martes, 3 de marzo de 2020

CONTUMACIA PSICOPÁTICA



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      Hace algún tiempo me tropecé con un excelente artículo en el diario La Opinión, firmado por un magnífico periodista, que no es otro que Juan Cruz Ruiz. Reproduzco aquí un fragmento del mismo:

La construcción del odio

   Conocí demasiado pronto las consecuencias del odio. Entonces ni siquiera sabía del alcance de tan tremenda palabra, construida con letras que, juntas, significan la más sonora de las agresiones, o la madre de todas las agresiones. Esa vez me lo contaron, quizá me lo contó mi madre: un hombre había atacado a otro en el barrio y le había arrancado, de una mordida, su oreja.

   Esa historia, una más de las que escuché entonces, me ha perseguido toda la vida como una metáfora del descuido de los afectos, como el símbolo de lo último que puedes hacer, lo más perverso, para mostrar tu malestar o desacuerdo. Se empieza por el desafecto, se sigue por las palabras gritadas, y al final la sorda tentación, cumplida, de la agresión física.

 Las guerras empiezan igual, primero están las palabras, los desacuerdos, los guiños despectivos, y finalmente uno de los dos dispara y el cielo se nubla con la metralla. Mi madre también contaba cómo empezó la guerra entre nosotros, en nuestro propio pueblo, pues la guerra civil se hizo, se construyó, alimentando el odio pueblo a pueblo. En cada pueblo se hizo un monumento chiquito, mezquino, al odio, y sobre ese monolito de porquería cada uno sentía que tenía razón en su odio contra el otro.

   El caso de mi pueblo nada fue distinto, pues, a lo que ocurrió en cada pueblo de España. Primero fue la burla de las personas, por su condición social o económica, por su manera de ser o de preferir, por sus orientaciones políticas o de otro tipo. Esa burla luego se convirtió en delación, finalmente en detención y, en muchos casos, en asesinato, o en denuncia para que instancias arbitrarias pero judiciales terminaran atrozmente esta minuciosa construcción alevosa del odio.

   Dicen que en todos sitios cuecen habas, también en Alemania. En el país germano entienden mucho de odio, inoculado por un dictador y sus colaboradores, que después de ganar unas elecciones, impuso un régimen totalitario tan atroz que acabó provocando una guerra mundial que se saldó con millones de muertos y dentro de ese conflicto bélico, en la “retaguardia”, hubo también un exterminio masivo en los campos de concentración, el conocido Holocausto de judíos, gitanos y otras etnias, amén de miles de personas que fueron ejecutadas por pertenecer a minorías que molestaban al III Reich.

   Han pasado muchos años y hoy día se reaviva la maldita llama genocida en algunos países centroeuropeos y, por extensión en otros países periféricos del viejo continente y de allende los mares.

   Pero hoy toca hablar de otra cosa. Me cuenta un amigo berlinés que hay una persona con la que está teniendo problemas, No ha querido desvelar su nombre, añade que esa persona debería vivir plácidamente en una urbanización a las afueras de Berlín, tiene una bonita casa y se supone que está felizmente casada, tiene también un trabajo que le gusta y practica sin problemas una afición que siempre le ha “llenado”.

    Bien es cierto que siempre ha tenido una personalidad peculiar cuyo núcleo central es el egoísmo. A lo largo de los últimos veinticinco años, ha ido incorporando paulatinamente otros rasgos que a día de hoy conforman un carácter claramente psicopático. La mentira es una constante en su devenir diario, la manipulación de las personas de su entorno, también. Externalizadora de la culpa y trepadora lo es también, si para ascender en su “escalafón” tiene que derribar a codazos a sus “oponentes”, no tiene ningún reparo. Utiliza sus armas de seducción para conseguir sus objetivos, rayando en lo delictivo en numerosas ocasiones. La amenaza velada, la descalificación de quién no le baila el agua y hasta las falsas denuncias a quien le lleva la contraria se han repetido a lo largo de su biografía. Le gusta dar consejos, porque ella lo vale, siempre guiada por la necesidad de quedar por encima de quien sea, incapaz de realizar la más mínima autocrítica. No se da cuenta que hay muchas personas que conocen su talante y no la admiran como a ella le gustaría. La verdad es que resulta penosa su trayectoria, no es consciente de que quien siembra vientos recoge tempestades y el tiempo, ese juez inexorable, acaba poniendo a cada uno en su sitio.

   He intentado calmar a mi amigo, pero me dice que está bien, que no le han tumbado, que hace tiempo que ha superado el problema y no le afectan sus frecuentes andanadas y para terminar ha comentado que “No hace daño quien quiere, sino quién puede”. Sin duda, me da tranquilidad su fortaleza.

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