miércoles, 2 de diciembre de 2020

LLUVIA DE PENSAMIENTOS, NO SIEMPRE DELIRANTES


  


  "Lluvia de pensamientos, no siempre delirantes" no es sólo un título, puede ser también un lema. Los seres humanos nos sentimos mejor si disponemos de un lema, un símbolo o una bandera, algo a lo cual nos adherimos, bajo el cual sentirnos protegidos y aunados. Los psiquiatras titulados o en ciernes también somos seres humanos y, por lo tanto, también nos acogemos a los lemas protectores. Tal vez esa sea la verdadera y única argamasa que une a los médicos que nos hemos agrupado para un fin concreto, escribir. La voluntariedad y la libertad son otras dos explicaciones y argumentos igualmente válidos y cohesivos. Los que escribimos lo hacemos porque nos gusta, nadie nos obliga. No obstante, habrá quien piense que constituimos un grupo de psiquiatras a los que sólo nos une la sana costumbre de practicar, con mayor o menor insistencia y acierto, "el arte de la escritura". 

    El lema "lluvia de pensamientos, no siempre delirantes" es complejo, y casi todos los lectores requerirán una explicación. Esto siempre pasa con los lemas: cuando se hurga en ellos se convierten en dilemas y, el propuesto anteriormente es un buen dilema, su formulación explícita podría hacerse de muchas y complicadas maneras, pero las dos que aquí nos interesan son sencillas. Los enfermos mentales tienen a menudo un torbellino de pensamientos irracionales, pero su delirio, como decía el maestro Castilla del Pino, es un error necesario, necesario para interpretar sus vivencias internas, para dar explicación a lo que sufren por no ser bien entendidos por las personas "sanas" que les rodean, para enfrentarse a una estigmatización que consideran injusta, para no ser interpretados como "raros" por sujetos que se creen en posesión de otra verdad diferente a la suya. 


    Los "cuerdos" hemos acordado de una manera, para los "locos" injusta, que lo que ellos piensan es equivocado, delirante e inconveniente para un sistema que difícilmente se sostiene, habida cuenta de lo mal que marcha todo en este loco mundo que nos ha tocado vivir, donde prima la ley del más fuerte, donde nos estamos cargando los hábitats naturales, donde la injusticia social se percibe en todos los ámbitos posibles, donde el mito de la caverna expuesto hace más de dos milenios por Platón está más vigente que nunca, donde miramos al diferente, por cuestiones de etnia, género, condición sexual o religión, como un ser inferior al que hay que machacar o vilipendiar. 

    Y "la rueda sigue girando", y casi nadie hace casi nada, y todo ello da lugar a que, en no pocas ocasiones, el enfermo mental se plantee si merece la pena seguir la dirección que marca esa rueda y la cadencia con la que realiza su rodar. Y a veces manifiestan su rebeldía, bien es cierto que de una forma incomprensible para los del otro lado de la locura, y en no pocos casos, acaban quitándose lo más preciado que tenemos, que es la propia vida. A quién no se le ha ocurrido alguna vez la famosa sentencia "Que paren el mundo que yo me bajo", acuñada por el gran Groucho Marx y no por los jóvenes revolucionarios del mayo francés del 68, que usaron la frase años después.

¡QUE PAREN EL MUNDO QUE YO ME BAJO!

Siempre he creído que el ser humano, probablemente, sea el animal más estúpido sobre la faz del planeta. Teniendo el potencial que tenemos como especie y como individuos lo desperdiciamos imponiéndonos un sistema perverso que nos obliga a trabajar la mayor parte de nuestra vida para poder sobrevivir. Sí, sobrevivir. Porque eso es lo que hace la gran mayoría de las algo más de 7.000 millones de almas que pueblan el tercer planeta del sistema solar.


   Los enfermos necesitan que alguien les devuelva a la realidad, "maldita sea" manifiestan a veces, a una realidad que les haga sufrir menos, que atenúe su angustia vital, que les haga menos "diferentes". Los psiquiatras, a veces, somos sus aliados en esta tarea, otras sus acompañantes compasivos, otras sus acompañantes indiferentes, otras ni siquiera sus acompañantes. Los que escribimos tenemos preocupaciones referidas a los pensamientos delirantes, que no siempre lo son por el mero hecho de provenir de los pacientes, quizás sean pacientes de otra forma, por la paciencia que deben tener con nosotros o con sus vecinos y familiares, antes de romper la baraja porque no jugamos todos el mismo juego. A veces su forma de pensar es más razonable que la del resto, a veces sus creaciones artísticas, en todos los ámbitos (literatura, pintura, escultura, música, etc.) demuestran una capacidad sobresaliente, menos convencional y más abigarrada, eso sí, pero mucho más expresiva y genial. 



   Llegados a este punto, un servidor se plantea: ¿Cuál es la razón por la que los médicos, en general, y los psiquiatras, en particular, nos dedicamos a escribir? y, por otro lado ¿por qué la psiquiatría guarda una relación tan estrecha con las artes y especialmente con la escritura? 

   Los médicos escribimos mucho y los psiquiatras más: eso es tan sabido como cierto. Si escribimos porque somos médicos, o si somos médicos porque nos gusta escribir, es un dilema sin solución. Otro igualmente irresoluble lo constituyen las relaciones carnales que se establecen entre los problemas de la mente y la literatura. Los psiquiatras, es obvio, escribimos mucho, seguramente más que otros médicos: si los psiquiatras escribimos porque manejamos unas mentes especialmente sensibles a las influencias artísticas, o si es el disponer de cierta suerte de sensibilidad para la literatura lo que hace que algunas personas se conviertan en psiquiatras, es otro de esos dilemas sin solución. Tal vez podríamos expresarlo mejor con otras dos frases clarificadoras: "del escritor de sentimientos, a los sentimientos del escritor"; o también "del poeta de la mente", a la mente del poeta". ¿Será esta la razón por la que hace ya muchos años decidí titular a mi blog "LA MENTE DORMIDA"? 

   Contemplemos ahora otra cuestión: "las relaciones entre enfermedad mental y creación literaria". ¿Cuáles son las razones que hacen que los enfermos mentales sean tan proclives a manifestarse artísticamente?, y ¿por qué enferman con tanta frecuencia los artistas en general y los escritores en particular? He aquí otros dos grandes interrogantes que tampoco resolveremos. 

   Las cuestiones anteriores posiblemente le parecerán abstractas e inútiles a la mayoría de los lectores de este blog, y tienen razón: nada hay tan inútil como el arte. Tampoco hay nada tan necesario. Sin embargo, son muchos los pertenecientes a los gremios de las artes y la psiquiatría que se han planteado los mismos problemas antes que nosotros. Y algunos lo han hecho con tanto rigor científico como calidad artística. De entre ellos quiero destacar a Freud en varios de sus escritos; admiraremos al viejo Ribot en un pequeño pero inspirado estudio; releeremos el libro de Jaspers sobre "Genio y Locura"; los breves escritos de Cajal sobre "La psicología de los artistas", la compilación de artículos de Johanes Cremerius, en los que diversos expertos examinan las "Neurosis" de otros tantos genios; saquearemos a Gonzalo Lafora en su clásico estudio titulado "Reflexiones sobre la inspiración en el arte y en la ciencia"; tomaremos datos de Eysenk, de sus trabajos más antiguos y de una edición más reciente de su "Genius: The natural  history of creativity"; remitiremos a los más interesados hacia Stenberg y Todd, cuyo estudio sobre "La creatividad en una cultura conformista" es de comprometida actualidad; preguntaremos algo a Delvenne, quien incluso se ha atrevido a meterse en el cerebro de los atistas a golpe de rayos y centellas; acompañaremos a Vigoroux, el cual se ha adentrado por los callejones oscuros que constituyen "La fábrica de lo bello"; y a Manuela Romo que ha diseccionado el problema en su ensayo sobre la "Psicología de la creatividad"; de J.A. Marina copiaremos sus disertaciones rápidas y lúcidas sobre los anteriores autores; de Félix Post tomaremos los datos que constituyen la base del mejor estudio psiquiátrico sobre la personalidad de los literatos más geniales; a algo parecido le ha dedicado la famosa Nancy Andreasen un pequeño trabajo en el American Journal en 1987, y un tal Ludwig en 1985 estudió la relación entre éxito social y creatividad; ...en todos ellos encontraremos tantas dudas como belleza, tanta creatividad como inconformismo, tanta pasión como proximidad a la locura.



Genius or Madness? The Psychology of Creativity Lecture of Professor Glenn D Wilson







La Locura en la Literatura

   Desde el Antiguo Egipto hasta en la recién nacida república de Crimea, en la mayéutica de Sócrates, entre las líneas de Cervantes y tan reciente como en Canción de Hielo y Fuego, la locura ha sido, es y será un tema vitalicio en la literatura. al y como sucede con la mayoría de los tópicos y conceptos, la locura no ha sido un término estático y uniforme. El pasar de los años, la evolución, en ocasiones retroceso, del hombre y sus paradigmas sociales, han ido cambiando y moldeando las nociones y perspectivas sobre la locura.

   En la misma dirección que cambian las explicaciones y razones sobre la locura, también lo hacen las ideas y representaciones del loco, el demente, el perturbado, el desequilibrado, el chalado, el chiflado, el lunático, el maniático, el esquizofrénico, el ido, el majareta y el atolondrado.

   La sabiduría del vulgo decidió un día que la locura era una enfermedad de la psique, que se refleja en el aspecto físico de la persona. Esta teoría, sin ser probada, fue de mucho agrado no sólo a la sapiencia popular, sino también para los artistas pictóricos y literarios occidentales, y al decir occidentales me refiero a todo lo que está más allá del oeste del meridiano 30 y si me ajoráis, incluso diría que desde el meridiano 60.

   En la antigüedad, a pesar de que civilizaciones como la del Nilo y el Indo dejaron evidencia sobre comportamientos y tratamientos para lo que se pasó a denominar como personas inestables, fue en la Grecia clásica donde mejor se elaboró y trató el tema. La locura en la Antigua Grecia no puede ser entendida sin la comprensión de los conceptos pathos y psyché.

   El pathos griego hace referencia a todo lo que el hombre siente y experimenta en su ánima, como la tristeza y la pasión. De otro lado, la Psyché representa las enfermedades y los padecimientos. Pathos y psyché no son conceptos opuestos, tampoco complementarios, él uno existe ligado al otro en igualdad de condiciones e importancia. Hay quienes se aventuran a decir que el pathos es el centro y la psyché un complemento imposible de desarrollar sin su eje.

   Teniendo los padres de la filosofía estas nociones, no es de sorprender que en su génesis la disciplina de la filosofía naciera como un vehículo espiritual para doblegar y deshacer las pasiones del alma. Los primeros helenos aterrados e intentando no caer en el hybris; la desmesura total, ataron el camino y el destino del hombre al de los dioses.

     La locura en la península helénica se asoció con los excesos, el libertinaje, los abusos y la violencia. Sin embargo, el carácter divino trajo la primera dicotomía sobre los locos: por un lado eran temidos y rechazados por las atrocidades que les eran asociadas, pero otros los admiraban pues encontraban en ellos lo irracional de lo divino.

   El avance en la medicina griega dividió la locura en cuatro manías asociadas a un dios particular:

  • Apolo – locura profética
  • Dionisio – locura telesiaca
  • Las musas – locura poética
  • Afrodita – locura erótica

   La individualización del hombre griego, abrió las puertas a la “cultura de la culpabilidad” donde ahora las personas liberaron a la divinidad y a los dioses de cualquier culpa o comportamiento humano. Fue esa la herencia que acogió y adoptó Roma, y el futuro cristianismo, naciendo así el famoso libre albedrío en el cual se exime a un dios o a un demonio de ser los responsables de las calamidades y enfermedades del hombre y se culpa al juicio y a las conductas humanas.

   El paso a la Edad Media y usando como cimientos los adynata de la antigua Grecia, en los que se enumeraba lo imposible, se creó el escenario para un nuevo tópico literario el mundo al revés. La escolástica medieval le sacó todo el jugo a este nuevo tropo, desde sus descripciones sobre el paraíso y los ángeles, hasta sus paradojas, juegos de palabras, retruécanos e ilustraciones. El mundo del arte medieval donde carecían la uniformidad y la perspectiva, también se lucró de las nuevas visiones del mundo y concepciones sociales.

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   En la Edad Media fue donde se fraguó la idea de que la locura era el resultado de un pacto con el diablo. Nacieron aquí las representaciones de las brujas y los hechiceros como personajes alocados controlados por fuerzas maléficas. La visión católica perpetuó la idea de que el loco es culpable de su locura pues su debilidad moral lo hizo preso de su enfermedad.

   El tópico del mundo al revés continuó su vigencia en el Renacimiento y se extendió hasta el Barroco. Los nuevos cambios sociales y culturales fueron alejando a la locura del alma y la acercaron más a los orígenes físicos, teniendo gran auge la teoría de los humores. Aunque no voy a entrar en detalles sobre la misma, es notorio ver como se fue distanciando la asociación locura-alma y el origen sobrenatural de la locura.

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   La jocosidad y el sarcasmo se beneficiaron del loco como personaje literario y pictórico. Francisco de Quevedo con sus obras jocoso-morales como El buscón, Erasmo de Rotterdam dándole vida a la dama locura y como vamos a dejar pasar por alto a Miguel de Cervantes y El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Estos son sólo algunos de los grandes literatos que se encargaron de tratar la locura desde la perspectiva de su sociedad y como mecanismo de protesta, burla y señalamiento.

   Ya con el Romanticismo se rompieron los esquemas, la teoría e incluso las verdades. El Romanticismo abogó por la máxima libertad y rebeldía, la locura que tras la Ilustración había sido vista como la culpable de los males, ahora tendría riendas sueltas y abrazada con la imaginación andaría sin temor a nada. Las obras artísticas de todo el periodo vanaglorian y exaltan a la locura, que aunque ya se venía viendo como algo físico y no anímico, ahora se idealiza y se tomo como arquetipo y estilo de vida.

Caspar David Friedrich, Der Wanderer über dem Nebelmeer. 1818.

   A partir de la llamada Modernidad, hasta nuestros días, la locura es tratada en la literatura con infinidad de formas. En el Londres de Bedlam el autocontrol es el antídoto contra la locura. En la Francia del Realismo Naturalismo de Gustave Flaubert, Charles Baudelaire, Paul Verlaine y Arthur Rimbaud, la locura era arte, promoviendo lo mórbido y lo patológico. Mediante la enfermedad y el sufrimiento el espíritu se encendía y se liberaba. En muchas ocasiones se recorría al hachís, el opio y el ajenjo como vías de ayuda para alcanzar la genialidad y acentuar el dolor.

Francisco de Goya, Fantasías, brujería, locura y crueldad

Francisco de Goya, Fantasías, brujería, locura y crueldad


  La locura es un algo que no deja de ser aterrador como fascinante, verdad como ficción, atrayente como repelente. A manera de conclusión digo que la locura sigue conservando la dicotomía que la acompañó desde los tiempos antiguos. La sociedad actual ha sabido sacarle provecho y beneficios al personaje del loco y el mundo que con él se envuelve.

   Mary Wollstonecraft nos dio el barro y los pies del loco gótico; personaje y arquetipo que jamás desecharemos. El Romanticismo popularizó la dulce locura en la figura de Ofelia y la víctima femenina. Finalmente gracias a Bertha Manson la loca maníaca se comercializó y se extendió hasta la Chochinchina. Para acabar citó a Sigmund Freud quien dijo que el arte nace de la neurosis y por consecuente de la locura. Cierro con una de mis frases favoritas de la encantadora Virginia Woolf:

“Como experiencia puedo asegurarles que la locura es extraordinaria y no debe ser despreciada; en medio de su lava aún puedo encontrar la mayor parte de las cosas de las que escribo, ésta explota de un todo que tiene forma acabada y no en meros fragmentos como ocurre con la cordura.”

 

 

 





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