domingo, 25 de octubre de 2020

CHICOS MALOS (TRASTORNO DISOCIAL EN ADOLESCENTES)

 


TRASTORNO DISOCIAL EN ADOLESCENTES


   En el trastorno disocial se da un patrón de comportamiento repetitivo e inadecuado para la edad de la persona. Un patrón que va a estar caracterizado por el incumplimiento frecuente de las normas sociales básicas de convivencia que están aceptadas y que se respetan en la cultura a la que pertenece.


¿Cuándo un adolescente padece un trastorno disocial?

   Todos los chavales hacen en uno u otro momento cosas que a los adultos nos pueden parecer inapropiadas… ¿Eso quiere decir que padecen un trastorno disocial? Pensad en vosotros mismos en vuestra adolescencia… ¿No llevásteis a cabo conductas que ahora veis problemáticas o peligrosas? Entonces, ¿cómo podemos diferenciar un comportamiento ocasional de una patología psicológica? Dadas las consecuencias que conlleva, es importante conocer sus síntomas. Así, si sospechamos que una persona puede padecerla, podremos acudir a profesionales cualificados para que nos ayuden.

No hacer ninguna acción contraria a las reglas, es el medio de dirigir una buena conducta” (Confucio)

Chica adolescente con Trastorno Disocial tapada con una capucha

El trastorno disocial viene delimitado por el patrón conductual

   Una cosa es que, en algún momento dado o de forma puntual se hayan realizado las conductas disruptivas, y otra muy distinta es que una persona actúe de manera frecuente de esa manera.

   En el trastorno disocial se da un patrón de comportamiento repetitivo e inadecuado para la edad de la persona. Un patrón que va a estar caracterizado por el incumplimiento frecuente de las normas sociales básicas de convivencia que están aceptadas y que se respetan en la cultura a la que pertenece. Además, viola los derechos básicos de otras personas.

La cultura engendra progreso y sin ella no cabe exigir de los pueblos ninguna conducta moral”. (José Vasconcelos)

   Para considerar que hay un trastorno disocial, estos comportamientos deben estar presentes en el último año. Hay que tener presente que conllevan innumerables consecuencias para los menores que los practican y para quienes les rodean. La situación familiar se complica, llegando en algunos casos a ser insostenible. Pero no sólo eso, sus relaciones sociales también se ven perjudicadas. Los jóvenes pueden llegar, incluso, a tener problemas legales.




¿Qué conductas son características del trastorno disocial?

   Las 15 conductas que suelen realizar estos chicos se agrupan en cuatro grupos: 1. agresión a personas y animales, 2. destrucción de la propiedad, 3. engaño o robo y 4. incumplimiento grave de las normas.

 A continuación, veremos de manera más detallada una lista de estos comportamientos. No tiene por qué realizar todos ellos, pero por lo menos debe haber hecho tres para considerar el trastorno disocial.

“No seré yo quien con palabras supla mis actos, sino que serán mis actos los que expliquen mi conducta”. (Luis Cabrera)


Agresión a personas y animales:

A menudo acosa, amenaza o intimida a otros.

A menudo inicia peleas.

Ha usado un arma que puede provocar serios daños a terceros.

Ha ejercido la crueldad física contra personas.

Ha ejercido la crueldad física contra animales.

Ha robado enfrentándose a una víctima.

Ha violado sexualmente a alguien.


Destrucción de la propiedad:

Ha prendido fuego deliberadamente con la intención de provocar daños graves.

Ha destruido deliberadamente la propiedad de alguien, pero no por medio del fuego.


Engaño o robo:

Ha invadido la casa, edificio o automóvil de alguien.

A menudo miente para obtener objetos o favores, o para evitar obligaciones.

Ha robado objetos de valor no triviales sin enfrentarse a la víctima.


Incumplimiento grave de las normas:

A menudo sale por la noche a pesar de la prohibición de sus padres, empezando antes de los 13 años.

Ha pasado una noche fuera de casa sin permiso mientras vivía con sus padres o en un hogar de acogida, por lo menos dos veces o una vez si estuvo ausente durante un tiempo prolongado.

A menudo falta en la escuela, empezando antes de los 13 años.

Mano encendiendo un mechero


   Los jóvenes que llevan a cabo estos comportamientos de forma persistente suelen tener unas emociones prosociales -emociones que facilitan comprender el estado emocional de los demás- limitadas, pudiendo darse una falta de arrepentimiento, despreocupación por su rendimiento, un afecto superficial o deficiente, o incluso insensibilidad por los demás y carencia de empatía.

   Las conductas de estos chicos pueden causar bastantes daños y llegar a suponer un problema grave. Pero esto no quiere decir que no se pueda hacer nada. Al contrario, es sumamente importante tomar cartas en el asunto y tratar de ayudarles. Si, al leer el artículo, has visto que tienes en casa una situación que puede encajar en esta, no lo dudes… ¡Busca un psicólogo o psiquiatra adecuado y deja que él valore el caso!


SCHOOL - Supertramp

Trastorno Antisocial de la Personalidad: ¿cómo convivir con un adolescente conflictivo?

  Las características principales de las personas con trastorno antisocial de la personalidad podemos resumirlas de la siguiente manera: son explotadoras e irresponsables, tienden a quebrantar las normas establecidas y experimentan gran dificultad para establecer vínculos adecuados y duraderos.

   Generalmente, los individuos con personalidad antisocial son impulsivos y agresivos, con baja tolerancia a la frustración, no tienen en cuenta la situación del otro y únicamente se rigen por una ley: “Esto quiero, esto hago”. La única norma que respetan es su deseo, y en ocasiones se mueven por el mecanismo de proyección, al insistir en que los que fallan siempre son los demás, no ellos.

   En definitiva, son personas que siempre están en conflicto con los otros, y parece como si no tuvieran afecto y nada les importaran los demás. Todo esto se concreta, en la mayoría de los casos, en comportamientos delictivos: robos, agresiones, e incluso violaciones.

  A lo largo de la historia de la Medicina, el paciente que sufre este trastorno ha recibido diferentes nombres: antisocial (DSM-IV y V), disocial (CIE-10) o psicópata, en la psiquiatría clásica.

   Según algunos autores, se produce en ellos ausencia de culpa (por eso existe un dicho en psiquiatría clásica que afirma que “la diferencia entre un psicópata y un neurótico es que el primero hace sufrir a los demás, mientras que, en el caso del segundo, quien sufre es él”).

  La característica central, pues, del trastorno antisocial de la personalidad es un patrón duradero de conductas socialmente irresponsables que reflejan una desconsideración hacia los derechos de los demás. Existe una falta de interés o preocupación por los sentimientos de los otros, e incluso una ausencia de remordimiento con respecto a los daños que pueden ocasionar. A veces se asocia con repetidos actos ilegales (Talbot y cols., 1995).

   Todo ello se basa en dos presupuestos básicos de los individuos con personalidad antisocial: se sienten distintos de los demás, y su relación con los otros es de explotación.


Personalidad antisocial: el adulto que nunca fue niño

   Así podríamos definir a Pedro, “El Rulas”. Acude a la consulta de psiquiatría porque, tras estar en prisión durante nueve meses por un intento de agresión a un policía cuando iba a robar en un centro comercial, el juez le ha impuesto tratamiento ambulatorio durante cinco años. Pertenece a una familia muy disfuncional, donde el padre desaparecía con frecuencia y el hermano mayor traficaba con heroína. Desde los 10 años ha tenido que “buscarse la vida”, pues su madre se dedicaba a cuidar a los tres hermanos más pequeños. Andrés comenzó a tener problemas en el colegio, donde empezó a realizar pequeños robos a sus compañeros; y con doce años, muchos días a la semana, no acudía a las clases, pues se marchaba con una banda de chicos mayores que él a robar coches y a fumar porros. A los quince años, pasó su primera noche en una comisaría después de una pelea en un bar. En la entrevista se muestra distante y con cierto aire de superioridad, que a sus veinte años sorprende. No muestra ningún sentimiento, ni positivo ni negativo, y lo único que repite es que a él no le pasa nada y que, por tanto, está deseando que se cumplan los cinco años de tratamiento impuestos por el juez, para no tener que acudir más a la consulta.


Claves para convivir con un adolescente con trastorno antisocial de la personalidad 

 1.- Es conveniente mantener una conducta firme ante las irresponsabilidades del adolescente con personalidad antisocial. Aquí, más que nunca, habrá que establecer normas que sean respetadas por todos los miembros de la familia, incluidos los progenitores: horario de las comidas, de la TV, de acostarse, las obligaciones en casa (hacer su cama, bajar la basura, etc.). Este tipo de pacientes, aunque reniegan de la norma, también la necesitan para neutralizar sus impulsos antisociales.

 2.- El propio encuadre terapéutico debe tener estas características de firmeza, sin rigidez, pero señalando claramente cuáles son las competencias del paciente y del terapeuta, en cuanto a horario de la consulta, contenido de la misma y mantenimiento de un mínimo de normas de urbanidad. Ante el terapeuta no es extraño que tome una actitud de desafío, como lo hace con cualquier figura de autoridad, por lo que es preciso no doblegarse a sus exigencias; en todo caso, habrá que negociar sobre sus pretensiones.

 3.- No podemos favorecer una confrontación permanente con el adolescente psicopático, sino que debemos procurar crear un clima de confianza, no amenazador, que no transija en lo esencial, aunque se sea más flexible en los aspectos secundarios.

 4.- Tampoco los padres deben minimizar las consecuencias de los actos antisociales y establecer sanciones justas cuando se produzca el quebrantamiento de alguna norma. Así, ante los robos repetidos, las ausencias del colegio o las peleas frecuentes con los compañeros, no se puede argumentar que es un niño o un adolescente y, por lo tanto, no imponer una sanción, sino al contrario: hay que asignar un castigo justo en relación con la gravedad de la acción cometida. Eso sí, siempre habrá que intentar explicar el castigo para que el chico con personalidad antisocial no lo viva como producto de la agresividad de los padres, sino como una consecuencia de su propio comportamiento.

   Hay padres que ante esas transgresiones de sus hijos no sólo los disculpan, sino que pretenden protegerlos de las supuestas injusticias. Esto constituye un craso error, porque, entre otras consecuencias, el adolescente psicopático cada día pedirá más protección, lo que favorecería la continuidad de sus conductas antisociales o delictivas. 

 5.- Es evidente que, cuanto antes se produzca el tratamiento psicoterapéutico para intervenir en un caso de trastorno antisocial de la personalidad, tantas más posibilidades habrá de éxito.

   El niño o el adolescente también necesita expresar toda su rabia y agresividad y aprender a canalizar esos impulsos destructivos a través de otras acciones no dañinas para los demás: deporte, ejercicio físico, etc. En definitiva, lo negativo no es tener sentimientos de agresividad, sino no saberlos expresar verbalmente.

ALEJANDRO ROCAMORA BONILLA (PSIQUIATRA)  


75 minutos

   Hace aproximadamente un año vi por primera vez a la madre de Santiago, un chico de 28 años, medio payo y medio gitano.

 Se presentó sin cita en la consulta para hablarme de su hijo y pedirme que le actualizara las recetas que mi predecesor en el hospital le venía haciendo desde hacía años. Santiago iba a ingresar en prisión por un robo cometido hacía tiempo y estaba desesperado porque, por otras veces, sabía que en la cárcel no le iban a administrar su “maravilloso” Tranxilium 50 mg. Tras cumplir 8 meses salió del “talego” en Noviembre y desde entonces ha cometido unas cuantas fechorías y por supuesto realiza consumos de todo tipo de drogas que combina con los tranxilium y trankimazines que consigue del médico de cabecera o del mercado negro.

    Santiago apareció por fin se presentó en la consulta hace 1 mes, vino acompañado de sus padres y su aspecto era bastante peculiar, llamaba la atención su larga melena negra recién lavada y lo maqueado de su atuendo, se notaba que su madre lo había “preparado” para ir al médico, pero este pulcro aspecto no podía esconder su falta de cuidado crónico que era evidente por las numerosas mellas de su dentadura, el amarillo de los dedos a causa de la nicotina y otros detalles que ahora no merece la pena mencionar.

 Nada más entrar en el despacho dejó claro a lo que venía, a que le recetara su tranxilium 50. Le indiqué que prefería antes conocer su situación actual y sus antecedentes médico-psiquiátricos, que me hablara de su biografía personal, de su familia, etc. Con un discurso bastante empobrecido y a veces atropellado me fue facilitando la información requerida y me pude hacer una imagen mental apropiada de todo. Enseguida me pidió de nuevo con urgencia su receta.

  Durante unos segundos me quedé mirando a sus padres que hasta ese momento habían permanecido callados, casi ausentes. Su madre, Dolores, esbozó una sonrisa nerviosa que transmitía al mismo tiempo desesperación, impotencia y sobre todo dolor. Sin yo preguntarle me contó que Santiago es el quinto de ocho hijos, uno de los cuales, Pedro, también estuvo enganchado a las drogas hasta que hace 4 años falleció en los calabozos de la Guardia Civil y añadió: “No sé si se suicidó o lo suicidaron”.

  Unos instantes después tomó la palabra el padre que se presentó como José y me dijo: “Mire usted, con mi hijo no pierda el tiempo porque es un cabrón que no tiene solución, no hace caso de nada de lo que le decimos y algún día le pasará lo mismo que a su hermano”. En este punto le interrumpí y me giré hacia Santiago que a pesar de sus maneras de psicopatón tenía mucho respeto o más bien miedo a su padre, hizo una mueca  de incredulidad por lo que había escuchado y a continuación dijo: “Ve usted, doctor, así son mis viejos, mi padre sólo sabe meterse conmigo pero no cuenta que él se emborracha casi todos los días…”.     

  Aquí de nuevo interrumpí y dirigiéndome a los tres, hice un comentario respecto al estilo de comunicación que estaban utilizando en la consulta y que seguramente en su casa sería siempre bastante más subido de tono al no estar presente un “moderador”. Creo que captaron el mensaje porque a partir de ese momento no volví a escuchar ni una sola descalificación en tono hiriente. Llegado este momento me planteé varias opciones para continuar la entrevista y opté por la más osada, que fue sacar de mi maletín un relato que días atrás había escrito mi hija, que tituló “Vida de un drogadicto”, que tenía como protagonista a Víctor, un toxicómano de veintitrés años y que a mí me había impresionado mucho. No voy a desvelar el contenido del escrito, sólo diré que tiene un final trágico y que en su desarrollo guarda muchas similitudes con la biografía de Santiago. La idea era que Santiago leyera el texto, pero al comprobar su bajo nivel de instrucción para la lectura, le pregunté si prefería que lo leyera yo y él asintió aliviado.   

  Mientras iba leyendo, de vez en cuando levantaba la mirada del texto para comprobar la reacción que iba provocando en Santiago y sus padres. Cuando terminé de leer, la expresión de Dolores era un poema, se puso a llorar con una mezcla de dolor, emoción y alivio a la vez, José estaba emocionado y soltó un “es lo que yo le digo de mi Santiago”. Por fin dirigí la mirada a Santiago, que, al fin y al cabo, era el protagonista de esta historia y uno de mis retos profesionales en este momento, estaba como aplastando con su espalda el respaldo de la silla  y su cara transmitía perplejidad, estaba “knock out” como un boxeador después de recibir una soberana paliza.      

   Les di tiempo para recomponerse y dirigiéndome a los tres les dije: “Entre todos no vamos a permitir que a Santiago le pase como al “héroe” de la historia de mi hija; pero esto es una guerra muy larga en la que se puede perder alguna batalla”. Creo que me entendieron muy bien y Santiago se puso en pié y extendiéndome la mano me dijo: “Doctor, le prometo que no vuelvo a probar ni la heroína ni la farlopa, a mí no me va a pasar como al Víctor ese, y por cierto, dé un beso a su hija de mi parte”.

   Soy consciente de que el problema de Santiago no va a tener una solución fácil y lo más seguro es que tenga muchas recaídas en el consumo de drogas pero estoy convencido de que la entrevista mantenida va a suponer un antes y un después en su familia. Les dediqué una hora y cuarto, y los pacientes que venían después tuvieron que ser muy pacientes, pero ninguno protestó.

(PETRUS RYPFF)







TRASTORNO DISOCIAL EN ADOLESCENTES


TRASTORNO DISOCIAL Y TDAH

Crecer con el TDAH, José Ramón Gamo, neuropsicólogo


No hay comentarios: