jueves, 23 de julio de 2020

LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA



        
LA OBSOLESCENCIA PROGRAMADA
            
La bombilla centenaria, vestigio de las luces incandescentes
Lleva encendida, sin apagarse nunca, desde 1901. Se encuentra en un parque de bomberos en Livermore, California. Está declarada como la bombilla más antigua conocida que aún funciona por el Libro Guiness de los Récords. 
   La bombilla centenaria luce con apenas 4 watios de potencia sobre los vehículos del parque de bomberos de Livermore-Pleasanton (California). Lleva emitiendo de forma continua desde que se instaló ya como reliquia en su ubicación actual en 1976.

   Desde que se encendiera por primera vez en 1901 se calcula que ha estado funcionando durante más de 800.000 horas. Todo un logro teniendo en cuenta que la vida media de una bombilla incandescente es de entre 750 y 2.000 horas, en el mejor de los casos. Las bombillas fluorescentes, consideradas "de larga duración" palidecen a su lado con sus 20.000 horas de vida.


OBSOLESCENCIA PROGRAMADA Comprar, tirar, comprar

Fabricados para no durar


   Baterías que se 'mueren' a los 18 meses de ser estrenadas, impresoras que se bloquean al llegar a un número determinado de impresiones, bombillas que se funden a las mil horas... ¿Por qué, pese a los avances tecnológicos, los productos de consumo duran cada vez menos? 

En 1911 se anunciaban bombillas con una duración certificada de 2500 horas pero en 1924 los principales fabricantes pactaron limitar su vida útil a 1000. El cártel que firmó este pacto, llamado Phoebus, oficialmente nunca existió pero en 'Comprar, tirar, comprar' se nos muestran pruebas documentales del mismo como origen de la obsolescencia programada



El origen de la bombilla incandescente

   La bombilla incandescente es de esos inventos que, patentes al margen, deben su existencia al trabajo de muchos hombres brillantes. No se podría dar el nombre de su inventor sin cometer una injusticia con otros muchos que con su trabajo contribuyeron a hacer posible la bombilla incandescente moderna. Normalmente se considera que fue Humphry Davy quien estableció la base de lo que posteriormente sería una bombilla, aunque él no construyera ninguna como tal. En 1809 Davy hizo pasar una corriente eléctrica procedente de una pila a través de una fina tira de carbón. Éste ardió creando un fugaz arco luminoso, pero no pasó de ahí.

   Tuvieron que transcurrir casi 40 años hasta que Warren de la Rue colocó un primitivo filamento de platino en el interior de un tubo de vacío. La resistencia del platino al calor y la casi ausencia de gases en el interior del tubo hizo que el filamento se encendiese y disipase calor sin quemarse inmediatamente. El resultado fue la que se considera la primera bombilla incandescente. Durante los años siguientes se sabe de hasta una decena de inventores y científicos que trabajaron para mejorar el diseño de De la Rue. En la década de 1870 los canadienses Henry Woodward y Mathew Evans introdujeron importantes mejoras en la fabricación de los filamentos y en la gasificación, inicialmente con nitrógeno, de la cápsula en el interior del cual éste ardía, retardando así su combustión y alargando su vida. Pero Woodward y Evans fracasaron en su intento de comercializar su modelo, por lo que vendieron la patente a Thomas Edison en 1879. De hecho, es a Edison a quienes muchos consideran, erróneamente, el inventor de la bombilla.

Y su final

   Hace una década la bombilla incandescente se consideraba ya poco eficiente: consumía demasiada electricidad en relación a la cantidad de luz que emite, ya que en este tipo de bombillas gran parte de la energía consumida se disipa en forma de calor. Por ese motivo en 2009 la Unión Europea inició la retirada de estas bombillas del mercado, empezando por los modelos de 100 watios de potencia. La intención es que fueran sustituidas progresivamente por las denominadas bombillas de bajo consumo. La retirada total de este tipo de bombillas se programó para 2012. 

https://www.youtube.com/watch?v=fIl_Lr5Rf5A
Sociedad de consumo y obsolescencia programada: combinación que amenaza la existencia


Obsolescencia Programada
¿Se les va a acabar el cuento a los productos fabricados para romperse?

Guillermo Arenas (17 OCT 2018)

   La obsolescencia programada nos obliga a entrar en un ciclo sin fin de consumo y desperdicio, pero se plantean otras vías para salir del ciclo comprar-tirar-comprar.

   La historia de la obsolescencia programada tiene un punto de partida exacto. El 23 de diciembre de 1924 se reunieron en Ginebra los principales fabricantes mundiales de bombillas, entre ellos compañías como Osram, Phillips o General Electric. Allí firmaron un documento por el que se comprometían a limitar la vida útil de sus productos a 1.000 horas, en lugar de las 2.500 que alcanzaban hasta entonces. El motivo, claro está, era lograr mayores beneficios económicos. Había nacido el primer pacto global para establecer de manera intencionada una fecha de caducidad a un bien de consumo.

   Este acuerdo oficializaba una nueva era del consumo. A partir de entonces, los fabricantes incorporaron un principio en su modelo de negocio que quedó plasmado en un texto de la revista Printer’s Ink en 1928: “Un artículo que no se desgasta es una tragedia para los negocios”. En la década de los cincuenta se le puso un nombre: obsolescencia programada. En unos EE UU en plena expansión comercial, el diseñador industrial Brooks Stevens popularizó el término, que definió de manera elocuente: “Instalar en el comprador el deseo de poseer algo un poco más nuevo, un poco mejor, un poco antes de lo necesario”.
   
   “Aquella obsolescencia era un modelo de clases medias, planteaba un bienestar general, un consumo más generalizado y no reducido a círculos burgueses”, explica Luis Enrique Alonso, catedrático de Sociología en la Universidad Autónoma de Madrid y autor de libros como La era del consumo. Sin embargo, a medida que la tecnología se desarrollaba y alcanzaba mayores niveles de complejidad, la obsolescencia fue separándose de esa visión naïf y positiva del consumo al alcance de todos y el crecimiento económico al que no se le adivinaba un fin. “Ahora es un fenómeno muchísimo más diseminado e integrado, se ha convertido en algo mucho más sibilino y poderoso”, apunta Alonso. El motivo ya no está en los bienes de consumo, sino en nuestra cabeza.

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Estado mental: obsolescencia

   La realizadora alemana Cosima Dannoritzer empezó a trabajar a finales de la década pasada en un documental que abordaba el fenómeno de la obsolescencia programada. “Cuando comencé a interesarme por el tema pensaba encontrar algunas empresas que utilizaban esa práctica para ganar más dinero, pero me di cuenta de que se trata de algo sistémico, que toda nuestra economía depende de ella”, recuerda. Su documental, Comprar, tirar, comprar, estrenado en 2011, proporcionó una visión global sobre los peligros de este ciclo infinito del consumo, y sus consecuencias más allá de nuestros bolsillos.

Sociedad de consumo comprar, tirar, comprar la obsolescencia programada 

Vemos como un derecho tirar un objeto que no funciona
   “La economía del crecimiento difunde un miedo a salir de ese sistema”, afirma Dannoritzer. “Parece que si no existiese ese crecimiento nos volveríamos pobres, que no tendríamos trabajo, casi como una vuelta a la Edad Media… Pero no es verdad. Ha habido otros sistemas antes y habrá otros después”.

   Luis Enrique Alonso confirma este fenómeno, que varios autores han denominado obsolescencia psicológica o cognitiva. “Hay un discurso de la amenaza muy fuerte: individuos que se van a quedar fuera del sistema funcional si no tienen determinados productos. La obsolescencia ya no tiene ese sentido positivo de llamar al crecimiento y el bienestar, sino que incluye un elemento de exclusión”.

   La publicidad ha jugado un papel clave en este cambio en nuestra psique que nos empuja a querer, por ejemplo, ese smartphone nuevo sin plantearnos siquiera si el que ya tenemos todavía funciona. “Si ves los anuncios de hace dos o tres generaciones, vendían que su producto era mejor, que su coche era más rápido, pero ahora a veces ni te muestran ese producto.

  Vinculan los objetos y la función que tienen a nuestras inseguridades”, explica Dannoritzer. “Dentro de este contexto, hemos aceptado como algo normal el hecho de tirar un objeto cuando ya no funciona. Lo vemos como un derecho: yo lo puedo tirar y alguien se tiene que ocupar de esos residuos. Y no es tan fácil si pensamos en el futuro y lo que puede pasar con nuestro planeta”. La directora alemana apunta a otra de las consecuencias de la obsolescencia, quizás la más apremiante y amenazadora.

              Pictures that make you think

   A los productos fabricados para romperse se les va a acabar el cuento, Europa lucha para que no tengas que cambiar de ‘smartphone’ cada dos años.

Montañas de basura

   En 2025 se generarán 53,9 millones de toneladas de desechos procedentes de productos electrónicos, según la Oficina Internacional de Reciclaje (Bureau of International Recycling). Pero gran parte de esa chatarra no está a nuestra vista, sino en lugares como Agbogbloshie, una zona cercana a Accra (Ghana) que se ha convertido en un inmenso vertedero al que van a parar esos teléfonos, ordenadores o electrodomésticos que dejaron de funcionar y que era más sencillo reemplazar que arreglar. Otros países como Pakistán son el destino final de los 41 millones de toneladas de basura electrónica que generamos cada año, según Naciones Unidas.

                       El vertedero de Agbogbloshie (Ghana) es uno de los lugares más contaminados del mundo.
El vertedero de Agbogbloshie (Ghana) es uno de los lugares más contaminados del mundo.

   “La economía del crecimiento y la obsolescencia programada no funciona a largo plazo porque no podemos acelerar siempre, hay un tope de recursos, de energía”, advierte Dannoritzer. “Es un sistema que funcionaba bien en la década de 1920, en los años 30, 40… pero no es algo que se pueda mantener. O nos quedamos sin recursos y energía o llenamos el planeta de basura innecesaria”. En su documental Comprar, tirar, comprar, el economista Serge Latouche, partidario de la ideología del decrecimiento, lo expresa de manera más gráfica: “Con la sociedad del crecimiento vamos todos en un bólido que ya nadie pilota, que va a toda velocidad y cuyo destino es un muro”.

La lucha empieza por el diseño de cosas que se puedan arreglar

   “La obsolescencia programada está íntimamente relacionada con el modelo de crecimiento, que es depredador del medio ambiente”, asegura Luis Enrique Alonso. “Da la impresión de que si se instauran medidas más restrictivas se ralentiza el crecimiento, algo que puede tener un coste político”, prosigue el catedrático de Sociología. “Cada vez tenemos más referencias y modelos posibles de convivencia, más racionales y sostenibles y, sin embargo, impera el corto plazo de la política económica, que sólo toma el crecimiento del PIB como referencia. La supervivencia de las políticas económicas y de los propios gobiernos se rigen por esos indicadores”.

La lucha empieza ya con el diseño de los productos, con conseguir que se diseñen cosas que se puedan arreglar”, defiende Cosima Dannoritzer. “Por ejemplo, es muy difícil que puedas cambiar ahora tú mismo una batería de ordenador. También deberíamos tener más información. Disponer, entre otros, de una etiqueta que te diga cuánto dura un producto, o cuánta energía se ha empleado para confeccionarlo. Deberíamos tener ese derecho”.

   Cuando los fabricantes de bombillas se reunieron en Ginebra en 1924, una de esas sencillas fuentes de luz llevaba ya 23 años alumbrando de forma ininterrumpida un parque de bomberos de Livermore, en California. Hoy, esa bombilla sigue encendida 119 años después, convertida en una atracción turística local, pero también en el símbolo de la posibilidad de crear productos mucho más perdurables que lo que dicta el mercado obsolescente.

   “Es necesario un nuevo pacto social en el que se incluyan unas reglas de juego más racionales, y que no parezca que el consumidor final es el que tiene que arreglar todo el desaguisado”, explica Alonso. Lo cierto es que la concienciación sobre los efectos de la obsolescencia va creciendo, no sólo entre los ciudadanos. Francia es el país de la Unión Europea que se ha tomado más en serio la lucha contra la obsolescencia, estableciendo penas de hasta dos años de prisión y multas de 300.000 euros a las empresas que violen las leyes de defensa del consumidor.

   Laetitia Vasseur es la cofundadora de HOP, siglas de Halte à l’Obsolescence Programmée (Alto a la obsolescencia programada). Su organización ha trabajado como grupo de presión para que legisladores y empresas rechacen un modelo económico basado en producir objetos tremendamente perecederos. “Antes de las últimas elecciones en Francia, les preguntamos a todos los candidatos sobre su programa en materia de obsolescencia programada”, cuenta Vasseur. “Ahora trabajamos junto al Gobierno para fomentar iniciativas de economía circular”.

                      30.000 personas  trabajan en este  vertedero de  Nueva Delhi, que  recibe ordenadores  o móviles de  toda la India 
 30.000 personas trabajan en este vertedero de Nueva Delhi, que recibe ordenadores  o móviles de  toda la India

   Una de las reivindicaciones de HOP pasa por que los fabricantes ofrezcan mayor información sobre sus productos al consumidor. “Sobre todo, que se ponga de manifiesto la durabilidad de esos bienes de consumo, de manera que el consumidor pueda comparar y elegir aquellos productos que duran más”, prosigue Vasseur. “Esta propuesta fue aprobada por el Gobierno y ahora estamos trabajando en su implementación”.

   En otros casos, su acción es incluso más directa. A comienzos de este año, HOP demandó a distintos fabricantes tecnológicos, entre ellos Apple y Epson. A la empresa de impresoras la acusan de provocar que sus máquinas dejen de funcionar de manera intencionada por la introducción de un chip que limita su vida útil, algo que también se expresaba en el documental Comprar, tirar, comprar. “Queremos que este tipo de empresas reaccionen y cambien su política”, afirma Vasseur. Y estamos empezando a ver un cambio de mentalidad en muchas de ellas”.
  
   “En España no se han tomado apenas medidas para combatir esta práctica”, explica Enrique García López, del departamento de comunicación de la OCU. La Organización de Consumidores y Usuarios ha puesto en marcha una campaña informativa contra lo que llaman obsolescencia prematura, con consejos para que el usuario la evite. “Por ejemplo, que elijan productos diseñados de forma que no haya piezas de calidad deficiente, o que el precio de los consumibles no sea superior al del producto nuevo”. Otras asociaciones, como la catalana Millor que Nou [Mejor que nuevo], promueven la reparación de aparatos y el intercambio como alternativa a generar mayor número de desechos tecnológicos.

   Esa economía circular es una de las iniciativas que también están siendo apoyadas por la Unión Europea. Según la Eurocámara, las marcas de tecnología deben permitir que se extraigan las piezas de sus productos para ser reemplazadas; por ejemplo, las baterías de los móviles. También se plantea la creación de una etiqueta para productos fáciles de reparar. Sin embargo, en una época en la que la vida útil de los aparatos se reduce cada año, no parece una tarea fácil.

   Mientras la legislación avanza en paralelo a la concienciación pública, cada decisión importa. “Siempre digo que cada uno puede cambiar pequeñas cosas”, cuenta Cosima Dannoritzer. “Si me quedo mi móvil un año más no me va a arruinar la vida, y si todos hacemos lo mismo se tirarían menos móviles”. Ya no sólo se trata de algo que afecte a nuestra economía doméstica, sino quizás a nuestra supervivencia. 
                                    

Obsolescencia programada, hacia una sociedad cada día más desechable

Maria Rosales 02/04/2020 (Cambio 16)
   
Obsolescencia programada: es la práctica que corresponde al diseño de productos con una fecha de caducidad definida en aras de aumentar el consumo. La obsolescencia programada no sólo está relacionada con electrodomésticos o dispositivos electrónicos, también se encuentra en la industria alimentaria, farmacéutica y de la moda.

                      El complot de la obsolescencia programada (y III). Cuando los usuarios se enfrentan al negocio negro de los fabricantes, a veces, ganan
La obsolescencia programada, pactada o libre, continúa y, de vez en cuando, aparece algún escándalo que obliga a las empresas a subsanar los daños. Es cierto que el ciudadano se ha acostumbrado a aguantarse y se conforma con la idea de que sea más rentable comprar un nuevo producto que arreglar el viejo. Apple, que presume de ser una empresa ejemplar y que ha conseguido que lucir la manzana mordida se haya convertido casi en un símbolo de estatus, basó el lanzamiento de su iPOD en la obsolescencia programada. La batería estaba diseñada para durar dieciocho meses, pero el usuario no era debidamente informado al comprarlo.

   “La irreemplazable batería del iPod dura 18 meses. 10.000 canciones en tu bolsillo. Mac o PC”. Un joven, Casey Neistat, aparece tachando con esta frase todos los avisos publicitarios del iPod en Manhattan. Desilusionado por no poder reemplazar la batería de su nuevo juguete, se dio a la tarea de informar a todos los usuarios de la isla sobre lo poco que les duraría la batería del original dispositivo que Steve Jobs había presentado en octubre de 2001.

   Cuenta The Washington Post que Neistat fue hasta la elegante tienda de Apple en Prince Street en el SoHo, Nueva York. Allí explicó que la batería de su iPod no se estaba cargando a lo que amablemente le replicaron: “No ofrecemos una batería nueva. Debería comprar un nuevo iPod”. Neistat volvió a casa y llamó al servicio técnico de Apple donde le dijeron más o menos lo mismo que en la tienda, cómprese otro iPod. Sin embargo, adquirir un nuevo dispositivo le costaba a Neistat –para ese año de 2003– entre 299 y 400 dólares. De ahí que Neistat decidiera informar al público de Manhattan que la batería del novedoso dispositivo sólo duraba algo más de un año. Lo hizo junto a su hermano Van, colocando la frase en todos los avisos publicitarios de iPod que encontró. Pero allí no quedó su hazaña. Casey y Van produjeron un vídeo donde ilustran el porqué de su iniciativa a la que llamaron “Un anuncio de servicio público” de los Hermanos Neistat. iPod’s Dirty Secret (El sucio secreto del iPod) fue visto más de seis millones de veces en Internet. Tres años antes de que YouTube llegara a nuestras vidas.

   Más de 130 medios de comunicación se hicieron eco de ello, incluyendo Fox News, CBS News, BBC News y The Washington Post. Antes de dos meses, Apple anunció una política de reemplazo de baterías, así como una extensión de la garantía. La empresa no reconoció que la rectificación había sido motivada por la controversia de los hermanos Neistat. Muy al contrario, la portavoz de Apple declaró que ya se estaba fraguando la iniciativa cuando el vídeo se hizo público. El caso fue definido por algunos medios como “una historia de David y Goliat”. 


iPod's Dirty Secret - from 2003


Imaginario obsoleto

   La historia de Neistat –que hoy es un conocido blogger, director, youtuber y empresario en los EEUU– forma parte del imaginario mediático alrededor de la obsolescencia programada. Un concepto que hace referencia al hecho de que algunos fabricantes de todo tipo de aparatos electrónicos programan estos dispositivos para que duren un tiempo determinado. De manera que cuando caduquen o se estropeen el usuario compre otro en sustitución. Y digo imaginario, porque a la historia de Casey Neistat se agrega la historia de la bombilla centenaria que ilumina una estación de bomberos en Livermore, California.

   Para 2018 la bombilla llevaba 117 años encendida y en 2015 cumplió un millón de horas de incandescencia. Un absoluto “milagro”, pues las bombillas regularmente duran entre 750 y 2.000 horas de incandescencia. Fabricada por la Shelby Electric Company en Ohio, tiene un filamento ocho veces más grueso que una bombilla actual y está fabricada con carbono, un material que al parecer conduce mejor la electricidad al calentarse. La bombilla sigue viva y dando luz. Es fácil comprobarlo a través de su sitio web: centennianbulb.org.

   Tanto la bombilla como el vídeo de Casey Neistat son referencias obligadas acerca de la obsolescencia programada. Lo que lleva a plantearse ciertas cuestiones: ¿Por qué no fabricar una bombilla que dure un millón de horas? ¿Por qué seguir fabricando sólo las que duran 750-2.000 horas si anualmente se desperdician en el mundo 7.000 millones de bombillas? Sólo en España se tiran a la basura 47 millones de bombillas al año. Así lo señala Benito Muros, presidente de la Fundación Feniss (Fundación Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada). Para más luces, señala que esta práctica responde a los intereses económicos de las grandes multinacionales. Explica Muros que el comprar una y otra vez se relaciona con el pago de impuestos, con endeudarse y pagar intereses a los bancos para obtener lo último de lo último. Lo que en resumidas cuentas es lo que sostiene el sistema económico del crecimiento. De ahí que los aparatos electrónicos estén diseñados para que se estropeen en un determinado tiempo.

https://www.youtube.com/watch?v=zz-61eHzO1w
La obsolescencia programada y el consumismo

   Por su parte, los defensores de la obsolescencia programada señalan justamente esto: que la obsolescencia de un producto genera empleos y mantiene activa la economía. Argumento que rebate Muros al señalar que esas empresas que practican la obsolescencia programada ofrecen empleos donde no se respetan ni los derechos humanos ni los derechos laborales.

   Igualmente, afirma que estas grandes multinacionales sólo tributan entre 5-7%, mientras que las pymes tributan hasta un 25% en España. Por lo tanto, resalta la vuelta hacia una economía sostenible donde se fabriquen productos duraderos localmente. Donde las personas se encontrarían con empleos de calidad en empresas subsidiarias reparando y actualizando los dispositivos que tanto nos gustan.

For steve jobs by Casey Neistat


Dispositivos con un irrelevante destino

   Y es que los dispositivos que tanto nos gustan y entretienen generan la bicoca de 50 millones de toneladas métricas de basura tecnológica (e-waste). Es tiempo para un reinicio global, un informe del Foro Económico Mundial de enero de 2019 define la basura tecnológica como los residuos de cualquier cosa que pueda ser conectada, con cable o que tenga batería, incluyendo equipos eléctricos y electrónicos. Es decir, la tableta que dejó de funcionar; el portátil que cambiamos porque ya está demasiado viejo, aunque aún funciona; el televisor con pantalla plana que costó 200 €, pero no tiene la pantalla tan delgada como la tele del año; el Android que se ralentizó por instalarle un nuevo sistema operativo, etc. Toda esa basura que tiramos y cuyo destino es para nosotros incierto y ciertamente irrelevante.

   Todos estos dispositivos personales generan la mitad de la basura tecnológica producida en el planeta. Además, están las emisiones de dióxido de carbono que se generan en su producción. Se estima que para el año 2040 la producción y uso de dispositivos electrónicos alcanzará el 14% de las emisiones totales de carbono en el mundo. Mientras que para 2050 se estiman 120 millones de toneladas de basura tecnológica.

¿Quiénes son los grandes generadores de este tipo de basura?: Estados Unidos y Canadá, Europa occidental, Australia, Japón y Corea del Sur. ¿Quiénes la reciben?: México, Brasil, Senegal, Costa de Marfil, Ghana, Benín, Nigeria, Egipto, India, Tailandia, Vietnam, China y Europa del este.

   Dice el informe que sólo una persona en la Unión Europea genera 17,7kg de basura tecnológica al año. Y desde allí se embarcan 1,3 millones de toneladas de residuos tecnológicos de manera indocumentada, constituyendo el tráfico ilegal de este tipo de basura uno de los mayores retos para la gestión de desechos. Este manejo pareciera estar en alerta roja desde que algunos países asiáticos cerraran el vertedero a países desarrollados alegando el contenido de desechos tóxicos o plásticos no reciclables.


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Los componentes viejos de teléfonos móviles se desechan dentro de un taller en el municipio de Guiyu, en la provincia de Guangdong, en el sur de China, en una imagen tomada el 10 de junio de 2015.


Fast Fashion, Fast Food, Fast waste

   A pesar de que la basura tecnológica representa apenas el 2% de la producción mundial de desperdicios, constituye un 70% de los residuos peligrosos que terminan en vertederos. No obstante, los dispositivos que desechamos bien sea por obsolescencia programada o no, contienen oro, cobre, níquel, platino, cobalto, aluminio, tierras raras y estaño. Algunos de estos materiales pueden recuperarse y reciclarse para la producción de nuevos bienes, dado que existe una preocupación por la disponibilidad de estos materiales en el futuro.

   El informe apunta que el mercado global de consumo de aparatos electrónicos generó alrededor de 1,1 trillones de dólares sólo en 2017, con una tasa de crecimiento anual hasta 2024 del 6%. Esta demanda se ve alimentada por el crecimiento en el uso de smartphones. Esta tendencia es mayor cuando se habla de pantallas planas, la adopción de 3G y 4G en las economías desarrolladas y la producción de vehículos eléctricos.

   Porque pensándolo rápidamente está muy bien que se produzcan vehículos eléctricos para disminuir las emisiones de carbono hacia la atmósfera. Pero como consumidores nos hemos preguntado a dónde irán a parar las baterías de esos vehículos cuando ya no funcionen. ¿O funcionan de por vida? El informe plantea que uno de los principales retos frente a la basura tecnológica es su reciclaje, que a día de hoy tiene una tasa muy baja. Por ejemplo, la UE –considerada como el líder mundial en materia de reciclaje de basura tecnológica– apenas reporta oficialmente un 35% de esta basura como recolectada y reciclada adecuadamente. El promedio mundial reportado apenas cubre el 20% de estos desechos quedando por fuera un enorme 80%. Valga agregar que nada en la basura tecnológica es biodegradable. Entonces, ¿por qué seguir produciendo aparatos con obsolescencia programada? ¿Es imposible diseñar una secadora por ejemplo que dure 20 años? No.

Secadora rebasa la mayoría de edad

   Hace poco menos de dos años se conocía la noticia de dos abuelos en Reino Unido que se mudaban a un apartamento completamente equipado, por lo que no sabían qué hacer con los electrodomésticos que llevaban décadas utilizando sin que se estropearan. Solo la secadora tenía la edad de su hija, 55 años. Contrario a estos abuelos, ¿por qué cambiar de móvil cada año si lo único que necesitamos es recibir llamadas y enviar mensajes? ¿No cubren todos los móviles estas necesidades?

   “Absolutamente todos los fabricantes de móviles practican la obsolescencia programada en estos momentos. Cuando el móvil se ralentiza o ciertas app no funcionan, el usuario ya empieza a pensar que es normal”, asegura Benito Moros a El País y agrega: “Si no existiera la obsolescencia programada, un teléfono móvil tendría una vida útil de 12 a 15 años”, ¿cuánto oro, platino, níquel, emisiones de carbono, dinero y tiempo podríamos ahorrar si esto fuera así? Señala el artículo que en España no se penaliza la obsolescencia programada. De hecho, a nivel mundial no es algo que se penalice, pareciera todo lo contrario. Aunque se han conocido dos casos donde la obsolescencia programada ha ido al banquillo de los acusados.


Dos prácticas desleales

   En octubre del año pasado se conocía por primera vez que un organismo gubernamental imponía sendas multas a multinacionales por llevar a cabo prácticas comerciales desleales. El comunicado emitido por la Autoridad Garante de la Competencia (AGCM) en Italia comienza: “Como resultado de dos investigaciones complejas, la AGCM ha comprobado que las empresas del grupo Apple y del grupo Samsung han llevado a cabo prácticas comerciales desleales en violación del art. 20, 21, 22 y 24 del Código del Consumidor en relación con el lanzamiento de algunas actualizaciones de firmware de teléfonos móviles que han causado fallas de funcionamiento graves y un rendimiento significativamente reducido, acelerando así el proceso de reemplazo”.

 Las multas fueron de cinco millones de € para Samsung y 10 millones de € para Apple. Pero de verdad ¿qué pueden significar estas cifras para Apple que reconoció una ganancia de $84.300 millones en el cierre del primer trimestre de 2019 o Samsung que para el segundo trimestre de este año obtuvo ingresos consolidados de 47.500 millones de dólares? Y las cuestiones más cruciales en este caso ¿dejaron de practicar la obsolescencia programada? ¿Dejamos de comprar sus productos y descargar sus actualizaciones?

   El segundo caso, de principios de 2018, también involucra a Apple. La asociación francesa Alto a la obsolescencia programada (HOP) denunció ante la Fiscalía de Francia la ralentización de los iPhone más antiguos como una estrategia para aumentar sus ventas. La denuncia procedió y la Fiscalía francesa investiga a la multinacional por delitos de “fraude” y “obsolescencia programada”, de acuerdo a El Mundo. También señala este medio que no es la primera vez que Francia acomete este tipo de investigación, ya lo había hecho con la japonesa Epson, que según HOP obliga a los consumidores a comprar nuevos cartuchos de tinta.

Reacción programada

   Por su parte, Samsung lamentó la sanción italiana y anunció que apelaría al alegar que siempre comunica a sus usuarios acerca de sus actualizaciones. Mientras, Apple se aferraba a un comunicado lanzado en 2017 donde ofrece información a los usuarios sobre las baterías para IPhone y su rendimiento. Francia cuenta con medidas para combatir esta práctica, mientras que España atiene a la legislación europea, aunque existe la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios y otras leyes complementarias.

   Ahora, la Comisión Europea ha emitido un comunicado a finales de septiembre donde se adoptan medidas que incluyen requisitos de “reparabilidad y reciclabilidad” que contribuyan a mejorar la vida útil, mantenimiento, reutilización, actualización y manejo de residuos de electrodomésticos.

   Las medidas se toman para refrigeradores, lavadoras, lavaplatos, pantallas electrónicas (incluidos televisores), fuentes de luz, fuentes de alimentación externas, motores eléctricos, refrigeradores con función de venta directa (por ejemplo, refrigeradores en supermercados, máquinas expendedoras de bebidas), transformadores y equipos de soldadura.

   Se espera que esta medida, junto con las etiquetas inteligentes –adoptadas en marzo–, genere un ahorro de 167 TWh (Teravatios por hora) hacia 2030, lo cual equivale a la reducción de 46 millones de toneladas de CO2 y un ahorro promedio de €150 en los hogares europeos. Las autoridades europeas –en teoría– están haciendo su parte. Mientras, organizaciones como la Fundación Feniss han creado el sello ISSOP que busca dar visibilidad a aquellas empresas que no practican la obsolescencia programada. Las empresas son un gran interrogante, pero nosotros, que sumamos cerca de 8.000 millones en el mundo, ¿qué estamos haciendo?

                         NME street art 


   Los consumidores lo tenemos difícil, pero no somos del todo impotentes. No debemos callarnos ante las injusticias. Abundan los Goliat, pero cada vez está más infiltrado el espíritu luchador de David. Están apareciendo personas aquí y allá que se oponen a la obsolescencia programada y buscan la manera de arreglar sus aparatos. Existen foros en Internet en todos los idiomas donde informarse y compartir. También se están creando empresas “antisistema” que fabrican productos libres de obsolescencia programada.

   En nuestro país, existe una demanda colectiva en contra de la empresa estadounidense Apple por la aplicación de obsolescencia programada en algunos de los modelos de teléfonos móviles comercializados en los últimos años. La acción colectiva, liderada por la Asociación de Consumidores ODECU representada judicialmente por el estudio jurídico Pérez Donoso, a diferencia del caso italiano, busca obtener una indemnización para los consumidores por los daños causados a propósito de la obsolescencia programada en los productos vendidos por la empresa. Sin lugar a dudas, esta acción colectiva se configura como la primera en su especie en nuestro país, lo cual marcará un complejo desafío en materia probatoria, toda vez que se deberá probar en el respectivo juicio, la aplicación de la técnica de obsolescencia programada y, por consiguiente, el daño directo a los consumidores.



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