martes, 4 de febrero de 2020

LA EMPATÍA - (EMPÁTHEIA)



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Cuando hablamos de empatía nos referimos a la capacidad humana de conectarnos emocionalmente con los demás, pudiendo percibir, reconocer, compartir y comprender el sufrimiento, la felicidad o las emociones de otro. Es decir, se trata de una reacción inmediata e inconsciente, que no pasa por la razón y el intelecto, y que nos lleva a participar afectivamente en la situación de otro ser humano. 

La empatía es una característica muy valorada en el comportamiento humano, a menudo vinculada con la capacidad de sobrepasar diferencias de clase, cultura o raza para conectar con las necesidades del otro. En ese sentido se vincula con la compasión y el altruismo, y es opuesta al egoísmo y a la antipatía.


LA EMPATÍA

Definición: Participación afectiva de una persona en una realidad ajena a ella, generalmente en los sentimientos de otra persona.

   A través de la empatía una persona intenta comprender los sentimientos y emociones, experimentando de forma objetiva y racional lo que siente otro individuo. La palabra empatía es de origen griego “empátheia” que significa “emocionado”. La empatía hace que las personas se ayuden entre sí.

   La capacidad de ponerse en el lugar del otro, que se desarrolla a través de la empatía, ayuda a comprender mejor el comportamiento en determinadas circunstancias y la forma como el otro toma las decisiones. La persona empática se caracteriza por tener afinidades e identificarse con otra persona. Requiere saber escuchar a los demás, entender sus problemas y emociones. Está estrechamente relacionada con el altruismo - el amor y preocupación por los demás - y la capacidad de ayudar.

  Cuando un individuo consigue sentir el dolor o el sufrimiento de los demás poniéndose en su lugar, despierta el deseo de ayudar y actuar siguiendo los principios morales.

   La empatía es lo opuesto de antipatía ya que el contacto con la otra persona genera placer, alegría y satisfacción. La empatía es una actitud positiva que permite establecer relaciones saludables, generando una mejor convivencia entre los individuos.

 Según la psicología, la empatía es la capacidad psicológica o cognitiva de sentir o percibir lo que siente o percibe otra persona en una situación determinada. Puede ser vista como un valor positivo que permite a un individuo relacionarse con las demás personas con facilidad y agrado, siendo importante la relación con los otros para mantener un equilibrio en su estado emocional de vida. La empatía permite a una persona comprender, ayudar y motivar a otra que atraviesa por un mal momento, logrando una mayor colaboración y entendimiento entre los individuos que constituyen una sociedad.

Empatía y asertividad

   En primer lugar, la asertividad es la capacidad de expresar en el momento propicio, y de manera apropiada las ideas y sensaciones tanto positivas como negativas en relación a una situación. Por lo tanto, la empatía y asertividad son habilidades de la comunicación que permiten una mejor adaptación social, a pesar de que ambas habilidades presentan diferencias. El individuo asertivo defiende sus propias convicciones, en cambio el individuo empático entiende las convicciones de las demás personas. A pesar de ello, se debe de respetar y tolerar todas las ideas que surgen en la discusión con respecto a una situación determinada.

Empatía y simpatía

   Como tal, la simpatía es un sentimiento de afinidad que atrae e identifica a las personas. Lleva a un individuo a generar armonía y alianza con otro. Se trata, específicamente, del hecho de que alguien cae bien por su forma de ser o sentir. Por su parte, la empatía, es la capacidad de comprender lo que siente una persona en una determinada situación. Una persona puede sentir simpatía y empatía a la vez por otra.

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La empatía es el «mejor antídoto» contra el prejuicio

Según una investigación realizada por un equipo de la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Córdoba (UCO), la empatía es un concepto complejo de precisar porque se solapa con otras cualidades como la inteligencia emocional o la amabilidad. El estudio ha demostrado la relación indirecta entre la falta de empatía y el desarrollo de prejuicios a través de la personalidad y las actitudes ideológicas.

   Mediante la apertura a la experiencia y lo que la literatura científica denomina «autoritarismo de derechas», existe una actitud negativa relacionada con la defensa de la estabilidad social y de los valores que uno percibe como propios de su cultura. 

   Por lo tanto, si una persona es escasamente empática, existe cierta probabilidad de que puntúe alto en «autoritarismo de derechas», e indirectamente sería más susceptible a prejuiciar y, posiblemente, a desarrollar conductas discriminatorias hacia determinados grupos.

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Frans de Waal

(Países Bajos, 1948) es profesor de psicología en la Universidad de Emory y director del Living Links Center de Atlanta. Miembro de la Academia Americana de las Ciencias, es autor, entre otros libros de, El mono que llevamos dentro, La edad de la empatía y El bonobo y los diez mandamientos.

   En su ensayo “El Mono que llevamos dentro” se pregunta: ¿Qué lugar ocupa nuestra especie entre los seres vivos? Hace ya mucho tiempo que los científicos nos han explicado que tenemos un ancestro común con los grandes simios y que por tanto compartimos numerosos rasgos de conducta, no siempre halagüeños: el ansia de poder, la lucha por el sexo, una violenta territorialidad y una fuerte tendencia al engaño y la manipulación. Pero la fascinante -y esperanzadora- tesis de Frans de Waal sostiene que, pese a todo, también nuestras más nobles características -la generosidad, la amabilidad, el altruismo y la solidaridad- forman parte de la naturaleza humana, pues proceden de nuestro pasado animal.

   “Se puede sacar al mono de la jungla, pero no a la jungla del mono”. Esto también se puede aplicar a los humanos, grandes monos bípedos. Desde que nuestros ancestros se columpiaban de árbol en árbol, la vida en grupo ha sido una obsesión de nuestro linaje. La televisión nos muestra hasta la saciedad a políticos que se golpean el pecho, estrellas de segunda que van de cita en cita, y programas de testimonios reales sobre quién triunfa y quién no. Sería fácil mofarse de todo este comportamiento primate si no fuera porque nuestros colegas simios se toman las luchas por el poder y el sexo tan en serio como nosotros.

   Pero aparte del poder y el sexo, compartimos más cosas con ellos. El compañerismo y la empatía son igualmente importantes, pero rara vez se los considera parte de nuestro legado biológico. Tendemos mucho más a maldecir a la naturaleza por lo que nos disgusta de nosotros mismos que a ensalzarla por lo que nos gusta. Como dijo Catherine Hepburn en La reina de África, “La naturaleza, señor Allnut, es lo que hemos venido a este mundo a vencer”.

   Esta opinión todavía persiste en gran medida. De los millones de páginas escritas a lo largo de los siglos sobre la naturaleza humana, nada es tan desolador – ni tan erróneo- como lo publicado en estas tres últimas décadas. Se nos dice que nuestros genes son egoístas, que la bondad humana es una impostura, y que hacemos gala de moralidad sólo para impresionar a los demás. Pero si todo lo que importa a la gente es su propio interés, ¿por qué un bebe de tan solo un día llora cuando oye llorar a otro bebé? Así nace la empatía. Quizá no sea un comportamiento muy sofisticado, pero podemos estar seguros de que un recién nacido no pretende impresionar. Venimos a este mundo con impulsos hacia los otros que, más tarde en la vida, nos mueven a preocuparnos por los demás.

  La antigüedad de estos impulsos se evidencia en el comportamiento de nuestros parientes primates. Realmente notable es el bonobo, un antropoide poco conocido, pero tan cercano genéticamente a nosotros como el chimpancé. En una ocasión una hembra llamada Kuni vio como un estornino chocaba contra el vidrio de su recinto en el zoo británico de Twycross. Kuni tomó al aturdido pájaro y lo colocó con cuidado sobre sus pies. Al comprobar que no se movía, lo sacudió un poco, a lo que el ave respondió con un aleteo espasmódico. Con el estornino en la mano, Kuni se encaramó al árbol más alto, abrazando el tronco con las piernas y sosteniendo al pájaro con ambas manos. Desplegó sus alas con cuidado, manteniendo una punta entre los dedos de cada mano, antes de lanzó al pájaro al aire como un pequeño avión de juguete. Pero, tras un aleteo descoordinado, el estornino aterrizó en la orilla del foso. Kuni descendió del árbol y se quedó un rato montando guardia junto al pájaro para protegerlo de la curiosidad infantil. Hacia el final de la jornada, el pájaro, ya recuperado, había emprendido de nuevo el vuelo.

   El trato dispensado por Kuni al estornino fue diferente del que habría utilizado para auxiliar a un congénere. En vez de seguir una pauta de conducta prefijada, ajustó su auxilio a la situación específica de un animal por completo diferente a ella misma. Los pájaros que sobrevolaban su recinto seguramente le habían proporcionado una idea de la ayuda requerida. Esta clase de empatía es inusitada en el mundo animal, porque se basa en la capacidad de imaginar las circunstancias de otro. Adam Smith, pionero de la teoría económica debía de tener en mente acciones como la de Kuni (aunque no ejecutadas por un mono) cuando, hace más de dos siglos, nos ofreció la definición más imperecedera que se conoce de la empatía: la capacidad de “ponerse en el lugar del que sufre”.

   La posibilidad de que la empatía forme parte de nuestro legado primate debería congratularnos, pero no tenemos por costumbre celebrar nuestra naturaleza. A quienes cometen un genocidio, los llamamos “animales”. Pero cuando donan algo a los pobres, los aplaudimos por su “humanidad”. Nos gusta reclamar este último comportamiento para nosotros. La posibilidad de una humanidad no humana sólo fue advertida por el público cuando un antropoide salvó a un miembro de nuestra propia especie. Esto ocurrió el 16 de agosto de 1996, cuando una gorila de ocho años llamada Binti Jua socorrió a un niño de tres años que habiá caído de una altura de más de cinco metros al interior del recinto de primates del zoo Brookfield de Chicago. La gorila reaccionó de inmediato y tomó al niño en brazos. Luego se sentó en un tronco sobre una corriente de agua, acunó al niño en su regazo y le dio unos golpecitos suaves para ver si reaccionaba antes de entregarlo al personal del zoo. Este simple acto de compasión, captado en video y difundido por todo el mundo, conmovió a muchos, y Binti fue aclamada como una heroína. Fue la primera vez en la historia norteamericana que un antropoide figuró en los discursos de algunos líderes políticos, que la ponían como modelo de piedad.


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Frans de Waal
(Países Bajos, 1948) es profesor de psicología en la Universidad de Emory y director del Living Links Center de Atlanta. Miembro de la Academia Americana de las Ciencias, es autor de El mono que llevamos dentroLa edad de la empatía y El bonobo y los diez mandamientos.


LA EDAD DE LA EMPATIA
(FRANS DE WAAL)
   ¿Es instintiva la compasión que nos mueve a preocuparnos por los demás? ¿O, como se afirma a menudo, hemos venido al mundo sólo para luchar por nuestros propios intereses y nuestra supervivencia individual? A partir del análisis de la conducta de chimpancés, bonobos y capuchinos, así como de delfines y elefantes, De Waal nos muestra que muchos animales se preocupan por sus congéneres y están dispuestos a acudir en ayuda de sus semejantes, en algunos casos arriesgando sus vidas. Así pues, la empatía sería un rasgo ancestral que caracteriza a animales y a hombres, lo cual contradice la sombría visión que de la naturaleza humana sostuvieron Darwin y Freud. la edad de la empatía desarrolla un extraordinario y controvertido enfoque de este sentimiento en el mundo animal, al tiempo que nos lleva a preguntarnos qué nos hace humanos. Haciendo gala de un estilo llano y repleto de anécdotas, además de una fina ironía y una incisiva inteligencia, de waal nos ofrece una lectura esencial en nuestro turbulento presente.

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1 comentario:

Unknown dijo...

Ojalá la empatia fuera un virus.