miércoles, 17 de junio de 2020

EL RACISMO EN USA - OTRA VEZ

            
¡No podemos respirar!


Cuatrocientos años después de que arribara el primer esclavo a las playas de Virginia, los afroamericanos de Estados Unidos siguen considerados ciudadanos de segunda.

Escena de Lower Manhattan

Cuatrocientos años después de que arribara el primer esclavo a las playas de Virginia, los afroamericanos de Estados Unidos siguen considerados ciudadanos de segunda.


     La muerte de George Floyd durante un brutal arresto policial ha sido el detonante de las recientes protestas callejeras que se han extendido como una mancha de aceite por todo Estados Unidos, sumido en la ira ante el racismo y los estragos de la pandemia. Así se vivió en Nueva York.

  
Fotografías de Ashley Gilbertson
Texto en pies de página de Guillermo Fesser


La abolición fue en realidad un ERE que, además de dejarles sin trabajo, les negó el acceso a la educación, a la sanidad y a una vida digna.
La abolición fue en realidad un ERE que, además de dejarles sin trabajo, les negó el acceso a la educación, a la sanidad y a una vida digna. 

 ¡No podemos respirar!
De la esclavitud pasaron a la pobreza. Y de ahí, a la cárcel.

El 25% de todos los presos del planeta están aquí. La mayoría son de raza negra.
La rabia estalló en medio centenar de ciudades de Estados Unidos tras la brutal muerte de George Floyd en Minneapolis a manos de la policía.
El 25% de todos los presos del planeta están aquí. La mayoría son de raza negra.

  Trump no ha creado esta discriminación, pero la ha evidenciado alentando a los supremacistas blancos.
Tercer día de protestas en Nueva York por la muerte de George Floyd durante una brutal detención policial.
Trump no ha creado esta discriminación, pero la ha evidenciado alentando a los supremacistas blancos.

Tanto que el vídeo de un policía asfixiando con su rodilla a un inocente, cual león a punto de devorar su presa, la ha hecho insostenible.
Tanto que el vídeo de un policía asfixiando con su rodilla a un inocente, cual león a punto de devorar su presa, la ha hecho insostenible.

Estas imágenes no retratan manifestaciones, sino funerales masivos por George Floyd y por todos los ciudadanos cuyos derechos se ignoran y se pisotean a diario.
Estas imágenes no retratan manifestaciones, sino funerales masivos por George Floyd y por todos los ciudadanos cuyos derechos se ignoran y se pisotean a diario. 

Justo cuando Estados Unidos está a punto de dejar de tener mayoría blanca, en lugar de gestionar la transición desde el diálogo para beneficio del país, Trump opta por llamar al odio en beneficio propio.
En diversos días de tumultos en Nueva York, también se registraron saqueos y destrozos en establecimientos, mobiliario urbano y vehículos policiales.

Justo cuando Estados Unidos está a punto de dejar de tener mayoría blanca, en lugar de gestionar la transición desde el diálogo para beneficio del país, Trump opta por llamar al odio en beneficio propio.
Pero el humo de los incontrolados no puede hacernos olvidar que no se trata de una revuelta de violentos.
Pero el humo de los incontrolados no puede hacernos olvidar que no se trata sólo de una revuelta de violentos.


Sino de la protesta pacífica e imparable de la inmensa mayoría de los estadounidenses contra el racismo intolerable.
 Protesta pacífica e imparable de la inmensa mayoría de los estadounidenses contra el racismo intolerable.



Por qué los negros de EE UU no respiran

AMANDA MARS (EL PAÍS)

George Floyd se había contagiado de coronavirus, le habían despedido del trabajo y murió bajo la rodilla de un policía blanco. Su historia ilustra la brecha racial que aún parte la superpotencia global



Una protesta en Washington por la violencia en contra de los afroamericanos


   George Floyd se había contagiado de coronavirus, le habían despedido del trabajo como consecuencia de la pandemia y murió bajo la rodilla de un policía blanco. La historia de este hombre de 46 años cuyo nombre y agonía han dado la vuelta al mundo se pierde en la selva de estadísticas que cuentan lo que hoy significa ser negro en Estados Unidos. Medio siglo después del ocaso de las leyes de segregación, más de 150 años después de la abolición de la esclavitud, y logradas cotas tan simbólicas como la de un presidente afroamericano, blancos y negros no viven la misma vida y, en muchos casos, en sentido literal, no habitan el mismo trozo de tierra.

   Los primeros siguen ganando más dinero que los segundos, gozan de mejor salud y tienen muchas menos probabilidades de acabar sus días en el suelo retenidos por cuatro agentes de policía, durante ocho minutos y 46 segundos mientras claman en público: “No puedo respirar”.

   Ese fue el final de Floyd el pasado 25 de mayo en la ciudad de Minneapolis (en el Estado norteño de Minnesota), un caso de brutalidad policial que ha encendido la oleada de protestas contra el racismo más generalizada e intensa desde el asesinato de Martin Luther King, traspasando incluso fronteras. Su nombre es el último de una larga lista de muertes incomprensibles a manos de fuerzas de seguridad, la manifestación extrema de un sesgo racista que sobrevive en el consciente e inconsciente de este país, un tipo de segregación distinta de la legal, económica en buena medida, que se mantiene con el paso de las décadas.

   El viernes pasado, las Bolsas celebraban un sorprendente buen dato de empleo en Estados Unidos: la tasa de paro había menguado en mayo del 14,7% al 13,3% gracias a los primeros compases de la reapertura del país. Para los negros, en cambio, era más alta y, además, seguía subiendo, del 16,7% al 16,8%.

   “La reforma de derechos civiles hizo a los negros ciudadanos completos, eliminaron la segregación sobre la ley, pero no bastaban para combatir la injusticia social, que es la base de esta situación. Eso no es nuevo, ya Martin Luther King quiso cambiar la naturaleza de la lucha en esa dirección. La Ley de Derechos Civiles cambió muchas cosas, pero los problemas de discriminación racial y de injusticia económica han seguido ahí. Y las fuerzas de seguridad han servido de cobijo para los reductos del supremacismo blanco”, señala Kevin Gaines, profesor de Derechos Civiles y Justicia Social de la Cátedra Julian Bond en la Universidad de Virginia.

   Los antepasados de Mélisande Short-Colomb llegaron a la colonia de Maryland en 1676. En 1838 los líderes jesuitas de la Universidad de Georgetown vendieron a su familia en un lote de 272 esclavos para hacer frente a los apuros económicos de la institución, hombres, mujeres y niños que fueron embarcados en Washington y entregados a sus nuevos dueños, en la sureña Luisiana. Allí nació, cuatro generaciones después, en 1954, Mélisande. Tres meses después de que llegase al mundo, el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación racial en las escuelas públicas, pero ella siguió yendo a clase separada de los blancos. Cuando tenía 10 años, un domingo por la mañana, cuatro miembros del Ku Klux Klan volaron una iglesia baptista y mataron a cuatro niñas negras. Al cumplir 14, asesinaron a Martin Luther King. En 2016, tras unas pruebas de ADN y la comprobación de varios documentos, conoció la verdad de sus orígenes. Por aquel entonces, la misma Georgetown que había vendido a su familia rendía cuentas con el pasado, reconocía su historia esclavista y la ayudó a matricularse en el centro dentro de un programa de apoyo a familiares de aquellos esclavos.

   Ahora Mélisande  vive en Washington. El pasado viernes, agarró una pancarta y se fue puño en alto hacia la Casa Blanca a protestar por George Floyd y por todo lo demás. “Para empezar, no me llame afroamericana, soy negra americana, mis raíces se encuentran en este país desde el siglo XVII y mis conexiones sanguíneas con África son las mismas que con Noruega”, arranca la mujer de 66 años, que antes de mudarse a la capital estadounidense había trabajado toda su vida como chef en Luisiana. “Repasando mi vida, puedo decir que han cambiado muchas cosas, claro, pero no lo suficiente para marcar la diferencia, esta es la misma situación, hay un elenco de personajes rotatorios que eligen ser así, eligen este paradigma”, afirma.

   Un puñado de datos ilustran de forma muy clara la brecha que aún separa a los negros y los blancos. En 2018, según la Oficina Estadística del Censo de EE UU, la media de ingresos de una familia negra se situaba en los 41.361 dólares (más de 36.600 euros) y había crecido un 3,4% respecto a la década anterior. Para los blancos no hispanos, los ingresos medios alcanzaban los 70.642 dólares (más de 62.500 euros), con un aumento del 8,8% en el mismo periodo, es decir, respecto a los niveles previos a la Gran Recesión.

   En patrimonio, la diferencia entre unos y otros es muy similar a la que había en 1968, el año de las grandes revueltas que tanto se recuerda estos días. Una familia negra de clase media acumulaba una riqueza de unos 6.674 dólares (unos 5.900 euros), y una blanca, de unos 70.768 (aproximadamente 62.600 euros), según los datos de la Encuesta de Servicios financieros recogida por The Washington Post, que descuentan el efecto de la inflación, es decir, del aumento de precios. En 2016, la familia negra cuenta con unos 13.024 dólares (algo más de 11.500 euros) y la blanca, con 149.703 (más de 132.500 euros). La diferencia ha crecido.

   Esas desigualdades se reflejan en la salud. Las estadísticas del Centro de Control y Prevención de Enfermedades de la Administración (CDC, por sus siglas en inglés) muestran que los negros de entre 18 y 49 años tienen dos veces más probabilidades de morir de una enfermedad cardíaca que los blancos, y los de entre 35 y 64 tienen un 50% más de posibilidades de sufrir hipertensión. Lo mismo ocurre con la diabetes y otras condiciones preexistentes y eso ha resultado letal en la pandemia del coronavirus, que se ha ensañado especialmente en ellos, muchos empleados en puestos sin posibilidad de trabajo desde casa, como los hispanos.

   En la ciudad de Chicago los afroamericanos representaban el 30% de la población, pero suponían ya el 52% de los contagios confirmados y siete de cada diez fallecidos por esta causa a primeros de abril. En la Luisiana natal de Mélisande Short-Colomb, que ha sido además una de las zonas más castigadas por la pandemia habían sufrido por aquel entonces 70% de las muertes, pero representaban solo el 32% de la población. En global, un estudio del grupo de investigación Amfar concluye que han sufrido la mitad de los contagios del país, pese a ser el 22% de la población, y el 60% de las muertes.

   Justin Colomb, el hijo de Mélisande, nació hace 36 años, en unos Estados Unidos que habían enterrado legalmente la segregación. Afirma, sin embargo, que se ha sentido víctima de situaciones racistas a lo largo de su vida.

Tuve mi primer trabajo a los 17 años en un restaurante en Nueva Orleans, yo siempre era puntual, pero un día llegué tarde. Fue la primera vez y el encargado me dijo que no me preocupara, llegué tan agobiado que bajé al sótano a beber té frío antes de empezar. La dueña vino detrás y me dijo: ‘Ponte a trabajar, negrata’. Y nunca lo he olvidado. No le gustaba mi pelo afro, no le gustaba yo en general”, relata. El negocio cerró años atrás, por el huracán Katrina. Él sigue viviendo en la sureña ciudad y es técnico de vídeo, pero con la pandemia se han suspendido sus proyectos.

   “He crecido oyendo a mi madre decirme que no puedo cometer ningún error ante la policía, que hay un cierto protocolo que un chico negro debe cumplir para estar a salvo, porque nuestro color de piel asusta, molesta, y, aun así, no es siempre garantía”.

    Los afroamericanos tienen 2,5 veces más probabilidades de morir a manos de la policía que los blancos, según un estudio de la Universidad Northwestern. También se ven, en general, envueltos en más delitos y situaciones violentas. Según los datos de Pew Research, 1.501 de cada 100.000 afroamericanos estaban presos, dos veces más que los hispanos (797) y cinco veces más que los blancos no hispanos (264). Y las altas tasas de encarcelación crean un círculo vicioso de pobreza y exclusión, pese a que ha bajado un tercio desde 2006.

   El demógrafo William Frey, investigador de la Brooking Institution y autor de Diversity Explosión (“La explosión de la diversidad”), explica que, aunque la segregación se ha reducido con el paso de las décadas, aún haría falta que, como promedio, entre el 50% y el 60% de los afroamericanos se mudasen de vecindario para acabar con ella. “Ha habido una mejora social, pero no la suficiente, y las leyes han acabado con la discriminación legal, pero existe de otros modos”, apunta Frey. Los hispanos, recalca, también sufren buena parte de esas brechas (en empleo, en riqueza, en contagios de la covid-19), pero se han asimilado más. Por ejemplo, el 27% formó matrimonios interraciales en las bodas del periodo 2014-2015, pero solo el 18% de los negros lo hizo (y el 11% de los blancos).

   Además, según sus proyecciones, los hispanos representarán en 2050 el 28% de la población y ahora ya son la más poderosa de las mal llamadas minorías. “Aun así, cuando miro a las manifestaciones de estos días, las veo tan multirraciales, y de gente tan joven, soy optimista con respecto a las nuevas generaciones y creo que vamos a tener muchos mejores resultados”, dice Frey.

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Trump militariza su respuesta a la peor oleada

de disturbios de EE.UU.


La Casa Blanca amenaza con el pleno despliegue de las fuerzas armadas si los gobernadores y alcaldes no toman las riendas y ponen fin al vandalismo

   Ante una nación en llamas, sumida en la angustia de noches encadenadas de disturbios, incendios y saqueos, el presidente ha optado por la fuerza, militarizando su respuesta. El lunes por la tarde, Donald Trump emergió de la Casa Blanca y dio un breve discurso a las puertas del Despacho Oval. «Si cualquier ciudad o estado se niega a adoptar las medidas necesarias para defender la vida y la propiedad de sus residentes, desplegaré al Ejército para solucionar yo rápidamente el problema», dijo el presidente.

                                  Los disturbios raciales se extienden por todo Estados Unidos ...                                   

    Desde el patio en el que hablaba el Presidente, lugar habitual de sus discursos y ruedas de prensa, se escuchaban las explosiones de las granadas aturdidoras. A los manifestantes a los que en ese momento, 25 minutos antes del toque de queda de las 19.00, desalojaban los antidisturbios y los soldados de la Guardia Nacional, Trump les dijo: «En este momento avanzan miles y miles de soldados fuertemente armados, personal militar y agentes del orden a acabar con los disturbios, los saqueos, el vandalismo, los asaltos y esta destrucción desenfrenada».

   Varias leyes le impiden al Presidente movilizar al Ejército dentro de las fronteras del país, y por lo general sólo puede hacerlo en caso de que se declare una insurrección, como hizo de hecho Bill Clinton ante los disturbios raciales de Los Ángeles en 1992. En otros casos -intervenciones de rescate ante desastres naturales como huracanes o terremotos, por ejemplo- sólo los gobernadores pueden activar a la Guardia Nacional, compuesta por reservistas.

    En Washington, Trump pudo movilizar el lunes a más de un millar de soldados porque la capital es en sí misma un distrito federal, sin gobernador y dependiente directamente del Gobierno central.

  La noche del lunes y la madrugada del martes fueron las más violentas en la capital de EE.UU. hasta ahora, con constantes choques entre los antidisturbios y los manifestantes, cientos de los cuales quedaron encerrados hasta que se levantó al amanecer el toque de queda en una pequeña calle del barrio de Logan Circle. Algunos vecinos les abrieron las puertas de sus casas y les dejaron pasar la noche durmiendo dentro.

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Generales sobre el terreno

   Helicópteros militares volaban bajo mientras los saqueos, con rotura de lunas e incendios, se propagaban por toda la ciudad. Durante toda la noche se oían claramente disparos en todo el centro de la capital, normalmente desierto de noche. Generales vestidos de uniforme supervisaban el dispositivo de seguridad junto al secretario (ministro) de Defensa Mark Esper y el fiscal general (ministro de Justicia) William Barr.

  Las protestas comenzaron de forma pacífica, pero pronto han devenido en disturbios violentos en las principales ciudades del país, que están aplicando toques de queda. A la ira por la muerte bajo custodia policial de un hombre de raza negra, George Floyd, se ha añadido el malestar por la desigualdad y la destrucción de 40 millones de empleos por la pandemia de coronavirus.

  Los manifestantes entonan cánticos por igual contra el racismo, contra el capitalismo y contra el presidente, quien de hecho ha condenado la muerte de Floyd en repetidas ocasiones. Para el Presidente, según dijo en su discurso del lunes, estos disturbios son algo más grave y sombrío que la legítima desazón por el racismo imperante en algunos cuerpos policiales . «Estos días nuestra nación se ha visto afectada por anarquistas profesionales, turbas violentas, incendiarios, saqueadores, criminales, antifascistas y otros similares», dijo el presidente.

                Una manifestante protesta frente a una línea policial este domingo en Washington DC en respuesta a la muerte de George Floyd y la brutalidad policial
Una manifestante protesta frente a una línea policial este domingo en Washington DC en respuesta a la muerte de George Floyd y la brutalidad policial

   En las protestas han muerto al menos seis personas, y hay más de 5.000 detenidos en todo el país. El presidente mantuvo una videoconferencia con los gobernadores afectados el lunes y les conminó a activar la Guardia Nacional. De lo contrario, dijo, parecerán «una panda de idiotas» y le obligarán a desplegar las fuerzas armadas de forma unilateral, algo para lo que en principio debería activar las leyes necesarias para ahogar una insurrección.

   Estas palabras de Trump, y el despliegue del Ejército en Washington, han despertado la ira entre sus críticos. La senadora Kamala Harris, que se postula para la candidatura a la vicepresidencia, le acusó de actuar como «un dictador». «Sus accions son claramente ilegales», dijo el gobernador de Illinois, J.B. Pritzke. «Es muy peligroso», añadió la gobernadora de Michigan, Gretchen Whitmer.

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¿Qué son los Antifa, el movimiento que Donald Trump considera terrorista?El movimiento, de corte anarquista, no cuenta con una estructura jerárquica ni un programa definido
Pintadas contra la Policía en Los Ángeles

             Pintadas contra la Policía en Los Ángeles

   Uno de los episodios más controvertidos –y dolorosos, para muchos en EE.UU.– de la presidencia de Donald Trump ocurrió en agosto de 2017 en Charlottesville (Virginia). El multimillonario neoyorquino apenas llevaba unos meses en el cargo y reaccionó a los disturbios violentos en aquella ciudad, donde una joven murió cuando un hombre embistió a la multitud de manifestantes congregados contra un acto de la extrema derecha, con presencia de neonazis, supremacistas blancos, miembros del Ku Klux Klan y milicias ultraderechistas. El conductor se identificó como un supremacista blanco. Trump incendió a la opinión pública al asegurar que había «muy buena gente en los dos bandos», para no atacar a los grupos de extrema derecha.                    
Qué es Antifa, el grupo de extrema izquierda que está en pie de ...
Los "Antifa": sus militantes comparten distintas tradiciones e ideas de la izquierda, desde el anarquismo al socialismo. Pero además pelean por un conjunto de causas como el respeto a la diversidad sexual y el ambientalismo y no rehúyen a la autodefensa
    Entre quienes se manifestaron contra los neonazis había elementos del llamado movimiento «antifa», que ahora ocupa buena parte de la atención alrededor de los disturbios violentos tras la muerte George Floyd, el hombre negro que murió a manos de la policía la semana pasada en Mineápolis.
   Trump, varios altos cargos de su administración y muchos comentaristas de sus medios afines han cargado la responsabilidad de la violencia de la última semana en ellos. Durante el fin de semana, el presidente aseguró que los denominaría como «organización terrorista».



  Los grupos «antifa» –activistas radicales antifascistas– vienen de lejos, pero su existencia como un movimiento conocido en EE.UU. es relativamente reciente. Su origen está en los grupos que se formaron contra los fascistas italianos en la década de 1920 y 1930 y empezaron a aparecer en EE.UU. en la década de 1980, como grupúsculos juveniles que se enfrentaban a activistas neonazis.
   Los «antifa» empezaron a captar más atención en EE.UU. con el ascenso de Trump al poder y la mayor actividad de grupos supremacistas blancos que la acompañó. Fueron responsables de disturbios graves en la jura del cargo de Trump, en enero de 2017 y sus actividades contra la extrema derecha empezaron a dejarse notar más.
   Pero saber quiénes son, cuántos son y cómo es su organización es una misión complicada. Son grupos disgregados, sin jerarquía, montados en pequeñas células que operan en distintas ciudades y campus universitarios. No tienen líderes claros y su ideología no está bien definida, más allá de la oposición a los grupos neonazis y de extrema derecha, todo teñido con un ideario anarquista y antisistema.
   Sus actividades se centran en boicotear y atacar actos, conferencias o manifestaciones de los grupos a los que se oponen, publicar la información personal de sus líderes y agitar las redes sociales con sus ataques. Su estética particular –ropa negra por completo, botas militares, pañuelos o pasamontañas en la cara– les distingue en los actos en los que participan.

Planeado antes de Floyd

   Las protestas en las grandes ciudades de EE.UU. contra los abusos policiales les han dado una oportunidad para provocar caos. Según John Miller, vicecomisionado del Departamento de Policía de Nueva York para antiterrorismo e inteligencia, las autoridades habían detectado planes de grupos anarquistas para agitar las calles de la ciudad incluso antes de que las protestas por la muerte de Floyd comenzasen. «Se prepararon para provocar daños a la propiedad e instruyeron a la gente que les sigue para que se haga de forma selectiva y solo en zonas de alto poder adquisitivo o en tiendas exclusivas», aseguró en una conferencia telefónica con periodistas, donde también aseguró que planearon rutas para la distribución de gasolina para provocar incendios y el envío de ojeadores para encontrar zonas con menos presencia policial.
   Trump, su fiscal general y su asesor de seguridad nacional se apresuraron a culpar a los «antifa» de la violencia de estos días. Su anuncio de calificación como «organización terrorista» no tendrá mucho recorrido porque no hay una lista como tal para grupos dentro de EE.UU. Pero, políticamente, sirve a los intereses del presidente.
   Es imposible determinar qué parte de la violencia vivida estos días se debe a los «antifa». Es evidente –como se ha visto en Mineápolis, Nueva York o Washington– que se han infiltrado en las protestas y que han azuzado su parte violenta. Pero en los disturbios violentos y en los saqueos también han participado miembros de las comunidades de la minoría negra indignada con el último caso de abusos policiales, o sectores marginales que se sienten despreciados por la sociedad y aprovechan para romper y robar. Algunos –como el gobernador de Minnesota, Tim Walz– han apuntado que hay sectores de extrema derecha que han contribuido a la violencia –haciéndose pasar por «antifa»– para disparar la tensión racial. Lo cierto es que todos ellos volverán a estar hoy en las calles de EE.UU.
https://www.youtube.com/watch?v=M_Dc07OmexE

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