domingo, 20 de diciembre de 2020

LA SOLIDARIDAD

 


  Mi buen amigo Faustino me ha recordado que hoy, 20 de diciembre de 2020, es el día mundial de la solidaridad humana. 

SOLIDARIDAD: Palabra noble que queda sin efecto si no se materializa y además se puede banalizar si se usa en exceso junto con otras que hoy día conforman una intrincada jerga humanitaria: Altruismo, empatía, transversalidad, proactividad, compromiso, racismo, aporofobia responsabilidad, alianza, xenofobia, empoderamiento y un largo etc. que surge a consecuencia de personas como la que paso a describir: “El señor don Juan de Robles, de caridad sin igual, fundó este santo hospital pero antes creó a los pobres”. ¡Auxilio! (fh2) 

    Las diferencias sociales están cada vez más marcadas en todo el mundo y esto impide el avance y el progreso de los más desprotegidos. Para poder equilibrar las desigualdades es necesario la cooperación entre las distintas naciones y también de los individuos hacia los más necesitados. Los problemas sociales que azotan el planeta como la pobreza, el hambre, la indigencia o la falta de oportunidades son, entre otras necesidades, las que pueden llegar a arraigarse en la sociedad si no somos capaces de ser solidarios con el prójimo. Por esta razón y por el decreto de la Asamblea General de las Naciones Unidas, se conmemora cada 31 de agosto el Día Internacional de la Solidaridad.

   La celebración de este día se dio cuando los líderes mundiales adoptaron los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que se encaminan a la erradicación de la pobreza, proteger el planeta y garantizar la dignidad para todos.

   Tenemos que fomentar la solidaridad en todas sus formas, para poder vivir en forma fraterna y en plenitud nuestros derechos y cuidar de los derechos de los demás. La solidaridad es uno de los valores humanos más importantes, por el cual todos ayudamos y colaboramos con aquellas personas desfavorecidas. Al igual que la amistad, ayudar al otro nos hace mejores personas y nos mantiene más unidos día a día. 

20 de diciembre, Día Internacional de la Solidaridad Humana

    El término “solidaridad”, tiene su origen en un aspecto social, y etimológicamente la palabra proviene del latín “solidus”, que significa “solidario”; en la Sociología, es una sensación de Unidad, cuyo objetivo es lograr una meta común. Por ende, la “solidaridad” es una condición humana tan necesaria para los pueblos, que sólo con una actitud solidaria éstos se conducen por el camino del desarrollo sostenible.

   Lograr que un individuo, una familia, una comunidad, un pueblo o una nación sean solidarios, sólo se puede conseguir a través de la buena educación. La sensibilidad más importante se da enseñando el respeto, los hábitos, las actitudes; son la enseñanza que se ofrece a diario para el comportamiento del individuo.

   Enseñamos con el ejemplo. Por eso la importancia de crear hábitos desde el hogar que hagan la diferencia. La comunicación abierta y bien enjuiciada es fundamental para una buena comunicación basada en el respeto hacia el semejante.  Es el respeto a la naturaleza, a las leyes sociales, al ser humano y a uno mismo, lo que forma individuos solidarios. La solidaridad trasciende fronteras políticas, religiosas, territoriales, y/o culturales. Por eso hoy más que nunca urge crear una conciencia moral desde lo particular hasta lo global, de la gran necesidad de ser copartícipes como la especie pensante más evolucionada de nuestro planeta.

   La Asamblea General de Naciones Unidas proclamó el 20 de diciembre como Día Internacional de la Solidaridad Humana. "La solidaridad ha definido el trabajo de las Naciones Unidas desde el nacimiento de la Organización que, desde su creación, atrajo a los pueblos del mundo para promover la paz, los derechos humanos y el desarrollo económico y social. La organización fue fundada en la premisa básica de la unidad y la armonía entre sus miembros, expresada en el concepto de seguridad colectiva que se basa en la solidaridad de sus miembros a unirse «para mantener la paz y la seguridad internacionales»".

    La celebración de este día, como se ha dicho más arriba, llegó después de que los líderes mundiales adoptasen los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que constituyen un programa nuevo e inclusivo —después de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM)— para erradicar la pobreza, proteger el planeta y garantizar la dignidad para todos. El nuevo programa de los Objetivos de Desarrollo Sostenible pone en el centro a la persona y al planeta, se apoya en los derechos humanos y está respaldado por una alianza mundial decidida a ayudar a la gente a superar la pobreza, el hambre y las enfermedades. Se forjará por tanto sobre la base de una cooperación y solidaridad mundiales.

   El 20 de diciembre se celebra el Día Internacional de la Solidaridad Humana con los siguientes objetivos:

-                   Celebrar nuestra unidad en la diversidad.

-       Recordar a los gobiernos que respeten sus compromisos con los acuerdos internacionales.

-                Sensibilizar al público sobre la importancia de la solidaridad.

-              Fomentar el debate sobre las maneras de promover la solidaridad para el logro de los Objetivos de Desarrollo del Milenio, incluida la erradicación de la pobreza.

-                Fomentar nuevas iniciativas para la erradicación de la pobreza. 

    


La solidaridad es uno de los valores fundamentales y universales en que deberían basarse las relaciones entre los pueblos en el siglo XXI para que quienes sufren o tienen menos se beneficien de la ayuda de los más acomodados.

Día Internacional de la Solidaridad Humana

20 de diciembre de 2020

Día Internacional de la Solidaridad Humana
La monja y el imán, una historia de solidaridad con los más necesitados

La solidaridad es el apoyo a una causa o interés ajeno, especialmente en situaciones difíciles, como desastres naturales, guerras, movimientos de refugiados. No obstante, aunque citamos este tipo de causas que suelen despertar un gran movimiento de solidaridad, ésta puede estar presente en cualquier situación de la vida diaria.

Digamos que se puede resumir en ayudar a otros que lo necesitan, siempre que esté en nuestra mano, sin esperar nada a cambio. La única retribución de la solidaridad es sentirse bien consigo mismo, o pensar que se ha hecho lo que se debía hacer.


CON PASO TRÉMULO  


   Hace apenas unas semanas tuve la oportunidad de visitar por primera vez la ciudad de los rascacielos, me vine con una buena impresión en general, por la majestuosidad de sus edificios, lo variopinto de sus gentes, la grandeza de Central Park, las magníficas colecciones de arte reunidas en el MOMA y el Museo Metropolitano...Por falta de tiempo, o quizás para justificar una visita más tranquila en el futuro, dejé algunos lugares sin ver. 

   Tras un largo, tedioso y agotador viaje de vuelta desde el aeropuerto JFK hasta la Terminal 4 de Barajas, me desplacé en un tren de cercanías hasta la estación de Atocha, bellamente remodelada a raíz de los atentados de hace unos años. Tenía que esperar allí unas horas hasta la llegada de una amiga que volvía de Nueva York en otro vuelo más tardío, para viajar juntos en AVE a nuestra ciudad de destino. Los primeros efectos del jet lag empezaban a manifestarse, así que, me acomodé en una silla para devorar un suculento desayuno preparado con esmero por una simpática señorita en uno de los bares de la estación, me dijo que era su primer día de trabajo, quizás por ello suplía su inexperiencia con una amabilidad inusitada en este tipo de establecimientos.

   Eran las siete y cuarto de la mañana y ya había en la estación bastante movimiento de viajeros, tenía que permanecer vigilante del equipaje, una cabezada podía resultar peligrosa para la seguridad de mis pertenencias. Tras una hora de descanso, que aproveché para hojear el periódico matutino y contestar algunos correos electrónicos, cargué con los bártulos y salí al exterior del edificio para fumar el primer cigarrillo después de más de doce horas. A falta de bancos me senté en un poyete de cemento que bordeaba una pequeña zona ajardinada, no era muy cómodo pero las piernas apenas me sostenían. El ir y venir de gente era incesante, muchas personas pasaban por mi lado apresuradamente haciendo rodar sus maletas, para no perder el tren que les llevaría a saber qué destino, otros se arremolinaban a mi alrededor, imitando el gesto que yo había hecho unos segundos antes, de encender un pitillo, algunos mendigos se acercaban con mirada victimosa a los allí presentes solicitando alguna moneda que les permitiera desayunar algo.

   A lo lejos divisé a un hombre bien vestido, espalda encorvada y de edad avanzada, iba también demandando algo a los transeúntes, pero estos apenas reparaban en su presencia y seguían su camino esquivándole como si formara parte del mobiliario. Con paso trémulo, el anciano fue acercándose hasta donde yo estaba, finalmente se dejó caer en el mismo poyete, a apenas dos metros de mí. Con mano temblorosa se rebuscaba en los bolsillos interiores de su chaqueta, sacó un ajado mechero y su temblor aumentó al comprobar que no le quedaba tabaco en la cajetilla metálica que extrajo de otro bolsillo, con gesto de contrariedad cruzó su mirada con la mía. Le extendí uno de mis cigarrillos y lo tomó esbozando una sonrisa, con dificultad reculó hacia mí y me dio las gracias, encendió el pitillo y dio una profunda calada y me dijo:
   - Cuánto tiempo sin saborear uno de éstos, mi esposa sólo me permite comprar tabaco de liar y del más barato-. Sin dudarlo le ofrecí mi paquete para que lo guardara, al principio lo rechazó, pero lo pensó mejor y con gesto pícaro lo introdujo en el bolsillo del pantalón junto con el encendedor. Sin que yo le dijera nada empezó a explicarme con todo lujo de detalles sus circunstancias personales:
  - No crea que me resulta agradable salir cada mañana a pedir limosna, pero es que mi esposa y yo lo estamos pasando muy mal, ella tiene Alzheimer y una artrosis que apenas le permite moverse. Vinimos de Argentina hace siete años, allí hemos vivido cincuenta años y no nos iba mal, yo daba clases en un instituto de secundaria y ella tenía un puesto de secretaria en una empresa cárnica. Con el corralito perdimos todos nuestros ahorros, y entre las pensiones de ambos apenas tenemos para comer. Vivimos en la tercera planta de un edificio sin ascensor. A mis setenta y nueve me cuesta trabajo andar y mi Parkinson incipiente me dificulta realizar muchas tareas. Al principio de llegar a Madrid, mi nuera nos echaba una mano o nos mandaba de tanto en tanto una asistenta que hacía la limpieza y preparaba comida para varios días, pero hace dos años que se trasladaron a La Coruña donde a mi hijo le ofrecieron un buen trabajo, bastante tienen los pobres, siempre estaremos agradecidos a él y a Lola, su mujer, nos llaman casi todos los días por teléfono y nos mandan algo de dinero cuando pueden
   
   - Tengo otra hija en Argentina, en Rosario concretamente, se llama Isadora, por Isadora Duncan, mi esposa siempre fue una enamorada de la danza, la idolatraba desde niña. De hecho, mi hija estudió nueve años en el conservatorio y baila muy bien, pero nunca lo ha hecho de forma profesional, se casó muy pronto y a su marido no le gustaba que se exhibiera en público, se separaron hace quince años y vive de forma un tanto precaria allá.

  Aunque le escuchaba atentamente, no en vano su discurso me resultaba muy interesante, creyó que me estaba dando mucho la tabarra y no sin esfuerzo se levantó y me dijo:

  - Ha sido usted muy amable, no encuentra uno con frecuencia personas tan generosas, y hablar con usted me ha reconfortado. Ahora tengo que proseguir con mi tarea, a ver si consigo al menos cinco o seis euros y puedo comprar algo para comer.
   Sin decir nada, saqué un billete de diez euros de mi cartera y se los ofrecí.  Nuevamente intentó rehusar mi ayuda, pero ante mi insistencia los guardó en su chaqueta y emprendió la marcha hacia la calle, cuando había recorrido unos cuantos pasos, se giró sobre sí mismo y me dijo:
   - Con lo que usted me ha dado, tengo suficiente para dos días, así que me vuelvo a casa que mi señora me lo agradecerá. Adiós señor, y que Dios le bendiga.

   Me despedí de él y cuando vine a darme cuenta se había alejado tanto, a pesar de su lento y trémulo paso, que no alcanzó a oírme cuando le requerí que me dijera su nombre, así que lo recordaré como "el argentino de Atocha".
(Petrus Rypff)


Solidaridad vs caridad

  En los tiempos que corren es frecuente encontrarse con iniciativas destinadas a la recogida de alimentos, juguetes ropa… Colegios, asociaciones, plataformas y ONGs se han lanzado a intentar paliar las graves consecuencias que nos está dejando la crisis/estafa y que las instituciones son incapaces de solucionar, bien porque carecen de medios económicos que han dedicado a otros menesteres, bien porque aumentar los presupuestos destinados a emergencia social sería admitir que sus políticas en esta materia son insuficientes e ineficaces.

   ¿Pero qué diferencia existe entre solidaridad y caridad? La solidaridad nace del concepto de la justicia y de la igualdad mientras que la caridad surge de la compasión, de la lástima.

   Afortunadamente cada vez son más las personas que se embarcan en proyectos solidarios que perduran en el tiempo, que no son fruto de la lástima sino de una voluntad real de ayudar para paliar situaciones difíciles, personas que no lanzan una moneda a un platillo mientras miran hacia otro lado.

  Cáritas, Cruz Roja, Médicos sin Fronteras, Intermón Oxfam… se cuentan por centenares las asociaciones dedicadas a ayudar a las personas y se ven desbordadas. Pero ahora, además, ciudadanos anónimos sensibilizados con la situación que viven sus propios vecinos y familiares se han lanzado a la calle para aportar su pequeño granito de arena.

   Y en esas estamos. Afortunadamente, ante un mundo hostil, apresurado e insolidario, uno se encuentra con ciudadanos de a pie, incardinados o no en asociaciones u ONG's, que se sienten movidos por la necesidad de hacer algo viendo que muchas personas no ven cumplidas sus necesidades más elementales. Es entonces cuando nacen ideas innovadoras como, por ejemplo, ponerse frente a supermercados de su localidad para reclamar la solidaridad de los vecinos, pero desde una pretensión distinta a la preexistente, guiada por la "caridad" cristiana, que, sin ser perniciosa a priori, mira al necesitado como alguien de inferior categoría social.

   Hace poco he sabido de una asociación que, bajo el lema “Malos tiempos, buena gente” inició una campaña en un pueblo de Madrid, que dura ya más de dos años, para informar a los vecinos de que las necesidades reales no se limitan a la recogida de legumbres, pasta y arroz sino que las necesidades de estas familias que atraviesan por un momento tan delicado son exactamente las mismas que las de cualquier familia. Gel, productos de limpieza para el hogar, leche, aceite, patatas, fruta, carne envasada y sobre todo productos ya cocinados que además de llevar todos los ingredientes evitan el gasto que supone cocinarlos. El representante de la asociación comentaba que habían tenido experiencias de todo tipo,  desde personas que hacían compras impresionantes, donaciones de decenas de kilos de productos como la que realizaron trabajadores de una empresa agroalimentaria… "pero sin duda una de las donaciones que más nos impresionó fue la de tres crías que gastaron en una lata de sardinas lo que sus padres les habían dado para chuches".

   "No se trata tanto de la cantidad ni de la calidad", decía, "se trata de informar a todos aquellos que quieran colaborar de que lo ideal es preguntar cuáles son las necesidades reales, ya que todo lo que recogemos se entrega a las familias que colaboran en la recogida al término de la misma, ya que carecemos de almacén donde gestionar esos productos y dado  que se recoge más de lo que se necesita, principalmente legumbres, pasta…..el excedente se dona a otras  asociaciones que sí pueden gestionar esos productos".

   Ya sabemos que vivimos en el país del Lazarillo de Tormes, en el país de la picaresca, pero, desde luego, la situación que estamos atravesando en todos los rincones del país, no es de cuento. Es una situación de emergencia real y dramática en la que cada aportación, sea cual sea, es mucho más que no hacer nada. Nos vemos en las calles. 

Esto es lo que pienso, esto es lo que siento.

 

La Filosofía nos hace críticos, creativos y cuidadosos. Jordi Nomen

Cadena de favores infinita


Debajo del árbol (cortometraje)
USA for Africa - We are the World - Subtitulado Español & Inglés

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