a otros sujetos con nuevas necesidades. Quienes hoy nos asumimos como feministas, jóvenes, nacidas durante la década de los ochenta creemos que una de las características de "El feminismo" es que está conformado únicamente por mujeres, si atribuimos a las categorías sexo/género el punto de partida para conformarnos como sujetos. Así, para no romper la norma, "El feminismo" ha retomado estos parámetros, lo cual significa que el primer marco de referencia para saberse feminista es adscribirse a la disposición binaria de los sexos y con ello a la representación de los géneros. Esta postura es comprensible al considerar que los primeros movimientos feministas partieron de un cuestionamiento a la condición histórica de las mujeres, sitio desde donde se nos han atribuido características puntuales de lo nombrado femenino, esto es la llamada esencia femenina con la que se pretendía justificar la condición de las mujeres en la sociedad. El cuestionamiento de esta postura derivó en comprender que ser mujeres también significa entendernos como grupo diferenciado, poseedor de una historia común, la cual, a través del tiempo, ha traído dinámicas de poder y subordinación, y frente a las cuales tenemos una lucha en común. El hecho de ser mujeres tiene implicaciones que no son del todo favorecedoras: poco acceso a la justicia, desigualdades en ámbitos socioeconómicos, discriminación, exclusión social y laboral, vulnerabilidad frente a situaciones de violencia, inequidad de género, entre otras. Asumiendo que muchas mujeres vivimos alguna o varias de estas situaciones, que limitan nuestro desarrollo y dignidad como seres humanos, es momento de repensar la función del feminismo. Como jóvenes feministas creemos necesaria la evaluación y crítica a la lucha planteada exclusivamente desde las diferencias binarias y sus correspondientes categorías masculino o femenino, como el marco de acción desde donde se puede o no ser feminista, pues ello ha derivado en exclusiones que invisibilizan la diversidad de experiencias que no están comprendidas en las definiciones heteronormativas. Si consideramos haber superado la idea de que existe una mujer con características homogéneas tanto en la construcción como sujeto, como en sus relaciones con instituciones tales como el estado, la familia, la iglesia, así como en la vivencia de sus experiencias, tenemos un paso a favor para reconocer que no se es mujer por el hecho de nacer mujer. Como dice De Beauvoir (1949), "la mujer no nace, se hace". Esta afirmación implica todo un complejo sociocultural, histórico y experiencial a partir del cual las mujeres podemos vivir y reconocernos como tales. Este reconocimiento lleva a vincular las experiencias de las mujeres con su correlato masculino y las múltiples posiciones entre estas dos definiciones, como reto para renovar la agenda de "El feminismo”. Instaladas en la reflexión de la lucha feminista nos proponemos pensar en torno a cómo se hace feminismo, asumiendo que existe una forma legítima, un imperio de "El feminismo". El feminismo durante los últimos cuarenta años se ha fundado en la premisa de que se es feminista cuando se es mujer o viceversa, se es mujer para después decidir ser feminista. "El feminismo" no siempre resignifica las pautas dicotómicas entre los sexos y los géneros; sólo si eres una mujer, como se dice popularmente, hecha y derecha puedes entrar a las filas del feminismo. Fuera de ciertas esferas, popularmente el feminismo ha sido rechazado y descalificado incluso a través de símiles perversos por grupos de militantes por los derechos de las mujeres, la diferencia sexual y los derechos humanos, el ámbito académico dedicado a los estudios de género, así como a los aliados y simpatizantes.

    Sin duda alguna, el apelativo “feminazi” es insostenible para las y los militantes de los movimientos de reivindicación de la equidad entre  géneros; sin embargo, se ha convertido en un estigma social que estereotipa a una amplia y diversa gama de hombres y mujeres, desde quienes son partícipes de una forma de pensar sensible a los derechos de las mujeres hasta quienes participan de manera constante en las luchas activistas de grupos sociales organizados. Los estereotipos son cadenas significantes que dependen unas de otras. Feminazi es uno que se construye a partir de otros originarios: el "deber ser" mujer u hombre, según roles binarios. Si bien es cierto que algunas de las posturas feministas más radicales rechazan lo masculino a ultranza a la vez que reproducen en gran número de ocasiones una conducta violenta, esta imagen ha funcionado como metonimia de todas las mujeres militantes. Esta apreciación por supuesto es reduccionista, se ha instaurado efectivamente en el imaginario social pero no alcanza la amplitud del modelo sexo/género, un modelo móvil, fluido y abierto en el que los significantes se construyen de ida y vuelta y más allá de la concepción de hombres y mujeres como entidades biológicas. Que esta imagen de la "feminista radical", "masculinizada", tenga una vigencia social tan alta es a su vez un dispositivo de control del propio orden androcéntrico.  El estereotipo anula la diversidad y le otorga a los feminismos una etiqueta homogénea de radicalidad que los deslegitima, porque reproduce la relación de poder a la que los propios movimientos se oponen, pero en sentido contrario. El término feminazi es el epítome de las relaciones de exclusión. El sufijo -nazi, con una carga histórica, social y política deleznable, sinónimo de violencia racista y genocida, pervierte la palabra y retrata a la lucha feminista como un monstruo de equiparables dimensiones. Más allá de los grupos neonazis, ¿quién en el siglo XXI se adscribiría al nazismo abiertamente? Aunque un sinnúmero de prácticas políticas y sociales son discriminatorias, excluyentes y homicidas, en su gran mayoría se leen bajo un envoltorio de terciopelo: la ocupación israelí, los homicidios en Gaza, la persecución religiosa a musulmanes en la India, las escaladas de violencia xenófoba en París y Sudáfrica, la Seguridad Democrática en Colombia, la presencia militar y paramilitar en México, entre otros. Sin embargo, la mera pronunciación del nazismo se ha convertido en tabú, y pensar en su uso como una reivindicación identitaria es prácticamente inconcebible tanto por un convencido descrédito como porque es políticamente incorrecto.

   No es así el caso de feminazi, etiqueta que convierte a los feminismos en un monolito lejano, indestructible e indeseable. Un concepto universalizante que pasa de largo la diferencia. Esto no significa que en el campo feminista no se ejerzan relaciones de poder excluyentes. Por el contrario, hay numerosos filtros que limitan la posibilidad de pertenecer a las filas de "El feminismo", como ya se ha señalado. En eventos nacionales e internacionales, hemos visto que hombres y sujetos trans han sido discriminados y violentados por grupos feministas que justifican estas acciones desde una postura bastante cuestionable del significado de las normas para interesarse en las luchas feministas. Otro elemento excluyente de este Imperio se estructura a través de tener o no conocimiento de la existencia de la lucha feminista, hecho que, aunque parecería absurdo, cuestiona el acceso, la calidad y la difusión de la información sobre estos temas. Al respecto, no todas las mujeres, hombres o demás sujetos tienen conocimiento de las causas feministas, y si lo tienen, han construido una idea errónea y estereotípica tanto del movimiento como de sus integrantes, en gran medida por la forma excluyente en que estas han actuado desde sus posiciones privilegiadas. Quienes nos nombramos feministas continuamos siendo mujeres letradas, en general académicas o activistas, con privilegiadas condiciones socioeconómicas en comparación con el grueso de la población. Mujeres que conocemos y que estamos involucradas de pies a cabeza en movimientos y situaciones a las que se enfrentan las mujeres, pero que, desde esta posición, corremos el riesgo de aplicar supuestos teóricos dejando de lado la realidad local de las mujeres, sus experiencias. Otra barrera para formar parte del Imperio del feminismo resulta de la dificultad de ser reconocidas y reconocidos como portavoces oficiales del movimiento para el resto del mundo. El feminismo ha sido representado, en ocasiones, por un coto de mujeres empoderadas y legitimadas por instituciones educativas y de investigación, financiadoras nacionales y extranjeras, así como organizaciones civiles establecidas, que han dado a conocer sus perspectivas en seminarios, congresos, simposios, convenciones, entre otros eventos principalmente académicos y políticos, dejando de lado nuevas visiones de jóvenes feministas con perspectivas sí académicas, pero también con otra visión del mundo y de las propias y ajenas necesidades. Al respecto cabría preguntarse ¿Cuáles son las perspectivas de una nueva generación de hombres y mujeres que se asumen como feministas?

   Tal como el feminismo se ha vuelto un monolito, un coto de ingreso restringido en los sentidos en que ya se ha explicado, también lo es porque se ha limitado a su vinculación a la tradición de Occidente. El modelo desde el que se piensa, los textos desde los cuales se forma la “academia” feminista y de los estudios de género provienen de Occidente, entendido como la tradición de la Europa Central y los Estados Unidos. Este es un hecho totalmente vinculado al poder, una desigualdad estructural que moldea la manera de producir conocimiento y oculta experiencias enriquecedoras que son híbridas, auténticas y provienen de la base. Naila Kabeer (2005) al hablar sobre la ciudadanía incluyente reconoce que a pesar de que la idea de ciudadanía es casi universal hoy en día, lo que significa y cómo se experimenta no lo es. Sucede lo mismo con las vivencias feministas, es difícil acceder a la amplia gama de experiencias que existen alrededor del mundo. Los señalamientos críticos de militantes feministas en los márgenes de los canales dominantes de la producción del conocimiento son vivos, creativos y propositivos, ofrecen la oportunidad al feminismo de tradición occidental de salir de sí y comprender la complejidad de la performatividad del sistema sexo/género en un cruce con particularidades culturales, políticas y religiosas que nos son poco familiares. Ejemplo de lo anterior es la desconstrucción de la imagen del harem vista desde Occidente que hace la feminista marroquí Fátima Mernissi (2003). Por su parte, la académica turca derrota la percepción de Occidente al escribir sobre el uso del velo por estudiantes jóvenes turcas como una reapropiación que politiza lo religioso y "cruza las relaciones de poder entre el Islam y Occidente, modernidad y tradición, secularismo y religión así como hombres y mujeres, y mujeres en sí mismas" (2007). Mernissi sostiene que la imagen del harem construida desde Occidente androcéntrico es la de un paraíso sexual, un lugar orgiástico donde se puede someter  a  la  voluntad  sexual  de los hombres a las mujeres, sin un reparo de molestia o inconformidad de las mismas por su esclavismo. Para Mernissi esta visión del harem pasa por alto el actual panorama en ebullición, que concibe a las mujeres como una amenaza o un agente perturbador del orden, así como la agitación que se ha desencadenado como consecuencia del acceso de las mujeres, por ejemplo, al sistema educativo o algunos puestos políticos en Medio Oriente. Göle sostiene que el velo es comúnmente percibido como una "marca", opuesta tangencialmente a las nociones occidentales de la liberación y el progreso. 

¿Cómo ser capaces de salir de sí para localizarnos en las diversas maneras de militar desde el feminismo?

   La liberación implica también un desapego a las categorías culturales de una academia eurocentrista. Una renovada manera de militar en el feminismo debe ser capaz de escapar a los determinismos sociales y a los universales ideales del ser mujer o ser hombre o ser sexuado. Por el contrario, si la práctica feminista se convierte en una plataforma que aglutine sin homogeneizar y sea lo suficientemente abierta para dislocar su propia historicidad y dar entrada a subjetividades en primera instancia disímbolas a las propias, los propios conceptos y prácticas revolucionarias se amplían y su vigencia se ensancha. Múltiples grupos conformados por sujetos sexuales y deseantes de un amplio abanico de posibilidades (mujeres y hombres heterosexuales, lesbianas, gays, mujeres y hombres transgéneros, bisexuales, travestis, entre muchos otros) han puesto en la mesa de diálogo la propuesta de renovar "El feminismo" bajo una visión más incluyente.  Una postura crítica ante esta demanda es reconocer las carencias de este y obligadamente proponer nuevas vetas de acción. Uno de los problemas al impulsar esta perspectiva es enfrentarse al cierre de filas de feministas ya posicionadas en el ámbito público, a la poca apertura de la diversidad de mujeres y, a nuestro parecer la situación más grave, a la discriminación por cuestión de sexo y/o de género desde las propias filas de lo que ya hemos denominado El imperio del feminismo. Estas complejas situaciones hacen pensar y proponer nuevos conceptos y vías para ser y hacer feminismo. Para lograrlo creemos fundamental romper con el concepto encriptado de "El feminismo", y a su vez que este se reconfigure a partir de las realidades sociales. Desde esta propuesta consideramos que "los feminismos" deben ser entendidos como la articulación de un conjunto de demandas encaminadas a conseguir una condición diferente respecto a las mujeres y, a consecuencia de ello, un cambio en la condición de los hombres, en una sociedad concreta. El cambio de esta condición repercute necesariamente en la agenda del feminismo, dando prioridad a las acciones y reflexiones que deriven en una forma diferente de representar la diferencia sexual. En los países islámicos el uso del velo por las estudiantes jóvenes es un capital simbólico que les permite empoderarse para reclamar su participación legítima en el conocimiento y la política del Islam.

   Reivindicamos la existencia de otros feminismos, muchas posturas, muchas formas de hacer y vivir el feminismo, tantas como variadas son las causas de hombres y mujeres dependiendo de sus circunstancias sociales y culturales. Es necesario ensanchar el concepto de "El feminismo", actualmente minimizado y estigmatizado popularmente, para hacerlo tan aglutinante como lo exijan las experiencias que surgen desde el ras de la vida cotidiana. La manera de experimentar el género y las luchas por una sexualidad libre y equitativa son múltiples, es indispensable resignificar afirmativamente el concepto, como sostiene Butler respecto a lo "queer" (2002). La lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres es simultáneamente una lucha por derechos sensibles para toda la gama de posibilidades sexo/genéricas y la eliminación del estigma social tanto de las sexualidades de todos los tipos como de la militancia por el libre ejercicio de las mismas. La propuesta no es la de la creación de "Un Nuevo Feminismo", sino reformular toda aproximación que reinstaure y continúe con la visión monolítica de una lucha que se caracteriza, como se ha dicho, por ser diversa. Debemos hablar en cambio de "Los feminismos", con la finalidad de recoger el mayor número de experiencias convencidas de la igualdad entre personas de diferente adscripción al sistema sexo/género. La propuesta de "Los feminismos" es una reivindicación por los derechos humanos. Es un acto de apertura que incluye demandas de una amplia gama de sujetos que viven en diversidad de situaciones condicionadas también por el género. Un concepto apropiable que sea un espacio abierto para que se encuentren las luchas que tienen como fin último la transformación de las desigualdades con base en el género. Para ello se necesita buscar estrategias de comunicación y difusión donde se rompan los estigmas y las distorsiones del significado y la acción de las luchas feministas, ser incluyentes y atender a la diversidad. Divulgar las luchas como una política de vida frente a un mundo caótico donde los seres humanos buscamos dar la cara a nuestras condiciones, por demás adversas. Desde este marco nos cuestionamos si es necesario hablar de una tercera ola del feminismo, con la idea de desdibujar las fronteras trazadas en los territorios, sean estos históricos, geográficos, académicos, experienciales, o en la construcción de sujetos. Las feministas que nos han abierto el camino y las perspectivas deben estar dispuestas a hacer frente a las nuevas necesidades, y las y los jóvenes feministas debemos ser capaces de continuar la lucha desde nuevos puntos de referencia.

   Si se proponen feminismos incluyentes, una opción para romper es reivindicar "los feminismos" como espacios de lucha y de interlocución en los que se comprenden las demandas de mujeres, pero también de otros grupos sociales que viven desigualdades asociadas a las representaciones sociales y culturales dentro de un sistema heteronormativo.

Feminismo académico y estudios de género

    El reconocimiento de estos otros feminismos es también el reconocimiento del cambio. Este hecho hace necesario considerar la dimensión histórica de las demandas de "los feminismos" y con ello la necesidad de una constante redefinición de las agendas, de los agentes vinculados a estas, así como la apertura a pensar que las desigualdades que sufren las mujeres tiene un correlato en las experiencias de los hombres. Dicho  reconocimiento  es  una  tarea  aún  pendiente  en  los espacios académicos  en  los  cuales  hay  desinterés  respecto  al  feminismo  como  tal, sobre todo porque se cree que no cuenta con los elementos suficientes para considerarse dentro de los criterios de validación teórica y  metodológica propia de la producción de conocimiento científico, llevando con ello a que los sectores de la academia que son afines a alguna forma de hacer feminismo hayan sido estigmatizados e incluso relegados por aquellos grupos que han encontrado en los denominados estudios de género una forma de hacer investigaciones que abarcan a hombres y mujeres sin la necesidad de asumirse como feministas. Ante este panorama hay dos aspectos que deben subrayarse, el primero es que el feminismo actual no está disociado de las construcciones teóricas derivadas de los estudios de género, lo cual puede considerarse como uno de los puntos de quiebre en la actualización misma de los contenidos del feminismo, o por lo menos de los feminismos que se digan incluyentes. En este sentido, la categoría género es el gran aporte de los estudios de género al feminismo. El segundo punto es señalar la importancia de que las investigaciones con perspectiva de género subrayen la necesidad de retomar al feminismo como un movimiento aglutinante que recoge las experiencias de los sujetos y como espacio de interlocución con la sociedad. Lo anterior lleva a reconocer que el feminismo dentro de los estudios de género implica trasladar a la academia las luchas políticas que son evidenciadas principalmente desde el activismo. La academia tiene la posibilidad de ser parte de feminismos incluyentes, que, librando la batalla dentro de sus propios niveles jerárquicos, luchen por el reconocimiento de los que han sido hasta ahora los otros temas como estudios válidos que pueden ser sometidos a los sistemas de legitimación de las ciencias. Un feminismo vivido desde la academia no puede dejar de librar la batalla por todas esas experiencias sociales que esperan ser nombradas. La academia como espacio social que construye parámetros de verdad produce también parámetros de aceptación y de interlocución. Esta función social no puede menospreciarse como posibilidad para establecer una agenda para el siglo XXI, pues de la misma capacidad de interlocución que se genere entre la academia que se diga feminista y la sociedad, dependerá una mayor aceptación de "los feminismos" entre las investigadoras e investigadores. Este es un reto que debe tenerse presente. "El feminismo académico" debe salir de los márgenes, pero ello dependerá de su capacidad de incluir y, sobre todo, de aceptar que el reconocimiento de la continuidad conlleva el reconocimiento del cambio.

Los feminismos como plataforma política

   No hay duda de que la agenda de "los feminismos" no es la misma, precisamente porque consideramos que ha habido un cambio sustancial que ha logrado desmontar, aunque sólo parcialmente, las estructuras totalizantes del patriarcado. Nosotras como jóvenes somos testigos de los cambios políticos y sociales que nos permiten hoy gozar de una sexualidad elegida, lejana a la estigmatización del placer sexual femenino y poseedoras del derecho a decidir sobre nuestra maternidad. Disfrutamos del beneficio que implica la sexualidad segura, y de forma más amplia de la resignificación del cuerpo, de los contenidos simbólicos que se le atribuyen y de la posibilidad de negociar los roles, los horarios, las labores en el ámbito doméstico y público. Estos beneficios también los poseen muchas mujeres y simultáneamente muchos hombres, pero aún deben extenderse a más personas, y es precisamente esta tarea un punto central de la agenda actual.

   Es necesario reconocer que lo que no ha cambiado es el principio que dio origen a las llamadas luchas feministas y que también reafirmamos: el compromiso por la visibilización y el cambio de las condiciones de subordinación y marginación que tanto mujeres como hombres y la diversidad de sujetos deseantes vivimos frente a las estructuras sociales dominantes.

   Es necesario restablecer los aspectos prioritarios de una agenda en la que hombres y mujeres estamos condicionados por un sistema simbólico con una fuerte carga religiosa y moral que limita nuestras acciones y que deriva en desigualdades para todas y todos. Aún hay un largo trecho que recorrer para que cada persona pueda tener una vida en la que la definición sexual y su correlato simbólico no impliquen una limitación en su experiencia cotidiana.  Estas luchas no podrán ser posibles sin la inclusión de toda persona y grupo que decida retomar los objetivos de las luchas feministas, sea cual fuere su adscripción sexo-genérica y las razones que les hayan conducido a involucrarse.

 

Bibliografía

·    Beauvoir, Simone de, 2005 [1949], El segundo sexo, Universidad de Valencia, Valencia.

·    Butler, Judith, 2002, "Acerca del término 'queer'", Cuerpos que importan, Paidós, Buenos Aires.

·    Friedan, Betty, 1972 [1963], The Feminine Mystique, Penguin.

·    Göle, Nilüfer, 2007, The Forbidden Modern: Civilization and Veiling, The University of Michigan Press, Michigan. 

·    Kabeer, Naila, 2005, Inclusive Citizenship:  Meanings and Expressions, Zed  Books, Londres.

·    Mernissi, Fátima, 2003, Le harem européen, Editions Le Fennec, Casablanca.



Breve Historia del Feminismo

Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft, Elizabeth Cady Stanton, Emmeline Pankhurst, Emilia Pardo Bazán, Clara Campoamor, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Coco Chanel… 

   Nombres propios de mujeres que han abanderado el feminismo desde finales del siglo XVIII. No son las únicas. Antes de ellas, hubo otras. Mujeres ilustres que a través de sus actos e intelecto reivindicaron la igualdad entre hombres y mujeres en las sociedades que les tocó vivir.  

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