viernes, 6 de agosto de 2021

LA ONU: NACIONES DE GUERRA Y PAZ

 

LA ONU: NACIONES DE GUERRA Y PAZ

HISTORIA DE LAS NACIONES UNIDAS


El edificio de la Secretaría, a la izquierda, en construcción en 1949 y, a la derecha, cuatro décadas después de su finalización, con el edificio de la Asamblea General en 1990. 

   Cuando la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de terminar en 1945, las naciones estaban en ruinas y el mundo quería la paz. Representantes de 50 países se reunieron en San Francisco en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional del 25 de abril al 26 de junio de 1945.


La historia de la Conferencia de San Francisco de 1945

  Durante los siguientes dos meses, procedieron a redactar y luego firmar la Carta de la ONU, que creó una nueva organización internacional, las Naciones Unidas, que, se esperaba, evitaría otra guerra mundial como la que acababan de vivir.


 Carta de la ONU (1945)

La Carta de la ONU fue firmada el 26 de junio de 1945 por representantes de los 50 países que asistieron a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional en San Francisco. Polonia, que no estuvo representada, lo firmó más tarde y se convirtió en uno de los 51 Estados miembros originales de la ONU. El concepto de paz y seguridad internacionales en la Carta de la ONU comenzó a desarrollarse con las ideas expresadas en la Carta del Atlántico en agosto de 1941. Pero dos meses antes, en Londres, una Declaración hablaba de la necesidad de la colaboración global.

"Paz, dignidad e igualdad" en un planeta sano

Precioso lema, ¡Qué bonito, si fuera verdad!

(Petrus Rypff)


Julián R. Cáceres, embajador en Estados Unidos; y presidente de la delegación de Honduras, firmando la Carta de las Naciones Unidas en una ceremonia celebrada en el Edificio Conmemorativo a los Veteranos de Guerra en San Francisco, California, Estados Unidos, el 26 de junio de 1945. Las Naciones Unidas comenzaron a existir oficialmente cuatro meses después, el 24 de octubre de 1945. La Carta de las Naciones Unidas comenzó con una idea y terminó como un texto que ha sido tanto el fundamento jurídico como la inspiración de las Naciones Unidas. (Foto ONU/McLain)

   Cuatro meses después de la finalización de la Conferencia de San Francisco, las Naciones Unidas empezaron a existir oficialmente el 24 de octubre de 1945, después de que la Carta fuera ratificada por China, Francia, la Unión Soviética, el Reino Unido, los Estados Unidos y la mayoría de los demás signatarios.

   Ahora, más de 85 años más tarde, las Naciones Unidas siguen trabajando para mantener la paz y la seguridad internacionales, brindar asistencia humanitaria a quienes la necesitan, proteger los derechos humanos y defender el derecho internacional.

   Al mismo tiempo, las Naciones Unidas están desempeñando una nueva labor que sus fundadores no habían previsto en 1945. La Organización se ha fijado objetivos de desarrollo sostenible para 2030, con el fin de lograr un futuro mejor y más sostenible para todos nosotros. Los Estados Miembros de la ONU también han acordado acciones climáticas para limitar el calentamiento global. Con numerosos logros ahora en su pasado, las Naciones Unidas miran hacia el futuro, hacia nuevos logros. La historia de las Naciones Unidas aún se está escribiendo.

 

LA ONU: NACIONES DE GUERRA Y PAZ

Las potencias vencedoras de la II Guerra Mundial se reunieron en San Francisco para hacer realidad el viejo sueño de un organismo capaz de arbitrar los conflictos internacionales. En la práctica, sin embargo, la ONU parece ante todo un instrumento al servicio de los más poderosos.

   A la segunda lo consiguieron. Las naciones del mundo llevaban decenios intentando dar cuerpo al holograma pacifista de finales de la I Guerra Mundial. El imperativo de los tratados de paz había iniciado su gateo en 1919, como si fuera la vara mágica del presidente Wilson con que medir la paz, la justicia y la independencia de los pueblos europeos, de modo que los marines no tuvieran necesidad de recruzar el Atlántico para poner en orden a sus abuelos.

   La que se llamó Sociedad de Naciones había sido un sistema burocrático-arbitral nacido del idealismo del siglo XIX y la lucha contra los imperios, la desigualdad y la guerra. Pensado como asociación de Estados libres, foro de discusión que tratase de evitar los enfrentamientos y órgano de actuación común, el objetivo fundamental de la Sociedad de Naciones fue lograr la paz y la cooperación internacional. Con este fin se había previsto intervenir en cualquier guerra o peligro de ella, adoptando las medidas necesarias. Mediante un complicado mecanismo de arbitraje y sometimiento se trataba de impedir los conflictos y, cuando estos llegaban, al agresor podían aplicársele ciertas sanciones de orden comercial y financiero. Uno de los problemas de partida lo constituyó la negativa del Senado norteamericano a integrarse en una institución inventada por su propio presidente. Pero sin duda el peor de todos fue la persistencia de un clima de hostilidad y rearme en Europa, durante todo el período de entreguerras, caracterizado por los deseos revanchistas de los vencidos. La Sociedad de Naciones nunca alcanzó fuerza moral ni aceptación suficientes para imponer sus criterios a socios como Japón, Alemania, Italia o la Unión Soviética, que dirimían sus diferencias ante los débiles recurriendo preferentemente a las armas. La retirada de Japón y Alemania, o las agresiones de Italia a Etiopía, de la URSS a Finlandia y la invasión de Manchuria por los mismos japoneses, fueron las zancadillas más espectaculares.

   En diciembre de 1939 la Asamblea General expulsaba a la URSS. Fue la última reunión hasta después del conflicto que ya estaba en curso y que, por sí solo, suponía la mejor prueba del fracaso de aquel intento demasiado utópico para ser verdad. Algunos de sus organismos, como la Organización Internacional del Trabajo, lograrían sobrevivir a los huracanes de amenazas, pero no impedirían que en abril de 1946 la Sociedad de Naciones dejara oficialmente de existir, siendo reemplazada por otra institución semejante.

   La sensación de inoperancia, al no haber podido impedir el conflicto mundial ni otras agresiones de importancia, no impedirían que el discurso de disolución terminara con un grandilocuente: “La Sociedad ha muerto, vivan las Naciones Unidas”. 


UNIÓN DE GRANDES POTENCIAS

   Las actuales Naciones Unidas están consideradas, en efecto, el relevo de la Sociedad de Naciones. Constituidas el año 1945 en la ciudad de San Francisco, sus patronos fueron las cinco grandes potencias vencedoras de la guerra: Estados Unidos, URSS, China, Gran Bretaña y Francia. Los estados miembros no pasaban al principio de 45, mientras que en los años noventa este número se había incrementado hasta 184. Sus principios fundacionales no sólo recuerdan la labor de la desaparecida institución ginebrina, sino que hacen referencia directa a conceptos ya utilizados por la revolución francesa o americana. La Carta de creación se planteará también objetivos pacifistas y de cooperación amistosa, así como el fomento de los derechos individuales y colectivos de los pueblos.

Una sesión del Consejo de Seguridad de la ONU, el órgano más controvertido de esta organización, celebrada en su sede neoyorkina


   Si los elegidos de los dioses mueren pronto, la ONU debe de tener un pacto con los diablos. Y si lo tiene, debe de ser con los cinco diablos permanentes de su consejo de Seguridad, que son los verdaderos interesados en mantener el invento. Un interés que es, por tanto, responsable y guía de las penas y glorias –éstas más bien pocas- de la aparatosa institución. Las Naciones Unidas han sobrepasado ya su setenta aniversario. Viciada en su origen por una estructura organizativa profundamente antidemocrática que otorga el derecho a veto a los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, éstos se han limitado a utilizar la ONU con en objeto de continuar el conflicto por otros medios.



La Asamblea General de las Naciones Unidas en una fotografía tomada en 1945, el año de su constitución.


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FUNCIÓN DE LA ASAMBLEA GENERAL

Asamblea General de las Naciones Unidas.


La Asamblea General desempeña una función fundamental en la financiación del mantenimiento de la paz. Septuagésima segunda sesión de la Asamblea General

   La Asamblea General ocupa un lugar central como principal órgano deliberativo, de formulación de políticas y representativo de las Naciones Unidas. Integrada por los 193 Estados Miembros de las Naciones Unidas, proporciona un foro único para el debate multilateral de toda cuestión internacional, incluidas las relativas a la paz y la seguridad.

   La septuagésima segunda sesión se inició el 12 de septiembre de 2017. El debate general anual, en el que la asamblea mundial escucha las declaraciones de los Jefes de Estado y los Ministros presentes, comenzó el 19 de septiembre.

Financiación:

   Aunque normalmente no interviene de forma directa en las decisiones políticas sobre el establecimiento o la finalización de las operaciones, la Asamblea General sí tiene una función clave en la financiación del mantenimiento de la paz.

   Todos los Estados Miembros comparten los costes del mantenimiento de paz de Naciones Unidas. La Asamblea General adjudica estos gastos según una escala especial de evaluaciones aplicables al mantenimiento de paz, que toma en consideración la riqueza relativa de sus Estados Miembros; se requiere a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad que paguen una cuota superior a causa de su responsabilidad especial en el mantenimiento de la paz y seguridad internacionales.

   La Asamblea General, a través de su Quinta Comisión (Asuntos Administrativos y Presupuestarios) aprueba y supervisa el presupuesto de mantenimiento de la paz. Esta establece que las operaciones sobre el terreno específicas se financian y equipan según las propuestas detalladas que presenta el Secretario General de las Naciones Unidas.

Comité Especial de Operaciones de Mantenimiento de la Paz

   La Asamblea General supervisa el desempeño de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas a través de su Comité Especial de Operaciones de Mantenimiento de la Paz. Se estableció en 1965 para llevar a cabo una revisión exhaustiva de todas las cuestiones relacionadas con el mantenimiento de la paz. El Comité informa sobre su labor a la Asamblea General a través de su Cuarta Comisión (Política Especial y de Descolonización).

Resolución «Unión propaz»

   De acuerdo con la Carta de las Naciones Unidas, la Asamblea General no puede discutir ni hacer recomendaciones en materia de paz y seguridad sobre algunos casos que ya son competencia del Consejo de Seguridad. A pesar de la disposición de la Carta de las Naciones Unidas que limita los poderes de la Asamblea General en materia de paz y seguridad, la Asamblea puede actuar en algunos casos.

    De acuerdo con la resolución «Unión propaz» de noviembre de 1950 [resolución 377 (V)] de la Asamblea General, si el Consejo de Seguridad no actuara por falta de unanimidad entre sus miembros permanentes, la Asamblea General podría intervenir. Esto se daría en caso de que exista una amenaza manifiesta a la paz, un posible quebrantamiento de la paz o un acto de agresión. La Asamblea General puede entonces examinar el asunto con miras a hacer recomendaciones a los miembros para la adopción de medidas colectivas a fin de mantener o restaurar la paz y la seguridad internacionales. Esta resolución se ha invocado una sola vez en la historia del mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas, cuando en 1956 la Asamblea General estableció la primera Fuerza de Emergencia de las Naciones Unidas (FENU I) en el Oriente Medio.

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   Contra la supuesta agilidad y eficacia operativa de la ONU se enfrentan otros sospechosos organismos constituidos casi inmediatamente a la comprobación de su inanidad. En 1949 se organiza la OTAN y, seis años más tarde, el Pacto de Varsovia, en los que la paz da preferencia a los tanques y preparativos de guerra. También los países pobres intentan sacudirse la tutela de los ricos y fundan en 1955 el movimiento de no alineación, de trayectoria penosa y coaccionada. Pero lo más desolador de la ONU no son sus competidores sin la misma larga existencia de sus instituciones, que no puede deberse más que a esa cualidad de ineficacia e inmovilismo en materia de conflictos y problemas internacionales, que tan bien les viene a los cinco grandes.

   La ONU ha sido utilizada, sobre todo, por las dos grandes potencias en forma de instrumento de control, sirviendo la dictadura del Consejo de Seguridad para la defensa de los intereses de los bloques. Esta manipulación, junto al incesante aumento de la burocracia, ha provocado un desprestigio creciente de la institución, que, sin embargo, es aprovechada por cada uno de los miembros en la medida en que pueden sacarle jugo a su estatuto. Es el caso de los pequeños países que tienen oportunidad de hacerse oír en las Asambleas Generales o en los Comités permanentes. Por otra parte, la creciente admisión de socios, justificada por las pretensiones de universalización, ha convertido a la ONU en un foro de debate y de internalización de conflictos. Desde esta perspectiva, diferentes grupos o bloques de países no alineados la han empleado como altavoz de denuncia y reivindicación.

   Comparadas con la totalidad de guerras y conflictos sobrevenidos desde 1945, la trintena de misiones pacificadoras protagonizadas por la ONU no mueve al optimismo. Son más rotundos los fracasos en los envites de desarme, control de refugiados, algunas descolonizaciones, el mantenimiento de la paz en algunas zonas… que los éxitos de los cascos azules, determinados tratados de paz o los Premios Nobel recibidos. La operatividad de las Naciones Unidas y las posibilidades de alcanzar sus objetivos han dependido siempre del clima entre los grandes, siendo inútiles los intentos por independizarse de su tutela.

   Al cesar la Guerra Fría, muchos analistas habían escogido el camino del optimismo y renovaron su crédito a la ONU. Por desgracia la Guerra del Golfo y el conflicto yugoslavo pusieron a prueba tal confianza, con el resultado negativo de todos conocido. Ambos enfrentamientos se arreglaron a medias, sólo después de intervenciones enérgicas y sangrientas, gracias a las gestiones directas de Estados Unidos, el verdadero vencedor del nuevo orden. La ONU, tantas veces ineficaz y paralizada durante el enfrentamiento bipolar, se encuentra todavía perdida en el raíl de la transición hacia una independencia improbable. Mientras, sigue actuando de oropel universal para la mala conciencia de los vivos, que alguna vez prometieron a los muertos en un “nunca más” imposible. ¿Cuándo habrá un plante en bloque de todos los países menos fuertes, más allá de los no alineados, que exija y consiga la verdadera democratización de la ONU y la abolición del derecho a veto de los cinco salvapatrias, que junto al papel de Gendarme de Estados Unidos en su zona de influencia y de la actual Rusia- comandada por el dictador-asesino Putin en la suya, y de la China, antes imperial y después República Popular, la dictadura más populosa y potente que más de uno presume que a medio-largo plazo se convertirá en administrador único del MUNDO?

   Empoderar a todos y cada uno de los estados miembros de la ONU, será la única oportunidad de que el mundo entre en otra dinámica, por ejemplo, a la hora de implementar iniciativas que ayuden verdaderamente a países africanos o asiáticos, en manos de dictadores genocidas en más de un caso, a liberarse de sus cadenas ancestrales y puedan convertirse en estados democráticos. Materias primas tienen, recursos naturales y tierra fértil, tienen, recursos humanos con mucha capacidad tienen; sólo sobran minorías y caudillos dictadores que, en connivencia con entes supranacionales políticos y económicos a veces no localizables, esquilman los recursos naturales para mantener el bienestar de Occidente y oprimen a poblaciones desarmadas y "desalmadas" que, ante tanta injusticia (hambrunas y guerras) tienen que emigrar en busca de un futuro tan incierto como poco prometedor. Algo tienen que hacer. Para colmo, cuando llegan a costas del primer mundo, si es que no mueren en el intento, se les trata como escoria, etnias inferiores sin derechos, por venir a quitar el pan a los nuestros...¿Quién tiene la culpa? Desde luego, ellos NO.

(Petrus Rypff)


¿Para qué sirve la ONU?

 

INOCENCIO F. ARIAS. 10/08/2019. La Vanguardia

Quien fuera embajador de España ante la ONU entre 1997 y 2004 nos da las claves para entender la historia, los éxitos y las contradicciones de la organización.

 


Un soldado de Naciones Unidas durante una misión en Haití.

   Un humorista estadounidense comentaba que le habría gustado estar presente en el día de la creación para haber dado a Dios algunos consejos. A alguno de los que hemos trabajado en Naciones Unidas nos habría apetecido también asistir a su nacimiento para haber hecho, si nos hubiesen dejado, algunas correcciones. La institución nació en junio de 1945 con la firma de la Carta de la ONU en la ciudad californiana de San Francisco.

   Ha pasado tiempo suficiente para hacer un balance: su trayectoria es decididamente mediocre. Junto a logros evidentes para el ser humano, la organización es a menudo inoperante en la principal cuestión para la que fue creada, el mantenimiento de la paz. Por otra parte, y sin ponerme tremendista, es un ente anacrónico, poco democrático e incongruente.

Los grandes se imponen

   Las Naciones Unidas son hijas de las naciones que vencieron en la Segunda Guerra Mundial, es decir, Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña y, en menor medida, China y Francia. Los horrores del conflicto (¿59 millones de muertos?), la devastación que sufrieron diversas naciones de Europa y Asia, llevaron a los líderes vencedores a alumbrar, con el mejor propósito, un organismo en el que se discutieran los problemas mundiales, se actuase para evitar los conflictos y se paliase el sufrimiento causado por ellos.

 

 

 Eleanor Roosevelt lee, en 1949, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, adoptada por la ONU en 1948.

    El estadounidense Franklin D. Roosevelt, principal animador del proyecto, al iniciar su cuarto mandato en 1945 (la limitación presidencial de dos períodos sería establecida más tarde) declaró: “Hemos aprendido que solos no podemos vivir en paz; que nuestro bienestar depende del de otras naciones lejanas”. Moriría el 12 de abril, dos semanas antes del comienzo de la conferencia en que se gestó la Carta de la ONU.

   La primera decisión de su sucesor, Harry Truman, un vicepresidente a quien se había mantenido al margen de asuntos vitales como la fabricación de la bomba atómica, fue que la conferencia se mantendría. No sabemos si el soviético Josef Stalin y el británico Winston Churchill, al que sucedería Clement Attlee, comulgaban con el fallecido en esa visión de un futuro pacífico. Sí coincidían entusiásticamente en hacerse un traje a medida con las incipientes Naciones Unidas.

   Obsesionados con evitar un conflicto entre ellos y conscientes de su peso hegemónico como vencedores de la contienda, los tres grandes forzaron la aprobación de la Carta, que consagra la instauración de una aristocracia permanente que controla y decide en los temas de importancia. A San Francisco acudieron 1.726 delegados de 50 países y 2.636 periodistas. Récord para la época.

   La concesión del veto a los cinco grandes sería el principal escollo de la conferencia. Varios participantes –Australia, Filipinas, México...– piafaban inquietos, reacios a otorgar tal monumental privilegio a las cinco potencias. Los grandes replicaron literal e histriónicamente que sin veto no habría Naciones Unidas. Los pequeños debieron inclinarse.

   El Senado de Estados Unidos, país en el que se asentaría eventualmente la ONU –Suiza había eliminado la candidatura de Ginebra al manifestar que cualquier resolución futura que implicase el uso de la fuerza debería ser adoptada fuera de su territorio–, ratificó la Carta con 89 votos a favor y 2 en contra.

Sinsentidos inmediatos

   La incongruencia y la impotencia afloraron pronto. La llamada “cuestión española” es buen ejemplo de la primera. El envío por Franco de la División Azul a luchar junto a Alemania contra la URSS resultaría un baldón para España: no fuimos invitados a San Francisco; también se nos excluiría del Plan Marshall; y las Naciones Unidas nos declararon un paria internacional. Llegó a proponerse la prohibición de vendernos petróleo, y, en diciembre de 1946, la Asamblea General aprobó una resolución decretando la retirada de embajadores de Madrid (34 votos a favor, 6 en contra y 13 abstenciones).


 

La sede de las Naciones Unidas se encuentra en Nueva York.

   La ONU consideraba el régimen español incompatible con la democracia y los partidos. Otros cargos más truculentos, de diversos oradores, eran que nuestro país preparaba la bomba atómica, representaba una amenaza para la paz y planeaba agredir a Francia. La incongruencia de la organización viene dada no por el tenor de las acusaciones, alguna de ellas disparatada, sino porque los adalides de la campaña excluyente eran Stalin –que podía dar nulas lecciones de democracia– y su vasalla Polonia, donde el dictador soviético había impuesto un régimen comunista sin permitir elecciones, quebrantando los acuerdos con Churchill y Roosevelt.

   En España, la actitud onusiana fue hábilmente manejada por el régimen. Pudo difundir que parte de las penalidades españolas –Churchill lo había advertido– obedecían al injusto aislamiento; una imponente manifestación (se habló de 180.000 personas) aclamó a Franco en la plaza de Oriente con pancartas que rezaban: “Si ellos tienen UNO [siglas en inglés de la ONU], nosotros tenemos dos”, “Que les den por el quorum”, “Stalin y Gira -presidente en el exilio-, dos en UNO” o “Rusia paga, pero España pega”.

   En cuanto a la inoperancia, veamos el caso de Israel-Palestina. En noviembre de 1947, la Asamblea General votó (33 a favor, 13 en contra, 10 abstenciones) la partición palestina en dos Estados: Israel y Palestina. El día de la retirada del ejército británico, mientras Israel declaraba la independencia, varias naciones árabes invadieron el territorio del nuevo estado. Contra todo pronóstico, Israel, con armas de la comunista Checoslovaquia, repelió a los invasores.

 

En el Consejo hay quince miembros: diez que cambian cada dos

 años y que bregan para ser elegidos y cinco permanentes, que

 cuentan con el veto.

 

   La intervención árabe hizo brotar una desconfianza visceral de Israel hacia la ONU (“los árabes violaban la decisión de la ONU y la organización nos dejó solos”). De víctima, hoy Israel ha pasado a dominadora. No acata, bajo el paraguas del veto protector estadounidense, resoluciones del organismo internacional, y crea funestos hechos consumados –la construcción de asentamientos en futuro territorio palestino– incluso en contra del sentir de Washington.

 

La trampa del veto

 

   La aristocracia y el anacronismo pueden verse en el reparto de poderes. Hay dos órganos importantes. La Asamblea General, plenamente democrática –un estado, un voto–, y el hegemónico y aristocrático Consejo de Seguridad, donde se discuten los temas importantes. La diferencia entre ellos pasma. Lo que se aprueba en la Asamblea no es obligatorio jurídicamente, sólo moralmente; y lo que se aprueba en el Consejo, con prioridad absoluta para discutir los temas vitales de paz y guerra, sí.

   El meollo –el traje a medida– es que en el Consejo hay quince miembros: diez que cambian cada dos años y bregan para ser elegidos y cinco permanentes, que, además, cuentan con el veto. Si una resolución choca con sus intereses o los de sus aliados, se plantan y la resolución aborta. El veto es omnímodo. Un país, uno solo, puede frustrar los deseos de los otros 192. Rusia lo ha lanzado 112 veces; Estados Unidos, 80; Gran Bretaña, 29; Francia, 16; y China, 11.


 

 Una sesión de la ONU en la que se trataba la crisis de los misiles vivida entre EE.UU y Cuba.

 

   Rusia se oponía a que España, Italia o Japón entraran en la ONU, y Washington, a que lo hicieran amigos de la URSS. Así que hubo que esperar a finales de 1955 para que los dos “señoritos” se pusieran de acuerdo y abrieran la puerta. La ONU no pudo condenar o bendecir la guerra de Irak (2003-2011), porque Estados Unidos se hubiera opuesto a lo primero y Francia a lo segundo. Rusia ha bloqueado en estos años 12 condenas de la ONU al conflicto sirio (seis de ellas censuraban el empleo de armas químicas), impidiendo la reprobación de Assad.

     La ONU está así trabada, mientras mueren casi medio millón de sirios y emigran cuatro millones. La organización no pudo intervenir en Kosovo (1998-99) por temor al veto ruso. Lo hizo la OTAN en una actuación no especialmente criticada, aunque su base jurídica fuera más endeble que la de Bush hijo en Irak. Estados Unidos intermitentemente, y a veces a regañadientes, cobija a Israel en sus trabas a un estado palestino.

   La lista de escollos interesados es larga. La distribución de poderes, con el veto –una monstruosidad jurídica, según indicó el politólogo Hans Morgenthau–, es uno de los motivos del creciente desprestigio de la ONU. No cabe algo más anacrónico e injusto que atesorar esa prebenda por haber ganado una guerra hace tres cuartos de siglo. El privilegio es excesivo y, hoy en día, geográficamente inexplicable. ¿Por qué lo tienen Francia y Gran Bretaña, y no Alemania? ¿Por qué en ese sanedrín está el tercer mundo tan infrarrepresentado?

   La blasfemia jurídica del Consejo está llena de contrasentidos –en una organización que busca el desarme, sus cinco miembros más importantes, los permanentes, son los mayores exportadores de armas del planeta–, pero no es la única causa de la inoperancia de la ONU. Su pasividad, su ineficacia, depende de la sinceridad y seriedad con que los estados que la componen asuman sus compromisos, y la experiencia muestra fehacientemente que los estados son egoístas.

   EE.UU. no pagó durante años en la era Clinton su cuota, una cuarta parte del presupuesto, por no estar de acuerdo con políticas de la organización. Sus intereses pasan muy por delante de los de la comunidad internacional: Rusia cobija a Assad; Estados Unidos veta la reelección del secretario general Boutros-Ghali porque este no se pliega a sus designios; países africanos del Consejo rehúsan por compadreo denunciar a Sudán cuando se produce el genocidio de Darfur; Arabia Saudita amenaza con retirar su aportación a Unicef y otras agencias si el secretario general la coloca en la lista de países que violan los derechos de los niños en un conflicto armado (Ban Ki-moon reculó vergonzosamente); Marruecos no implementa una decisión sobre el Sahara en la que se le pide una votación y, al ser criticado por Ban Ki-moon, desmantela la misión de la ONU...

Intereses propios 

   Los estados van a lo suyo; prevalecen sus intereses. En el genocidio de Ruanda (800.000 muertos en cien días) hay tanta responsabilidad de la ONU como de varias potencias. Son, además, oportunistas: Como he dicho antes, Estados Unidos no pagó durante años en la era Clinton su cuota, una cuarta parte del presupuesto de la ONU, por no estar de acuerdo con políticas de la organización. Y cicateros: en ocasiones aprueban misiones de paz con insuficiente dotación de efectivos. Kofi Annan se quejaba amargamente de que no se le prestaran 18 helicópteros para aliviar el drama de Darfur...

   La ONU cuenta con numerosos éxitos: acuerdo sobre el cambio climático, tribunal penal internacional, Unicef, erradicación de enfermedades, promoción de la mujer... También con cínicas paradojas: en el renovado Comité de Derechos Humanos se instalan miembros que no los respetan (China, Cuba, Sudán, Irán), que han obtenido su asiento por el mercadeo de votos existente en la organización.

 

Casco Azul de Naciones Unidas.

   Hay fiascos ya mencionados (Palestina, Sahara) y algún otro: no existe acuerdo para definir el terrorismo, tampoco para hacer frente a la pavorosa crisis de los refugiados. La ONU ha sido, por otra parte, marginada en crisis capitales de nuestra época que entrarían en su competencia: acuerdo con Irán, acuerdos de los Balcanes, negociación con Corea del Norte...

   Por fortuna, la organización no está moribunda, como gustaría a algunos derechistas estadounidenses. No ha preservado “a las generaciones venideras del flagelo de la guerra que ha infligido a la humanidad sufrimientos indecibles”, como se declara en el preámbulo de su Carta. Ahora bien, Si la ONU no existiese habría que inventarla. De otro modo, pero inventarla. Sus fracasos son mayoritariamente los de los estados.

 


Live Aid - Queen | Lyrics/Letra | Subtitulado al Español



Discurso completo, sin recortes, de José "Pepe" Mújica, presidente de Uruguay, en la asamblea de la ONU de septiembre de 2013. 


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