miércoles, 22 de abril de 2020

¿TRASTORNADOS? ¡POR FAVOR!





Contra el estigma de la enfermedad mental - Grandes temas ...
Contra el estigma de la enfermedad mental
Desde siempre, las personas que sufren de algún tipo de enfermedad mental han sido apartadas por nuestra sociedad. No se las trata como a los otros y sufren por ello, porque siguen siendo personas. De ahí la necesidad de dar la vuelta a esta situación y comprender esta realidad. 


                                 





CALMA

Se llama calma y me costó muchas tormentas obtenerla

Se llama calma y cuando desparece…salgo otra vez a buscarla

Se llama calma y me enseña a respirar, a pensar y repensar

Se llama calma y cuando la locura la tienta se desatan vientos bravos que cuesta dominar

Se llama calma y llega con los años cuando la ambición del joven, la lengua suelta y la panza fría dan paso a más silencios y más sabiduría.


Se llama calma cuando se aprende bien a amar, cuando el egoísmo da lugar al dar y el inconformismo se desvanece para abrir corazón y alma entregándose enteros a quien quiera recibir y dar.


Se llama calma cuando la amistad es tan sincera que se caen todas las máscaras y todo se puede contar.

Se llama calma y el mundo la evade, la ignora, inventando guerras que nunca nadie va a ganar.

Se llama calma cuando el silencio se disfruta, cuando los ruidos no son sólo música y locura sino viento, los pájaros, la buena compañía o el ruido del mar.

Se llama calma y con nada se paga, no hay moneda de ningún color que pueda cubrir su valor cuando se hace realidad.

Se llama calma y me costó muchas tormentas y las transitaría mil veces más hasta volverla a encontrar.

Se llama calma, la disfruto, la respeto y no la quiero soltar…

(Dalai Lama)







¿TRASTORNADOS?

   Quiero desde aquí dar voz a quienes habitualmente no la tienen. A aquellos que, extraviados en el laberinto de la enfermedad mental, sufren el rechazo de una sociedad presuntamente cuerda.

   A lo largo de mi dilatada experiencia profesional y vital con enfermos mentales graves (esquizofrénicos y personas afectadas por otros trastornos psiquiátricos) he recogido muchos testimonios, lamentos, quejas y reivindicaciones que en su conjunto llegan a conformar un panegírico que pretendo transmitir.

   En primer lugar me hago eco de una frase que forma parte del rico refranero español: “Ni son todos los que están ni están todos los que son”. Hay mucho loco suelto, incluso entre las capas altas de la sociedad, que dominan al resto de los humanos y llevan a cabo prácticas políticas que bien podrían calificarse como “enloquecidas” por lo que tienen de abyectas, bizarras, injustas y hasta demoníacas, me atrevería a decir, más propias de un “alucinado” venido del espacio sideral o “iluminado” desde el mismo por fuerzas desconocidas para el resto de los mortales. 

   Es evidente que, entre la clase dominante, es decir, la casta que nos malgobierna en España y, por qué no decirlo, en la mayoría de países del mundo occidental tan “adelantado y “divino de la muerte”, entre la clase dominante, decía, predominan las personas sin escrúpulos que llegan a la política para satisfacer sus necesidades de ególatras narcisistas, para llenarse los bolsillos aunque sea a costa de prácticas corruptas y para ensañarse con las personas de a pié porque, debido a su falta de empatía y  capacidad de autocrítica, disfrutan hasta la saciedad del mal ajeno. Vamos, que tienen un perfil psicopático de libro.

   Haría falta que esa sociedad, hasta hoy sumisa y aborregada, anestesiada y conformista, se rebelara contra todos esos malnacidos y los pusiera a buen recaudo, pero mucho me temo que nuestras democracias “de pacotilla” no cuentan a día de hoy, con los mecanismos necesarios para desmontar el entramado tan bien construido que los perpetúa en el poder, sean de la orientación  o color político que sean, que no es cuestión de  izquierda ni derecha, que “en todos sitios cuecen habas”, que la desfachatez y la desvergüenza está instalada en todos sitios.

   Un servidor que, como ya he manifestado en otras ocasiones, se considera utópico posibilista e irredento, o un “caletre insomne” como cariñosamente me califica mi amigo el herrero, no va a cejar en el empeño de intentar, desde su atalaya inconformista y humilde, que las cosas cambien. No es mi intención hacer de adalid de nada, ni estoy por encima del bien ni del mal, pero, creo que desde el hartazgo generalizado, va siendo hora de pasar a la acción aunque, “dios me libre” de seguir el patrón de esa “fuerza nueva” que supone ese partido ultraderechista de reciente aparición, liderado por uno al que llaman “Santi”. “¡Va de retro…!”.

   En segundo lugar, que me voy por las ramas de la política, quiero referirme al tema de la estigmatización de la enfermedad mental. Desde hace mucho tiempo intento no poner etiquetas a las personas afectas por “problemas” mentales. Los diagnósticos están bien para que los profesionales sanitarios unifiquemos criterios, hagamos protocolos de actuación, apliquemos el conjunto de medidas terapéuticas que cada persona necesite y también para poder establecer un pronóstico que permita al “enfermo” y a sus familiares poner luz en la sombra, en la zozobra e incertidumbre que genera el impacto de la enfermedad mental cuando aparece en el núcleo familiar. Y digo “poner luz”, no entrar a saco imponiendo con medidas y tácticas coercitivas y patriarcales ingresos tan preventivos como innecesarios en muchas ocasiones, ni actuando desde la superioridad del profesional que todo lo sabe y todo lo puede. No nos podemos erigir como salvadores y explicar a los pacientes que hacemos las cosas “por su bien”. Se hace necesario escuchar su opinión cuando cesa su agitación y su “delirio”, y debemos escuchar también a los familiares que son el soporte incondicional y que, en la mayoría de los casos son o deben ser nuestros aliados en el proceso de recuperación y contención de conductas “disruptivas”, a veces muy graves, de esos extraviados en el laberinto de la enfermedad mental que nombraba al principio.

   La aparición, relativamente reciente de “Asociaciones en Primera Persona” es un paso más, tienen mucho que decir, mucho que aportar y mucho que enseñarnos, y pueden, si les dejamos, con intención colaborativa, con las otras asociaciones, ya consolidadas, de familiares y enfermos, participar activamente en la mejoría del panorama global.

  Sólo con el compromiso de todos: enfermos, familias, profesionales, instituciones y el conjunto de la sociedad, se conseguirá la integración y reinserción completa de ese grupo de personas a las que les ha tocado la china de sufrir un trastorno mental. ¿QUÉ TRASTORNO?

(PETRUS RYPFF)



EL ESTIGMA: La persona con enfermedad mental debe afrontar una doble dificultad para recuperarse: la enfermedad en sí y los prejuicios y discriminaciones que recibe por padecerla. El estigma social es una carga de sufrimiento que incrementa innecesariamente los problemas de la enfermedad y constituye uno de los principales obstáculos para el éxito del tratamiento y de la recuperación. 


El estigma de la enfermedad mental — La Mente es Maravillosa
En el pasado las enfermedades mentales han sido un tema tabú en nuestra sociedad. Padecer una enfermedad mental era motivo de vergüenza y se ocultaba casi como si fuera un motivo de vergüenza. Con el tiempo se ha socializado o popularizado la respuesta a qué es una enfermedad mental y una buena parte de la sociedad, al menos, ha entendido que le puede pasar a cualquiera..
  Es una tarea difícil la de visibilizar y normalizar las enfermedades mentales cuando se les pone al etiqueta de enfermedad de manera indiscriminada. Por otro lado, gracias a los medios de comunicación, las redes sociales y a muchas campañas se está empezando a «desmitificar» la naturaleza de las patologías psiquiátricas. Uno de los mayores problemas en este aspecto es la atribución de rasgos generales (como la presencia de alucinaciones o las respuestas violentas) a todas las personas que sufren de alguna dificultad en este sentido.

EL AUTO ESTIGMA es una de las consecuencias más graves de la discriminación. Los prejuicios en muchos casos afectan al enfermo o la enferma hasta el punto que los asumen como verdaderos y pierden la confianza en su recuperación y en sus capacidades para llevar una vida normalizada. El silencio que rodea a cualquier problema de salud mental forma parte del problema. Las enfermedades mentales están silenciadas, ausentes e invisibles. Están muy cercanas pese a que siguen siendo grandes desconocidas para la sociedad. La realidad es que una de cada cuatro personas padece una enfermedad mental a lo largo de su vida, y eso son muchas personas. Puede ser una amiga, un novio, un padre, una hermana o un compañero de trabajo. El 9% de la población española sufre una enfermedad mental. Estas cifras crecerán, en una tendencia común en el mundo occidental y con un elevado coste social y económico.
   
   Es labor de todos los estamentos implicados: Profesionales, familias, enfermos, asociaciones y la sociedad en su conjunto, colaborar en el abordaje de este trastorno mental para que se consiga aceptar como un problema de salud más y no se produzca la estigmatización de las personas afectadas. Todos juntos lo conseguiremos. Quizás no consigamos nunca disminuir la incidencia ni la prevalencia de la enfermedad pero sí acabaremos con sus devastadoras consecuencias.


EL INICIO DEL DRAMA

El estigma de la enfermedad mental — La Mente es Maravillosa


   Patricia es una chica de 16 años que acude a mi consulta desde septiembre del año pasado, justo dos meses después de cumplir la edad en que los pacientes pasan de la sección de Infanto-juvenil a la de adultos dentro  del mismo Centro de Salud Mental. Está en seguimiento en el centro desde hace justo un año tras salir de la Unidad de Hospitalización Psiquiátrica del Hospital General de la capital. El diagnóstico al alta del hospital fue de Trastorno Esquizofreniforme y el tratamiento pautado entonces fue Risperidona 6mg/día y Biperideno 4mg/día.
   
   La evolución desde el ingreso ha sido tortuosa, en gran medida por la baja adherencia al tratamiento psicofarmacológico y el cuestionable apoyo y supervisión familiar. La madre de 45 años de edad está en tratamiento en las consultas externas de otro hospital desde hace 18 años, diagnosticada de Trastorno Esquizoafectivo que se manifestó por vez primera a raíz de que su primogénito falleciera de muerte súbita a los seis meses de nacer. Desde este acontecimiento nunca ha vuelto a ser la misma, ha tenido varios episodios depresivos y tres episodios psicóticos que se han podido controlar ambulatoriamente, toma a regañadientes el tratamiento, saltándose algunas tomas y por lo que cuenta su marido, confía más en los videntes que en su psiquiatra y acude a ellos con más frecuencia que a su hospital. Desde siempre ha creído en la clarividencia y ha comentado muchas veces que su madre le enseñó a “cortar” el “mal de ojo” cuando alcanzó la mayoría de edad. En la historia clínica viene recogido que el padre recalcó que, en contra de su voluntad, Patricia llevó un enorme lazo rojo en el interior de su carricoche durante más de un año.

   Volviendo al caso de Patricia quiero resaltar que en la anamnesis viene reflejado que un primo de la madre está diagnosticado de Esquizofrenia Residual y que la paciente no fue una niña buscada ni deseada, su madre quedó embarazada cuando estaba todavía en pleno duelo por el fallecimiento de su hijo a los pocos meses de nacer. No obstante, el parto de Patricia fue a término y eutócico y su desarrollo psicomotor resultó normal.

   En la entrevista inicial el padre puso de manifiesto que su hija siempre fue una niña muy tímida y que había tenido problemas en los distintos colegios a donde había acudido desde que acabó primaria con 13 años. Hace tres años la tuvieron que cambiar de colegio porque debido a su timidez e incapacidad para plantar cara, fue acosada por varias compañeras de clase que se metían continuamente con ella por ser gordita y con gafas, llegó un momento que sólo se relacionaba con su hermana pequeña de 12 años y dos amigas de ésta. Ella nunca había tenido ninguna amiga “de las de verdad” por sus complejos y dificultades para relacionarse con sus iguales. Paradójicamente fue ella la que suplicó que la cambiaran de colegio argumentando que las compañeras le tenían envidia por ser muy alta y guapa.

   En el instituto donde cursa sus estudios actualmente también empezó a tener problemas de relación con los compañeros a los que acusó de burlarse de ella y de que le hacían el vacío en el recreo. Los fines de semana salía esporádicamente en el grupo de amigas de su hermana, un domingo llegó a casa sola y muy irritada contando que  estaban todas fumando y besando a los chicos de una manera muy indecente, se sintió ninguneada cuando regañó a su hermana y se enfadó aún más cuando comprobó que los padres restaban importancia a comportamientos tan “imperdonables”. A continuación se encerró en el baño verbalizando que se iba a matar tomando un montón de pastillas que había cogido del botiquín de la cocina, ante sus gritos, el padre se apostó tras la puerta pidiéndole que se dejara de tonterías, que si se suicidaba, él sentiría su muerte pero a los pocos días la olvidaría. Una treta tan mezquina dio su fruto y Patricia abrió la puerta y se abrazó a su padre llorando amargamente y quejándose de lo desgraciada que era su existencia. El padre, lejos de compadecerse, hizo un gesto como si se sintiera ganador.

   En la historia de la psicóloga de infanto-juvenil viene registrado que el padre es muy rígido, tosco y potencialmente agresivo, siempre ha sido “sancionador” y excesivamente paternalista con sus hijas, especialmente con la paciente.

   En la valoración de Urgencias previa a su único ingreso comentó que desde hacía aproximadamente un año oía voces que la insultaban y otras veces eran imperativas, de contenido auto y heteroagresivo. También se encontraba muy autorreferencial e interpretaba cualquier gesto de los compañeros de clase de forma paranoide. A veces ha tenido la sensación de que en su casa hay cámaras para vigilarla, colocadas a través del ordenador por sus compañeros de clase. Ante una clínica psicótica tan florida el psiquiatra de guardia expuso a los padres la conveniencia de que se quedara ingresada para realizar unas exploraciones complementarias protocolarias en estos casos y para iniciar un tratamiento farmacológico. Ambos se mostraron muy reticentes pero finalmente aceptaron, el padre comentó dirigiéndose al galeno que nunca había llorado y que no se pensara que iba a hacerlo en ese momento, la madre no pudo evitar un llanto de desesperación.

   Tras tres semanas de ingreso, como decía más arriba, fue derivada a la sección de Infanto-juvenil del CSM donde siguió revisiones durante varios meses. Ante la intolerancia al tratamiento con Risperidona, hubo varios cambios de medicación porque aunque no presentó ninguna descompensación clara, mantuvo algunos síntomas paranoides y alucinaciones auditivas rudimentarias, con escasa repercusión conductual. En algún momento también evidenció síntomas depresivos filiados como Depresión post-psicótica.
Daniel Valero - Tigrillo 🏳️‍🌈 Twitterren ...

   Cuando empezó revisiones en mi consulta se mostró muy deprimida y mantenía alguna autorreferencia con los vecinos, a menudo pedía a los padres que bajaran totalmente las ventanas en las horas de la tarde en las que ella permanecía en la casa y cuando salía para ir al instituto, algún miembro de la familia tenía que acompañarla, se sentía muy desconfiada e insegura y en varias ocasiones volvió a manifestar ideas autolíticas mal estructuradas que vivía de forma egodistónica.

La historia de Bruno - Salud mental y estigma - YouTube

   Ante una evolución tan poco favorable me planteé un cambio radical de tratamiento, inicié una pauta de aripiprazol oral con la idea de introducir en poco tiempo el mismo principio activo en presentación inyectable de larga duración. También le prescribí medicación antidepresiva que a buen seguro le iba a ayudar a mejorar la clínica afectiva. El cambio tras tres meses de seguimiento ha sido espectacular, se siente muy integrada en el instituto, ha mejorado el rendimiento académico, se ha apuntado a clases de zumba con dos compañeras con las que por primera vez en años queda algún fin de semana, se muestra animada también para hablar con su hermana de cosas de chicas y le ha “echado el ojo” a un chaval al que considera muy guapo y que llegó hace poco al instituto.

   Al concluir la última cita en consulta me habló un poco de él y con una sonrisa pícara me dijo: ¿Es madrileño, sabe?

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