viernes, 5 de junio de 2020

EL GRAN DILEMA



El blog de Carlos Dómine: "La Ley te encadena a la libertad ajena" (Carlos Dómine)

Cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que         

obedecen, pierden el respeto
          
                              (Georg Christoph Lichtenberg)


Es un error,  dejarse engañar y ceder la libertad al poder a cambio de una absoluta seguridad que no existe.

   Aquí nos adentramos en el tenebroso y complejo problema –tan actual hoy- de la entrega al poder, público o privado (como si fuera un padre para todo) de nuestras libertades, a cambio de seguridades que nosotros, con nuestro trabajo y esfuerzo podríamos y deberíamos conseguir.

   Cuán importante es nuestra responsabilidad, en lugar de tanta seguridad, para preservar nuestra libertad o nuestra intimidad, por ejemplo, en Internet, cuyos beneficios para la humanidad nadie creo que deba negar. Pero cuán importante también es que las personas sean informadas desde su infancia con los datos necesarios para adquirir su propia responsabilidad en el medio en que se mueven.

Libertad y seguridad:

   El valor superior de la libertad forma parte esencial del ser humano y le permite actuar según sus convicciones y al mismo tiempo hacerse responsable de sus actos. Es por ello que la libertad tiene un valor esencial pero no ilimitado, pues encuentra su frontera final allí donde la percibe la conciencia del sujeto (responsabilidad personal) y, como vive en sociedad, asimismo acaba su derecho donde comienza el de los demás (responsabilidad social), y también allí donde las leyes lo limitan (responsabilidad democrática).

   La persona debe ejercer su responsabilidad, debe saber no sólo que tiene derecho a ser libre, sino que tiene que luchar por esa libertad, que es su dignidad, conociendo las cargas que ello conlleva, de trabajo y sacrificios; siendo consciente de que en esta vida nadie –tampoco el Estado- puede asegurar la falta de dolor o de padecimientos porque “esa es una superstición que no existe en la Naturaleza”. Que el dolor es indeseable, pero es inevitable, y que es un error, que a la larga se paga muy caro, el de dejarse engañar y ceder la libertad al poder a cambio de una absoluta seguridad que no existe.



El gran dilema

Javier Cercas - 31 MAY 2020 
Atinar con ese equilibrio entre libertad y seguridad es quizá la tarea decisiva que tenemos por delante. No será fácil. 

   Es tal vez el dilema crucial de este momento crucial: libertad o seguridad. Para los defensores de la seguridad a rajatabla, todo está justificado con tal de salvar vidas en la presente pandemia, y en las que pueden seguirla: es preciso instaurar una sociedad controlada e hipervigilada, en la cual se nos podrá seguir la pista al milímetro gracias a aplicaciones de teléfonos móviles que funcionarán como pasaportes y cámaras instaladas en nuestros domicilios; así, se nos dice, protegeremos miles de vidas y millones de puestos de trabajo, preservando la salud y la prosperidad de nuestras sociedades. En cambio, para los defensores a rajatabla de la libertad, ésta no debe restringirse por ningún motivo: según ellos, la libertad es un valor supremo y no puede cambiarse por la salud ni por el bienestar económico ni por nada, sobre todo ahora que los Estados aprovechan la emergencia sanitaria como excusa para culminar la imposición de lo que Giorgio Agamben llama "el estado de excepción perpetuo". Entre los apóstoles de la seguridad absoluta se encuentran, más o menos públicamente, algunos autócratas y aspirantes a autócratas, y, más o menos secretamente, muchos conciudadanos atemorizados; entre los apóstoles de la absoluta libertad figura un elenco variopinto: desde filósofos como Agamben hasta los seguidores armados de Trump que el 30 de abril invadieron el capitolio de Michigan para protestar por las medidas de confinamiento impuestas por la gobernadora de ese Estado.

   Es evidente que ambos tienen parte de razón; también que ninguno la tiene del todo. Isaiah Berlin postuló hace años la existencia de verdades contradictorias, de fines o valores inconciliables. Según el pensador británico, existen, tanto en la vida individual como colectiva, valores estimables, dignos de ser deseados, pero incompatibles entre sí; la libertad y la igualdad, digamos: ambos son ideales valiosos, aunque no siempre fáciles de compaginar, porque la total libertad de los poderosos y los dotados choca con el derecho a una buena vida de los débiles y los menos dotados. Cuanta más igualdad, menos libertad. La existencia está plagada de este tipo de dilemas; el que al parecer obliga a elegir entre libertad y seguridad lo estamos experimentando ahora de forma dramática. A principios de abril, cuando en España moría más gente al día que en la Guerra Civil, yo hubiera podido montar con mis amigotes un botellón fabuloso en la plaza de Cataluña de Barcelona; de ese modo hubiera ejercido mi libertad a fondo, pero hubiese puesto en peligro la vida de mucha gente. A la inversa: en aquel momento terrible el Gobierno hubiera podido decidir, asustado, confinarnos a todos hasta que se encuentre una vacuna (un año, dicen, año y medio); esto hubiera atajado en seco la propagación del virus y blindado nuestra salud, pero también hubiera pulverizado nuestra libertad y nuestra economía. Es así: a veces, determinados bienes supremos -la libertad y la salud entre ellos- no pueden convivir juntos con plenitud; a veces existen fines valiosos pero irreconciliables, propósitos magníficos pero antagónicos, que parecen condenarnos a escoger entre ellos: cuanta más libertad, menos seguridad; cuanta más seguridad, menos libertad.

   ¿Cuál es entonces la solución al dilema? La solución es que no hay solución, no al menos una solución absoluta, última y definitiva, porque la idea misma de un mundo perfecto en el que todos los bienes coexisten en armonía no es sólo impracticable, sino incoherente. La solución es hallar un equilibrio de valores: dado que lo bueno llevado al extremo suele convertirse en malo -dado que los valores se anulan a menudo entre sí- se trata de encontrar la forma de conseguir la máxima libertad compatible con la máxima seguridad. Atinar con ese equilibrio, que nos permita mantener o ampliar las libertades democráticas sin perder seguridad, es quizá la tarea decisiva que tenemos por delante. No será fácil. Pero nadie ha dicho que vivir sea fácil, salvo con los ojos cerrados, como en la canción de los Beatles; en cuanto los abres, empiezan las complicaciones.
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Benjamin Franklin, “aquellos que renunciarían a una libertad esencial, para conseguir un poco de seguridad momentánea, no merecen ni libertad ni seguridad”.

   El Estado es el proveedor de seguridad más peligroso porque arrebata la libertad a cambio de sus promesas. Puesto que el Estado se impone a través de la violencia y la amenaza de violencia, y actúa como un monopolio, es, en muchas ocasiones, el peor proveedor de cualquier servicio, incluyendo la seguridad. Cuando el Estado promete seguridad, entrega inseguridad.


     Los liberales clásicos — y la mayoría de sus descendientes modernos, los libertarios — apoyan un gobierno limitado. Imaginan al Estado protegiendo la vida, la libertad y la propiedad, asegurando la seguridad nacional e interna. La fe está errada.

   Como vemos todo es relativo, me considero librepensador, no liberal en el sentido economicista que nos quieren vender como alternativa a la sociedad en crisis que vivimos. La seguridad es importante pero la seguridad extrema no puede imponerse si es a costa de quitarnos la posibilidad de elegir entre varias opciones. Si actuamos con responsabilidad, solidaridad y respeto al otro, nuestro camino no debe estar tan marcado por las leyes, ni mucho menos por gobiernos totalitarios, sean del signo que sean. Los mercados, las redes sociales, los medios de comunicación, los servicios públicos y privados, etc. deben tener mecanismos de regulación para que nadie pueda cometer tropelías, abusos, ni estrategias corruptas, pero esa regulación no debe menoscabar las libertades individuales de personas bienintencionadas.


"Ciudadano verdaderamente libre es aquel que no depende del 

gobierno ni le debe nada". 

(Alfred De Vigny)



"Bendito sea el caos, porque es síntoma de libertad". 

(Enrique Tierno Galván)



"Creo que la ley más importante con diferencia de todo 

nuestro código es la de la difusión del conocimiento entre el 

pueblo. No se puede idear otro fundamento seguro para

 conservar la libertad y la felicidad". 

(Thomas Jefferson)


"Denme la libertad para saber, pensar, creer y actuar

libremente de acuerdo con la conciencia, sobre todas las demás libertades".
(John Milton)

             Persona, Cima De La Montaña, Lograr

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