miércoles, 16 de septiembre de 2020

CUANDO EL RELOJ MARQUE LA HORA

 




   Los viejos lloran por la soledad que les salpica de ruido y la desesperanza propiciada por el abandono. Abandono que nos priva de la posibilidad de admirar su sabiduría y aprovechar su experiencia, y todo porque van a su ritmo…sólo un poco más lentos, más sordos y más ciegos. Lentitud, sordera y ceguera que es sólo física, no emocional ni intelectiva.

  Los demás intentamos vivir con la única belleza que nos queda de esta sombría situación, la belleza del saber apreciar la vida, sin importar lo material, el conocimiento que se tenga o incluso la creencia que defiendas.

   Un servidor se rebela ante este negro panorama y propone ponerlo todo patas arriba y reconstruir un mundo diferente. ¿QUIMERAS, UTOPÍAS, ENCANTAMIENTOS?


Escena billar El cuento de las comadrejas 
NO HAY QUE MIRAR SÓLO AL JUEGO, HAY QUE MIRARA AL RIVAL

  La abuela es una bendición en la vida de cualquier persona. Es una de las figuras que tomamos de referencia durante nuestra etapa de formación, principalmente porque les dieron la vida a nuestros padres y porque su edad las transforma en una fuente de sabiduría y experiencia incansable.
  Lamentablemente no todos hemos tenido la suerte de disfrutar a nuestras abuelas, por cosas de la vida, algunos pueden compartir más o menos tiempo con ellas, otros ni eso. Pero la verdad es que siempre están presentes, por lo que vivimos con ellas o por lo que nos contaron nuestros padres y tíos. Sus enseñanzas trascienden el paso del tiempo.

FRASES DE ABUELAS CARGADAS DE SABIDURÍA:
1. No cuentes tus penas, los buitres se abalanzan sobre los animales heridos.
2. Hija mía, aunque tengas la oportunidad de destruir a quien te lastimó, sólo respira y da la vuelta, deja que la vida se haga cargo.
3. Nadie es indispensable en la vida de uno, toda persona tiene un tiempo definido en nuestro camino.
4. Nieta mía, ama más a tus hijos que a tu marido, porque un hombre es tuyo hoy y mañana es de otra, pero tus hijos siempre serán tuyos.
5. Mi abuela me decía: "El mejor regalo es la salud", y yo por dentro decía "el mejor regalo eres tú, abuela".
6. Debemos aprender a: No ir donde no nos invitan, no meternos en lo que no nos importa, no hablar de lo que no sabemos.
7. ¿Quieres ser feliz?, enamórate de la vida, cásate con la felicidad, divorciate de la tristeza, hazte amante de la alegría, y de vez en cuando, dale besos a la locura.
8. A donde el corazón se inclina, el pie camina.
9. Falta poco para que yo parta, por eso, disfruta cada día como si fuera el último.
10. No sabrás quienes son tus verdaderos amigos hasta que caigas en desgracia.
11. Mira hijita, para ganarle batallas a la vida, a veces tienes que dormir para no pensar, callar para no gritar y olvidar para no sufrir.
12. Cuando quieras entender el comportamiento de una persona, debes mirar su comportamiento y no escuchar sus palabras.
13. Si no sale el sol, dibújalo, pero haz que tu día brille.
14. Cuando una persona te decepciona, aunque la perdones, ya nada vuelve a ser como antes.
15. Quién se ama a sí mismo, nunca hará daño a otro.
16. Edúcate, lee y aprende todos los días de tu vida. Aprovecha porque yo no tuve la oportunidad de hacerlo.
17. Siempre trata a los demás como quieras que te traten a ti.
18. cuando vean que no pueden alcanzarte, van a tratar de ensuciarte, eso se llama envidia.
19. El dinero mejor gastado es aquel que destinas a tener experiencias, es lo único que te llevas cuando mueres.
20. Una choza donde se ríe es mejor que un castillo donde se llora.
21. Los amigos de verdad son aquellos que se acuerdan de ti cuando no te necesitan.
22. Lo que fácil viene, el viento se lo lleva, en cambio, lo que ganas con sudor, es duradero.
23. No te preocupes de los que te odian, dedica tu tiempo a los que te quieren de verdad.
24. El mentiroso, cuando se ve descubierto, se enoja o se hace la víctima.


EL RELOJ DE LA ABUELA ELA

-Hola abuela-, saludó María mientras se quitaba el abrigo y cerraba el paraguas.

   Allí estaba ELA, sentada en su sillón favorito, en el que pasaba largas horas cada jornada porque su avanzada artrosis le impidía permanecer en pie más allá de lo imprescindible. Con su pelo recogido, sus gafas caidas hasta media nariz y su característico olor a perfume de bebé. Tan elegante como siempre.

   La abuela levantó la cabeza y dedicó a María la mejor de sus sonrisas, de sobra sabía que era la nieta favorita. Con un caluroso gesto le pidió que se acercara para darle uno de sus calurosos achuchones.

-Ya basta abuela, le dijo. – ya no soy una niña para estas muestras de cariño.

   La abuela la miró entristecida y con voz entrecortada le pidió que se sentara a su lado, y que le pusiera al día de su vida, haciéndole miles de preguntas.

-Todo bien, abuela, le contestó escuetamente, mientras ojeaba el móvil.

-Cuando el reloj marque mi hora me echarás de menos-, dijo la abuela en un tono casi imperceptible, y pidió a María que le dedicara unos minutos.

   La nieta aceptó a regañadientes, dejando el móvil a un lado.

-María, sé que ya no te apetece venir como cuando eras una niña, sé que  los tiempos están cambiando, que ya no soy capaz de entretenerte y que el mundo exterior ofrece más diversión que estas cuatro paredes, pero déjame decirte algo:  La vida, María, te pondrá a prueba, te romperán el corazón, te caerás y algunas veces te encontrarás sola para levantarte, te reirás, llorarás, querrás comerte el mundo y habrá veces en las que no querrás ni levantarte de la cama, ya le pasó a tu madre y te pasará a ti, créeme. Sé todo eso porque soy vieja, y me han contado todos los cuentos, y cuando eso suceda, María, yo ya no estaré, ya no podré saber de ti, ya no me tendrás para curar tus heridas y secar tus lágrimas.

   Los ojos de la abuela se llenaron de lágrimas, y un extraño escalofrío recorrió el cuerpo de María. La abrazó profundamente, y entre sollozos le pidió perdón, por su inconsciente egoísmo.

   Sus palabras siguen retumbando en la cabeza de María,  porque el reloj marcó su hora aquella fría tarde del jueves sin otro sábado para visitarla.

(Petrus Rypff)

   Hace unos días, como cada mes aproximadamente, recibí en la consulta a Rita, y como casi siempre, la acompañaba Isabel, la auxiliar de enfermería de la residencia que más la conoce. El cariño que le dedica en cada momento queda patente en su lenguaje no verbal, en su manera de hablarle. Rita, a pesar de su sordera profunda, la entiende, ha aprendido a leer en sus labios lo que le dice y siempre le dedica una sonrisa de agradecimiento. Cuando ambas se marchaban, Isabel empezó a empujar la silla de ruedas en la que la anciana está postrada desde hace tiempo cuando no está encamada. De pronto, la auxiliar, se detuvo, giró sobre sí misma y me entregó una carta que había escrito durante la madrugada anterior, se limitó a decir, "a veces a mí también me gusta escribir, perdone si tengo alguna falta de ortografía...". La leí en el despacho a solas, antes de llamar al siguiente paciente y no pude evitar emocionarme. Transcribo aquí su contenido:

Rita 

   Me asomé a su habitación y dije con voz suave:

      -    Buenas noches. ¿Te he despertado?

   - ¿Despertado? ¡Qué va! Estaba distraída pensando…a nadie le interesa si duermo o no.

     -  Pues llevaba un buen rato llamando a la puerta y no me oías. Me examinó con una mirada pensativa y ausente, fingiendo no comprender lo que le decía. Estaba cómodamente acostada en su cama. Le dejé un vaso de leche y la pastilla. - Querida, ten un poco más de fe. Le dije. - Tienes muy mal aspecto, relájate, duerme y descansa mucho. Mañana te parecerá mucho más prometedor, buenas noches. Vendré mañana a despertarte.

   Tendida en su cama, comenzó a recordar su pasado; se asustó y rompió a llorar. Se sentía tan triste…

  - Necesito dormir un poco- se dijo. Sentía la necesidad de descanso, pero no conseguía conciliar el sueño. Esos momentos de quietud la conducían a la reflexión. Eran las dos y media… las tres menos cuarto… las tres… las tres y cinco… las tres y diez… Y entonces el tiempo se detuvo, se inmovilizó totalmente… Se durmió tarde, pero el sueño parecía tan alejado de ella como la salud, la juventud y la fuerza.

   Por la mañana, entré en la habitación de Rita. Estaba tendida en su cama, tratando de pensar. Se incorporó apoyándose en el codo. No pude evitar fruncir el ceño al verla tan frágil. Su cuerpo, en otro tiempo robusto, estaba reducido a menos de cuarenta y cinco kilos. La tos era tan constante que formaba parte de su monotonía, por lo que no le preocupaba demasiado.  Tenía la piel amarillenta y, cuando hablaba, se interrumpía para pasar un pañuelo por su frente. Aquella abuelita exteriorizaba un claro matiz de amargura en su mirada.

 -   Háblame, te escucho. Esto te hará bien—le dije.

   Intentaba hablarme utilizando sus palabras y gesticulando con sus laxas y callosas manos de lánguidas y trémulas falanges. En otro tiempo, habría tenido unas manos muy bonitas, pero ahora quedaba muy poco de ellas. Aquellas manos realizaban movimientos que sólo ella podía hacer. Quería compartir con ella mi optimismo y convertir cualquier recuerdo doloroso en pequeño e insignificante; hacerle creer que, después de una tormenta, siempre sale el sol. Pero ella ya se había llevado demasiadas decepciones.

   -   Tu sonrisa es como la luz del sol después de la lluvia- dijo en tono desenfadado.

   -  Gracias - dije. - Tu hija es muy afortunada por tener una madre tan especial como tú.

    -  ¡Oh! Duele ver cómo mis hijos se van apartando de mí- respondió.  

    Su voz nunca dejaba de ser amable y alegre, pero ahora sí, en sus ojos había tristeza, mucha tristeza.

    -   De vez en cuando, sueño despierta que llegan mis hijos y vuelvo a casa.  

     Cuando se levantó, intentó dirigirse con el andador hacia el pasillo que daba al jardín. Me miró y dijo:

   -  Siento que las piernas se me han convertido en piedras. Caminemos juntas hacia el jardín -, yo tenía la vista perdida en el horizonte, Rita, en cambio, andaba con la mirada baja. -¡Qué difícil es aclarar los enredos de la vida! -, le tomé el brazo para facilitarle la marcha. Sus piernas hinchadas ya no le sostenían durante los largos paseos que la fisioterapeuta le obligaba a realizar diariamente. Antes, casi siempre, se mostraba tan alegre… Ahora, casi nunca.

   -  La verdad es que últimamente me pongo triste, me doy cuenta de que estoy demasiado sola.

    -   No estás sola, nos tienes a nosotros.

  -  Mi vida es aburrida, aburridísima - dijo Rita con gesto malhumorado y, cabizbaja, se dirigió hasta el banco. Se sentía tan frágil como una florecilla mecida por el viento. Sin embargo, ese sentimiento que se enquistaba en su corazón, parecía tener una pequeña base real. Se refugiaba en un llanto breve que otorgaba una extraña solemnidad a su rostro.

Nota para la reflexión: ¿Podemos evitar que algunas personas mayores estén tristes en la residencia geriátrica en la que viven?


QUÉ TRISTE ES LLEGAR A VIEJO


¿Y tú quién eres? - Enfermedad de Alzheimer y familia.

   En ciudad de México en su gira Bienaventurados, en el Auditorio Nacional del año 1987, Joan Manuel Serrat nos hacía esta reflexión:

   No entiendo este tiempo y este mundo que nos ha tocado vivir. Este tiempo y este mundo que no podemos cambiar por otro, al menos a corto plazo. A mí, me proporciona siempre la sensación de estar viviendo en medio de misterios indescifrables o al menos gran parte de las cosas que me rodean, para mí, son misterios indescifrables… que aquellos que conocen las claves no tienen el buen gusto y la delicadeza de contarme de qué se trata. Hay cosas que me resultan misteriosas, y a poco que pienso, descubro que son unas absolutas insensateces.

   Una de estas cosas, una de estas tremendas insensateces de esta sociedad, es el trato que se da a los viejos. Uno ve cómo esta sociedad llega a aceptar aquel eslogan de «se usa y se tira», que es tan aplicable a una persona como a un támpax o a un envase no retornable. Porque esta sociedad, o sea, nosotros, segrega a los viejos después de sacarles todo el jugo. Acostumbra a condenarles al pacto del hambre, humillarlos, arrinconarlos y abandonarlos. Esto no es sólo una canallada, es peor, mucho peor. Esto es una demostración palpable de la estupidez de esta sociedad porque, por un lado, aquellos de los que hoy se sienten jóvenes han de reconocer que, con el paso del tiempo, a lo más que pueden aspirar es a envejecer con dignidad y difícilmente podrán hacerlo si hoy no ayudan a los que hoy son viejos, a envejecer con esta dignidad. Esto por un lado y por el otro, que quieren que les diga, a mí personalmente, siempre me pareció estúpido y criminal el quemar los libros, destruir los archivos, pisotear el conocimiento, despreciar la experiencia y esto es lo que esta sociedad, osea, nosotros, hacemos cada día con los viejos.


JOAN MANUEL SERRAT -  LLEGAR A VIEJO


  

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