lunes, 8 de junio de 2020

LA ORDALÍA O JUICIO DE DIOS





LA ORDALÍA


El juicio del fuego 
El juicio del fuego es quizá el que más se recuerde gracias a novelas y películas de Hollywood. Lo cierto es que fue muy usado, sobre todo con mujeres en casos de adulterio. Se ha hablado de las muchas formas de aplicarlo y es cierto que no solo había una. Sin embargo, la más común era hacer andar al condenado descalzo por una especie de rejilla metálica al rojo vivo. Tenía que dar nueve pasos completos para probar su inocencia. En algunos casos en lugar de una rejilla el acusado tenía que sostener en sus manos un hierro al rojo vivo durante estos nueve pasos. Si el acusado no tenía ninguna herida o daño, era declarado inocente sin más preámbulo. Lo más normal era que después de la prueba el acusado acabara muy malparado por las quemaduras. Lo que se hacía era vendar las heridas del acusado durante tres días, después de los cuales un sacerdote tenía que verificar las quemaduras. Si las heridas habían sanado después de los tres días, la inocencia estaba probada. Si las quemaduras seguían estando, era una prueba de culpabilidad. El castigo normalmente era el exilio o en los peores casos la muerte por lapidación.

                                     LA ORDALIA, INSTRUMENTO DE JUSTICIA


   La ordalía o Juicio de Dios era una institución jurídica vigente hasta finales de la Edad Media en Europa. Según Francisco Tomás y Valiente, las ordalías consistían en "invocar e interpretar el juicio de la divinidad a través de mecanismos ritualizados y sensibles, de cuyo resultado se infería la inocencia o la culpabilidad del acusado". No cabe duda del carácter mágico e irracional de estos medios probatorios, de ahí que las ordalías fueran siendo sustituidas por la tortura a partir de la recepción del derecho romano en el siglo XII. ​

Ordalía de Cunegunda, esposa de Enrique II, que fue acusada de adulterio. Bajorrelieve de la Catedral de Bamberg.

Cuando unos calumniadores la acusaron de conducta escandalosa, su inocencia fue reivindicada por la divina providencia mientras ella caminaba sobre piezas de hierro ardientes sin resultar lesionada, para gran regocijo de su esposo, el emperador.
                       
   Mediante la ordalía se dictaminaba, atendiendo a supuestos mandatos divinos, la inocencia o culpabilidad de una persona o cosa (libros, obras de arte, etcétera) acusada de pecar o de quebrantar las normas jurídicas. Entre hidalgos y nobles, si en un pleito (o cuestión o "punto de honor" referentes a los delitos de alevosía o traición) el ofendido no aceptaba lo que decidiera el tribunal, se dirimía quién decía la verdad en instancia superior forzando al otro a aceptarla por medio de las armas en un duelo llamado riepto o reto en el Fuero real y el Cantar de mío Cid; el vencedor ganaba con efectos jurídicos, y el perdedor podía quedar muerto.

  ​ En su forma más judicial consistía en pruebas que en su mayoría estaban relacionadas con torturas causadas por el fuego o el agua, donde se obligaba al acusado a sujetar hierros candentes, introducir las manos en una hoguera o permanecer largo tiempo bajo el agua. Si alguien sobrevivía o no resultaba demasiado dañado, se entendía que Dios lo consideraba inocente y no debía recibir castigo alguno. De estos juicios se deriva la expresión “poner la mano en el fuego”, ​ para manifestar el respaldo incondicional a algo o a alguien, o la expresión “prueba de fuego”.


                            
                     La Ordalía por envenenamiento


En algunas tribus africanas tenían hace años sus propias maneras de ver si una mujer era una bruja o estaba poseída por un ser maligno. Para ello se usaba el Haba de Calabar, el cual es el fruto de una enredadera y muy venenosa. Se pensaba que dios haría un milagro y permitiría que la acusada pudiera vomitar las semillas del Calabar. Si esto ocurría la víctima era inocente. Si la acusada no conseguía vomitar este peligroso fruto era culpable. Por supuesto, el veneno se encargaba de dar el castigo con la muerte.

                    

La Ordalía o Juicio de Dios usando serpientes

En algunos sitios se usaban serpientes para que mostraran si el acusado era inocente o culpable. Normalmente se hacía cuando alguien acusaba a alguien de forma falsa o mentía para conseguir un fin. Era algo parecido a lo que llamamos perjurio hoy en día. La forma más habitual de hacer esta prueba era poner una cobra dentro de un envase de arcilla o barro. También se ponía un objeto, que usualmente era un anillo. La persona tenía que coger el anillo sin ser mordido por la serpiente. Si no era mordido la persona era declara inocente.

                             El juicio por sangre

Se utilizaba sobre todo durante juicios por asesinato. El cuerpo de la víctima del supuesto asesino era puesto en una pequeña plataforma. Luego el o los acusados del asesinato tenían que tocar el cuerpo. Se pensaba que cuando el verdadero asesino tocara a la víctima, la herida de la víctima empezaría a sangrar. Si no había ningún tipo de sangrado, el acusado era inocente.

                 

 Orígenes

Prueba de fuego de Harald Gille, presunto hijo de Magnus III de Noruega. Harald camina descalzo sobre hierros ardientes para probar su ascendencia real. Ilustración de Gerhard Munthe (1899)
    El significado etimológico proviene de la palabra inglesa “ordeal” que significa juicio o dura prueba que debe atravesar aquella persona (el acusado) para poder demostrar su inocencia. Los germanos, al invadir el Imperio romano de Occidente, popularizaron su aplicación donde pasó a designarse como "juicio de Dios", por considerarse que el veredicto dictado por esta prueba era de origen divino. Sin embargo, esta manera de fallar juicios es de origen más antiguo y ya se conocía en la antigua Grecia. Los hebreos, por otra parte, según se escribe en la Biblia, tenían una forma de ordalía para justificar los celos de un marido y demostrar si una mujer era adúltera: se le hacía beber el "agua amarga de la maldición", un brebaje preparado por el sacerdote con agua y ceniza, entre otros elementos. Los romanos, por otra parte, tenían la leyenda de Mucio Escévola, quien dejó arder su mano ante sus enemigos etruscos en prueba de que decía la verdad.


Miniatura medieval que muestra la ordalía del hierro candente.
                       
  Los anglosajones o normandos diferenciaban este juicio del duelo judicial. Significa una prueba por el agua o hierro candente. El capítulo LXII de las leyes de Guillermo el Conquistador, dice: Si un francés acusa a un inglés de perjurio, defiéndase el inglés a su elección por el juicio de hierro o por el duelo.

Tipos de ordalías

   Desde los siglos X al XII hubo quien tuvo que sufrir la prueba del fuego, poniendo la mano en un brasero, andando con los pies desnudos por carbones encendidos o atravesando con los pasos contados el espacio entre dos hogueras.

   Otros sufrieron la prueba del hierro candente, para lo cual se enrojecían al fuego unas veces nueve o doce rejas de arado, otras un guantelete de armas, donde el acusado debía meter la mano y otras una barra de hierro.

   La ordalía o prueba judicial se realizaba en la iglesia. A un lado estaba el agua hirviendo, en una caldera puesta al fuego, y al otro una gran cuba donde se echaba agua fría. Las iglesias donde se ejecutaba la prueba caldaria recibían este privilegio del señor dominante del territorio. Los acusados pagaban al fisco de la iglesia el derecho exigido por la prueba, y el agua fría estaba reservada para los villanos o pecheros.

                          8 Formas de Ordalía o Juicio de Dios - Flipada.com

La Ordalía mediante agua hirviendo

Otra prueba donde dios era el que daba su visto bueno era usando agua hirviendo. Para que el acusado pudiera demostrar su inocencia un sacerdote hervía una olla de agua y la bendecía para que fuera agua sagrada. Luego se ponía una piedra dentro de la olla la cual tenía que coger el acusado. El tamaño de la olla dependía de la gravedad del crimen del acusado. La idea era que si era un crimen menor el agua le llegaba hasta la muñeca, y si era grave hasta el codo. El agua estaba a una temperatura muy alta y se pensaba que la presencia de dios demostraría la inocencia o culpabilidad del acusado. Después de coger la piedra con la mano, se vendaban las quemaduras tal como se hacía en el juicio de fuego. Tres días después se verificaban las quemaduras para ver si habían sanado. Si no era así el acusado era culpable.

                    
 También el agua fría servía para hacer un juicio de dios
 En la versión con agua fría se ataba al acusado y se lanzaba a un río o lago. Se pensaba que el agua era un signo de pureza y rechazaba el mal. En algunos casos se hacía un agujero en el suelo y se llenaba con agua que luego un sacerdote bendecía. Si el acusado flotaba, significaba que el agua lo estaba rechazando por lo que era culpable. Si se hundía era inocente porque el agua le había aceptado. Este método se hizo muy común sobre todo en juicios a brujas.

   En los pueblos germánicos, la prueba del agua se usó en Alemania sin los ritos religiosos en las acusaciones de sortilegio.

Otros tipos de juicio eran los siguientes:

   El juicio de la Eucaristía estaba destinado a los eclesiásticos, habiendo sido sustituido por el juramento en el concilio de Tribur o Trebur (Alemania), pero más de una vez se usó con los seglares. El canon XV dispuso que se cantase una misa solemne por el abad o un religioso designado por él. Toda la comunidad debía acercarse a la sagrada mesa y, al recibir cada monje la eucaristía, confesar su inocencia y decir en voz alta lo siguiente: Corpus Domini sit mihi ad probationem hodie.

El Juicio del Espíritu Santo está sacado de la historia eclesiástica. Tenemos un ejemplo notable de esta prueba de cómo el Espíritu Santo presidía el examen de la verdad, que es el siguiente: Hildebrando, enviado por el papa como legado para deponer a varios prelados culpables de simonía, hizo comparecer al obispo de Tréveris, acusado por la voz pública, y dijo lo siguiente: Ven y si posees legítimamente el Espíritu Santo di sin temor Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. El simoníaco alzó la voz y dijo Gloria... pero no acabó la fórmula, y descendió de la silla episcopal.

El Juicio de la Cruz se realizaba del siguiente modo: delante de un altar se colocaban dos personas en pie, inmóviles con los pies juntos y los brazos abiertos en la actitud de un crucificado. Se leía delante de ellos la misa, los salmos o el evangelio de la Pasión. El que se movía perdía el pleito. Esta práctica fue abolida en Francia por Ludovico Pío.

El Juicio del corsned (“bocado del juicio” en inglés antiguo) consistía en una prueba que se hacía con un pedazo de pan o queso. Estos alimentos se bendecían. Se consagraban con ciertas fórmulas y se hacía sobre ellos la señal de la cruz. Si el acusado era culpable, sus dientes no llegarían a masticarlo o sus entrañas serían devoradas por un fuego interior, sufriendo todos los efectos de la oración sacramental: Fac eum qui reus erit, Domine, in visceribus angustiare, ejusque guttur conclude.


Ordalías en España

En España encontramos las siguientes ordalías:

   La pena correspondiente al juicio de Dios más antigua que se usó en España fue la pena caldaria o prueba del agua hirviendo. Eso se presume leyendo algunas leyes, como el Fuero de León. En este fuero se habla de dos leyes diferentes con esta prueba, que se aplicó a las personas acusadas de homicidio, robo, etc. Se dieron abusos y para paliar esto, Alfonso VI, en 1072, mandó que sólo se realizase la prueba en la catedral de León, pero no hubo una observancia total de esta disposición. Esta pena se siguió aplicando y sancionando en los fueros locales.

   La prueba del desafío o riepto era igualmente admitida. Se trataba de un combate armado y violento entre dos contendientes. Se encuentra en el Fuero de León (1017). En la ley duodécima de esta carta se permite a los acusados purgarse eligiendo entre el juramento o la lid (combate). Se confirma asimismo en Las Partidas de Alfonso X el Sabio.


La Ordalía o Juicio de Dios usando el combate se hacía entre dos personas que tenían una disputa
Dependiendo de las causas del enfrentamiento, era dios el que tenía que decidir quién era culpable dando fuerza al combatiente que tenía razón. El ganador era inocente porque dios había intercedido y le había dado fuerzas para vencer a su enemigo. Si el que había perdido no había muerto todavía, era colgado o quemado dependiendo del asunto del juicio. Si el crimen no era demasiado grave, se le cortaban las manos y confiscaban sus bienes.
Con los años el juicio mediante un combate se cambió por algo menos violento. Se sustituyó por el método de la cruz. En este caso consistía en que los dos contendientes se pusieran frente a un altar con una gran cruz. Luego tenían que levantar los brazos en alto formando una cruz. Se trataba de ver quien aguantaba más con los brazos levantados. El primero que los bajara era culpable.
                  
   También se admitía la prueba del hierro ardiendo, pero nunca se usó la prueba del pan y del queso.

   Entre varios reglamentos famosos, el Fuero de León establecía que si el alcalde y los hombres buenos o derecheros tenían dudas acerca de si el acusado se había quemado o no, debían llamar como peritos a dos fieles herreros que prestaban juramento. El alcalde debía dictar sentencia teniendo en cuenta su testimonio.



La ordalía nuestra de cada día

"En la era de las redes y la globalización acelerada hemos reinventado la ordalía, ese mecanismo ritualizado medieval en el que se buscaba el respaldo divino a la hora de ser juzgado".

Joseba Louzao - mayo de 2019

   Woody Allen no tiene quien le edite sus memorias. Según hemos sabido, hasta cuatro editoriales han rechazado el manuscrito. Estas negativas se suman a la decisión que tomó Amazon de no estrenar la última película del cineasta de Brooklyn en su plataforma de vídeo. La reputación de Allen está por los suelos y, a sus ochenta y tres años, parece improbable que pueda levantar cabeza. Poco importa que la acusación de haber abusado de su hija adoptiva, hecha durante el turbulento proceso de separación que le enfrentó con Mia Farrow, no haya podido ser demostrada. El público ha dictado sentencia. Y los empresarios, siempre temerosos del poder del mercado, no se atreven a apostar por quien ya ha sido marcado con el moderno sambenito de la vergüenza. Allen es un valor tóxico pese a la enorme cantidad de fieles que aún mantiene.

   En la era de las redes y la globalización acelerada hemos reinventado la ordalía, ese mecanismo ritualizado medieval en el que se buscaba el respaldo divino a la hora de ser juzgado. Por ejemplo, el acusado debía poner su mano en el fuego o meter alguna de sus extremidades en agua hirviendo para demostrar su inocencia. Si las heridas sanaban es que era inocente. Si no, pagaba por su inequívoca culpabilidad. Hoy la opinión pública es juez y parte en este tipo de juicios. Las ordalías nuestras de cada día favorecen incriminaciones basadas en una sensibilidad postiza y en un moralismo extremo. Incluso es una herramienta mucho más perversa, ya que no hay escapatoria posible. Allen no será ni el primero ni, por desgracia, el último. El inculpado siempre es culpable.

   El miedo siempre está azuzado por la ira y necesita de los suficientes chivos expiatorios para sobrevivir. Como otras tantas cruzadas que hemos llegado a conocer, está encabezada por envenenadores inflamados a los que les preocupa demasiado poco la verdad o las pruebas sobre las que se sustentan las más graves imputaciones. Como recordaba el Secretario de Prensa de Lyndon B. Johnson al hablar de Joseph McCarthy, el célebre instigador de la “caza de brujas” contra los comunistas en los Estados Unidos de los cincuenta: “Joe no sabría encontrar un comunista en la plaza Roja; era incapaz de distinguir a Karl Marx de Groucho Marx”.

   Los nuevos cazadores son incapaces de discernir sobre sus acciones. Se trata del eterno retorno de la infamia inquisitorial: el acusado jamás será inocente. Y esta estrategia se beneficia de la timorata conformidad de aquellos que no quieren ser señalados como discrepantes. Lo que unos y otros parecen haber olvidado es que, en cualquier momento, el péndulo incriminatorio puede girar sobre ellos mismos con toda la crudeza.


                                                       


   



  

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