sábado, 18 de enero de 2020

PROUST BUSCA EL TIEMPO PERDIDO








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                        En busca del tiempo perdido - Marcel Proust



Marcel Proust

(París, 1871 - 1922)
Marcel Proust nació en París en 1871 y murió en la misma ciudad en 1922 (por lo que perteneció más al siglo XIX que al XX)

   Escritor francés. Hijo de Adrien Proust, un prestigioso médico de familia tradicional y católica, y de Jeanne Weil, alsaciana de origen judío, dio muestras tempranas de inteligencia y sensibilidad. A los nueve años sufrió el primer ataque de asma, afección que ya no le abandonaría, por lo que creció entre los continuos cuidados y atenciones de su madre. En el liceo Condorcet, donde cursó la enseñanza secundaria, afianzó su vocación por las letras y obtuvo brillantes calificaciones. Tras cumplir el servicio militar en 1889 en Orleans, asistió a clases en la Universidad de La Sorbona y en la École Livre de Sciences Politiques.

Marcel Proust
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   Durante los años de su primera juventud llevó una vida mundana y aparentemente despreocupada, que ocultaba las terribles dudas que albergaba sobre su vocación literaria. Tras descartar la posibilidad de emprender la carrera diplomática, trabajó un tiempo en la Biblioteca Mazarino de París, decidiéndose finalmente por dedicarse a la literatura. Frecuentó los salones de la princesa Mathilde, de Madame Strauss y Madame de Caillavet, donde conoció a Charles Maurras, Anatole France y Léon Daudet, entre otros personajes célebres de la época.

    Sensible al éxito social y a los placeres de la vida mundana, el joven Proust tenía, sin embargo, una idea muy diferente de la vida de un artista, cuyo trabajo sólo podía ser fruto de «la oscuridad y del silencio». En 1896 publicó Los placeres y los días, colección de relatos y ensayos que prologó Anatole France. Entre 1896 y 1904 trabajó en la obra autobiográfica Jean Santeuil, en la que se proponía relatar su itinerario espiritual, y en las traducciones al francés de La biblia de Amiens y Sésamo y los lirios, de John Ruskin.

   Después de la muerte de su madre (1905), el escritor se sintió solo, enfermo y deprimido, estado de ánimo propicio para la tarea que en esos años decidió emprender, la redacción de su ciclo novelesco En busca del tiempo perdido, que concibió como la historia de su vocación, tanto tiempo postergada y que ahora se le imponía con la fuerza de una obligación personal. Anteriormente, había escrito para Le Fígaro diversas parodias de escritores famosos (Saint-Simon, Honoré de Balzac, Gustave Flaubert), y comenzó a redactar Contre Sainte-Beuve, obra híbrida entre novela y ensayo con varios pasajes que luego pasarían a En busca del tiempo perdido.

   Consumado su aislamiento social, se dedicó en cuerpo y alma a ese proyecto; el primer fruto de ese trabajo sería Por el camino de Swann (1913), cuya publicación tuvo que costearse él mismo ante el desinterés de los editores. El segundo tomo, A la sombra de las muchachas en flor (1918), en cambio, le valió el Premio Goncourt. Los últimos volúmenes de la obra fueron publicados después de su muerte por su hermano Robert.

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   La novela, que el mismo Proust comparó con la compleja estructura de una catedral gótica, es la reconstrucción de una vida a través de lo que llamó «memoria involuntaria», única capaz de devolvernos el pasado a la vez en su presencia física, sensible, y con la integridad y la plenitud de sentido del recuerdo, proceso simbolizado por la famosa anécdota de la magdalena, cuyo sabor hace renacer ante el protagonista una época pasada de su vida.

  El tiempo al que alude Proust es el tiempo vivido, con todas las digresiones y saltos del recuerdo, por lo que la novela alcanza una estructura laberíntica. El más mínimo detalle merece el mismo trato que un acontecimiento clave en la vida del protagonista, Marcel, réplica literaria del autor; aunque se han realizado estudios para contrastar los acontecimientos de la novela con la vida real de Proust, lo cierto es que nunca podrían llegar a confundirse, porque, como afirma el propio autor, “la literatura comienza donde termina la opacidad de la existencia”.

   El estilo de Proust se adapta perfectamente a la intención de la obra: también la prosa es morosa, prolija en detalles y de períodos larguísimos, laberínticos, como si no quisiera perder nada del instante. La obra de Proust, junto a la de autores como Franz Kafka, James Joyce o William Faulkner, constituye un hito fundamental en la literatura contemporánea.




 1. “Sólo se ama lo que no se posee totalmente”
2. “A cierta edad, un poco por amor propio, otro poco por picardía, las cosas que más deseamos son las que fingimos no desear”
3. “El instinto dicta el deber y la inteligencia da pretextos para eludirlo”
4. “A veces estamos demasiado dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas”.
5. “El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir”
6. “Los días pueden ser iguales para un reloj, pero no para un hombre”
7. “Ciertos recuerdos son como amigos comunes, saben hacer reconciliaciones”
8. “Para el beso, la nariz y los ojos están tan mal colocados como mal hechos los labios”
9. “Los recuerdos comunes son a veces los más pacificadores”
10. “El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y fortuita”

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                             Documental Marcel Proust Subtitulado en Español


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frases de Marcel Proust





A la sombra de las muchachas en flor



Frases de "A la sombra de las muchachas en flor"
Marcel Proust
01. Nuestros anhelos van enredándose unos con otros, y en esa confusión de la vida es muy raro que una felicidad venga a posarse justamente encima del deseo que la llamaba.

02. Por lo general, vivimos con nuestro ser reducido al mínimum, y la mayoría de nuestras facultades están adormecidas, porque descansan en la costumbre, que ya sabe lo que hay que hacer y no las necesita.

03. Pero no menos admirable que la semejanza de las virtudes es la variedad de los defectos. Todo el mundo tiene los suyos, y para seguir queriendo a una persona no tenemos más remedio que no hacer caso de ellos y desdeñarlos en favor de las demás cualidades.

04. El hábito forma el estilo del escritor, como forma el carácter del hombre, y el escritor que sintió varias veces el contento de haber llegado a un determinado punto de satisfacción en la expresión de su pensamiento planta así para siempre los jalones de su talento.

05.  Y entonces me pregunté si la originalidad, prueba realmente que los grandes escritores sean dioses, cada uno señor de un reino independiente y exclusivamente suyo, o si no habrá en esto algo de ficción, y las diferencias entre las obras no serán más bien una resultante del trabajo que expresión de una diferencia radical de esencia entre las diversas personalidades.

06.  Y así, sucede con todos los grandes escritores que la belleza de sus frases es imposible de prever, como la de una mujer que todavía no conocemos; es creación porque se aplica a un objeto exterior en el que están pensando -y no en sí mismo- y que aún no habían logrado expresar.

07. Así como los sacerdotes, por señorear una gran experiencia del corazón humano, pueden perdonar tanto mejor pecados que ellos no cometen, lo mismo el genio, por poseer una gran experiencia de la mente, es tanto más capaz de comprender las ideas más opuestas a las que constituyen el fondo de su propia obra.

08. (...) Llevaba yo en mis viejos ensueños que databan de mi infancia, y en estos ensueños toda la ternura que vivía en mi seno, pero que precisamente por ser mía no se distinguía de mi corazón, se me aparecía como traída por un ser enteramente distinto de mí.

09. Cuando se está enamorado, el amor es tan grande que no cabe en nosotros: irradia hacia la persona amada, se encuentra allí con una superficie que le corta el paso y le hace volverse a su punto de partida; y esa ternura, que nos devuelve el choque, nuestra propia ternura, es lo que llamamos sentimientos ajenos, y nos gusta más nuestro amor al tornar que al ir, porque no notamos que procede de nosotros mismos.

10. Hay nombres de ciudades que sirven para designar, en abreviatura, su iglesia principal: Vecelay, Chartres, Bourges o Beauvais. Esta acepción parcial en que ha mentido tomamos el nombre de la urbe acaba cuando se trata de lugares aún desconocidos por esculpir el nombre entero; y desde ese instante, siempre que queremos introducir en el nombre la idea de la ciudad que aún no hemos visto, él le impone como un molde las mismas líneas, del mismo estilo, y la transforma en una especie de inmensa catedral.

11. Los productores de obras geniales no son aquellos seres que viven en el más delicado ambiente y que tienen la más lúcida de las conversaciones y la más extensa de las culturas, sino aquellos capaces de cesar bruscamente de vivir para sí mismos y convertir su personalidad en algo semejante a un espejo, de tal suerte que su vida por mediocre que sea en su aspecto mundano, y hasta cierto punto en el intelectual, vaya a reflejarse allí: porque el genio consiste en la potencia de reflexión y no en la calidad intrínseca del espectáculo reflejado.

12.  La felicidad es en amor un estado anormal, en el cual cualquier accidente, por aparentemente sencillo que sea, y que puede ocurrir en todo momento, cobra una gravedad que no implicaría por sí solo dicho accidente. Lo que constituye nuestra felicidad es la presencia en el corazón de una cosa inestable que nos arreglamos de modo que se mantenga perpetuamente, y que casi no notamos mientras no hay algo que la desplace. En realidad, en el amor hay un padecer permanente, que la alegría neutraliza, aplaza y da virtualidad, pero que en cualquier instante puede convertirse en aquello que hubiese sido desde el primer momento de no haberle dado todo lo que pedía, es decir, en pena atroz.

13.   La sabiduría es una manera de ver las cosas.

14.   La vida está llena de milagros de estos, milagros que pueden esperar siempre los enamorados.

15. El tiempo libre de que disponemos cada día es elástico: las pasiones que sentimos lo dilatan, las que inspiramos lo acortan y el hábito lo llena.

16.  Lo que nos sirve de ayuda para preservar de riesgo nuestro futuro no es la alegría del presente, sino la prudente reflexión de lo pasado.

17. Todos sabemos, cuando ya hemos dejado de amar, que ni el olvido ni siquiera el recuerdo vago hacer sufrir tanto como unos amores sin ventura.

18. Como dicen que en materia amorosa lo que determina las preferencias de cada individuo es el interés de la especie.

19.  La belleza no es más que una serie de hipótesis y la fealdad la reduce.

20. Todos necesitamos alimentar en nosotros alguna vena de loco para que la realidad se nos haga soportable.

21. La persona más perfecta tiene siempre un determinado defecto que choca o da rabia.

22.  La fotografía gana un poco de la dignidad que le falta cuando deja de ser reproducción de una realidad y nos enseña cosas que ya no existen.

23.  Un idioma desconocido es un palacio cerrado donde nuestra amada puede engañarnos sin que nosotros, que nos quedamos fuera crispados por la impotencia, nos sea dable ver ni impedir nada.
    24. “Los recuerdos comunes son a veces los más                            pacificadores”
    25. “El amor es una enfermedad inevitable, dolorosa y                 fortuita”

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megustaleer - El tiempo recobrado (En busca del tiempo perdido 7) - Marcel Proust
En El tiempo recobrado, séptimo y último volumen de En busca del tiempo perdido, Marcel se reencuentra con todos sus amigos, ahora decrépitos y envejecidos. Destruida la belleza. Cercana la muerte. Este es el volumen más otoñal y melancólico de la serie.


   En este séptimo y último volumen, el narrador ve desfilar ante sus ojos a todos los personajes de su vida, cruelmente golpeados por el tiempo. En plena Primera Guerra Mundial, el barón de Charlus sigue buscando amantes bajo el fuego enemigo que cae sobre París, al tiempo que Marcel sigue rememorando episodios de su infancia.

   Para muchos críticos, El tiempo recobrado constituye el libro más intenso y turbador de toda la serie, un verdadero baile de fantasmas en el que el tiempo celebra su última representación.

Roland Barthes dijo...
«Proust es un sistema completo de lectura del mundo. Si se admitiera ese sistema no habría en nuestra vida cotidiana incidente, encuentro, rasgo o situación que no tuviera ya su referente en Proust.»
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