martes, 4 de febrero de 2020

MELANCOLÍA



                                     Chaikovski - El lago de los cisnes


   Al lado de una acogedora chimenea, en solitario, Antoine se pregunta por qué ha llegado a tal grado de melancolía, cree haber hecho bien las cosas y no entiende porqué ella, Louise, no ha regresado de su viaje a París. Repasa sus hojas, entintadas con su letra suave, y sus otrora firmes dedos se crispan con agitación. Al cabo de un rato vuelve a mover la pluma de manera lenta. Sus chicos, Eric y la pequeña Daniela, ajenos a la dramática y eterna espera duermen en sus habitaciones, cobijados por las sábanas de franela, los edredones nórdicos y por el vaho que se desprende de las chispas de unos leños frescos, quizás pensando en la madre ausente o contando ovejitas para poder conciliar el sueño y así paliar sus penas de abandono, mientras el viento azota las ventanas y se mete entre las rendijas de la madera y entre sus infantiles neuronas.

   A Antoine le gusta la madrugada, siempre ha sido noctámbulo, es un tiempo sosegado, perfecto para escribir y para mover los hilos de sus personajes, anclados en tiempos remotos, cuando no había luz eléctrica y los candelabros iluminaban temblorosamente las estancias de sus moradas y la humedad del pluvioso clima centroeuropeo penetraba hasta lo más hondo.
  
   En sus escritos, cuya acción situaba casi siempre en el siglo XIX, inventaba historias tristes, las más de las veces, como una forma de ahuyentar los miedos y poder reconciliarse con la memoria de sus compatriotas. Miedos infundados por aquel Maligno que intenta apoderarse del mundo, con su mente ávida de sangre y sus ojos avizores que se suman a otros ojos de propaganda, política y eclesiástica y de filosofía equivocada.

   Entonces, fiel a sus convicciones, en aquella madrugada, Antoine se persigna… y se inclina ante la foto de su Louise. Su esbelta figura y su bellísimo rostro destacan sobre la mediocridad de las personas que acudieron a aquella fiesta de primavera, antes de que llegaran al mundo sus dos hijos y en la que celebraban la primera edición de su primera novela. Su “Ópera Prima” fue bien acogida por la crítica local, y se vendieron bastantes ejemplares, pero los resultados económicos no permitieron sanear sus exiguas finanzas. No obstante, Antoine recordaba aquellos años de escasez como los más felices de su vida con Louise, ella todavía no había abandonado la práctica de la danza, aunque lo hiciera de una forma amateur. Él admiraba la dulzura de sus perfectos y acompasados movimientos, daba igual la obra que sonara en el gramófono de la escuela de danza, en el conservatorio de la ciudad. Fue en uno de los ensayos cuando se enamoró de ella, mientras bailaba exultante una pieza de Chaikovski, no lograba recordarla, pero tenía meridianamente claro que no era El lago de los cisnes, porque ésta fue la que interpretó cuando obtuvo un clamoroso éxito en el teatro de la ópera unos años más tarde.

   Siempre que recordaba aquellos maravillosos años, no podía evitar que unas lágrimas se deslizaran por sus mejillas, pero era por pura emoción y le proporcionaban regocijo. Ahora, con Louise ausente desde hace ya dos interminables meses, las lágrimas ya no brotan, muy a su pesar, sus ojos están resecos y sus ideas ya no fluyen como antes, especialmente porque es una ausencia demasiado dolorosa, y su cerebro se resiste a generar escritos tan tristes que Antoine no tendría más remedio que arrojar a la chimenea, no tanto porque recibieran críticas negativas, como por su propia higiene mental, habida cuenta de que ya en dos o tres ocasiones, en los últimos días, se ha sentido presa de ideas suicidas tremendamente desagradables, que ha conseguido expulsar de su mente gracias al hecho de pensar en sus hijos. 
  -Ya vendrán tiempos mejores-, se decía, al tiempo que soñaba despierto con la vuelta de Louise, a sabiendas de que ese regreso era cada vez menos probable, a juzgar por las cartas que le enviaba su hermano Albert, que estaba al tanto de las salidas nocturnas en la capital gala por parte de su cuñadísima.


                                                 Johann Strauss - El Danubio Azul


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