jueves, 4 de febrero de 2021

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN (PARTE III)

 

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN


Manuel Alberca gana el Premio Comillas con el "retrato definitivo" de Valle-Inclán. El jurado destaca la «solvencia, rigor y ambición» de la «canónica» biografía, que libera de leyendas al genial creador del esperpento


Una biografía “canónica” sobre Valle-Inclán gana el Premio Comillas

El catedrático de Literatura Española y filólogo Manuel Alberca es el galardonado

EL PAÍS Madrid 19 ENE 2015 

   Una biografía "que aspira a ser canónica" sobre el escritor Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936) escrita por el catedrático de Literatura Española en la Universidad de Málaga Manuel Alberca ha ganado el XXVII Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias. La obra La espada y la palabra, Vida de Valle-Inclán ha merecido este galardón, según el jurado, por su "solvencia, rigor y ambición", ha informado en un comunicado la editorial Tusquets, convocante del galardón. Alberca ha indagado en "innumerables testimonios y documentos" para "fijar por primera vez el personaje real y despojarlo de las leyendas tejidas en torno a su figura" y presentar así "el retrato definitivo de un autor fundamental de las letras españolas".

   Alberca (Arenales, Ciudad Real, 1951), doctor en Filología Española por la Universidad Complutense de Madrid, ha sido profesor invitado de las universidades de Toulouse-Le Mirail, París XIII y Tours (Francia), Berna (Suiza), Libre de Bruselas (Bélgica) y Passau (Alemania). El libro, según el jurado, es "una interpretación crítica de la idiosincrasia y del comportamiento del escritor a través de un relato solvente y ameno, que supera los acercamientos biográficos anteriores".

   En el umbral del 80 aniversario de la muerte y del 150 del nacimiento del escritor gallego, que se celebró en 2016, Tusquets subrayó que quería contribuir con esta "extraordinaria biografía" al conocimiento de la vida de Valle-Inclán y a la difusión de su obra. Alberca, investigador en proyectos de la Unidad de Estudios Biográficos de la Universidad de Barcelona, es autor, entre otras obras, de La escritura invisible. Testimonios sobre el diario íntimo, Valle-Inclán, la fiebre del estilo y El pacto ambiguo. De la novela autobiográfica a la autoficción.


Todas las máscaras de Valle-Inclán

Una desmitificadora biografía retrata al gran escritor como estratega de su propio triunfo

 

WINSTON MANRIQUE SABOGAL - Madrid 7 ABR 2015


El escritor gallego Ramón del Valle-Inclán, retratado por el fotógrafo Alfonso, en 1930.

 

   Hay vidas cuyas leyendas empiezan mucho antes de nacer. La de Ramón del Valle-Inclán Peña se remonta a 150 años antes de que viniera al mundo, el 28 de octubre de 1866, en Vilanova de Arousa (Galicia), cuando se engendra la verdad que esconde su apellido, por una cuestión de herencia, que juega con la dualidad y la máscara y parece moldearlo a él. Y se confirma como una existencia de realidad y fábula a los 33 años cuando el dramaturgo, novelista, poeta y periodista inicia la falsificación de su vida para convertirla en una obra de arte, tras perder su brazo izquierdo de manera deshonrosa. Y el autor quedó en el centro de un episodio cómico que derivó en dramático y alcanzó el esperpento, como sería su existencia personal y literaria dentro del modernismo, y una de las más relevantes de España en el siglo XX.

   Bruma es lo que esparce el escritor alrededor suyo, la que Manuel Alberca despeja para mostrar dónde termina el hombre y dónde empieza el personaje. Lo hace en La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán, XXVII Premio Comillas de biografía de la editorial Tusquets. Se ve a un escritor real y prestigioso que ambiciona triunfar y se convierte en su propio gran estratega hacia el éxito, a la vez que propicia sus tópicos, aquí desmontados, de pobre, bohemio, genio sin vocación, de izquierdas o antirreligioso. Una imagen “que lo convierten en una especie de santo laico, de quijote trasnochado o de cómico estrafalario, ridículo en suma y fuera de la realidad”, escribe el biógrafo, filólogo y catedrático de Literatura Española en la Universidad de Málaga.

   Casi diez años dedicó Manuel Alberca para fijar la vida del escritor y ofrecer nuevas interpretaciones de “una existencia minada de pistas falsas, que el propio Valle-Inclán hizo impenetrable, con el objetivo de levantar un relato veraz que sacara al escritor de ese limbo de irrealidad en que lo han confinado y distorsionado la leyenda”. El libro, de 764 páginas, muestra, según Alberca, a una persona “celosa de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”. 


"La espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán", de Manuel Alberca, ganó el Premio Comillas 

   Con ustedes, el escritor-actor Ramón del Valle-Inclán Peña que buscó ser artífice de su propia leyenda. Y los hechos ocurridos con su brazo izquierdo, aquel fatídico 24 de julio de 1899, lo empujan a ello. Lleva ya cuatro años en Madrid donde es conocido, admirado y temido por su participación en las tertulias de los cafés, y popular en la calle por su aspecto de llamativo dandi que poco a poco se hace mefistofélico. Aquella tarde, en el Café de la Montaña, hay una discusión entre dos miembros del grupo con un duelo pendiente. Valle-Inclán espeta al periodista Manuel Bueno algo y este reacciona ofendido amenazándolo con su bastón-bengala y contera de hierro, a lo que el escritor reacciona tirándole una jarra de agua. Se desata una pelea de bastonazos por un lado y de vasos y todo lo que hay en la mesa por el otro. El escritor queda herido en la cabeza y en el brazo izquierdo. El 10 de agosto se lo amputan por una fractura en radio y cúbito que da origen a una infección.


Valle-Inclán. DEL LIBRO LA ESPADA Y LA PALABRA

   A partir de ahí toma su carrera literaria más en serio, afirma Alberca: “En este episodio construyó un yo hiperbólico y teatral. Puso por delante el personaje para que la persona no se resintiera. Su técnica de invención consistía en tomar un elemento biográfico real y distorsionarlo con datos ficticios”. Así sale un corro de historias que aúpan a Valle-Inclán, pero la realidad es que: 

   No es verdad que fuera pobre, aclara Alberca: “Venía de una familia acaudalada. Vivía de traducir, de artículos de prensa, de sus libros y la representación de sus obras. Y de algunos empleos públicos. Su periodo de más estrechez fue entre 1899 y 1902, hasta que entró al diario El Imparcial”. 

  No es verdad que fuera bohemio: “No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses. Tras su periodo crítico alcanzó una estabilidad”. 

  No es verdad que fuera un genio por azar: “Fue un estratega de su gloria. Por eso viajó a Madrid. Enviaba sus libros a los periodistas y críticos; entabló buenas relaciones sociales; se ganó un lugar en los cafés. Incluso escribió a autores como Clarín para que le corrigieran y orientaran”. 

   No es verdad que no necesitara ayuda: “Además de su red de amigos y críticos, obtuvo prebendas del poder. Una de ellas en 1916 como catedrático de Estética en la Escuela de Pintura, grabado y escultura, y en la República”. 

  No es verdad que fuera de izquierdas: “Su ideología era tradicionalista y su idiosincrasia es lo que hoy sería de derechas. Su militancia carlista no era solo estética y fue activo muchos años. Llegó a decir: ‘¿Para qué más libertad?’ o ‘¿La República? Que la defiendan quienes la necesiten”. 

   Fue celoso de su privacidad y, en cambio, con una tendencia a la sobreexposición en público, a ser el centro de atención, como “un actor al que le gusta simultanear varias máscaras”. 

   No es verdad que fuera filocomunista: “Admiraba a Mussolini. Y dijo: ‘El fascio no es una partida de la porra, como creen en España los radical-imbeciloides, ni un régimen de extrema-derecha. Es un afán imperial de universalidad en su más vertical y horizontal sentido ecuménico”. 

  No es verdad que fuera antirreligioso: “Durante la I Guerra estuvo del lado de los aliados al considerar que Francia preservaba el cristianismo, mientras Alemania amenazaba con el paganismo”. 

   No todo fue mitografía. Demostró su valentía en 1916 al visitar en Francia el frente aliado. Estuvo cerca del enemigo y sobrevoló la zona. Quedó muy impactado. Sobre esa experiencia nunca fabuló, ni se puso de protagonista. Como tampoco lo hizo con su vida privada. En lo amoroso se le achacan algunas amantes, tiene una hija de madre desconocida y se casa con Josefina Blanco, en 1907, con quien tendrá cuatro hijos, y se divorciará en los años 30. Y es en esa vida familiar cuando da sus mejores frutos literarios.

   No pasó verdaderas penurias. Trabajó en la creación y difusión de sus obras, disponía de tiempo y dinero para divertirse y tenía una red de amigos y círculos burgueses.

   Ramón del Valle-Inclán llegó al final de sus días con un divorcio a cuestas, con la preocupación de la educación de tres de sus hijos de quienes tiene la custodia mientras atraviesa una mala racha económica. Murió el 5 de enero de 1936, en Santiago de Compostela, mientras buscaba una solución a su cáncer. Allá, donde habían alzado vuelo sus sueños de triunfo. Donde se activó el pasado de la naturaleza acomodaticia y dual de su apellido del que no pudo escapar.

   Todo empezó 150 años antes de que él naciera. A comienzos del siglo XVIII, Pablo del Valle se casó con Antonia de Inclán. Un adinerado hermano de ella, Miguel de Inclán, no tuvo descendencia y heredó en su sobrino José Antonio, con una condición: poner el apellido Inclán por delante de tal manera que este no desapareciera. Así el heredero pasó a llamarse José Antonio Inclán del Valle o Valle-Inclán, dependiendo de las circunstancias. Cuando este se casó con Juana Malvido Rey sus hijos empezaron a jugar indistintamente con los apellidos: Inclán del Valle, Valle-Inclán o Valle-Inclán Malvido. Hasta que uno de ellos, Carlos Luis, optó por Del Valle-Inclán. Después su hijo Ramón siguió la tradición hasta llegar a su hijo, el escritor Ramón del Valle-Inclán Peña, autor de obras como Femeninas, Sonata de invierno, La lámpara maravillosa, Luces de bohemia, Tirano banderas, Divinas palabras…

   El ánimo díscolo del apellido lo persiguió, y lo que muchos creían era una invención suya era lo más auténtico, la mejor mascarada heredada de sus antepasados.


Biografía de Ramón María del Valle-Inclán


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Las dos caras de Valle-Inclán


En el 150 aniversario del nacimiento del autor de 'Luces de bohemia', uno de sus nietos escribe una biografía en la que aclara las mentiras sobre el escritor

WINSTON MANRIQUE SABOGAL. Madrid 21 MAR 2016 

   Don Ramón del Valle-Inclán no es Ramón del Valle-Inclán. Ese hombre del que todos hablan no es él, o sólo a medias. Ya en vida el nombre del escritor gallego empezó a cubrirse de fábulas, falsedades, leyendas, malentendidos, inexactitudes, exageraciones, dislates o despropósitos, muchos de ellos alimentados por él mismo, que con los años han rodado como una bola de nieve.

'Luces de bohemia' (Ramón María del Valle-Inclán) (La mitad invisible - La 2, 16/11/13)

   Ahora Joaquín del Valle-Inclán Alsina, nieto del autor de Luces de bohemia, aclara y desmiente todo aquello que está en el imaginario colectivo. Lo hace cuando se cumplen 150 años del nacimiento de su abuelo (Villanueva de Arosa, 28 de octubre de 1866-Santiago de Compostela, 5 de enero de 1936), a través de la biografía Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno (Espasa).

   Es la primera vez que un familiar del autor de Luces de bohemia, cuya vida parece haber girado alrededor de lo extravagante, intenta poner las cosas en su sitio.  Son 272 páginas que confirman o desmontan versiones, seguida de 121 que respaldan todo con notas y referencias, rematadas con un índice onomástico de 15 páginas.

   El nieto asegura que la leyenda de su abuelo, maestro del modernismo, la sátira y el esperpento, está distorsionada, y a ello han contribuido muchos de sus biógrafos que no contrastaron la información. El retrato que existe es el de un Valle-Inclán sacado de alguna de sus piezas de teatro, novelas o cuentos. Por esa razón, el biógrafo asegura haber hecho una obra desapasionada y alejada de la tentación de hacer literatura. Ha manejado unas 8.000 fichas, docenas de recortes de prensa y manuscritos, hablado con personas que lo conocieron y con los recuerdos de lo contado por su padre, Carlos.

   Este nuevo retrato del autor de obras como El marqués de BradomínDivinas palabrasTirano banderasSonatasÁguila de blasónLa lámpara maravillosaEl ruedo ibérico y así hasta casi un centenar, está poblado de muchos no era, no era, no era, que a continuación resume su nieto:

 

Valle-Inclán como presidente del Ateneo, junto con otros miembros de la directiva. DIARIO 'AHORA'

  • No era mal actor: “Es un hecho conocido que su primera obra fue La comida de las fieras, de Jacinto Benavente, que fue un éxito. La segunda no lo fue tanto con la adaptación que hizo Alejandro Sawa de Los reyes en el destierro, de Dolores Thion Soriano-Mollá. Su carrera como actor se vio frustrada cuando en 1899 perdió el brazo. El teatro le gustaba muchísimo. Y no es como se ha dicho que el ceceo contribuyó a su salida del teatro. El ceceo no existía. Una prueba es que en su actuación como Teófilo en La comida de las fieras hay frases que no muestran eso. Además, si hubiera sido así, las revistas satíricas de la época que eran tan incendiarias lo hubieran despellejado”. 

  • No era pobre: “Ni tampoco pasó tantas penurias. Cuando llegó por segunda vez a Madrid, tras su paso por México, en 1895, lo hizo como funcionario del Estado con un sueldo de 2.000 pesetas anuales, alto para la época. Eso lo tuvo, como mínimo hasta el 99 cuando perdió el brazo. Es entonces cuando se ve obligado a ser literato profesional y sus colaboraciones en la prensa aumentan. Es la forma que tiene de ganarse la vida. No le gusta, pero tiene que aguantarse. Eso le da para vivir y su nivel está por encima de la media de los madrileños. Así está hasta 1905 o 1906. Entonces ya sus libros se venden relativamente bien y colabora menos en la prensa. Además, con la agricultura ganó dinero. Durante sus últimos años también fue funcionario”.
  • No era de izquierdas: “Se hubiera muerto de risa al oír que era de izquierdas. Una cosa es que en sus obras diera esa imagen y otra que en la vida real lo fuera. Desde muy joven, ya en 1888 se declaró carlista, y Rubén Darío lo dijo en 1899. No había nadie más opuesto. A él le gustaba el hombre fuerte, el conductor de masas, el que conoce el espíritu del pueblo, el absolutista. Le gustaba poco la idea del parlamento y el voto democrático. Venía de la etapa de la restauración y sabía que había cosas amañadas. Tenía gran desconfianza en el sistema parlamentario. Su ideal era la de una especie de tirano culto y amable”. 
  • No era antirreligioso: “Era muy religioso, aunque un católico poco ortodoxo. El problema es distinguir entre religiosidad y espiritualidad o lo religioso como norma. En la I Guerra Mundial, una de las razones por las que apoyó a Reino Unido y Francia fue porque consideraba que los alemanes iban a acabar con el catolicismo. Para mi abuelo el Tiempo es el demonio y la quietud la divinidad. Lo inmóvil es la perfección. La idea de que el tiempo no pasa. Luces de Bohemia está mal interpretada por algunos porque es una obra que trata de muerte y religión”. 
  • No tomaba drogas: “Comenzó a tomar drogas en 1908. Así se lo confesó a un periodista en A Coruña. Cuenta que tomaba cáñamo índico, lo que hoy sería el hachís, por prescripción médica por su dolencia de los papilomas en la vejiga. Las drogas eran muy frecuentes en la prensa madrileña de la época. La consumió hasta 1926, fumada o en píldoras". 
  • No era bohemio: “No lo era, primero porque la bohemia no existía. No porque existieran tres o cuatro personajes estrafalarios se puede hablar de bohemia. Segundo, nadie sabe qué es un bohemio, ¿Quién lleva una vida desordenada? ¿qué quiere decir eso? Alejandro Sawa fundó la Casa de la bohemia, pero no hay nada más. Mi abuelo durante sus primeros años en Madrid bebía, pero no fue un hábito continuado. Hay opiniones suyas en las que dice que le da asco la bohemia, “un club de cuellos sucios y del mal vino. Ese espíritu ha sido exagerado”. 
  • No era tan abierto: “Era un hombre muy reservado con su vida privada. No hay manera de entrar en él. No dejó cartas, ni memorias, ni diarios en los que expresara sus sentimientos. Ese es el gran problema para acercarse a sus sentimientos y psicología. Se sabe, a veces, su estado de ánimo general. Por eso es difícil hacer aquí psicología a un cadáver”. 

   Esta nueva biografía amplía y completa la elaborada por Manuel AlbercaLa espada y la palabra. Vida de Valle-Inclán (Tusquets), XVIII Premio Comillas de Biografía, en 2015. Valle-Inclán Alsina dice que colaboró en ese libro durante un tiempo pero que se retiró al no estar de acuerdo con el estilo narrativo que le imprimió Alberca. “Una vida de esta naturaleza y con el material que hay sólo admite una obra desapasionada, sin literatura. Contar la historia de una vida tal cual”, explica el nieto del escritor gallego.

   Y, esta vez, el propio Ramón del Valle-Inclán parece ser el primero en querer deshacer tanto entuerto, desde la portada del libro: sentado con su capa negra y bajo un sombrero del mismo color, el escritor mira interrogativo y sereno tras sus gafas redondas y con una barba apenas jaspeada de blanco. Pero ya claro su juego de teatral aspecto mefistofélico.



Luces de Bohemia (2017-2018)



El Teatro-Auditorio "Francisco Nieva" acogió "Divinas Palabras", de Valle-Inclán


 

Los Libros: Las obras completas de Valle-Inclán - 10/01/17

 



Ramón María del Valle-Inclán, historia de un impostor

RAFAEL NARBONA - 5 abril, 2017

Valle-Inclán en diferentes etapas de su vida

   Mi biblioteca no cesa de crecer, expandiéndose por las paredes de mi vivienda, sorteando escaleras e inclinándose como un velero cuando se topa con techos abuhardillados. Vivo en una casa de campo, con dos plantas y un sótano. Ninguna estancia o pasillo vive al margen de esta silenciosa invasión, que sólo obedece a mis arrebatos de bibliomanía y a los azares de mi trabajo como crítico literario. Todos mis intentos de ordenar, clasificar y sistematizar el caudal de libros que fluye sin descanso bajo unos techos lamentablemente bajos han fracasado, provocándome la frustración que tal vez experimenta un torpe demiurgo desbordado por su creación. En una ocasión, le pregunté a un amigo –afectado como yo por la pulsión de acumular libros- si convenía poner límites a una biblioteca. “¿Se pueden poner límites al universo?”, contestó con un parpadeo de locura en la mirada. Entendí que era más sensato resignarse al caos, pues a fin de cuentas el universo tiende al desorden, sin que nada pueda impedirlo. Si cada biblioteca compone un universo a pequeña escala, parece inevitable que albergue agujeros negros, cuyo campo gravitatorio atrapa a algunos desdichados ejemplares, sumiéndolos en una misteriosa oscuridad, que, fatalmente, los aleja del lector que podría infundir vida a sus páginas. 

   Hace unos días, buscaba sin mucha esperanza un ensayo de Chesterton, cuando me encontré con la biografía de Ramón Gómez de la Serna sobre un admirable impostor: Ramón María del Valle-Inclán. Publicada en Buenos Aires en 1944, nunca pretendió usurpar el rigor de los estudios académicos, tristes y áridos como un día insípido. Un literato que escribe sobre otro literato no busca la exactitud, sino lo irrepetible, lo insólito, lo hiperbólico. O dicho de otro modo: una iluminación, que inevitablemente difiere de esa forma de superstición llamada objetividad.  En el terreno de la literatura, ser un impostor representa una virtud, pues la tarea del escritor no es buscar la verdad, sino producir ficciones que puedan confundirse con la verdad. Valle-Inclán era un escritor –o sea, un impostor- en estado puro, que comenzó sus fintas literarias reinventado su nombre, con el propósito de asociarlo a la aristocracia rural carlista, ferozmente enemistada con la modernidad. Descubrió su vocación literaria hablando con la luna, que le reveló la suave distinción de la tristeza y el secreto de las rosas, cuyo encanto procede de haber sido mujeres en una vida anterior. Valle-Inclán opinaba que ser escritor no era una elección, sino la ineludible respuesta a la llamada de la belleza. Además, pensaba que sólo el escritor disfrutaba de una libertad ilimitada. El militar obedece a un despótico general; el sacerdote, al obispo y al Papa; el funcionario, a un director estólido y sin una brizna de imaginación. 

    Eso sí, el oficio de escritor exige un notable heroísmo. La previsible miseria obliga a ser un artista del hambre, que camina por la cuerda floja del ayuno crónico. Con físico de faquir y ojos alucinados de nigromante, Valle-Inclán no se dejó intimidar por la perspectiva de la penuria. Abrazó la vida bohemia, soportando con estoicismo la escasez y la incertidumbre. Sin embargo, sobrellevó malamente el sedentarismo, verdadero lecho de Procusto para un alma que había soñado con emular las hazañas de fieros y violentos capitanes como Pizarro y Hernán Cortés. Por eso se marchó a México, con un estrafalario uniforme que incluía unas botas con veinticinco hebillas de plata. ¿Por qué México? Porque se escribía con “x”, una letra tristemente postergada por los avatares del castellano en su incontenible tránsito hacia la modernidad. En una breve nota autobiográfica, nos contó que a bordo de la Dalila, una fragata que naufragó en su siguiente viaje, asesinó a sir Roberto Yones, “una venganza digna de Benvenuto Cellini”. El crimen no estorbó a su conciencia. No podía ser de otro modo en un joven con “alma de hidalgo”, cuyo lema era: “Desdeñar a los demás y no amarse a sí mismo”. 

   De regreso a España, descartó el ejercicio del periodismo, pues “la Prensa avillana el estilo y empequeñece todo ideal estético”. Valle-Inclán concebía la literatura como música. De ahí sus malabarismos con el idioma, reuniendo palabras que nunca se habían rozado o cortejado en una frase. Sus ocurrencias alumbraron un estilo con el sonido de las intuiciones pitagóricas, donde cada nota obedece a una armonía cósmica. En La lámpara maravillosa (1916), escribe: “La suprema belleza de las palabras sólo se revela, perdido el significado con que nacen, en el goce de su esencia musical, cuando la voz humana, por la virtud del tono, vuelve a infundirles toda su ideología”. Colérico e imprevisible, perder un brazo en circunstancias poco honrosas no encogió su valor. Sus bofetadas eran dignas de Lope de Aguirre, pues en su único brazo bullía la furia de un sueño incumplido: “morir fusilado”. Con la vejez, su silueta, frágil y llameante como una figura del Greco, adquirió la apariencia de un árbol. Gómez de la Serna habla de su “aspecto arborescente”. En sus dedos chispeantes se fundían el ciprés, el mirto y el laurel para crear una paradoja vegetal. Esa tendencia ascendente quizás explica que escribiera desde las alturas, transformando la comedia humana en un grotesco aquelarre. Valle-Inclán propugnaba el criterio de verdad de los que contemplan el mundo “desde la otra ribera”. Al igual que un lejano pariente, cuando alguien le preguntaba qué deseaba ser, respondía: “Yo, difunto”. Unamuno le sobrevivió unos meses, lo cual le permitió escribir: “Vivió, esto es, se hizo en escena. Su vida más que sueño fue farándula. Él hizo de todo muy seriamente una gran farsa”. 

   Aficionado a leer y escribir en la cama como un senador romano, Valle-Inclán pasó quince días en la Cárcel Modelo de Madrid por proclamar a gritos su desprecio por la dictadura de Primo de Rivera. Si la muerte no le hubiera sorprendido el 5 de enero de 1936, se habría alineado con los intelectuales antifascistas. No es un secreto que por sus venas corría -al igual que por las de Antonio Machado- sangre jacobina. En la versión de 1924 de Luces de bohemia ya había asegurado que los males de España sólo se solucionarían levantando “una guillotina eléctrica en la Puerta del Sol”. Su carlismo desembocó en un anarquismo incendiario por antipatía hacia la mediocridad burguesa. La proximidad de la muerte no lo acobardó: “Lo malo de morir es que hay que volver a ver a todos aquellos que afortunadamente perdimos de vista”. Un cáncer de vejiga adelgazó su humanidad hasta extremos inverosímiles, provocando que sus huesos sobresalieran aún más de lo habitual. Dicen que se divertía con los rostros espantados de los que cometían la temeridad de abrazarlo, repitiendo un proverbio que siempre le había agradado: “Mejor estar sentado que de pie; mejor echado que sentado; mejor muerto que de ninguna otra manera”. 

   Mientras agonizaba, murmuró varias veces: “Tengo la estrella perdida”. En su lecho de muerte, parecía -según Gómez de la Serna- "una de esas máscaras de piedra del dios Tiempo en las fachadas blanquinegras de París”. Su barba de chivo flotaba sobre las sábanas “como una ráfaga de fuego”, por utilizar sus palabras cuando una vez le preguntaron qué hacía con el embozo al dormir. Se negó a recibir la extremaunción de malos modos, clamando que no quería escuchar rumor de sotanas en sus últimos momentos. Su entierro representó la culminación de su estética sistemáticamente deformada. Bajo una tromba de agua que oscureció el cielo hasta producir una oscuridad goyesca, el féretro descendió a la fosa con un crucifijo. Al advertirlo, un joven obrero intentó arrancarlo, pero perdió el equilibrio y cayó al fondo con el ataúd, que se rompió, emergiendo el cadáver del escritor con un rostro amarillo y horripilante. Al joven el gesto le costó la vida, pues se hizo famosa la anécdota y las tropas franquistas lo fusilaron apenas ocuparon Santiago de Compostela. 

   Según Bernard Shaw, un verdadero artista “debe matar de hambre a su mujer y a sus cinco hijos y hacer que su anciana madre de setenta años trabaje para él, todo antes que claudicar”. Gómez de la Serna utiliza esta cita hacia el final de su biografía de Valle-Inclán para afirmar que el escritor se mantuvo fiel a su vocación hasta la indignidad. ¿Se puede decir que este y no otro es el verdadero Valle-Inclán? No pretendo menoscabar el mérito de las biografías que desmontan este retrato, mostrándonos a un Valle-Inclán que vivía desahogadamente gracias a sus artículos y traducciones, que se codeaba con la burguesía, que comulgaba con los dogmas de la Iglesia Católica y que despreciaba las libertades democráticas. Un Valle-Inclán que en realidad se llamaba Ramón Valle y Peña. No impugno esa versión. Simplemente, la repudio. Como repudio la imperfección, la estulticia y la simpleza, mucho más abundantes que el genio, la fantasía y la inspiración. Sé que mi argumento no soporta las objeciones más elementales, pero en el terreno de la literatura la verdad es secundaria: sólo importa la belleza. “La verdad es belleza y la belleza es verdad”, aseveró John Keats, pero esa fórmula platónica se incumple rigurosamente en el arte y a veces en la vida. En el caso de la biografía de Valle-Inclán, la verdad es mucho menos seductora que el mito. Al menos en estas cuestiones, la verdad está sobrevalorada. No me parece extraño que las biografías que reconstruyen al Valle-Inclán tristemente real, se hayan extraviado en los agujeros de mi biblioteca y que –en cambio- el libro de Gómez de la Serna reaparezca una y otra vez, como los pecios de naufragio que buscan desesperadamente la orilla. 

   Bajo la dirección de la profesora Margarita Santos Zas, el Grupo de Investigación sobre Valle-Inclán de la Universidad de Santiago de Compostela ha realizado una meritoria labor de depuración y clarificación para editar las obras completas del escritor gallego en cinco volúmenes. De momento, han aparecido los tres primeros, que contienen la narrativa y el ensayo. La Biblioteca Castro se encarga de la publicación, prestando una vez más un inapreciable servicio a los clásicos de nuestro idioma. Se ha comentado que Valle-Inclán no mentía, que sólo decía “la otra verdad”. Mentir puede ser una legítima venganza contra la decepción que nos produce el mundo real. Ningún autor contemporáneo se atrevería a atribuirse crímenes o a deformar su pasado con magníficos embustes. Me temo que esa falta de audacia actúa como un lastre, recortando el vuelo de su imaginación. En cualquier caso, se olvida que Valle-Inclán –al igual que Quevedo- es ante todo literatura y la literatura nunca miente.


La ficción autobiográfica de Valle-Inclán: las Sonatas | Darío Villanueva

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