martes, 17 de noviembre de 2020

LA IMAGINACIÓN EN LA LITERATURA (I)

 

 

El naufragio

Empecé a naufragar en tu recuerdo, en un principio, entré en desesperanza, nadie espera perderse en aguas conocidas. Luego, le pedí a un ser superior volver a la ruta, me senté a esperar en mi barca a que las aguas se calmaran y el viento se agitó más fuerte, se levantó y la tormenta por poco y acaba conmigo. La fuerza de la naturaleza es desconocida, tan incierta como sus propias consecuencias. La noche me aterrorizó, nunca ando a oscuras, el silencio me ensordece porque mi mente empieza a crear historias, a adjudicar culpas y a descubrir mis más oscuros pensamientos. Creo que, a decir verdad la noche saca lo mejor o peor de mí, pero no me gusta arriesgarme a que por azares de la vida me conduzca a cometer algo de lo que me pueda arrepentir. Al cabo de los días, olvidé el porqué de mi miedo, es mejor perderse una o unas cuántas veces en la vida y encontrar una ruta con la que te sientas bien, eso es lo que siempre nos dicen. Pero, ¿A mí quién me asegura que si me pierdo me logro encontrar conmigo o a alguien? Lo que menos quiero es estar ante la miserable presencia de mi propia existencia. Es una vil mentira lo que nos quieren hacer creer con esos discursos ridículos de superación personal, el peor monstruo que hay delante de nosotros, somos nosotros mismos. A veces olvidamos que hay muchos caminos para llegar a un lugar, me aferro a esa idea. No obstante, la luna que ilumina mi reflejo en el agua ahonda en mi ser y me muestra lo más nauseabundo de mis pensamientos. Sé que apesto y que realmente no me pierdo en tu imagen, no es una idealización. Es mi egoísmo el que me lleva a sólo centrarme en mí.



   La imaginación no es una virtud imprescindible para el escritor, y ni siquiera puede decirse que sea en exceso frecuente. La poesía y el arte dramático suelen a menudo beneficiarse de la sobriedad imaginativa, y hasta más de una novela se ha visto perjudicada en su equilibrio por la búsqueda de la originalidad, ese espejismo que tantas veces se supone determinante en el éxito o el fracaso de una empresa verbal. Los narradores, tal vez más que nadie, acostumbran a tener conciencia o al menos intuición de una lacónica certeza: La realidad es limitada, el hombre es previsible, y las combinaciones entre una y otro han sido trajinadas de forma reiterada e implacable por todas las literaturas.

   Muchos escritores aceptan la monotonía de esas reglas del juego, que nunca han impedido la fortuna de un texto memorable; otros las trasgreden, casi siempre por el recurso de proponernos realidades alternativas o fantásticas, que no pocas veces adoptan el carácter de utopías o de espejos deformantes de esa insistente realidad que intentan eludir. Una poética no invalida la otra, ni puede recomendarse con mayor entusiasmo o convincentes argumentos: desde Aristóteles, sabemos que la única servidumbre que debe cumplir una historia es la verosimilitud; desde Platón, que la única exigencia de la verdad es la belleza.

   Una tercera parte de los fabuladores –desconocida entre los clásicos, pero ejercida con agradecible frecuencia en la literatura de los últimos dos siglos- opta por el camino del medio, que requiere un agudo entrenamiento intelectual, una cierta perfidia (en el sentido de infidelidad al origen que hay en toda conducta elaborada) y, desde luego, la pérdida de la inocencia (llámese ésta inspiración o, más cercana a nosotros, automatismo surrealista). El método consiste en fingir que se acepta la monotonía de lo real, hasta el punto de huir de todo prodigio excesivo o escenografía gótica, pero destilando al mismo tiempo cierto ingrediente ajeno a la receta, la mancha borrosa de alguien que no acaba de revelarse en la foto, la denuncia de los recovecos del tiempo, la acechanza de un objeto extraviado, el mínimo error de cálculo que no derrumba la casa, pero virtualmente puede hacerlo en el momento siguiente.

  La dificultad de la apuesta es grande, pero no lo es menos su eficacia cuando se acierta con el delicado equilibrio que debe organizarla. El deslizamiento de lo ominoso en lo cotidiano, el elemento que no encaja, la fractura que no llega a desgarramiento, requieren una maestría más intachable cuanto más invisible, un escepticismo distante que disimule entre los pliegues de lo intrascendente y hasta en ocasiones banal, un narrador que se adelgace hasta desaparecer en la tersura de la narración.

 


Literatura fantástica

   El término literatura fantástica alude a un género narrativo basado sobre todo en los elementos de fantasía, dentro del cual se pueden agrupar varios subgéneros, entre los que están la literatura de terror, ciencia ficción o la literatura gótica. El término es enormemente confuso debido a la divergencia de criterios respecto a su aplicación. Se conoce como literatura fantástica a cualquier relato en que participan fenómenos sobrenaturales y extraordinarios, como la magia o la intervención de criaturas inexistentes. Esta definición resulta ineficaz, debido a que los elementos sobrenaturales están presentes en todos los relatos mitológicos y religiosos y su presencia tiene un carácter muy distinto del que posee en la civilización actual.

   En la ya clásica Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan Todorov definió lo fantástico como un momento de duda de un personaje de ficción y del lector implícito de un texto, compartido empáticamente. Los límites de la ficción fantástica estarían marcados, entonces, por el amplio espacio de lo maravilloso, en donde se descarta el funcionamiento racional del mundo y lo "extraño" o el "fantástico explicado", en el que los elementos perturbadores son reducidos a meros eventos infrecuentes pero explicables. Contra la definición amplia de lo fantástico, esta definición presenta la debilidad de ser demasiado restrictiva. Se han propuesto diferentes reformulaciones teóricas que intentan rescatar el núcleo de esta definición con diversas salvedades.

   Otra definición posible con criterios históricos sostiene que la literatura fantástica se define en el seno de una cultura laica, que no atribuye un origen divino y por tanto sobrenatural a los fenómenos conocidos, sino que persigue una explicación racional y científica. En esta situación, el relato fantástico introduce un elemento sobrenatural, discordante con el orden natural, que produce inquietud en el lector. El elemento sobrenatural no sólo sorprende y atemoriza por ser desconocido, sino que abre una fisura en todo el sistema epistemológico de su mundo, susceptible de dar cabida a toda clase de sucesos insólitos y monstruosos.

   Por otro lado, la crítica literaria argentina Ana María Barrenechea sostiene que la literatura fantástica ofrece acontecimientos que van de lo cotidiano hasta lo anormal. Estos son presentados en forma problemática para los personajes, para el narrador y para el lector. También menciona la aparición de criaturas y elementos de fantasía y extraordinarios.

   En ocasiones, este género nos ofrece un relato basado en hechos insólitos que al analizarlos se escapan de la realidad, sin embargo, más adelante de la historia, dichos sucesos tienen una explicación lógica o científica, pero esto no siempre sucede y algunas veces el relato concluye sin salirse de la irracionalidad.

   La literatura fantástica, puede también presentarnos un objeto o personaje tomado de la realidad, realizando acciones que en un entorno real serían descabelladas o imposibles. 

Subdivisiones del género fantástico

   Para entender las variedades de los relatos de este género Tzvetan Todorov nos aporta que la Literatura Fantástica puede situarse en el límite de otros géneros, como pueden ser los siguientes:

-    Lo extraño puro, donde se relatan acontecimientos que pueden ser explicados por medio de las leyes de la razón y son, de una manera u otra, increíbles, extraordinarios, chocantes, singulares, inquietantes, insólitos y provocan en el lector real y en el personaje una reacción semejante a la inducida por el texto fantástico puro. La explicación racional no parte directamente del texto, sino que el lector real, por medio de indicios que este ofrece, la obtiene. La pura literatura de horror pertenece a este género y se relaciona con lo fantástico puro en el hecho de que posee descripciones que provocan horror, temor o terror. Ejemplo: Los diez negritos de Agatha Christie.

Diez negritos (en inglés: And Then There Were None),​ también conocida como Y no quedó ninguno (titulada originalmente como Ten Little Niggers y modificada posteriormente por las connotaciones peyorativas de la palabra nigger en lengua inglesa),​ es una novela policíaca de la escritora británica Agatha Christie, publicada originalmente en Reino Unido por Collins Crime Club el 6 de noviembre de 1939.​ El título, que hace referencia a una canción infantil,​ fue cambiado a And Then There Were None en la primera edición de Estados Unidos, y el título de la canción de la novela fue cambiado a Ten Little Indians (diez indiecitos).​

Diez negritos se fueron a cenar;

uno se asfixió y quedaron nueve.

Nueve negritos estuvieron despiertos hasta muy tarde;

uno se quedó dormido y entonces quedaron ocho.

Ocho negritos viajaron por Devon;

uno dijo que se quedaría allí y quedaron siete.

Siete negritos cortaron leña;

uno se cortó en dos y quedaron seis.

Seis negritos jugaron con una colmena;

una abeja picó a uno de ellos y quedaron cinco.

Cinco negritos estudiaron Derecho;

uno se hizo magistrado y quedaron cuatro.

Cuatro negritos fueron al mar;

un arenque rojo se tragó a uno y quedaron tres.

Tres negritos pasearon por el zoo;

un gran oso atacó a uno y quedaron dos.

Dos negritos se sentaron al sol;

uno de ellos se tostó y solo quedó uno.

Un negrito quedó solo;

se ahorcó y no quedó... ¡ninguno!

-    Lo fantástico extraño, donde los acontecimientos que, a lo largo del relato parecen sobrenaturales, reciben, finalmente, una explicación racional. La explicación parte del mismo texto y no de suposiciones deducidas por el lector a través de indicios. Ejemplo: Manuscrito encontrado en Zaragoza de Jan Potocki.

-    Lo fantástico maravilloso, que es la clase de relato que más se acerca a lo fantástico puro por el hecho de quedar inexplicado, no racionalizado, nos sugiere en efecto la existencia de lo sobrenatural; sin embargo, la presencia o ausencia de ciertos detalles permiten siempre tomar una decisión. El hecho fantástico tiene resolución por medio de otro hecho fantástico que en vez de resolver el misterio lo que hace es complicar más lo inexplicable. Ejemplo: La muerta enamorada de Théophile Gautier. 

-  Lo maravilloso puro, en este caso, los elementos sobrenaturales no provocan ninguna reacción particular en los personajes ni en el lector implícito, pero sí en el lector real. Lo característico de lo maravilloso no es una actitud hacia los acontecimientos relatados, sino la naturaleza misma de esos acontecimientos. Se acostumbra a relacionar el género de lo maravilloso con el cuento de hadas; en realidad, el cuento de hadas no es más que una de las variedades de lo maravilloso y los acontecimientos sobrenaturales no provocan en él sorpresa alguna. 

   Por su parte, Italo Calvino ha propuesto una subdivisión del género fantástico en fantástico visionario, con elementos sobrenaturales como fantasmas y monstruos (que incluye como subgéneros a la ciencia ficción, el terror, o la narrativa gótica) y el fantástico mental (o cotidiano), donde lo sobrenatural se realiza todo en la dimensión interior (cabe pensar, por ejemplo, en La vuelta de tuerca de Henry James, o a Marcovaldo del propio Calvino). 




Historia

   En sentido amplio puede hablarse de literatura fantástica o de fantasía desde los comienzos del hombre, en que se recitaban versos propiciatorios de carácter sagrado o épico, para pedir la benevolencia de los dioses o celebrar las gestas de los guerreros. En la literatura moderna se considera que comenzó con los cuentos de hadas y la fábula, géneros nacidos para aumentar la fantasía de los adultos más que la de los niños, aunque ahora se asocien más a la infancia.

   Las obras El castillo de Otranto, escrita por Horace Walpole en 1764, y El diablo enamorado, escrita por Jacques Cazotte en 1772, están consideradas como las primeras novelas fantásticas. Algunos autores románticos, como E.T.A. Hoffmann y Edgar Allan Poe, cultivaron el género, otorgándoles a sus relatos fantásticos un cariz de terror psicológico que habría de presagiar en cierto grado el descubrimiento del inconsciente (Freud se inspira en un relato de Hoffmann para su definición de lo siniestro) y la concepción contemporánea de la mente como creadora de realidad, dotándola de elementos fantásticos. Otros hitos en la historia de la literatura fantástica son Frankenstein o el moderno Prometeo (Mary Shelley, 1818), Drácula (Bram Stoker, 1897) o El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde (R. L. Stevenson, 1886)

   Durante la transición del siglo XIX al siglo XX, el paradigma epistemológico de Occidente sufre diversas sacudidas. Su inflexible orden racional se ve sacudido desde todos los campos del saber: las ciencias humanas (Marx), la filosofía (Nietzsche), la psicología (Freud) e incluso la física (Einstein). La revolución que supone la relativización de todo el conocimiento acumulado durante siglos es recogida desde el arte dinamitando todos los presupuestos históricos, incluido el propio concepto de realidad. De este modo, un suceso sobrenatural ya no puede amenazar un orden inconsistente. Los escritores reaccionan de dos maneras: regresando a la literatura mitológica (H.P. Lovecraft, Lord Dunsany) o introduciendo el fenómeno sobrenatural ya no como un inquietante misterio, sino como un elemento integrado con naturalidad en el mundo. Así, La Metamorfosis de Kafka empieza presentándonos a su protagonista como un insecto, sin que esto merezca ninguna explicación por parte del narrador ni haga tambalear la visión del mundo de ninguno de los personajes de la historia. Lo neofantástico se relaciona también con el llamado “realismo mágico”, que fue denominador común de muchos de los escritores del boom hispanoamericano, y que tiene sus principales referentes en Jorge Luis Borges (predecesor del boom hispanoamericano) con sus recopilaciones de cuentos conectados por temas comunes, como los sueños, los laberintos, la filosofía, las bibliotecas, los espejos, autores ficticios y mitología europea.​ Las obras de Borges han contribuido ampliamente a la literatura filosófica y al género fantástico, y marcan, según numerosos críticos, el comienzo del movimiento del realismo mágico en la literatura hispanoamericana del siglo XX​ y de Gabriel García Marquez con su novela "Cien años de soledad".

   Por su parte, la literatura maravillosa ha creado un público y un sector editorial especializado, gracias al gran éxito de (además del mencionado Lovecraft) Robert E. Howard, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis, J. K. Rowling, Ursula K. LeGuin, Terry Pratchett (quien aborda el género desde la posmoderna perspectiva de la parodia y la metaficción). Esta literatura se conoce igualmente bajo el nombre de literatura fantástica, si bien, como hemos explicado, esta definición es imprecisa. 


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