jueves, 24 de diciembre de 2020

DELIRIO ONÍRICO: RETORNO A LOS ORÍGENES

 


RETORNO A LOS ORÍGENES 

   Esto no es un cuento, aunque también podría leerse como tal. Tampoco tendré la vana pretensión de que es un "hecho verídico", cuando ya, en estos tiempos, ningún hecho puede aspirar a la cualidad de verdadero. Podría ser la idea para una película "de misterio" o para una ambiciosa obra de teatro, para una farsa grotesca de la que un crítico enterado podría llegar a decir que "refleja la pérdida de valores humanos esenciales que caracteriza a nuestra sociedad tecnológica y atrasada, brutalmente civilizada". Pero no es nada de eso. Sólo es una pesadilla. Es la pesadilla de un hombre corriente con sueños extraordinarios.

  Ya está, tenemos un protagonista. Pero un protagonista necesita un nombre. Lo llamaremos Principal, "no por simple capricho de poeta sino por su aspecto de calle de provincia". El señor Principal es (era) un pequeño, pequeño burgués. Más por fidelidad a su clase y a las tradiciones que por verdadero amor, siendo aún joven, cogió mujer. La mujer, por las fuerzas de la naturaleza, lo hizo padre: un niño sensible y una niña encantadora (si hemos de creer las versiones desinteresadas de sus vecinos). ¡Maldita sea la hora!

   Principal es un hombre como tantos en el pueblo (que ya no es un pueblo, según le enseñaron a su hijo en el colegio, sino una ciudad. Pero él lo sigue llamando pueblo). Pero no, pensándolo bien, no es igual a todos. Principal sueña. ¿Soñarán también los demás?

   ¿Soñarán los amigos del bar? ¿Y los compañeros del trabajo? ¿Y su mujer, también sueña? Él no lo sabe, nunca hablan de esas cosas.

   Pero, ¿Qué sueña Principal? En principio simples sueños, sueños vulgares, hasta realistas. Sueña que cae, cae desde la alta banqueta que usa para dibujar, cae abajo.

   Cuando aún no se ha recuperado del batacazo, se le acerca un hombre uniformado. Es un suboficial. Mirándolo bien se parece al cabo ese... ¿cómo se llamaba?

   El cabo va y le dice: "¡Usted ahí!" (y suena raro eso de que lo llamen de "usted", hace tanto tiempo que nadie lo hace...Pero no es un "usted" respetuoso, suena como un escupitajo. Es un insulto que el otro le arroja a la cara).

   Y "ahí" es una fila larga y desordenada. Todos tienen cara de aburridos. Dos o tres tienen cara de angustiados, apesadumbrados. Él los mira y sabe. Es el ejército de parados.

   Despierta bañado en sudor. Comprueba que está en su cama y se abraza a la gorda esposa con una ternura poco habitual en él.

   Generalmente Principal olvida lo que sueña. Pero esta vez no. El sueño lo persigue en la vigilia. Los antiguos creían que los sueños eran mensajes de los dioses. Principal siempre ha sabido que eso es una tontería, que Dios hay uno solo y que solamente envía mensajes a través de gente autorizada, que la iglesia es algo así como el correo de Dios, aunque vaya a saber qué mensajes le envía a don Rafael, porque él, las pocas veces que va a misa, no entiende una palabra. Pero a lo mejor Dios esta vez ha querido enviarle una carta a él personalmente. Es una idea rara en Principal, nunca se le había ocurrido antes nada parecido, pero tampoco había tenido nunca un sueño tan extraño. ¿Y si acepta la oferta de trabajo que le hicieron de una empresa de la capital?

   Cuando el sueño se le repite por tercera noche consecutiva, principal no lo duda más y llama aceptando el empleo. Pero ni por esas deja de soñar. Eso sí, sus sueños son cada vez más extraños.

   ¿Por qué pasa frente al bar de Antonio ocultándose tras los coches en lugar de entrar a tomarse unas cañas como hace siempre? ¿Por qué acelera el paso al llegar a la tienda de los coreanos? Le parece que la "china" quiere decirle algo, pero no puede detenerse, sus pies están corriendo y lo arrastran. De pronto se le ocurre una idea angustiante. Es evidente que no quiere ver a Antonio, ni a los muchachos, ni a la "china". ¿Por qué? Ahora lo sabe: les debe dinero.

   Ahora está sentado en la cama, jadeando. Intenta serenarse y pensar. Él no le debe dinero a nadie, siempre ha sido muy cuidadoso con sus cuentas. Pero parecía tan real...Se prepara un vaso de leche tibia con miel y vuelve a acostarse.

   Otra vez está ocultándose tras los coches, otra vez la "china" intenta decirle algo (¡esa maldita china!, parece que tuviera ojos en la espalda), otra vez corre. Pero esta vez no se despierta, ahora sabe por qué corre y acelera aún más el paso. Sube los escalones de a dos o de a tres, sin esperar al ascensor. Se lleva la mano al bolsillo sin pensar en ello, es un gesto mecánico, tantas veces repetido. Se precipita hacia la puerta de su piso. Llegar junto a ella, introducir la llave en la cerradura y zambullirse en el hogar protector es un solo gesto, cuya rapidez de ejecución a él mismo le sorprende.

   Le basta una mirada para saber que, si pensó que allí estaría a salvo, se equivocaba. Su mujer se abalanza sobre él agitando un papel en la mano. Ese gesto es totalmente innecesario. Él ya ha percibido, casi antes con el olfato que con la mirada, la húmeda penumbra del ambiente. No necesita oír las acaloradas palabras de su esposa para saber que los de Iberdrola les han cortado la luz.



   - ¿Sabes qué soñé anoche? -No, claro, ¿Cómo va a saberlo si él no se lo cuenta? - Que nos cortaban la luz.

   Su mujer lo mira alarmada: - No te habrás olvidado de pagar...Acá no llegó ningún aviso.

   - No, no me olvidé, sólo fue un sueño.

   - ¿Y qué pasaba en el sueño?

   - Eso, que nos cortaban la luz.

   - Qué sueño más tonto, ¿no?

   Hablar con su mujer le había hecho bien, lo había tranquilizado. No volvió a pensar en el maldito sueño en todo el día (él lo llamaba así, "el" sueño, aunque en realidad fueran sueños diferentes). Pero al volver a casa esa noche tuvo que contenerse para no acelerar el paso.

   Ya antes de abrir la puerta lo sorprendió un húmedo olor a penumbras. Ni siquiera lo tranquilizó el saber que su mujer había decidido cenar a la romántica luz de las velas para celebrar su aniversario. Por suerte, la animada cháchara de su esposa impidió al resto de la familia percatarse de su obstinado silencio. La tantas veces acariciadora suavidad de la luz de las velas, le resultó esa noche pesada y tenebrosa.

   Quizás fue por eso, o por el exceso de comida que había tenido que ingerir para no ofender a su mujer, pero lo cierto es que esa noche soñó con oscuridad, humedad y velas. Muchas velas ardían por todos lados. Se sorprendió pensando que las velas se consumen y que ellos no podrían reponerlas. ¿A qué fuentes de iluminación recurrirían cuando la última vela fuera una mancha informe de cera encharcada? Al mismo tiempo un olor penetrante, acuoso, se le metió por la nariz hata el cerebro. Pensó con naturalidad; "La comida se está pudriendo en el refrigerador".

   Lo despertó un grito agudo que desgarró como un cuchillo las tinieblas de su sueño. Saltó de la cama aun antes de haber recuperado la conciencia. Tropezó con los muebles que se habían vuelto extraños y amenazadores en la oscuridad de una noche sin luna. Llegó al cuarto de su suegra, lugar de origen de los espantosos gritos. Encendió la luz y, como si estuvieran sintonizados con el interruptor, los gritos cesaron automáticamente. Cegado por la luz oyó los sollozos de su suegra.

   -Estaba todo oscuro. No sabía si me había despertado o estaba muerta. Que tonta, ¿no?

   Alguien había apagado imprudentemente la luz del pasillo.

   Por la mañana, al salir de casa, encontró un grupo de vecinos excitados. Conversaban animadamente y señalaban con los brazos extendidos las copas desnudas de los árboles que hacía años había plantado, a bombo y platillo el Ayuntamiento. Principal se abrió paso sin decir nada y siguió su camino.

   Sólo unas horas más tarde, en la oficina, se dio cuenta del motivo de tanto alboroto. ¿Cómo no lo notó antes? Los árboles estaban misteriosamente podados fuera de estación. No pudo llegar a ninguna conclusión porque su jefe lo llamó a su despacho. Muy amablemente, demasiado amablemente, le preguntó por su salud y si había algo que lo preocupaba. “Bien”, “no”, respondía Principal mecánicamente, alarmado por esa improvisada familiaridad. El jefe no dijo nada más, pero él ya tenía un nuevo motivo de preocupación y no volvió a pensar en los árboles.

   Al salir del trabajo se forzó a sí mismo a entrar en el bar de Antonio. - No, todo bien, no había venido estos días porque tenía trabajo atrasado en la oficina y me lo traía a casa.

   Después se desinteresaron de él y siguieron hablando de un misterio y unos árboles. Principal no lograba concentrarse, inventó una excusa cualquiera y se marchó. Al meter la mano en el bolsillo para sacar las llaves, le sorprendió encontrar hasta cuatro mecheros. ¿Para qué los quería, si él no fumaba?

   Cenó frugalmente y se fue temprano a la cama. Contra su costumbre, se durmió inmediatamente. En mitad de la noche sintió una punzada de hambre que casi lo despierta. No era esa incomodidad del estómago vacío que le había hecho levantarse tantas otras veces, no, era como una cuchillada que se le hundía en el estómago perforándolo. Si no hizo un esfuerzo por abrir los ojos, si no se levantó de la cama, fue porque sabía que era inútil, que no encontraría nada comestible en el refrigerador. “No hay que desesperar”, piensa en sueños el Sr. Principal, “hay que precisar el problema. Nuestro problema es…que no podemos comer”. No, no es cierto, sus mandíbulas están sanas, sus estómagos también…comer pueden, lo que no pueden es comprar comida. Si no pueden comprarla, tiene que haber otros modos de conseguirla. El hombre existió antes que el dinero. ¿De qué vivía el hombre antes de inventar el empleo, la nómina, las pagas extraordinarias? “De la agricultura y la ganadería”, sueña el señor González, orgulloso de recordar aún sus ya lejanos estudios, “dos actividades difíciles en un pueblo que ya es una ciudad”. ¿Y antes de eso, de qué vivían los pueblos primitivos?...

   Lo despiertan unos ruidos guturales provenientes del “baño en suite” que tan orgullosos les pusiera al comprar el piso. “Eso le da categoría”, como decía su mujer acentuando la “i” más de lo necesario. Pero su esposa aparecía ahora en la puerta avergonzada, diciendo: “Me habrá caído mal el pescado”.

  El señor Principal se vuelve a dormir. Si no se puede pescar en el arroyo, antes límpido, y ahora pestilente por los desechos químicos de la empresa en que trabaja el Sr. Principal, sólo resta la caza. Pero ¿qué presas ofrece una ciudad? Muchas, sin duda, pero el Sr. Principal prefiere los gatos. ¿No hay quién dice que son más ricos que las liebres? Los Principal salen de noche, a escondidas, armados con cuchillos de cocina, palos de escoba y bolsas de arpillera. Su técnica es demasiado elemental y los gatos ágiles y huidizos. Cazar gatos no es sencillo, pero ¿qué cacería lo es?, y, la necesidad aguza el ingenio, pronto desarrollarán técnicas más sofisticadas. El Sr. Principal tiene grandes esperanzas depositadas en su hijo, cuya proverbial inteligencia y dedicación al estudio, siempre tan ponderadas por sus profesores, encontrarán un fin más provechoso en las actuales circunstancias.

   Pronto se convierten en el terror de los gatos y éstos se muestran desconfiados: su  fino instinto les hace rehuir la proximidad de la familia, en quienes parecen reconocer a sus enemigos naturales.

   Los perros presentan menos problemas, unas pocas palabras cariñosas bastan para ganarse su confianza. Pero son más peligrosos y, como confirmándolo, el Sr. Principal siente un intenso dolor en su brazo izquierdo, que le hace recordar un dolor ya olvidado de su infancia, una vez que le mordió su hermana. Además, los vecinos también comienzan a desconfiar: no siempre encuentran perros callejeros.

   Su esposa, una vez vencida su repulsa inicial, que la tuvo al borde de la muerte por inanición mientras sus congéneres celebraban sus primeros banquetes, prefiere los caniches y, sobre todo, los pequineses, “son tan tiernos”. La abuela, en cambio, nunca le hace ascos a la comida ni tiene demasiadas exigencias, con la edad se ha vuelto muy voraz y está convencida de que un buen apetito es signo de salud y prolonga la vida.

   Cuando no consiguen caza mayor, comen... Bueno, hay muchas piezas menores. Y cuando no consiguen caza menor, pasan hambre. Comer pasa a ser, como para casi todos los pueblos primitivos, una obsesión. Los avatares de la cacería, conseguir leña, identificar a los vecinos que "los miran mal" (las tribus enemigas), son los temas exclusivos de conversación, lo que redunda en un empobrecimieto progresivo de lenguaje. Viven para subsistir, entendiendo esto en sus términos más elementales: comer, hacer la digestión, conseguir más comida. Sólo el contínuo perfeccionamieto de las técnicas de cacería agudiza el ingenio.



   Sus actitudes son sospechosas, sus vestiduras exhiben el deterioro propio de la falta de reposición: ya no se permiten salir de día. Viven así, encerrados en su pequeño piso, en la promiscuidad y el aislamiento. consecuencia de los nuevos hábitos, muchos de los viejos pierden su sentido: dejan de poner la mesa y usar cubiertos, abandonan las normas más elementales de convivencia, pierden el pudor y aceptan el liderazgo del más apto: el hijo más grande. Aunque el sr. Principal piensa que este proceso no ha sido tan espontáneo como aparenta. Ha sido desde el comienzo un complot entre los hermanos el que lo ha desplazado en su función de cabeza de familia. Su decadencia, producto de la depresión continua que le impone esta carrera hacia bajo que él mismo ha iniciado, arrastrando a su familia, ha sido sólo la excusa para esta conjura de sus hijos varones. Pero quizás se equivoca, tiene que reconocer que ya no es capaz de ejecutar por sí mismo los pasos necesarios para la supervivencia de la familia, alguien debe remplazarlo. Ahora son los hijos, que demuestran una mejor adaptación, los que se encargan de organizar las cacerías, así como en el pasado el Sr. Principal organizaba la vida familiar, cuando esta se sostenía en su nómina. Las nuevas relaciones establecidas no admiten la hipocresía de un padre ineficiente.

   Reducidos a vivir entre las paredes de su vivienda, temerosos de los vecinos y las crecientes rondas policiales, ya no se animan a salir más que de noche y durante el tiempo indispensable. Además, los árboles de las cercanías ya han sido privados de sus ramas más frágiles y no se aventuran a alejarse demasiado de su refugio. Como la leña les es imprescindible, comienzan a quemar los muebles, lo que da al piso un aspecto desolado. Su mujer llora amargamente mientras arde su cama matrimonial, recordando vagamente que fue un regalo de su padre, que en paz descanse: "una cama de roble, nada menos".

   Atraviesan una mala temporada de caza, ya que sus actitudes nocturnas rompen el equilibrio ecológico del barrio (en este sentido se muestran más eficaces que la perrera y las campañas de desratización municipal). Ante la imposibilidad de resolver esta situación por sus propios medios, la familia se entrega al auxilio de la magia y de nuevos dioses, de una presencia más concreta que la del consagrado por la iglesia...

   El Sr. Principal se despierta con una brutal sacudida, Se incorpora a medias de la cama gracias a un esfuerzo sobrehumano, es presa del pánico. Intenta contarle el extraño sueño a su mujer pero, luego de un par de esfuerzos infructuosos, de algunas balbuceantes frases inconexas, desiste. No tiene palabras para decirlo. Deja caer pesadamente su cabeza en la almohada y solloza quedamente. Le parece oír que su mujer habla por teléfono con la oficina, que él está muy enfermo, que no va a poder ir hoy... Su mujer vuelve a llamar por teléfono, pero él ya no presta atención.

   Un extraño, ¿un médico?, se inclina sobre él. Le habla, el Sr. Principal lo sabe porque ve como se mueven sus labios y oye el sonido de su voz, pero no logra captar ningún sentido en esos ruidos que llagan amortiguados a sus oídos.

   Ahora sólo ve el techo blanco. Eso es tranquilizante, sólo es blanco, y sólido, es un techo. Se va hundiendo poco a poco en un sopor. Seguramente le han dado un calmante. Intenta resistirse. Si pudiera dormir, sólo dormir, sin soñar. Es angustiarse así por un sueño. Pero los párpados pesan tanto, y una fuerza desconocida  lo empuja, lo hunde en la sábana fresca, aunque no logra recordar cuando la cambió su mujer. Se hunde cada vez más, está cayendo. ¿Hacia dónde? Abajo.

   Lo despiertan, (¿Lo despiertan?) impetuosos golpes en la puerta. ¿Por qué no usan el timbre? ¿Por qué no atiende nadie? tendrá que levantarse, ir a abrir. Ya casi lo ha logrado cuando oye una voz afuera. Es la policía. ¿La policía?

   Llega arrastrándose pegado a las paredes al pasillo al mismo tiempo que la puerta se abre con un golpe. En el umbral hay varios policías de uniforme y un par de personas de civil. Un es él.  Se ve sorprendido al mirarse. Ve lo que sus ojos ven desde el otro lado de la puerta abierta, todavía sin atravesarla. Ve a su familia durmiendo en el piso del salón entre paredes desnudas. Ve desorden  y suciedad. Ve restos de una fogata humeando sobre los mosaicos. Ve huesos esparcidos por el suelo. Ve a su mujer en el suelo que despierta, la ve abrir los ojos e incorporarse a medias con un bebé colgando de sus brazos (¿será suyo el niño?), la ve proteger al bebé con su cuerpo y enseñar los dientes a los intrusos con en un gesto feroz.

   Tiene que despertarse. Es abolutamente necesario. Hace un esfuerzo para abrir los ojos, los otros ojos, los que duermen, los que no ven.




1 comentario:

BlackNeko dijo...

Sin palabras, extremadamente veraz la situación en la que se encuentra el Sr primero con los tiempos que corren hoy en día de miedo e incertidumbre. Una lectura fluida que te hace recapacitar (hacia donde nos dirigimos ?)Que podemos hacer más que abrir los ojos ... Fantástico!