viernes, 1 de mayo de 2020

CONCIERTO PARA INSTRUMENTOS DESAFINADOS



Un canto esperanzador a la dignidad humana


CONCIERTO PARA INSTRUMENTOS DESAFINADOS

JUAN ANTONIO VALLEJO-NAGERA


   En Concierto para instrumentos desafinados, publicado por la Ed. Planeta en 1985, Juan Antonio Vallejo-Nágera pretende mostrar que el ser humano, aun con la mente deteriorada y en las condiciones más adversas, puede dar lecciones de talento, ingenio, generosidad, sublimación y grandeza.

   El autor centra la acción en un viejo manicomio olvidado, en los años cincuenta. Con las posibilidades melódicas de los protagonistas, los “instrumentos desafinados” a que se refiere el título, ha compuesto su “Concierto”, un libro lleno de humor, poesía y, especialmente, humanidad. Es un canto esperanzador a la dignidad humana. Los distintos episodios están contados con una rara combinación de garbo, desgarro, alegría y profundidad. La difícil facilidad de Vallejo-Nágera consigue que se lea de un tirón, dejando a la vez una honda huella en el lector.

   Un libro precioso, una forma de mirar a los pacientes con trastornos mentales de una manera diferente. El autor cuenta sus experiencias de una manera cariñosa y sensible, con un toque de humor, y se acerca a la parte más humana y realista de estos pacientes.  Me parece muy vital.  La temática es dura: sucesos reales, un poco disfrazados, en manicomios. Habla de muerte, sexualidad, amor, episodios absurdos que viven por gente externa al hospital o gente que se pasea por sus pasillos; dice que "el ejercicio de la Psiquiatría brinda la oportunidad de observar "el Teatro del Mundo" entre bastidores con los actores despojándose del disfraz". Encontrarás cosas desgarradoras como "Es la historia de un hombre, un mango de paraguas y su entrañable relación. Tienen en común que están rotos y abandonados. 


JUAN ANTONIO VALLEJO-NAGERA

Juan Antonio Vallejo-Nágera Botas
Fue un psiquiatra y escritor español. ​
Fecha de nacimiento: 14 de noviembre de 1926, Oviedo
Fallecimiento: 13 de marzo de 1990, Madrid
Hijos: María Vallejo-Nágera, Alejandra Vallejo-Nágera, Iñigo Vallejo-Nágera
Educación: Universidad Complutense de Madrid (1949-1954)

 Juan Antonio Vallejo-Nágera ante un retrato de su padre Antonio ...

Juan Antonio Vallejo-Nágera estuvo encargado de las cátedras de Psiquiatría y Psicopatología de la Universidad Complutense, y fue director por oposición del Instituto Nacional de Pedagogía Terapéutica y del Centro de Investigaciones Psiquiátricas de Madrid. 

   Sus obras didácticas de psiquiatría han alcanzado gran difusión, de modo especial Introducción a la Psiquiatría, con más de veinte ediciones en español, que se utiliza como texto en muchas universidades y que se ha traducido a varios idiomas. Paralelamente a las tareas científicas desarrolló una actividad literaria que culmina al obtener el Premio Planeta en 1985 con la novela histórica Yo, el rey, de la que es continuación Yo, el Intruso. Otros de sus libros son: Mishima o el placer de morirLocos egregios, Concierto para instrumentos desafinados, Naïfs españoles contemporáneosAnte la depresiónGuía práctica de PsicologíaPerfiles humanos y Vallejo y yo.

                                             
Mi mundo, paginas antologicas de una vida, de una obra de Juan ...


   Murió en Madrid en 1990. En noviembre de 1989 diagnosticaron al doctor Vallejo-Nagera un cáncer de cabeza de páncreas y desde el primer momento supo que su enfermedad era mortal. Le quedaban pocos meses de vida. No obstante, siguió cumpliendo con sus compromisos profesionales. Terminó el libro que estaba escribiendo, "Aprender a hablar en público hoy", y continuó asistiendo al espacio radiofónico que compartia en la Cadena Cope y a la tertulia del programa "A mi manera", que dirigía Jesús Hermida en Televisión Española.

                    3082 - LA MUERTE UNA PUERTA ABIERTA A LA ESPERANZA - J.A. VALEJO ...

                             La puerta de la esperanza # Peso: 353 gramos. # de segunda mano ...

La Puerta de la Esperanza es un libro escrito por José Luis Olaizola Sarriá en 1990, y está basado en unas conversaciones con Juan Antonio Vallejo-Nágera. Cuando éste es diagnosticado de un carcinoma de cabeza de páncreas decide escribir una autobiografía, pero previendo las dificultades del trabajo por los efectos de la enfermedad y el tratamiento, le encarga el trabajo a su amigo José Luis. A partir de ese momento se reúnen en casa del médico y charlan sobre su vida, y sobre lo divino y lo humano.


   Cuando uno lee un libro de un médico psiquiatra, catedrático de Psiquiatría, académico de Medicina, pintor y escritor; en definitiva, un clínico-humanista, además de reconocido carácter religioso (católico practicante) en situación terminal, piensa que va a encontrar respuestas al eterno arcano de la muerte y la transición. Y precisamente eso es lo que lleva a una primera impresión de vacío. No las hay. Pero después, entendiendo que no las hay porque no las puede haber, se lee una tranquila conversación entre dos amigos, un repaso biográfico de la vida de Juan Antonio Vallejo-Nágera con desviaciones filosóficas, antropológicas, psicológicas… multitud de aristas que conforman un todo sencillo, pero completo.

        Puccini TURANDOT Dimitrova,Domingo,Ricciarelli Maazel 1983 Scala sub español


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El mango de paraguas

   Es la historia de un hombre, un mango de paraguas y su entrañable relación. Tienen de común que están rotos y abandonados. Se pertenecen. Faustino es dueño del mango, y el fragmento de paraguas tiene hipnotizado a Faustino. Así les conocí. Luego, un arranque caritativo, el más generoso que he presenciado en toda mi vida, separó sus destinos. Una de las impresiones penosas a la llegada al hospital, fue comprobar que en un departamento los pacientes no disponían de armarito o alacena a la cabecera de sus camas, y por tanto donde guardar sus mínimas pertenencias. ¿Y la ropa? Sólo tenían un traje, que por la noche se plegaba sobre la silla. Camas y sillas, los únicos muebles en el largo dormitorio corrido. ¿Por qué no guardaban algunas cosas en los bolsillos? Tampoco los tenían. Su “traje” era una especie de camisón de tela blanca y muy resistente, porque debería lavarse casi todos los días. De mangas amplias, sólo hasta el codo, abrochados a la espalda con botones o con cintas, sin ningún ornamento, pliegue, añadido, o bolsillo.

   Hace años que el hospital tiene lavandería automática y planchado mecánico. Entonces todo había que hacerlo a mano. Estos blusones nunca se planchaban, y el lavado que excepto en los meses más crudos del invierno no disponía de agua caliente, se realizaba a diario sólo cuando el olor lo hacía indispensable.

   Paradójicamente los enfermos más limpios eran los que estaban más sucios, pues el lavado de su ropón «podía esperar», y se iba aplazando. Faustino era uno de ellos. Un simple parche de tela en la parte delantera hubiese servido de bolsillo, a modo de la bolsa marsupial de los canguros, rudimentario pero suficiente para llevar algunas cosas guardadas. ¿Por qué no lo añadían al blusón? Algunos de los responsables de esta posible decisión no sabían por qué, otros argüían que, tratándose de enfermos tan deteriorados, olvidaban sacar sus pertenencias al cambiar de ropa, en ocasiones alfileres o alambres oxidados que podían herir las manos de la lavandera, otras veces sus deyecciones o cualquier otro elemento repugnante. Si tenían apego a lo guardado su pérdida les provocaba un disgusto, por tanto, era mejor que siguieran utilizando «la bolsa del tesoro». Sirve de relativo consuelo comprobar que esta situación tenía carácter internacional, pues por aquellos años se publicó en Francia un interesante trabajo con este nombre, «La bolsa del tesoro», refiriéndose a la que sus enfermos, igual que los nuestros, llevaban colgando de la mano, o prendida a la cintura. El trabajo del colega francés era interesante. 

   Realizó una investigación sistemática de lo que el enfermo guardaba, su «tesoro», realizando un análisis dinámico del porqué de esta arbitraria selección de objetos, en relación con el mundo interno de cada paciente. El contenido de los bolsillos del pantalón de un niño, casi siempre muy abultados, se parece en cierta medida al «tesoro» de los enfermos: Un pañuelo sucio, un trozo de lápiz, el rabo de una lagartija que quedó en su mano al agarrarla, una piedra, un sacapuntas roto, un alambre enrollado, tres clips, un pegote de chicle varias veces usado, tres cromos arrugados, dos chapas metálicas de las que cierran las botellas...

   En mi infancia, los niños íbamos al colegio además de con los bolsillos en estas condiciones, con una bolsa de tela, cerrada por una cinta que servía para colgarla del cinturón. La función de la bolsa era llevar en ella las canicas. Bolas de barro pintado en colores vivos, también las había de piedra o de cristal. Las canicas pesan, abultan y, por su forma, tienden a escapar por cualquier agujero o descosido del bolsillo. Eran a la vez el patrimonio, los ahorros y las ganancias del niño. La bolsa tenía su justificación, formaba parte de la silueta infantil, y a un niño sin ella se le veía como a un desposeído, casi un mutilado.

   Las esferitas de barro eran las más baratas, un céntimo cada una (hasta 1936), pero se rompían con facilidad y su forma imperfecta no acababa de agradar. Una de piedra se cambiaba por cinco de barro. Las de cristal eran de dos tipos. Unas de vidrio monocolor, procedían de las botellas de gaseosa, de las que formaban el cierre hermético, apretándose por la fuerza expansiva del gas contra una arandela de goma en el borde superior de la botella. Valían diez canicas de barro. Las otras de cristal transparente, con espirales multicolores en su interior, nos parecían un milagro de la técnica y el ingenio de los adultos. Su precio: veinte de las de barro, pero había ejemplares excepcionales mucho más valiosos.

  Algunos privilegiados disfrutaban con la posesión de esferas de acero, residuo de algún rodamiento a bolas. Era un signo de ostentación estéril, como la de los propietarios de yate que no navegan y sólo lo usan para presumir tomando copas en cubierta, para envidia de los que pasean por el puerto y de los que toman las mismas copas en una embarcación de menores dimensiones y lujo. Las bolas de acero, pese a su atractivo y prestigio, pesan demasiado y no se prestan a la función de las canicas: el juego del castillo y el puente. Por su nombre estos juegos deben tener una larga tradición, quizá desde la Edad Media. El castillo se forma con cuatro bolas, tres de base y una sobre ellas, tal como se colocan las antiguas balas de cañon en los museos de artillería. El oponente, desde una distancia convenida, que suele ser una zancada del propietario del castillo, dispara la canica sujeta en el dedo índice flexionado, utilizando como fuerza propulsora la del pulgar, engatillado con la uña sujeta por el extremo del índice. Si derriba el castillo se adueña de las cuatro bolas, si no lo toca pierde la suya.

   En su aparente simplicidad las canicas cumplen muchas funciones en el adiestramiento del niño para la lucha por la vida. Son la primera actividad deportiva "marrón", remunerada. Embrión de las actitudes  competitivas en la adquisición  de bienes materiales. Hay jugadores hábiles y torpes, fanfarrones y ladinos, limpios y sucios, ganadores natos y otros que se condicionan a perder. Algunos niños poco habilidosos físicamente no juegan, pero con astutos cambalaches  van aumentando el contenido de su bolsa, que acaba siendo la más abultada. Todo un micromundo, espejo de la dinámica de la sociedad humana en ebullición. Como en ella: ¡Ay de los vencidos!

   Las bolsas de los enfermos eran idénticas  a las de las canicas, quizá por eso me impresionaron tanto. La función del contenido completamente distinta. Estos enfermos, los más deteriorados del hospital, por su empobrecimiento psíquico habían perdido habían perdido todas las aptitudes competitivas que adquirieron en la infancia. El "tesoro" siempre era multiforme y absurdo en apariencia. El contenido de cada bolsa adquiere significado y resonancia sentimental para su dueño, pero generalmente no lo tiene para los otros enfermos.

   Deprimente espectáculo el de un grupo de pacientes mentales "profundos". La esquizofrenia es una enfermedad con múltiples formas clínicas,  de apariencia y consecuencias completamente distintas. Tanto que muchos dudemos de que se trate de ua misma enfermedad. Hay formas benignas, precisamente las que más asustan al enfermo y su familia, las que por sus alucinaciones, desorganización del pensamiento, episodios de violencia, etc., coinciden con el concepto que el vulgo tiene de la "locura". Gran número de estos enfermos se recuperan y vuelven a la lucha por la vida. Otras formas de esquizofrenia son destructivas de la función cerebral. Provocadoras de "demencia" en sentido estricto: aniquilamento de la mente. Los pacientes inician la enfermedad en una etapa muy temprana de su vida, en la pubertad o primera adolescencia, y quedan "demenciados", empobrecidos intelectualmente. Faustino era víctima de esta modalidad destructora y, en aquella época, sin esperanza.

   No existían todavía centros especializados en subnormales graves, y a éstos se les alojaba con los psicóticos profundos. El grupo era fantasmal y deforme, como una pesadillla de la que se quisiera despertar y que no pudiese ocurrir en la realidad. Los pacientes sin capacidad de relación, no se comunicaban y permanecían inmóviles, deambulaban torpemente o se atacaban..

   Los libros técnicos describen las estereotipias y regresiones. Contemplarlas simultáneamente en un grupo de personas encerradas en un patio, deja huella en todo corazón no encallecido. Las "estereotipias" son actos innecesarios que se repiten perseverantemente. Casi todos estos pacientes las tienen. Algunos caballos estabulados mueven incesantemente la cabeza de un lado a otro, en un penduleo constante, para el que no hay corrección. Generalmente se les sacrifica. Suele ocurrir con los osos enjaulados en el estrecho recinto de los antiguos zoos, o de los circos ambulantes.

    Algunos de estos pacientes realiza el mismo tipo de movimientos, se le llama "síndrome del oso enajulado", Otros golpean rítmicamente con una mano, durante horas, o rascan con las uñas el suelo o la pared. Además de las estereotipias de movimiento, como éstas, las hay de fonación, y quien las padece grita intermitentemente, sin crácter intencional, sin pretender significar o comunicar algo, es sólo un acto  automático repetitivo, una "estereotipia". Las hay también de lugar, la víctima al salir busca todos los días el mismo rincón, o banco y de allí no se aparta. También existen posturales, y el sujeto en cuanto puede adopta una postura, siempre la misma, aunque sea inadecuada o contraproducente, como estatuas humanas.

   La llamada "regresión" significa que la persona retrocede, regresa, a etapas iniciales de su desarrollo, y olvida todo lo aprendido después: Hablar, vestirse, el uso de utensilios para comer, el control de esfínteres. En las regresiones graves, el comportamiento remeda el de un niño de sólo meses o días de edad, pero con cuerpo y vigor de adulto. Hay quien teoriza que la regresión puede alcanzar etapas prenatales de la vida intrauterina, pues algunos de estos enfermos adoptan constantemente, incluso en la cama, una postura "fetal", plegados sobre sí mismos, como el feto en el útero y no hacen otra cosa, ni comer. Hay que alimentarles forzadamente, por sonda nasal, porque la muerden y cortan si se les da por la boca.

   Otros comen vorazmente, con apetito ciego, sin distinguir de los alimentos las piedras, mechones de pelo, tierra, etc. Se llevan a la boca, como el niño al que le salen los primeros dientes, todo aquello con que tropieza su mano.

   Las moscas son una molestia ocasional, casi un recuerdo que se reactiva incómodamente cuando se ponen pegajosas los días en que sopla el poniente.

    Allí eran una plaga, posadas a miles, como manchas negras sobre los enfermos estatutarios, que no hacían ningún movimiento defensivo, nigún gesto o parpadeo para espantarlas de la comisura de la boca o del borde de los párpados. Dentro de la repugnancia con que asocio su recuerdo, tengo que reconocer que estos insectos proporcionaron, con su fotografía sobre el rostro de algunos pacientes, el primer dinero que pude arrancar al ministerio para la reforma del hospital. Incluso los políticos y los altos funcionarios tienen estómago y corazón..

    En este ambiente conocí a Faustino. Llevaba en el pabellón varios años. No muchos, aún era joven. Uno de los matices más desoladores en un departamento como aquél es el de la incomunicación: los que gritan lo hacen para sí mismos, los pocos que hablan palabras articuladas no suelen construir frases completas. Los gestos de estupor, sufrimiento o embeleso tampoco van dirigidos a los demás. ¿También de embeleso? Sí, algunos pacientes tienen expresión de gozo inefable.

   "Inefable", el diccionario define: "que con palabras no se puede explicar". Es un adjetivo que solemos escuchar asociado a las vivencias místicas. Cuando una persona experimenta algo que no tiene nada que ver con la vida cotidiana, que carece de puntos de referencia previos, que no corresponde a nada conocido; es mucho pedir que nos lo explique con palabras, que siempre están asociadas a algo que se conoce. Es lo que ocurre a los místicos en el contacto subjetivo con la divinidad. Provoca en ellos sensaciones nunca vividas fuera de estos momentos: los "éxtasis místicos". Al tomar de nuevo tierra no pueden dar una versión asimilable de lo sentido durante el éxtasis: es inefable. 

   Algunos místicos con talento literario, como Santa Teresa, nos permiten atisbar ciertos rasgos del  misterio; siempre expresado a través del vocabulario que se utiliza en el amor humano, en su expresión más exaltada. La iconografía con que los artistas intentan reproducir en esculturas y retratos los episodios de arrobamiento espiritual, con excesiva tendencia a poner a los santos ojos de carnero degollado, nos han acostumbrado a identificarlos como gozosos, o impregnados de dolor ambivalente, dolor-placentero placer-doloroso. También ocurre en el amor.

   Estos momentos, en que seres privilegiados ascienden a un nivel de sublimidad que no parece asequible a la naturaleza humana común, tienen su triste remedo, su caricatura, en la enfermedad.

   Un paciente, que por su expresión parece estar transportado en éxtasis, destaca sobre cuantos le rodean con gesto ausente o dolorido. La facies de embeleso místico, que puede permanecer durante horas, y ser un estado habitual en determinado paciente, no contiene el volcán de ideas y sentimientos del auténtico místico, es una máscara hueca, casi vacía de contenido.. Cuando lo tiene suele ser agradable para el enfermo, pero se trata de un estado de ánimo inducido biológicamente, no de un rapto espiritual. Es un automatismo sentimental, que nos gusta suponer que se vivencia placenteramente, porque su protagonista modifica el tono general del departamento y despierta interés y simpatía.

   Faustino sufre, ¿disfruta?, frecuentes raptos de embeleso, pero mi simpatía se debe a otros motivos, ya he conocido muchos casos similares. Sólo parecidos, porque Faustino es un ser de bondad y desprendimiento excepcionales. De inclinación solitaria no busca compañía, sin embargo,  dentro de su aislamiento siempre está dispuesto a ayudar. Si cae otro paciente lo levanta, si se lamenta o llora, acude a su lado e intenta consolarle, luego marcha a su rincón. Faustino es uno de los menos deteriorados del grupo. Conserva un cierto nivel de lenguaje, desorganizado y elemental.

   Al entrar los médicos, cuidadores o monjas en este departamento, la mayoría de los enfermos permanecen ausentes. Otros siempre se acercan, tropezando y babeantes. No es un acto de cordialidad o petición de ayuda, es un automatismo, vienen a posarse, igual que las moscas que les cubren, y a toquetear instintivamente, como hacen con todo lo que se mueve, con las manos sucias de secrementos nasales o excrementos. Con una claudicación egoísta, siempre que puedo, entro detrás de sor Aniceta, la monja del pabellón que sirve de pararrayos, los enfermos se adhieren al que va delante, y la sor no les rechaza.

   Faustino suele estar en su esquina preferida, en el borde de la sombra de uno de los árboles, tanto en verano como en invierno. Contesta si se le habla, si no prefiere continuar abstraído. La mímica de arrobo de Faustino tiene dos modalidades. Una de ellas fija, congelada, mirando beatíficamente al vacío, los ojos perdidos en lo alto. La otra modalidad es la que más interesa por lo poco habitual. El embeleso tiene contenido, se dirige a un objeto, siempre el mismo, al que mira con placer indescriptible: el mango de un paraguas.

   Es un mango de celuloide, los plásticos no se habían difundido entre nosotros. Ambarino, transparente, con volutas nacaradas en su interior. No puedo imaginar con qué tipo de tela se completaría aquel disparate estético. La huella de la inserción por atornillamiento de la vara metálica central del paraguas está aún visible en su extremo inferior. Está roto por la rosca, y éste debió de ser el motivo de su abandono.

   ¿De dónde lo sacó Faustino? Sor Aniceta dice que llegó con él al hospital dentro de su bolsa. Una bolsa casi vacía, porque en sus gestos de consuelo a otros pacientes, suele regalar al apenado algo de lo que contiene, y es muy difícil reponer el ahorro gastado, en el patio de un pabellón de profundos de un viejo manicomio. El "tesoro" de Faustino mantiene dos elementos fijos, su única posesión preciada, y tema de muchos episodios de gozo inefable. Uno es el mango del paraguas, y otro es un retrato ovalado, sobre chapa metálica con orificio en los dos extremos, para dar paso a los tornillos que lo sujetaban a la lápida, pues se trata de una de esas fotos, que en cementerios de pueblo pueden verse sobre las tumbas.

   Faustino, ¿de quién es esa fotografía?: "madre".
  Imposible saber si se trata realmente de su madre, o el retrato lo recogió de un cubo de basura, junto al mango del paraguas. Subjetivamente da igual, porque él la identifica como su madre, y dentro del reducto estrecho en que ha quedado limitada su vida afectiva, ocupa el lugar prevalente. Es el ancla sentimental que fija su corazón al pasado.

   Cuanto más se observa a Faustino, resulta más interesante y distinto a los restantes enfermos. Su jornada sigue un esquema fijo, casi un ceremonial litúrgico. Llegado al patio, se dirige a "su" puesto de meditación, bajo la sombra del árbol. Como los demás pacientes son también muy rutinarios, suele estar vacío, pero si alguno lo ocupa Faustino no disputa. Marcha a otro punto similar, siempre en el límite del sol y la sombra. 

   Sentado en el suelo, con las piernas cruzadas y un pie bajo cada muslo al modo de los orientales, coloca la bolsa en el centro. Deshace el nudo y abriéndola rebusca en el interior. Saca con pausa, con solemnidad, el retrato de su madre. Tras mirarlo un rato lo besa y vuelve a guardar. Entonces alternan sus éxtasis inmóviles, con los que tiene, apasionados con el mango del paraguas. Muchas veces quedo escudriñando, de lejos para no turbarle, cómo  Faustino contempla su objeto amado. Lo acaricia, mira, remira, contempla al trasluz, lo vuelve a acariciar. Cambia de iluminación, sacándolo de la sombra a la luz del sol. Quizá por eso busca siempre la zona limítrofe. Contempla con perceptible embeleso los destellos de luz que vibran en las volutas nacaradas, y cómo varían al pasar de nuevo a la sombra. Lo deja reposar en la palma de la mano izquierda, lo mira inmóvil, o lo gira lentamente con la mano derecha. Sólo cuando le llaman para la comida, para retirarse, o sale espontáneamente en ayuda de alguien, interrumpe el diálogo amoroso con aquel pedazo materializado de su corazón, y lo vuelve a guardar en la bolsa fláccida, la más vacía de todo el departamento. En un sentido es el más pobre. En realidad el más rico porque no desea otra cosa, y tiene lo que quiere con toda el alma.

   Es difícil dilucidar quién merece más piedad en un grupo como éste que parece acumular todas las deprivaciones. La propia gravedad de la dolencia hace que algunos pacientes parezcan insensibles, y por tanto sin sufrimiento.. Tampoco el que más llora es siempre quien más sufre pero en este caso sí: Luisito.

   Me opuse tenazmente a su ingreso, impuesto por "la superioridad", porque con sólo 15 años no tiene la edad reglamentaria, y su angustiado desvalimiento hace más patente la miserable condición del hospital.

   Es un retrasado mental, y no existía un solo centro especializado en subnormales. Su madre gravemente enferma no podrá atenderle, y la familia aunque parezca increíble ha movido influencias para que ingrese precisamente en nuestro hospital, que es el más próximo al pueblo donde residen. Tenemos otros subnormales, pero de más edad y más profundos, y no es tan cruel su mezcla con los psicóticos. Además Luisito va a ser la víctima, codiciada e inmediata, de los homosexuales a la espera de una presa similar.

  Paradójicamente en el pabellón de profundos es donde corre menos riesgos mientras gestiono su traslado. ¿A dónde?

 Luisito nunca se ha separado de las faldas de su madre, ahora agonizante sin que él lo sepa. Padece tardíamente el trauma de separación, en el tétrico escenario de nuestro pabellón de profundos.

   Pasa los primeros días llorando asustado, sin querer soltar el hábito de sor Aniceta, un tanto desconcertada por su repentina asignación maternal, a la que pronto toma apego.

   No puede cargar todo el día con Luisito, y procura buscarle niñeras suplentes, en alguno de los enfermos menos tarados e inofensivos. No tiene mucho donde elegir, y algún rato lo deja junto a Faustino.

  Por algún motivo Faustino no puede soportar ver llorar a otro, y Luisito vuelve a deshacerse en llanto en cuanto marcha la monja. Faustino apenas habla. Comprende lo que se le dice si no es muy complicado, y prefiere hacerse entender por señas y gestos. Sonríe a Luisito, luego le acaricia. El crío sigue llorando, ahora silenciosamente, y Faustino saca el mango del paraguas, y lo hace brillar al sol. Hay un momento de silencio. Lentamente el chico extiende la mano e intenta coger aquel objeto que también a él le atrae de modo singular. El psicótico retira bruscamente el tesoro. ¡Todo tiene un límite! Luego, al ver que Luisito frunce de nuevo el ceño y asoman las lágrimas, lo muestra otra vez y se lo deja tocar, sin soltarlo.

  Fue el comienzo de una relación extraña y cordial, que Faustino procura distanciar porque prefiere estar solo, pero que reanuda siempre que ve al crío atribulado. Luisito por su parte se va independizando tanto de la sor como del enfermo. Familiarizado con el ambiente, y más rápido que los demás, corretea, juega, y empieza a ser él quien gasta bromas a los otros. Tiene su "bolsa del tesoro", llena con algunas chucherías que le trae la monja.

    De vez en cuando se acerca a Faustino, que contempla embelesado el ámbar de celuloide. En ocasiones lo muestra a Luisito y lo admiran juntos. Otras sigue abstraído, hipnotizado por la pieza fascinadora, y el chico aprende a sentarse silenciosamente al lado del enfermo, y como un espectador en el teatro presenciar esta singular escena de amor. A Luisito no se le ocurre, pero muchas veces dan ganas de aplaudir.

  Faustino cada vez está más transportado, más ausente en su embeleso, y al niño le empiezan a aburrir estas aproximaciones sin eco visible en el otro. Poco a poco deja de acercarse a Faustino. Parecen haberse olvidado.

  Una mañana fría de noviembre, en la que el sol lucha con los nubarrones, Luisito tiene visita. Los parientes vienen en comitiva, a comunicarle que su madre ha muerto.

   De nuevo en el patio de "profundos", el niño llora silenciosamente, junto a la monja que le intenta consolar. Faustino se levanta y acerca. Sor Aniceta le susurra. "Ha perdido a su madre".

    El esquizofrénico queda perplejo. Acaricia a Luisito. Luego silencio. Al fin un arranque aparentemente trivial, de los que pasan inadvertidos en la tierra, pero que retumban en las bóvedas del cielo como el tronar de mil cañones: Faustino regala a Luisito el mango del paraguas. El niño lo acepta y sigue llorando. Faustino, con un gesto dolorido, como quien separa los bordes de una herida, abre lentamente, muy lentamente, la bolsa, y le entrega el retrato de su madre.    
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   Quiero terminar esta entrada, aunque no venga muy a cuento, con un tema de la banda sonora original de una película que en su momento me cautivó, por distintos motivos.

                        The Piano (1993) Soundtrack by Michael Nyman























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