lunes, 23 de noviembre de 2020

VIAJE A TRAVÉS DE LA MENTE - (I) - LA MEMORIA

 


VIAJE A TRAVÉS DE LA MENTE


LA MEMORIA



    La memoria es la capacidad que tenemos los seres humanos para recordar eventos, datos y situaciones del pasado. Es un concepto extraordinariamente complejo y ampliamente estudiado desde la Psicología, aunque algunas claves de su funcionamiento todavía son desconocidas para los investigadores.  

   Que la memoria es una función cognitiva muy importante, es algo que nadie pone en duda actualmente (docentes, pedagogos, psicólogos, neurólogos y psiquiatras). Desde la emergente disciplina de las Neurociencias se le da desde hace mucho tiempo la importancia que merece.

  Durante muchos años el sistema educativo, en general, ha valorado poco esa capacidad, se ha inculcado en los niños la mayor relevancia do otras facultades y, un servidor cree que, desarrollar la capacidad de memorización puede servir de mucho en distintas facetas de la vida, para tener un funcionamiento más acorde a las exigencias de una sociedad tan competitiva como la que nos ha tocado vivir. Está claro que memorizar como papagayos sin comprender lo que se lee, o estudia, no tiene sentido alguno, pero desarrollar la capacidad de fijar conocimientos que nos pueden sacar de muchos apuros en el futuro, debe ser valorado en su justa medida.

    Sin lugar a dudas las reglas mnemotécnicas constituyen un instrumento fantástico para registrar de forma indeleble la información que aprendemos en los años de estudio y en etapas posteriores. Hay muchos estudios científicos que avalan la teoría de que una buena capacidad para memorizar actúa como un preventivo de primer orden que protege al individuo de desarrollar enfermedades neurodegenerativas como la Demencia tipo Alzheimer entre otras muchas, en las que la amnesia de fijación y a corto plazo son síntomas princeps.




¿Qué es la MNEMOTECNIA?  Técnicas de Memorización

    El siguiente relato es un ejemplo de que la Mnemotecnia es muy útil si se acompaña de sentido común, que, como todos sabemos, por otro lado, en la mayoría de ocasiones, es el menos común de los sentidos, pero esto, es otra historia.

LA MNEMOTECNIA

   Apuré de un sorbo mi copa de cerveza negra y adopté la postura de un hombre fatigado, fatigado por una comida opípara, y le pregunté a mi contertulio:

- Me llamará usted mañana por la mañana, ¿vale?

- Desde luego. Por cierto: Dígame cuál es su número de teléfono.

- Ha hecho bien en pedírmelo: no viene en ninguna guía. Apúntelo: 34-22.

   Mi “amigo” sonrió con desdén y dijo:

- No hace falta, tengo buena memoria. ¿Qué número me ha dicho?

- 34-22.

- 34-22…34-22. No es difícil de memorizar. 34-22.

- No se le olvide, ¿eh?

- ¡Qué se me va a olvidar! Es muy fácil: 44-22.

- 44, no: ¡34!

- ¡Ah, sí! 34 y 22: la primera mitad es 13 más que la segunda, y como no soy supersticioso, el 13 es mi número de la suerte…

- ¡No hombre! 34 menos 22 es 12, cabalístico, no 13.

- ¡Tiene usted razón! La primera mitad equivale a la segunda más 13, menos 1. ¡Es muy sencillo!

- Sí; pero con esa sencillez –objeté, -hay un defecto. De acuerdo a ese sistema, usted puede creerse que el número de mi teléfono es, por ejemplo, el 24-12.

- ¿Por qué?

- Porque si a la segunda mitad le suma 13 y le resta 1 obtiene usted la primera mitad.

- ¡Diantre, es verdad! Espere… ¿Qué número dice usted que es?

- El 34-22.

- Muy bien. Por de pronto, hay que grabar bien en la memoria la segunda mitad y servirse de ella como punto de partida. La segunda mitad es 12, ¿no?

- ¡22!

- ¡Ah, sí, 22! Se trata de grabarla bien en la memoria. Pero ¿cómo?

   Mi amigo se sumió en una profunda meditación.

- 22 es el número total de dedos contando los de las manos y los de los pies, más 2. Este sumando es el que no sé cómo recordar.

- Es muy sencillo- dije-. -2 es el segundo dígito de la segunda mitad.

- Si, pero también es el primer dígito de la segunda mitad. Y surge un nuevo problema; el recordar si el dígito que hay que recordar es el primero o el segundo de la segunda mitad.

   Yo también me sumergí en una profunda meditación mnemotécnica y no tardé en encontrar una solución, que me apresuré a proponerle a mi amigo: -Apuntar el 2 en el listín telefónico.

- ¡Hombre, para eso apuntaría el número entero! No merece la pena. Lo importante es recordar la segunda mitad, el 22…Verá usted, verá usted…Supongamos que tengo un billete de 21 marcos y un marco de plata.

- Eso es muy complicado! Lo mejor sería… ¿Cuántos años tiene usted?

-  treinta y cuatro.

- ¿treinta y cuatro? ¡Muy bien! 22 es el número de sus años menos 12. ¡Eureka!

- ¡Qué eureka ni qué niño muerto! Surge otra vez el 12, que no hay modo de recordarlo.

- Alguno habrá. Por ejemplo…, los diez dedos de las dos manos más 2 marcos… ¡Me armaría un lío! Hay que idear algo más sencillo.

-Invéntelo usted- contesté herido en mi amor propio.

- Bueno; déjeme pensar un poco…

   Mi amigo frunció el ceño y se atenazó la barbilla con el pulgar y el índice de la mano derecha como un hombre de Estado que trata de resolver una grave crisis internacional.

- ¿Cuál ha dicho que es el número de su teléfono? - preguntó tras un largo silencio.

- El 34-22.

- Muy bien. Mi padre murió a los cincuenta y siete años, y mi hermana a los veintiuno. De modo que la primera mitad del número de su teléfono es la edad de mi difunto padre al morir menos 23…, y la de mi hermana al exhalar el último suspiro, más…

- Deje usted en paz a los muertos. Se puede proceder de una manera más sencilla. Los dos primeros dígitos de mi número de teléfono son 34, y los de la segunda cifra 22. Tres y cuatro suman siete; dos y dos suman cuatro.

- Bien, ¿y qué?

- 7 y 4 suman 11. El 1 y el 1 de 11 suman 2.

- No sé adónde va usted a parar.

   La mirada grave que acompañó a sus palabras me turbó un poco.

- Dos- proseguí, -no lo olvide usted, 2…; es decir, 1 y 1, o si le parece a usted mejor, 3 menos 1.

- ¿Y qué?

- No me mire usted de ese modo…Me azora, me enerva. Si no le gusta a usted este procedimiento, invente otro más ingenioso.

- Verá usted, verá usted… ¿en qué año estalló la guerra de Crimea?

- En 1854.

- Muy bien, 54 es la primera mitad de su teléfono más 20. ¿Cuánto duró la guerra de los Treinta Años?

-  Si mal no recuerdo, treinta.

- Muy bien. 30 menos 8, 22: es decir, la segunda mitad del número que nos ocupa. El 8 es lo que no sé cómo recordar…

- Es muy sencillo. Los dedos de una mano más los de un pie…

- ¡Sí, son diez! Le sigo.

- Los dedos de una mano más los de un pie, tras la amputación de los dos que juzgue usted menos necesarios, son 8.

- ¡Ah, se lo toma usted a broma! Cuatro…, cuatro…¡Las cuatro paredes del mundo! Ya está todo arreglado: La guerra de Crimea menos 20 y la guerra de los Treinta Años menos el doble de las cuatro paredes del mundo. ¡No puede ser más sencillo!

   Tres días después me encontré al mnemonista en el teatro.

- ¿Por qué no me telefoneó usted anteayer? - le pregunté con sorna. –Me pasé todo el día en casa esperando.

- ¡Hombre, tiene gracia! - contestó de muy mal talante. –¡Soy yo el descalabrado y usted se pone la venda!

- ¿Qué es usted el descalabrado?

- ¡Claro! ¡Se burló usted de mí! En vez de decirme el número de su teléfono, me dijo usted el número de su querida.

- ¿…?

- No se haga el sorprendido, no. Llamé, pedí comunicación con el número 34-2, y cuando pregunté por usted me contestó, furiosa, una voz masculina: “¡Váyase usted al diablo! Y dígale a Petrus Reinke que, si vuelve a poner los pies en esta casa y no rompe sus relaciones criminales con mi mujer, le mato como a un perro”.

   El mnemonista me lanzó una mirada severa y añadió:

- Cuando se tienen relaciones amorosas con mujeres casadas hay que ser más prudente.

- ¡Guárdese sus consejos- grité, -y usted explíqueme por qué razón pidió comunicación con el número 34-2, siendo el 34-22 el de mi teléfono!

- ¿El 34-22? ¿Fue ese el número que me dijo usted?

- Sí; ¡El 34-22!, ¡¡el 34-22!!, ¡¡¡el 34-22!!!

- ¡No puede ser!

- ¿Cómo que no puede ser?

- Lo grabé muy bien en mi memoria…La Guerra de Crimea (1854) menos 20…

- ¿Y qué más?

- La Guerra de los Siete Años…

- ¡De los Treinta Años!

- ¿De los Treinta? ¡Ahora me lo explico todo! En vez de restar de 30 el doble de las cinco partes del mundo, resté a 7 las 5 partes del mundo.

- ¿Las cinco partes del mundo? ¿No habíamos quedado en que eran las cuatro paredes del mundo? Cuando se es tan desmemoriado se deben apuntar las cosas. Con su dichosa mnemotecnia me ha fastidiado usted.

- ¿Yo?

- ¡Claro! Por culpa de usted no podré volver a presentarme en la casa del teléfono 34-2.

   En vez de lamentar su equivocación, mi amigo me dijo, mirándome con ojos catonianos:

- No sabía que era usted tan tenorio…En la primera casa con que se pone uno en comunicación telefónica se le descubre una querida. Aplicando la teoría de las probabilidades, y teniendo en cuenta que en la capital hay cerca de sesenta mil teléfonos…

- Muchos de esos teléfonos- repliqué modestamente, -pertenecen a bancos, a oficinas, a casas de comercio.

- En todos esos sitios hay empleados, y los amoríos son más fáciles en los establecimientos bancarios y comerciales que en el hogar doméstico.

  La observación era atinadísima y, no encontrando ningún argumento de fuerza contra ella, callé.

(PETRUS RYPFF)



'Neurobiología del aprendizaje y la memoria'

Cómo funciona la memoria humana (y cómo nos engaña)

Extraído, con modificaciones, de un artículo de Sergio Lotauro

    Muchas personas creen que la memoria es una especie de baúl donde vamos almacenando nuestros recuerdos. Otras, más amigas de la tecnología, entienden que la memoria se parece más bien a una computadora en cuyo disco duro vamos archivando nuestros aprendizajes, vivencias y experiencias de vida, de modo que podamos recurrir a ellos cuando los necesitamos. Pero la verdad es que ambas concepciones son erróneas.

¿Cómo funciona la memoria humana?

   No tenemos ningún recuerdo como tal almacenado en nuestro cerebro. Eso sería, desde un punto de vista físico y biológico, literalmente imposible. Lo que el cerebro consolida en la memoria son “patrones de funcionamiento”, es decir, la forma en que grupos específicos de neuronas se activan cada vez que aprendemos algo nuevo. Toda información que ingresa al cerebro se convierte en un estímulo eléctrico químico.

   Lo que el cerebro guarda es la frecuencia, amplitud y secuencia particular de los circuitos neuronales que participan en el aprendizaje. No se almacena un hecho concreto, sino la forma en cómo funciona el sistema ante ese hecho concreto. Luego, cuando recordamos algo conscientemente o sin que nos lo propongamos nos viene una imagen a la cabeza; lo que nuestro cerebro hace es reeditar nuevamente ese patrón de funcionamiento específico. Y esto tiene serias implicaciones. Tal vez la más importante es que nuestra memoria nos engaña.

   No recuperamos el recuerdo tal cual se almacenó, sino que más bien lo volvemos a armar cada vez que lo necesitamos a partir de la reactivación de los patrones de funcionamiento correspondientes. 


Los “defectos” de la memoria

   El problema radica en que este mecanismo de evocación se da en bloque. La puesta en funcionamiento del sistema puede traer como polizones a otros recuerdos que se han filtrado, que pertenecen a otro tiempo o a otro lugar.

Ciencia e interferencias

   Se hizo un experimento que muestra cuán vulnerables somos a las interferencias de la memoria, y cómo se nos puede inducir sutilmente a recordar algo de manera equivocada, o que simplemente nunca ocurrió.

   A un grupo de personas se les mostró un vídeo en el que se podía observar un accidente de tráfico, concretamente la colisión entre dos vehículos. Luego, se les dividió en dos grupos menores y se les interrogó, por separado, acerca de lo que habían visto. A los miembros del primer grupo se les pidió que estimaran aproximadamente a qué velocidad circulaban los autos cuando chocaron.

   A los miembros del segundo grupo se les solicitó lo mismo, pero con una diferencia aparentemente insignificante. Se le preguntó a qué velocidad estimaban que circulaban los autos cuando uno se “incrustó” en el otro.

   Los miembros del último grupo, por término medio, calcularon valores mucho más elevados que los del primer grupo, en donde los vehículos simplemente habían “chocado”. Algún tiempo después, se los reunió de nuevo en el laboratorio y se les pidió detalles sobre el accidente del vídeo.

   El doble de los miembros del grupo en el que los coches se habían “incrustado” en relación a los integrantes del otro grupo dijeron haber visto cristales de los parabrisas estallados y desparramados por la acera. Cabe destacar que en el vídeo en cuestión no se había roto ningún parabrisas.

Recordamos a duras penas

   Creemos que podemos recordar el pasado con precisión, pero no es así. El cerebro se ve obligado a reconstruir el recuerdo cada vez que decidimos recuperarlo; debe armarlo como si se tratara de un rompecabezas del que, para colmo, no tiene todas las piezas, ya que buena parte de la información no se encuentra disponible porque nunca se almacenó o quedó filtrada por los sistemas de atención.

   Cuando rememoramos un episodio determinado de nuestra vida, como podría ser el día que ingresamos en la universidad, o cuando conseguimos nuestro primer trabajo, la recuperación del recuerdo no se da en forma limpia e intacta como cuando, por ejemplo, abrimos un documento de texto en nuestra computadora, sino que el cerebro debe realizar un esfuerzo activo para rastrear información que se encuentra dispersa, y luego, juntar todos esos elementos diversos y fragmentados para presentarnos una versión lo más sólida y elegante posible de lo ocurrido.

    El cerebro se encarga de “rellenar” los vacíos de la memoria. Los baches y los espacios en blanco son rellenados en el cerebro por retazos de otros recuerdos, conjeturas personales y abundantes creencias preestablecidas, con el objetivo final de obtener un todo más o menos coherente que satisfaga nuestras expectativas.

    Esto ocurre básicamente por tres razones:

1.     Como dijimos anteriormente, cuando vivimos un acontecimiento determinado, lo que el cerebro guarda es un patrón de funcionamiento. En el proceso, buena parte de la información original nunca llega a ingresar a la memoria. Y si ingresa, no se consolida en la memoria eficazmente. Eso forma baches en el proceso que le quitan congruencia a la historia cuando queremos rememorarla. 

2.     Luego tenemos el problema de los recuerdos falsos y no relacionados que se mezclan con el recuerdo real cuando lo traemos a la consciencia. Aquí ocurre algo similar a cuando echamos una red al mar, podemos atrapar algunos pececillos, que es lo que nos interesa, pero muchas veces también encontramos basura que en algún momento fue arrojada al océano: Un zapato viejo, una bolsa de plástico, una botella vacía de gaseosa, etc. Este fenómeno ocurre porque el cerebro se encuentra permanentemente recibiendo información nueva, consolidando aprendizajes para lo cual muchas veces recurre a los mismos circuitos neuronales que están siendo utilizados para otros aprendizajes, lo que puede provocar cierta interferencia. Así, la vivencia que se desea archivar en la memoria se puede fusionar o modificar con vivencias anteriores, haciendo que terminen por almacenarse como un todo indiferenciado.  Otorgando sentido y lógica al mundo que nos rodea. 

3.     Por último, el cerebro es un órgano interesado en otorgarle sentido al mundo. De hecho, hasta pareciera que siente un odio aberrante por la incertidumbre y las incongruencias. Y es en su afán por explicarlo todo cuando, al desconocer ciertos datos en particular, los inventa para salir del paso y salvar así las apariencias. Tenemos aquí otra fisura en el sistema. La esencia de la memoria no es reproductiva, sino reconstructiva, y como tal, vulnerable a múltiples formas de interferencia.

 

Efecto de la evocación en el aprendizaje: qué es y cómo funciona

Extraído, con modificaciones de un artículo de Nahum Montagud Rubio

   Todos hemos sido estudiantes y sabemos lo tedioso que puede llegar a ser tener que estudiar para un examen. Es normal sentir pereza al abrir el libro y repasar el contenido que va a entrar, puesto que queremos dedicar este tiempo a cosas más divertidas.

    Entre las técnicas clásicas que todos hemos usado alguna vez para memorizar el temario tenemos leer y releer y hacernos algún que otro esquema y resumen. Pensamos que, cuantas más veces lo hayamos visto, más lo vamos a retener. Pero, ¿y si en vez de leer y releer practicamos el recuerdo del contenido? Al fin y al cabo, en los exámenes clásicos lo que nos hacen hacer es recordar lo que hemos aprendido, exponiéndolo por escrito u oralmente. 

   A continuación, vamos a descubrir cuál es el efecto de la evocación en el aprendizaje y por qué esta técnica puede ser de lo más útil a la hora de estudiar para un examen.

¿Cuál es el efecto de la evocación en el aprendizaje?

    Existen todo tipo de técnicas de estudio. Hay alumnos que, de forma casi obsesiva, apuntan cada una de las palabras que dice el profesor o profesora en el aula. Otros prefieren coger el libro y lo subrayan con marcadores de todos los colores, cada uno para un tipo de dato distinto.

   También es común que los estudiantes hagan esquemas y pongan post-it en las páginas para tener una nota rápida de lo que va esa lección. Sin embargo, la inmensa mayoría prefiere simplemente leerse el temario, confiando que a más lecturas más se va a retener en nuestra memoria.

    Todas estas prácticas implican diferentes grados de esfuerzo. Está claro que hacer resúmenes y esquemas son tareas más complejas que sólo leer y releer una y otra vez. Pero lo que todas estas técnicas tienen en común es que en ella se repasa el contenido dado, pero no se practica su recuerdo, su evocación. Cuando leemos o hacemos esquemas volvemos a ver el temario, pero no estamos haciendo el esfuerzo cognitivo que supone traer a nuestra conciencia aquello que, supuestamente, hemos aprendido, pese a que es eso lo que tendremos que hacer el día del examen.

   La evocación debería ser parte del estudio. Practicando la vuelta a nuestra conciencia de aquello que hemos visto en clase o lo leído en los libros estamos realmente preparándonos para el día del examen. Los exámenes tradicionales, es decir, aquellos en los que se nos presenta un enunciado en el que tenemos que exponer lo que en él se pregunta, realmente son ejercicios de evocación más que para demostrar que hemos obtenido el conocimiento. Puede que nos hayamos leído la lección una y otra vez, pero no nos sirve de nada si el día del examen nos quedamos en blanco y no somos capaces de rescatar esa información.






¿Cómo aprendemos?

   Para decir que hemos aprendido un contenido de clase es necesario que se hayan dado los tres siguientes procesos:

a.     Codificación: obtener la información.

b.     Almacenamiento: guardar la información.

c.      Evocación: ser capaces de recuperarla, con o sin pistas.

   La inmensa mayoría de las prácticas estudiantiles se quedan en los dos primeros procesos y, muy parcialmente, pueden dar lugar al tercero. Cuando estamos en clase o leemos por primera vez el tema realizamos el primer proceso, es decir, el de codificación. Naturalmente, este proceso se dará de mejor o peor forma en base a distintos factores, como puede ser nuestro arousal (estado de alerta), lo interesante que nos parezca la lección o si ya conocíamos algo relacionado con lo que estamos aprendiendo en ese momento.

    Luego realizamos el segundo proceso, el almacenamiento. Este almacenamiento lo podemos hacer de una forma muy pasiva como lo sería leyendo y releyendo el temario. También podemos hacerlo a través de esquemas y de resúmenes. Realmente no es del todo equivocado decir que a más lecturas es más probable que mayor información quede almacenada, pero esto no es garantía de que la vayamos a recordar. Si comparáramos codificación y almacenamiento con el mundo informático, el primero implicaría crear un nuevo documento y el segundo sería simplemente guardarlo en la memoria del PC.

   El problema de la mayoría de las técnicas, siguiendo con la metáfora del ordenador, es que efectivamente implican crear ese documento mental y guardarlo en algún lugar de la memoria de nuestro cerebro, pero no sabemos dónde. No sabemos en qué carpeta buscar ese documento, ni si esa carpeta está dentro de otra carpeta. Estas técnicas sirven para crear los documentos, pero no para asentar el caminito mental que tenemos que hacer para llegar a tales documentos. En resumidas cuentas, aprender sería crear el documento, guardarlo a buen recaudo y saberlo recuperar cuando sea preciso.

   En relación con esta misma comparación podemos destacar que, en muchas ocasiones, el olvido o la sensación del mismo no se debe a que la información almacenada haya desaparecido, sino a que no somos capaces de recuperarla sin pistas. Cuando estamos en un ordenador y no sabemos cómo llegar hasta un documento lo que hacemos es buscar en el propio buscador de programas y archivos, confiando en que pondremos la palabra clave que nos lleve a él.

   Sin embargo, nuestra mente se diferencia de la memoria de un ordenador en este punto. Si bien el ver o escuchar una pista acerca del contenido que hemos repasado nos puede servir para recordarlo, este recuerdo puede ser casual. No lo estamos evocando en sí, esto es, no estamos llegando al documento íntegro, sino más bien recordamos algunas ideas que más o menos se nos han quedado más marcadas. Aun así, en los exámenes no se nos dan demasiadas pistas y es aquí donde nos quedamos pillados.

Hacer un examen es como montar en bicicleta

   La mayoría sabemos montar en bicicleta y recordamos más o menos cómo aprendimos a llevarla. Al principio nos montábamos en la bici con ruedines para así aprender a pedalear. Después, nos quitaron esas pequeñas ruedas y con varios intentos, miedos, pérdida de equilibrio y apoyo de nuestros padres u otros allegados conseguimos conducir la bicicleta. Todo esto es, en esencia, la experiencia que todos hemos tenido cuando hemos montado por primera vez en uno de estos trastos.

   Imaginemos que conocemos a alguien que nos dice que él o ella no aprendió así. A diferencia de nosotros, asegura que se pasó varias semanas estudiando el mecanismo de la bicicleta, viendo sus planos, el mecanismo de las ruedas, observando a otras personas montar y que, un día, se sentó encima del vehículo y, de repente, ya estaba desplazándose con ella. Al escuchar todo esto pensaríamos que nos está tomando el pelo, que es lo más seguro. ¿Cómo va a aprender a montar en bici sin haber practicado?

   Esto mismo podemos aplicarlo a los exámenes escritos de preguntas abiertas. De la misma manera que no vamos a aprender a llevar una bicicleta sin haberlo intentado antes, no podremos exponer todo lo que se supone que hemos aprendido el día del examen sin antes haberlo practicado. Es necesario que nos hayamos tomado un tiempo en nuestras sesiones de estudio para tratar de practicar la evocación, viendo cómo recordamos sin necesidad de pistas tanto visuales como auditivas.

   Los exámenes clásicos son una buena herramienta para ver hasta qué punto somos capaces de evocar el contenido. Con ellos no se evalúa simplemente la codificación, es decir, el haber obtenido la información, ni el almacenamiento, es decir, tenerla en alguna parte de nuestra memoria, sino también la evocación. Si solo quisiéramos evaluar los dos primeros procesos bastaría con usar exámenes tipo test cuyo enunciado y una de las alternativas de respuesta estuviera puesta literalmente como salen en el libro. 

Evocar mejor que leer

   El motivo por el que pocos estudiantes practican la evocación es que tienen una idea equivocada de lo que es el aprendizaje. Es común ver entre el alumnado de todas las edades que crea que aprender significa, simplemente, absorber los contenidos de forma pasiva, esperando que en el examen los vomiten mágicamente. Como hemos mencionado, piensan que a más lecturas o esquemas hagan más tendrán interiorizado el contenido y, a su vez, más fácil lo podrán traer de vuelta, cosa que realmente no es así.

   Durante las últimas décadas se ha estudiado en qué medida practicar la evocación nos permite asimilar mejor un contenido, es decir, aprenderlo. Practicar la evocación permite mejorar nuestra capacidad para recuperarlo y, por lo tanto, mejora la forma en la que demostramos que lo sabemos. Se ha visto que si tras una sesión de estudio clásico (leerse el contenido o prestar atención en clase) ponemos a prueba nuestra memoria en vez de releer el contenido, se obtienen mejores resultados el día del examen.

Aventajados sin saberlo

   Como mencionábamos, hay pocos estudiantes que practiquen la evocación de forma intencional. No obstante, aunque siguen siendo una minoría, no son pocos los que sí la practican, aunque de una forma espontánea y sin ser conscientes de hasta qué punto esto refuerza su aprendizaje. Lo hacen como estrategia para tener la certeza de que se lo saben y, así, ganan un poco de sensación de calma. No saben que al hacer esto están practicando para el día del examen y, además, averiguan qué contenidos tienen más débiles para así poder prestarles mayor atención.

   El motivo por el que la mayoría de las personas no practicamos la evocación al estudiar tiene que ver con nuestras motivaciones y nuestra autoestima, pese a que a la larga es muy rentable. No practicamos la evocación porque, al hacerlo, acabamos con una sensación de frustración al descubrir cuántas cosas todavía no nos sabemos, pese a que irónicamente esto es una gran ventaja en nuestro estudio, puesto que nos ayuda a evitar perder el tiempo repasando cosas que ya sabemos y centrándonos en aquello que todavía no tenemos claro.

    Es por esta sensación de frustración que los estudiantes promedio prefieren releerse la lección. Además del poco esfuerzo cognitivo que implica esta tarea mientras estamos viendo los contenidos que ya hemos codificado y, de alguna forma, almacenado en nuestra mente nos viene una sensación de familiaridad. Al leer reconocemos lo que ya hemos visto y tenemos la falsa sensación de que lo hemos aprehendido, dándonos una sensación de calma pensando que estamos asimilando íntegramente los contenidos, cosa que rara vez es verdad.

   Esta sensación de familiaridad la podemos ver en estudiantes nada más acabar un examen. Al entregarlo salen del aula y empiezan a hablar entre ellos de lo que ha entrado en un acto un tanto sadomasoquista. No es raro ver como un compañero se sorprende cuando otro dice lo que debería haber puesto en el examen, diciendo preocupado “¡Pero si me lo sabía!”. Lo que acaba de pasar es que ha reconocido de qué ha hablado su compañero, pero en el momento del examen no lo ha podido evocar. Estaba en algún lugar oscuro de su mente, pero no ha sabido llegar hasta él.


Resumen:

   Son muchas las técnicas de estudio que se usan en las aulas hoy en día. Cada una de ellas implican invertir esfuerzo cognitivo, tiempo y recursos distintos. Sin embargo, el efecto de la evocación en el aprendizaje es el más beneficioso de todos, puesto que implica practicar lo mismo que se hará el día del examen, es decir, recordar sin pistas visuales ni auditivas el contenido que se nos pregunte en esa hoja de papel.  

    Leer, releer, hacerse esquemas, resúmenes, subrayar y demás pueden ser útiles, pero no nos dan la certeza de que lo que estamos viendo en el momento en que estamos haciendo el repaso lo vayamos a saber evocar el día del examen. Es por esto que la evocación debe ser una técnica que esté siempre presente en nuestras sesiones de estudio, puesto que hace que completemos todo el proceso de aprendizaje: codificación, almacenamiento, evocación. Además, nos permite ver qué es lo que todavía no hemos aprendido, puesto que si no lo sabemos recordar ahora no lo sabremos recordar el día del examen.



7 TÉCNICAS de MNEMOTECNIA para MEMORIZAR lo que ESTUDIAS | [Técnicas de Estudio]



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