domingo, 27 de diciembre de 2020

COMO DECÍA MI DIFUNTO... QUE DIOS LO TENGA EN SU GLORIA

 



COMO DECÍA MI DIFUNTO... QUE DIOS LO TENGA EN SU GLORIA

  Aquella tarde al padre Demetrio le costaba infinitamente prestar una moderada atención a la intrincada perorata de doña Angustias, siempre tendente a la disgregación y al lenguaje arborescente, con un repujado de cualquier idea vehemente: "como decía mi difunto, que Dios lo tenga en su Gloria"... Hacía ya una hora que había perdido definitivamente el hilo de la conversación, abandonándose sin recato alguno a la melancolía. Sentía nostalgia del sol de su pueblo, que probablemente a esa hora acariciaba la piel de las muchachas que iban a lavar al arroyo o recogían agua de la fuente, sentía nostalgia del sol y de su pueblo y de las muchachas, y se preguntaba con dolor cómo podía haber llegado a sobrevivir en aquel clima infernal. De purgatorio, se corrigió, porque parecía estar hecho para que purgara sus pecados, pocos, es verdad, pero tan graves como para justificar su destierro a aquel lugar tan lejano y tan ajeno. El padre Demetrio era joven, lo suficiente para ser nieto de doña Angustias, rubicundo y un poco entrado en carnes, con esa blandura propia de quien ha pasado mucho tiempo alejado del deseo, de manos blancas y vello abundante sobresaliendo del cuello y los puños de la sotana. El suyo no era un sacerdocio de vocación, al menos no lo fue al principio, cuando su padre lo llevó al seminario para apartarlo del hambre y la pena de no poder quitarla. Poco a poco fue entendiendo que la vocación no consistía más que en cumplir sin demasiado esfuerzo los deberes que uno había asumido, si bien a veces envidiaba esa pasión desatada, lo mismo en el púlpito que en el cilicio, que vislumbró en algunos sacerdotes.

   - Mire usted, padre, yo siempre fui fiel a mi marido, cómo no, en aquellos tiempos. Pero le fui fiel porque él me lo era a mí también. Bueno, algunas veces mi madre me lo decía, Angustias, hija, que tu marido es bueno y trabajador, pero un poco raro, no se le conocen amigas. Porque mi madre, claro, estaba chapada a la antigua. Usted ya me entiende, padre. Y veía con buenos ojos que mi padre le pusiera los cuernos, usted perdone padre, la expresión, pero yo ya sabe que llamo al pan, pan, y al vino, vino, como decía mi difunto, que en paz descanse. Y claro, la gente entonces pensaba que un hombre que no tiene amantes es que no es muy hombre, y como no tuvimos hijos, pues para qué quiere usted más. la gente es muy mala, pero mi marido, se lo aseguro yo, era pero que muy hombre, y perdone usted el descaro padre.

 - Está usted perdonada, doña Angustias, no se preocupe que yo estoy acostumbrado a esas palabras y peores. Por las confesiones, claro está -musitaba el cura, más concentrado en las sombras que los árboles arrojaban sobre los rosales del jardín de doña Angustias que en lo que la anciana estaba diciendo. Rosales en flor siempre mojados por la lluvia, cuyos pétalos se deshojaban tristemente bajo el vientecillo pertinaz, dejando a las rosas cruelmente desnudas casi en el momento mismo de haber florecido. Pétalos esparcidos por el suelo, marchitos.

   - Es verdad, la de cosas que habrá usted oído en confesión - El padre Demetrio oía sin escuchar, con el mismo indolente acomodo con el que hubiera recibido el suplicio-. A mí me gusta conversar con usted, padre, como amigo, si me permite la confianza, pero nunca me confesaría con usted. Porque el que se confiesa con un cura ya no puede volver a mirarle a los ojos, como decía siempre mi difunta madre, que en paz descanse. Yo prefiero confesarme directamente con Dios, usted me perdone.

   Aquel era el momento en que el padre Demetrio cada tarde comenzaba a explicarle a doña Angustias la necesidad y la obligación de confesarse con un sacerdote, como ministro de Dios. Le enumeraba con paciencia las razones por las que debe obtenerse el perdón a través de la confesión, haciendo acto de constricción y cumpliendo la penitencia que el sacerdote le impusiera. Pero aquella tarde no pudo repetir su labor de adoctrinamiento con la anciana, porque él mismo se hallaba en el doloroso trance de confesarse con el Señor y rogarle su perdón, a fin de terminar su penitencia en aquellas tierras lluviosas y tristes, donde la gente era huraña y mezquina, y donde las únicas conversaciones que podía mantener eran las que se hacían a través de la celosía de madera, siempre iniciadas con un "Ave María Purísima". Porque las charlas con doña Angustias estaban más cercanas al monólogo inconexo que a la conversación. Y con gran decoro, pero no sin cierta brusquedad, el padre Demetrio introducía con una perseverancia digna de mejor empresa sus apologías de la confesión en el momento justo en que doña Angustias tomaba resuello tras divagar acerca del pecado y sin intermediarios ante dios, cuestión que puntualmente hacía su aparición cada tarde alrededor de las cinco, junto con el té. No en vano doña Angustias había tenido una corta, pero al parecer eficaz, educación británica. La falta de su habitual ardor proselitista fue captada por la anciana, quien se apresuró a añadir tras tomar aliento: -"le encuentro distraído, padre. Ya sabe usted que a mí no se me escapa nada. Ya lo decía siempre mi difunto, que en paz descanse. Y también lo decía mi padre, fíjese usted, con lo poco que reparaba en mí, pero de eso se daba cuenta. Porque ya le habré contado alguna vez que mi padre ponía Rodriga de nombre, y como mi madre se opuso con tanta furia, mire que estuvo a punto de cortarse las venas la noche antes de mi bautizo, pues a mi padre no le quedó voluntad para agraviarla de aquel modo, ni quiso arriesgarse tampoco, todo hay que decirlo, a las consecuencias que aquello pudiera acarrearle. Porque mis tíos y mi abuelo eran muy brutos y no hubieran dudado en llevárselo en barco y pasarlo por la quilla, que era costumbre entre los marinos. ¡Válgame Dios!, como me voy por las ramas, padre".




   -No se preocupe, doña Angustias, que su conversación siempre es interesante, aunque ese capítulo de su vida, ya me lo ha contado en otras ocasiones, como usted recordará...

   -Pues no me acordaba, hijo. la verdad es que la memoria me falla un poco. pero lo que yo le quería decir es que mi padre, ya sabe, quería ponerme Rodriga, porque él era muy católico y gran admirador del Cid, y le hacía rogatorias como un santo. Y cuando sacó las oposiciones de notario, quiso agradecérselo al Campeador poniéndole su nombre al primer hijo que tuviera. Pero el primer hijo fui yo, y él empeñado en ponerme Rodriga, fíjese que nombre, por Dios, si parece una enfermedad del vientre. Y menos mal que mi madre con aquel intento de quitarse la vida, Dios la habrá perdonado, consiguió disuadirle, pero él cayó en una melancolía tan grande que hasta dejó de comer y a punto estuvo de no tomar posesión de su cargo de notario, porque la promesa incumplida que le había hecho al Cid pesaba sobre su conciencia como una losa. Menos mal que mi madre le convenció de que habiéndome puesto Angustias, que era el nombre de la madre de don Rodrigo, había cumplido su promesa y que el de Vivar lo entendería porque era un hombre de honor, y que se diera cuenta de que él no había puesto a ninguna de sus hijas Rodriga...mejor prueba... Pero mi padre no se convenció del todo hasta que se le apareció una noche el Cid mostrando en su caballo Babieca y le dijo que cuando mi padre le prometió poner Rodrigo a su primer hijo si le ayudaba a sacar las oposiciones, él había entendido su primer hijo varón, sin ninguna duda. Así que no debería preocuparse. Qué fortuna, porque si no se le aparece, mi padre se muere de melancolía, don Demetrio.

   -Pero doña Angustias, cómo se le va a aparecer el Cid a su padre, ni va a interceder por él ante el Señor, si no es santo, usted debe comprender...

   -Oiga padre, que la fe mueve montañas. Y además que cuando nació mi hermano pequeño y por fin le pusieron Rodrigo, porque mi padre, hombre de honor y bien agradecido, no paró hasta cumplir su promesa, y en el intento nacieron mis hermanas Elvira y Sol, que también se le pusieron nombres de la familia del Cid. Bueno, pues cuando mi hermano Rodrigo fue bautizado, en medio de la iglesia se oyó la voz del Campeador que le daba las gracias a mi padre y le descargaba de la obligación de seguir poniendo nombres a sus hijos en recuerdo de él, y se oyó también el galopar de Babieca que se alejaba con el Cid a la grupa. Todos lo oímos con gran sobrecogimiento, y el padre Primitivo, que siempre fue un hombre con mucho valor, le contestó a la aparición en nombre de mi padre, que "por descargado de la obligación se daba" y declaró el día festivo, por eso aquí se celebra el siete de marzo. Y digo yo que no albergará usted dudas de don Primitivo, que era un santo. No me lo irá a acusar de hereje, porque eso son palabras mayores.

   -Doña Angustias, por Dios, quién ha hablado de herejía. Yo sólo sugería que quizás su padre de usted había tenido un sueño y que llevado de su fervor y admiración había creído ver al Campeador, cuando quizás en realidad fue San Jorge, que bien se le parecía.

   -Pero como lo iba a confundir con San Jorge si iba a caballo y no se veía dragón alguno, ni fuego, ni humo siquiera. Donde podría haberse confundido era si se le hubiera aparecido la espada sola, que ahí es muy difícil distinguir si no es similar o de Albacete de toda la vida. Pero, bueno, que me está usted despistando, yo lo que le decía es que a mí no se me escapa nada, que ya lo decía mi padre, a pesar de que por aquel asunto de los nombres y de su promesa al Cid yo no era su ojo derecho, y que hoy está usted distraído y si no, ¿por qué no ha empezado a hablarme de la confesión, como es su costumbre?

   En ese momento los golpecillos suaves en la puerta, casi borrados por las rudas campanadas del reloj, anunciaban a Luisa que traía una bandeja con té y aquellos pasteles deliciosos que preparada ella misma. Él se quedaba ensimismado mirando esas manos blancas como palomas que se posaban sobre cada taza de té para verter el dorado líquido humeante, le sugerían mundos de dulzura y eternos goces que le estaban definitivamente prohibidos. "¿Da usted su permiso, señora?" Y su voz, como un murmullo de arroyo que mana sin dejar de sonar cuando ya ha pasado. Mientras doña Angustias le da órdenes rutinarias y pronuncia palabras gastadas por su uso de cada tarde, él se siente como una tregua en medio de la tristeza que esa tarde lo invade, como la niebla que poco a poco ha ido empujando al orvallo hasta instalarse definitivamente en el recuadro de la ventana y que le clava aún más hondo el cuchillo de la nostalgia. Ha temido enfermar de melancolía en aquel paisaje, sin luz, ni sol ni cielo azul, sin luna ni estrellas, donde la gente es espesa y oscura como la niebla que la rodea.

   Esa noche no pudo conciliar el sueño. Se sentía culpable de su tristeza, de su anodino deseo hacia Luisa, de su debilidad de carácter frente a la opulencia grave de doña Angustias. Se avergonzaba de no poder rebatir los disparatados argumentos de la anciana con un mínimo sentido común. En fin, se sentía culpable de no haber sido capaz de convencer, en el transcurso de tantas tardes teñidas por el tedio y la niebla, a aquella obstinada mujer de que debía confesar sus pecados con él y no hacerlo directamente con Dios. Las tribulaciones morales lo apartaban en cierta medida de su luctuosa existencia. Aquella tarde le había parecido especialmente dolorosa, por los agravios que doña Angustias había infringido a su inteligencia. Recordaba la historia de las apariciones del Cid y sentía un prurito casi físico acompañando al rencor. A lo largo de tantas veladas acompañando a aquella señora había ido acumulando un monto de hostilidad hacia ella, porque si bien se esforzaba en ganarla pacientemente para el rebaño del Señor, en su fuero interno sentía que ella se burlaba de él con todas aquellas patrañas que le contaba, y que su infatigable y tortuoso discurso, revestido de senilidad, no era más que la puesta en escena del desprecio que los poderosos sienten por los pobres, por mucha sotana que los ciña.

   -Un sacerdote conoce, porque debe, los abismos insondables del alma humana, mi querida señora. -Había pronunciado aquella frase como quien inicia un discurso, aprovechando una pausa respiratoria de doña Angustias, de aquellas profundas que a veces hacía, como para recuperar el aire que se le iba gastando mientras hablaba sin tregua. Aunque no venía a cuento, porque la anciana estaba ilustrándole prolijamente sobre las desventuras meteorológicas que habían castigado Londres durante el otoño que ella había vivido allí. 




   -Vamos padre, no sea presuntuoso. Dios me perdone. Es que mi vehemencia me pierde, padre, y viéndolo tan joven, en el calor de la conversación me olvido de su ministerio. Quiero decir, que por mucho que a usted le hayan confiado en confesión, nunca podrá conocer los límites del mal. Siempre hay una puerta cerrada en alguna parte, ¿no cree? -Doña Angustias pronunció aquellas palabras con una especial fruición, como paladeando el efecto que en él causaban. Su tono resultaba desconocido y al padre Damián, tan rural y tan supersticioso, le había sobrecogido-. Mi abuelo, que era marino, me contaba historias terribles que él había presenciado a lo largo de sus viajes, sacrificios humanos, ritos de magia negra, donde la sangre corría como el vino en una fiesta. Yo era muy pequeña para escuchar aquellas barbaridades, pero a mi abuelo, que se le había ido la cabeza por culpa de unas fiebres que contrajo en uno de sus últimos viajes, no había manera de impedirle que contara cuentos diabólicos a sus nietos y a cualquiera que tuviera voluntad y tiempo para oírlos. Mi madre acabó por aceptar que sus hijos se educaran en aquella literatura, diciéndose - porque ella siempre fue muy práctica- que también el lobo se comía a Caperucita y a su abuela y ningún niño, que ella supiera, había quedado tarado por aquel cuento.

   Doña Angustias lo intimidaba, con aquella mirada posada en su cara como quien mira el aspecto de los melocotones en el mercado. Se había recogido el pelo en un moño alto, muy elaborado, que le hacía parecer más joven, y su ropa había perdido la tonalidad de luto habitual. El padre Demetrio se había sorprendido de verla vestida de verde, pero consideraba a doña Angustias una mujer extravagante y eso le permitía ser tolerante con cualquiera de sus salidas de tono, amén del derecho, que él consideraba consustancial con la riqueza, de contravenir cualquier norma social que los poderosos habían exhibido siempre. La anciana estaba diciéndolo en ese mismo momento que había estado reflexionando acerca de la conveniencia de una confesión convencional, porque llevaba demasiados años confesándose con Dios, exactamente diez años ese mismo día, desde que don Anselmo le tomó confesión en casa. El padre Demetrio había oído hablar del sacerdote desaparecido hacía dos lustros en una noche oscura en que estuvieron buscándole entre la niebla con linternas y perros, sin hallarlo. Tras los primeros angustiosos días, en que el pueblo y la diócesis entera esperaba ver su cuerpo hinchado devuelto por el mar, la gente fue acostumbrándose poco a poco a la idea de que el padre Anselmo había huido con una gitana del circo que apareció en aquellos días, hasta que se convirtió en la versión oficial que dejó tranquilo a todo el mundo y proporcionó durante algún tiempo oportunidad de conversación.

   -Doña Angustias, no sabe cuánto me complace escuchar esas palabras, aunque, siéndole sincero, me sorprende oírlas. Llevo tanto tiempo intentando convencerla de que se confiese y fracasando en el intento…

   -Ya sabe, soy un poco caprichosa, hoy precisamente que no ha intentado usted convencerme, me convenzo yo sola. Quizás al ver sus manos he recordado las manos del padre Anselmo y el agrado que me producía ver como dibujaban la señal de la cruz en el momento de la absolución. En fin, con los años una se vuelve acaso pueril. Aunque usted comprenderá que después de confesarme ya no tenga valor mirarle a los ojos como un amigo. Desgraciadamente tendremos que interrumpir nuestra amistad, que tan agradables y enriquecedoras veladas nos ha deparado. Aunque seguramente usted me preferirá como feligresa que como amiga. Toda elección supone una pérdida y discúlpeme la pedantería.

    El padre Demetrio se quedó mirándola en silencio y mientras sopesaba el trueque iba ganándolo el miedo. Miedo a estar solo las largas tardes de lluvia o de niebla, miedo a no escuchar palabra humana alguna salvo las que expresaban pecados de poca monta en el confesionario. Miedo a no poder hablar con nadie en ese maldito pueblo, donde no había, por no haber, ni boticario ni maestro, y donde el alcalde era tan montaraz como el resto de los aldeanos. De repente fue consciente de que el futuro sin doña Angustias iba a ser peor si cabe que aquel mísero día a día, y que un alma más o menos en el redil poco podía importarle a Señor con lo ocupado que debía estar con tanto protestante y tanto moro. Iba ya a arrepentirse de tanto asedio a doña Angustias y a decirle que en verdad prefería su amistad a su confesión cuando cayó en la cuenta que más que su peinado nuevo y su traje verde lo que de verdad le había sorprendido era el discurso de su interlocutora. Tan diferente del suyo habitual, sin un “como decía mi difunto”, claro y conciso, con una precisión nominativa y una línea argumental más propias de un académico que de la anciana con la que había conversado, tarde tras tarde, desde hacía poco más de dos años. Realmente había algo de transfiguración en aquellos cambios que al padre Demetrio le parecieron presagios de mal agüero. Doña Angustias seguía mirándolo inquisitiva en espera de su respuesta y, en vista de su silencio, casi con aburrimiento le dijo: "Muy bien, padre, parece que no está muy interesado en mi confesión. Le flaquea el coraje, no es usted un buen soldado de Cristo. Prefiere la indolencia de las tardes de té sentado frente a mí al calor de la chimenea, escuchando mis desvaríos, a enfrentarse con la soledad de infierno que le espera en este pueblo si yo le arrebato mi amistad a cambio de facilitarle el cumplimiento de su deber. Está usted demasiado apegado a las cosas y recuerde que el Reino de Dios no es de este mundo".

   A don Demetrio le entró una súbita vergüenza de adolescente que le hizo ruborizarse hasta el cogote y casi no se atrevía a sostenerle la mirada a la anciana, mientras cavilaba a toda velocidad algún argumento decente que pudiera paliar el oprobio alq que se veía sometido. Pero su cabeza patinaba sobre un légamo de estúpidas disculpas y no conseguía asirse a una razón de peso que pudiera redimirle. Como mal menor permaneció en silencio, aceptando la cada vez más segura probabilidad de que doña Angustias le privara de su amistad y de su confesión sin más contemplaciones, y encima le diera una paliza moral que iba a marcarle más que una tunda de azotes. Pero doña Angustias  tampoco decía nada, ni se movía, sólo sonreía y sorbía despacio el té -aunque él no se había percatado de que Luisa hubiera entrado en el salón ni de que hubiera servido la infusión- mirándolo de lejos como si fuera alejándose de un barco. El padre Demetrio barruntaba algún peligro, sin poder explicarse cuáles eran los indicios o señales que percibía. Tal vez el perfil extrañamente cambiado de doña Angustias, tal vez el hecho de que, por primera vez en todos los días que había acudido a su cita vespertina, la propia doña Angustias, apeando el protocolo, lo hubiera recibido en la puerta. O quizás, su razón se estaba contagiando de las fantasías de su interlocutora.

   -Mi querido don Demetrio, me halaga que usted opte por conservar mi amistad, y me alegro porque así podrá conservar también su vida, ya sabe que hay confusiones que matan, porque exhalan su mal como un tísico en su lecho de muerte, contagiando al que las escucha. Habrá oído decir, continuaba, que tengo ochenta años y no es cierto, tengo setenta y nueve, cumplo los ochenta dentro de una hora y para celebrar mi cumpleaños siempre me he confesado. Pero los años pasan tan deprisa que no me da tiempo a pecar moderadamente, así que celebro mi cumpleaños cada dos lustros. ¿Qué le parece, padre?

   El joven párroco estaba petrificado, incapaz de articular una respuesta a lo que él consideraba un cúmulo de despropósitos. Sentía que doña Angustias se burlaba de él con un aire tan teatral que aquello parecía un juego.

   -En consideración a su aprecio le enseñaré mi colección de brazos incorruptos -las palabras sonaban como una salmodia y su significado le resultaba al cura tan oculto como un jeroglífico-. Acompáñeme al sótano y le mostraré mi colección más preciada.

   El padre Demetrio acertó a comentar que no había oído hablar nunca de esa colección y que, tratándose de brazos incorruptos, era una pena que los fieles no pudieran venerarlos como correspondería.. Trató de continuar, pero la anciana ya se levantaba y le indicaba con un ademán que lo siguiera, diciéndole de paso que los brazos no eran reliquias de santos, sino que su marido,, que era taxidermista, le había enseñado a conservar cuerpos muertos y que ella, tan inclinada a aprender cualquier arte o ciencia, había practicado con algunos miembros amputados.

  A medida que avanzaban por el corredor el padre Demetrio se sentía paulatinamente embargado por la urgencia de darse media vuelta y salir corriendo, porque aquellos desvaríos no eran de la misma naturaleza que los habituales de doña Angustias. Parecía estar hablando en serio y, sin embargo, resultaba tan absurdo, que no acababa de creer lo que decía, aunque el tono y las inflexiones de su voz transmitían la absoluta certidumbre de lo que expresaban. ¿Estará loca?, se preguntaba. Todo resultaba tan pintoresco que el miedo del cura estaba un poco de más, sobre todo teniendo en cuenta que el Señor protege a sus siervos y especialmente a sus ministros en el cumplimiento de su misión, porque aquello era una misión, estaba seguro. Bajaron una escalera en penumbra inclinándose mucho. Doña angustias se volvió bruscamente, sonriendo con una expresión vacía en sus ojos y le susurró: "No haga ruido". Abrió la puerta y con mano diestra encendió una linterna de mano para alumbrarse hasta llegar a un interruptor que estaba situado al otro lado de la estancia, un cuarto grande y alargado donde las paredes estaban cubiertas de vitrinas y había una mesa de acero, como la de una carnicería, junto a una estufa inmensa en el centro. Lo que las vitrinas contenían no acababa de verse con mucha nitidez, pero al párroco le pareció que aquello no eran sólo brazos, sino que en algunas repisas había también piernas azuladas con grandes moratones que dejaban entrever los huesos, orejas y otros trozos de carne que no podía identificar. Trataba de mantener la calma, mientras sus ojos recorrían la singular exposición, hasta que toparon con un par de bultos grandes que -"Dios me asista"- parecían cabezas cortadas.

   "Pase, padre, no tema" -estaba susurrándole su anfitriona-. Pero sí temía. ¿Cómo no había de temer? Aquello era, en el mejor de los casos, una broma de muy mal gusto, aunque a él ya le estaba pareciendo una celada del maligno, de la que no estaba seguro de poder salir con el honor a salvo. El padre Demetrio en medio de su ofuscación pensó que la mujer que le resultaba en aquel momento tan desconocida como una extraña podría ser una bruja.

   -Se me hace tarde, doña Angustias, tengo que irme. -Había dicho aquello temblándole la voz y las piernas. Pero las fuerzas le alcanzaron para darse media vuelta y subir las escaleras como volando, mientras oía la risa de la vieja a su espalda que le llamaba "Demetrio, vuelve, Demetrio".

   Atravesó corredores, habitaciones cubiertas de alfombras y llenas de mueble. La voz de doña Angustias continuaba oyéndose a través de las habitaciones que recorría -"Demetrio, vuelve, Demetrio"- y le invadió la sensación de que se había extraviado en aquella casa enorme y de estar dando vueltas al sótano sin encontrar la salida. Trató de buscar una ventana para orientarse viendo el jardín, pero los postigos estaban trancados y era imposible abrirlos. Se preguntó de dónde procedía la luz que iluminaba las estancias que iba recorriendo y siguiéndola llegó a una galería llena de retratos de doña Angustias, ataviada con diversos trajes de época. Seguía oyendo su risa, pero cada vez más atenuada. Avanzó corriendo por la galería y consiguió llegar por fin al salón de siempre. Ni siquiera se detuvo a coger el sombrero y la gabardina, mientras con grandes zancadas ganaba la puerta para salir a la calle. Pero allí, de sopetón se encontró a doña Angustias, enmarcada por el quicio de la puerta, con la misma expresión de beatitud de siempre, un traje negro bajo su capa negra y su sempiterno moño bajo, que le decía "Padre, qué le ocurre, tiene usted mala cara, cualquiera diría que ha visto a un fantasma, como diría mi difunto, que en paz descanse". Agarrándole suavemente del brazo le introdujo de nuevo en la casa, dirigiéndole hasta el salón, sin hacer caso de la resistencia que el cura parecía oponer. "Ha venido muy pronto hoy, padre. Fíjese que no he podido recibirle. Espero que Luisa le haya atendido como merece y en mi ausencia haya estado usted a gusto".

   El padre Demetrio no podía articular palabra, tan desasosegado estaba y tan tembloroso. Se sentó en el sillón sin despegar los labios ni pestañear, y sin atreverse a mirar del todo a doña Angustias, que le estaba contando que venía del cementerio, donde había ido a visitar la tumba de su madre, porque hoy era su cumpleaños. Aquellas palabras, sobre todo por lo cotidianas, le devolvieron al cura el don de la palabra. 




   -Pues muchas felicidades, doña angustias, y que cumpla muchos más, que con esa salud de roble que usted tiene va a llegar a los cien años.

   -Gracias padre. Pero me ha entendido usted mal, quién cumpliría años hoy sería mi difunta madre. Yo los cumplí en abril, ¿no se acuerda que comimos una tarta buenísima que preparó Luisa con unas guindas que habíamos guardado del año pasado? Si fuera junio habríamos tenido guindas del tiempo. Mi madre, la pobre, sí que tenía por costumbre confesarse y lo hacía siempre el día de su cumpleaños. ¡Qué pena que no viva aún! Se habría confesado con usted de mil amores. Aunque la desgracia la persiguió siempre. Cuando encontraba un confesor de su gusto, el cura desaparecía y no había forma de encontrarlo. La pobre, nunca pudo confesarse dos veces con el mismo sacerdote. Eso la trastornó un poco, no crea. Se encerraba en un cuarto del sótano días y días, sin salir. No comía ni bebía, pero al cabo de algún tiempo salía del sótano lozana como una colegiala y con una sonrisa tan luminosa que todos nos olvidábamos de lo sucedido. Hasta que volvía a encontrar a otro párroco que la confesaba y se lo tragaba la niebla sin que volviera a saberse de él. Fíjese usted, hasta siete curas desaparecieron. Mi pobre madre se murió el mismo día de su ochenta cumpleaños y fíjese usted que no le dio tiempo a confesarse porque no había encontrado confesor a su gusto y hubo que darle la Extrema Unción. Así que, ya ve, padre, yo no me confieso con razón, que todo se hereda y no vaya a mí a pasarme lo mismo, siempre perdiendo confesores. A Dios no se le puede perder, porque está en todas partes.

   Escuchando el relato de la anciana, tantas veces repetido, el padre Demetrio se arrepentía de la poca atención con la que había atendido habitualmente las historias de doña Angustias. Historias que él consideró siempre patrañas, inútiles siquiera para consolarle de la pena de tantas tardes vacías y oscuras, con olor a moho, sabiendo que allá en el sur, en su pueblo, el sol brillaba alto y calentaba a todos por igual.



PUEBLO BLANCO - JOAN MANUEL SERRAT


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