jueves, 6 de febrero de 2020

LA IMAGEN SUSPENDIDA DE MARÍA




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   Como tantas otras veces, Adrián salió a buscarla. Recorrió la alameda, el boulevard, entró en los garitos que ella solía frecuentar, en la biblioteca, aunque a esas horas era difícil que María estuviera allí, la buscó también en el café Central. Llamó a su casa y nadie contestó, el móvil estaba apagado o sin cobertura. Se llegó a preocupar, estaba "desaparecida", quizás no quería saber nada de él, quizás se había cansado, quizás había conocido a alguien más interesante y habían huido juntos a otra ciudad con clima más benigno.

  Demasiados quizás y ninguna respuesta. Interpeló a sus mejores amigas, Muriel no supo aclararle nada, ignoraba si algo había cambiado en los sentimientos de María, aunque le veía un tanto crispada y muy introspectiva en sus últimos encuentros. Marcela hacía meses que no la veía, había estado en París trabajando en una editorial y había hablado poco con ella por Skipe, si bien recordó que, en las imágenes, la había notado un tanto descuidada la última vez, y más delgada de lo habitual, pero no recordaba nada especialmente significativo que la alarmara a lo largo de la conversación mantenida.

   Adrián se refugió las semanas siguientes en su habitación, sólo salía para trabajar en la librería las horas perceptivas reflejadas en su contrato, pero lo hacía sin su entusiasmo acostumbrado. Respondía con monosílabos cuando los clientes habituales le preguntaban, lo hacían con interés y buenas intenciones, pero a él le sonaban a intromisiones intempestivas y molestas. Su jefe le ofreció que se tomara unas vacaciones adelantadas si lo consideraba oportuno, sabedor de que tenía una casita en la orilla del mar heredada de sus padres, que a veces había utilizado de refugio cuando las cosas se le ponían complicadas. Aparte de la librería, sus salidas se limitaban a visitar la tienda de ultramarinos de la esquina de su calle, donde hacía los pedidos por teléfono para no encontrarse con las vecinas y para volver raudo a su casa del tercero B.

    La música era su válvula de escape, alguna noche la puso a tal volumen que la vecina de arriba tuvo que llamarle la atención, cariñosamente, eso sí. Más de una vez se le había insinuado ligera de ropa cuando bajaba a pedirle algún alimento o utensilio de cocina, excusa que utilizaba para llevárselo a la cama. De hecho, alguna vez lo consiguió, lo que satisfizo finalmente a Adrián, pero desde que inició su relación con María, siempre se mantuvo en su sitio con la firmeza de un monje célibe por convicción.

    El jazz era su estilo musical favorito, aunque a veces se ponía a los Sex Pistols, a Nirvana o a Motley Crue, su grupo heavy favorito. También ponía en no pocas ocasiones óperas de Verdi o sinfonías de Rimski Korsakov, Rasmaninov o Mahler. Últimamente prefería escuchar el tristísimo pero espectacular Réquiem de Mozart o los Conciertos de Brandemburgo de Bach como contrapunto.      
   
   Cuando escuchaba música, las canciones o las piezas clásicas muchas veces se quedaban suspendidas en el aire y le traían el perfume de María, su olor corporal, su voz, o la bella imagen de su rostro angelical.

   Intentaba no pensar en María, leía a Borges y Cortázar, su favorito, pero no había página en la que la imagen de su amada no interrumpiera el visionado de las palabras impresas. Su pensamiento y su concentración estaban muy mermados por la angustia que sentía al no recibir noticias de ella. Le embargaba la tristeza por su ausencia y también se culpabilizaba de haber desarrollado tal nivel de dependencia, cuando siempre había defendido su autonomía a capa y espada en sus dos relaciones previas. Tenía que reconocer, no sin esfuerzo, que quizás no era tan maduro como creía, a pesar de haber superado la cuarentena y de codearse con las mentes más brillantes de la ciudad.

   Cuando el cansancio se apoderaba de él, se tumbaba en la cama y notaba que algo le recorría el cuerpo sintiéndola en caricias leves, se había acostumbrado a ver sus grandes ojos verdes al cerrarse sus párpados, mientras el arrullo de su voz le hundía en el sueño, lentamente. Y era en los sueños cuando volvía a aparecer María, ahora con una nitidez aparentemente mayor, estaba muy hermosa. Sus ojos, ya no tan grandes, seguían siendo sus ojos, de un verde esmeralda espectacular, pero la veía como si ya no la buscara, como si salieran juntos del café Central, con las palabras de ella brotando dignas y elegantes ante el silencio de Adrián. Lucía espectacular con el precioso vestido azul que Marcela le había traído de París, a la vuelta de uno de sus viajes.

   Cinco años después la vio casualmente, cuando bajaba la persiana de la librería, no se sintió reconocido por ella, que iba del brazo de un hombre alto y bien vestido, de alta costura pensó Adrián: -Tanto habré cambiado en este tiempo, es tan feliz con ese hombre que ya no hay sitio para mí en su adorable cabecita.

   Afortunadamente, su vida ya no quedó suspendida, ni su olor ni la imagen de sus ojos enamorados que tanto había soñado, volvieron a perturbar su descanso. Cuando volvió a su habitación ya no halló recuerdos ni imágenes de años pasados, ni de horas perdidas. Puso el giradiscos y sonó alto y fuerte el ritmo de “The times they are a changing” del maestro Dylan.

               The Times They Are a-Changin' by Bob Dylan (Subtitulado Español)


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