martes, 14 de enero de 2020

EL SEMINARISTA






   Nada es igual desde que tengo de compañero de celda a Marco, tengo claro que no está en sus cabales. Se pasa las noches deambulando en los apenas quince metros cuadrados del habitáculo que tenemos de morada, habla de una manera casi ininteligible, porque apenas articula las palabras y cuando se le entiende, su discurso es disparatado. Ni duerme ni deja dormir, he tenido que pedir un somnífero al médico de la prisión para hacerlo porque me han vuelto las migrañas desde su llegada y tengo miedo, por qué no decirlo, a que un día se le vaya del todo la olla y cometa un disparate, temo por mi integridad.

  Cuando ocupa su litera se mueve continuamente y el chirriante sonido del somier sacaría de quicio al más dormilón de los mortales, además murmura sin cesar frases incongruentes acerca de un cuadro. Durante el día está más calmado, se muestra taciturno, casi no habla con nadie y se comporta de forma bizarra. No es como la mayoría de los presos que permanecemos encerrados en este antro inmundo. 

   Marco es un tipo de clase media, ciertamente culto, aunque aquí no lo demuestre por su enajenación, parece ser que tenía un buen trabajo y un buen sueldo… y no es consumidor de ningún tipo de droga. No entra en provocaciones de los reclusos peligrosos que andan siempre liándola y que por otra parte le tienen un poco de miedo dada la impredecibilidad de sus reacciones.


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   Ayer, por primera vez en una semana, se sentó a mi lado en el patio. Sin decir nada, callado y con la mirada fija en el suelo. De pronto, comenzó a susurrar algo. Tardé un rato en comprender, y esta vez se le entendía bastante bien, que me estaba explicando una historia, su historia:


…A mi mujer le gusta pintar. Hace tiempo que hizo suya una habitación en la planta alta de nuestra casa. Allí guarda, sin mucho orden, multitud de cuadros, aunque los mejores tienen un lugar privilegiado en nuestra sala de estar.

  Uno en particular destaca sobre la chimenea de la sala dominando la estancia. Es la mejor de sus obras, la pintó en uno de esos momentos de inspiración únicos con que los artistas son iluminados pocas veces en la vida. El cuadro es un retrato de gran formato, con fondo oscuro, en el que aparece una figura de medio cuerpo: un hombre ataviado con un hábito de tonos rojos y blancos. Recuerda la vestimenta de un jerarca eclesiástico. La singularidad del cuadro radica en el rostro de este hombre. Muestra una expresión chocante, entre burlona y demencial. Cuando lo observas atentamente te embarga una sensación de profunda intranquilidad, un desasosiego que te obliga a retirar la mirada con turbación. El rostro está pintado de forma que una fina línea lo divide en dos mitades, como si una fuese el reflejo de la otra en un espejo roto.

  A mí nunca me ha gustado, pero ni por asomo se me ha ocurrido jamás reconocerlo ante nadie. Durante años, todas las visitas han quedado perplejas y maravilladas ante esta obra. Ella siempre la ha mostrado con orgullo, desvelando pequeños detalles y matices de índole técnico a su improvisado público.

   Un sábado invitamos a cenar a una amiga de mi esposa y a su marido. Una vieja compañera del colegio con la que durante muchos años había perdido el contacto. Aquella reunión fue el resultado de un reencuentro casual en un conocido centro comercial. Naturalmente, cuando recibimos a nuestros invitados en el salón, la amiga elogió la pintura y comentó el parecido con un antiguo conocido de ambas.

  Mi esposa ya me había revelado que aquel cuadro estaba inspirado en un joven de su pueblo que había sido seminarista, pero que no había culminado la carrera eclesiástica. Al parecer, el hombre tenía cierta tendencia a visitar con asiduidad los prostíbulos de la zona de forma poco discreta, y eso no había gustado a sus superiores en el seminario. Según habladurías del pueblo, en estos locales se le tenía por un verdadero prodigio sexual. Su portentosa dotación terrenal se catalogaba de divina y sobrenatural. Mi mujer explicaba que las meretrices reñían entre ellas por ser la elegida de la noche. Incluso se sospechaba que las andanzas del díscolo seminarista habían alcanzado el lecho de alguna que otra mujer casada.  En el retrato se refleja ese talante lascivo y animalesco que, presumiblemente, se escondía bajo la imperturbable máscara de religioso.

   Durante la velada, la amiga recordó inocentemente cómo un día, en las fiestas patronales del pueblo, mi esposa estuvo toda la noche bailando con el seminarista. Tras el comentario se creó un silencio tenso en el comedor. Hasta que mi mujer sonrió y zanjó el asunto restándole importancia, como si el incidente fuera algo conocido por todos. Pero para mí fue una sorpresa; en nuestras conversaciones privadas ella siempre me había asegurado que nunca trató con aquel hombre.

  La amiga, al percibir el malestar creado, se apresuró en añadir que por entonces todavía no éramos novios, pues recordaba que yo salí de fiesta, aquella misma noche, con su hermana, es decir, con mi actual cuñada. Como no comenté nada, el asunto se olvidó y la conversación del resto de la velada versó sobre temas más prosaicos. Pero, en realidad, aquellas palabras de la amiga me afectaron profundamente. No pude dejar de pensar en ello. Intenté recordar sin éxito la noche en cuestión. Mi esposa y yo nos conocíamos desde muy jóvenes y jamás había sido «novio» o pretendiente de mi cuñada, aunque quizás alguna vez habíamos salido como amigos. ¿Cuándo ocurrió aquello? ¿Por qué mi esposa nunca me lo había mencionado? La verdad es que, con estas tribulaciones en la cabeza, apenas presté atención a la tertulia con nuestros amigos ni participé en ella, dando la impresión de ser un anfitrión lamentable.

   A pesar de mi mal talante, los invitados no se marcharon hasta muy tarde. Nos despedimos amablemente de ellos en el porche de casa y al fin nos quedamos los dos solos. Yo esperaba de ella ciertas explicaciones, quizás alguna confesión, pero sólo me dijo:

—Estoy cansada, vámonos a la cama.
La seguí obediente hasta nuestra alcoba en la planta superior. No estaba dispuesto a ser yo quien formulara las preguntas, y de alguna manera esperaba que mi silencio fuese un signo del malestar que padecía. Pero ella, aunque normalmente era muy perspicaz calibrando mis cambios de ánimo, no quiso darse por enterada. Mientras nos desnudábamos sólo habló de banalidades, sin aludir para nada a aquel escabroso asunto. ¿Por qué no se explicaba? ¿Creía que yo ya lo había olvidado todo? ¿O realmente mi esposa no le daba importancia a aquel incidente del pasado? Respondí a sus palabras con parquedad, usando monosílabos, sin que ello provocase en su rostro una mueca de reprobación como solía suceder en ocasiones similares. Estaba claro que no iba a sacar el tema, así que, dándome por vencido, apagué las luces e intenté conciliar el sueño.

   Ni que decir tiene que no pude. Pasé horas dando vueltas en la cama hasta que, al fin, cuando el sueño casi me había dominado, recordé: fue una noche de verano. Hacía poco que mi mujer y yo éramos novios. Durante las fiestas de su pueblo la fui a buscar a su casa. Ella estaba tumbada en el sofá, sin arreglar y con aspecto aburrido. No quería salir, le dolía la cabeza.

—Ve tú a la fiesta —me dijo.
—Es igual —respondí—, me quedo aquí contigo.
—No, vete, vete —insistió ella.

   Su hermana estaba a punto de salir con unos amigos y me arrastraron con ellos contra mi voluntad. Yo creí que mi novia se había quedado en casa con migrañas, pero en realidad salió después a escondidas para encontrarse con el seminarista. ¡Aquella fue la noche! Ya éramos novios y me engañó.

   Me revolví inquieto en la cama, sentí su cuerpo cálido junto al mío, su respiración acompasada, dormida. ¡Me engañó! Se deshizo de mí para irse a bailar durante toda la noche con su amigo. ¿Solo bailaron? ¿O fue entonces cuando descubrió los «portentos» de aquel hombre? No sabía si despertarla para discutir, quizás me equivocaba y ella sólo se reiría de mí si le confesaba mis celos. Una angustia desesperada turbó mi mente. Debía calmarme y pensar, pensar…

 Indagué en mi memoria buscando posibles mentiras, falsedades o fingimientos que antes no sospechara. Me vino a la mente otra escena. Ocurrió bastante tiempo después, hará un par de años a lo sumo, un domingo que mi mujer había asistido a misa como todas las mañanas dominicales. Aquí, haré un inciso para explicarte que en esto teníamos un acuerdo: yo, como agnóstico que soy, nunca acudo a los actos religiosos, pues creo que uno debe ser coherente con sus ideas. Así que ella iba sola cada domingo al oficio mientras yo me quedaba en casa leyendo algún libro en el salón —sentado de espaldas al cuadro, por supuesto—. Pero aquel día, para variar, quise dar una sorpresa a mi esposa y fui a buscarla a la parroquia.

   Llegué pronto. La celebración no había finalizado aún. Entré en la capilla y curioseé con discreción entre los congregados. No estaba, salí afuera sorprendido y preocupado. ¿Le habría pasado algo? Caminé rodeando el templo para ver si la encontraba por los alrededores, y efectivamente, distinguí su silueta en la puerta de la rectoría. Estaba hablando con un sacerdote y con otra mujer. Reían a carcajadas, aparentaban divertirse mucho. Los tres se perdían la ceremonia, pero por su actitud no parecía importarles, supuse que después se confesarían y comulgarían por el pecado.  Los estuve observando desde lejos, no oía sus palabras, pero por la forma de hablar confiada, un tanto íntima y muy jocosa, deduje que no sería bien recibido y que les molestaría mi interrupción, así que no me atreví a acercarme.

   Fueron pasando los minutos y el alegre coloquio en la puerta de la rectoría no decaía. La misa sí concluyó y los feligreses dejaron la casa de Dios. Poco después, los tres entraron en la rectoría dando por finalizado mi pequeño ejercicio de espionaje. Recuerdo que me enfadé y volví a casa solo. Cuando ella regresó unas horas más tarde mantuvimos una pequeña discusión, pero entonces tampoco le di mayor importancia y acabé por olvidarlo todo.

   Tumbado en la cama, rememorando aquel episodio, adiviné lo que sucedía: ¡aquel párroco era el mismo hombre que me miraba burlón cada día desde la sala de casa! A pesar de que no llegué a ver bien la cara del cura, aquella noche, rumiando en mi lecho, me convencí completamente de ello.

¡Todo era mentira! El seminarista sí acabó la carrera. Ella no conocía sus excelsitudes por las habladurías del pueblo, sino por experiencia propia. Eran amantes desde hacía tiempo. Todos los domingos por la mañana mi esposa acudía a su cita con el sacerdote, no para recibir los sagrados sacramentos, sino otras ofrendas menos sagradas y más carnales.  ¡Cuántas veces en la cama me habría comparado con él! ¡Con sus prodigiosos atributos! Entonces, comprendí por qué el retrato de aquel hombre me miraba así desde la pared. ¡Qué burlado me sentí!

   De pronto, reparé en que faltaban pocas horas para que amaneciera un nuevo domingo y ella asistiese a su encuentro dominical con él. Yacerían juntos mientras el retrato, como un trofeo desafiante sobre la chimenea, me seguiría observando. Su mirada incisiva, irónica y socarrona volvería a caer sobre mi cornuda cabeza para recordarme quien era el dueño y señor de los anhelos libidinosos de mi mujer.

  ¿Por qué, si no, había ubicado ella el cuadro en un lugar tan preeminente? Sin duda, su intención no era otra más que halagar las virtudes de su amante ante mis narices. Deleitarse con su presencia los seis días de la semana que el hombre real no estaba a su disposición. De esta forma, si el párroco humillaba mi honor cada domingo, su esfinge lo hacía cada día, multiplicando así el pecado y el escarnio infligido, pues no hay mayor mofa que la burla continuada.

   Allí, tumbado en la cama, me sobrevino una rabia inmensa. Odié a mi esposa, odié a su amante, pero sobre todo odié al retrato. No podía consentir que él siguiese  presidiendo mi sala de estar, mi santuario, riéndose de mí. Así que cogí las tijeras de la cómoda de la habitación y bajé al salón dispuesto a romper aquel maldito lienzo. No encendí las luces, en la penumbra distinguí el malvado rostro; me miraba más desafiante que nunca, su gesto se había tornado más mordaz y envenenado. La provocación era mayúscula.

—No te mofarás más de mí —murmuré entre dientes. Y alcé las tijeras para clavarlas en el lienzo.

—¡No lo hagas! —gritó mi mujer, que me había seguido escaleras abajo.

   Pero yo no me amedrenté y golpeé con fuerza sobre la tela. ¡Dios, cómo disfruté con cada desgarro! hasta que, de repente, comenzó a brotar sangre. Me asusté. Al principio creí que la pintura poseía alguna propiedad extraordinaria, di dos pasos hacia atrás, sólo entonces me percaté de que la había herido a ella: la sangre manaba del pecho de mi mujer.

  Ante mi perplejidad, cayó desplomaba al suelo. Se estaba desangrando. Solté las tijeras y me precipité sobre mi esposa, intenté reanimarla sin éxito. Llamé a emergencias y la ambulancia no tardó en llegar acompañada de un coche patrulla. Los policías me detuvieron antes de poder cumplir mi propósito; mientras salía esposado, el cuadro me miraba desde la pared con su sórdida sonrisa. Impoluto. No había sufrido ni un rasguño.

- No sé si lo entiendes. ¡Él ha ganado! ¡El retrato me ha ganado! ¡Sigue allí, en mi salita, ahora es dueño y señor de mi casa! ¡Mientras yo estoy aquí sin poder hacer nada, nada!...

   Diciendo esto mi compañero de celda se echó a llorar, y yo le di unos golpecitos en la espalda sin saber qué decir o cómo consolarlo. Aunque desde entonces no duermo sereno sabiendo que él está en la litera de abajo. Además, el otro día desaparecieron unas tijeras del taller de manualidades. No, no estoy nada tranquilo, porque ya os he dicho que el tipo está como una regadera, loco de atar. He pedido varias veces al alcaide de la prisión que me trasladen a otra celda, incluso por escrito a través de mi abogado. Por el momento no hay respuesta y el insomnio y las jaquecas me acompañan día y noche. ¿Hasta cuando?...


                                          El silencio de los corderos - Escena de la cárcel


1 comentario:

Thomas Verdhell dijo...

Realmente aterrador. Estoy viendo el cuadro en este momento, jejeje