lunes, 20 de julio de 2020

YA NO CUENTA TANTO LO QUE HUBO COMO LO QUE HAY. LA CLARIVIDENTE




Vilchis life & health: Consejos para liberar tu mente y disfrutar del aho...
Medio lleno medio vacío. Ante esta disyuntiva, sin duda la primera opción.


YA NO CUENTA TANTO LO QUE HUBO COMO LO QUE HAY

   Pasan los años y, con suerte, nos abocan a esa edad que yo llamo “filosófica” en la que nos preguntamos sobre el mundo e intentamos comprenderlo y dejamos de echar un vistazo a la vida, para pasar a observarla con detenimiento. No es fácil, porque si el tiempo ha hecho bien su trabajo, a estas alturas uno se mueve ya en el pequeño margen que hay entre la desilusión y la esperanza, y sabe que, ante los errores propios y ajenos, no cabe más consuelo que el de que las consecuencias del dolor infligido hayan sido mínimas.

   Yo estoy ahora ahí, posando sobre los otros una mirada que sólo se detiene en lo sereno, lo humilde, lo fuerte, lo concreto. Lo sabio, si existe. La juventud sueña, porque todavía cree en los infinitos (el tiempo, las posibilidades propias, la capacidad de perdón propia y ajena, …), pero cuando la finitud se hace presente en nuestro pequeño mundo, la realidad cobra un valor inesperado. Ya no cuenta tanto lo que hubo como lo que hay, lo que fue como lo que es, lo que deseábamos sentir como lo que sentimos.  Y ante la duda sobre a quién y a qué dedicar el tiempo que nos queda, al menos yo, ya no me pregunto cuánta felicidad seremos capaz de darnos, sino cuánta nos damos.
(Petrus Rypff)

7 claves para ser una persona resiliente #infografia #infographic #psychology

                          
 UN JUEGO CRUEL

   “La vida no tiene sentido, es cruel, necia y a pesar de todo maravillosa. No se burla de los hombres (que para eso hace falta tener espíritu), pero tampoco se ocupa de ellos más que de los gusanos. Que precisamente el hombre sea un capricho y un juego cruel de la naturaleza, es un error que imagina el hombre porque se considera muy importante. Tenemos que ver que, a nosotros, los hombres, la vida no nos resulta más difícil que a cualquier pájaro u hormiga, sino más fácil y más hermosa. Tenemos que aceptar la crueldad de la vida y la necesidad de la muerte, no con lamentos, sino saboreando esta desesperación. Sólo después de digerir toda la atrocidad o falta de sentido de la naturaleza podremos empezar a enfrentarnos a esta cruda falta de sentido y arrancarle un significado. Es lo máximo y lo único de lo que es capaz el hombre. Todo lo demás lo hacen mejor los animales. Para la mayoría de los hombres la falta de sentido de la vida es una desgracia tan nula como para los gusanos.  Pero precisamente los pocos a los que les hace sufrir y empiezan a buscar el sentido son los que constituyen el sentido de la humanidad.”

(Hermann Hesse)

La Madurez emocional, no es una cuestión de edad … tiene más que ver con la actitud ….


 LA CLARIVIDENTE

                           Clarividencia - EcuRed

   Berta tiene 15 años y viaja en un destartalado autobús, va a visitar a su abuela. Ya en el pueblo de destino se dirige caminando hacia su casa, guiada por el croquis confeccionado por su padre. Recorre calles arboladas y de casas bajas, veredas calmas a la hora de la siesta. Sus ojos verdes lo miran todo. Al doblar una esquina ve al padre de su amiga, fallecido hace cinco meses. Berta ya está acostumbrada a ver espíritus, pero esta vez se asusta. Mira y vuelve a mirar. ¿Es una persona parecida? Mira otra vez. Lo conoció cuando era una niña. Vuelve a observar: con terror confirma que es él y que nadie lo ve, excepto ella.

Clarividencia | UNAS HORAS DE LUZ -Júlia García-

   Berta tiene ya 42 años y recuerda así la primera vez que, dice, vio el espíritu de una persona muerta. Tenía 11 años y, desde entonces no ha dejado de convivir con presencias. Está sentada en el salón de la casa que era de su abuelo, donde vive con su pareja, la hija de él y dos perros que se inquietan ante la presencia de extraños. El salón está separado del comedor por una pared de color salmón claro con una ventanita en forma de semicírculo. En una de las esquinas hay un buen número de vinilos de lo más vintage que nadie escucha desde hace años. En otra, una estufa en forma de hogar. Entre medias hay leños de olivera perfectamente apilados para pasar casi todo el invierno. La estancia cuenta con varios confortables sillones de colores cálidos. Nada podría hacer sospechar que hace 15 días había un espíritu parado al lado de la enorme mesa de teca. O que algunas noches, alguien hace ruido con la vajilla.

  Berta se acomoda un chal con el que intenta cubrirse los brazos. Le hace juego con sus ojos, igual que los aros y la pulsera, con piedras turquesas. El pelo rubio y ondulado tapa por momentos una gema con forma de hada que cuelga de su cuello. Es ama de casa y son las cinco de la tarde. Sin embargo, está maquillada y calza sandalias de tacón. Podría adivinarse que se ha arreglado para la ocasión.

   Aclara que es feliz, con la expresión de alguien que esperó mucho tiempo para serlo. Berta ama a los perros. A todos en general y a los suyos en particular, estos que ahora deambulan por el salón meneando la cola en señal de contento. El más activo es Zapa, que anda siempre mordisqueando los flecos de las alfombras. Berta lo reta. "Los perros tienen el oído muy fino", revela mientras cuenta que 27 años después de aquel episodio en las calles del pueblo de la abuela, ya está "acostumbrada" a ver espíritus, porque las visiones no se han detenido desde entonces.

   "No tengo la necesidad de trabajar en este momento, gracias a Dios", afirma, aunque echa las cartas de cuando en cuando "para no perder la conexión". Berta se interesó por el tarot desde muy chica, y acabó licenciándose en psicología, pero nunca ejerció. Le atraen mucho los temas esotéricos. También le encanta dibujar y tiene un estilo muy peculiar que a todos gusta por el colorido de sus “creaciones” y por las formas que extrae de su portentosa imaginación. Irónicamente, no ve bien. "Ver de ver", trata de explicar. Quiere decir que no ve de lejos, pero sí ve espíritus, por ejemplo, bastantes. Por eso, no conduce. "Tengo miedo de que por esquivar a uno que no está, pise a uno que sí está", confiesa.

   Berta dice que es feliz, repite. Levanta las manos hasta tenerlas paralelas a la cara. Estira las palmas, abre los dedos, como si pudiera sostener la felicidad. Y si bien no reniega de su ¿don?, ¿superpoder?, ¿estigma?, lo único que quiere es mantener su vida "normal": ir al gimnasio, cuidar a su familia, viajar. Ver, rezar, compartir. Siempre ha sido generosa, quizás, de más.

   "Yo no me quiero meter mucho a escuchar lo que tengan que decir. No puedo solucionar lo que les pasa", detalla.  Y más que rezar y pedir... No sé hacer otra cosa”. De repente tiene frío y le sube la fiebre. Ve a un niño, chiquito, que le "transmite" lo que le pasó. Berta se ahoga, se desespera. Sabe que el niño fue ahogado por su padre, se lo comunica telepáticamente. No soporta la situación, no puede solucionar el problema del niño y eso la angustia. Pide a su madre que llame un taxi. Cuando el auto llega a la puerta Berta pronuncia "me voy", una voz grita dos veces que no. El grito es escuchado por todos y retumba en la casa. Cuando Berta cruza la puerta, la fiebre baja y puede respirar con normalidad otra vez.

   Berta reza. Cree en los ángeles, dice que tenemos ángeles que nos guían. Que todos deberíamos aprender a hablar con ellos, que la vida sería más fácil. Aclara que son como "espíritus guía", que ella los llama ángeles por su formación católica. Hace dos años le rezó a la Virgen de Medinaceli para que le quitara las ganas de fumar. Fue mano de santo.

   Al hablar de sus visiones se acuerda de la película El Sexto sentido y señala que es verdad que se siente frío ante la presencia de personas que están, como se dice, bastante más cerca del arpa que de la guitarra. También brinda un poco de dudosa tranquilidad: detalla que no se ven ahorcados, con un hacha clavada en la cabeza, o con un disparo. Se les ve enteros, "como un holograma". Pero niega que se pueda entablar una conversación con ellos para poder solucionar sus asuntos pendientes. O al menos ella no puede. Y eso, se nota, la mortifica.

   Cuando vivía con su madre, Berta “convivió” con un hombre del más allá que se cruzaba de una habitación a la otra y a veces buscaba algo detrás de la puerta de la cocina. Parecía haber sido un hombre joven, de unos 30 años. Estaba siempre vestido igual: camisa clara, pantalones oscuros, pelo corto. "Nunca te decía nada, se movía por la casa como si estuviera viviendo ahí y no te viera. Al tiempo, por suerte, lo empezó a ver mamá, y después lo vio un vecino que vino a tomar café". Mientras sonríe, recuerda que, cuando el vecino lo vio, exclamó: "¡No les va a hacer nada!". Berta y su madre rieron, hacía años que lo veían.

   “Creo que es por la sensación que transmiten, eso es lo más diferente y lo que más miedo te da. Cuando ves a alguien oscuro, como les digo yo, es lo que te hace sentir lo que te da más miedo, más que lo que ves. Sientes como que te falta el aire, que te ahogas”. Cuenta que las personas que conviven con ella también empiezan a ver lo mismo. "Por suerte", aclara.

   Berta está en la casa que comparte con su primer marido. Ambos escuchan un llanto, como de una niña. Viene de una de las habitaciones, pero allí no hay nadie. Con el correr de los días, las velas se encienden solas, se consumen y quedan con formas de partes humanas, como una oreja. También ve a un hombre, se enferma y sufre constantes hemorragias. Le dicen que está anémica y no tiene fuerzas. Encuentra objetos ajenos en la casa: una Biblia, un juego de llaves. Caras diabólicas aparecen grabadas en una pared. Una mañana, Berta es empujada por las escaleras, sin agresor a la vista. Se rompe las rótulas de las rodillas, se disloca un dedo y decide mudarse.

   Berta echa las cartas a un cliente. Ha venido con su novia porque aparecen entes en su casa y los alumnos de la mujer, maestra particular, se asustan. Detrás de él, Berta ve un "bicho enorme" que le lleva tres o cuatro cabezas. Es una "masa oscura con algo raro en la cabeza, como cuernos". El ente le dice que se pegó al hombre en un suceso con mucha sangre. El cliente recuerda que casi se muere desangrado en los brazos de su madre cuando era chico. El ente le dice a Berta que lo que le interesa de esta persona es que practica el "vale todo", un tipo de combate descrito a la perfección por su nombre. Lo quiere usar como un arma. Está buscando meterse dentro de él.

   Berta ha visitado psiquiatras y psicólogos. Ninguno de los especialistas tomó sus visiones como un problema. Niegan que sufra esquizofrenia u otra enfermedad. Su pareja piensa que Berta tiene "una sensibilidad especial", aunque admite que él mismo ha tenido "experiencias sobrenaturales". Berta tiene una explicación para esto: las personas que conviven con ella, al cabo de un tiempo, comienzan a ver más allá. Le sucedió a su madre, a su exmarido y ahora le pasa a su pareja. No le teme a la muerte, pero la perturba la posibilidad de quedar para siempre como los seres que ella ve. Entre sus amigos, lo que Berta ve es vox populi. Y, entre los amigos de sus amigos, casi como una leyenda suburbana. Lo cierto es que más allá de creencias o comprobaciones, una misma inquietud atravesó y atraviesa al género humano: saber qué hay después. Las historias de fantasmas han colmado la literatura a lo largo de la historia, las leyendas han pasado de boca en boca y aún hoy los relatos sobrenaturales causan furor en la televisión, la radio y las redes sociales.

   Hace poco falleció Viruta, el otro perro de Berta. Al tiempo, lo empieza a ver en la casa. Abre las puertas, se sube a la mecedora, la mecedora se mueve. Zapa también lo ve, dice. Una noche, llega a despertarla. Durante meses, El perro fallecido ronda la casa con una actitud desesperada. A Berta se le quiebra la voz cuando habla de su perro muerto y aparecido: "Me angustió mucho porque yo sentía que no le podía dar cariño. Me angustiaba lo que sentía, pobre perro. Una persona me dijo que Viruta iba a estar el tiempo necesario hasta que viera que no tenía que protegerme más". Zapa camina por el respaldo del sillón, vigilante. Al cabo de unos minutos, se apodera de la mitad del asiento.

   Berta cree en la reencarnación: “Venimos una y otra vez a aprender, a cumplir nuestro karma y a tratar de mejorar todo el tiempo, hasta que no tengamos que venir más. Yo creo que a mí me deben faltar algunas (risas). Pero no sé qué es lo que pasa entremedio”. De lo que está segura es de que "hay algo más". Y su argumento guarda cierta lógica propia: "Si no, todos los que yo veo, ¿de dónde salen?". No le teme a la muerte, pero la perturba la posibilidad de quedar para siempre como los seres que ella ve. Como su perro, o el chico del apartamento.

   “Me da miedo quedarme estancada, viendo a los seres queridos que yo tenía, o ver cómo pasa el tiempo y no poder comunicarme, creo que intentaría comunicarme, que se agarre el del otro lado como me tuve que agarrar yo”, (risas). A pesar de sus experiencias, Berta dice que siente lo mismo que todos ante la muerte de un ser querido. Hay dos días en los que Berta no echa las cartas: Halloween y Día de los difuntos. Dice que en esos días "se abre una puerta y los espíritus empiezan a cruzar a este terreno".

    Halloween tiene su origen en un festival celta llamado Samhain, que significa "fin del verano". Se creía que, durante esa noche, la puerta entre los espíritus y los vivos se abría. Se acostumbraba usar calabazas o nabos rellenos con carbón para guiar a los familiares fallecidos, y ahuyentar a los espíritus malignos. Con la invasión del Imperio Romano, desaparecieron estas costumbres paganas de las tribus celtas. El papa Gregorio IV tomó leyendas del Samhain y lo convirtió en el Día de Todos los Santos. Con la llegada de los europeos cristianos a Latinoamérica, nació el Día de los Muertos, que mezcla rasgos del Samhain con costumbres mayas.

   "Festejan que sus antepasados vuelven a la tierra, ven la muerte como una oportunidad de estar más cerca otra vez", recalca Berta y añade: "Nosotros le ponemos todo el dramatismo. Todo eso crea oscuridad. No estamos acostumbrados a manejar la pérdida, entonces lo llenamos de dolor, o duelo". Berta advierte al hijo de su pareja que tenga cuidado al abrir la puerta porque Viruta, el perro, se quiere escapar.

   “¿Qué hago para vivir con seres de otros planos? Quizás suene feo, pero yo digo que es como las cucarachas. Yo les tengo mucho "asco" a las cucarachas, me da no sé qué matarlas, entonces es como que me hago la tonta, las dejo pasar y ya está. Y en este sentido también. Te das vuelta, lo ves, y dices "bueno,  ya está".



No hay comentarios: