domingo, 15 de noviembre de 2020

LA TERCERA ESPAÑA, QUERER ES PODER (II)

 


La tercera España y el sectarismo

El autor afirma que, 80 años después del inicio de la Guerra Civil, debemos emular a aquellos que fueron piadosos con sus adversarios y no caer en el sectarismo.

José Blasco de Álamo, escritor y periodista - 16 julio, 2016

Escuchando a Paco Ibáñez en la radio sentí desazón: “El PP son los hijos de aquellos que bombardearon Madrid durante la Guerra Civil. Nunca he querido cantar en los sitios donde tienen el poder”. Y me acordé de otro artista de izquierdas, Manuel Altolaguirre: en la guerra, a Bergamín y a él les hicieron el encargo de incautarse de un edificio y convertirlo en sede de la Alianza de Intelectuales Antifascistas. “Buscamos un edificio desalquilado para que nuestra misión fuera menos violenta… Al profesor Rodríguez Moñino y a mí nos entregaron fusiles y municiones. ‘Manolo, ¿tú sabes manejar esto?’. Y como yo le dijera que no, se dispuso a enseñarme… y disparó… resultaron heridas la portera y su hija, afortunadamente sin gravedad. No me fue difícil conseguir un vehículo para llevarlas al hospital… durante el trayecto se mostraban inquietas, algo les preocupaba, que no se atrevían a decirme. Al fin habló la madre: ‘Por favor, no nos vaya a dejar hospitalizadas… en su cara vemos que es usted una buena persona. Tenemos que volver a casa porque en el sótano tenemos escondidas a siete monjas’. Dicho lo cual, esperaron mi reacción con impaciencia. Les agradecí la confidencia, quedando de acuerdo en que, después de curadas en el hospital, volveríamos a rescatarlas. Yo me comprometí a conducir a las religiosas al lugar seguro que ellas estimasen por más conveniente…  aquella misma noche las monjas abandonaron su refugio, después de que me prometieron al despedirse que me tendrían presente en sus oraciones. Y yo me hice la promesa de no volver a manejar un arma de fuego”.

Ser piadoso en tiempos de guerra o dictadura es doblemente heroico

   Al acercarse a Madrid las tropas nacionales, aquellas siete monjas vieron cómo las ventanas y bombillas de las casas habían sido tapadas con papel carbón; cómo las farolas de gas habían sido pintadas de azul o negro. La ciudad vivía eclipsada, moría eclipsada: aquella noche, más de quinientos cadáveres ensangrentaron sus calles, cunetas y parques. Si no hubiera sido por Altolaguirre, habrían aparecido siete más. Decir que el PP son los hijos de aquellos que bombardearon Madrid es tan estúpido como decir que el PSOE o IU son los hijos de aquellos que asesinaron a más de quinientas personas en una sola noche.

   También sentí desazón leyendo a José Sacristán en la prensa: “A la derecha no le doy ningún crédito ni moral ni de ningún tipo”. Y me acordé de un hombre que no fue sacristán, sino cardenal: Tarancón. En sus Recuerdos de juventud se confiesa: “Madrid era, en aquellos años, un hervidero político. Las sacristías y los demás lugares en los que se reunían los sacerdotes eran centros de conspiración. Los sacerdotes nos sentíamos obligados a hablar de política y a conspirar contra el Gobierno laico y persecutorio. La alianza del trono y del altar era un axioma para todos… demasiado fácilmente nos acogimos a las seguridades que nos ofrecía la victoria militar. Cuarenta años después resultó extremadamente difícil conseguir que la Iglesia asumiese una postura de independencia respecto al poder político y se alinease a favor de los derechos humanos, proclamando abiertamente la justicia social”. Aunque le sorprenda al señor Sacristán, no son marcianos inmorales todas las gentes de derechas, incluso corre el rumor de que a veces tienen sentimientos. 


"TU PAIS" - Jose Luis Perales

Sueño con una España donde los comprometidos con el sectarismo no sean la norma

   Tarancón refiere una anécdota que confirmaría mi hipótesis: el 13 de mayo de 1931 (dos días después de la madrileña quema de conventos), “a las siete de la tarde, entre dos luces, empezaron a desfilar por las calles de Vinaroz las monjas de clausura, con trajes absurdos —los que les habían prestado— y con un miedo atroz, porque se asustaban de la gente y no sabían qué hacer ante los automóviles que circulaban. Ellas nunca los habían visto y no acertaban a comprender que los carruajes anduviesen sin caballos. El espectáculo de las monjas, andando por las calles asustadas, soliviantó a todo el pueblo. Los mismos republicanos y socialistas se aprestaban a acompañarlas e incluso les ofrecían sus casas asegurándoles que no les pasaría nada. Parece que muchos de ellos se personaron en el Ayuntamiento para protestar contra lo que llamaban una iniquidad”.

   Y sentí repugnancia al leer unas palabras de Almudena Grandes que hacían referencia a una monja en el Madrid de principios de la guerra: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una pandilla de milicianos jóvenes, armados y —mmm— sudorosos?”. La repugnancia se tornó admiración cuando Muñoz Molina, en el mismo periódico, reconvino a Grandes. Y me acordé de Clara Campoamor: a pesar de haber estudiado en un colegio de monjas, era laica; pese a su laicismo, criticó duramente los ataques sufridos por la Iglesia, tanto en la II República como en la Guerra Civil.

   En una playa de Torremolinos, un invierno aún no sangriento, Manuel Altolaguirre encontró a Dalí y a Gala desnudos; él llevaba un abrigo: “Gala, estudiando mi sombra sobre la arena, me echó las cartas con una baraja holandesa. Su vaticinio fue sobrecogedor, pero no logró asustarme”. En sus memorias inacabadas no dice cuál fue ese vaticinio… después de salvar la vida a las siete monjas, Altolaguirre y otros soldados republicanos se apoderarían de un molino de papel situado entre las dos líneas de fuego: “Editamos varios libros, entre ellos España en el corazón, de Neruda; como materia prima se usaron banderas enemigas, chilabas de moros y uniformes de soldados italianos y alemanes”. Quizá el vaticinio presagiase la muerte de Gracita, el amor de su adolescencia, en las Navidades del 36: se acababa de casar con un oficial de la Marina de Guerra. Como estaba de guardia en el puerto de Cádiz, el padre de Gracita la acompañó para que lo viera, pero no pudo frenar a tiempo y el Cadillac se hundió en el fondo del Atlántico… o quizá el vaticinio presagiase la propia muerte de Manuel: tras presentar en el Festival de Cine de San Sebastián su última película, tuvo un accidente de coche en la provincia de Burgos; murió tres días después, besando un crucifijo. 

Quiero un tercera España habitada por personas como Manuel 

Altolaguirre y Clara Campoamor 

   De niño, el cardenal Tarancón jugaba a decir misa. Tenía fe en una piedad alegre, por eso aborrecía a los beatos. Era tan travieso que siempre estaba castigado (un trimestre llegó a destrozar una docena de pantalones). Siendo estudiante de Teología, cada vez que veía al sacerdote Joaquín Daudí, este le decía: “Ya llega el arzobispo de Toledo” o “Vas a ser primado de España”. Daudí sería asesinado durante la Guerra Civil; Tarancón, nombrado arzobispo de Toledo y primado de España en 1969. El ejército entró en Vinaroz, santiguándose el general Alonso Vega con las aguas del Mediterráneo. En la cárcel, Tarancón hablaba con un preso a punto de ser ejecutado: “Todos somos culpables —le decía, y él corroboraba mi afirmación— porque nos enfrentamos unos con otros sin esforzarnos en buscar la convivencia de todos los españoles”.

   Clara Campoamor nació un domingo de Carnaval. Fue bautizada como Carmen Eulalia. Realmente, quien se llamaba Clara era su hermana mayor, muerta a los tres años. Para homenajearla, el nombre pasó de la niña muerta a la viva. En casa de los Campoamor, los juguetes no los traían “los Reyes”, sino “la República”, aunque leer era lo que más le gustaba a Clarita. En menos de cuatro años pasaría de ser una secretaria sin bachillerato a una jurista. Por haber contribuido decisivamente a la instauración del divorcio y del sufragio femenino, cinco falangistas quisieron tirarla por la borda de un barco con destino a Italia (se había embarcado huyendo del Madrid republicano, pues temía por su vida). Moriría exiliada, ciega, olvidada... 

Mostrar rencor en democracia es doblemente miserable 

   El atardecer del día que se proclamó la II República, María Zambrano estaba en la Puerta del Sol con su hermana. Un hombre que llevaba una camisa blanca abrió los brazos: “¡Viva la República! ¡Y viva España! ¡Y muera… pues que no muera nadie! ¡Que viva todo el mundo! ¡Que viva la vida!”.

   También era republicano Octavio Paz. Estando en el Congreso Antifascista de Valencia en 1937, hizo una excursión que llegó a un pueblecito. Alguien le dijo que se detuviera porque, al otro lado de la pared, estaban los enemigos. Entonces escuchó la risa de esos enemigos mientras compartían cigarros: “Aprendí por primera vez, y para siempre, que también el enemigo tiene voz humana”. 

   Ser piadoso en tiempos de guerra o dictadura es doblemente heroico; mostrar rencor en democracia, doblemente miserable. María Zambrano decía que el ser humano, para conseguir algo, ha tenido que soñarlo. Yo sueño con una Tercera España habitada por personas como Manuel Altolaguirre, el cardenal Tarancón, los republicanos y socialistas de Vinaroz, Muñoz Molina, Clara Campoamor, el hombre de la camisa blanca, Octavio Paz… Sueño con una España donde, gracias al paso del tiempo y a la educación, los comprometidos con el sectarismo no sean la norma, sino la excepción.



Chaves Nogales o la Tercera España en 'A sangre y fuego'

Por Miguel G. Barea – 30 de junio de 2019

El periodista Manuel Chaves Nogales, autor de A sangre y fuego: Héroes, bestias y mártires de España.


   En los nueve relatos de 'A sangre y fuego', el periodista sevillano disecciona lo peor de la condición humana con la Guerra Civil como telón de fondo.

  “Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeñoburguésliberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria. […] Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria”.

   Con estas líneas tan explícitas comienza Manuel Chaves Nogales el prólogo de su novela A sangre y fuego: Héroes, bestias y mártires de España. Periodista vocacional e intelectual comprometido con su tiempo, Chaves Nogales constituía una rareza dentro del lugar y del espacio que le tocó vivir: la España de principios del siglo XX.

   Natural de Sevilla, se trasladó a Madrid cuando empezó a despuntar en el ámbito periodístico, profesión que ejerció en la capital hasta que el Gobierno republicano fue evacuado a Valencia, allá por el año 1937. A finales de ese año se trasladó a París, donde escribió A Sangre y fuego, un libro de relatos sobre la Guerra Civil cuya redacción terminó antes de conocer el desenlace de la contienda y de que los nazis ocupasen Francia. Tras la llegada de los alemanes se instaló definitivamente en Londres, ciudad en la que murió a consecuencia de una peritonitis en 1944, con apenas 46 primaveras a sus espaldas.

   Manuel Chaves Nogales fue condenado a dos de los mayores castigos posibles: al exilio mientras vivía y al olvido tras su muerte. ¿Su falta? Plasmar por escrito la realidad, manifestando una independencia política y una honestidad intelectual sin precedentes que, como no podía ser de otra forma en la época de las ideologías y los estados totalitarios, le hicieron llevar una existencia solitaria, sin apoyos de ningún tipo ni nunca con más de lo necesario para subsistir.



HÉROES Y VILLANOS SIN NOMBRE

   Milicianos, militares más o menos comprometidos, un señorito andaluz, obreros con o sin sindicato, guerreros africanos en una tierra extraña o un funcionario que intenta salvar de la barbarie obras de arte son algunos de los protagonistas de la obra, integrada por nueve relatos independientes, todos ellos con la Guerra Civil Española como telón de fondo. Personajes con nombre propio en el libro, héroes y villanos anónimos en la época. Lo irrelevante de cada uno de ellos es el bando al que pertenecen; todos son seres humanos víctimas de sus pasiones, dueños de la crueldad más despiadada en situaciones extremas, pero al mismo tiempo esclavos de sus circunstancias, también capaces de gestos insólitos que dan sentido a la palabra humanidad en tiempos de guerra.

   Los nueve cuentos merecen la pena, mas personalmente me gustaría destacar el que abarca las páginas centrales, titulado El tesoro de Briesca. Tal vez porque su final, aun siendo igual de trágico, no es tan dramático, como bien sabrán todos los que lo han leído.

   El relato con el que el autor pone el punto final a su obra, Consejo obrero, concluye con una sentencia memorable, válida para la vida de su protagonista, del propio escritor y de otros tantos que vivieron en primera persona la Guerra Civil y que en ella perecieron, aparte de resumir el pesar de toda una generación de intelectuales, la llamada Tercera España, que se disolvió tras la contienda para nunca más volver:

Y murió batiéndose heroicamente por una causa que no era la suya. Su causa, la de la libertad, no había en España quien la defendiese”.


La tercera España

   Tengo amigos de derechas, conservadores, católicos y tradicionales. Y lo llevo a gala y lo digo con orgullo, dada la capacidad de esos amigos de respetarme como persona, al margen de mis ideas, con las que no están de acuerdo. Y lógicamente les correspondo respetándolos a ellos, y a ellas, como personas. Hay muchas cosas en las que se puede coincidir, como estarán de acuerdo algunos de mis amigos y lectores que no siempre comulgan con mis ideas.

   Se habla siempre de las dos Españas enfrentadas con odio cainita y oponiéndose con encono; no voy a negar que existen esas dos Españas, y desde mucho antes de que don Antonio Machado las citara en su conocido poema; pero creo que existe otra tercera España que tal vez sea más peligrosa para la convivencia que las otras dos; que es la España pancista, la España que practica el pancismo: “Tendencia o actitud de quienes acomodan su comportamiento a lo que creen más conveniente y menos arriesgado para su provecho y tranquilidad”.

   No es exactamente la postura de quien se considera apolítico y, directamente no interviene en asuntos políticos, si no la de quien actúa con la vista puesta directamente en la panza y en el mejor modo de llenarla con poco esfuerzo y mucho sosiego, sin que se le dé un ardite el interés general, el bien común o conceptos tan extraños a su modo de razonar como “la patria, España, la ciudadanía, el pueblo o el Estado”. Es comprensible y lógico que cada cual luche por sus intereses y bienestar y no hay nada censurable en ello. Lo que sí encuentro censurable, por lo que afecta a los demás, que en este caso somos todos, es el andar ocultando intenciones, el callar, el no significarse políticamente, que, si en tiempos de la dictadura tenía sentido, y mucho sentido, en los de ahora carece de toda explicación. Hoy todo se puede decir, defender, hoy se puede dar la cara y decir públicamente lo que se piensa sin más cortapisa que el respeto a las leyes y a unas elementales normas de cortesía, si es que se tiene desde la niñez y la propia casa de uno esa crianza. Si se carece de ella tampoco pasa nada, como venimos viendo con asiduidad los que leemos prensa y estamos, más o menos, al cabo de los “eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa”, creo que era. Insultar las más de las veces, sale gratis. Hoy no hay razones para callar, ni para no decir claramente lo que uno piensa, ni para exponer con toda la crudeza necesaria que uno vota en interés de sus digestiones y al mundo le pueden ir dando mucho la lata, suavizando la expresión que tenía en mente.

    Pero es que, además, en quien practica el pancismo, se da, como me ha hecho notar mi hermano Prudencio, la más estomagante adulación al poder, sea cual sea ese poder. Es el cambio de chaqueta, vieja expresión que identifica claramente la actitud de quien, careciendo de toda convicción política, de toda idea de que es eso que llamamos España, el bien común o cualquier otra circunstancia, se acomoda a lo que venga, da vivas al que corresponda o vota a quien va en primer lugar en las encuestas. Por aquello de no equivocarse y estar siempre con el poder.

    Es la tercera España que, a fin de cuentas, siempre la que se sale con la suya, la que nunca se equivoca, la que nunca pierde, porque no apuesta y va siempre sobre seguro.

    Cuando sea mayor me gustaría poder tener esa conciencia elástica y adaptable para poder vivir con esa tranquilidad y sosiego que debe dar el no cuestionarse nunca nada, el dar por sagrado lo establecido, el asentir al sentir de la mayoría, el saber siempre lo que hay que decir y votar para agradar al poder.

    Mientras tanto pago con desasosiego el precio de una libertad intelectual que me permite poder decir lo que creo yo, y no lo que creo que debo decir, que no son, exactamente, lo mismo. 

Gabriel Celaya lo expone magistralmente en su poema:

LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO (De "Cantos iberos", 1955)

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,

mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,

fieramente existiendo, ciegamente afirmando,

como un pulso que golpea las tinieblas,

 

cuando se miran de frente

los vertiginosos ojos claros de la muerte,

se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

 

Se dicen los poemas

que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,

piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.

 

Con la velocidad del instinto,

con el rayo del prodigio,

como mágica evidencia, lo real se nos convierte

en lo idéntico a sí mismo.

 

Poesía para el pobre, poesía necesaria

como el pan de cada día,

como el aire que exigimos trece veces por minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

 

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan

decir que somos quien somos,

nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.

 

Maldigo la poesía concebida como un lujo

cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren

y canto respirando.

Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas

personales, me ensancho.

 

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,

y calculo por eso con técnica, que puedo.

Me siento un ingeniero del verso y un obrero

que trabaja con otros a España en sus aceros.

 

Tal es mi poesía: poesía-herramienta

a la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.

 

No es una poesía gota a gota pensada.

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.

Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

 

Son palabras que todos repetimos sintiendo

como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.

Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.

       

Paco Ibáñez canta a Gabriel Celaya - La poesía es un arma cargada de futuro

 

   Todo lo anterior no deja de ser la prima falsa de lo que, para mí, y para otros muchos, debería ser la VERDADERA Tercera España, la que deje atrás los rencores del pasado, las posiciones beligerantes hasta el hartazgo, la del “y tú más”, la del Paracuellos del Jarama y los masacrados por el franquismo. Que sí, que todo ello fue y es deleznable, que “en todos sitios cuecen habas y en mi casa a calderadas”. Un servidor no es equidistante respecto a esas dos Españas enfrentadas, porque el “santo alzamiento” abortó una “democrática república”, con sus imperfecciones totalmente reprobables como ya dijo el maestro Unamuno.

   La Tercera España debe pasar las negras páginas de la cruenta, para todos, Guerra Civil, y también dejar atrás el lastre de la vil dictadura de la rata del desierto; que ya sabemos que “cualquier tiempo pasado fue… peor”, casi siempre, y que “el fin casi nunca justifica los medios”, al contrario de lo que Maquiavelo escribiera en “El Príncipe”. Si queremos tener un futuro más respirable y halagüeño debemos liberarnos de las ataduras execrables que nos fijan al suelo yermo y nos impiden buscar otros derroteros.

-        - Papi, yo no quiero jugar más al “y tú más…”.

-        - Yo tampoco, Manuel, toma mi mano y partamos. ¡Zola, espéranos…!

(Petrus Rypff)

 

Mocedades La Otra España 1980


 


1 comentario:

Suso dijo...

Muy bueno Rafa, yo también me siento identificado con esa tercera España.