sábado, 1 de febrero de 2020

PAPÁ, CUÉNTAME OTRA VEZ.




                                 Yo pisaré las calles nuevamente - Pablo Milanés


“La democracia es el menos malo de los sistemas políticos” (Winston Churchill)

CAMBALACHE

  

   Nuestros políticos, se pongan como se pongan, han perdido, en una inmensa mayoría, toda la credibilidad. Sólo espero que, en sucesivas convocatorias electorales, el voto en blanco vaya subiendo, hasta que las fuerzas políticas existentes modifiquen de forma drástica su forma de organizarse y dirigirse, convirtiéndose en verdaderos partidos democráticos. Los partidos clásicos, los del bipartidismo, los de "rancio abolengo", deberían modificar sus anquilosadas estructuras y abandonar de una vez las prácticas corruptas, y poner a buen recaudo a los antecesores que metieron la mano en la caja de una u otra forma. Tampoco estaría mal eliminar las pensiones vitalicias y las puertas giratorias que sitúan a lo "más granado" en los consejos de administración de las grandes empresas del IBEX, por los servicios prestados cuando estaban en el poder. Los partidos más jóvenes pueden ayudar a que se modernice la política, pero mucho me temo que la mayoría de ellos lo que pretenden es apoyar pactos, no para que el sistema funcione mejor, con los apoyos necesarios en las decisiones importantes, sino para pillar sillones que aúpen a sus líderes en las estructuras de poder, véase lo ocurrido recientemente en el gobierno recién constituido. Cuándo iba a imaginarse, Iglesias y sus acólitos, que iban a ser vicepresidente y ministros respectivamente, ¿Por qué lo que no valía durante el verano, cuando tenían más escaños, ha valido ahora que han bajado en número de votos?

   En cualquier caso, quizás haya que dar tiempo al nuevo gobierno para ver cómo va manejando la situación, lo tiene muy difícil al tener que apoyarse en partidos independentistas, que como contrapartida van a exigir más de lo que con la constitución en la mano se les pueda dar. Y mientras, la derecha, la cobarde, la osada-fascista y los naranjas (que han recibido un varapalo del que va a ser difícil que se recuperen), las derechas, decía, que no sé cuál es peor, lanzando mensajes alarmistas y obstaculizando cualquier tipo de iniciativa que pueda beneficiar al conjunto de la ciudadanía, por el simple hecho de que está planteada desde el otro lado del hemiciclo o de la bancada del gobierno.

   Creo firmemente que lo mejor sería que se dejaran atrás los rencores del pasado, que unos y otros propusieran iniciativas de consenso y que prevaleciera el sentido común a la hora de legislar, sin buscar el beneficio propio, que se respetara la opinión de cada cual, que el insulto permanente no fuera la moneda de cambio, que se debatiera con la cabeza, no con las tripas o los cojones, con perdón. Y cuando se quiera sacar adelante un proyecto, que cada uno vote en conciencia, no por el color de su carnet de partido. Para eso sería bueno también, digo yo, que, en las listas de cada opción política, se pudiera elegir sin seguir el orden estricto decidido por la cúpula, vamos, que hubiera listas abiertas.

   Y ¿Qué tal si los políticos que optan a ser cargos públicos pasaran un examen de idoneidad, un test de personalidad, por ejemplo, como los aspirantes a las fuerzas de seguridad del estado, para evitar que se cuelen psicópatas que sí o sí van a delinquir llegado el caso, con conductas corruptas, inmorales o carentes de toda lógica?

    Allá por Mayo de 2012 Miquel Casals Roma escribió un excelente artículo titulado EL FIN DE LA DEMOCRACIA, de él me permito ahora extraer un fragmento que tituló La manzana está podrida. Se puede decir más alto, pero no más claro, vamos, las verdades del barquero.

 1:4                                         Ismael Serrano - Papá, cuéntame otra vez 



La manzana está podrida
 (Miquel Casals)

    ¿Qué les sucedió a las flamantes democracias surgidas tras la Independencia de los USA y la Revolución francesa? Que nada humano dura para siempre. Los sistemas políticos tienen su ciclo, como una manzana y el nuestro está más que podrido.

   Tras décadas de funcionamiento, las instituciones democráticas han ido pervirtiendo sus ideales, deslizándose por una suave pero continua pendiente de corrupción.  Las elecciones se han transformado en escaparate y desfile de técnicas de marketing e imagen, sin generar verdaderos y profundos debates de ideas. Con el tiempo fueron arrinconándose los ideólogos para que el protagonismo pasase a los asesores electorales.

   Al mismo tiempo la prioridad de los programas políticos ahora se limita a obtener votos. Por poner un ejemplo, Zapatero prometió a los votantes el cheque bebé, los descuentos del IRPF, los ordenadores en las escuelas. No eran medidas coherentes, ni buscaban efectos beneficiosos a largo plazo. Su principal objetivo era ganar las elecciones. Fueron tan poco consistentes que, después de aplicarse unos pocos años, se eliminaron de forma fulminante cuando las arcas del Estado se resintieron. Pura humareda, como la mayoría de promesas electorales. Muchas de ellas ni tan siquiera se cumplen, porque los políticos tienen poco apego a la verdad y mucho a los matices.

   Además, están los casos de corrupción. Una larga lista de políticos ha utilizado su cargo para lucrase a costa de los ciudadanos. En este entramado ilegal no faltan los partidos políticos, siempre ávidos de dinero para financiar sus campañas electorales.

   ¿Y los partidos políticos? Un ingenuo creerá que son la máxima expresión de la pluralidad política, pero la realidad no es esta. Apenas existen diferencias de criterio entre unos y otros. Izquierda y derecha ya no tienen sentido.

  El derecho de voto ha sido vaciado de carga ideológica, es un lacónico trámite que consiste en marcar una equis, cada cuatro años, dentro de unas listas cerradas. Muchos votan para que no siga el que gobierne, o para castigarlo, en tan poco aprecio tienen su criterio personal. Tal es el desprestigio del sufragio universal por el que lucharon nuestros ancestros.

  Los políticos, a su vez, han ido perdiendo su conciencia de servidores y se han transformado en un clan privilegiado, que autorregula su status sin limitaciones, alejado de los intereses reales. Sólo cabe examinar sus expresiones para advertir en ellas soberbia, desprecio y muy poca humildad. El político que actúa por convicción propia, dispuesto a luchar contra viento y marea, es una especie extinta: nadie es capaz de contradecir las estadísticas, especialmente las tendencias de voto, aunque sea para el bien de todos. Éxito o fracaso se miden en función de los escaños obtenidos.

                               NEURONAS Y SENTIDO COMÚN

                      Ana Oramas  en la Sesión de Investidura de Pedro Sánchez




                                      Carlos Gardel - CAMBALACHE

No hay comentarios: