domingo, 12 de julio de 2020

EL MALESTAR EN LA CULTURA - SIGMUND FREUD




El malestar en la cultura - ppt descargar




El malestar en la cultura', de Sigmund Freud
                                Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, en 1922.

El malestar en la cultura, de Sigmund Freud

La situación política de Europa en 1929 daba motivos a Freud para pensar el lazo social y en las consecuencias de su ruptura

Pese al carácter trágico de la época, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo


   El malestar en la cultura de Sigmund Freud, no está dirigida a los especialistas, ni trata de precisar la técnica psicoanalítica o perfilar sus conceptos; sin embargo, su interés teórico y la reflexión ofrecida sobre lo que nos aflige son estimables.

   Freud entregó el manuscrito una semana después del 29 de octubre de 1929, el “martes negro”. Aquel día se hundió la bolsa neoyorquina, provocando una suerte de hundimiento del mundo. Un mes antes había muerto un hombre clave para la posible unión entre Austria y Alemania: Gustav Stresemann. Pese a que el Tratado de Versalles (1919) prohibió la añorada anexión (Anschluss), Stresemann había conseguido en 1926 el Premio Novel de la Paz, generando expectativas nuevas sobre el acercamiento. Pero su muerte dejó al Volkspartei (Partido del Pueblo) en manos de la derecha más recalcitrante, lo que supuso una fragmentación en el parlamento, que acabó por debilitar mortalmente la maltrecha República de Weimar.

   No es casual que comience esta obra con el análisis de una expresión de Romain Rolland. El afamado escritor había recibido de Freud, como cortesía, el manuscrito que le implicaba. Y Rolland respondió con una opinión no muy favorable. A esto se sumó el envío ese verano de los detalles de las biografías que fraguaba Stefan Zweig. La suya —la de Freud— entraba en serie con la de Mesmer y con la de alguien menos honorable, la de Mary Baker-Eddy, una furibunda iluminada que andaba por América y Europa predicando la Christian Science para aglutinar adeptos. Para colmo, Friderike Zweig, la compañera del escritor, seguía con intensidad las campañas del “apóstol de la paz”, mientras algunos fieles seguidores iban y venían en busca del Nobel para Freud. Premio este concedido precisamente a Rolland en 1915 “como tributo al elevado idealismo de su producción literaria y a la simpatía y el amor por la verdad con el cual ha descrito diversos tipos de seres humanos”. En fin, un premio a la prédica del “apóstol de la paz” por la unión, la paz y el amor.

   Si a esto sumamos la experiencia de la Gran Guerra, Freud tenía motivos para pensar el lazo social y en las consecuencias de su ruptura. Ruptura, disolución o destrucción vienen de la mano de Thanatos. Aquí propone tres fuentes para ese efecto de “malestar”: el cuerpo, el mundo y la relación con los otros. Esta como fuente principal, e incluso como “destino ineludible”.

   Efectivamente, es la dialéctica de la relación con el otro la que alimenta el malestar en la cultura. Pero “en la cultura” no remite a un particular marco histórico, ni siquiera a los cuerpos retorcidos, al hundimiento del mundo o a la aniquilación de todo lazo provocado por la última guerra. Remite a los aspectos transhistóricos, que convierten al “malestar” en un sufrimiento de desencuentro, de inadecuación estructural. Freud resume aquí gran parte de su teoría en línea con Tótem y tabú y El porvenir de una ilusión, en donde ya había tratado los aspectos subjetivos de la religión como forma de apaciguamiento de esta infelicidad consustancial.

   Pero El malestar en la cultura es una obra más radical y su análisis más demoledor. Es interesante observar que, pese a la efervescencia de la extrema derecha —nazis, Stahlhelm, Jungdo etc.—, la desesperanza de la izquierda y el callejón sin salida de la inadecuación del hombre a “la cultura”; pese a todo este carácter trágico, su escrito no se presenta en modo alguno como conformismo o nihilismo. La vida hay aceptarla en sus goces y en sus sombras, al margen de la utopía y de toda idealización de lo humano. Pero no por ello, hay que consentir con la injusticia concreta. Se trata pues, de una visión fragmentaria y de una “incompletud” plenamente actual, reflejada en este importante texto, escrito en un tiempo de incertidumbre cercano a la pesadumbre que invade al nuestro.

   Al hilo de la experiencia cuasi mística de Rolland, en donde habla de fusión y de “sentimiento oceánico”, Freud se plantea una cuestión política de fondo, aunque en el espacioso marco de la antropología: ¿Cómo es posible la cohesión de masas, y qué fuerzas se oponen a esta “unión” para destruirla y sumir a los individuos en un malestar sin solución?

   La expresión “sentimiento oceánico” venía a ser el origen de la necesidad que tiene el hombre de una dimensión religiosa. Freud desmonta esa ficción y vuelve sobre los pasos, para preguntarse por el origen del pensamiento religioso. No hay tal sustrato sentimental, pero sí una cierta economía libidinal, cuya sede la encuentra en lo que él denomina “Yo del placer” (Lust Ich). Ese sentimiento “oceánico” y esa fusión con el todo, esas ideas sobre la eternidad y la infinitud no son otra cosa que ideaciones hiperbólicas propias de una proyección narcisista de ese estadio. La realidad idealizada se funde con lo que place al sujeto, lo displacentero es rechazado como exterior y hostil.

   Freud no cree que el yo sea la instancia evolutiva e independiente, soldada a una conciencia libre postulada por el humanismo, sino algo más coriáceo, algo del orden de la imagen (ideal) que captura al sujeto alienándolo en series sucesivas de capas de identificaciones. Identificaciones que lo comprometen y lo ligan a los otros; y precisamente, a través de ellas, se vehicula (en cada caso de manera particular) lo que está a la base del malestar: la pulsión de muerte.

   Entonces, hay un determinado lazo social —basado en esta economía narcisista— que une a los individuos y expulsa el objeto a destruir. Pero, ¿cómo? La respuesta era aparentemente simple: la cultura, entendida como la formación de construcciones e instituciones al servicio del programa de mantenimiento del principio del placer, se soporta sobre la base de estas “potentes identificaciones”. Léase religiones, ejército, movimientos liderados o partidos políticos. Eros, capturado en el espejo de Narciso, construye e instituye así lazos afectivos, que sirven a la causa de esta necesaria cohesión social.

   Kant ya había planteado el problema en su Fundamentación de la metafísica de las costumbres: los animales tienen el instinto para cumplir su programa de satisfacción de la necesidad, pero el hombre está dotado de pensamiento y eso complica las cosas. Cuando Kant plantea el problema de la cultura, mira al cielo buscando el sentido último de ese don celestial. Borra con ello la peculiaridad deseante de cada sujeto. El sujeto, en su relación con los otros, se entiende desde lo universal, en línea con un programa ético perseguidor de fines últimos. Ignora así la dimensión que aporta el lenguaje en ese particular encadenamiento del sujeto a la repetición de ser, fantasmáticamente... criatura de lenguaje: forofo “partidario”, “skin head” o autoinmolable “muyahidín”.

   Darwin bajó la escala del cielo kantiano a la filogénesis de la especie, y puso otra vez al hombre genérico en la trayectoria animal. Pero Freud ve ahí un hiato, un salto del animal al humano. Ese salto no lo podía explicar la descripción evolutiva darwiniana y mucho menos la metafísica. Esto le lleva más en su análisis: ¿por qué el hombre tuvo necesidad de crear la cultura como medio para mantener esa economía del principio del placer? ¿Por qué la búsqueda del placer y la evitación del dolor lleva al hombre a esa otra “evolución” descomunal que es la civilización? El tratamiento de esta cuestión le conduce —con paradas interesantes en el erotismo anal— al análisis de la formación del yo, y a la configuración inicial de los instintos: Eros y Thanatos.

   Freud, adherido a la evolución, la entiende como la conquista por parte de los instintos de nuevos modos para su satisfacción. Pero en esta conquista, han de contar con una resistencia: la inercia al abandono de las viejas formas de descarga. Sobre este modelo evolutivo trata de explicar lo que observa más nítidamente en su consulta: las transformaciones de la pulsión de muerte. Esta es la guía fundamental que encontró en 1920 para la práctica clínica: su localización mediante la palabra y el silencio; y por oposición, las barreras que construye Eros (más frágil y débil) para contenerla. Es mediante Eros que nos distanciamos de la repetición inercial de la muerte y nos elevamos a relaciones cada vez más complejas de la palabra.

   Eros y Thanatos son para Freud una exigencia teórica necesaria para entender la economía y la dinámica del aparato psíquico. Eros imbricado con Thanatos, Eros interponiendo defensas contra la eclosión de Thanatos. Parece un mito milenario. Pero si nos quedamos ahí, no entendemos a Freud.

   Pues bien, la primera barrera que la cultura antepone a la pulsión de muerte es la prohibición del incesto. Una primera detracción de libido a la vida sexual por parte de la cultura. Una prohibición que separa evolutivamente la “horda primitiva” de la primera institución del “Derecho” y de la “Ley”: el totemismo. Freud creía esta versión de la antropología, la que entonces existía. Sin embargo, considera que el peso de la ley, en su forma más elaborada, sólo llega con el monoteísmo, con el judaísmo.

   Las religiones monoteístas introdujeron la dimensión del padre con todo su peso simbólico e imaginario. Simbólico por lo que tiene de deuda, de sometimiento a la ley... De servidumbre voluntaria y obediencia al super-yo. Una instancia psíquica que encuentra su soporte real en las instituciones. Esta obediencia “interna” a la ley sólo es posible con el desenlace del Edipo. La ley marca los límites a la satisfacción, tanto en su transgresión, como en la prohibición, que permite acceder a un terreno libre de tensiones, autorizado. Pero hay un resquicio en este desenlace mediante el cual la pulsión no puede localizar en el exterior un destino para su descarga, sino en el interior a la manera de irredenta culpabilidad y castigo. La neurosis obsesiva da cuenta de este destino para la pulsión thanática.

   En cuanto al padre imaginario, es la sumisión a lo que Freud llama “autoridad exterior” (äussere Autorität). Se trata de un mandato que funciona sólo en tanto hay una “autoridad exterior”. Aparece como “presencia” que nos intimida y nos recuerda, que, si no cumplimos el deseo del Otro, el mandato, vendrá “la retirada del amor”.

   Al afecto que produce el temor a dicho elemento externo, que obliga cuando somos niños, pero también cuando se hace presente el padre terrible (no se puede leer el deseo del Otro) lo llama “soziale Angst”. De manera que hay presencia amenazante, directa o indirecta, y con ella, un ajuste al mandato. Pero si tal presencia no existe, la prohibición falla, y el sujeto no tiene porqué abandonar el modo de satisfacción adquirido. Evidentemente, el sujeto no tiene consciencia de esta dependencia de la demanda del Otro en la escalada cultural (la de la madre, del maestro o del padre, etc.).

  Fenomenológicamente el padre imaginario puede aparecer de múltiples formas, pero no hay un punto “0” de partida del deseo así constreñido, sino un juego de miradas, de ilusión mediante el cual, el sujeto encuentra el camino para incluirse en la demanda de un otro que le captura fantasmáticamente.

   Este análisis de la dependencia del Lust Ich, del yo primitivo del placer, que sólo reconoce la amenaza exterior y por eso se somete, lleva a Freud al análisis de la unidad imaginaria en las formaciones de masas. Si no hay ley interiorizada, si no hay Super-Yo, no hay individuo, hay autoridad externa e identificación al significante común por miedo a la “pérdida de amor”. La pérdida de amor es la pérdida de lazo, de “masa” para soportar la entrada en el desamparo (Hilflosigkeit).

   La identificación imaginaria al semejante permite no sólo sostenerse como ser deseante en el juego de miradas, en la reflexión de imágenes en espejo, sino que brinda a la pulsión de muerte una localización fuera del “nosotros”, en el exterior en donde se arroja lo displacentero. Un exterior marcado como causa de todo mal, que el discurso localiza: “los gentiles” para la comunidad cristiana a partir de San Pablo, “los judíos” para los nazis o “los extranjeros” para el actual ultranacionalismo. Freud analiza cómo solucionan el malestar este tipo de agrupaciones, cohesionadas por identificaciones especulares: simplemente sitúan la pulsión de muerte fuera del campo propio, en esa extimidad tan cercana inconscientemente (el extranjero), pero tan ajena para la conciencia.

   Estas identificaciones imaginarias abren cauces a una economía libidinal sostenida por el narcisismo. Se construye barreras, instituciones, ejércitos atrincherando la satisfacción erótico-narcisista en el campo de “los nuestros”, mientras se eyecta la agresividad (un modo de la pulsión de muerte) contra “los otros”. Y si llega el caso que, por efecto de la rivalidad o el odio, ocurra algo reprochable para los propios, siempre podrá deslizarse la pulsión hacia el otro, tachándole de causante, incitador, o peor aún, de traidor. En definitiva, como en el transitivismo infantil: el otro se convierte en culpable y merecedor del castigo que entraña el acto del propio o los propios. Hay un ejemplo que conocemos bien los españoles: es el “y tú más”. Así, tal como demostraron las pasadas elecciones, por ejemplo, el sujeto plenamente identificado a ese significante (las siglas de su partido) en el que se ha alienado, es impermeable a toda crítica. Su consistencia depende de lo excluido. Nada malo le atañe, ni la propia corrupción, pues “lo hacen los otros”, así que nada hay que le interrogue. Cuanto peor para el otro, mejor. Ha exorcizado el malestar. Por tanto, habrá encontrado una causa externa sobre la cargar las tintas.
(Sergio Hinojosa, profesor de Filosofía)



El malestar en la cultura | Dichos y frases, Frases sabias, Citas ...

El malestar en la cultura (en alemán Das Unbehagen in der Kultur ...


El malestar en la cultura 2



SIGMUND FREUD (EL MALESTAR EN LA CULTURA /1) - YouTube

"El malestar en la cultura" (una interpretación del liberalismo clásico) | Gabriel Zanotti





El malestar de la cultura – Freud
El malestar en la cultura (1929-1930) Sigmund Freud - Capitulo III.

   Este ensayo escrito por Freud, es considerado una de las obras más relevantes en el campo de la Psicología social, y un texto de gran relevancia en el conjunto de las ciencias sociales.

   Es uno de los textos sociales que produce, donde va intentar mostrar que lo que desarrolló trabajando con pacientes neuróticos puede servir para reflexionar sobre procesos sociales. Consta de VIII capítulos, donde despliega y articula varios de los conceptos elaborados a lo largo de su producción bibliográfica. Entre otras cosas, puntualizará cuestiones referidas al sentimiento de culpa, con relación al superyó, a la dicotomía entre pulsiones de vida (Eros) y pulsiones de muerte (Thánatos). Freud escribe este trabajo en un periodo entre guerras, es decir luego del arrasamiento, de la catástrofe humanitaria que implicó la primera guerra mundial, y en los albores de lo que sería la segunda guerra mundial, un segundo episodio de destructividad, muerte y “locura”. En ambos conflictos bélicos los desarrollos científico-tecnológicos puestos al servicio de la guerra cumplieron un rol central en la capacidad de destructividad de los ejércitos.
   En este contexto histórico, y situado en la Europa de las primeras décadas del Siglo XX, Freud elabora este escrito, en el que realiza una indagación sobre la felicidad del ser humano. Con el objetivo de avanzar en dicha tarea, va a articular dos conceptos: pulsión y cultura.
  En el capítulo III comienza ubicando tres fuentes de las que proviene nuestro penar: la superpotencia de la naturaleza, la fragilidad de nuestro cuerpo y la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos recíprocos entre los hombres en la familia, el Estado y la sociedad.

   Con respecto a las dos primeras fuentes de penar, Freud plantea que podemos mitigar parte del sufrimiento que conllevan, y nuestra actividad, se orientan a tal fin. La tercera fuente de sufrimiento, la social, se nos presenta con una mayor complejidad para su esclarecimiento, ya que está en relación a las normas que nosotros mismos hemos creado, que habrían de protegernos y beneficiarnos a todos. Buscando avanzar en la comprensión de esta última fuente de sufrimiento, se topa con una aseveración que enuncia; “gran parte de la culpa por nuestra miseria la tiene lo que se llama nuestra cultura; seriamos mucho más felices si volviéramos a encontrarnos en condiciones primitivas”. 

   Más adelante dice: “…como quiera que se defina el concepto de cultura, es indudable que todo aquello con lo que intentamos protegernos de la amenaza que acecha desde las fuentes del sufrimiento pertenece, justamente, a esa misma cultura”. Vemos cómo se va construyendo un argumento que expone una situación paradójica, donde cualquier acción que se realice para defenderse del sufrimiento, queda enmarcada en la fuente u origen del mismo, que es la cultura. Se pregunta por la hostilidad hacia la cultura, que abarca a grandes porciones de la humanidad, e hilvana una serie de hechos históricos (el nacimiento del cristianismo, el contacto con pueblos primitivos), para ensayar una respuesta posible, en cuanto al descontento que abonó esa hostilidad contra un estado de la cultura, así como cierto idealismo ingenuo sobre las condiciones de vida de los pueblos primitivos. Y en último lugar, el descubrimiento de los mecanismos de origen de la neurosis, relacionados con la imposibilidad para el individuo de soportar la frustración que la sociedad impone en aras de los ideales culturales. Estos tres eventos, en parte, explican la hostilidad hacia la cultura. El autor continúa desplegando la interrogación en torno a la relación entre los avances científico-tecnológico, que modificaron las condiciones de vida, y su relación con la satisfacción placentera que esperan de la vida los seres humanos.

   A través del análisis de algunos de estos desarrollos (comunicación y transporte), señala aspectos positivos y negativos, que los mismos acarrean. Plantea: “Parece establecido que no nos sentimos bien dentro de nuestra cultura actual, pero es difícil formarse un juicio acerca de épocas anteriores, para saber si los seres humanos se sintieron más felices y en qué medida, y si sus condiciones de cultura tuvieron parte en ello”. Para avanzar propone que “…abordemos la esencia de esta cultura cuyo valor de felicidad se pone en entredicho”. Y la define como aquella que “…designa toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre los hombres”.

    Buscará señalar los rasgos de la cultura tal como aparecen en las comunidades humanas, dejándose guiar por los usos lingüísticos. Partirá del desvalimiento del ser humano al nacer, de como todo el patrimonio cultural ha potenciado las capacidades del hombre para “controlar” y actuar sobre la naturaleza. Transformando parte del universo de sus creencias, por el sentimiento de omnipotencia, creído por el dominio logrado, al respecto nos dice: “El hombre se ha convertido en una suerte de dios-prótesis”. A continuación, desarrollará dos aspectos de la cultura: la utilidad, en términos de funcionalidad y beneficio material, y la belleza, a la que suma los signos de la limpieza y el orden. Concluye: “…el resorte de todas las actividades humanas es alcanzar dos metas confluyentes, la utilidad y la ganancia de placer…” El último rasgo de la cultura que aborda, coincide con la tercera fuente del penar, la forma en la que se regulan los vínculos sociales, que nos remite al origen de la organización social. Es decir, la insuficiencia de las normas que regulan los vínculos, es algo estructural, inherente a la condición humana, esa renuncia pulsional es imprescindible para ser parte de una comunidad, y al mismo tiempo es origen del malestar. Cuando hablamos de patologías de época, nos referimos a una serie de cuadros predominantes, con los que nos encontramos en la práctica clínica. Estos cuadros varían de una época a otra, porque están en relación a las características de la cultura en la cual se producen. Hacia fines del Siglo XIX y principios del XX, en la Europa victoriana, con una fuerte represión de la sexualidad, sobre todo la femenina, la emergencia de la histeria como patología de época, era justamente una respuesta o producción vinculada a la cultura imperante. En nuestra época el malestar en la cultura, está atravesado por un impulso al goce, la sexualidad está en el centro de la escena, hay para todos los gustos, siendo un objeto más de consumo. La mediatización tecnológica y financiación de los lazos sociales, la supremacía de la imagen, la aceleración del tiempo, la devoración y consecuente aniquilación del planeta, son algunos de los aspectos que conducen al malestar actual. En los tiempos que corren, podemos señalar algunas de las patologías prevalentes, vinculadas a problemáticas de consumo (sustancias, juego, alimentos, etc.), tales como trastornos de ansiedad, depresión, trastornos del aprendizaje, etc. La lista podría extenderse, pero queremos llamar la atención sobre ciertas características de la cultura actual, de impronta neoliberal, que aspira a financiar todos los intercambios sociales. Donde impera una lógica de consumo voraz y de competencia despiadada, características de una cultura que imprime su marca, en las patologías antes mencionadas. El consumidor, se consume a sí mismo, en un goce desenfrenado, estimulado por una cultura del sin límites, depredadora a escala planetaria. La competencia despiadada del “mercado”, arroja a millones de personas a la intemperie, y los que quedan dentro deben producir, producir y producir, para sostenerse, sobreexigencia que repercute en la aparición de síntomas de ansiedad y/o depresivos.

  La sobreestimulación de los niños, satura sus capacidades de procesamiento psíquico. Todos inmersos en una aceleración del tiempo, sin precedentes, pero no sin consecuencias. Para finalizar, podemos apreciar la lucidez plasmada por Freud en este ensayo, que ilumina las condiciones de relación entre los seres humanos, desde el amor a la destrucción, y la aspereza que implica vivir, más allá de los eslóganes publicitarios.

                       ----------------------------------


EL MALESTAR EN LA CULTURA (FREUD) – ANÁLISIS NEUROBIOLÓGICO
    
  Resulta Interesante considerar las opiniones de Freud sobre el malestar humano publicadas hace 90 años en su obra El malestar en la cultura, considerada por muchos como una de las más influyentes de entre sus libros de carácter general.

    Freud parte de que, a pesar de todos los magníficos logros de la cultura, la humanidad sigue sintiendo cierto malestar con su estado. Esto ocurre especialmente con respecto a las relaciones, ya sean entre las personas o entre una persona y la familia, la comunidad o la sociedad en general. ¿Qué resultados tiene ese malestar? Para contestar, Freud hace una pregunta fundamental, a la que ofrece respuestas complejas. La pregunta es de una sencillez pasmosa: “¿Qué buscan las personas en la vida?”. La respuesta es, por supuesto, “la felicidad”. Según Freud, esto equivale a satisfacer el principio del placer. Este principio rige la operación del sistema mental desde el inicio. No se duda de su eficacia y, aun así, este programa se lleva a matar con el mundo entero, con el macrocosmos y con el microcosmos. Freud no especificó la base neurológica de ese principio, no pudo porque cuando escribió sus obras, aún no se había representado gráficamente con el detalle con el que lo vemos ahora. Sin embargo, su perspectiva neurobiológica era profunda, al igual que su pregunta, pues, en última instancia, la búsqueda de la felicidad debe estar relacionada con la satisfacción de algún componente en el cerebro, algún principio neurobiológico.

   Desde la época de Freud los neurobiólogos han descubierto que hay centros del placer y circuitos de recompensa en el cerebro. Hoy día se conocen bastante bien los centros del cerebro corticales y subcorticales que intervienen en las adicciones y por tanto en la obtención de placer, por nombrar algunos estaría el núcleo accumbens, el área tegmental ventral (VTA) y el sistema límbico entre otros. Se trata de todo un conglomerado de estructuras cuyas células están conectadas de forma intrincada y cuyo perfil fisiológico depende de la liberación controlada y mantenida de neuromoduladores como la dopamina, oxitocina, vasopresina y serotonina. La pauta de activación de células que median estos moduladores está muy relacionada con la satisfacción y la saciedad. Todo ello constituiría el fundamento neurológico del principio del placer del que hablaba Freud. Para Freud, la satisfacción del principio del placer entra en conflicto con los objetivos de la cultura en general, que trata de poner freno a las satisfacciones individuales en favor del bien común. Escribió que “Gran parte de la lucha de la humanidad se centra en la tarea única de encontrar un espacio conveniente –es decir un espacio que proporcione felicidad- entre la reivindicación de la persona y las reivindicaciones culturales del grupo. Uno de los problemas que afectan al destino de la humanidad es si dicho espacio se puede alcanzar mediante alguna forma de cultura concreta o si este conflicto es irreconciliable”.




               Núcleo-Accumbens-y-AVT-Adicciones-NeuroClass

   
  Cuando hablamos del proceso de recompensa, la presencia de ciertas estructuras cerebrales es esencial para que sintamos placer en determinadas circunstancias. Dichas estructuras se encuentran relacionadas sobre todo con el sistema límbico. En otras palabras, el sistema de recompensa cerebral incluye zonas mesolímbicas y mesocorticales que generan cambios bioquímicos en nuestro cuerpo. Este sistema involucra especialmente a dos estructuras básicas, el núcleo accumbens y el área tegmental ventral.

 - Sistema límbico: es elemental en lo referido a regulación de emociones, aprendizaje, mediación de memorias y monitoreo de homeostasis interna. Asimismo, este sistema está involucrado en el control de conductas sexuales y alimentarias. De igual manera, es altamente influyente en el grado de motivación de la persona.


 - Área Tegmental Ventral: Área asociada al hipotálamo, ubicada en la zona del cerebro medio. Produce impulsos dopaminérgicos en conjunto con sustancia negra, liberan mayor cantidad de dopamina en el núcleo accumbens.

 - Núcleo Accumbens: se trata de un grupo de neuronas que forman parte del encéfalo y que, en conjunto con el bulbo olfatorio, conforman los ganglios basales. El núcleo accumbens tiene un rol fundamental con respecto al placer, la risa, la sensación de recompensa, adicción y aversión.

   Es así como el sistema de recompensa cerebral involucra centros del sistema nervioso que obedecen a ciertos estímulos que recibe nuestro cuerpo. Se activan de acuerdo al tipo de actividad que realizamos y responden a la cantidad de neurotransmisores liberados. Es así como su estimulación puede llegar a generar respuestas intensas que pueden apoderarse de estas estructuras, produciendo la adicción. 

   Uno de los factores que obstaculizan la satisfacción de los principios del placer es la variabilidad humana. El principio del placer basa su principal fundamento en la satisfacción de las exigencias instintivas, ya sean amor, sexualidad, agresividad, codicia o la experiencia de la belleza. Sin embargo, son categorías amplias, en las que hay muchas sutilezas. No todas las personas encuentran los mismos medios para complacer su amor o sus impulsos sexuales, ni tampoco las exigencias de codicia en una persona son idénticas a las de otra. De hecho, el sello distintivo de la raza humana es su variabilidad. Charles Darwin hizo hincapié en que los órganos más variables son los que se desarrollan más rápido. En los humanos, encontramos la mayor variabilidad en el cerebro. Podemos deducirlo con bastante certeza al observar la variabilidad de la conducta de los hombres. Si estudiamos las manifestaciones externas y apreciables del cerebro en cuanto a aptitudes, capacidades y conducta de dos personas de la misma ciudad y en el mismo contexto, lo más probable es que encontremos variaciones enormes. A pesar de estas diferencias en cuanto a aspiraciones, conducta y capacidades, la sociedad impone un código de conducta más o menos homogéneo en todos. Por supuesto, la sociedad aísla a los transgresores y se venga de ellos sin piedad; puede permitírselo poque su venganza esta institucionalizada y es anónima. 

   Además de los procesos evolutivos de los que es producto, su preocupación son los agrupamientos sociales, le resulta indiferente el destino individual. Para Freud, lo peor de todo es la conducta y la aspiración homogéneas que impone la religión, porque “La religión restringe este juego de elección y adaptación, pues impone a todos por igual su propio camino hacia la consecución de la felicidad y hacia la protección frente al sufrimiento”, es decir, sin tener en cuenta la variabilidad humana y la variedad de sus necesidades. Las exigencias de la religión y de la cultura que conciernen a los instintos son especialmente perniciosas cuando está implicada la sexualidad como fuerza importante y, a veces, dominante de la conducta humana. Las sociedades suelen imponer rigurosas prohibiciones en esta área, sin tener en cuenta la variabilidad humana en este aspecto, al igual que en muchos otros. Para Freud, “El requisito que se demuestra en esas prohibiciones, que haya un único tipo de vida sexual para todos, hace caso omiso de las desemejanzas, ya sean innatas o adquiridas, en la constitución sexual de los seres humanos; aísla un número importante de ellas para el disfrute sexual y, así, se convierte en fuente de graves injusticias”.

   Según Freud la causa primordial de la felicidad iba más allá de la mera dificultad de satisfacer las exigencias instintivas en relación con otra persona, e implicaba casi todos los aspectos humanos importantes. Pues, “cuando consideramos la deficiencia al regular relaciones humanas en la familia, en la comunidad y en el estado y cuando consideramos lo infructuosos que han demostrado ser nuestros esfuerzos para protegernos del sufrimiento en esta área concreta, la sospecha se cierne sobre nosotros y pensamos que un pedazo de naturaleza inconquistable merodea escondida detrás de esta dificultad también, en la forma de nuestra constitución mental”. En el sistema freudiano se trata de una lucha entre los procesos conscientes e inconscientes y entre el ego y su sistema censor, el superyó. Para Freud, la “constitución mental” se apoya en la función del cerebro como órgano que busca el conocimiento más que en las reivindicaciones contradictorias del ello, el yo y el superyó. Más alla de lo que postulaba Freud, hoy se acepta que la variabilidad no es la única contradicción irreconciliable; también lo es la que está arraigada en la biología del cerebro en su función como órgano que busca y adquiere conocimiento, con una capacidad de formar conceptos sintéticos que suelen quedar insatisfechos. Es una obviedad señalar que, en un sistema tan variable como es la conducta humana, sería sorprendente que algunos afortunados encontraran la capacidad de satisfacer los centros del cerebro con medios que están más allá del alcance de los demás. Es cierto que existen los matrimonios felices, las relaciones felices y las interacciones sociales felices; sin embargo, también hay un número significativo de personas, quizás la mayoría, que sienten cierto malestar con respecto a un importante aspecto u otro de sus vidas.

   Según parece, existe una notable contradicción entre las exigencias de la biología en cuanto a variabilidad humana y las exigencias en cuanto a la conformidad de otro sistema biológico, el de la sociedad. La contradicción es de lo más sorprendente porque los objetivos de ambos sistemas son los mismos, la continuación y la protección de las especies o, para ser más exactos, la continuación mediante la selección natural de los elementos genéticos que tienen una tasa de reproducción más alta que otros. Estas consideraciones biológicas no se deben considerar sólo en un sentido negativo, a pesar de las dificultades que generan al individuo. Aunque son de gran importancia en la civilización occidental, en cierto sentido, a la biología le interesa poco la persona una vez que se ha reproducido y ha transferido sus genes. Al proteger las especies y maximizar sus oportunidades de supervivencia y desarrollo, parece que la evolución emplea dos principios con el mismo objetivo, aunque con prescripciones contradictoria, algo que Freud no llegó a apreciar. En general, la biología con la evolución como representante tiende hacia esas condiciones que maximizan la frecuencia de los elementos genéticos, satisfactorios desde el punto de vista reproductivo, en una población.

    La agresividad, la exaltación, el amor, la sexualidad y la exhibición de la conducta que es probable que atraiga al sexo opuesto son todas ellas formas de maximizar las posibilidades de tener éxito en la reproducción. Sin embargo, la moralidad y las reglas sociales que ha desarrollado la sociedad, es decir, los cerebros colectivos, también están en sí mismos adaptados para conseguir esos mismos objetivos. Por ejemplo, tanto la unidad familiar como la prohibición moral del adulterio actúan como escudos protectores que promueven la educación de la descendencia en un entorno estable y, de esta manera, intentan asegurar su futuro éxito al distribuir los genes con una tasa de reproducción más alta. Aun así, ambas son diametralmente opuestas al deseo reproductor que también promueve la actividad promiscua, que es probable que tenga el mismo éxito biológico. La moralidad, aunque en el fondo tenga un origen biológico, y promueva los nacimientos, está en continua lucha contra la biología y, en esa contienda, la biología siempre ha salido victoriosa a largo plazo. Los horrores de la guerra no han impedido que los hombres vuelvan aluchar, incluso con el poder de destrucción masiva que tenemos en la actualidad. De ahí también el desalentador fracaso del mensaje de que deberíamos amarnos los unos a los otros y el éxito tan escaso de la llamada a la monogamia. La sociedad civilizada se ha visto obligada a omitir en silencio muchas transgresiones que, de acuerdo con sus propias prescripciones, tenía que haber castigado. La biología ha desempeñado una función esencial en los casos en los que han prevalecido las prohibiciones morales, como en el del incesto, ya que se trata de un sistema que reduce la variabilidad.

   Según Freud, el ser humano se separa de la realidad para intentar vencer las imposiciones que le impiden satisfacer el principio del placer, y por ello escribió: “La vida, según la vemos, es demasiado difícil para nosotros; nos produce demasiado dolor y decepción. Para aguantarla realizamos construcciones auxiliares, tal vez hay tres medidas para ello: las desviaciones poderosas, que arrojan un poco de luz a nuestra miseria; las satisfacciones sustitutas, que disminuyen nuestra miseria, como las que ofrece el arte y serían ilusiones opuestas a la realidad gracias al papel que asume la fantasía en la vida mental; y la tercera medida sería el uso de sustancias estupefacientes, que nos hacen insensibles a la miseria. Pero Freud, en su análisis, no tiene en cuenta que la única realidad es la que crea el cerebro, formada en gran medida por el entorno externo, a la vez que también es independiente de él. La realidad que construye el cerebro es el producto de su sistema de adquisición del conocimiento, crea conceptos sintéticos y construye ideales que muchas veces causan malestar.

   Freud plantea que una forma de buscar la felicidad es el disfrute de la belleza, que satisface alguna necesidad psicológica y, por tanto, neurobiológica muy arraigada. La visión de algo bello activa el sistema de recompensa del cerebro, igual que ocurre cuando satisfacemos impulsos instintivos. La sublimación no es una buena opción como observó Thomas Mann en su novela La muerte en Venecia para evitar la frustración en nuestro encuentro con el mundo exterior hostil: El amor sigue siendo nuestro deseo, nuestra ansia y nuestra vergüenza. Para Freud la intensidad del disfrute que se desprende de la sublimación es moderada en comparación con la que se deriva de saciar los impulsos instintivos primarios y burdos, y, además, sólo está al alcance de personas con dones artísticos, científicos o literarios.

       Las culturas orientales, a través de la práctica del yoga lo que buscan es suprimir y eliminar los instintos que, debido a la dificultad de satisfacerlos provocan sufrimiento. Lo que ocurre es que lo único que logran es la felicidad de la tranquilidad, rechazando las realidades del cerebro, reconociendo abiertamente que son inalcanzables.

    Para Freud en la cumbre del enamoramiento, la frontera entre el ego y el objeto amenaza con desvanecerse. Contrario a todas las pruebas de sus sentidos, un hombre enamorado declara que “yo” y “tú” son uno y está preparado para comportarse como si fuera un hecho. Al tiempo, la frontera vuelve a surgir lo que infunde a los amantes el ardiente deseo de ser aniquilados para que la frontera que les separa se pueda disolver en otro mundo, tras la muerte.

   Más útil que la sublimación resulta la imaginación, que no es más que una reelaboración de las realidades que experimenta el cerebro y que terminan convirtiéndose en la realidad de éste. Freud creía que el disfrute de las obras de arte va a la cabeza de las satisfacciones mediante la fantasía, un disfrute que, por medio del artista, es accesible incluso para los que no son creativos. El cerebro del espectador también es creativo cuando observa obras de arte que son grandiosas porque se corresponden con numerosos conceptos distintos de multitud de formas diferentes. Las obras de arte hacen que el mundo de la fantasía esté seguro y que se encuentre mucho más allá del alcance de la crítica, de la desaprobación o de la ley. Del mismo modo que la imaginación, la fantasía y la creatividad suponen una disminución de la conexión con la realidad, lo que permite al cerebro desconectarse de las experiencias concretas y aproximarse lo máximo posible al concepto sintético para que, libre de restricciones y prohibiciones, encuentre un equivalente a lo que desea en el mundo exterior. La creatividad es la forma que tiene el cerebro de compensar sus defectos.

                
El malestar de la cultura - YouTube





No hay comentarios: