lunes, 13 de enero de 2020

CUENTOS DE MIEDO Y ODIO




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¡Cuidado!. El odio es una planta que prospera en seguida.

CONFERENCIA MAGISTRAL

   Hace ya un tiempo tuve la suerte de asistir a la Conferencia Inaugural de unas Jornadas de la Asociación de Salud Mental de mi ciudad que pronunció mi admirado Profesor Don FMP y que tenía el sugerente título: "Problemas de Salud Mental: La manipulación, el miedo, el odio y los fanatismos". No era la primera vez que le escuchaba y desde luego creo que no defraudó a ninguno de los asistentes por la sapiencia de su discurso, la profundidad de sus pensamientos y la facilidad que tiene para transmitir lo que quiere decir. Explicó de una forma muy sugerente cómo se gestan a nivel mental las cogniciones y emociones que derivan en comportamientos criminales, cómo los poderes políticos y económicos van inoculando, de una forma insidiosa pero persistente, el miedo en los ciudadanos para dejarnos inermes y atemorizados y terminemos aceptando que la crisis económica que está asolando a Occidente, es algo contra lo que no podemos luchar y que el estado del bienestar es un constructo obsoleto que no nos merecemos por vagos y derrochadores. Hubo muchas más cosas interesantes, pero quiero terminar esta humilde crónica con una cita que me caló por su sencillez y alcance: "Hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece", yo siempre me quedaré con la segunda opción. Enhorabuena y gracias Don Francisco.


El cerebro tiene tendencia a dejarse guiar por las creencias que funcionan, como algunas recogidas en el refranero. “Tener dos dedos de frente”, “contar hasta diez” o “el amor es ciego” son creencias populares con un fundamento biológico. 

  En nuestro cerebro hay dos regiones con «puntos de vista diferentes» sobre cuánto debe influir en nuestra forma de pensar la información que recibimos. Por un lado, tenemos a la corteza prefrontal, encargada de la planificación de conductas complejas, la conducta social, algunos aspectos del lenguaje y está implicada también en la personalidad, que «prefiere» tenerlo todo bajo control y suele hacer caso a los consejos y creencias.

  Justo por debajo de la parte delantera del cerebro (denominada lóbulo frontal), se sitúa otra estructura, llamada estriado, que forma parte de sistema de recompensa del cerebro y “prefiere” ser autodidacta y tiene por costumbre aprender de la propia experiencia. Se sabe que nuestra forma de actuar ante una determinada situación está determinada por un equilibrio entre estas dos estructuras.

  Ante una actividad nueva se impone en principio la corteza prefrontal y nos guiamos por los consejos o creencias previas. Pero con el tiempo la experiencia personal recogida en el estriado, toma el mando. El «mediador» entre ambas regiones del cerebro es el neurotransmisor dopamina.
  Nuestro cerebro que tiene capacidades excelentes como la aptitud para hablar, el talento musical y el matemático, tiene también sentimientos que influyen poderosamente en el funcionamiento del mismo y que son básicos a la hora de tomar decisiones.

  Si hay un aspecto fundamental para la Salud Mental que ha estado totalmente descuidado, ha sido la educación sentimental: educar los sentimientos, controlar nuestras emociones y gestionarlas de manera correcta haciendo frente a la adversidad, a los fracasos, a saber relacionarnos con los demás, eso lo hemos ido aprendiendo aquí y allá por pura empiria y algún consejo de padres, profesores y amigos. Los grandes enfados, los ataques de cólera, que en otros tiempos cumplían la función de garantizar la supervivencia, pueden crearnos problemas.

   Hay dos sentimientos, emociones o pasiones con las que nos manipulan a menudo gobiernos y mercados económicos: el odio y el miedo. Ambas emociones solemos gestionarlas mal y de eso se aprovechan otros.

  Los centenares de miles de alemanes que cometieron atrocidades en el Holocausto judío no lo hicieron solamente porque obedecían órdenes de sus autoridades: la obediencia sólo no explicaría estas aberraciones, que sólo se entienden por la siembra de odio que el nazismo ideó para que alemanes corrientes vieran a los judíos como monstruos criminales y odiosos y se convirtieran en “verdugos serviciales de Hitler”.

   Cuando una élite de poder quiere destruir a un país, una raza, una etnia, recurre a sus expertos para diseñar un Programa de odio. ¿Qué hace falta para que los ciudadanos de una sociedad acaben odiando a ciudadanos de otra hasta el punto de querer aniquilarlos? Hace falta una Imaginación hostil, una construcción psicológica implantada en las profundidades de la mente mediante una propaganda que transforme a los otros en “el enemigo”. Esta imagen del enemigo es la motivación más poderosa del soldado, la que carga su fusil con una munición hecha de odio y de miedo.

La construcción del odio

   Conocí demasiado pronto las consecuencias del odio. Entonces ni siquiera sabía del alcance de tremenda palabra, construida con letras que, juntas, significan la más sonora de las agresiones, o la madre de todas las agresiones. Esa vez me lo contaron, quizá me lo contó mi madre: un hombre había atacado a otro en el barrio y le había arrancado, de una mordida, su oreja.

   Esa historia, una más de las que escuché entonces, me ha perseguido toda la vida como una metáfora del descuido de los afectos, como el símbolo de lo último que puedes hacer, lo más perverso, para mostrar tu malestar o desacuerdo. Se empieza por el desafecto, se sigue por las palabras gritadas, y al final la sorda tentación, cumplida, de la agresión física.

 Las guerras empiezan igual, primero están las palabras, los desacuerdos, los guiños despectivos, y finalmente uno de los dos dispara y el cielo se nubla con la metralla. Mi madre también contaba cómo empezó la guerra entre nosotros, en nuestro propio pueblo, pues la guerra civil se hizo, se construyó, alimentando el odio pueblo a pueblo. En cada pueblo se hizo un monumento chiquito, mezquino, al odio, y sobre ese monolito de porquería cada uno sentía que tenía razón en su odio contra el otro.

   Lo que ocurrió en cada pueblo de España fue lo siguiente:  Primero fue la burla de las personas, por su condición social o económica, por su manera de ser o de preferir, por sus orientaciones políticas o de otro tipo.  Esa burla luego se convirtió en delación, finalmente en detención y, en muchos casos, en asesinato, o en denuncia para que instancias arbitrarias pero judiciales terminaran atrozmente esta minuciosa construcción alevosa del odio.

   Ahora ya han empezado las palabras, y en algunos casos los hechos. El odio se nota en la manera de hacer y de decir, y están encharcando de aguas malolientes, y maledicentes, el ámbito donde debe cuidarse el acuerdo y no el odio. Ese ámbito es la política, cuyo centro natural es el hemiciclo parlamentario. Puede interpretarse como anecdótico lo que sucedió en el hemiciclo cuando se puso en marcha la presente y aun breve legislatura. Señorías, aunque jóvenes o inexpertas, adiestradas ya en las dudosas virtudes del odio, expresaron en sus distintos juramentos desacuerdos muy básicos contra el sistema democrático que nos une, la Constitución.

   Y unos arrojaron contra otros sus formas de vivir el patriotismo, que es históricamente el árbol, escuálido muchas veces, en el que se basa la construcción del odio.

 Esa imagen sucesiva de los juramentos es un muy peligroso precedente. Pues la mayor parte de los que, de un lado al otro del hemiciclo, usaron ese breve momento para poner sobre la mesa, sobre los escaños, armas de las cuales parece que nunca se bajarían. Y parlamentar significa hablar para buscar acuerdos. Machotes (hombres y mujeres), poseídos por la verdad de cada una de sus patrias, posaron para la posteridad que juraban por una cosa concreta («por España», incluso) y no por esa metáfora de una larga época, que es simple y llanamente la Constitución, que es la ley de la que emanan las leyes que hay que cumplir o reformar en cada legislatura. Los diputados no son votados, en cada convocatoria, para otra cosa.

   Francisco Ayala, el académico que estuvo exiliado tras la Guerra Civil en varios lugares de América, contó muchas veces una de las raíces de la guerra. No difería de lo que me decía mi madre acerca de lo que pasó en nuestro pueblo. Personas disgustadas, por cualquier razón, incluidas razones extremadamente privadas o espurias, denunciaban a vecinos a los que habían empezado por retirar el saludo. Luego venían todas las tropelías, de modo que al final las víctimas desconocían de veras las raíces de tanta inquina, y así hasta las puertas de la muerte o ante la muerte misma.

   En la actualidad, el lenguaje está alcanzando, en la nación, y en el mundo, su punto atroz de ignición. Están quemando las palabras; los insultos saltan de las redes a los parlamentos y a los medios; medias mentiras son medias verdades o, lo que es peor, mentiras y burlas absolutas, y el ciudadano (político, empresario, trabajador, cualquiera) se siente indefenso, presto a que, en modo metafórico y real, cualquiera le retire el saludo o le muerda una oreja.

“Cuidado. El odio es una planta que prospera en seguida”.


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El caldo de cultivo del racismo junto con el temor a perder el nivel económico alcanzado y una incultura ancestral han convertido el mejor de los tiempos de un país en el peor.


                                           DIEGO CANTERO - CUENTOS




1 comentario:

Thomas Verdhell dijo...

Estupendo colofón de Diego Cantero a una reflexión tan adecuada a los tiempos que se cuecen y avecinan.