sábado, 4 de julio de 2020

TRISTAN E ISOLDA




Tristán e Isolda (2006) - IMDb

Tristán e Isolda es una leyenda celta, incorporada al ciclo arturiano, que cuenta la historia de amor entre un joven llamado Tristán y una princesa irlandesa llamada Isolda. La principal característica de la historia se basa en mostrar un idilio extraordinario, que escapa de todas las normas y de los sentidos morales, centrando su atención en los sentimientos de los protagonistas.

ARALUCE : TRISTAN E ISOLDA (1942)


La hermosa leyenda de Tristán e Iseo (Isolda)

LUIS ANTONIO DE VILLENA - 11 OCT 1978 

«Señores, ¿os agradaría oír un hermoso cuento de amor y de muerte?». Así comienza el relato de una de las más bellas leyendas que nos ha legado la Edad Media. Aquel portentoso siglo XII, de goliardos, trovadores y cruzadas, aquel siglo de carroña y lujos, donde la magia tenía vida junto a la realidad más sórdida, vio surgir -literariamente- la historia de Tristán y de la reina Iseo (Isolda), la de los cabellos de oro, jóvenes ambos y ambos muy bellos. Denis de Rougemont ha creído que en el avatar de estos amantes está el inicio del amor-pasión, y el inicio básico del concepto del amor en Occidente.

   La historia es trágica, Tristán (cuyo nombre tiene que ver, evidentemente, con tristeza) es hijo de la reina Blancaflor y de Rivalin, rey de Leonís. Pero su padre ha muerto en batalla, y su madre muere nada más nacer él. Ese sino le marca.
                     
Tristan & Isolde (2006) Starring: Sophia Myles as Isolde and James Franco as Tristan. Tristan is discovered by Isolde and her maid Bragnae, who administer an antidote that revives him and then secretly nurse him back to health. Tristan and Isolde fall in love; however, Isolde does not disclose her real name.

 Odiado al principio por Isolda (hija del rey de Irlanda, a cuyo hermano Tristán dio muerte), un bebedizo de amor les hace enamorarse ardientemente cuando la rubia Isolda es llevada como esposa al rey Marcos. Tristán e Isolda tendrán así la historia de un adulterio y también de una caballeresca fidelidad. Pues, aunque tras muchas peripecias Marcos perdone a los amantes éstos deciden separarse fielmente, para que su amor imposible no traiga desdicha a otros (y porque la situación adúltera, cabe agregar, no era viable sino en secreto). Pero cuando Tristán va a morir en Bretaña -nostálgico siempre de Isolda, a la que ha ido a ver, oculto - la manda llamar. Por una treta, él ha muerto cuando ella llega, pero condenados por el filtro a amarse siempre, Isolda morirá sobre el cadáver del hermoso joven, y sobre sus tumbas crecerán viñas que se enlazarán luego.


   Tristán e Isolda, cuyas primeras versiones incompletas del siglo XII, se deben al francés Béroul y al inglés Thomas, es en realidad una enigmática y sorprendente mezcla de mundos. Está el mundo cortés de Provenza; está el eco mítico de la materia de Bretaña, con sus paladines y sus magias; está la vieja leyenda gaélica o céltica, con bosques húmedos y sortilegios, y están también los cuentos orientales, tan activos en su difusión medieval. Todo ello, sutil y hábilmente combinado en una historia que toca todos los encantos de lo erótico, la leyenda y el misterio. Tristán e Iseo es, sin duda, un símbolo de amor, y tiene mucho que ver -más allá del bello relato- con nuestro concepto de esa enfermedad.


LA HISTORIA DE TRISTÁN E ISOLDA

LAS MOCEDADES DE TRISTAN

    Señores, ¿os gustaría oír una bella historia de amor y muerte? Es de Tristán y de la reina Isolda. Escuchad cómo con gran alegría y dolor se amaron y luego murieron en un mismo día, él por ella, ella por él.

                             

   En tiempos antiguos, el rey Marcos reinaba en Cornualles. Rivalén, rey de Leonís, al saber que los enemigos de Marcos le hacían la guerra, cruzó el mar para ir en su ayuda. Lo sirvió con la espada y con sus consejos, tal como habría hecho un vasallo, y con tal fidelidad que Marcos le dio en recompensa a la bella Blancaflor, su hermana, a quien el rey Rivalén amaba con intenso amor. La tomó por esposa en la iglesia de Tintagel. Pero apenas la hubo desposado, le llegó la noticia de que su antiguo enemigo, el duque Morgan, había atacado Leonís y reducía a ruinas sus aldeas, campos y ciudades. Rivalén aparejó las naves a toda prisa y se llevó a Blancaflor, que estaba encinta, hacia su lejana tierra.

   Desembarcó delante de su castillo de Kanoel y confió la reina al cuidado de su mariscal Rohalt, a quien, por su gran lealtad, todos llamaban Rohalt el Mantenedor de la Fe. Luego, habiendo reunido a sus barones, Rivalén partió a la guerra.

   Blancaflor lo estuvo esperando largo tiempo, pero el rey no regresó jamás. Un día, la reina se enteró de que el duque Morgan lo había matado a traición. No lloró; no hubo gritos ni lamentos, pero sus miembros se debilitaron hasta quedar inútiles; su alma concibió un fuerte deseo de separarse del cuerpo. Rohalt se esforzaba en consolarla:

—Mi reina—le decía—, nada se gana arrastrando luto tras luto; ¿acaso no debe morir todo aquel que ha nacido? ¡Que Dios acoja a los muertos y proteja a los vivos!

Tristan & Isolda trailer sub español

   Pero ella no quiso escucharlo. Tres días esperó para ir a reunirse con su amado señor. Al cuarto día, dio a luz a un niño y, tomándolo en brazos, le dijo:

—Hijo mío, durante mucho tiempo he deseado tenerte; ahora estoy viendo a la más hermosa criatura que haya nacido de mujer. Triste te doy a luz y triste es la primera caricia que te hago. Por tu causa tengo una tristeza que me matará. Y como has venido al mundo con tristeza, te llamarás Tristán.
  Cuando hubo dicho estas palabras, besó a su hijo y, acto seguido, expiró.
   Rohalt el Mantenedor de la Fe recogió al huérfano. Los hombres del duque Morgan ya estaban rodeando el castillo de Kanoel. ¿Cómo habría podido Rohalt mantener la guerra por mucho tiempo? Con razón dice el refrán: «Desmesura no es proeza». Tuvo que rendirse a la merced del duque Morgan. Pero por miedo a que Morgan matara al hijo de Rivalén, el mariscal lo hizo pasar por hijo propio y lo educó entre los suyos.

   Transcurridos siete años, cuando llegó el momento de separarlo de las mujeres, Rohalt confió a Tristán a un sabio maestro, el buen escudero Gorvenal. Éste le enseñó en pocos años las artes que deben saber los caballeros. Le instruyó en el manejo de la espada, el escudo y el arco, le enseñó a lanzar discos de piedra, a cruzar de un salto los más anchos fosos, a odiar cualquier mentira y toda traición, a socorrer a los débiles, a mantener la fe dada. Le educó en los diversos modos de canto, en el arte de tocar el arpa y en el de la montería, y cuando el muchacho cabalgaba entre los jóvenes escuderos, parecía que su caballo y él no formaran más que un solo cuerpo, y no hubieran estado nunca separados. Al verlo tan noble y orgulloso, tan ancho de espaldas y fino de talle, fuerte, fiel y valeroso, todos felicitaban a Rohalt por tener aquel hijo. Pero Rohalt, pensando en Rivalén y en Blancaflor, cuya belleza pervivía en el joven, amaba a Tristán como si fuera su hijo y en secreto lo veneraba como a su señor.

   Pero toda su alegría le fue arrebatada el día en que unos mercaderes atrajeron a Tristán a su nave y se lo llevaron prisionero. Mientras los raptores navegaban hacia tierras desconocidas, Tristán se debatía como un joven lobo que ha caído en una trampa. Pero es verdad y lo saben todos los marineros: el mar lleva a disgusto las naves desleales y no es de ayuda en raptos y traiciones. Así, el mar se revolvió furioso, cubrió de tinieblas la nave y la llevó a la aventura durante ocho días y ocho noches. Por fin, los marineros divisaron a través de la niebla una costa erizada de acantilados y arrecifes en los que el mar parecía querer romper el navío. Los malhechores se arrepintieron, y conociendo que la ira del mar se debía al infausto rapto de aquel muchacho, juraron liberarlo y prepararon un bote para dejarlo en la orilla. En el acto, los vientos y las olas amainaron y, mientras la nave de los raptores desaparecía en la lejanía, las ondas tranquilas y alegres llevaron la barca de Tristán hasta la arena de una playa.

   Tristán, con gran esfuerzo, escaló el acantilado y vio que, más allá de una llanura ondulada y desierta, se extendía un bosque interminable. Se estaba lamentando porque echaba de menos a Gorvenal, a su padre Rohalt y la tierra de Leonís, cuando el lejano griterío de una cacería alegró su corazón. En el límite del bosque apareció un hermoso ciervo. La jauría y los monteros bajaban en su persecución con gran algarabía de voces y trompas. Pero cuando los perros ya tenían agarrado al ciervo, clavados los dientes en el cuero de su cruz, el animal, a pocos pasos de Tristán, dobló los jarretes y exhaló un bramido. Un montero lo remató con una estaca. Mientras los monteros, alineados en círculo, avisaban de la captura llamando con el cuerno, Tristán vio con asombro que el maestro montero hacía un profundo corte en el cuello del ciervo, como si quisiera separarlo del cuerpo.

—¿Qué hacéis, señor? —exclamó Tristán—. ¿Acaso se debe descuartizar a un animal tan noble como si fuera un cerdo degollado? ¿Es ésta la costumbre del país?

—Hermano—respondió el montero—, ¿de qué te sorprendes tanto? Sí, primero separo la cabeza del ciervo, después cortaré el cuerpo en cuatro partes y las llevaremos colgadas del arzón de nuestras sillas al rey Marcos, nuestro señor. Así lo hacemos nosotros, así lo hicieron siempre los hombres de Cornualles, desde los tiempos de los más antiguos monteros. Sin embargo, si conoces alguna costumbre mejor, enséñamela. Toma este cuchillo, hermano, y con placer aprenderemos.

   Tristán se arrodilló y desolló el ciervo antes de descuartizarlo; luego despedazó la cabeza dejando intacto, como es debido, el hueso sacro; después cortó las extremidades, el morro, la lengua, las criadillas y la vena del corazón.

   Los monteros y lacayos de jauría, inclinados sobre él, lo miraban embelesados.

—Amigo mío—dijo el maestro montero—, tus costumbres son muy buenas. ¿En qué tierras las aprendiste? Dinos tu nombre y tu país.
—Señor, me llaman Tristán, y aprendí estas costumbres en mi país, Leonís.
—Tristán—dijo el montero—, que Dios recompense al padre que tan noblemente te educó. Sin duda será un caballero rico y poderoso.

   Pero Tristán, que sabía cuándo convenía hablar y cuándo callar, respondió con astucia:

—No, señor, mi padre es un mercader. En secreto abandoné su casa en una nave que partía para comerciar en países lejanos, pues quería saber cómo se comportan los hombres de otras tierras. Pero si me aceptáis entre vuestros monteros, señor, os seguiré gustoso y os enseñaré otros placeres de la montería.
—Buen Tristán, me asombra que exista una tierra en la que los hijos de los mercaderes saben lo que en otros lugares ignoran los hijos de caballeros. Pero si lo deseas, acompáñanos y sé bienvenido. Te llevaremos junto al rey Marcos, nuestro señor.

   Tristán terminó de despedazar el ciervo. Dio a los perros el corazón, los despojos de la cabeza y las entrañas, y enseñó a los cazadores cómo debe prepararse la porción que corresponde a los perros y la que sirve para cebos. Después clavó en sendas horcas los trozos bien divididos y los entregó a los distintos monteros: a uno la cabeza, a otro la grupa y los grandes filetes, a éste los hombros, a aquél las ancas y al otro el grueso de los lomos. Les enseñó cómo debían colocarse de dos en dos para cabalgar en buen orden, según la nobleza de las piezas de montería ensartadas en las horcas.

   Entonces emprendieron el camino charlando, hasta que por fin distinguieron un hermoso castillo. Estaba rodeado de prados, jardines, fuentes, pesquerías y tierras de labor. En el puerto entraban numerosas naves. El castillo se erguía sobre el mar, fuerte y bello, bien preparado contra cualquier asalto y todas las máquinas de guerra; y su torre del homenaje, que antaño edificaron unos gigantes, estaba hecha con bloques de piedra grandes y bien tallados, dispuestos como un tablero de ajedrez en verde y azul.

   Tristán preguntó el nombre de aquel castillo.
—Lo llaman Tintagel, buen amigo.
—Tintagel—repitió Tristán—, ¡que Dios te bendiga a ti y a tus moradores!

   Fue en este castillo donde tiempo atrás, con gran alegría, su padre Rivalén se había casado con Blancaflor. Pero esto, ¡ay!, Tristán no lo sabía. Cuando llegaron al pie de la torre del homenaje, el sonido de los cuernos de los monteros atrajo hasta la puerta a los nobles y al mismo rey Marcos. El montero mayor le contó al rey lo que había ocurrido, y éste admiró aquella cabalgata, el ciervo tan bien despedazado, y el hermoso sentido que tienen las costumbres de montería. Pero admiró sobre todo al gallardo muchacho extranjero, y sus ojos no podían apartarse de él. ¿De dónde procedía aquella ternura? El rey interrogaba su corazón y no podía comprenderlo. Señores, la causa de aquella ternura era su sangre, que se emocionaba y hablaba dentro de él, así como el amor que antaño sintió por su hermana Blancaflor.

   Una noche, después de levantar las mesas, un juglar galés, maestro en su arte, avanzó entre los señores reunidos y cantó canciones acompañándose con el arpa. Tristán estaba sentado a los pies del rey y, mientras el juglar preludiaba una nueva melodía, habló de este modo:

—Maestro, tu canción es hermosa entre todas; fue compuesta hace años por los bretones para celebrar los amores de Gaelent. La melodía es dulce, como dulces son sus palabras. Maestro, eres hábil con la voz, acompaña bien tu canción con el arpa.

El galés cantó y después respondió:
—Muchacho, ¿qué sabes tú del arte de los instrumentos? Si los mercaderes de Leonís enseñan así a sus hijos a tañer el arpa, la cítara y la zanfonía, levántate, toma esta arpa y demuestra tu destreza.

   Tristán cogió el arpa y cantó tan bellamente que los señores se enternecieron al escucharlo. Marcos admiraba al arpista que había llegado del país de Leonís, adonde años atrás Rivalén había llevado a Blancaflor. Cuando Tristán hubo terminado su canción, el rey permaneció en silencio largo rato.

—Hijo mío—dijo por fin—, Dios bendiga al maestro que te enseñó y te bendiga también a ti. Dios ama a los buenos cantores. Su voz y la voz del arpa penetran en el corazón de los hombres, evocan sus recuerdos más queridos y les hacen olvidar penas y maldades. Has venido a esta casa para nuestra alegría. ¡Quédate mucho tiempo a mi lado, amigo mío!

—De buena gana os serviré, señor—respondió Tristán—, como arpista, montero y vasallo vuestro.

   Así lo hizo, y durante tres años creció en sus corazones un mutuo afecto. Durante el día, Tristán seguía al rey Marcos en las audiencias o en las cacerías, y de noche, como dormía en la alcoba real entre los privados y los fieles, si el rey estaba triste, Tristán tañía el arpa para aliviar su pena.

   Los nobles lo querían, y más que todos, tal como os enseñará la historia, el senescal Dinas de Lidán. Pero el rey lo amaba aún más que los nobles señores y que Dinas de Lidán. Sin embargo, a pesar de su afecto, Tristán no hallaba consuelo por haber perdido a su padre Rohalt, a su maestro Gorvenal y la tierra de Leonís.

   Señores, el narrador que quiere agradar no debe hacer los relatos demasiado largos. La materia de esta historia es hermosa y diversa, ¿de qué serviría alargarla? Diré pues brevemente cómo, después de haber errado mucho tiempo por mares y países, Rohalt el Mantenedor de la Fe desembarcó en Cornualles, encontró de nuevo a Tristán y, mostrando al rey el rubí que años atrás éste entregara a Blancaflor como regalo de bodas, le dijo:

—Rey Marcos, éste es Tristán de Leonís, vuestro sobrino, hijo de vuestra hermana Blancaflor y del rey Rivalén. El duque Morgan posee sus tierras contra la ley, es hora de que el país vuelva a manos de su legítimo heredero.

   Diré en pocas palabras cómo Tristán, después de recibir de su tío las armas de caballero, cruzó el mar en las naves de Cornualles, se dio a conocer entre los antiguos vasallos de su padre, desafió al asesino de Rivalén, lo mató y recuperó sus tierras.

   Después pensó que el rey Marcos no podría vivir feliz sin él, y como la nobleza de su corazón le indicaba siempre el partido más sabio, mandó llamar a sus condes y barones, y les habló así:

—Señores de Leonís, he reconquistado este país y he vengado al rey Rivalén con la ayuda de Dios y la vuestra. Así he restablecido el derecho de mi padre. Pero hay dos hombres, Rohalt y el rey Marcos de Cornualles, que ayudaron al huérfano y al joven errante, y también a ellos debo llamarles padre. ¿No debo, pues, restablecer igualmente su derecho? Un hombre de bien tiene dos cosas propias: su tierra y su cuerpo. Así pues, a Rohalt, aquí presente, cedo mi tierra: padre, vos la mantendréis y vuestro hijo la mantendrá después de vos. Al rey Marcos cedo mi cuerpo: abandonaré este país e iré a servir a mi señor Marcos en Cornualles. Éste es mi pensamiento; pero vosotros sois mis leales, señores de Leonís, y me debéis consejo; así pues, si alguno de vosotros quiere indicarme otra resolución, que se levante y hable.

   Pero todos los señores lo alabaron entre lágrimas, y Tristán, llevándose consigo sólo a Gorvenal, aparejó la nave para ir a la tierra del rey Marcos.


Tristán e Isolda. El mito del amor sublimado por la muerte.
Fernando Herrero

Wagner, "Tristan e Isolda": muerte de Isolda (final de la obra)


  Isolda muere de amor. Se extingue en lo físico para unirse en lo espiritual con Tristán. No hay cuchillos ni venenos, como en Romeo y Julieta, sino una transfiguración que en la obra de Richard Wagner adquiere un dramatismo musical sin parangón en la historia de la ópera.

 La melodía infinita, la línea ondulante de una orquestación que proyecta las olas del mar, quietas y en ebullición, según los momentos, han hecho eterna y asumible por todas las generaciones una leyenda de siglos.

 El folklore universalizado, como tantas otras veces, superando sus orígenes, comunicando la historia y sus derivaciones a gentes de todas las nacionalidades y tiempos. Una leyenda con base grecolatina, pero que nace en la Edad Media, se desparrama por toda Europa, incluida España, y el propio Valladolid, donde se encontró un infolio en 1501, para que Wagner, en la madurez de su genio artístico y la vivencia apasionada de su amor por Mathilde Wessendock, ponga el punto fundamental de esta leyenda en una larga obra de cuatro horas de duración, en la que la acción externa se sustituye por la volcánica expresión interna de una pasión que engloba términos como amor, venganza, traición y muerte, en una especie de orgasmo artístico que proyecta el físico que no se cumple en escena.

   Esta pervivencia del mito en el tiempo histórico se hizo realidad con unas representaciones memorables de la ópera wagneriana en el Teatro Real de Madrid, en las que Daniel Baremboin y Harry Kupfer, directores musical y de escena, pusieron de relieve que la historia de amor y muerte de antaño es capaz de llegar a todas las sensibilidades, incluido un tiempo actual en el que sólo la pasión por el dinero y el poder parecen fundamentales y excluyentes.

   Desde los remotos orígenes de la leyenda, El Romance de Tristan e Isolda, descubierta en el año 1900, hasta las ediciones de Beroul (1180), Von Obers en alemán (1190-1200), Thomas d'Angleterre en inglés (1160-1170), estos amantes han ido decantando su pasión en una universalidad y variedad idiomática que en el alemán de Richard Wagner se conjuga para la posteridad, desde las sucesivas y plurales visiones musicales y escénicas que se han sucedido y se siguen sucediendo. Se encuentran en la ópera los elementos simbólicos, los filtros de amor y de muerte, la antorcha, el juego de la noche y el día, y también las situaciones de tensión, la espera, las fidelidades e infidelidades, la muerte. Estamos con Wagner en el final de la historia de estos dos personajes, como si la ópera sucediera en un tiempo limitado, algo así como la noche de Don Glovanni. Isolda nos contará cómo conoció a Tristán. Este, en su delirio, hablará de su niñez, de su destino trágico. Wagner esencializa la trama en su conclusión. El viaje por mar, la traición al padre, el sacrificio, la muerte, la transfiguración. 

Wagner - Tristan und Isolde (Barenboim, Ponnelle, 1983) 

   Muy pocos personajes: Tristán, Isolda, Kurwenal, Brangania, amos y fieles sirvientes; el rey Marcos, padre espiritual del héroe; Melot, cortesano amigo y después traidor. La voz de un marinero, un piloto, un pastor, que crean adecuadas atmósferas. Brevísima intervención de los coros, figuración mínima. Una mirada pausada, filosófica, que se vierte en largos monólogos o dúos que exigen a los cantantes e intérpretes unas condiciones técnicas y artísticas, una resistencia a la fatiga, casi sobrehumana. También hay que decir que el reparto de esta producción colmó todas las expectativas.

  Historia eterna. ¿Cómo abordarla en las mágicas posibilidades actuales de verterla a través de la historia, la filosofía, el psicoanálisis, o cualquier otra ciencia metodológica? El discurso wagneriano es compacto y fluido al mismo tiempo. Desde el acorde inicial, del que tanto se ha escrito, hasta el último pianísimo, la orquesta es protagonista en los momentos de plenitud y en los de infinito sosiego. Ella es la conductora de la obra, a la que tienen que integrarse los intérpretes en un espacio terminado, con unos signos externos específicos, y la luz que debe contribuir a expresar los sentimientos de los personajes, tanto desde lo mítico como desde la interpretación del presente. ¿No experimentamos todos y cada uno de nosotros el deseo inextinguible de la consecución del amor, y el temor y la incertidumbre ante la muerte inevitable?

   La capacidad del mito de traspasar todos los tiempos y las fronteras ha encontrado un ejemplo extraordinario en el caso de Tristán e Isolda. Desde su estreno, esta ópera ha sido objeto de todo tipo de puestas en escena, y de diversas versiones musicales. Montajes metafísicos y con base psicoanalítica en el caso de Wieland Wagner, con signos icónicos diferentes en cada acto, la vela, el tótem, la figura fálica del conclusivo. También Heiner Müller, en su famoso montaje de los últimos años de Bayreuth, y desde un inmovilismo de los intérpretes muy diferente del que había conseguido el nieto de Wagner, enlazaba con el absurdo becketiano y con la ruptura de los países del Este y su frustrada revolución. Harry Kupfer busca esta vez la expresión de la pasión física, de la plenitud orgásmica de la partitura, sin recurrir ni mucho menos a una interpretación realista.

    La dirección orquestal de Baremboin, de todo punto magistral, enlaza el mito con lo físico, lo tremendamente físico, y la estupenda orquesta berlinesa en sus manos parece concretar la conjunción de los seres más desde el deseo que desde la realidad física. Diríamos que en cierta forma se vuelve a los orígenes, a los de la leyenda que Wagner transformó como suya. Hace igualmente unas interpretaciones muy discutibles sobre esa plenitud de la relación física. ¿Kurwenal ama a Tristán?, ¿Brangania a Isolda?, ¿el rey Marcos a su sobrino y heredero? Con sutilidad, Kupfer hace que los personajes se toquen, levemente, pero de forma muy evidente. En una figura de ángel caído con las alas extendidas, que va rotando en los sucesivos momentos en los que las relaciones amorosas llegan a la plenitud o al desconsuelo, los actores con cierta dificultad se sostienen, suben a la superficie rocosa. Se encuentran incómodos, son seres humanos, no mitos inmovilizados. Es una opción muy interesante, aunque pueda ser discutible, como siempre que el canon interpretativo es en cierta forma transgredido.

   Pero volvamos a la historia. Un primer interrogante: ¿por qué Wagner se limita a una narración por boca de los dos protagonistas y del propio Marcos de las vicisitudes de éstos, y no las proyecta en la escena? En cuatro horas de duración se podría haber buscado una fórmula que impidiera esa concentración que a muchos puede parecer monótona. Wagner era dramaturgo y músico, y optó por lo más difícil, por penetrar con un escalpelo en el fondo del sentimiento humano. Las teorías de Schopenhauer están presentes, como se ha señalado con unanimidad, pero al tiempo esa elección de lo espiritual, de los impulsos del deseo tiene algo de moralista y conservador. La exaltación del deseo se logra en la unión física de los cuerpos. Wagner tiene miedo de dejarse llevar por esa fuerza que se fijaría en el sentimiento por encima de la razón, pero tampoco considera la muerte de los amantes como un castigo, sino como una transfiguración espiritual. Desde este punto de vista caben muchas reflexiones sobre este mito, que es posiblemente, con Romeo y Julieta, el espécimen esencial de esa relación eros-thanatos que constituye nuestro módulo vital. Wagner elige la trascendencia del espíritu, y en eso se une a las religiones de este tipo. Su cristianismo tiene mucho de pagano, como se demostrará en Parsifal, y el eterno retorno sigue siendo uno de los temas recurrentes de su obra considerada como un todo.

   Este montaje, tan sobrio como la propia obra, que cierra la luz salvo una parte mínima del escenario del fondo, que evita la presencia de los coros en escena, dejando sólo unos extraños y lejanos figurantes, concentra la acción en una parte reducida del escenario, enmarcada por ese ángel simbólico y real a la vez, que es algo mucho más importante que un simple efecto escenográfico. La dirección de orquesta inflama también a los intérpretes. Elizabeth Connell, de excepcional voz en todos los registros, como Matti Salminen, extraordinario rey Marcos, y Siegfried Jerusalem, el Tristán de los años noventa, a pesar de que su instrumento vocal note el paso de los años, pero no afecte a su talento interpretativo en el alucinante monólogo del tercer acto, y los demás cantantes consiguen hacer orgánica una interpretación operística. La emoción surge del interior, y, por tanto, la comunican a los espectadores a los que la larga duración de la obra les parece brevísima.

   Tristán e Isolda, esos amantes que estuvieron a un paso de una muerte aceptada como venganza y expiación, y que forman parte de la mitología de la Edad Media europea, en esa lucha de lo espiritual y lo material, son ya eternos desde que Wagner escribió su ópera. Para los estudiosos, existen los textos originales, y ello está muy bien, pero como ocurre en tantos casos, los mitos que surgen del pueblo se potencian y se enriquecen cuando son transformados en cualquier forma de arte. ¿Quién conocería la historia de Tristán e Isolda sin las referencias wagnerianas? Hasta Buñuel utilizó la bellísima música del preludio y de la muerte de Isolda en sus dos películas surrealistas. Curiosamente, el realizador baturro comprendió que esta obra de Wagner no era monolítica y cerrada, sino que incluso desde su audacia armónica encerraba muchas posibilidades de ser leída y utilizada. El mito, pues, para terminar, siempre tiene esa facultad de crecer y desenvolverse. Ha sido una suerte que una representación extraordinaria nos obligue a reflexionar de nuevo sobre la permanencia de la memoria y su enriquecimiento necesario en el devenir de la cultura humana.

Tristan and Isolde - My Immortal - Trailer.






No hay comentarios: