domingo, 8 de noviembre de 2020

DEL MOVIMIENTO A LA MOVIDA

 



   Ayer, por pura serendipia, como otras tantas veces en mis viajes a través del péndulo, o en mi transitar por la red internauta, en concreto en una de mis "inmersiones" en la "Deep Web", encontré un texto cuya lectura me pareció muy interesante. Fue escrito hace ocho años y trata con profundidad y de forma también amena y sagaz los cambios que se produjeron con el advenimiento de la democracia. Se centra en lo que supuso la Movida Madrileña en los cambios políticos y especialmente en la cultura de nuestro país. Muchos grupos musicales, y solistas, cantautores o no, aportaron frescura al panorama discográfico de los años anteriores, tan ñoño y "casado" con el régimen dictatorial franquista, que aun en sus últimos coletazos, censuraba cualquier pronunciamieto que no cumpliera a pie juntillas con las normas moralizantes del abyecto Movimiento. La canción protesta supuso un soplo de aire puro, con personajes tan importantes como JM Serrat, Paco Ibáñez, Lluis Llach, y tantos otros. Más tarde apareció mi también admirado J.Sabina, poeta irreverente y sublime que trajo de la mano a muchos grupos y solistas que, en distintas tierras de España, aportaron ritmos y letras, a veces intrascendestes, a veces profundas. De la “Movida Madrileña”, más que hablar de sus artistas, quiero referirme a un intelectual sin parangón en nuestra ya no tan joven democracia. Tuvo puestos de responsabilidad en la política de la época, llegó a ser alcalde de la capital madrileña, querido y admirado por todos, se autoproclamó como "padrino", en el buen sentido, de ese movimiento conocido como la MOVIDA. Su nombre, todos lo recordamos...Enrique Tierno Galván. Ojalá sus sucesores, en las distintas opciones políticas, hubieran heredado algo de su sabiduría, espíritu democrático, honradez y capacidad de comunicar. Fue una verdadera pena que, por su edad, no permaneciera mucho tiempo activo en la política, la parca le visitó demasiado pronto.

Tierno Galván: "El que no esté colocado, QUE SE COLOQUE"

Enrique Tierno Galván. La Movida Madrileña

Don Enrique Tierno Galván. Utopía y pragmatismo.

   También por azar he elegido el álbum de J.Sabina Mentiras piadosas, tantos años guardado en mi colección de CD’S, para escucharlo en el  coche durante un corto desplazamiento a la ciudad. Lo que yo llamo el azahar, que no es azar ni causalidad ha hecho que las dos primeras canciones del disco, Eclipse de mar y Pobre Cristina, me sirvan para ilustrar, musicalmente, esta entrada.

Eclipse de mar - Joaquín Sabina


   Los periódicos (las radios y las televisiones), de uno y otro lado nos mienten, salvo honrosas excepciones, y si no nos mienten, tergiversan la realidad con una visión tan parcial o partidista que parecen querer desconcertar o adoctrinar más que informar desde la independencia. El súmum de la parcialidad es OK Diario con E. Inda a la cabeza. También desde ES Radio, el ínclito F. Jiménez Losantos parece el altavoz y a la vez el ideólogo de S.Abascal y compañía, componentes de la directiva del fascista partido VOX, que intentan erigirse como los "salvadores de la Patria", como ya hizo hace 86 años el tío Paco, generalísimo de todos los ejércitos y caudillo de la causa, por la gracia de Dios. Realmente, los voxeros, dan un poco de pena tras el varapalo de la inútil moción de censura, en la que se han quedado solitos, "a mucha honra", dicen. 

   Ahora parecen al borde de la depresión mayor tras la derrota de su líder mundial que, quiera o no, tendrá que abandonar la Casa Blanca el 20 de enero de 2021, por mucho que patalee, como un discapacitado intelectual, o un niño enrabietado, patalee, decía, argumentando que ha habido fraude electoral en los comicios recientemente celebrados en USA.

    Menudo ridículo internacional está haciendo el mandatario del país más poderoso del planeta, el psicópata payaso-tonto, ¿Nadie le puede decir que hay que saber perder? ¡Qué peligroso puede resultar un tontimalo con poder!, sobre todo si tiene un botón rojo a su alcance. ¡Átenlo corto, please!, que ahora puede ser más peligroso que nunca.

(Petrus Rypff)


"POBRE CRISTINA" - Joaquín Sabina


¿No ven ustedes cierto paralelismo entre Crisitina, la viuda de JFK, emparentada después con el magnate armador griego Onassis, con la esposa de Donald el tramposo?


Melania Trump (nacida como Melanija Knavs, alemanizada como Melania Knauss, en Novo Mesto, antigua Yugoslavia —actual Eslovenia — 26 de abril de 1970)​ es una exmodelo de origen esloveno nacionalizada estadounidense y esposa de Donald Trump, 45º presidente de los Estados Unidos.

En 1998 Paolo Zampolli invitó a Knauss a una fiesta en Nueva York organizada por Donald Trump. Fue entonces cuando se conocieron.​ Su relación con el magnate estadounidense fue revelada en el reality show The Apprentice en 2004 y se casaron el 22 de enero de 2005. Fruto de este matrimonio nació su único hijo, Barron Trump (2006).

Al parecer, no consta de qué manera regularizaría su estatus migratorio en los EE.UU. En agosto de 2018, también sus padres recibieron la ciudadanía estadounidense. Durante la convención Nacional Republicana de 2016 Melania Trump protagonizó una polémica al pronunciar un discurso que su asistente había plagiado del pronunciado por Michelle Obama (primera dama de Estados Unidos en ese momento) en la convención demócrata de 2008.​


DEL MOVIMIENTO A LA MOVIDA

NONOVELA AZAROSA Y REFRACTARIA

Emilio Sola

Archivo de la frontera

(“Yo sé quién soy” – dijo don Quijote. Iluso.)


PRESENTACIÓN DE J.B.

   ¿Qué quiere decir Del Movimiento a la Movida? En realidad, nada o casi nada. Es una formulación retórica, puro sobrentendido. El Movimiento se refiere a la organización política pre-democrática durante la dictadura franquista en España (1939-1975); se decía Movimiento Nacional y era considerado como un partido único antes de la legalización de los partidos políticos en el periodo que se llamó Transición –sobrentendiendo que era una transición desde una dictadura político-militar de Franco hacia una monarquía parlamentaria de corte democrático. Un horror de palabras.

   El Movimiento Nacional desapareció con la legalización de los partidos políticos de Adolfo Suárez, su último secretario general, cuando era presidente del gobierno, ya con el rey J.C. Borbón como jefe de estado post-franquista.

   La Movida es el nombre que se da, en principio, a la eclosión, durante la llamada Transición, de la cultura popular en Madrid – en principio se difundió la expresión movida madrileña -, que transformó también las artes plásticas, la literatura y la música, así como a la ciudad misma y los usos y costumbres de sus nuevas gentes.

   Pero al margen de ese modelo expositivo plagado de sobreentendidos, despojando a Movimiento y a Movida de su mayúscula, de su historicidad misma, mantiene un sentido la expresión como posible descriptor de un fenómeno cultural global. De un movimiento pautado o dirigido o muy controlado, a una movida más incontrolada e incontrolable, más azarosa y libre, pluridireccional. Un fenómeno anómico, por ejemplo. El Cambio, otra palabra muy de época. Hay momentos en los que Uno siente que lo desborda su tiempo. Eso es: materialmente. Uno se siente desbordado por los hilos de la trama narrativa, por el orden mismo de los tiempos, los diferentes tiempos.

   Quisiera comenzar también con una constatación clara: estoy muy satisfecho de mi propia biografía. Es un dato objetivo: es así. El problema está en saber narrarla, en “historiarla”. Y a ser posible desde afuera, por alguien completamente ajeno. “Mi otro yo que tanto amé y me falta”.

   Para iniciar algo valioso –un texto de valía, aquí –, Uno debe reconocer o conocer sus propios límites. Los límites de un posible laberinto. Diagramación. Tesela a tesela de mosaico. Diagramar un orden de los tiempos. Una generación bellísima que alcanzó la plenitud en el desastre. Unos maestros verdaderos. Casi todos más jóvenes. Para mí. A ellos está dedicado este esfuerzo, y podría enumerarlos.

   Tal vez sea el desprestigio de unos argumentos de autoridad fuertes –

dogmatizadores o dogmáticos – el generador de un estado de carencia o hueco capaz de provocar la emergencia de puertas abiertas a la libertad. Así, genérico y ambiguo: libertad. La captación como falsedades interesadas de algunos de los principales argumentos fuertes de autoridad, puede producir una verdadera liberación intelectual –y sentimental, parejas para mayor impacto –, un verdadero revolcón total, hasta físico. Puro goce. Y todo ello, a la vez, con mucha mayor intensidad, en el momento en el que comienza a aparecer con claridad el lenguaje trucado: cuando hasta el lenguaje se podía captar que estaba o se mostraba equivocado.

   Es casi imposible estructurar una narración ordenada de los tiempos con tan continuas y radicales interferencias. Ante un lenguaje equivocado para describir la realidad y el mundo todo, el inicio mismo de la narración se hacía casi imposible. Era una de las entradas en el laberinto. Laberinto a recorrer para intentar diagramar modelos de proyectos y comportamientos. Diseños o designios. Modelos del pasado y su devenir. Modelos de narración.

   Pero un texto así no tiene salida. Se enrosca sobre sí mismo hasta no poder respirar siquiera, hasta la asfixia. Parece, incluso, llegar a una formulación irónica al contraponer movimiento – el Movimiento, con tanta resonancia fascista – a la movida, caricatura. Cuando la idea inicial parece seguir siendo operativa. Son un sinnúmero los ensayos de relatos de la transición –del cambio – en clave de “curas, políticos y militares”, por decirlo pronto y bien. En los que alguien o muchos pueden no reconocer ni reconocerse: “Yo no estoy ahí”. Relatos que son discursos, con frecuencia interesados, de los que desaparece el tiempo real, la realidad.

   Otro intento es preciso, pues. Para mí –siempre un raro o vago Yo presidiendo todo –, la transición del movimiento a la movida fue un espectáculo presenciado o vivido desde dos escenarios o lugares muy concretos: las aulas universitarias madrileñocomplutenses y un bar. Digo un bar y podría decir muchos bares o lugares de alterne – con muchas de las connotaciones erótico-festivas o vitales que encerró luego el que llamaron bar de alterne-, aunque predominantemente fue un bar en la calle madrileña de la Libertad, todo bien simbólico.

   En ambos escenarios –Universidad y Bares –, “curas, políticos y militares” estaban al menos aparentemente ausentes. Los curas, desde obispos a curas obreros, no andaban por allí. Los políticos eran aún prepolíticos oficiales, más militantes clandestinos que otra cosa, a veces manifestantes, aún en el armario, podía decirse, por mal vistos por el moribundo movimiento. Lo mismo pasaba con los militares, si no eran los reclutas o soldados –más bien poco militares ellos – o la pesadita policía, puro camuflaje, otra manera de estar en el armario a la espera de.

   Ya se puede precisar una jerga para entendernos: transición del movimiento / franquismo a la movida político – cultural desde las aulas y los bares, y con curas, políticos y militares entrando y saliendo de los armarios, tramando y destramando, sólo desde la sombra presentes en el tiempo cotidiano de aulas y bares, verdadero escenario de la vida o qué. Ahí quisiera llegar.

   Habría que poner algo de orden en este magma o caos. Comencemos por las aulas de la Universidad. Advirtiendo que me aproximo a ellas con un punto de vista que sólo a posteriori fui capaz de captar como absolutamente naíf.

   Para comenzar a poner orden, lo primero que hay que hacer es presentar al narrador mismo de ese ensayo de poner en orden los tiempos –los muy diferentes tiempos, pues ya se sabe que no son los tiempos unos -, el narrador de una narración o relato Del Movimiento a la Movida. Un narrador que está en la Universidad –en este caso la Universidad Complutense y la Universidad Autónoma, dos universidades, las dos de Madrid – y que anda por los bares, en este caso los bares de Madrid y, en concreto, la Vaquería de la Calle de la Libertad.

   Ese autor o narrador –punto de vista, Rico -, no puede ser otro que J.B.

   Comencemos, pues, por intentar explicar el nombre mismo de este autor J.B., el emblema o hasta paradigma narrativo que se puede pensar que encierra. Un amigo mío dijo: “Eso es el nombre de un güisqui”. Así, como suena, la marca de un güisqui – whisky, para abreviar – que parece un nombre normal, como seudónimo, para un frecuentador de bares. Pudiera ser coherente o verosímil como alias, y, por lo tanto, válido para apuntar posibilidades y probabilidades, con lo que se puede integrar en la dimensión simbólica de ese nombre adoptado –todos los nombres, a la larga, lo son:

adoptados -, pero no lo explica por sí mismo en absoluto. Sólo uno de sus perfiles, el alcohólico, normal en un habitual de los bares, y más en la Madrid o España de esa “transición” que se pretende evocar.

   Es el caso que J.B. es la abreviación de un nombre más largo, y abreviatura compleja por muchas razones que por ahora no conviene explicar para no liar más la maraña del laberinto. El nombre completo del autor o personaje de la narración, J.B., es Boris Juan Bravo Gudunov, un nombre largo, como era muy habitual en esos años. Durante mucho tiempo, para abreviar, había usado sólo la parte central del nombre, Juan Bravo, y de ahí vienen las siglas J.B. con las que le designaremos aquí o él mismo se designará. “¿Y qué tiene que ver el nombre con aquel comunero de principios del XVI que se rebeló contra su rey Carlos V?”, me insiste el amigo, que parece que se quiere ensañar con un nombre que, como casi todos los nombres, es azaroso, aunque siga unas reglas establecidas. “Pues tiene tanto que ver, amigo, como con el J.B. como marca de whisky. Otro de sus perfiles simbólicos, y nada más”.

   J.B. también había comenzado a usar las otras partes de su nombre como seudónimo, en ocasiones Boris y en ocasiones Gudunov, y aquí el amigo –astur-moldavo por más señas, existe gente así – también vio la necesidad de buscar valores simbólicos, y le recordó que en la cultura rusa ese nombre también tenía connotaciones específicas, pues el tal Gudunov había sido zar impostor de principios del XVII, de final trágico y causante a su vez de tragedias y desgracias. Pero J.B., ya, cortó por lo sano. “Sincretismos azarosos, querido”. Y ya no se habló más de ello.

   El protagonista y narrador de la transición Del Movimiento a la Movida será, por lo tanto, J.B., un joven veinteañero profesor no numerario, como se decía –PNN, por eso de las siglas – de la Universidad de Madrid. Un profesor de historia, por más señas, joven y entusiasta, que había llegado a la ciudad en 1968, como tantos otros jóvenes hispanos del momento, en confirmación de un viejo tópico histórico que hacía de Madrid capital de las Españas y centro de atracción –hoy habría que pensar más en términos de intersticio de nomadeo – que la convertían en la ciudad en la que sus vecinos eran en una gran mayoría “forasteros”.

   En el caso de J.B., procedía de una de las Españas más tradicional y rural, la llamada Asturias de Covadonga, vecina a la Asturias de Santillana y a las Asturias de Oviedo. La cuna de aquel Estado Cristiano medieval que en la España Nacional Católica Franquista era considerado esencia principal de las esencias nacionales que convertía a todos en una unidad de destino en lo universal, una especie de globalización particular en la jerga de entonces; algo místico. Esas maneras retóricas de decir que hoy pudieran hasta provocarnos la risa, pero que podían exasperar entonces por el contumaz bombardeo en todos los discursos oficiales del franquismo. Aquella realidad –era uno de los perfiles más vistosos de la realidad narrable – se manifestaba en un dicho asturiano, como emblema o lema, que J.B. conocía desde niño pequeño, guasón y con retranca como todo lo asturiano, que rezaba: “Asturias es España y lo demás tierra conquistada a los moros”. El colmo del mito cristiano-viejo, casi a lo vascón, sólo soportable racionalmente como humorada. Humorada guasona, campoamoriana, y hasta cruel o alvarezcasquera por usar un neologismo que sólo años atrás a cuando esto se escribe podría entenderse de alguna manera, siempre chusca.

   Derivaciones y laberintos que habrá que evitar, en lo sucesivo, si se quiere encarrilar este ensayo de relato ordenado.

   El desembarco de J.B. en la Complutense de Madrid en el curso 1968-1969, inicio de este ensayo de relato, vino precedido por un verdadero nomadeo por instituciones universitarias hispanas que lo llevaron de Asturias a Barcelona, Pamplona, Valladolid, Sevilla y, finalmente, Madrid. Un nomadeo que, por otra parte, había de seguir después –tras los hechos y devenires que se van a narrar aquí – y que habían de convertir a Madrid en uno de los intersticios de ese nomadeo que resulta ser la vida, en este caso de J.B.; eso sí, en su intersticio principal que había de convertirse a la larga –todo esto está escrito en Madrid – en lugar de apalanque final, como se llegó a decir.

   J.B. era, pues, un recién veinteañero norteño llegado a Madrid en el famoso 1968 con un bagaje cultural y vital aún cortito, pero de rara intensidad y –lo supo luego, ya se sabe que el hombre es el único viviente, por no decir animal, capaz de historiarse a sí mismo -, de alguna manera, arquetípico en la España nacional católica franquista que le tocó – siempre el azar llamando a las puertas de la vida – vivir. Ya se sabe, también, que vivir siempre es mortal, y que “sólo se vive una vez”, como nos recordó a todos el J.L. Gallero, buen amigo y colega –aunque mucho más joven, una eternidad completa – de J.B.

   En esos momentos –1968, recién veinteañero – J.B. era una especie de tábula rasa dispuesta a recibir la impronta de la gran ciudad del interior, semi-esteparia, emocionantísima y hasta alegre y divertida.

   Continuará este ensayo de “nonovela” con un

TRAMO I NARRATIVO:

¿Y DE DÓNDE VENÍA J.B.?: UNIVERSIDADES Y PRODIGIOS

   A J.B. le cuesta aún. Le cuesta el recuerdo. Sigue siendo doloroso para él recordar el tiempo de su primera juventud y debe hacerse fuerza para ello, debe violentarse. Se resiente aún de heridas antiguas y que fueron más profundas aun de lo imaginado, como supo a posteriori. Y al hacerse fuerza, vuelve a sentir cierto resquemor en esas mismas heridas restañadas, hasta en ocasiones perder la calma y sentir la necesidad de gritar “avisos”. Avisos para otros Navegantes y Nadadores, casi literatura sapiencial. Y eso –aunque sea así—no le gusta nada.

   Desequilibra su instinto de ecuanimidad. Aunque, el ser así, gane a la larga y así sea al final. La realidad… plenitud.

   J.B. llegó a Madrid en el otoño de 1968. Venía de Sevilla y tenía veintidós años. El curso anterior se lo había pasado en Sevilla, en el Archivo de Indias; el verano se lo había pasado en el Archivo de Simancas, en Valladolid, y tras un regreso breve a Sevilla para despedirse de los amigos de allí y cerrar algunos asuntos de investigación en el Archivo de Indias, venía a la capital con un compañero de aventuras sevillano de su misma edad, Pedro, recién huérfano y que pretendía dedicarse al negocio de los seguros como comercial, decía, que había iniciado con éxito en su ciudad de origen. J.B traía bajo el brazo la recién terminada licenciatura en letras y media tesis doctoral sobre el asunto más exótico que se le ocurrió, los españoles por Extremo Oriente en la época de Cervantes. Una genialidad o una equivocación, algo tan exótico y a contra-corriente.

   J.B. y su amigo sevillano Pedro navegaron y nadaron por la ciudad nueva de arriba abajo, de hotel en pensión y de pensión en hotel, hasta que se les terminó el dinero y recalaron en un piso de una parienta lejana de J.B., a quien pintaron la casa a cambio de alojamiento y buena acogida. Al mes, cada uno se había encontrado con sus enlaces profesionales, pusieron fin a su nomadeo urbano de conocimiento y de contactos, y se despidieron –el asturiano y el sevillano—para siempre. Terminaba la primera juventud para J.B. con esa despedida. Ahora había que ponerse a trabajar, a buscarse la vida. Lo normal.

   Y allí comenzaron a entrar en juego todos los posibles determinismos imaginables, por decirlo con una palabra o término sospechoso. Determinismo versus Azar.

   Para entender por qué J.B. entró en la Complutense de Madrid como profesor ayudante o profesor no numerario de Historia Moderna, nada más llegar a la ciudad, hay que remontarse a su primera juventud opusiana, el final de su niñez que, de alguna manera, pretendieron prolongar indefinidamente oscuros programadores que sólo años más tarde J.B. supo calcular cuán arraigados estaban en las estructuras político-económicas y culturales de aquel estado franquista nacional-católico con resabios nazi-fascistas en algunas de sus cotas más profundas y secretas.

   Sin quererlo, ha salido a superficie un tono narrativo o expositivo conspiratorio, algo paranoide, con lo que el método paranoico-crítico postdaliniano debe de ser recordado. En el final de un régimen político que había denunciado conspiraciones espléndidas desde el punto de vista literario como las del contubernio judeo-masónico o de los rojos y los comunistas, que ese mismo régimen desarrollara técnicas operativas totalitarias y conspirativo / proselitistas podía considerarse natural. Hasta el límite del mundo de Dalí, sin duda. Puro idealismo surrealista, como aquella misma unidad de destino en lo universal o poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, dos programas que podían justificarlo todo, legitimar o legalizar cualquier acción.



   Para cortar este nudo gordiano narrativo, hay que pasar de nuevo a la acción: ¿qué pasaba por la Complutense, a donde llegaba J.B. como PNN, nombre con el que se designaba a los profesores no numerarios o contratados? O, mejor, ¿cómo había llegado hasta allí y qué se le había perdido a él por allí?

   J.B. estaba en Madrid porque el catedrático de Historia Moderna, el Dr. Rod-sado –don Vicentón, le decían por su fantástica panza—, era el director de su tesis doctoral y lo había propuesto como profesor ayudante suyo, junto con otros jóvenes historiadores.

   Don Vicentón era un gran pope o patriarca, o capo o patrón, del área de Historia Moderna, catedrático desde muy joven, ya desde los años iniciales del franquismo, y además, era presidente de un banco oficial, el de Crédito Pesquero, que estaba al principio de la calle de Génova, casi en la plaza de Colón, en donde se reunía con su equipo de la Complutense en momentos especiales, como las reuniones de notas a fin de curso, por ejemplo. Estaba allí, pues, por don Vicentón Rod-sado.

   El misterio de los seudónimos, heterónimos, antónimos y los nombres amañados o cambiados, tan ligado al misterio de la literatura misma. ¿Por qué elige uno otro nombre diferente al suyo habitual para designarse? ¿Y por qué lo hace también para designar a otro al que quiere convocar a su relato porque es necesario para entender tanto el relato mismo como al personaje que lo narra o protagoniza? Es una cuestión importantísima y debería ser abordada con el rigor matemático de un Gödel inventándose un número Gödel clave en sus demostraciones, pero al que él mismo no denominó en absoluto así, por puro pudor intelectual según una de sus biógrafas de éxito, pero que los demás científicos sí que denominaron así, NG o Número Gödel. Un autor elige otro nombre diferente al suyo como personaje por la sencilla razón de que el personaje resultante de su narración no es en su totalidad –verdaderamente—él mismo, sino un constructo que puede adquirir alguno de sus perfiles, así en general, físicos o más íntimos. Y lo mismo sucede cuando elige un nombre para designar a alguien, pero sabe que lo que saldrá de su evocación no es una realidad absoluta incontrovertible o verdadera sino un fantasma más de los que fueron apareciendo y desapareciendo a lo largo de un devenir o deriva vital que también a él fue transformando hasta hacerlo irreconocible casi, y por ello necesitado también de variar el nombre que le designa para asumir el resultante de esa misma transformación. Cuestiones puramente formales, meta-reales, meta-paranoicas o paranoico-críticas. Sin más.

   En el corazón de la literatura y de la vida, si es que estas se pudieran desgajar de manera absoluta, que es posible que sí se pueda hacer o conseguir, al menos formalmente.

   J.B. designa en su narración –o ensayo narrativo—a la gente con la que coincidió, y se relacionó, con nombres formados con elementos de sus nombres reales porque responden únicamente a su propia percepción y sólo a ella; de la misma manera, sus posibles maledicencias no serán tales, ni objetivas, pues responden a la perspectiva cambiante que adopta su propia visión al paso del tiempo, pues ya se sabe que “no son los tiempos unos”. Y, por ello, J.B. mismo había tenido la necesidad de explicar su propio nombre como constructo ambiguo y formalmente –matemáticamente—correcto. Una delicia de juego, el juego literario. Aunque precise también de que se pongan las reglas encima de la mesa, para no hacer trampas y para que todo sea más claro, verosímil, si no verdadero.

   Don Vicentón Rod-sado tenía un colega historiador, don Florentino Per-biz –o Perdiz, para redondear el concepto-, que era igual de poderoso que él y en su misma área, pero en lo referente a la historia de América, y ambos manejaban con igual soltura y alegría la política cultural del franquismo, o una parte de ella, eso sí, ligada a la docencia y a la investigación universitarias, Grandes Captadoras de Rentas del Estado: la Universidad.

   Don Florentino, además, era una gran vedete franquista, y una vez que lo hicieron director general de Bellas Artes, o algo así, recibió a los periodistas en su despacho con una rosa roja sobre la mesa sin papeles como único material de decoración o de trabajo, de oficina. Un figura, charlatán y dicharachero con divertido acento sevillano, don Florentino Perdiz. Pero lo que convertía a aquellos dos amigos catedráticos en un tándem singular es que ambos eran opusianos solteros, su nombre técnico numerarios del opus dei.

  Casi medio siglo tardó J.B. en poder contarlo, en racionalizar –normalizar, formalizar—el tiempo de su primera juventud, y aún en su hoy activo de recuerdo sigue produciéndole íntimo rechazo la evocación de aquel tiempo. Le sigue pareciendo desmesurada la sensación de la máxima descortesía padecida, el engaño a los sentidos y al alma, así en general, para entenderse. Y es ese engaño esencial lo que considera pecado máximo y hondo de lo que llamamos franquismo, un mundo político sustentado por un entorno o corazón tan negro y secreto como él. Hasta el punto de que significa un simplismo naíf decir tan sólo que el lenguaje estaba equivocado. Aquello era mucho más que puro lenguaje, pues afectaba radicalmente a la realidad, a la vida. En su tiempo mismo, eterno e irrepetible, a niveles individuales.

   Don Vicentón había aceptado dirigir la tesis doctoral de J.B. en un curso de verano de la universidad de La Rábida, en Huelva, cerca de Moguer, a donde había asistido J.B. el verano de su fin de carrera, recién veinteañero. Dr. Rod-sado era el rector de esa universidad de verano, y a lo largo del mes largo que duraba aquello hacía pasar a un gran número de profesores, sobre todo americanistas, que impartían seminarios de tres días sobre algún asunto histórico – humanístico relacionado con su especialidad, de lo más estimulante para estudiantes de últimos cursos de su carrera y jóvenes licenciados.

   Pocos años después de la gran celebración nacional en España de los “25 años de paz” del franquismo, también la universidad de La Rábida celebraba sus 25 años de cursos y había alcanzado cierto clasicismo, con sus minis – torneos deportivos –como la competición que cerraba el curso, entre el batel rojo y el batel negro— o su excursión a Portugal, con el agasajo en Ayamonte de la cofradía de pescadores, sin duda agasajo dedicado a aquel rector que al mismo tiempo era director del banco de crédito pesquero, y viaje en el que el fiel jefe de mantenimiento y servicios de la universidad veraniega obtenía un beneficio extra anual al hacer transportar a cada cursillista un kilo de café portugués de contrabando en el equipaje a la vuelta de la excursión.



Lluis Llach - L'estaca 

   Cerca de Moguer, también era una tradición la presencia de la poesía, aquel año dos notables poetas, Rafael Montesinos y José Hierro; recién casado el primero, era una maravilla verle con su casi adolescente y bella esposa Marisa en aquellos cursos de hombres solos y estudiantes, exclusivamente masculino todo; José Hierro, irresistible en sus magníficas y elegantes borracheras, que sólo años después J.B. se sintió capaz de comprender en su hondura y que siempre recordó con particular emoción. “Estos son de los mejores poetas de España, ya veréis con el tiempo”, enfatizaba don Vicentón, entre risotada y risotada, durante una partida de dominó, juego clásico, con el ajedrez, en los descansos de la tarde. Un veterano americanista, el Dr. Modrón, le dijo un día a J.B., con el que jugaba de compañero en una partida, algo que le llenaría de satisfacción: “Tal vez no te recuerde ya por tus investigaciones, porque soy viejo, pero sí te recordaré como uno de los mejores compañeros de dominó”.

   También era un clásico de aquellos cursos la misa mañanera en la iglesia del monasterio de La Rábida, oficiada por alguno de los curas opusianos que andaban por allí, en la que el desfile en la comunión era un espectáculo, con lectura a las claras de cómo iba la salud espiritual de los jóvenes universitarios cursillistas, qué tal se estaba dando el proselitismo de los numerarios, los opusianos solteros.

   Una vez más se le viene encima el mundo al ensayador de una narración que se pretende de un J.B. omnisciente en un relato clásico al uso. Y una vez más se le revuelven las tripas al J.B. que quiere recordar. El malestar aún, después de tantos años transcurridos, hoy sabe que felizmente transcurridos. La necesidad de sosiego se va acentuando con los años para aquel que quiere seguir pensando, entreteniéndose con quehaceres estimulantes, confiando en que algo otro es posible, para aquel que quiere seguir intentando comprender el mundo, o la más simple e inconsciente alegría de vivir que contempla por todas partes sobreponiéndose al dolor de la tragedia cotidiana. El discurso personal –en palabras, real—que genera el discurso del tiempo, redundante y feroz. Siente J.B. que de nuevo ha de enfrentarse a las palabras.

   “Y eso de los numerarios, los opusianos solteros, ¿de qué va, tío?”, se molesta el Otro, ese amigo o interlocutor medio exótico, casi como el astur – moldavo, que no para de interferir en los momentos de bajón. La personificación de los ángeles invisibles de la creación –literaria en este caso—en una voz.

    Lo de numerario es un término muy usual en el mundo de la Administración del Estado, o en el mundo de la administración sin más, al margen del sentido que tiene como dinero contante y sonante, en efectivo, operativo. Hasta el extremo que se desee: una constante en una estructura. Un número, eso sí, fijo o estable.

   Un numerario en la Universidad era un profesor fijo o estable, funcionario. Por eso los jóvenes adscritos o contratados eran no numerarios, profesores PNN, uno de los gremios universitarios más activos por entonces, en el final del franquismo. Pero en el argot opusiano, eran los miembros de la organización que no se casaban, los solteros. Con ese retintín final también, como los profesores, de fijos.  

   Una vez uno entraba de numerario, de fijo, después de realizar unas ceremonias con fórmulas retóricas de una fuerza expresiva rotunda y contundente, con la fuerza de los formulismos latinos católicos clásicos del siglo de oro hispano, era un verdadero lío dejarlo, salirse de la organización, liberarse de nuevo, volver al mundo, que dijera J.A. Gonzáles Sáenz evocando encerronas arquetípicas de aquel tiempo de rupturas totalitarias. El estallido. El estallido de la bomba como el estallido del alma.

   Pero hay que seguir con el juego de las palabras. Lo de opusiano es sólo para evitar el nombre latino de la organización, pretencioso y totalizador como el círculo de oro con la cruz inscrita –a dos quintos del eje vertical el brazo de la cruz—de su logotipo, para entendernos; y para evitar su nombre, precisamente, porque J.B. recordaba con rara intensidad la insistencia en que se evitasen denominaciones que pudieran hacer recordar a las órdenes religiosas tradicionales católicas, como dominicos, franciscanos o jesuitas, por ejemplo.

   Exactamente, la insistencia en camuflar lo que la organización era en la realidad, una de las obsesiones dominantes de los directores cuyo límite extremo era el secreto, la encriptación. Como un tumor.

   El secreto y el camuflaje, la información controlada y manejada con oportunidad y cálculo. Opusianos, como dominicos, franciscanos o jesuitas, las organizaciones –reglas, órdenes, normas—católicas de los siglos de oro variopintos del Antiguo Régimen, que decían los historiadores, cuya trama básica organizativa era la exigencia a sus socios o miembros de pobreza, castidad y obediencia en sus límites absolutos. Esos eran, pues, los opusianos solteros, los numerarios propiamente dichos entre ellos. Hubiera servido a este propósito tanto opusino como opusiano, pero a J.B. ese malestar que pervivía al recordar – ese revolverse de tripas, desazón, resquemor que no quisiera ver convertido en rencor—le hace preferir opusiano; le parece más cacofónico, casi obsceno. El tumor maligno que se camufla en el alma y se disfraza de ángel de luz. El engaño y el secreto.

   Aquel verano del curso de La Rábida de J.B. apareció también por allí don Florentino Perdiz, y el Dr. Rod-sado le sugirió a J.B. que hablase con él para ver si aceptaba dirigirle sus investigaciones doctorales sobre los españoles en Extremo Oriente, ya que era asunto más próximo a su especialidad sobre los descubrimientos geográficos. J.B. lo intentó una tarde, pero sin éxito. El Dr. Perdiz fue contundente y de una franqueza tal que para J.B. aquella anécdota o entrevista supuso su primera gran lección moral de adulto. ¿Vas a seguir en la Obra? –la Obra era la traducción de Opus y denominación coloquial de la organización entre los socios -, le preguntó de entrada, pues ya estaría informado con antelación por el Dr. Rod-sado. “¿Tienes un padre rico? Ante la respuesta negativa de J.B. a las dos preguntas, concluyó: “Pues dedícate a la enseñanza media”. Y no hubo más. No quiso hacerse cargo de él para el doctorado. Finalmente, don Vicentón aceptó figurar como director de la tesis, y de ahí la llegada de J.B. a Madrid para terminar sus investigaciones en la Biblioteca Nacional, la Real Academia de la Historia y la Biblioteca del Palacio Real, en donde había material que le interesaba consultar, y su entrada en la Complutense como ayudante del director de su tesis, el Dr. Rod-sado. Suerte y Favor, Ocasión y Necesidad, aún ausente el cálculo en un J.B. demasiado joven y naíf, ingenuo y que iba por entonces ya de algo poeta. Debía de resultar enternecedor, y así se lo comentaron años después algunos compañeros de aquella aventura universitaria que comenzaba para un recién veinteañero a finales de los años sesenta de un siglo XX, felizmente, ya transcurrido o pasado.

  Sin darse apenas cuenta, J.B. había entrado –y salido, pero aquello imprimía carácter como el sacramento clásico católico—en uno de los más íntimos y exclusivos reductos del régimen o sistema nacional – católico franquista – esfuerzos conceptuosos para entendernos –, y aquel tándem opusiano soltero de la universidad de verano de La Rábida era uno de sus corazones o motores.

   La mayoría de los que estaban allí –si no todos—habían sido seleccionados en las tertulias mismas de las residencias de los jóvenes opusianos solteros, entre los compañeros más brillantes de sus cursos y con posibilidad de atracción a la organización, con fines primordialmente proselitistas. No era una fabulación o una posibilidad: era así. J.B. mismo estaba allí por eso, en plena obsesión de huida lejos, lo más lejos posible, decidido por completo a escapar de aquel sistema cerrado y opresivo –en su caso un colegio con nombre de monte navarro, Aralar -, al que se había visto ligado hasta por un testamento en el que legaba todos sus bienes posibles a la organización. Un tormento de magia negra en toda regla. Y redes. Redes de influencia y de favor, anudadas –“atadas y bien atadas”—por vínculos secretos. De nuevo el tono sospechoso del contubernio judeo – masónico y de rojos y comunistas, pero al revés, como una adecuada respuesta a él. El secreto y la información. Una vez más. Y la fabulación más desvergonzada y totalitaria, tal mitología antigua maquiavélicamente remozada.

   J.B. se forzó a recordar –se juró que por última vez—su iniciación infantil en aquella organización católica clásica, con todo el aparataje retórico – coactivo católico – latino de los siglos de oro del Antiguo Régimen, que dicen los historiadores, hoy en la linde más reconocible de los derechos humanos más elementales, y hasta en la linde de la corrupción de menores y de la libertad de conciencia, los límites de la secta.

   Es justamente esa expresión, “libertad de conciencia”, la que utiliza un agudo observador e informador veneciano en Nápoles –un auténtico espía—, Giancarlo Scaramelli, al referirse a la trágica Conjura de Campanela en Calabria, cuando ajusticiaron a casi una docena de chavales calabreses, algunos ni siquiera, o apenas, veinteañeros, por una conjura tal vez inventada por una panda de jóvenes frailes espiritados que anunciaban “mutaciones de estados” con el cambio de siglo –era del año 1599 al 1600—, y se habían concertado como respaldo con la armada de corsarios turcos y berberiscos, muchos de ellos también calabreses, para rebelarse contra el Rey de España. Era una auténtica movida juvenil de frailes educados desde niños –en las biografías que se apuntan en el proceso parece que la mayoría entraba en el convento entre los trece y los quince años— y chavales perseguidos por la justicia virreinal y echados al monte, de alguna manera, forajidos o bandidos que habían transgredido algún bando virreinal, sobre todo las prohibiciones de escopetas y arcabuces, armas que hacían furor en aquella sociedad fronteriza y violenta.




   A J.B. la historia de aquellos calabreses sometidos desde la infancia a una regla religiosa absoluta, con sus furibundos anatemas y castigos –entraban y salían de la cárcel con la misma normalidad que sus coetáneos civiles o laicos—, le había impresionado sobremanera y se había visto a si mismo reflejado en ellos, determinados o condenados a una regla desde el final de la infancia que era imposible que pudieran discernir, algo así como el más impío de los engaños. Y se identificaba con ellos sobre todo en su intento de ruptura exasperada, visceral, extrema, que llevaba a formulaciones blasfemas y obscenas al mismo tiempo que profundamente heterodoxas, como la afirmación de que Dios no era más que el nombre que los hombres habían dado a la Naturaleza, o que la fornicación simple no podía ser pecado por ser una acción natural humana. Herejía y subversión, que dijera un ilustre antropólogo y sociólogo de la cultura. La quiebra absoluta de la autoridad de una orden o norma absoluta, generadora de necesidad de ruptura absoluta. Un clásico hispano de aquellos tiempos, el padre Jerónimo Gracián de la Madre de Dios, que fue confesor de la santa Teresa de Ávila, en un espléndido discurso barroco –Diez lamentaciones del miserable estado de los Ateístas de nuestro tiempo (Bruselas, 1611) — lo decía con precisión de teólogo católico experimentado: “No hay duda, sino que la deshonestidad es madre de la herejía; y cuando llega a lo sumo, se vuelve Ateísmo. Porque si queremos contar las principales herejías que ha habido en el mundo, quasi todas han nacido del vino y Venus”.    Fronteras de la percepción, la normalidad. J.B. se esforzó por recordar, esa sensación de anomalía enfermiza. Un esfuerzo más.

   Cuando J.B. leyó su tesis doctoral sobre el Oriente Lejano, don Vicentón le felicitó y le dijo que hacía el número treinta y dos –o treinta y cinco—de sus discípulos de doctorado; pero que lo más importante venía a continuación, y ya dieciocho de ellos eran catedráticos de la universidad española. Como PNN ayudante y doctor en historia, su carrera había comenzado. Pero ya para entonces J.B. había diversificado mucho sus puntos de vista e intereses y sabía que aquella realidad era mucho más compleja de lo que había imaginado: tal vez su sitio no estaba allí, por la sencilla razón de que aquello lo sobrepasaba y llegaba a repelerle. Se dio cuenta de ello durante el largo proceso burocrático – ché que le demoró la lectura de la tesis más de un año, y durante el cual pudo captar algo de lo que suponía don Vicentón Rod-sado en aquella realidad universitaria del final del franquismo. Un gran patrón, que hacía y deshacía a placer en su espacio o área académicos. Luego se enteró de que era el causante de que uno de los más destacados historiadores modernistas, el doctor andaluz D. Ortiz, no se hubiera podido integrar en la universidad hispana y llegara a la jubilación como catedrático de enseñanza media, a pesar de su reconocimiento absoluto en el hispanismo y el modernismo internacionales, por decirlo pronto y claro.

   Más tremenda es otra anécdota del don Vicentón, al final de una oposición –que se decía, el paso ante una comisión de profesores para acceder a un puesto de profesor –, cuando consolaba a un joven concursante u opositor opusiano que no había obtenido la plaza. Le decía: “No te preocupes, la próxima plaza te toca a ti”. Otro joven opositor, que luego había de ser tan notable como D. Ortiz, en el mundo de la historia económica moderna, los oyó casualmente y le preguntó ingenuamente a don Vicentón: “¿Y a mí, cuándo me tocará?”. El Dr. Rod-sado se volvió con gesto brusco, le miró un segundo, y añadió: “A usted, ¡nunca!”. Don Felipe, como se le conoció luego a aquel entonces joven opositor, no logró entrar en la universidad hispana nunca por el área de Moderna, feudo de don Vicentón, y hubo de hacerlo a través de la historia económica de las facultades de Ciencias Económicas y no de las de Historia. Mínimas anécdotas de Naderías y olvido.

   A la larga, manda la vida y el coraje: uno ha de ganar su vida a nado. Durante el proceso burocrático previo a la lectura de la tesis doctoral, J.B. había incluido al profesor Montero Díaz entre los propuestos para el tribunal que había de valorarla, porque se había mostrado interesado por su investigación durante un curso en el que J.B. le presentó un trabajo sobre las cartas de Toyotomi Hideyoshi y de Tokugawa Ieyasu pidiendo a los hispanos de Filipinas técnicos y asesores navales y mineros, así como comerciantes, al mismo tiempo que pedían también que no mandaran más frailes predicadores, pues ya tenían suficientes dioses con los camis sintoístas y los fotoques budistas. Al Dr. Montero Díaz le había encantado el trabajo y había ofrecido, incluso, a J.B. trabajar con él en una asignatura sobre historia de las religiones que tenía en mente. Tal vez por ello, J.B. había incluido su nombre en la propuesta del tribunal y el Dr. Rod-sado – su ocupación múltiple hacía que delegara casi todo lo académico en sus ayudantes, J.B., Dr. Ruijón y Dr. Alcano— no se dio cuenta de ello hasta que no salió el tribunal o comisión nombrados. No le gustó nada: el Dr. Montero Díaz resultaba, por antigüedad, presidente de la comisión calificadora de la tesis, y en dos ocasiones que pretendió reunir el tribunal el Dr. Rod-sado, con alguna disculpa de última hora, conseguía que no se celebrase, pues su asistencia era obligatoria como director de la investigación. El Dr. Montero Díaz se enfadó, suspendió una tercera convocatoria él mismo con la disculpa de una intoxicación de gambas –J.B. ya estaba harto de cortarse el pelo para ir más pulcro y formal al acto—, y renunció a continuación a formar parte del tribunal. Hubo que gestionar el nombramiento de otro tribunal a gusto del Dr. Rod-sado y, por fin, en mayo –J.B. no se cortó el pelo para la ocasión esta vez, estaba convencido de que esta vez tampoco tendría lugar—pudo celebrar la defensa de la tesis doctoral J.B. para convertirse él también en Dr. J.B., más de un año después de lo previsto. No había avisado a nadie, estaba él sólo y desgreñado frente al tribunal, pero estaba encantado y todo salió muy bien. Y ese verano mismo se fue a Ibiza.

   Volviendo sobre ello después, años después, cuando la perspectiva le dio más ricos recursos de análisis, J.B. gustó de ensayar agrupaciones simbólico-temporales para aclararse un poco –y con la vaga esperanza de toparse con secuencias temporales guía—, y encontró en ese mayo de la lectura de su tesis un decenio cumplido de formación acelerada, con nuevo despertar. Aniversario peculiar. De los 15 a los 25 años –atrás para siempre la niñez, adolescencia y primera juventud, recuerdo liminar—, con una cesura central traumática y hermosa por el rencuentro con la libertad y el mundo ancho y fascinante, a la vez mundo propio y ajeno, que le brindaba a manos llenas una información fundamental que hasta entonces se le había ocultado o camuflado. A niveles personales, el gran pecado –la impiedad—era el engaño, la falsificación de la verdad, el amañamiento del lenguaje con técnicas de sistemas paranoicos, de enquistamiento, cerrazón y secreto. Y, además –puro mundo financiero en lo hondo –, interesado e insaciable. Una organización o un sistema que pretende absorberte de manera absoluta, desde el interior de tu ser erótico al exterior de tus posibles propiedades materiales, con formulismos retóricos terribles – juramentos y testamentos—, y desde la infancia o primera adolescencia y juventud.

   Una tragedia para muchos numerarios solteros opusianos, que convertía su difícil liberación de la norma en estallido.

   Una parte nada desdeñable del poder de don Vicentón procedía de esa organización de vínculos profundos –religiosos, sectarios—que pretendía poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas, como un fin de bondad absoluta y para cuya consecución todo puede valer: el sin-límite y la insaciabilidad sin más. De ahí a la santificación o canonización de la intransigencia, la coacción y la desvergüenza no hay más que un paso, que también fue dado por el fundador de la organización en su catecismo o prontuario para meditar y sacar de él ideas y pautas de comportamiento y acción, al que tituló como los antiguos taoístas chinos titularon su libro sapiencial clásico, el Tao o Camino. A J.B. siempre se le antojó –y más mirado el tiempo histórico de su redacción y gran difusión –, desde su propio ser paranoico – crítico adulto y desengañado, un programa nazi – católico en el límite posible de su desarrollo, nada extraño luego en la España nacional – católica o fascista, esa horrible manera de decir para referirse a un pasado ominoso. Puro lenguaje panfletario, extremo, casi obligado para describir una realidad también extrema. Y que perdura.

   Mas todo aquello había sido formulado desde una postura de poder; de poder de perfil absoluto – el del Antiguo Régimen clásico, el eclesiástico o predemocrático en general, si no antidemocrático, como tenía que ser el poder así concebido y ejercido – ese poder que tiene carta blanca para anudarte los cojones del alma con toda desfachatez, por supuesto que, sin remordimiento, con insolencia. Y sólo con el poder – desde el poder – era posible su realización plena, o su realización, sin más.

   J.B. se forzó a recordar—se juró que, por última vez, no quería malgastar más tiempo—su iniciación infantil en aquella organización católica clásica pero aún más oscura y sibilina que la otra organización católica clásica que le había tocado en suerte, la de los dominicos, desde más niño aún, desde el inicio de la enseñanza media, en su caso con entre doce y trece años. Esfuerzos de parto para el recuerdo. A veces, también dolores. Narrarse para comprenderse, narrarlo para comprenderlo. Pudiera ser lo mismo. Se juró que por última vez. Pero hay que ir a ello.

   El internado en un colegio de frailes dominicos en las Asturias de Vetusta supuso un cataclismo para aquel niño de las Asturias de Covadonga, tímido, obediente y disciplinado, de pueblo, más rural que urbano; que había vivido, hasta los diez años, en un mundo de calendario campesino, de invierno de ganado estabulado, lluvia y almadreñas, veranos de siega y baños en el río, y otoños de esbillas de maíz y magustadas de castañas. En el primer trimestre adelgazó diez kilos –la tensión de un internado o cárcel bastante triste—y hubieron de confiarlo a parientes de la ciudad que lo cuidaran para que siguiera sus estudios como alumno externo de los dominicos de Vetusta. Allí lo alcanzaron las redes de los opusianos solteros de la casa que tenían en la avenida de Galicia, residencia de estudiantes y profesores, sobre todo catalanes, a través de sus últimos enlaces, sus propios compañeros de clase en el colegio, alumnos externos como él.

    El proselitismo más horizontal, en la base de la pirámide, la cantera del bachillerato y la obra de san Rafael arcángel, en el argot opusiano, en pleno paso de Ecuador –sabido a posteriori—del franquismo.

   No pretendía adentrarse tanto en el hondón –iba a decir “del mal”, pero le pareció improcedente, aunque tal vez no lo sea—, además de que eso de los internados ya era un clásico del género, desde Joyce a Salinger, pasando por el joven Torlech o por Pérez de Ayala. Por otra parte, aquellas eran evocaciones que podían entenderse mejor en el marco de un internado de dominicos, un juego de niños al compararlo con los internados opusianos que se le avecinaban al pobre o desafortunado J.B. De ahí su resistencia a recordar. Su mal trance y los parones. ¡Hace falta valor!, como gritaban los mejores rockeros de la llamada movida madrileña. Eso es.

   Visto en perspectiva, aquella presión proselitista opusiana necesitaba un esfuerzo narrativo muy premeditado de toma del poder –diría un politólogo extremo—en un futuro post-franquista que aún se pensaba lograr controlar, en el marco del programa de “poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas”, y que se puede considerar exitoso en esos momentos en la España de Franco con ministros y altos cargos gubernamentales de la organización, y financieros, y hasta una universidad privada de nueva creación en Pamplona, único caso en España entonces en su perfil, hacia la que canalizaron gente y recursos. Los historiadores andan abordándolo desde sus alturas analíticas, más o menos estructuradas y globales, pero algo lejos de su percepción desde la base social del momento. Se podría decir, pues, que aquel maridaje especial opusiano-franquista generaba aquella euforia proselitista que a J.B. le tocó sufrir –raro determinismo—, con el límite extremo de la arrogancia, “la santa desvergüenza”.

   Nuevamente se envenena el tono, y no quisiera J.B. que eso sucediera. J.B. odia el rencor. No conserva ninguna amistad o trato con nadie de entonces de dentro de la organización, y sufre con la vaga sensación de amputación de su tiempo de final de la infancia, adolescencia y primera juventud, amputación, pérdida, distracción o robo sin más. Podría hablar del secreto, la manipulación o el engaño u otros tremendismos, así como del deseo o necesidad de olvido para seguir adelante con claves diferentes, y eso le preocupó en un momento; de ahí, tal vez, este ejercicio de memoria extremo. Fue una relación equivocada –amor / desamor—que hoy intenta cerrar, dejando un bosquejo para una posible narración ajena que un día pueda surgir, aviso para después, avisos para un nuevo historiador, o para un nuevo “discurso” posible sobre una realidad. También, o sobre todo, histórica también. Aviso para navegantes o para nadadores.

   La residencia opusiana de la avenida de Galicia de Vetusta era una amplia casa de tres puertas –una para los jóvenes, otra para los mayores, y una tercera para las mujeres y el servicio—, con un oratorio que podía compartirse y una sala de estudio para los jóvenes, la disculpa inmediata para el proselitismo con los chavales, el “vamos a estudiar juntos” de sus compañeros. Al frente de ella, con un joven cura pelirrojo y pecoso, el Núñez, estaba un sevillano treintañero por entonces, don José Luis –el Murgas, para entendernos aquí— colaborador con el fundador de la organización en el montaje de la universidad de Pamplona y que daba clase en la universidad de Vetusta de materias histórico-jurídicas.

   Él fue quien enseñó al escasamente quinceañero J.B. a ponerse cilicios en los muslos y darse de latigazos, de vez en cuando, en sus propias nalgas para que no se le rebelase el cuerpo contra aquella obsesión de la santa pureza, que decían.

   Todo entre bromas cariñosas y que hoy le parecían casi repugnantes. “Amebito, amebito –usado como apelativo cariñoso--: las amebas emiten seudópodos y se reproducen por fagocitosis” –podía bromear un día con él para animarle al proselitismo, a la atracción de sus compañeros de clase a la residencia opusiana, al señuelo de la sala de estudio, los cuentos de Tintín o las excursiones a esquiar en invierno, o al campo, a la playa en verano o al monte en otras temporadas.

   Eso sí, compañeros de buenas notas y presencia –no servían los que tuvieran alguna tara física, supo luego—, de buenas costumbres, a ser posible hijos de padres jóvenes y bien casados, a ser posible de buenas familias. Por los resultados, en fin, esto último se mostraba como principal. Todo graduado por fases, la presión proselitista era máxima y llegaba a crear ansiedad: el año de J.B. pidieron su ingreso en la organización –pitar se le decía a ello, en el argot interno en clave— como una docena de quinceañeros, y la euforia era total.

   En el equipo del Murgas, los que vivían en la residencia, numerarios solteros, había media docena de jóvenes veinteañeros, casi todos catalanes –el Colomer, el Clavell, el Guitar, el Msesa, así de pronto, de memoria—, todos universitarios y activos; como la mayoría de los que pitaron ese año, muchos de ellos se fueron de la organización después, según tuvo luego noticias J.B. de aquí y de allá.

   Nunca J.B. los volvió a ver desde entonces –el Pep Virgili, el Toñín Reina, el Alfredo Valdés, el Antonio Fernández y tantos más—, a pesar del cariño que entonces se profesaban, como si fueran de la misma panda. Y ese es el signo mayor de la gran mentira que fue todo aquello, entre ellos un guiño cómplice secreto de su pertenencia a la organización soltera.

   Últimamente le llegaron a J.B. noticias de Brasil de exmiembros de la organización opusiana que se han dedicado a publicar por escrito sus experiencias, sin duda que como terapia para su desprogramación más íntima.

   No estaría nada mal una reunión internacional –un congreso, tan de moda siempre—de exnumerarios solteros para intercambiar recuerdos y experiencias, siempre que se hiciera dentro de unas condiciones muy concretas para el discurso: con sentido del humor obligado u obligatorio, una de las condiciones indispensables para la necesaria relativización del asunto, si no tan tétrico él, en la linde –nunca se cansó de repetirlo J.B. como una de las certezas más firmes— de la corrupción de menores y de la transgresión de los más elementales derechos humanos. Porque –ya se sabe—el fin no justifica los medios, ni siquiera con ese salto a la trascendencia cristológica o cristo-ché. Que no.

La construcción del yo. Las condiciones necesarias para la construcción del yo.

Retórica de las justificaciones. J.B. recordó el caso del niño superdotado que era el calabrés hoy conocido como Tomás Campanela, cuando fue captado por los dominicos del convento de Nicastro para ser fraile y se vio enredado en la retórica y la norma de aquella organización no más rigorista que la opusiana. Su padre, el zapatero analfabeto Jerónimo Campanela, se enfadó con la decisión de su hijo, en quien tenía puestas muchas esperanzas por su inteligencia viva, pero que lo quería más bien como jurista en Nápoles, y fue un calvario el que hubo de pasar el joven rebelde y osado que era fray Tomás para poder expresarse – cárceles y tormentos—aunque sólo lo lograra parcialmente.

   Eran otros tiempos y otras circunstancias, sí, más extremas –o no tanto—, pero era la misma realidad liminar para un chaval en aquella realidad franquista-opusiana que le había tocado vivir –en toda la extensión de ese determinismo azaroso: la vida— a J.B. El paralelismo de los chinos. Esa experiencia del final de la infancia del J.B. se le apareció como muy similar –paralela—a aquella más lejana del Campanela. Del medio rural profundo asturiano oriental –tal el medio rural calabrés periférico del joven Campanela -, con un padre maestro rural de la República represaliado por el franquismo –algo más culto que el padre de Campanela, pero también de los sectores populares semirrurales— que deseaba verlo ingeniero o técnico superior desde que un profesor de matemáticas le alabó la facilidad del niño J.B. para esa materia científica; lo primero que hizo el joven bachiller, nada más ser captado para opusiano numerario soltero, fue pasarse a letras, después de duros debates familiares durante las primeras vacaciones de verano en su nueva condición, mucho más profunda de lo imaginado. Fue después de numerosas charlas con uno de los catalanes de la residencia opusiana, el Guitar, que le resaltó la importancia de la gente de letras, y sobre todo historiadores, para influir en la sociedad –para ser los señores de la narración—, una de las formas principales de proselitismo para ese poner a Cristo en la cumbre de las actividades humanas, el lema de la gran justificación; de la gran inversión, como se precisaría más tarde para J.B. Una fatalidad –la fatalidad— ese desfase entre el conocimiento y la vida.

   El curso previo a la universidad –el pre-universitario, como se decía, el preu—se lo dedicó especialmente al griego y al latín, para recuperar lo perdido en un bachillerato de ciencias, y mal que bien superó la prueba y pasó a estudiar primer curso de letras en la universidad de Barcelona, después de nuevos y duros enfrentamientos familiares, pues sus padres no entendían por qué había de irse de Vetusta. Ellos eran solamente la familia de sangre, como pasaba a ser denominada la familia carnal, la otra familia, la secundaria ya. Que debía limitarse a pagar y callar. Algo a lo que estaba muy acostumbrado su padre, supo luego J.B., en la dura postguerra franquista para evitar una condena a muerte. De alguna manera, otra humillación más en aquel régimen-trágala. Otro insulto personal, otra santa desvergüenza.

   Años después –y este ejercicio final de memoria no deja de ahondarse, destino de un texto orgánico en sí mismo, que crece y crece emitiendo seudópodos como las amebas de las bromas del Murgas—años después J.B. captó un extraño simbolismo en este nuevo despojamiento sufrido por su padre rebelde y silenciado, represaliado maestro nacional de la República que ahora veía el alejamiento de su hijo mayor como otra nueva imposición cruel, como aquel mítico impuesto de los muchachos que pagaban los súbditos del sultán otomano.

   A tu hijo nos lo llevamos con nosotros por su bien”, pudiera ser el argumento único o principal, aunque fuera formulado en términos mítico-ché: “porque Dios lo quiere para sí” o “para que siga su vocación de servir a Dios”, o algo similar, igual de sibilino y aleatorio en la España nacional católica en la que enraizaba aquella planta carnívora e insaciable opusiana. Que, para mayor ironía cruel, no llamaba a las cosas por su nombre sino todo lo contrario: usaba denominaciones que más que aclarar camuflaban la misma realidad que se imponía.

   El colegio mayor Monterols de Barcelona al que fue destinado J.B. –y nunca mejor expresión determinista / antideterminista, el destino—era exactamente lo que eran los conventos de novicios o seminarios católicos, a pesar de que su apariencia fuera la de un colegio mayor universitario más de los de entonces. En paralelo a las clases en la universidad, los allí residentes, todos jóvenes opusianos solteros, seguían cursos de filosofía y teología idénticos en su programa a los más tradicionales de las órdenes religiosas clásicas, entre ellas dominicos y jesuitas. Eran estrictos seguidores de una tradición muchas veces centenaria, la de la iglesia católica, maestra en ese asunto clave de organización de grupos e instituciones, aunque, eso sí, con técnicas de lo que hoy conocemos como el Antiguo Régimen, uña y carne con ella, el mismo cuerpo místico – mítico-ché- y esencialmente anti-democrático. Parece una tontería, pero lo que a J.B. le dolió más en aquella percepción primera del engaño era precisamente eso: que lo hubieran convertido en seminarista con disimulación, pues enseguida salió que el nombre completo de la organización opusiana era el de “sociedad sacerdotal de la santa cruz”, otra triquiñuela más de camuflaje para enredar a niños incautos en la percepción posterior de J.B. seminarista o novicio, que venía a ser lo mismo, una figura que le producía rechazo especial; rechazo sutilmente acentuado, y con matices  negativos, por el hecho de que en el proselitismo para captar nuevos socios se excluía taxativamente a exseminaristas y exnovicios de lo que fuera, a la competencia en definitiva, una manera de renegar del ser. Parece una estupidez, pero raramente armónica con el negar o disimular lo que en realidad se es, una norma de comportamiento seguida con espontaneidad en el disimulo de su nuevo ser numerario soltero.

   Es sorprendente, milagroso, maravillosa la capacidad de adaptación del cuerpo y de los sentimientos, el alma al fin, a las circunstancias. Es posible que seamos sólo eso en lo hondo, circunstancias, y a ellas habremos de adaptar los movimientos tanto físicos como anímicos, de supervivencia, hasta el extremo de crear y transformar hasta las mismas normas morales que se revitalizan y enriquecen en sus matices mismos hasta extremos verdaderamente creadores y transformadores. El arte de la mentira y su disimulación: he ahí el secreto. Se compra lo que se debe, aunque se deba lo que se compre, la lucidez del financiero, frase amada del fundador de la organización opusiana. Resabios entre burgueses y de la sociedad estamental, puro antiguo régimen, antes de que se utilizara, con cierta propiedad, la noción de democracia y democrático. Elitismo e inversión de valores. La gran inversión de los valores –también morales—frente por frente de la gran inversión de la palabra, eje interpretativo principal. Con un sometimiento absoluto del cuerpo y los sentimientos –el alma—por medio de redes de confidencias y confesiones que confluían –cual redes trinitarias—en un solo centro informativo y autoritario, más allá del bien y del mal y del secreto mismo de confesión, a lo que se denominaba libertad de los hijos de Dios, de los elegidos. Un cuerpo místico del que se desterraba lo sexual con saña, hasta el autocastigo juguetón de los pinchitos y los latiguillos de nudos, al tiempo que todo se erotizaba en arrebatos operativos y de acción invocando el amor de dios y de su santa madre virgen de las ilustraciones pasteleras y neo-renacentista italiano-ché.

   A niveles simbólicos y retóricos creo que a aquellos numerarios solteros les hubiera encantado vivir su poder en la Nápoles clásica de Carlos V y de Felipe II: hubiera sido su medio natural, incluso estético. Y en un sistema paranoico – cerrado, encriptado para los de fuera de la casa –, que podía permitirse hasta juegos proféticos con tal de que impulsaran el entusiasmo, la acción, la inscripción sobre la puerta del foso del castillo de Santelmo, en lo alto de la ciudad, el viejo decumano romano naciendo a sus pies, que invocaba a Carlos el Emperador y a su arquitecto o ingeniero de la fortaleza Escrivá, debía leerse como una premonición profética cuando menos.

   Una gran inversión de las palabras y de la narración misma, solo captable desde el salto fuera, a otro sistema, a otra narración o manera de narrar el mundo y la relación, las relaciones, sólo captable desde la conciencia del rechazo radical, desde la lucidez del renegado. La indecibilidad de algunas proposiciones y esa necesidad de reconstrucción ordenada.

   A la gran inversión –inmersión en un sistema paranoico, el de los de la casa— sólo se la podía neutralizar con la otra gran inversión –el salto al fuera de la casa, la huida del renegado— y esa nueva gran inversión necesaria para sobrevivir y salir adelante airoso, fue posible para J.B. con aquel viaje de celebración postdoctoral a Ibiza. De alguna manera, pudo seguir el relato allí donde lo había dejado. Y ese mismo verano se fue a Ibiza. Y es aquí donde da comienzo, de hecho, de donde arranca el relato fragmentado y reconstruido de J.B.: una nonovela azarosa.




II.

UNA NONOVELA AZAROSA

(Introducción de un segundo tramo narrativo)

   El Arranque, cualquier arranque, siempre es emocionante y misterioso. El fin de un antes y el inicio de una estupenda aventura nueva. Incluso en la vejez o en sus anticipaciones multiformes; tal vez más evidente entonces incluso.

   Bernhard, Kerouac, Camus. Tres sombras benéficas de los caminos del paraíso de las islas, en el que habitamos todos ya, una realidad. Kerouac arranca su mejor aviso con la evocación de la muerte de su padre, lo mismo que Camus arranca con la evocación de la muerte de la madre otro de sus mejores avisos; Berhard, por su parte, hace arrancar su aviso global más íntimo con el telón de fondo de la muerte de Alemania o la destrucción de Salzburgo. Pudiera verse así.

Desmesura austro-alemana. Siempre la presencia de la muerte en el inicio de un canto a la vida que arranca.

   Una suerte de orfandad esencial para un nuevo arranque. Onetti inicia su último aviso vital –cortés y sabio como todos los suyos– con la constatación del abandono de su mujer. Orfandad esencial de nuevo, sentimiento de abandono en el arranque de un nuevo nomadeo indagador a la vez que desalentado.

  Si hubiéramos sabido que el amor era esto o, más aún, imposible el saber. Más hondo incluso el abandono onettiano, más profunda aún la orfandad percibida por el abandonado por un alguien más elegido que el padre, la madre o el país de uno; que, en el caso de Bernhard, aparece por añadidura como imposición natural, fáctica, odiada. El abandono onettiano inicial –para luego intentar alumbrar algo o alumbrarse, o no-, al contrario que los otros apuntados e iniciales también, es una puerta abierta a la senectud y a la muerte como disolución, un enroque final.

   En Kerouac, en Camus o en Bernhard, es una puerta abierta a la madurez más vital y activa aún, aunque conduzca como arranque también a esa disolución fatal intuida con mayor alegría o amargura. La inmersión en la escritura como única salida vital, el aviso.

Muerte de las diferentes o variopintas paternidades. Todas ellas, motor de arranque de alguna manera. Y espejos en los que mirarse o volver a sentirse. La disolución de las paternidades y la percepción de una nueva realidad narrable. El laberinto o los laberintos de la realidad.

   El proceso de escritura de una nonovela es un proceso que dura toda la vida, y por ello es interesante conservar fragmentos – avisos – de los diferentes periodos y tiempos por los que transcurre la deriva de las diferentes etapas o eras temporales personales, infancia, juventud, madurez, vieyera y apalanque. De ahí esa tradición, en muchas culturas, de los cuadernos personales. Pienso en los japoneses, pero me reprimo.

   El origen, de cualquier literatura seria, es el aviso. Y, si ya es muy refinada, el aviso para sí mismo, íntimo. Y también espontáneo, significativo. Para ti mismo luego, y para todos. Pero – si se da esa suerte máxima – sobre todo para ti mismo. Si no existieran esas notas o avisos intermedios, el vuelco de la memoria podría convertirse en revolcón, a lo Proust, por ejemplo. Tal vez a lo Joyce. O a lo Bernhard.

   Gracias, Bernhard. Perfectamente complementario, a pesar de las apariencias, con ese “¡Eh, chico, ¿vas a algún sitio o sólo vas?” del Moriarti Kerouac. El revolcón sin red. El grito del aviso. 

   Del Movimiento a la Movida pretende ser una nonovela que quiere ser aviso. Recuerdo un chiste filosófico de El Roto que para mí, como historiador, me sirvió mucho, de un alumno que se dirige a su profesor; el bocadillo es espléndido: “No nos enseñes lo que te enseñaron, enséñanos lo que tú mismo descubriste o aprendiste”, podría ser, aproximadamente. Eso es el aviso. Del Movimiento a la Movida pretende ser un aviso, resultado del descubrimiento personal de la vida, y por ello puede ser prologado por un texto, lo más simple posible y descriptivo, que pudiera ser así: “Yo sé quién soy, dijo don Quijote. Iluso”.

   El aviso es uno de los géneros más escurridizos del canon literario, próximo a la literatura sapiencial; a pesar de que, al mismo tiempo, va en su sentido opuesto pues obtiene su excelencia de la más inmediata realidad, de la chispa de la vida o de la existencia, para que no suene a refresco publicitado de masas. El aviso debe explicitar sus fuentes de información, y estas deben de ser solventes, fidedignas, no torticeras o interesadas; lo cual requiere mucha maestría literaria y, al mismo tiempo, mucho verismo, credibilidad. Y sensación de ella.

   Para lograr el verismo nonovelístico del aviso, J.B. debió ingeniarse un recurso literario tan viejo como la literatura –el del manuscrito encontrado –, pero con la condición de que este recurso fuera o resultara verdadero, que existiera física, materialmente, con todas las garantías de fiabilidad a la vista; ese manuscrito encontrado fueron los llamados cuadernos negros, sus propios escritos juveniles re-encontrados al cabo de los años y milagrosamente ilesos. Y con un truco literario último, que le permitiera mantener su distancia de aquellos míseros papeles que ahora le enfadaban, y hasta le desagradaban profundamente por su banalidad y pobreza expresiva, que fue asignarles un autor con un nombre diferente al suyo, pues ya no se consideraba en absoluto aquel chiquilicuatre que no hacía más que hablar de temas en lugar de asuntos, uno de sus más odiados tics lingüísticos. Distorsionar o camuflar, o no, algunos nombres de personajes más o menos reales, y atribuir el conjunto a ese autor inventado, Emilio Sola, un joven profesor de historia, poeta y tabernero por entonces, una suerte de álter ego, o amigo invisible, con resonancias en el nombre de un antiguo novelista francés. Para perfeccionar el camuflaje.

   Si el hombre es el único ser capaz de historiarse a sí mismo, de narrarse, la decisión de iniciar en un cuaderno de cubiertas de hule negro una puesta en orden de una vida poética puede considerarse como la primera respuesta a esa pulsión de narrar, la pulsión de narrarse a sí mismo de alguien. El proyecto era seriar cronológicamente el material poético disperso aquí y allá, en papelitos informes e infantiles, para intentar encontrar una voz comprensible. Y el resultado, al cabo de unos meses, y al menos en tres cuadernos, visto desde entonces, y desde hoy, fue abrumadoramente mísero tanto en lo moral como en lo literario, al fin y al cabo, lo mismo. Miseria intelectual, miseria vivencial, miseria expresiva, miseria material, miseria moral. Todas las miserias en una, fruto sin duda de una mísera educación corruptora de la racionalidad más sana, infantilizadora y castradora, fundamentalista y gregarizadora.

   Horrorizado con el resultado primero, al cabo de unos meses, fue necesario un cambio de rumbo que se abrió con la segunda parte en un cuarto cuaderno, al que comenzaron a adherírsele fotografías e impresos variopintos del tiempo de la redacción misma. Parecía acoplarse, esa rectificación, a un misterioso verso de un poeta catalán que venía a decir en español algo que resultaba ambiguo, algo así como “diré lo que me huye, nada diré de mi”. Como un posible programa. Y poco a poco – como se advirtió a posteriori – aquello fue tomando forma de aviso sesgado, se fue acercando a la literatura de avisos, aunque con ocultaciones y condicionamientos intelectuales en ocasiones muy emotivos para el mismo escritor que se historiaba a sí mismo, cada vez más otro, al paso del tiempo.

   Realmente, ya era Otro, definitivamente otro que podía enjuiciar a su verdadero homo antecesor. Y se dio cuenta el escritor, ya como historiador de sí mismo, que era verdadera aquella formulación intuitiva de años después, aquello de “escribo lo que no puedo hacer para no volverme loco”, resultado directo de aquella insatisfacción absoluta con lo escrito por aquel otro, tan joven y naíf, de dónde provenía o procedía.

   Derivaciones esenciales. El malestar devino pronto, en cuanto se dio cuenta del asunto, de su otredad, en provocación, en reto.

   Con estos trucos ya estaba puesto el germen de la nonovela que había de convertirse con el tiempo, cuando el escritor encontrase el objeto de esa escritura – “lo que no puedo hacer” –, en novela al fin.

   En el cuarto de los cuadernos negros, al anunciarse una Segunda Parte, la que J.B. iba a utilizar para su relato, aparecía escrito lo que sigue: “enero de 1971, en Madrid. La primera parte me parece algo elemental y con poco interés poético. Voy a intentar una segunda más testimonial, menos de adolescente o inexperto”.“Como le voy a dedicar menos tiempo a estos cuadernos, y cada vez, según espero porque así lo he comprobado, más distanciado, seré también breve”.

Me recuerda el diario de Amiel, tan de moda durante unos años; estos cuadernos aún están sin forma definida. De ahora en adelante aparecerán sólo los poemas que he recogido en algún libro, o sin más copiado a máquina”.

Dejo el cuaderno por una temporada, hasta que haya meditado un poco sobre su forma”.

Vivo en López de Hoyos, 64 (Madrid), con Armando Briones y María Luisa Bascuñán, así como con Marie Laura, una francesa que trabaja en su tesina sobre el siglo de oro español. Estoy bien”.

   Y eso era todo. Situación espacio-temporal, primera garantía de fiabilidad. Una de las esencias, si no el corazón mismo, del aviso, de la literatura de avisos. El perfil poético que el joven J.B. pretendía dar a los cuadernos negros, fue abandonado sin más ni más, sin siquiera avisar por qué, debido al simple hecho de que no resultaba funcional, operativo, adecuado para expresarse. Sólo en contadas ocasiones, en los cuadernos negros, se recogieron poemas o versos, aunque sí se habló en el inicio de poemarios, mas sin entrar en su contenido; lo cual fue mejor, puesto que eran versos malísimos y pobretones, casi desesperantes. J.B. llegó a apiadarse – lo odió – de aquel jovenzuelo, ya otro, que manifestaba con su osadía de poeta malo aún, en ciernes, al presentar aquellos versos a un jurado serio, tener muy poco sentido autocrítico, si no muy poco sentido del ridículo sin más.

   Pero decidió no interferir, no manipular, respetar el aviso en su tosca espontaneidad, en bruto. Siempre había resquicios por donde se filtraba nueva luz. O, mejor aún, era la única manera de preservar esos resquicios por donde fuera entrando la luz. Aquel iluso inmaduro narraba mucho más de lo que pretendía narrar, desvelaba en ocasiones lo que quería ocultar, su autoestima misma era evocadora de sus mismas carencias, podía resultar dramática, y eso mismo era un valor expresivo. El máximo, para ese género con el que J.B. pretendía nonovelar, que era la literatura de avisos. Eso era el aviso que el joven poeta dejaba registrado sin duda para sí mismo, para después, para satisfacción de un posible deseo futuro de narrarse.

   LOS CUADERNOS NEGROS se conservan en la Biblioteca de don Borondón, o del Naranjal, como le dicen hoy; constituyen un fondo de especial valor procedente del legado de J.B., que es conocido como “Los cuadernos negros”, aunque los diversos cuadernos, en su mayoría, no son negros. Sí lo son los primeros y más antiguos, de los años sesenta del siglo XX, que resultan a su vez los menos interesantes, pero germen o raíz de todos los posteriores. El conjunto mantiene su interés, por lo dilatado en el tiempo y la continuidad media de sus textos; permiten captar una deriva vital de decenios de su autor.

   Este es, sin duda, Boris Juan Bravo Gudunov, nombre desarrollado de J.B.; a pesar de sus múltiples ficciones literarias para difuminar el rudo impacto de su aviso, en ocasiones tierno por lo naíf, hasta lo vergonzante, en ocasiones casi místico y hasta proselitista. Si nos interesa aquí aún hoy, es porque en esas niñerías se escondían no pocos vestigios de lo que luego iba a ser el paraíso de las islas, nuestro presente gozoso.

   Pasamos la voz a los cuadernos negros para poder seguir con la historia allí donde la habíamos dejado; cuando el narrador concluía: “Y ese mismo verano se fue a Ibiza…


Luis Eduardo Aute - Al Alba


La historia de "Al Alba", la canción que Aute dedicó a los últimos ejecutados por el franquismo.

   Si la obra de Luis Eduardo Aute debiera ser definida en una sola canción, pocas reflejarían mejor su espíritu artístico y político, amén de su relevancia en la cultura popular hispanohablante, que 'Al Alba'. Compuesta originalmente en 1975 para Rosa León, Aute la reinterpretó y regrabó en 1978 para su disco Albanta, acaso el más celebrado, y hoy, en el día en el que ha pasado a mejor vida, es la pieza que más brilla en su extenso repertorio musical. La canción que le resume.




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