jueves, 16 de abril de 2020

UN TREN DE SATÉLITES



No dejaremos de viajar a Sri Lanka


Sri Lanka, la isla de las maravillas | El Viajero | EL PAÍS

ᐈ Sri lanka imágenes de stock, fotos colombo sri lanka ...

                             Sri Lanka: historia, capital, ubicación, turismo, playas, religion ...
   

   Hacía casi un año que mi buena amiga Gloria, y digo amiga porque es muy entrañable y transparente en las distancias cortas, aunque sólo la he visto una vez, tomando unas tapas y una cerveza en uno de los barrios más castizos de Madrid, hacía casi un año, decía, que la prima de Fe no colgaba un relato, un post, lo llama ella, como tantos otros blogueros, en su muy interesante atalaya de nombre tan sugerente como Marco Polo no miente. Con su permiso, gracias Gloria, lo voy a compartir aquí. Me parece una joya, y es una pena que no te prodigues más escribiendo para otros, porque lo haces divinamente.   


marco polo no miente

por gloria hernández


¿Existe algo mejor? Sri Lanka&Maldivas


POSTED ON 



Un tren de satélites cruza


Por dónde empezar cuando no hay un solo principio y nunca se ha llegado a terminar.

Porque hubo y habrá:

   Momentos de admiración permanente entre amados desconocidos que son más dignos de amar que de admirar porque son buena gente, porque bailan cruzando líneas rojas y cantan a pleno pulmón las peores canciones del mundo. Amada gente que ríe ante el peligro, que olvida sus miedos y se enfrenta a tiburones ballena que zigzaguean bajo las aguas del mar, vuelan junto a las mantas rayas o se atreven a mirar frente a frente a una inocente, solitaria tortuga y le piden perdón. Que pueden dar vueltas y más vueltas con la misma familia de elefantes que devora la hierba mientras sonríen asombrados y siguen buscando a sus amigos y sabes que ellos te buscan a ti porque mejor verlo juntos, aunque el 4×4 se rompa, aunque tenga que haber otro rescate, esta vez tierra adentro.

   Momentos de darse la mano, aunque no fuera la mano que buscabas, mientras crees ver algo que supera tu racionalidad, lo inesperado, el aliento contenido, y no te sientes solo y a la vez sabes que lo estás, irremediablemente pequeño bajo un tren de satélites mientras que cientos de cangrejos te rozan.

   Momentos sublimes con chispas brillantes en el océano donde alguien buscaba inútilmente tesoros del ayer sin querer ver los tesoros que tenía a un palmo de él, cegado por recuerdos y melodías equivocadas. Humano, al fin y al cabo.

  Momentos de agua. Agua salvaje de cascadas salvajes, de sol. De millones de gotas que forman un caudal imparable y sientes toda la fuerza mientras te secas al viento, rodeado de la vegetación que imaginas debe existir en el paraíso. Simple, irrepetible, gratuito una vez que los piratas lograron reanimar al móvil ahogado.

  Momentos de cenas modestas en casas de gente modesta que sólo quieren sobrevivir. Esos momentos que no buscas en tus vacaciones meditadas de relax y diseño, que rompen cualquier estereotipo de tu llamada zona de confort, sitios en los que no habías imaginado que fueras a terminar y ahí estás. Sitios a los que te acostumbras temporalmente porque al final te quedará en el recuerdo la sopa sencilla, la vajilla desparejada, el empalme de cables en la ducha, el colchón en el suelo, el robo de mantas, la anti decoración y te harán valorar más la piscina del resort, su caminito de flores, el desayuno “me lo como todo”, al pianista al que nadie hace caso, las maderas nobles de lo que fue un día un hotel señorial y hoy no es más que un sitio en decadencia con una buena historia detrás. Sitios que no sólo ayudan a tu economía viajera, sino que contribuyen a tu riqueza de espíritu libre. Llenos de esencia, del alma del que carecen los hoteles en los que no puedes improvisar un fuego con el que resguardarte del frío mientras danzas alrededor de él, lunáticos bajo la luna llena mientras tocas unos acordes de guitarra, o construyes un altavoz con las latas de cerveza que os habéis bebido. Sería intolerable en otro lugar bailar sobre las mesas, hacer competiciones de limbo o imitar a Pimpinela, pero ahí sí, ahí sí se puede porque se alegran de tu fiesta y participan en ella.

   Momentos de subir montañas y perderse para encontrar otros ángulos y por fin llegar, exhaustos, pero llegar en grupo, con el aliento del otro como máxima energía para tu maltrecho cuerpo. Momentos en los que alguien te deja un palo, ya no te caes y se cae él, o te da su último trago de agua que, aunque también le venía bien, te hacía más falta a ti.

   Momentos de concentrarse en andar por las vías del tren con diez Huckleberry Friends, para llegar al Fin del Mundo juntos, encontrároslo nublado y, sin posibilidad de ver que hay bajo él, celebrarlo.

   Momentos de ver viejas pinturas en templos profanados por el tiempo, pero sobre todo profanados por la estupidez humana, y en esas pinturas, en las que no parece verse nada en una primera mirada, descubres todo un mundo cuando un hombre inmortal, viejo como ellas, se emociona al describirte su belleza.

  
 Momentos entre ruinas maltrechas y reinos acabados. De Budas decapitados bajo el sol abrasador y la humedad que no impide seguir en nuestro cuento de bicis destartaladas que nos llevan pedaleando a otros momentos felices donde alguien comparte un pañuelo que divide en retales mal hechos para reinterpretar un ritual que desconocemos pero que en ningún momento creemos que sea inapropiado. Buda sonríe estoy segura. Como Shiva, sonríe mientras nos quedamos embobados escuchando su mantra milenario y pienso: es esto, es esto, esto es esa comunión universal, para después encontrarla de nuevo pisoteando las arenas calientes y las piedras de otros palacios olvidados, y luego la volvemos a encontrar en un atardecer de corrientes frías, calientes, mecidos por pequeñas olas de apariencia inofensiva cuando el sol se pone entre una nube fraccionada en un sandbank a punto de ser borrado.

 Risas al pensar en improbables Cayetanas y Jimenas mientras hablamos de esa cosa llamada amor, de relaciones rotas, a la vez que alguien desafía, una vez más, el peligro y va solo sujetado por una mano a una barra de la puerta del autobús que cubre la ruta Kandy-Dambulla, porque sabe que tiene a los dioses y a sus desconocidos nuevos amigos de su parte y nada pasará. Porque él es todo un caballero y prefiere ir ahí antes que sentarse: que hay niños, ancianos y tienen preferencia. Porque son gentiles todos, te ayudan a cargar tu mochila pesada, te levantan del suelo pese a saber que acabarán en la zanja trampa contigo, porque saben escuchar, perdonar, porque tienen paciencia, porque fueron a buscarte en la noche en la que estabas en Playa Cabreo y te hablaron de Barbarella. Porque estuvieron en un concierto de Bob Marley y entonces hubo un suspiro comunitario y comenzó la fiesta. Caballeros que hacen que Muerte en Hawái se convierta en Renacer en Dhigurah. Los caballeros Arrak y las damiselas Attack. Damiselas variopintas que esconden un gran corazón bajo esos tatuajes y pose de mujer dura, que se pelearían con un cocodrilo por salvarte. Damiselas que con su serenidad y siempre la palabra exacta te animan a seguir, que terminan por snorkelear solas y ya no tienen miedo. Damiselas de otro planeta capaces de darle la vuelta al asunto con un clásico de los teleñecos y entonces sabes que las quieres en tu vida pese a todos sus excesos antidetox. Damiselas de sonrisa permanente, de humor genuino, a las que les no importa ir sucias, pero mantienen sus pendientes de perlas, que han aprendido que no pasa nada por colarse en los trenes madrileños y saltarse las normas y acaban felices viendo las crestas de las olas fluorescentes mientras se beben una cerveza prohibida, en la playa prohibida y les da igual no llevar ropa interior desde hace días (infinitas gracias por esa noche final). Damiselas que siempre lo tienen todo a mano, que bailan, aunque no recuerden la coreografía, que se olvidaron de llorar y mostraban su fuerza, su alegría innata, que sin saberlo me dio su mano muchas veces cuando más lo necesitaba.

  Ángeles y demonios todos. Nosotros, ellos. Satélites y estrellas fugaces que siguen en movimiento. Postales que no llegamos a recibir, perdidas en nuestro delirio cingalés. Postales que trato de recuperar ahora.  Unidos por un grito de guerra: arrak, arrak, arrak, alejando de nuestras vidas cualquier síntoma de mediocridad, soledad, de agotamiento.


  Siempre hay una canción, o varias canciones que acompañan a mis relatos, no caben todas esta vez:

                              
                                    https://youtu.be/zFqTIM9gQWY

   La ruta: febrero 2020. Sri Lanka:Hikkaduwa- Galle- Welligama- Mirissa-Parque Nacional Yala-Ella-Ohiya-Parque Nacional Horton Plains- Nuwara Eliya-Kandy-Dambulla-Sigiriya- Parque Nacional Minneriya-Polonnaruwa. Maldivas: Male-Dhigurah










 

No hay comentarios: