domingo, 26 de abril de 2020

LA LOCURA - TODO DEPENDE DE LAS CIRCUNSTANCIAS






Las personas con esquizofrenia tienen un riesgo tres veces mayor ...

"El delirio apenas tiene valor informativo psicopatológico pues estaría tan contaminado de «ruido» cultural y social en su expresión final, que apenas diría nada al clínico sobre el «locus biológico» del cual supuestamente se habría originado". (G. Berrios y F. Fuentenebro en El delirio, Madrid, Trotta, 1996)
La esquizofrenia podría ser un trastorno sensorial
"Los sujetos con ideas delirantes muestran una mayor convicción, pero también una mayor preocupación y malestar con sus ideas que las personas normales con firmes ideas religiosas".





  
 Antiguamente el tratamiento de la esquizofrenia tenía lugar mayoritariamente en instituciones cerradas (manicomios). Desde la reforma psiquiátrica el lugar de tratamiento se desplazó a la sociedad (rehabilitación psicosocial). Es cuando las familias cobran una importancia preponderante en la rehabilitación del enfermo de esquizofrenia. En la actualidad resulta imprescindible en cualquier tratamiento integral de la esquizofrenia incluir un programa de psicoeducación familiar para que conozcan las formas más eficaces de abordar los diferentes comportamientos disfuncionales que puede acarrear un enfermo de esquizofrenia. El diagnóstico de esquizofrenia supone una gran carga emocional en la familia. Se produce un conglomerado de sentimientos que van evolucionando por distintas fases no necesariamente cronológicas: temor, tristeza, vergüenza, culpabilidad, inseguridad, desconcierto, hostilidad, emociones, todas ellas, pueden verse reflejadas en el siguiente relato biográfico.

   Rosario es una mujer de 66 años, natural de un pequeño pueblo de interior de la provincia de Cáceres, aunque siendo aún una niña emigró a Alcázar de San Juan.  Su vida fue transcurriendo con normalidad. Se casó y tuvo dos hijos. Ya desde la infancia de su hijo varón percibió ciertos comportamientos desadaptativos: timidez y problemas en la interacción con el grupo de iguales. Comportamientos que en ningún momento hacen pensar en el desenlace final. Esas conductas se mantienen e incluso se acrecientan, apareciendo los síntomas prodrómicos de la esquizofrenia.

    La preocupación de Rosario fue en aumento a medida que la situación familiar se fue haciendo más problemática. Además, su hijo Julián, actor secundario en esta historia, en ningún momento reconocía el padecimiento de ningún trastorno; algo muy típico de la esquizofrenia (nula conciencia de enfermedad). Cuando la situación se hizo insostenible su hijo tuvo que ser ingresado en la unidad de agudos de psiquiatría. En este caso el médico de atención primaria consigue convencer al paciente, aunque no es infrecuente que los ingresos en nuestra Unidad sean de carácter involuntario. Es lo que se conoce como brote psicótico, donde los llamados síntomas positivos de la enfermedad (alucinaciones, delirios y alteraciones conductuales graves) resultan evidentes, provocando una gran alteración emocional.

   No escapa este relato tampoco de una conducta típica de muchas familias que conviven con enfermos de esquizofrenia. Me refiero al intento de ocultar o minimizar lo problemático de la situación, retrasando innecesariamente la asistencia de los profesionales de salud mental. Se tiene la creencia de que todo volverá a su estatus quo de forma espontánea.

   Es en el servicio de psiquiatría donde la familia escucha por primera vez la palabra fatídica: ESQUIZOFRENIA. Desconcierto y desbordamiento son sentimientos que aparecen durante esta etapa inicial. Los profesionales sanitarios, en su afán de promover una pronta socialización, dan de alta al enfermo y la familia se ve en una situación más que angustiante. Se encuentran de nuevo en casa con su hijo diagnosticado de esquizofrenia, sin saber cómo abordarlo y con apenas una información de la enfermedad de unos cinco minutos dispensada por el psiquiatra de turno.

   Poco a poco a la familia se la va dotando de más conocimientos y de recursos para poder atender al enfermo, aportando cierta seguridad y aminorando la carga emocional. Rosario asume el rol de cuidadora principal con el consiguiente estrés que supone. Además, manifiesta quejas en contra de su marido debido a la actitud que éste presenta para con su hijo. Al cabo de unos meses, y debido a la sobreimplicación en el cuidado de su hijo, Rosario necesita tratamiento psiquiátrico y psicológico por depresión. Su sintomatología fluctúa en relación con la mejoría o empeoramiento de su hijo. Es muy probable que Rosario no comprenda del todo la enfermedad. Concibe que su hijo precisa ayuda, que requiere cuidados, y sin más se los dispensa.

   La entrevista tuvo lugar en mi consulta, un despacho dotado de la privacidad adecuada. Se realiza una exhaustiva entrevista con un familiar de un paciente esquizofrénico que acude con normalidad a la cita. Era la primera vez que Rosario estaba en mi consulta, aunque nos conocíamos de la puerta de urgencias donde atendí yo mismo a su hijo el día que ingresó en la Unidad de Hospitalización, por estar de guardia. Rosario se muestra tranquila durante la entrevista y muy dispuesta. Es cordial y amable. En momentos de la entrevista se muestra ansiosa, habla más rápido y activada. En un par de ocasiones solloza y se lamenta, pero con prapidez se recupera y continuamos. Parece curioso cómo durante el tiempo que dura la conversación siempre que se refiere a la esquizofrenia lo hace como “la enfermedad”, o “lo que le pasa a mi hijo”. Tan sólo en una ocasión la nombra ¿Tanto pesa esa palabra? ¿Tantas connotaciones negativas sugiere a las familias? Parece ser que sí.

Relato de Rosario
INFANCIA: Yo soy de Cáceres, bueno de un pueblo, pero enseguida vine a alcázar de San Juan. Mi padre era ferroviario y tenía que trabajar aquí, bueno a veces también en Madrid, pero vivíamos aquí. Yo soy la mayor, si no contamos a otro hermano que murió antes de nacer yo, tenía meses. Unas infecciones en los pulmones. Ahora vivimos tres conmigo. Dolores la siguiente y Pepe, el pequeño.

   Vivíamos en un piso de alquiler, pero no nos faltaba de nada. Aquí fuimos al colegio y todo eso. No se me daba mal del todo, pero las mujeres hacíamos hasta lo que nos obligaban, con catorce años me dejé los estudios. Luego, a ayudar a casa, ya sabe, hacer las camas, fregar los cacharros, llevaba la comida a mi padre al trabajo. Mi hermano estudió hasta bachiller, pero nosotras no. Bueno tampoco queríamos, eso creo. Me gustaba mucho jugar, me lo pasaba muy bien, tenía muchas amigas, aunque no salíamos mucho a la calle, más bien en las casas, no fuera a ser…

VIDA FAMILIAR. Yo salía con mis amigas, pero hasta las siete. Antes no se salía como ahora. Y no todos los días. Los jueves y los domingos. A veces había baile y allí conocí a mi marido. Era muy tímido, pero a mí me gustaban así. Huía de los que eran un poco lanzados. La verdad es que no sé cómo acabé con él porque no hablaba nada, era un “parao”.

   Estuvimos de novios cinco años y nos casamos. Sigue siendo callao, pero no tanto como antes. A lo mejor era porque se le murió la madre cuando era muy pequeño y eso le marcó. Enseguida tuvimos el primer hijo y luego, dos años después, el segundo (pone cara de preocupación). Más o menos hemos sido felices, bueno Dios lo habrá querido así.

EL HIJO: Mi hijo ha sido un poco raro desde siempre, tímido. Decíamos que se parecía a su padre, es la herencia que le ha dejado. Pero luego nos salió con lo otro. Era muy inteligente, las profesoras me lo decían, pero no hacía amigos. Nunca le he visto jugar con chicos. Eso a una madre le preocupa mucho. Aunque lo dejé pasar “serán cosas de críos”. Además, en casa hablaba normal, nunca ha sido malo ni guerrero.

   Fue al instituto, lo había sacado todo muy bien en el colegio. Allí seguía igual: iba al instituto, venía, se metía en su habitación a estudiar. A veces se tiraba las horas muertas, bueno no siempre estudiando. Cada vez estaba más preocupada porque no salía, ya tenía edad. Siempre le han gustado mucho las estrellas y el cielo. Le compré un día un telescopio de esos, pero a los pocos días se cansó de él. Los chicos de ahora como tienen de todo, enseguida se cansan de los juguetes. Acabó el instituto, también bien, bueno no con tan buenas notas como en el colegio, pero lo acabó sin repetir. Nosotros queríamos que fuera a la Universidad porque era una ilusión para la familia y creo que valía, pero prefirió un FP (formación profesional) de electricidad y electrónica.                       

COMIENZO DE LA ENFERMEDAD:  Yo no sé si fue cambiar de instituto o qué, pero se volvió peor, ¿Cómo iba yo a saber lo que le pasaba al pobrecito?, “Y encima yo riñéndole” (solloza).

   Empezó a no estar con nosotros en casa, cada vez pasaba más tiempo en su habitación. Ponía la música muy alta. Discutíamos mucho por eso, sobretodo su padre. No veía la televisión porque decía que había gente mirando dentro. Eso a mí ya me preocupaba mucho pero no sé. Salía poco de casa. Decía que la gente le estaban amargando la vida. Al principio creí que era alguien del barrio que se metía con él. Perdió la confianza en nosotros. Nos decía ¿También vosotros sabéis lo que pasa?, pero yo no sabía lo que pasaba a mi hijo. Es cuando realmente pensé que mi hijo se había vuelto loco. No quería ver a nadie. Pasé unos meses llorando todos los días y muy nerviosa. Apenas comía, se le oía hablar solo en su habitación.

   Un día tuvimos que llamar a urgencias, bueno llamamos más veces antes, pero ese día fue lo más fuerte. Se pasó en su habitación dos días enteros, no dejaba entrar a nadie, ni a su hermano, que siempre se habían llevado muy bien y siempre entraba en razones con él. Ese día estaba de guardia mi médico de cabecera, don Pedro. No sé cómo lo hizo, pero le dejó pasar y le convenció para ir al hospital. Se portó muy bien, subió con nosotros el hombre y todo (al hospital). Allí le vio un psicólogo o psiquiatra y le ingresaron. Le tuvieron que atar a la cama y todo. Estuvo ingresado no sé si más de un mes.

   Una semana antes de darle el alta nos dejaron visitarle más, al principio sólo un rato. Se quedó delgadísimo, estaba como adormilado, sería por la medicación. En la residencia nos dijeron lo que tenía. Yo no sabía nada de eso (se refiere a la esquizofrenia). Le pregunté al doctor: ¿Pero eso se cura o qué pasa con esto?
REPERCUSIÓN FAMILIAR: Mi marido ha discutido mucho con él. Estaba desesperado. ¡No sacamos vida de él!, decía. Muchas veces pienso que si no hubiera sido por mí se hubieran pegado. Yo mediaba, pero entre ellos no se podían ni ver. Mi marido siempre estaba con que era un vago, un gandul. Yo también lo pensaba, pero no metía más cizaña por no liarlo más. “Una madre siempre es una madre”. El defender a mi hijo me ha costado más de una discusión con mi marido.

LA ESQUIZOFRENIA: La esquizofrenia es una enfermedad de la mente, es como una locura, que no se cura pero que a veces está normal. Pero cuando tiene una crisis se pone muy mal y empieza como antes. La verdad es que como antes nunca ha llegado a estar de mal.

   Ellos empiezan a ver cosas y decir que les queremos hacer algo malo, empiezan a desconfiar. Luego está lo otro, no quieren hacer nada, que están apagados. Es muy difícil entender esta enfermedad. No vuelven a ser los mismos de antes. Ahora está más gordo, pero me dicen que es de la medicación que toma, y de no hacer nada de ejercicio. Le sigue costando mucho levantarse y lavarse. ¡A veces lleva unos pelos!, ni se peina. Y la ropa porque cada día se la pongo encima de la silla, si no iría con la misma ropa siempre. Tengo que estar encima de él continuamente, pero me han dicho que es así y que tenga paciencia.

   Ahora sé más cosas de la enfermedad. Al principio te encuentras con tu hijo en casa sin saber qué le pasa y sin saber cómo actuar, cómo tratarle o qué decirle (se refiere justamente después del ingreso). Poco a poco me fueron explicando la enfermedad, el psiquiatra y la enfermera del psiquiatra, y bueno, voy manejándome.

   Sé que si no hace una cosa no es porque es un vago, sino que es la enfermedad. Hay que hablarle sin reñir ni vocear y sin alterarse. Aunque mi marido a veces no aguanta más y le chilla. Sé que hay que decirle ¡muy bien! cuando hace una cosa bien hecha. Hay que darle un cuarto de Idalprem (medicación ansiolítica) cuando está más nervioso; y así voy capeando el temporal.

APOYO SANITARIO:  A mí me viene muy bien ir a la consulta, voy todos los meses. Me ayuda mucho la enfermera, la verdad que sólo me escucha y me va diciendo ¡haz esto y lo otro! La verdad que estoy mejor cuando mi hijo se encuentra también mejor. Cuando tiene un día malo yo también estoy más deprimida. A mi marido parece que le da un poco igual o ya no se lo toma tan mal. Pero yo soy la madre y sólo una madre sabe lo que es. La verdad que es muy difícil esta enfermedad.

    Me he sentido apoyada por todos los médicos. Pero al principio, no sé si es que debe ser así o no, pero no sabía nada de la enfermedad y nadie me decía nada. Creo que estas charlas (consulta con la enfermera) deberían darse antes de que le dieran el alta para llegar a casa y saber cómo actuar. Pero bien. Ahora me explican todo muy bien: la medicación, lo que tengo que hacer, los efectos secundarios.

ALGUNAS REFLEXIONES: No sé por qué me ha tocado a mí, pero me ha tocado. Se sufre mucho ver a un hijo así (silencio y llanto). Y es que no hay una medicina que le cure. Ahora estoy mejor, pero he necesitado tratamiento yo también.

   Me daba un poco de vergüenza al principio que lo supieran los vecinos y la familia y los amigos. No sé por qué, por si le marginaban. Aunque la verdad es que se marginaba él mismo. Ahora ya se han enterado y me da igual. Los que lo sufrimos somos nosotros.

   No sé por qué se produce esta enfermedad. Me dicen que puede ser heredado, pero nosotros no hemos tenido en la familia ninguna enfermedad de estas. Mis padres están bien, con los achaques porque tienen casi noventa años. Mis suegros están muertos. Mi suegra murió muy joven y la verdad es que realmente no sabemos qué le pasó. Estuvo siempre mala del pulmón. Y mi suegro murió hace ocho años del corazón.

    Otras veces pienso que si hemos sido nosotros los culpables. A lo mejor tenía que haberle llevado antes a un psicólogo, cuando era tímido de pequeño, o que no le hemos sabido tratar (solloza).

MENSAJE A OTROS PADRES: Yo les digo que no se preocupen, que tengan mucha paciencia. También que luchen para superarlo. Es muy dura esta enfermedad y hay que estar encima de él continuamente, pero es lo que más les ayuda. Ahora he empezado a ir a la asociación aquí en Alcázar de San Juan y hablamos con los padres de otros chicos. La asociación de las familias de la enfermedad.
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   Afortunadamente se ha avanzado bastante en la normalización y aceptación sin prejuicios de la enfermedad mental grave, gracias al ímprobo esfuerzo de los distintos sectores implicados en la materia, aunque no cabe duda que aún queda mucho por hacer. Aunque pueda pecar de utópico albergo la ilusión de que, con el esfuerzo de todos, pueda ver cumplido algún día el objetivo de que se trate a los enfermos mentales de igual manera que a los que padecen otras patologías somáticas, no como a tarados peligrosos que hay que mantener apartados de la sociedad, ya sea en instituciones mentales decimonónicas de  crónicos, que no hacen más que perpetuar su proceso de enfermedad y robar todo atisbo de dignidad personal, o en un rincón de la morada familiar impidiéndoles cualquier contacto con personas "normales" del entorno vecinal o social.
(Petrus Rypff)


"La moral y la lógica no tienen nada que ver con esto. Todo depende de las circunstancias. Al que lo han encerrado está aquí, y al que no lo han encerrado se pasea por ahí, y eso es todo. En el hecho de que yo sea doctor y usted un perturbado no hay ni moralidad ni lógica, sino una casualidad pura y simple".
                                                            ANTÓN CHÉJOV, El pabellón nº 6

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LAS VOCES DEL LABERINTO
Texto del libro de Ricard Ruiz Garzón, Las Voces del laberinto: historias reales sobre la esquizofrenia. Capítulo: El sexto sentido



"Estoy seguro de que no me creen, y de que tampoco creen que creo lo que afirmo. Son libres de creerme o no, pero al menos crean esto: no estoy bromeando".
(Philip K. Dick)


  En ocasiones, oigo ecos. Ecos de voces eléctricas, ultrasónicas, crepitantes, preñadas de interferencias. No evocan voces humanas, ni de muertos ni espíritus. Parecen reverberaciones sobrenaturales, pero son códigos cifrados, señales de otra dimensión que sólo a veces alcanzo a interpretar. Se manifiestan a través del ruido, en los rugidos de los motores, en las notas de música, en el murmullo del viento y el agua de los grifos... Hablan en grupo, en tropel, unas veces con tono agudo, como de pitufo, y otras con la gravedad de un ser omnipotente. Las escucho en el baño, por la calle, al encender el televisor... Son como las risas enlatadas de las series antiguas: no están ni vivas ni muertas, habitan un extraño limbo desde el que contactan conmigo. Y yo no soy creyente, ni me atrae el esoterismo. No sé si existe el más allá, ignoro si hay extraterrestres y lo cierto es que todos estos temas me la traen, je, je, bastante floja. Preferiría no escuchar nada, disfrutar del silencio y dedicarme al cómic, que es lo que da sentido a mi vida. Pero las voces no descansan, llevan ahí más de siete años y me temo que aún les queda cuerda para rato.

   No sé qué pretenden, la verdad; pero he de confesarle que ya han ganado una batalla: la de obligarme a parecer un pirado para que nadie crea que existen.

   Llegaron cuando yo tenía veinticinco años. Había estudiado dibujo artístico, pero trabajaba de teleoperador. Vivía con mi madre enferma y mis cuatro hermanos, todos mayores que yo, y tenía una novia con la que editaba un fanzine titulado, ji, ji, El Protegido. Salía los fines de semana, a emborracharme, y en los ratos libres imitaba a mis autores favoritos: Richard Corben, Moebius, Carlos Pacheco, Miguelanxo Prado... A Prado, sobre todo. Diría que llevaba una vida, pshé, bastante corriente, un poco disipada pero similar a la de otros amigos. Y entonces, broooom, todo empezó a precipitarse: se me acabó el contrato, cerré el fanzine, corté con mi novia, me quedé sin blanca y, para colmo de males, mi madre falleció.

   Yo estaba muy unido a ella, tal vez porque mi padre nos había abandonado siendo yo el más pequeño, o quizá porque la mujer, aunque sola y enferma de sida, se había sacrificado para sacarnos adelante. Cuidarnos fue su máxima aspiración, el sentido de su lucha. Por eso, ejem, por eso sufrimos tanto su deterioro, su pérdida de peso, sus espasmos y sus visitas a urgencias... No voy a aburrirle con nuestras miserias, pero sepa usted que la muerte, su muerte, se volvió una obsesión para mí. Pensaba en ello a todas horas y me sentía impotente, frágil. Vulnerable. Veía a la gente andando por la calle y pensaba en cómo morirían todos; me miraba en los espejos y comprendía que yo también acabaría pudriéndome, entregando mi vida como un zombi. Fui cayendo en un pozo cada vez más hondo y empecé a beber. Supuse que así lo resistiría mejor, pero ocurrió al revés: el entierro de mi madre me pulverizó, me sacudió, blam, como un mazazo, como si no llevara años anticipándolo. Acudí a mis hermanos, pero ellos fueron rehaciendo sus vidas y al final me quedé solo en aquella casa-tumba, que al menos era de propiedad.

   Como no tenía ingresos, empecé a trabajar en una lavandería de Argüelles. Y allí, je, je, allí las oí por primera vez. Frías, vidriosas, insensibles... Recuerdo que era lunes por la tarde, estaba vaciando unos cestos y de pronto empezaron a manifestarse nítidamente en el zumbido de las centrifugadoras: cling-cling-cling... Eran como un coro metálico, una especie de enjambre chisporroteante y acelerado que transmitía hechos históricos desconocidos y los vinculaba a mí. Los mensajes eran abstractos, no lograba traducirlos, ni hoy podría. No me llamaban, ni decían mi nombre, pero leían mi pensamiento con tal claridad que antes de formular ninguna pregunta me había llegado ya su respuesta. Entendía sólo algunos fragmentos, como si el canal de conexión escogido estuviese oxidado por no haberlo usado jamás. Pero no tuve ninguna duda: aquello no podía ser el ruido de las lavadoras. Llevaba semanas escuchándolo y nunca había tenido esa misma sensación, esa congoja. Me asusté, claro, sobre todo porque al principio mostraban cierta armonía, pero su martilleo era cada vez más caótico, más delirante, y llegó un momento en que aquel torbellino ensordecedor se me hizo insoportable: clonc-clonc-clonc-clonc-clonc... Sentí que el cerebro me iba a explotar, así que escapé corriendo de la lavandería y no volví jamás, ni siquiera a buscar el finiquito. De hecho, no he vuelto a pasar por allí, y si alguna vez me acerco, je, je, si lo hago siento aún escalofríos.


   El médico dijo que había tenido un conato de pánico. Me encerré en casa durante meses, viviendo como un indigente y bebiéndome hasta el agua de fregar. Me alimentaba de yogures, no me cambiaba de ropa, no limpiaba jamás e iba acumulando desechos por las habitaciones como en un vertedero. Si salía era para beber, de noche, cuando el ruido era menor y parecía amortiguarse el peligro de que las voces regresaran. Sólo en algún breve momento de lucidez me planteé si podían ser voces de ultratumba, voces que me pudieran conducir hasta mi madre. Pero lo rechacé enseguida, y, de hecho, hmmm, de hecho, creo que jamás han mencionado nada que me recordase a ella. En aquellos días, además, yo creía que podía negar las voces, olvidar su repiqueteo; por eso dormía días enteros, hasta que me desvelaba y volvía a emborracharme para poder caer de nuevo en la inconsciencia. Luego supe que algún vecino me encontró más de una vez tirado en el portal, entre mis propios vómitos... Así pasé un año, hasta que una tarde llegó mi hermano, me pilló en la cama y al ver que no había agua ni luz, que todo estaba como si hubiese caído una bomba, decidió llevarme con él.

   Para entonces, hmmm, sí, para entonces las voces eran tan cotidianas como la luz del sol y yo las combatía como podía. Más tarde me dediqué a analizarlas, aunque se resistían, y así pude ver que las había distintas. Estaban, ji, ji, estaban las cachondas, ji, ji, ji, como de diablillos... Son las que se han impuesto. Se repiten mucho, pero no ofrecen posibilidad de respuesta, juegan con los dobles sentidos hasta apabullarte y tenerte en sus manos. A veces no me dejan dormir, imitan voces de niños pequeños y les dan velocidad, ñic-ñic-ñic-ñic-ñic-ñic, como en un disco pasado a más revoluciones. Al principio eran muy divertidas, me hacían gracia, pero con los años se han vuelto perversas, muy despectivas, y ahora sólo me hablan de sexo y me cuentan guarradas. Cuando me niego a escucharlas, insisten y me acaba doliendo, me acaba doliendo mucho. Pero puedo asegurarle que nunca me dan órdenes. A lo más que llegan, ya sabe, es a sugerir que tal persona puede ser, je, je, o que seguro que es, mmm, una fiera en la cama...

   También hay voces de buena gente, voces que parecen dirigirse a mí para cuidarme. No son distintas a las anteriores, les ocurre como a nosotros: pueden ser buenas o malas en función del momento. Yo a veces lo entiendo como una evolución: está la vida, está la muerte y está, fíuuu, está esa otra dimensión donde residen las voces. Quién sabe si nosotros no seremos también voces algún día, ecos de pensamientos dispersos por el universo, a la espera de que alguien los capte, como yo ahora. Y ahí podremos tener mala leche, o ser ingenuos como niños, o desear a alguien, igual que en esta realidad. Y ahí podremos dar consejos, como esas voces sabias que me ayudan a ser mejor, a superarme, a evolucionar hacia ellas... Esas voces pacientes que prometen, ay, recompensas...

   Y luego está, buf, luego está Dios, que es otra cosa. Sé que hay voces que hacen votaciones para decidir los pasos que he de seguir y otras que me dicen que todos tenemos una flor que defender, y cosas así. Esas voces me mosquean, porque yo no sé nada de flores y en cambio, je, je, en cambio oigo nombres reales, hasta en latín, flores que existen y son sexuales porque se entregan en actos de amor. Pero lo de Dios, uf, lo de Dios es otra cosa. Lo llamo Dios porque no sé cómo llamarlo, pero no es el Dios de los cristianos. Tiene una voz ronca, muy grave, y suele manifestarse a través del viento. Le encanta decirme que hay un orden y que se lo salta para mí. Y no es el viento, utiliza el viento como soporte. Una vez me dijo que debía dejar de fumar. Y eso, hmmm, eso no lo hace el viento. Me lo dijo de forma solemne y me tranquilizó, me dijo que todo estaba bien, que sólo había que entrenarme. A veces me cansa, porque yo no quiero saber nada de todo esto, y a veces me dice cosas tan elevadas que no las entiendo. Pero en general me hace sentir bien, como si esto de la enfermedad fuese sólo una máscara, un juego de ventrílocuos, un descanso para cuando llegue la hora de demostrar lo que estoy aprendiendo. Eso Dios no me lo dice, eso lo deduzco yo. Pero podría ser diferente, hmmm, muy diferente; la verdad es que no estoy seguro del sentido que tiene todo esto.

   A veces pienso que los ecos son modos de contacto de un mismo ente o residuos de cosas que nunca se dijeron; y a veces, je, je, a veces creo que soy yo el que tiene como un sexto sentido que me permite acceder a ellos. Pero la mayor parte del tiempo prefiero no pensar en nada de esto, me olvido y me pongo a dibujar, o a jugar al ping-pong o a ver una película... A hacer mi vida, que no tiene nada que ver con las voces. Si tuviera que explicárselo en una frase le diría que esto es, sssssí, es como soñar: al soñar podemos vivir otras realidades, algunas increíbles, y sus nexos con la vida, por asombrosos que sean, no nos impiden seguir con el día a día; pues a mí me ocurre algo así con las voces: me transportan a otra dimensión de mi conciencia, pero luego me despierto, desconecto y vuelvo al dichoso día a día. Usted, je, je, usted podría hacer lo mismo, supongo. Si supiera contactar, si no se quedara sólo en los ruidos, en esos zzzzz..., grrrrr..., fffff...


   Al principio, cuando me fui con mi hermano, yo quería pensar que sí, que eran ruidos y que podía dejar de oírlos. Pero era como intentar no soñar: ocurre igualmente, a lo máximo que se llega es, plip, a olvidarlo. A mí los tratamientos me ayudaron a eso, a olvidar que oía voces. Pero volvieron, las recordé, y hoy, hmmm, hoy lo único que consiguen las pastillas es amortiguar el eco, distorsionarlo, multiplicar su vibración. También consiguen irritar a las voces, claro. A veces las cabrean tanto que me da miedo.

Quizá por eso en los últimos tiempos han adoptado un tono más agresivo. Ahora, ji, ji, mezclan lo infantil con lo escatológico, parece que experimenten conmigo, como si fuera un cobaya. Nunca superan cierto límite, son inteligentes y saben que nuestro cerebro no está preparado para aceptar estas cosas, que abusar es, ejem, contraproducente. Por eso acuden a las casualidades, al sexo y a la televisión. Saben que un jarabe es más fácil de tomar cuando no tiene mal sabor. Y saben que así el resto de la gente no está tan pendiente de ellas, se las ingenian para que confundamos casualidad y causalidad...

   Le daré un ejemplo: desde hace meses, utilizan a la presentadora de un concurso televisivo que me encanta, una rubia que sonríe como si fuese inmortal. Para que no la evite, me dicen, je, je, que yo podría salir con ella, con ese bombón, así la llaman. Pero no es tan sencillo, porque en algunos momentos, el bombón me mira a los ojos y le da un sentido especial a cualquier comentario intrascendente. Hace poco dijo: «Se va a acabar lo de la fábrica de sueños». Y es, ajá, es como si me preparase, como si fuese a comenzar una nueva etapa en la que ya no vale sólo con soñar y despertar. Hay quien piensa que esto son coincidencias. Una vez vi a un actor que me encanta en una película, y me estaba rascando la cabeza cuando él se giró y dijo: «Ric-ric-ric, ric-ric-ric... Rascándote no arreglarás nada». Puede ser casualidad, sí, pero ocurre a todas horas, y a veces con referencias directas: a mí en la residencia me llaman nórdico porque soy rubio, y ayer mismo vi a la presentadora con una especie de manta por encima y diciendo: «El nórdico, mmm, el nórdico es lo mejor». Pensé que lo iba a notar todo el mundo, pero nada, y entonces ella preguntó enseguida: «¿Y a quién le puede molestar?». Y así todo el día, por sorpresa, como lo del viento y su manía de que deje de fumar, en cuanto veo un árbol algo se enreda entre sus ramas y empieza la cantinela: «Falta fe, hay infarto, infarto», insistiendo, fric-fric-fric, fric-fric-fric, para que deje el tabaco... Todo con dobles, triples, séxtuples sentidos. Como el día antes del atentado en Nueva York, je, je, cuando compré un disco con las Torres Gemelas en la portada y se me cayó con otro disco de música árabe y ambos, crash, se hicieron añicos. Casualidades, je, je, casualidades... Lo serán, pero me salen ya por las orejas. Si pienso en todo lo que ignoramos es mareante... Me parece, oh, me parece soberbio aceptar que existe el efecto mariposa y en cambio descartar las voces porque son, ejem, inusuales, ejem, intangibles...

   En los cómics futuristas, los que más me gustan, aparecen todas estas cosas y nadie dice nada. Yo mismo introduzco en mis exposiciones motivos similares y me los elogian. Si las voces me han dicho que estoy corriendo por el filo de la navaja, zzzinnnng, yo lo dibujo y no ocurre nada. Pero si le digo a alguien que una voz o un ruido me han inspirado eso, empiezan a mirarme mal. Es lo de siempre, je, je, el canal, el dichoso canal. Puedo pintar ovejas eléctricas, hombres en castillos y hasta áfidos, como si existieran. Usted, je, je, ni se inmutará. Pero si se me ocurre decirle que oigo vocesssss que replicannnnn, entonces empezará a tomar notas como un poseso. Así que ha de entender que para mí soportar todo esto sea un desafío, un desafío total.

   Otra prueba de que todo esto no es producto de mi imaginación es que yo apenas tengo visiones. A veces, hmmm, a veces he visto puntos y rayas que se unían para reírse de mí, formando caras como las de los emoticones, je, je, como los smiles del acid house, ji, ji, pero son molestias pasajeras. Veo sus risas en las aceras, en las grietas del asfalto, en trazos de tiza que descubro sin querer mientras paseo, sobre todo cuando no hay mucha luz. Pero nada más. Me lo tomo con humor, je, je, je, como si el mundo se pitorreara de mi sexto sentido; por eso me río tanto, je, je, por eso puedo convivir con ello sin problemas, aunque me frote los ojos y continúen ahí. Lo de las voces, en cambio, empieza a preocuparme. Hmmm, sí, mucho más. Porque yo, ¿sabe?, yo he oído cosas que usted no creería. A veces, siento que todos esos ecos se diluirán cuando sea hora de morir, sé que se perderán en el tiempo, shhh, se perderán como lágrimas en la lluvia, sin dejar rastro. Será una lástima, porque aún no sé si habré tenido tiempo de prepararme.

   Últimamente es como si no estuviese haciendo las cosas bien, como si no supiera endurecerme o no me lo tomara tan en serio como las voces desean. Me parece que creen que no soy digno de su confianza. Entonces se excitan, je, je, se alborotan, y aparecen las voces obscenas, lúbricas, las que me dicen, ji, ji, que debo probar las felaciones, aunque sea heterosexual, o las que me incitan a participar en tríos, a masturbarme, chump-chump, o a tener unas fantasías que no corresponden a mi corta experiencia, como si yo, je, je, como si yo pudiese ser un semental. Últimamente acuden al bombón para transmitirme sus ansias, sobre todo los diablillos, que están ahí todo el día, pum-pum, pum-pum, dando la vara como moscas cojoneras, je, je, como moscas cojoneras...

   En cierto modo sé que si paso esas pruebas lograré estar con ella, o con quien desee, pero, nnnno-no-no, yo no quiero estar con chicos para conseguirlo, no sé por qué he de cumplir tantas, ejem, expectativas. Por eso, je, je, si la presentadora me sonríe y me dice mientras está entrevistando a un invitado: «Pronto nos acostaremos los tres, tonto», pues me molesta. Y si luego insisten en la música y suena una guitarra en cualquier anuncio: «La-la-la-la-la-láááá»... Pues yo, ji, ji, yo lo odio, porque las voces se cuelan en la guitarra y escucho de fondo, sincronizado: «Me-la-vas-a-ma-maaaar»... Y qué quiere que le diga, cof, cof, a mí todo esto me sobra, cof, cof, esto cada vez es más extraño y al final he tenido que dejar a mi hermano y venirme a vivir a esta mini-residencia, que no está mal, pero parece una caja de resonancia con tanta voz, ñic-ñic, ñic-ñic, ñic-ñic...

   Yo creo que mi mente no está lista. Capto demasiadas interferencias, demasiada contaminación acústica, por eso no entiendo nada; en este pim-pam-pum ya hay más distorsiones que mensajes, más ecos que voces, y eso no puede ser. A veces no puedo pegar ojo y ya casi no puedo ir a conciertos, con lo que me gustan, porque el chumba-chumba las dispara, los decibelios las ponen a cien, y me tengo que ir corriendo porque es insoportable. Lo único que respetan es el cómic y por ahí voy tratando de orientarme. Me pongo con mis acrílicos, plis-plas, y voy preparando encargos y sacándome algún dinerillo extra. No sé por qué se mantienen al margen, pero es como si el dibujo las exorcizara, las barriera del mapa, como si su energía se diluyese, flop, y no pudiesen emitir. Es mi refugio, mi santuario, mi cámara insonorizada. Tal vez sea porque en mis cómics no escribo palabras, no lo hago nunca, jamás. Sólo dibujo ruidos, onomatopeyas, bocadillos con interjecciones, risas... Tal vez, je, je, tal vez sea porque en mis cómics no hay sonido, sólo imágenes; estoy tan harto de las voces que hasta los ruidos los veo ya como iconos: zas, bang, grrr... Es un descanso, sí, pero no me puedo confiar, porque luego ellas vuelven y vuelven, vuelven y vuelven una y otra vez.


   El que no voy a volver, je, je, je, el que no va a volver soy yo... No, de veras, olvídeme. No tengo respuestas, ni creo ya a estas alturas que las tenga usted. Seguiré tomando mis pastillas, por si acaso, y esperando que todo esto cambie, que se acabe de una vez. No insista, no me busque, no me llame ni me haga venir a este despacho tan lleno de ecos. Al fin y al cabo, ejem, esto está muy oscuro, ejem, su voz tintinea como si fuera de vidrio y esas gafas, ese bigote y esa bata blanca están también formadas por puntos, puntos y rayas. No sé, tch-tch, no sé si tiene razón, si pretende ayudarme o confundirme aún más, pero puedo asegurarle algo, je, je, algo que no se espera: me he dado cuenta. Ajá, no se proteja más, sobran las señales. Su puesta en escena, su ventriloquia, han sido inútiles. Aunque hay una diferencia, eso es cierto, aún hay una diferencia entre su voz y las demás: ellas me conocen, ji, ji, ellas, aunque sea muy de cuando en cuando, ji, ji, ji, ellas consiguen excitarme un poco...

NOTA: Con treinta y cinco años, abstemio al fin y acogido por una fundación asistencial, el protagonista real de esta historia vive desde hace seis años en un piso tutelado con otros enfermos. Según sus monitores, es más sociable y menos problemático que sus compañeros. Posee un gran talento para el dibujo y ha realizado diversas exposiciones.  En la actualidad, tras haber sobrevivido a dos intentos de suicidio, sus alucinaciones auditivas han remitido considerablemente gracias a la medicación, aunque algunas persisten sin que los médicos puedan explicar su origen. Pese a estar dispuesto a asumir su enfermedad, la falta de un remedio le hace dudar de sus psiquiatras. Con la grabadora apagada, jura entre susurros que, si conociera el modo, él mismo eliminaría las voces de un plumazo.












1 comentario:

Unknown dijo...

Me gusta mucho los artículos y el comentario de Petrus los enfermos mentales ,tienen que ser tratados igual a otros enfermos de otras patologías.trabajarlez la conciencia de enfermedad hasta que salga tratamientos que le hagan desaparecer sus síntomas totalmente para que nos los discriminen y normalicen sus vidas LLEGARA Y COMO TODO DEPENDE DE LAS CIRCUNSTACIAS.MUY INTERESANTEY CLARIFICADORES LOS RELATOS