viernes, 9 de octubre de 2020

CUMBRES BORRASCOSAS

 


Fue hace 30 años en la Puerta de Branderburgo 6

La calma de la imagen sólo es aparente. El desencuentro late a ambos lados. En el de la imagen, el occidental, se le llamó ‘muro de la vergüenza’; en el otro, ‘muro de la paz’.

El Muro ya es sólo un recuerdo lejano


Berlín, 26 de diciembre de 1992

 

    Un personaje cumple la función de aliado cuando, a cierta altura de la historia, se une al protagonista en la lucha que éste está librando por lograr aquello que necesita. La motivación del aliado no tiene por qué ser la misma que la del protagonista, sino que, simplemente, le interesará, por la razón que sea, lograr el mismo objetivo que él.

   Calvin y Petrus vivían historias paralelas que en algún momento se cruzaron los años previos por motivos que ahora no viene al caso aclarar, digamos que por cuestiones “comerciales”. Calvin aun no era consciente de lo que le depararía el futuro, pongamos, veintiocho años después. Petrus iniciaba una historia que le generaba ilusión y, a la vez, un punto de desasosiego. Las certidumbres no existen y menos cuando se trata de relaciones amorosas. Acudieron al acto cuatro colegas, Joachim, Joseph Marie, Frank T. y Matheus C. amén de muchos amigo y las familias respectivas. El día en cuestión amaneció lluvioso, lo cual no era malo en principio, las predicciones para la tarde eran buenas, de hecho, la ceremonia y el ágape, deliciosamente preparado por el otro Joachim resultó casi brillante. Heike lucía un bonito vestido y cumplió a la perfección con su función de anfitriona. La noche sí fue un poco deslucida, quizás por las lágrimas de emoción vertidas por un futuro incierto.  Fueron muchos los años compartidos, con un balance global positivo, pero salpicados por situaciones tormentosas, realmente duras. Lo mejor, sin duda alguna, Zola y Manuel.


Joan Manuel Serrat - Elegía

   Petrus guardaba en un cajón secreto la correspondencia de los amigos más íntimos, y al azar, recientemente, extrajo una misiva que contenía un poema de M.Hernández, enviada por Calvin en 2004, tenía resaltados en amarillo fosforito los conocidos versos: “Tanto dolor se agrupa en mi costado, que por doler me duele hasta el aliento”, seguidos por una mancha traslúcida en el papel que emborronaba el verso siguiente; ¿lágrimas resecas, quizás?... 


                                      Gerard Lenorman - Michelle

   Hace unas semanas Calvin visitó a Petrus en su casa de Berlin y ya de madrugada le dedicó un breve poema, improvisado entre copa y copa:


Dame un sol en el oscuro penar de la penumbra,

un claro sentir en el hermoso ser

de una amistad que nos cobija.

Gracias Petrus por tu chillar enorme de humanismo,

por tu aporte de paz y vida permanente.

 

Unos días después, pero esta vez en una reunión vespertina, en la que estaba presente una buena amiga de Petrus, Calvin volvió a coger su prolífica y mágica pluma: 

 

Viajar en el espacio de una tarde con amigos,

entre generaciones.

Ellas con su feliz lugar,

ellos con sus viajes sudorosos.

Animando canciones que sonaron,

planes para niños que serán y son camino.

Todo sin mover más que la lengua,

viajar con ellas es el infinito resbalar

de recuerdos por los labios.

Son los corazones los que viajan,

el mío vuela y saborea la vida por los vuestros.

Gracias por hacer que un hogar y su barra sean un sueño. 

 

   Ya en su despedida, Calvin entregó de soslayo a su buen amigo Petrus, un papel arrugado que contenía lo siguiente: 

 

Triste final el que el odio recoge.

La humildad se fabrica en la inteligencia,

el orgullo la vuelve vacía,

como el egoísmo y sus precipicios.

 

Somos lo que marcamos,

los demás sienten nuestros signos,

sus sonrisas harán más brillantes nuestros pasos.

 

Alegría en los rostros provocada,

vida es a nosotros regalada.

 

Para terminar esta borrascosa entrada quiero hacerme eco de un poema de Gil de Biedma que se llama:

Pandémica y celeste

 

Imagínate ahora que tú y yo

muy tarde ya en la noche

hablemos hombre a hombre, finalmente.

 

Imagínatelo,

en una de esas noches memorables

de rara comunión, con la botella

medio vacía, los ceniceros sucios,

y después de agotado el tema de la vida.

 

Que te voy a enseñar un corazón,

un corazón infiel,

desnudo de cintura para abajo,

hipócrita lector -mon semblable, -mon frère!

 

Porque no es la impaciencia del buscador de orgasmo

quien me tira del cuerpo a otros cuerpos

a ser posiblemente jóvenes:

yo persigo también el dulce amor,

el tierno amor para dormir al lado

y que alegre mi cama al despertarse,

cercano como un pájaro.

 

¡Si yo no puedo desnudarme nunca,

si jamás he podido entrar en unos brazos

sin sentir -aunque sea nada más que un momento-

igual deslumbramiento que a los veinte años!

 

Para saber de amor, para aprenderle,

haber estado solo es necesario.

 

Y es necesario en cuatrocientas noches

-con cuatrocientos cuerpos diferentes-

haber hecho el amor. Que sus misterios,

como dijo el poeta, son del alma,

pero un cuerpo es el libro en que se leen.

 

Y por eso me alegro de haberme revolcado

sobre la arena gruesa, los dos medio vestidos,

mientras buscaba ese tendón del hombro.

 

Me conmueve el recuerdo de tantas ocasiones...

Aquella carretera de montaña

y los bien empleados abrazos furtivos

y el instante indefenso, de pie, tras el frenazo,

pegados a la tapia, cegados por las luces.

 

O aquel atardecer cerca del río

desnudos y riéndonos, de yedra coronados.

 

O aquel portal en Roma -en vía del Balbuino.

Y recuerdos de caras y ciudades

apenas conocidas, de cuerpos entrevistos,

de escaleras sin luz, de camarotes,

de bares, de pasajes desiertos, de prostíbulos,

y de infinitas casetas de baños,

de fosos de un castillo.

 

Recuerdos de vosotras, sobre todo,

oh noches en hoteles de una noche,

definitivas noches en pensiones sórdidas,

en cuartos recién fríos,

noches que devolvéis a vuestros huéspedes

un olvidado sabor a sí mismos!

 

La historia en cuerpo y alma,

como una imagen rota,

de la langueur goutée

  a ce mal d'être deux

 

Sin despreciar

-alegres como fiesta entre semana-

las experiencias de promiscuidad.

 

Aunque sepa que nada me valdrían

trabajos de amor disperso

si no existiese el verdadero amor.

 

Mi amor,

íntegra imagen de mi vida,

sol de las noches mismas que le robo.

 

Su juventud, la mía,

-música de mi fondo-

sonríe aún en la imprecisa gracia

de cada cuerpo joven,

en cada encuentro anónimo,

iluminándolo. Dándole un alma.

 

Y no hay muslos hermosos

que no me hagan pensar en sus hermosos muslos

cuando nos conocimos, antes de ir a la cama.

 

Ni pasión de una noche de dormida

que pueda compararla

con la pasión que da el conocimiento,

los años de experiencia

de nuestro amor.

 

Porque en amor también

es importante el tiempo,

y dulce, de algún modo,

verificar con mano melancólica

su perceptible paso por un cuerpo

-mientras que basta un gesto familiar

en los labios,

o la ligera palpitación de un miembro,

para hacerme sentir la maravilla

de aquella gracia antigua,

fugaz como un reflejo.

 

Sobre su piel borrosa,

cuando pasen más años y al final estemos,

quiero aplastar los labios invocando

la imagen de su cuerpo

y de todos los cuerpos que una vez amé

aunque fuese un instante,

deshechos por el tiempo.

 

Para pedir la fuerza de poder vivir

sin belleza, sin fuerza y sin deseo,

mientras seguimos juntos

hasta morir en paz, los dos,

como dicen que mueren los que han amado mucho.


Jaime Gil de Biedma y Alba (Barcelona, 13 de noviembre de 1929- Barcilona, 8 de enero de 1990) fue un escritor español, considerado uno de los poetas más importantes de la segunda mitad del siglo XX y de la Generación del 50.

 

 

 


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