sábado, 22 de febrero de 2020

EN ESA ÉPOCA



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   Carmen tiene 65 años y acude a la consulta del Dr. Rypff desde hace aproximadamente once meses. Vive en un pueblo pequeño a unos treinta kilómetros de la capital. Es viuda desde hace veinte años, su marido, Antonio, falleció apenas rebasada la cincuentena tras una larga enfermedad hepática por la que le habían jubilado a los 45. Le contó al galeno en la primera consulta que la vida con él no había sido fácil. Se conocieron cuando ella tenía apenas 19 años en un baile organizado en el salón parroquial al que acudió con dos amigas de la infancia, Antonia y Pepi. Las tres tenían un perfil parecido, no habían terminado la educación primaria porque, como era común en esa época, para contribuir al sustento de sus familias, tuvieron que empezar a trabajar con apenas catorce años, se les acabó pronto la niñez y apenas aprendieron a escribir y las “cuatro reglas” matemáticas. Las labores del campo y de la fábrica de conservas eran muy duras y además tenían que aguantar las acometidas de los encargados de turno, de mediana edad casi siempre, que las tachaban de ineficaces y casquivanas. 

                    Resultado de imagen de mujer trabajando en fábrica de conservas, años 60

   Cuando llegaban a casa tenían que realizar las faenas domésticas porque, al menos en el caso de Carmen, los cuatro hermanos varones, no sólo no colaboraban, sino que la trataban como una sirvienta en la que depositaban sus frustraciones, unas veces porque también sufrían la presión de sus jefes en el trabajo, otras porque sus novias no les daban el “cariño” que creían merecer.

                   Resultado de imagen de mujer de campo antigua

   El padre de Antonia era inválido desde que el tractor que conducía se le vino encima una fatídica tarde y le aplastó las piernas. El de Pepi padecía una enfermedad pulmonar crónica muy grave que se atribuyó a la inhalación de herbicidas durante años en su trabajo de agricultor, sin protección alguna, estaba conectado, desde que Pepi era bien chica, a una bombona de oxígeno, y su carácter era tosco y machista, lo que se llevaba en esa época en el medio rural. El padre de Carmen, la protagonista de esta historia, fue albañil, pero, también acabó joven su carrera en la obra debido a la ingesta diaria de carajillos, revueltos, vino barato y varios litros de cerveza, “lo normal”, dijo él al médico que le atendió en el hospital tras recuperarse de uno de sus episodios de delirium tremens. Su madre, también Carmen, lo aguantaba porque, “cuando estaba sobrio, era muy bueno y trabajador, sólo le pegaba cuando venía borracho a casa al oscurecer”. La madre de Carmen era una mujer buena, de las que lo aguantan todo sin protestar, pero la artritis le atacó joven y se le hacía muy cuesta arriba realizar sus “obligaciones” de esposa, madre y ama de casa, se cargó de 5 hijos con apenas veintisiete años, y el destino quiso que sólo la segunda fuera hembra, por aquello de que los chicos en esa época eran un cero a la izquierda a la hora de apencar en la casa.

   Carmen, que siempre ha demostrado ser muy perspicaz, teniendo en cuenta el panorama doméstico esbozado antes, no dudó apenas y, tras bailar unos pasodobles con el apuesto mozo, accedió a iniciar un noviazgo que pronto se convirtió en boda improvisada, por aquello del “qué dirán” si retrasas el evento unos meses y se adivina el aumento del volumen abdominal provocado por un embarazo, claramente no buscado. En su relación con Antonio todo marchó bien hasta que nació su primera hija, a la que ¿cómo no?, puso Carmen por nombre. En los meses siguientes al parto, entre el puerperio y la lactancia de la pequeña, Carmen perdió cualquier atisbo de deseo y Antonio empezó a cambiar su carácter, se dio más a la bebida y a alternar con sus amigos. 

   Ella no lo supo entonces, pero, su marido, "el Antonio", empezó a frecuentar un local de dudosa reputación y se encaprichó de una cubana de cuerpo escultural, según él y sus amigos de batallitas, de verbo fácil, "ya tu sabes, mi amol", que regalaba a sus receptivos oídos, y de mirada tan negra como penetrante.

    Algún rumor de lo relatado se corrió por el pueblo, pero Carmen salía poco y no quiso dar mucho crédito a lo poco que pudo escuchar, estaba como estaba, dedicada a la crianza y a sus obligaciones domésticas. En cualquier caso, sea por el motivo que fuere, se fue encerrando en sí misma durante los años siguientes, apenas accedía a yacer con su marido, por lo que se sintió entre sorprendida e indignada cuando la menstruación la abandonó en su cita mensual, muy puntual, "ella", desde la pubertad. En principio no comunicó nada a Antonio hasta que un día, éste le dijo, al sorprenderla desnuda en el cuarto de baño:
  - Estás cada día más gorda, cariño. Carmen, como pudo, se mordió la lengua y con lágrimas en los ojos calló y siguió con el proceso de cuidar mimosamente su ya prominente barriga. A la hora de comer, dejó a Carmencita en su habitación, no sin antes darle un cariñoso y cómplice beso, a lo que la pequeña respondió con un pícaro guiño de su ojo derecho. Ya en el comedor y mientras le servía el cocido, preparado con esmero durante toda la mañana, mientras organizaba sus pensamientos, dijo a su marido:
   
   - Antonio, no sé qué te llevas entre manos, pero estoy un poco harta de lavarte los calzoncillos, de aguantar el tufo a alcohol que traes cuando vuelves a casa de madrugada y de tener que prepararte el desayuno y el almuerzo para el trabajo, mientras te desperezas lánguidamente en la cama cada mañana, para acabar llegando tarde a la obra, y encima, me sueltas que me estoy poniendo gorda, cuando estoy preñada de cuatro meses y no te has enterado”, para añadir después de enjugarse las lágrimas que empezaron a correr por sus mejillas sonrosadas e inflamadas por su estado de “buenaesperanza”,
 - Esto no pude seguir así, he ido al médico de cabecera y me ha dicho que debería visitar al psiquiatra porque me ve decaída, taciturna y negativista. Tengo cita para la semana que viene en las consultas externas del hospital, espero que me acompañes y te impliques un poco más en mi embarazo de lo que hiciste con la niña, que te recuerdo, también es hija tuya, y no te he visto nunca cambiarle el pañal ni darle de comer, y la maestra me preguntó el otro día si es que no tenía marido.

   Pasaron varios años y tras un seguimiento discontinuo en las consultas de Psiquiatría del hospital, dejó de ir, al tener que suspender los antidepresivos dos veces en sendos embarazos, nunca planificados y producto del empeño de Antonio de no usar preservativo en los escasos encuentros íntimos que mantenían y que ella por supuesto no deseaba.

   El día en que su “mayor” cumplió los dieciocho año, así llamaba a Carmencita desde hacía tiempo, ese mismo día, cayó como una bomba para la pareja la noticia comunicada por el médico internista que controlaba los problemas de alcoholismo de Antonio, tenía una cirrosis avanzada y si no se hacía un transplante hepático de forma rápida, su vida se acabaría pronto. Lo puso en lista de espera y le pidió las exploraciones y análisis protocolarios que se solicitan a todo candidato a esa complicada intervención. Cuatro meses después, Antonio se despertó de madrugada vomitando gran cantidad de sangre y cuando llegó la ambulancia a la casa, el médico no pudo hacer nada, se le había roto el esófago y sólo pudo certificar su muerte por shock hipovolémico.  
                       Resultado de imagen de imagen de hombre alcoholico y maltratador


                          Tu no princesa, tu no. Serrat


Continuará...


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